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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

jueves, 25 de mayo de 2017

Carnaval: LA SALAMANDRA, de Morris West

"... mientras sus conciudadanos romanos estaban celebrando el final del Carnaval..."
 
(Fragmento inicial)

Entre la medianoche y el amanecer, mientras sus conciudadanos romanos estaban celebrando el final el Carnaval, el conde Massimo Pantaleone, general del Estado Mayor, murió en su cama. Soltero y con algo más de sesenta años, soldado de hábitos espartanos, murió solo.
 
Su sirviente, un sargento de Caballería retirado, le llevó al general su café a la hora habitual, las siete de la mañana, y lo halló yaciendo de espaldas, totalmente vestido, con la boca abierta y mirando al techo artesonado. El criado depositó cuidadosamente el café, se persignó, cubrió con dos piezas de cincuenta liras los ojos muertos, y luego telefoneó al ayudante del general, capitán Girolamo Carpi.
 
Carpi telefoneó al director. El director me telefoneó a mí. Encontrarán mi nombre en el dossier Salamandra: Dante Alighieri Matucci, coronel de los Carabinieri, asignado para una misión especial al Servicio de Información de la Defensa.
 
Al Servicio se le denomina habitualmente por sus iniciales en italiano: SID (Servizio Informazione Difensa). Como cualquier otro servicio de inteligencia, emplea gran cantidad del dinero de los contribuyentes en perpetuarse a sí mismo, y una cantidad inferior en recoger información que se supone protegerá a la República contra los invasores, traidores, espías, saboteadores y terroristas políticos. Ya habrán comprendido que yo siento un cierto escepticismo acerca del valor de todo esto. Y tengo derecho a ello. Trabajo en este organismo, y cada hombre que pertenece a él se desilusiona, de alguna manera. El Servicio no es muy apto para que uno siga manteniendo su inocencia, pues trata de lograr instrumentos de política maleable. Pero estoy apartándome del tema…


Morris West (Australia, 1916-1999)

miércoles, 24 de mayo de 2017

Carnaval: DEPREDADOR, de Santiago Roncagliolo

"A Carmen le resultaba pintoresco el carnaval de Barcelona..."

(Fragmento)

El calendario íntimo de la agencia estaba marcado por festividades, de las cuales, las más importantes eran los cumpleaños. Cinco veces al año, tras la hora de cierre, el grupo celebraba el aniversario de alguno de sus miembros. Solían hacer una colecta entre todos para ofrecer al homenajeado un regalo significativo, casi siempre un perfume. Y soplaban las velas de una tarta, aunque como las chicas estaban siempre a dieta, los pasteles de chocolate terminaron por reducirse a un muffin con café. Estas ceremonias incluían la repetición de los mismos chistes cada vez, y aunque no eran una orgía de diversión, a Carmen le gustaban: disfrutaba de la seguridad de los pequeños ritos cotidianos, que hacían de su vida un lugar sin sobresaltos, fácil de manejar.
 
Sin embargo, el día que cumplió cuarenta años, el plan fue más arriesgado de lo que ella esperaba. La fecha coincidía con el carnaval, y alguien en la oficina —quizá Lucía, que era un poco excesiva— había propuesto disfrazarse y salir a la calle todos juntos, de bar en bar. A Carmen le resultaba pintoresco el carnaval de Barcelona, y algún año lo había recorrido, pero en calidad de testigo, vestida de sí misma, sintiéndose protegida en su normalidad mientras a su alrededor pululaban las más extravagantes máscaras simiescas. Estaba dispuesta a volver a hacerlo en esos términos, interponiendo una distancia profiláctica entre el carnaval y ella, sonriendo ante los disfraces más ingeniosos como se sonríe ante un espectáculo sobre un escenario. El problema, para su horror, era que el personal de la oficina le había anunciado una sorpresa, lo que sin duda incluiría un disfraz de uso obligatorio.
 
Carmen odiaba todas esas cosas: las sorpresas, los disfraces y lo que llamaba «el desenfreno callejero». Le parecían entretenimientos infantiles absolutamente inapropiados para adultos responsables. Pero negarse habría implicado introducir un elemento de confrontación en su sana convivencia laboral, y no estaba dispuesta a poner en riesgo su pequeño universo. Además, en realidad, tampoco existía un plan B para esa noche. De rechazar este, no tendría más remedio que cenar con su madre. Y se expondría a cualquier cosa, incluso a salir a la calle vestida de monstruo, con tal de no tener que cenar con su madre en la noche de su cumpleaños.


Santiago Roncagliolo (Perú, 1975)

martes, 23 de mayo de 2017

Carnaval: LA PUERTA DE LAS TINIEBLAS, de Massimo Pietroselli

"La noche del martedì grasso, por las calles y los callejones atestados, todo el mundo, con una vela o un farolillo en la mano..."

(Fragmento inicial del prólogo)
 
6 de febrero de 1875

El desfile de los moccoletti ponía fin al carnaval romano. La noche del martedì grasso, por las calles y los callejones atestados de gente, todo el mundo, con una vela o un farolillo en la mano, intentaba apagar los de los demás soplando, con un abanico, con un fuelle o incluso con un escupitajo, en una maraña pagana de cuerpos y gritos, de quiebros acrobáticos y codazos.
 
Era el último acto de una juerga colectiva de ocho días, tanto más pagana en cuanto que se celebraba en el centro de la cristiandad; con el simbólico apagado de las velas por la Via del Corso se decía adiós a las comilonas, a las máscaras, a los bailes, a los amores clandestinos, al lanzamiento de confeti y de guirnaldas, a las flores y a los caramelos; el Miércoles de Ceniza, Roma se despertaba extenuada, cubierta de verduras, de cartones y de cadáveres de perros y gatos que habían muerto a manos de gamberros, con el recuerdo de los carros y quizá de alguna inocua traición; il carnevale queda muerto y enterrado, los moccoli han cerrado la función; no se habla más: tutt'è ffinito.
 
Pero el sábado el desfile de los moccoletti aún quedaba lejísimos y la noche de juerga prometía no acabar nunca. En las calles principales, iluminadas para la fiesta, el carnaval rugía, la gente bailaba junto al desfile de carrozas con máscaras que les cubrían unos ojos aún enrojecidos por el vino y los farolillos de los alféizares se consumían, lo que daba un aire de vigilia fúnebre a los callejones oscuros a los que apenas llegaba el eco de los gritos y del baile.
 
Aquella noche de fiesta desenfrenada, el director del popular periódico La Capitale, Raffaele Sonzogno, subía las escaleras oscuras del edificio de la Via delle Coppelle 35, sede de la redacción. Sonzogno no apagaría ningún moccoletto tres días más tarde; para él la función estaba ya casi muerta y enterrada; todo acabaría al cabo de menos de una hora, pero de él y de su final se hablaría mucho.
 
Al cabo de unas horas, en la Via delle Coppelle, la Policía asistiría a un espectáculo horripilante. Los periodistas chapotearían en la sangre de Sonzogno durante meses, como, por otra parte, hacía meses que hurgaban en su vida privada (la esposa que le había traicionado con su mejor amigo, su pasado de periodista al servicio de los austríacos, los duelos, las constantes querellas por difamación…).

Massimo Pietroselli (Italia, 1964).

La ilustración corresponde a La festa dei moccoletti, de Ippolito Caffi.

lunes, 22 de mayo de 2017

Carnaval: LA FALSA PISTA, de Henning Mankell

"... había recorrido el largo camino hasta Santiago de los Treinta Caballeros para asistir al carnaval."

(Fragmento del prólogo: República Dominicana, 1978)

La primera vez que vio a Dolores tenía veintiún años. Junto con su hermano Juan había recorrido el largo camino hasta Santiago de los Treinta Caballeros para asistir al carnaval. Juan, que era dos años mayor que él, ya había visitado la ciudad antes. Para Pedro era la primera vez. Habían tardado tres días en llegar. De vez en cuando algún carro tirado por bueyes les había llevado algunos kilómetros. Pero la mayor parte del trayecto la habían hecho a pie. En una ocasión intentaron ir de polizones en un autobús cargado hasta los topes que iba hacia la ciudad. Les descubrieron cuando en una parada intentaron subir a la baca para esconderse entre las maletas y los bultos. El chofer les ahuyentó, profiriendo palabrotas tras ellos. Les gritó que no debería existir gente tan pobre que no tuviese dinero ni siquiera para el billete del autobús.

 - Un hombre que lleva un autobús debe de ser muy rico -dijo Pedro cuando siguieron a lo largo del camino polvoriento que serpenteaba entre inacabables plantaciones azucareras.

 - Eres tonto -contestó Juan-. El dinero de los billetes va al dueño del autobús. No a quien lo conduce.

 -¿Quién es?-preguntó Pedro.

 -¿Cómo lo voy a saber? -respondió Juan-. Pero cuando lleguemos a la ciudad te voy a enseñar las casas en las que viven.

Finalmente llegaron. Fue un día de febrero y toda la ciudad vivía en el violento torbellino del carnaval.

Enmudecido, Pedro veía las ropas abigarradas con espejos brillantes cosidos en las costuras. Al principio, las máscaras que parecían diablos o animales le habían asustado. Era como si toda la ciudad se balanceara al ritmo de miles de tambores y guitarras. Juan le condujo con su experiencia por las calles y callejuelas. De noche dormían en unos bancos en el parque Duarte. Pedro estaba muy angustiado ante la idea de que Juan desapareciese entre la muchedumbre. Se sentía como un niño que temía perder a su padre. Pero no lo demostraba. No quería que Juan se riese de él.

Sin embargo, eso fue lo que ocurrió. Era la tercera noche, la que iba a ser la última. Estaban en la calle del Sol, la más larga de la ciudad, cuando, de repente, Juan desapareció entre el gentío disfrazado que bailaba. No habían decidido ningún lugar de encuentro donde reunirse si se perdían. Estuvo buscando a Juan hasta altas horas de la madrugada, sin encontrarlo. Tampoco le encontró entre los bancos del parque donde antes habían dormido. Al amanecer Pedro se sentó junto a una de las estatuas de la plaza de la Cultura. Bebió agua de una fuente para apagar la sed. Sin embargo, no tenía dinero para comprar comida. Pensó que lo único que podía hacer era intentar encontrar el camino de vuelta a casa. Para calmar el hambre, podría entrar a escondidas en alguna de las numerosas plantaciones de plátanos que había en las afueras de la ciudad.

De pronto advirtió que alguien se había sentado a su lado. Era una joven de su misma edad.

Enseguida pensó que era la más guapa que había visto jamás. Cuando ella le miró, él, avergonzado, bajó la mirada. De reojo vio cómo se quitaba las sandalias y se frotaba los pies doloridos.

De esa manera había conocido a Dolores. Muchas veces después habían hablado de cómo la desaparición de Juan en el tumulto del carnaval y los pies doloridos de Dolores les habían unido.

Permanecieron sentados junto a la fuente y empezaron a hablar.
 

Henning Mankell (Suecia, 1948-2015)

La ilustración corresponde al carnaval en Santiago de los Treinta Caballeros, República Dominicana.

domingo, 21 de mayo de 2017

Carnaval: CARNAVAL A CINCO*, de André Duquesne



















(Fragmento)

Un pequeño detalle, sin embargo, lo eludía. El mismo gran detalle que se llamaba Alicia. ¡Tan zorra como hermosa! Por traerla al mundo, su madre debió recibir un premio sagrado a la reproducción...
 
«Estoy atrapado en la marcha... sé que me debo ir y llevarme todas mis canicas... pero es imposible porque aunque no lo quiero admitir, Alicia está en mi piel...»
 


André Duquesne (Francés de origen belga, 1911-1979).
Escribió empleando varios seudónimos, el más conocido de todos ellos, Peter Randa

* El título original en francés se refiere a cinco centavos.
Las ilustraciones corresponden a las portadas de las ediciones de 1957 (izquierda) y 1973 (derecha).

sábado, 20 de mayo de 2017

Carnaval: LA SEMANA ESCARLATA, de Francisco Tario

"Oh, un baile de carnaval -tan delicioso y sugestivo-."
 
(Fragmento)

La señorita Laura X, frondosa, jovial y despreocupada muchacha de diecinueve años, que habita una pequeña casa en los suburbios de la ciudad en compañía de su tío, el profesor de música Rómulo Pimentel, de cincuenta y ocho años, soltero, hipocondriaco, es llamada por teléfono a las diez en punto de la mañana. La voz del impaciente novio al audífono. Su voz de ella, a la recíproca. Oh, un baile de carnaval -tan delicioso y sugestivo-. Pero ya veremos. ¿Que aquella misma noche? No iba a ser fácil, así de golpe. Sin embargo, su tío accede, la señorita Laura va al peinador -localizado posteriormente por Galisteo-, ordena sus ropas, se baña, se limpia las uñas, se perfuma sus axilas y parte. Son las nueve y cuarenta y cinco de la noche. Una clara noche de luna. El baile es allá, a treinta calles de distancia, sobre el sector norte de la ciudad. El novio -bajo, rubio, petulante- luce una flor marchita en la solapa. Ella dice -lo recordaría, si viviera-:
 
- Qué flor tan estúpida has elegido. ¿Qué significa eso? -y ríe.
 
Él detiene un taxi y arroja la flor al pavimento. El ojal de su solapa permanece entreabierto, como un pardo ojo adormilado. Las avenidas obscuras. Todo huele bien. Y la señorita Laura y su novio se apean. Un parque privado. Suena la música. Pudieron beber más de la cuenta o no, mas bailaron como les permitieron sus fuerzas. Lindos jardines, igual que en las estampas de Viena: farolitos, serpentinas, claras fuentes por entre los macizos y tropeles de mamarrachos haciendo cabriolas. Laura se sentía transportada. Un vals.
 
- Creo que ya debiéramos marcharnos. Mi tío...
 
El novio luce ahora otra flor nueva y un trozo de serpentina. Ella, un plateado gorro de almirante. Transcurre el tiempo. Y de súbito, un disfraz ante ella: el enigma. ¿Quién es? ¿Cómo es? ¿Qué pretende? Tan divertido. La sigue a lo largo de toda la pieza. Por entre unos cartones lívidos y sucios, dos ojos apasionados y obscuros. El profesor duerme, la señorita Laura baila y el novio siente que una inefable espuma se le sube a la cabeza. La estrecha; linda, breve vida.
 
- ¿Salimos?
 
Ella comprende. Él es joven; también ella lo es. Siente un pájaro en el pecho. Joven, joven. Se instalan en una banca. Donde no haya estruendo. Él la atrae, tiene prisa.
 
- Bésame
 
¿Por qué no? Mas la señorita Laura advierte algo: un breve ruido de hojas a su espalda, un aliento. Se mueven unas ramas, no hay duda.
 
- ¿Qué tienes?
 
Miedo. Tiene miedo. Fueron demasiadas miradas durante aquella danza, demasiado entregarse con sus ojos al desconocido. Su novio ya no existe; existe alguien tras ella, amenazador e incomprensible. El dice:
 
- Pues iré a buscarte una copa de vino para que te animes. ¡Qué rara estás esta noche!
 
Cuando el novio desaparece, la cara gris se presenta. Ya lo sabía ella. Y que la toman así, por su tibio brazo, huyendo. Recuerda algo de golpe: los periódicos. Va a gritar, mas se lo impiden atenazándole la boca. Y un pensamiento fortuito:
 
“Van a asesinarme.” Besos, besos, a través del cartón humedecido. Labios fríos -sin vida, deduce ella-. No se entregará, si de esto se trata. Pierde el gorro de almirante, su novio no regresa con las copas. Se sofoca, la ahogan. Y comprende que su vida está en peligro.
 
- Dime, ¿no sientes la primavera?
 
Y algo helado, punzante, que le atraviesa el pecho. A poco, un liquido caliente que le desciende hasta el vientre. Fuente roja y abundante de la cual el asesino bebe. Me estoy muriendo —-dice, cree-. Palpa su sangre, ya sin fuerzas. Y se abandona. Mas al abandonarse, se desmaya. No obstante, tiene noción de que trisca la hierba porque no ha llovido en mucho tiempo y alguien escapa a toda prisa. Después, un embudo de rostros adustos en una sala desconocida. Giran, hablan, abren los ojos. Quieren saber algo; ella dice lo que puede:
 
- Chaleco -y se muere sobre la plancha.
 
Francisco Tario: Francisco Peláez (México, 1911-1977).

viernes, 19 de mayo de 2017

Carnaval: UN CASO DE CONCIENCIA, de Leonardo Sciascia

"... aquel baile de carnaval, en el que casi toda la noche su mujer estuvo bailando con Cozzo..."
 
(Fragmento)

Por tal motivo ahora todos veían con filosofía el caso de Favara, considerando infundadas las sospechas que lo habían trastornado, pero con el intenso deseo de que se revelaran fundadísimas. Llegaron incluso a proclamar que dicha carta la había mandado un bromista de Maddá, para que sucediera lo que había sucedido, que era impensable tal desfachatez por parte de una señora.
 
- Si llego a encontrar al bromista de marras -dijo el profesor Cozzo- le retuerzo el pescuezo, tan cierto como que existe Dios.
 
Puesto que Cozzo era soltero, todos se asombraron.
 
- Y tú ¿qué interés puedes tener en esto?
 
- Claro que me interesa -respondió Cozzo, golpeando nerviosamente el puño cerrado de la derecha contra la palma de la mano izquierda. Y le interesaba, desde luego: tenía una cita, la primera, con la señora Nicasio, en un hotel de la capital; pero la señora la había pospuesto, diciéndole que era preferible esperar un poco, que no podía decirle al marido que se iba sola a la ciudad a hacer las compras de costumbre, ya que ese día el profesor había estado intratable durante la comida, lleno de malhumor y sospechas.
 
La actitud de Cozzo suscitó una nueva oleada de sospechas, pero siempre contenidas, siempre ocultas; y también al profesor Nicasio, que estaba presente, le hizo reaflorar el recuerdo de aquel baile de carnaval, en el que casi toda la noche su mujer estuvo bailando con Cozzo, razón por la cual tuvo un pleito con ella al volver a casa.
 
En resumidas cuentas, esa fue una noche muy larga para algunos; para otros, demasiado corta.

Leonardo Sciascia (Italia, 1921-1989)
 

jueves, 18 de mayo de 2017

Carnaval: EL HOMBRE DE LA MÁSCARA DE ESPEJOS, de Vicente Garrido y Nieves Abarca

"... y yo necesito café siempre..."
 
(Fragmento del capítulo 29: Las joyas de Encina Yebra)
 
- ¿Un café? Tiene que ser instantáneo, lo siento, tenemos la cafetera estropeada, y yo necesito café siempre. Estoy terminando la tesis de Farmacia, no se puede imaginar de qué poco sirvo sin cafeína.
 
- Sí, gracias, te lo agradezco. Con leche. Me encanta el café instantáneo. Seguro que es mejor que el de la máquina de comisaría. Y tutéame, por favor -dijo Alana, feliz de ser tan bien recibida.
 
Alana se sentó en el sillón raído y con manchas mientras esperaba el café. Sobre una mesita había fotos de un grupo de amigas disfrazadas de guardias civiles en los carnavales, entre ellas Encina, que enseñaba entre risas unos grilletes vestida con una falda muy corta y un tricornio de plástico. Hasta ese momento no se había fijado en lo impresionante y atractiva que era Encina en verdad. La había visto ya muerta en aquel horrible tanque de agua, y fotos de cuando era muy joven, pero aquella instantánea la revelaba de otra forma: piernas largas, sonrisa rutilante, ojos pícaros, una orla de pecas que adornaba sus mejillas, y sobre todo su postura abiertamente seductora, incluso demasiado.
 
Cuando volvió Catalina con el café, Alana le enseñó la foto.
 
- Encina era una joven muy hermosa. Hasta con un tricornio de plástico estaba guapa, y eso no le puede sentar bien a nadie…


Vicente Garrido (España, 1958) y Nieves Abarca (España. 1968).

miércoles, 17 de mayo de 2017

Carnaval: TODO LO QUE MUERE, de John Connolly

"Las demostraciones públicas de disección atraían a un gran número de personas, y algunas asistían con disfraces de carnaval."
 
(Fragmento del capítulo 45)

No obstante, nada podía compararse a tener ante sí un cuerpo humano de verdad. Las demostraciones públicas de anatomía y disección atraían a un gran número de personas, y algunas asistían con disfraces de carnaval. Iban con el pretexto de aprender, pero, de hecho, la disección era poco menos que una prolongación de las ejecuciones públicas. En Inglaterra, la Ley de Homicidios de 1752 estableció un lazo directo entre los dos acontecimientos al permitir que los cadáveres de los asesinos se diseccionasen anatómicamente, y la autopsia penal se convirtió en un castigo más para el delincuente, a quien así se le privaba del derecho a un entierro como era debido. En 1832, la Ley de Anatomía prolongó hasta la otra vida las penurias de los pobres al autorizar la confiscación de los cuerpos de indigentes fallecidos para su disección.
 
Así pues, la muerte y la disección iban de la mano junto con el avance del conocimiento científico. Pero ¿y el dolor? ¿Y la repugnancia hacia el funcionamiento del organismo femenino durante el Renacimiento, que provocó una fascinación especialmente morbosa por el útero? En el despellejamiento y la disección, las realidades del sufrimiento, el sexo y la muerte no andaban muy lejos.
 
El interior del cuerpo, una vez revelado, nos remite a nuestra mortalidad. Pero ¿cuántos de nosotros pueden hablar con conocimiento de su propio interior? Vemos nuestra mortalidad sólo a través de la mortalidad de los demás. Aun entonces, sólo en circunstancias excepcionales, en caso de guerra, muerte por accidente o asesinato, cuando el espectador es testigo del hecho en sí o de sus consecuencias inmediatas, tenemos una visión clara de la mortalidad en toda su magnitud.


John Connolly (Irlanda, 1968).

La ilustración corresponde a Recompensa de la crueldad (1751), de William Hogarth.

martes, 16 de mayo de 2017

Carnaval: LA ISLA INAUDITA, de Eduardo Mendoza

"... acertaba a barruntar la identidad de aquella diosa, cuya cabeza envolvía una caperuza de terciopelo negro..."
 
(Fragmento del capítulo VIII)

La enferma agitó el pañuelo en dirección a su marido.
 
- Charlie, amor, ¿por qué no enciendes alguna lámpara? Con esta oscuridad ya no veo la cara de nuestro invitado -dijo.
 
Sin hacerse de rogar, Charlie corrió a prender una luz de muy poca potencia y regresó luego a su silla, donde adoptó nuevamente la actitud embelesada con que había seguido la primera parte del relato que ahora la enferma se disponía a proseguir.
 
- Por aquellas fechas –siguió diciendo-, se celebraba en Venecia el legendario carnaval, que, como usted sabrá sin duda, empezaba en la festividad de San Esteban y se prolongaba hasta el primer día de la Cuaresma. Durante esos meses toda actividad productiva quedaba postergada; las calles y plazas eran guarnecidas de adornos; las embarcaciones eran pintadas y ornamentadas para convertirlas en alegorías pobladas de sirenas, tritones y monstruos marinos; todos los días había desfiles, bailes y mascaradas, y por doquier reinaban la confusión y el desenfreno. Como es lógico, mientras duraban estos festejos impíos, las personas decentes no osaban salir de sus casas ni dejarse ver.
 
»Aquel año habían caído sobre la ciudad fuertes nevadas y el frío era intenso. Por esta razón la comparsa había optado atinadamente por disfraces cálidos, como el de oso, gallina, arcángel, borrego o espantajo, y dejando para más entrado el año los atavíos bíblicos y mitológicos, más vistosos, pero más expuestos por su naturaleza y representación a los agentes atmosféricos. De ahí que aquel día la multitud que se agolpaba al paso de las carrozas quedara atónita al ver en una de ellas el cuerpo escultural que una mujer, pues un leve cendal que ondeaba al viento no ocultaba a las miradas ninguno de sus atributos, exhibía con doble atrevimiento. Ni siquiera en esta ciudad de vicio y liviandad, obsesionada por el culto enfermizo a la belleza habían sido vistas unas formas tan perfectas como las que ahora les era dado contemplar. Un silencio sepulcral rodeaba el paso de aquella diosa cuya blancura sin mácula sólo alteraba el lustre dorado de su vello primerizo y el pálido rosetón que coronaba sus senos. Por más que todos se hacían cábalas, nadie, ni siquiera el tristemente célebre seigneur de Seingalt, el corrupto y despiadado Giacomo Casanova, presente en Venecia, de quien se decía que podía reconocer cualquier hembra de Europa con sólo serle mostrado un fragmento o extremidad de ella, acertaba a barruntar la identidad de aquella diosa, cuya cabeza envolvía una caperuza de terciopelo negro sujeta por una gargantilla de perlas al cuello de alabastro. Pero más aún que el secreto de su persona conturbaba en aquellos momentos el ánimo de los venecianos, pese a estar habituados a que año tras año acudieran al carnaval meretrices y sarasas de todo el mundo, la insolencia con que la diosa pregonaba sus intenciones por medio de un letrero colgado de la parte posterior de la carroza, cuya leyenda, pintada en letra grande y clara, decía así: «Estoy en venta. Quien quiera saber más, acuda al anochecer a la taberna de San Cosme.» Poco podía sospechar aquel público salaz y malpensado que oculta por la tela tupida y asfixiante de la bolsa que velaba el rostro a su curiosidad la diosa seguía desgranando las letanías que la noche anterior había interrumpido el usurero con su llegada y que, como las imágenes sacras de las procesiones, sobre cuya serena majestad ahora trataba ella de modelar su porte, se sentía protegida de las miradas lascivas, que notaba en la piel como aguijones, por el manto invisible de la virtud.


Eduardo Mendoza (España, 1943)

lunes, 15 de mayo de 2017

Carnaval: SEIS PROBLEMAS PARA DON ISIDRO PARODI, de Bustos Domecq

"Yo, con el hocico peludo, sudaba tinta, y vuelta a vuelta me sorprendió la tentación de sacarme la cabeza de oso."

(Fragmento de La víctima de Tadeo Limardo)

»Como dice Anteojito en su columnita de Última Hora, la llegada misma de Tadeo Limardo al Nuevo Imparcial está signada por el misterio. Llegó con Momo, entre pomos y bombitas de mal olor, pero Momo no lo verá el otro carnaval. Le pusieron el sobretodo de madera y se radicó en la Quinta del Ñato: los infantes de Aragón ¿qué se fizieron?
 
»Yo, que palpito al unísono con la urbe, le había sustraído un traje de oso al peón de  cocina, que es un misántropo que no acude a la milonga, que no es danzante. Munido de esa piel enteriza, calculé que iba a pasar desapercibido, y me di el lujo de hacerle una reverencia al patio del fondo y salí como un señor, en busca de oxígeno. Usted no me dejará mentir: esa noche la columna mercurial batió el récord de altura; hacía tanto calor que la gente ya se reía. A la tarde hubo como nueve insolados y víctimas de la ola tórrida. Haga su composición de lugar: yo, con el hocico peludo, sudaba tinta, y vuelta a vuelta me sorprendió la tentación de sacarme la cabeza de oso, aprovechando algunos lugares que son como boca de lobo, que si el Concejo Deliberante los ve se le cae la cara de vergüenza. Pero yo, cuando me prendo a la idea, soy un fanático. Le prometo que no me saqué la cabeza, no fuera de repente a aparecer uno de los feriantes del Abasto, que saben correrse hasta el Once. Ya mis pulmones se alegraban con el aire benéfico de la plaza, que hervía de rotiserías y de parrillas, cuando perdí el conocimiento, frente mismo a un anciano que se había disfrazado de tony, y que desde hace treinta y ocho años no se pierde un carnaval sin mojar al vigilante, que es paisano suyo, porque es de Temperley. Este veterano, a pesar de la nieve de los años, obró con sangre fría: de un envión me sacó la cabeza de oso, y no se llevó mis orejas porque estaban pegadas. Para mí que él o su tata, que se había caracterizado con un bonete, me sustrajeron la cabeza de oso; pero no les guardo canina: me hicieron engullir una sopa seca, que con cuchara de madera me la empujaban, que me despertó con la temperatura. La molestia es que ahora el peón de cocina ya no me quiere hablar porque malicia que la cabeza de oso que yo extravié es la misma con que salió fotografiado en un carro alegórico el doctor Rodolfo Carbone. Hablando de carros, uno con un bromista en el pescante y un avispero de angelotes en la caja, se comedió a depositarme en mi domicilio, en vista de que los carnavales van cediendo terreno y de que yo no podía materialmente con mis piernas a cuestas. Mis nuevos amigos me tiraron al fondo del vehículo, y me despedí con una risotada oportuna. Yo iba como un magnate en el carro y tuve que reírme: orillando el paredón del ferrocarril venía un pobre rústico a pie, un cadáver desnutrido y de mal semblante, que apenas podía con una valijita de fibra y un paquete medio deshecho. Uno de los angelotes quiso meterse donde no lo llamaron y le dijo al pajuerano que subiera. Yo, para que no decayera el nivel de la farra, le grité al del pescante que nuestro carro no era de recoger basura. Una de las señoritas se rió con el chiste y acto continuo le sonsaqué una cita para un terreno de la calle Hamahuaca, donde no pude concurrir por proximidad del Abasto. Yo les hice tragar la bola de que me domiciliaba en el Depósito de Forrajes, cosa que no me tomaran por un patógeno; pero Renovales, que no tiene ni el rudimento, me retó desde la vereda porque Paja Brava carecía de quince centavos que había descuidado en el chaleco mientras pasaba al fondo, y todos calumniaban que yo los había invertido en Laponias. Para peor tengo un ojo clínico, y divisé a menos de media cuadra el cadáver de la valijita que venía dando tumbos con la fatiga. Cortando en seco los adioses, que siempre duelen, me tiré del carro como pude y gané el zaguán para evitar un casus belli con el extenuado. Pero es lo que yo siempre digo: vaya usted a aplicar la razón con estos muertos de hambre. Yo salía de la pieza de los 0,60, donde a cambio de un traje de oso que me sancochaba me obsequiaron con una legumbre fría y una emulsión de vino casero, cuando en el patio me topé con el rústico, que ni me devolvió el saludo.
 
 
Honorio Bustos Domecq: seudónimo de Jorge Luis Borges (Argentina, 1899.1986)
y Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999).

En este mismo blog se puede leer un texto sobre el origen del seudónimo Honorio Bustos Domecq

domingo, 14 de mayo de 2017

Carnaval: FIESTA DE CARNAVAL EN LA VIVIENDA, de Francesco Recami

 
(Fragmento inicial)
 
No se hablaría más, Enrico iría disfrazado de Zorro. Su madre Caterina había intentado por todos los medios convencerlo de que se vistiera de jeque o de monaguillo, y en ambos casos hasta le había mostrado un trozo de tela color marrón. No, Zorro y basta.
 
Amadeo Consonni consideraba con terror la hipótesis de tener que llevar a su nieto enmascarado, a mirar el cortejo de carros alegóricos del carnaval ambrosiano, lo que siempre le había suscitado una tristeza infinita, independientemente de sentirse atrapado en medio de una situación incómoda.
 
Y ahora su hija Caterina, como de costumbre, le había confiado al niño para que lo devolviera antes del almuerzo: ella volvería después de la cena, entre las nueve y las nueve y media. ¿De acuerdo? La consigna era precisa, debía llevarlo a ver el carnaval, que él disfrutaba tanto.

Francesco Recami (Italia, 1956)

sábado, 13 de mayo de 2017

Carnaval: CADÁVERES SIN DISFRAZ


"... se presenta un asesinato ocurrido en el carnaval de Huejotzingo..."
 
«Van a asesinarme.» Besos, besos, a través del cartón humedecido. Labios fríos -sin vida, deduce ella-. No se entregará, si de esto se trata. Pierde el gorro de almirante, su novio no regresa con las copas. Se sofoca, la ahogan. Y comprende que su vida está en peligro.” En su relato La semana escarlata, que forma parte del volumen de cuentos fantásticos Tapioca Inn, mansión para fantasmas, publicado en 1952, Francisco Tario ubica la muerte de una joven de nombre Laura, en un baile de carnaval, como otro más de los crímenes cometidos por un asesino en serie, cuya búsqueda atormenta al detective Galisteo.
 
Mas he aquí que en el curso del duodécimo día que siguió a la Semana Escarlata, el cartero llamó violentamente a la puerta de la oficina de Galisteo. Un agente recibió el mensaje y lo trasladó sin demora a su jefe. Sobre una pesada mesa roble, rodeado de innumerables papeles, Galisteo examinaba lo que en términos penales se denomina el cuerpo del delito: la trágica máscara gris del suceso de Carnestolendas. Galisteo apartó su vista de las dos cuencas vacías que lo miraban y sostuvo entre sus dedos el sobre, en el cual aparecía una breve caligrafía femenina. Dudó, hizo señas a alguien de que se retirara y se dispuso a leer. Concluido el primer renglón, se detuvo. En seguida, se puso en pie. Aproximó la carta a la luz amarilla, tornó a sentarse echando atrás su cuerpo y se limpió el sudor de la frente.
 
Nunca se especifica el lugar preciso en que esto acontece y el autor describe su escenario urbano:
 
La Semana Escarlata implicaba, pues, de hecho algo especialmente importante que expresaba a maravilla el terror e incertidumbre en que vivía la ciudad por aquellos días. Incluso, en el extranjero llamaría la atención el asunto. Y eso estaba bien, desde luego. Como que aligeraba la angustia, exhibiendo abierta la herida por donde una ciudad de noventa mil habitantes respiraba ahogadamente, con los dedos helados de frío.
 
A esa misma época pertenece también La muerte se divierte, de María Luisa Bermúdez, que es descrito por Jorge Palafox Cabrera en Letras asesinas: Historia de la literatura policial mexicana (1930-1960):
 
"La siempre defensora del policial clásico, critica y teórica del género en México, María Elvira Bermúdez, es quizá, quien mayor espacio tuvo en otros medios, no solo con sus textos serios (que no eran más que relatos de carácter fantástico, dramas románticos o judiciales en que se maneja un poco la psicología del protagonista, así como una notoria critica al sistema judicial que muchas veces no es tan justo o imparcial como se quiere mostrar), sino con sus narraciones policiales. De esa manera encontramos que en la Revista Mexicana de Cultura (suplemento dominical de El Nacional) del 4 de febrero de 1951 publicó el cuento La muerte se divierte. Narración que se desarrolla en el Puerto de Veracruz, en tiempo de carnaval y nos muestra como Teodoro Escobedo planea y ejecuta (al menos así cree durante todo el relato) el asesinato de su primo Alejandro, todo ello encubierto por los disfraces de carnaval, el gentío y una coartada que parecía perfecta. Sin embargo, poco después ve a su primo con vida y al enfrentarlo, Alejandro le demuestra el error que cometió, pues asesinó a otra persona, dejándole como única salida, el entregarse a la policía.”
 
En 2006 apareció Quizá otros labios, novela de Juan Hernández Luna, a la que se refiere  Manuel Rodríguez Lozano en su ensayo Huellas del relato policial en México:
 
El modo en que abre Quizá otros labios, parece un guiño a las novelas de Raymond Chandler o James Ellroy, por citar dos referencias importantes del desarrollo del policial duro en Estados Unidos, que ubican su obra en Los Ángeles, ya que en la primera página se describen los hechos en «Los Ángeles 1955», y se hace presente la figura de James Dean. En el siguiente capítulo, y ya en el presente, se presenta un asesinato ocurrido en el carnaval de Huejotzingo, mientras el protagonista Enrique Mejía «alias el Cuervo», chofer de un taxi, medita sobre su vida y su separación de Eloísa. Todo ello en Puebla. Estos dos momentos se convierten en el pivote desde el cual la narración toma un impulso con acciones más ad hoc al tipo de texto propuesto. Las persecuciones por la ciudad de Puebla, la aparición de figuras del circo –unos enanos, un payaso, etcétera–, la presencia de personajes femeninos inmersos en la pasión, son medios que logran un mosaico social en el que sobresalen héroes como Enrique Mejía que resuelven el caso.”
 
Aunque ni en Balas de plata, publicada en 2008, de Élmer Mendoza ni en Decir adiós es morir un poco, de mi autoría, se comete un crimen en pleno carnaval, incluyo su referencia porque ambas pertenecen al género de la novela negra y se menciona al carnaval. El siguiente diálogo tiene lugar en la primera:
 
Mendieta caminó hacia el interior, Robles, un joven policía, cubría de momento la recepción. ¿Llegó Ortega? No, señor, la que está es su acople, qué linda, ¿no? ¿Votarías por ella para reina del carnaval de Mazatlán? Hasta recolecto dinero si quiere, sonrieron.”
 
En tanto que en Decir adiós es morir un poco el personaje de Diana ha tenido que huir de la ciudad de México y llama al protagonista, Felipe Mar Law, desde Mazatlán, “Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar esos días juntos” y eso le remite al recuerdo de su infancia en Tampico: “En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y las comparsas”.
 
Y para cerrar esta breve antología de narraciones que refieren algún crimen durante el festejo del carnaval en diferentes lugares de México, me permitiré una breve alusión a Mi caballo, mi perro y mi rifle, de José Rubén Romero, ya que aun cuando es ajena al género que nos ocupa y se inscribe en la llamada literatura de la revolución, sus personajes elaboran un plan bien sencillo: había que preparar un  torito de petate, y unos tocando guitarras, otros los violines y otros disfrazados de maringuías, caer en Ario como una de tantas comparsas en los festejos del Carnaval”, cuando: “Era el martes de Carnaval y, por seguir los pasos de  nuestra comparsa, la tarde se revistió también con todos sus colorines”. Ignacio, quien se ha quedado ciego, se encamina a una muerte inevitable en el enfrentamiento con los federales.
 
Los tiros agujereaban el traje blanco de las paredes, silbando a nuestro rededor, con su trágica sirenita. Don Ignacio descendía con lentitud, la cabeza descubierta, los ojos inmóviles, como los de las esculturas, y un grito quebrado y ronco en la boca:
 
- ¡Abajo los ricos! ¡Vivan los pobres, los po...!
 
De pronto se detuvo, abrió los brazos y cayó de espaldas sobre las piedras de la calle.
 
Estos han sido, entonces, unos cuantos muertos en los carnavales de Veracruz, Mazatlán, Huejotzingo y Ario de Rosales, en el estado de Michoacán. De tal manera que no sólo se entierra al mal humor en esas fechas.
 

Jules Etienne