.

.
Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

domingo, 10 de diciembre de 2017

ECLIPSE, de Cristian Petru Balan

"... la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -eclipse de Luna..."

Los eclipses son visitas cósmicas (y recíprocas),
visitas raras, de cortesía, casi protocolarias:
la sombra de la Luna visita la Tierra -eclipse de Sol,
o alguna otra visita, no tan rara, pero oportuna:
la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -
eclipse de Luna...

(Eclipsele sunt vizite cosmice (și-s reciproce),
vizite rare, de curtoazie, aproape protocolare:
umbra Lunii în vizită pe Pământ - eclipsa de Soare,
sau o altă vizită, nu atât de rară, dar oportună:
umbra Terrei în trecere pe rotundul astrului nopții -
eclipsa de Lună
...)



Cristian Petru Balan (Rumania, 1936).
 
(Traducido del rumano por Jules Etienne).

sábado, 9 de diciembre de 2017

Eclipse: LAS OLAS, de Virginia Woolf

"Laten de azul y verde los bosques, y gradualmente los campos se embeben de rojo, amarillo y marrón."

(Fragmento)

¿Cómo regresa al mundo la luz después del eclipse de sol? Frágil, milagrosamente. Con finas rayas. Cuelga como una jaula de cristal. Es un círculo al que fracturará una menuda jarra. Ahí hay una chispa. Y a continuación un brote ceniciento. Después un vapor como si la tierra estuviera inspirando y espirando, una, dos veces, por ver primera. Y entonces, bajo el aburrimiento, alguien camina con una luz verde. Entonces se desgaja un blanco fantasma.
 
Laten de azul y verde los bosques, y gradualmente los campos se embeben de rojo, amarillo y marrón. De repente, un río arrebata un azul claro.
 
La tierra absorbe color como una esponja que bebe agua lentamente. Adquiere peso, se redondea, cuelga pendiente, se estabiliza y se mueve bajo nuestros pies.
 
Así es como regresó a mi el paisaje; así es como vi los campos rodar con olas de color bajo de mí...
 
 
Virginia Woolf: Adeline Virginia Stephen (Inglaterra, 1882-1941).

martes, 28 de noviembre de 2017

Eclipse: EL PATO SALVAJE, de Henrik Ibsen

 
(Fragmento del tercer acto)
 
Hjalmar: Yo, no. Y otra vez intervino la pistola en la historia de la familia. Cuando ya llevaba puesto el traje gris de presidiario y estaba bajo llaves. ¡Qué días tan espantosos para mí! Tenía veladas mis dos ventanas, y si miraba hacía afuera y veía que alumbraba el sol como de costumbre, no podía concebirlo. Observaba a la gente en la calle reír y charlar de cosas sin importancia, pero no me cabía en la cabeza; me parecía que todo lo existente debía haberse muerto durante un eclipse.

Gregorio: Lo mismo sentía yo cuando murió mi madre.

Hjalmar: En aquel instante Halmar Ekdal tenía la pistola apuntando contra su propio pecho.

Gregorio: ¿Quisiste también...?

Hjalmar: Sí.

Gregorio: Pero no disparaste.

Hjalmar: No; en el momento decisivo me vencí a mí mismo. Continué viviendo. Con todo, créeme, nece- sitaba valor para escoger la vida en aquella situación.


Henrik Ibsen (Noruega, 1928-1906).
 
Las ilustraciones corresponden a las puestas en escena de Theater Studies dirigida por Jody McAuliffe,en 2016, y a Paul Hilton interpretando a Hjalmar (fotografía en la parte inferior), bajo la dirección de Michael Grandage, en Londres, 2005.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Eclipse: EL PAÍS DE LAS PIELES, de Jules Verne

"El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente."
 
(Fragmento del capítulo XXIII: El eclipse del 18 de julio de 1860)

Llegó, por fin, el gran día, ¡el 18 de julio! El eclipse total debía durar, según los cálculos de los almanaques, cuatro minutos treinta y siete segundos, es decir, desde las once cuarenta y tres minutos y quince segundos, hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos de la mañana.
 
- Pero, ¿tanto es lo que pido? -exclamaba con lastimero acento el astrónomo, mesándose las cabellos-; pido tan solamente que un pedazo de cielo, nada más que el pequeño rincón donde se ha de verificar el eclipse, quede limpio de nubes. ¿Y por cuánto tiempo lo pido? ¡Durante cuatro tristes minutos! ¡Y después que nieve, que truene, que se desencadenen todos los elementos! ¡Todo me importará un bledo!
 
Tomás Black tenía algunas razones para desesperar por completo. Parecía probable que la observación no pudiera efectuarse. Al amanecer, los horizontes estaban cubiertos de brumas. Se elevaban espesas nubes por la parte del Sur, precisamente en la región del cielo en que el eclipse debía verificarse. Pero, sin duda alguna, el dios de los astrónomos tuvo piedad de Black; porque, a eso de las ocho de la mañana, saltó una brisa bastante fresca del Norte que barrió todas las brumas y despejó el firmamento. ¡Ah! ¡qué gritos de gratitud! ¡qué exclamaciones de júbilo se escaparon del pecho del abnegado sabio! En medio de un cielo puro resplandecía un magnífico sol esperando que la Luna, cuya faz eclipsaba aún sus rayos, lo fuese obscureciendo poco a poco. Se llevaron en seguida a la cumbre del promontorio los instrumentos de Tomás Black, quien después de instalarlos debidamente, dirigió sus objetivos hacia el horizonte del Sur, y esperó.
 
Había recuperado toda su acostumbrada paciencia, toda la sangre fría necesaria para su observación. ¿Qué podía temer ahora? Nada, a no ser que el cielo se desplomase sobre su cabeza. A las nueve, no había ni una sola nube, ni el más ligero vapor del horizonte al cénit. ¡Jamás una observación astronómica habíase presentado en condiciones más favorables!
 
Jasper Hobson, Paulina Barnett y todos los habitantes del fuerte habían querido presenciar la operación. La colonia entera hallábase reunida sobre el cabo Bathurst, alrededor del astrónomo. El Sol se elevaba lentamente, describiendo un arco muy amplio sobre la inmensa planicie que se extendía hacia el Sur. Nadie se atrevía a hablar, esperando todos con solemne ansiedad la realización del fenómeno.
 
A eso de las nueve y media comenzó la ocultación. El disco de la Luna mordió el disco del Sol; pero el primero no debía cubrir por completo al segundo más que desde las once, cuarenta y tres minutos y quince segundos; hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos, que era el tiempo señalado por el almanaque para el eclipse total; y nadie ignora que no puede haber ningún error en estos cálculos hechos, comprobados y revisados por los astrónomos de todos los observatorios del mundo.
 
Tomás, Black había traído en su equipaje cierta cantidad de cristales ennegrecidos que distribuyó entre sus compañeros, de suerte que todos pudieron seguir los progresos del fenómeno sin detrimento de su vista. El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente. Ya los objetos terrestres adquirían un tinte especial anaranjado. La atmósfera en el cénit había cambiado de color. A las diez y cuarto, la mitad del disco solar hallábase obscurecido. Algunos perros, que gozaban de libertad, iban y venían de un lado para otro, dando muestras de cierta inquietud y ladrando en ocasiones de un modo lastimero. Los patos, inmóviles en las orillas del lago, gritaban como en la hora del crepúsculo y buscaban un lugar a propósito para entregarse al sueño. Las madres llamaban a sus pequeñuelos, que se refugiaban debajo de sus alas. Para todos aquellos animales se aproximaba la noche, y con ella la hora del sueño.
 
A las once, las dos terceras partes del disco solar se hallaban cubiertas. Los objetos habían adquirido un tinte vinoso. Reinaba entonces una semiobscuridad que debía hacerse completa durante los cuatro minutos que el eclipse total iba a durar. Pero ya se distinguían algunos planetas, como Mercurio y Venus, y las principales estrellas de ciertas constelaciones, sobresaliendo entre ellas las del Toro y Orion. Las tinieblas aumentaban de minuto en minuto.
 
Tomás Black, sin apartar la pupila del ocular de su potente anteojo, seguía los progresos del fenómeno inmóvil y silencioso. A las once y cuarenta y tres los dos discos debían encontrarse colocados exactamente el uno delante del otro.
 
- ¡Las once y cuarenta y tres! -dijo Jasper Hobson, que observaba atentamente el segundero de su cronómetro.
 
Tomás Black, inclinado sobre el instrumento, no se movía en absoluto. Transcurrió medio minuto.
 
Tomás Black se enderezó con los ojos desmesuradamente abiertos. Se colocó en seguida otra vez delante del ocular durante otro medio minuto, y, enderezándose de nuevo, gritó con voz ahogada:
 
- ¡Se va! ¡Se va! ¡La Luna! ¡La Luna se marcha! ¡Huye! ¡Desaparece! Y, en efecto, el disco lunar se deslizaba sobre el del Sol sin haberlo cubierto todo entero. ¡Solamente las dos terceras parte habían sido obscurecidas!
 
¡Tomás Black se había quedado estupefacto! Los cuatro minutos habían transcurrido ya. La luz iba aumentando. ¡La corona luminosa no se había producido!
 
- Pero, ¿qué ocurre? — preguntó Jasper Hobson.
 
- ¿Qué ocurre? -exclamó el astrónomo—. ¡Ocurre que el eclipse no ha sido total para este lugar del Globo! ¿Me entiende usted? ¡Que no ha sido total!


Jules Verne (Francia, 1828-1905).

domingo, 26 de noviembre de 2017

Eclipse: HIPERIÓN, de John Keats



(Fragmento del primer libro)
 
Dos alas tenía este orbe
de pura gloria, dos alas de plata clara,
que se elevaban al acercarse el Dios;
y entonces, de la sombra se levantaron sus plumas inmensas,
una a una, hasta desplegarse enteras,
mientras el globo deslumbrante prolongaba su eclipse
a la espera de la orden de Hiperión.
 
 
John Keats (Poeta inglés fallecido en Italia, 1795-1821).
 
(Traducido al español por Julio Cortázar).

sábado, 25 de noviembre de 2017

Eclipse: DORA BRUDER, de Patrick Modiano

"... uno se pregunta si en verdad existe el día o si se trata más bien de un estado intermedio, una suerte de eclipse sombrío..."

(Fragmento)

Escribí estas páginas en noviembre de 1996. Los días son lluviosos. Mañana entraremos en el mes de diciembre y habrán pasado cincuenta y cinco años desde la fuga de Dora. La noche cae pronto y es preferible: borra el tono gris y la monotonía de estos días de lluvia en los que uno se pregunta si en verdad existe el día o si se trata más bien de un estado intermedio, una suerte de eclipse sombrío, que se prolonga hasta primeras horas de la tarde. Entonces, las farolas, los escaparates, los cafés se iluminan, el aire de la noche es más vivo, el contorno de las cosas es más preciso, hay embotellamientos en los cruces, la gente se apresura en las calles. y en medio de todas esas luces y de esa agitación, me cuesta creer que me encuentro en la misma ciudad donde residían Dora Bruder y sus padres, y también mi padre, cuando tenía veinte años menos de los que yo cuento ahora. Tengo la impresión de ser el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el único que se acuerda de todas esas minucias. En algunos momentos, el vínculo se adelgaza y está a punto de romperse; pero algunas noches la ciudad de ayer se me aparece con reflejos furtivos detrás de la de hoy.


Patrick Modiano (Francia, 1945). Obtuvo el premio Nobel en 2014.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Eclipse: MI VIDA QUERIDA, de Alice Munro

"O es la persona la que encarna esa magia, no lo sé. ¿Entiendes? Sucede sin más, como una especie de eclipse."
 
Dolly
 
(Fragmento)

- Vamos al coche –sugirió-. No podemos hablar aquí fuera, hace demasiado frío.

Ya en el coche, me dijo:

- La vida es completamente impredecible.
 
En su voz había una ternura y una tristeza inusuales. No me miraba, sino que tenía la vista fija en el parabrisas, en nuestra casa.
 
- No sirve de nada decir que lo siento -me dijo. Luego añadió-: Mira, ni siquiera se trata de la persona. Más bien es una especie de aura. Un hechizo. Bueno, claro que en el fondo es la persona, pero se trata de lo que la envuelve y la encarna. O es la persona la que encarna esa magia, no lo sé. ¿Entiendes? Sucede sin más, como una especie de eclipse.

Meneó la cabeza, encorvado. Todo abatimiento.


Alice Munro: Alice Ann Laidlaw (Canadá, 1931). Obtuvo el premio Nobel en 2013.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Eclipse: LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO, de Mario Vargas Llosa

"Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos..."

IV

(Fragmento inicial)

Cuando Lelis Piedades, el abogado del Barón de Cañabrava, ofició al Juzgado de Salvador que la hacienda de Canudos había sido invadida por maleantes, el Consejero llevaba allá tres meses. Por los sertones había corrido la noticia de que en ese sitio cercado de montes pedregosos, llamado Canudos por las cachimbas de canutos que fumaban antaño los lugareños, había echado raíces el santo que peregrinó a lo largo y a lo ancho del mundo por un cuarto de siglo. El lugar era conocido por los vaqueros, pues los ganados solían pernoctar a las orillas del Vassa Barris. En las semanas y meses siguientes se vio a grupos de curiosos, de pecadores, de enfermos, de vagos, de huidos que, por el Norte, el Sur, el Este y el Oeste se dirigían a Canudos con el presentimiento o la esperanza de que allí encontrarían perdón, refugio, salud, felicidad.
 
A la mañana siguiente de llegar, el Consejero empezó a construir un Templo que, dijo, sería todo de piedra, con dos torres muy altas, y consagrado al Buen Jesús. Decidió que se elevara frente a la vieja Iglesia de San Antonio, capilla de la hacienda. «Que levanten las manos los ricos», decía, predicando a la luz de una fogata, en la incipiente aldea. «Yo las levanto. Porque soy hijo de Dios, que me ha dado un alma inmortal, que puede merecer el cielo, la verdadera riqueza. Yo las levanto porque el Padre me ha hecho pobre en esta vida para ser rico en la otra. ¡Que levanten las manos los ricos!» En las sombras chisporroteantes emergía entonces, de entre los harapos y los cueros y las raídas blusas de algodón, un bosque de brazos. Rezaban antes y después de los consejos y hacían procesiones entre las viviendas a medio hacer y los refugios de trapos y tablas donde dormían, y en la noche sertanera se los oía vitorear a la Virgen y al Buen Jesús y dar mueras al Can y al Anticristo. Un hombre de Mirandela, que preparaba fuegos artificiales en las ferias —Antonio el Fogueteiro — fue uno de los primeros romeros y, desde entonces, en las procesiones de Canudos se quemaron castillos y reventaron cohetes.
 
El Consejero dirigía los trabajos del Templo, asesorado por un maestro albañil que lo había ayudado a restaurar muchas capillas y a construir desde sus cimientos la Iglesia del Buen Jesús, en Crisópolis, y designaba a los penitentes que irían a picar piedras, cernir arena o recoger maderas. Al atardecer, después de una cena frugal —si no estaba ayunando — que consistía en un mendrugo de pan, alguna fruta, un bocado de farinha y unos sorbos de agua, el Consejero daba la bienvenida a los recién llegados, exhortaba a los otros a ser hospitalarios, y luego del Credo, el Padrenuestro y los Avemarías, su voz elocuente les predicaba la austeridad, la mortificación, la abstinencia, y los hacía partícipes de visiones que se parecían a los cuentos de los troveros. El fin estaba cerca, se podía divisar como Canudos desde el Alto de Favela. La República seguiría mandando hordas con uniformes y fusiles para tratar de prenderlo, a fin de impedir que hablara a los necesitados, pero, por más sangre que hiciera correr, el Perro no mordería a Jesús.
 
Habría un diluvio, luego un terremoto. Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos, mientras a lo lejos retumbaba la batalla. Millares morirían de pánico. Pero, al despejarse las brumas, un amanecer diáfano, las mujeres y los hombres verían a su alrededor, en las lomas y montes de Canudos, al Ejército de Don Sebastián. El gran Rey habría derrotado a las carnadas del Can, limpiado el mundo para el Señor. Ellos verían a Don Sebastián, con su relampagueante armadura y su espada; verían su rostro bondadoso, adolescente, les sonreía desde lo alto de su cabalgadura enjaezada de oro y diamantes, y lo verían alejarse, cumplida su misión redentora, para regresar con su Ejército al fondo del mar.
 
Los curtidores, los aparceros, los curanderos, los mercachifles, las lavanderas, las comadronas y las mendigas que habían llegado hasta Canudos después de muchos días y noches de viaje, con sus bienes en un carromato o en el lomo de un asno, y que estaban ahora allí, agazapados en la sombra, escuchando y queriendo creer, sentían humedecérseles los ojos. Rezaban y cantaban con la misma convicción que los antiguos peregrinos; los que no sabían aprendían de prisa los rezos, los cantos, las verdades. Antonio Vilanova, el comerciante de Canudos, era uno de los más ansiosos por saber; en las noches, daba largos paseos por las orillas del río o de los recientes sembríos con Antonio el Beatito, quien, pacientemente, le explicaba los mandamientos y las prohibiciones de la religión que él, luego, enseñaba a su hermano Honorio, su mujer Antonia, su cuñada Asunción y los hijos de las dos parejas.
 
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936). Obtuvo el premio Nobel en 2010.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Eclipse: URANIA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse..."

(Fragmento de Anthony Martin, el consejero)

Entonces me volví, me fui a lo alto del pueblo, para esconder mi cólera y mi emoción. Ahora, ya no puedo hablar, ya no quiero decidir. Soy demasiado viejo, mi corazón está enfermo, mi alma también. Quiero volverme un vejete inútil al que se va a mendigar por las rutas titubeando, con un palo de escoba en la mano a modo de bordón.
 
Ya echo de menos el cielo de Campos. En mi país, en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse, los gigantes lejanos en su halo rojo, todas esas figuras con las que he vivido, el Arado, el ojo de la osa Dubhe, su cola, su flanco, la gacela Talitha a la que caza y hace volar el polvo brillante con cada uno de sus saltos, y ése es el nombre que yo le había dado a Hoatu cuando ella llegó, debido a su manera de correr con los pies desnudos entre las rocas de la montaña, y Cristian siempre detrás de ella porque estaba enamorado. ¿Ellos se acordarán tal vez de todo eso por amor a mí?
 
Altais, la serpiente enroscada, su ojo Rastaban. Y Thuban que fue el centro del universo antes que la estrella polar, hace diez mil años.
 
¿Qué queda del país donde yo nací? ¿Alguien me espera allá? Me fui hace mucho tiempo, todos aquellos que conocí se han muerto, o bien me han olvidado.
 
 
J. M. G. Le Clézio: Jean Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 21 de noviembre de 2017

Eclipse: EL LIBRO NEGRO, de Orhan Pamuk

"... su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día..."

(Fragmento del capítulo 15: Historias de amor en una noche de nieve)

Estaba claro que se trataba del típico jubilado que quiere hacer algo útil en su tiempo libre, interesado por nuevas amistades y que conoce bien Estambul. Una vez hubo terminado con los luchadores tracios, el viejo anunció que había llegado el momento de la verdadera historia y comenzó su relato:
 
En realidad se trataba más de un dilema que de una historia: un anciano pastor encerró en el redil su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día, sorprendió a su querida mujer en Ia cama con un amante y, tras un momento de duda, los mató a ambos con el primer cuchillo que cogió. Después de entregarse, en su defensa ante el juez afirmó que no había matado a su esposa y a su amante, sino a una mujer desconocida que estaba en su cama con su querido; la lógica que seguía el pastor era tremendamente simple: teniendo en cuenta que resultaba imposible que «la mujer» con la que había vivido enamorado desde hacía años, en la que había confiado y a la que tan bien conocía, le hiciera aquello a «él», tanto «él» como «la mujer de la cama» eran en realidad otras personas. El pastor creyó de inmediato en aquella sorprendente sustitución corroborada además por la señal sobrenatural que le había proporcionado el Sol. Por supuesto estaba dispuesto a sufrir la pena correspondiente al crimen de aquella otra persona que recordaba que le había poseído por un instante, pero quería que tanto la mujer como el hombre que había matado en la cama fueran considerados dos ladrones que habían entrado en su casa para aprovecharse impúdicamente de la comodidad de su lecho. Después de cumplir su condena, fuera la que fuese, se echaría a los caminos para buscar a su esposa, a la que no veía desde el día del eclipse y, después de encontrarla, comenzaría a buscar si propia personalidad perdida, quizá con ayuda de su mujer. ¿Cuál fue el castigo que el juez impuso al pastor?
 
Mientras escuchaba las respuestas que los de la mesa le daban a la pregunta del anciano coronel, Galip pensaba que había leído o escuchado aquella historia en otro lugar, pero era incapaz de recordar en cuál. Por un momento, mientras observaba una de las fotografías que el fotógrafo había traído y repartía entre los componentes de la mesa, creyó que iba a descubrir de dónde recordaba la historia y al hombre pero, en ese momento le pareció que podría decir de repente quién era ese hombre y, como en la historia del fotógrafo, así descifrar el misterio de una de aquellas caras cuyo significado era tan difícil de interpretar. Cuando le llegó el turno a Galip opinó que el juez perdonaría al pastor y en ese instante sintió que había resuelto el secreto del significado del rostro del militar jubilado: era como si cuando comenzó a contar su historia fuera una persona y al terminarla fuera otra. ¿Qué le había ocurrido mientras narraba la historia? ¿Qué era lo que le había cambiado mientras narraba la historia?
  

Orhan Pamuk (Turquía, 1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Eclipse: OBSESIÓN (Avaricia)*, de Elfriede Jelinek



(Fragmento del capítulo 2)

Bajan sus miradas hacia el estanque, que se traga el sol como si en él hubiese de forma perpetua un eclipse solar, y la superficie oscura les parece una nocturna carretera comarcal en la que se producen encuentros. Otros prefieren no encontrarse a nadie. Lo entiendo, yo estaría más bien en ese grupo. Bien, ésos ya se han marchado, pues ya no los veo. El agua está tan fría, que uno la podría sacar del lecho chorreando y volvería a echarla allí de inmediato nada más al ver con detalle lo que ha pescado. Esta agua no caería jamás a la superficie terrestre en forma de precipitación, antes se precipitaría sobre alguien hasta matarlo, alguien que estuviera esperando una mejora del tiempo desde hace por lo menos una semana. El frío, al fin y al cabo, baja en una forma extraña, amorfa. Si el agua fuera hábil, huiría por su propio pie montaña arriba. Todo esto no es tan profundo, pero las plantas trepadoras y la carroña le arrastrarían a uno hasta ese fondo, que prefiero no imaginarme. Aquello debe de ser indescriptiblemente fangoso, oscuro, helado, desolador, por decirlo de algún modo, un lugar donde las aguas yacen sin sentido, pero sin embargo incesantes, con una parte de su memoria sin regular por la convención alpina, que invita a las sustancias contaminantes a que, por favor, no se dejen descargar aquí, y con la otra parte al acecho, probablemente acechando su propio terrible despertar. Ni siquiera una vez, jamás, he visto patos en su superficie, el sebo los agarraría por la cola y, graznando, se verían arrastrados miserablemente bajo la superficie, así me lo imagino, pues yo aprecio a los animales y no quiero que sufran malas experiencias. Bueno, evidentemente ellos mismos tampoco quieren. No se posan jamás, según creo, en estas aguas, que parecen petrificadas por el terror, porque fueron vertidas aquí y no ahí delante, donde tendrían todo el sol, al otro lado de la carretera, donde está la fonda, aunque incluso allí, no importa el sol que haga, refresca pronto debido a las montañas circundantes, y hay que ir a buscar chalecos y chaquetas. Allí los patos están en los platos. Un pequeño embarcadero, pero ¿para qué? Si nadie pasa por aquí. Bueno, quién lo iba a decir entonces, cuando se buscaron las voces más solícitas y se repartieron los remos y se entrenó la paciencia sin límites al declararse pérdidas en los primeros meses. A veces, aquí se ven o se oyen niños, que, de repente, sin embargo, enmudecen y clavan sus miradas en el agua, tan distinta a lo que se les había prometido, una cara que, tras un examen más detenido, se descubre como una mueca horrible, una red en la que uno quedará enredado. Nada de alegres y coloridos bañadores, pelotas de agua, flotadores de animales, botes hinchables; nada de eso le ha sido concedido a este lago, no recibe diversidad y por tanto no ofrece diversidad ninguna. No puede ponerse espumosos vestidos que se alcen susurrantes, pues esta agua metálica no se deja remover ni conmover. Me parece una simpleza atribuirlo a la completa falta de radiación solar. Por lo menos los solariums tienen de eso a montones y no por ello las personas se vuelven mejores. Van a esos lugares para meterse en magníficos ataúdes resplandecientes, sólo aquellos que quieren cambiar por sí mismos el color de su piel, como mínimo. Pero en su fuero interno saben que siempre van a permanecer como han sido creados. 
 
 
Elfriede Jelinek (Austria, 1946). Obtuvo el premio Nobel en 2004.
 
* El título original de la novela en alemán es Gier, que significa codicia o avaricia,
por alguna razón fue traducido para su publicación en español como Obsesión.
Forma parte de las novelas de Elfriede Jelinek que abordan los pecados capitales.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Eclipse: EL MAESTRO DE PETERSBURGO, de J. M. Coetzee

"El sol naciente no ha salido con todas las de la ley, sino para sufrir el eclipse nada más..."

(Fragmento del capítulo 7: Matriona)

¡Asoma la alegría como raya el alba! Pero no es más que un instante. No es solamente que las nubes comiencen a surcar este cielo nuevo, radiante, es como si en el instante mismo en que sale el sol con todo su esplendor, apareciese también otro sol antagónico que se deslizara por delante del sol. La palabra presagio atraviesa su mente con todo su influjo siniestro y ominoso. El sol naciente no ha salido con todas las de la ley, sino para sufrir el eclipse nada más; la alegría resplandece sólo para revelar cómo ha de ser la aniquilación de la alegría.
 
 
J. M. Coetzee: John Maxwell Coetzee (Sudáfrica, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2003.
 
La ilustración corresponde al sol del amanecer en San Petersburgo, Rusia.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Eclipse: AL LÍMITE DE LA FE, de V. S. Naipaul

"... hace unos cuatro o cinco años hubo un eclipse total de sol, y la gente fue a verlo a Borobudur..."
 
(Párrafos finales del capítulo 5: El kampung)

«El tío de mi mujer tiene cierta cultura. Hablaba holandés. Era militar en los viejos tiempos, después de la revolución, en los años cincuenta. Leía en inglés y en holandés, pero lo que presentaba como ideas propias era una superchería. Por ejemplo: hace unos cuatro o cinco años hubo un eclipse total de sol, y la gente fue a verlo a Borobudur -la estupa budista del siglo VII-. Borobudur con eclipse total de sol. Pues este tío mío, yo le llamo tío, me dijo que la gente fue a Borobudur en busca de un libro que contiene el secreto de la vida. ¿Se lo puede creer? Y hay muchos como él.
 
«Este tío mío no estaba exactamente preparado. Nunca pensaba de una forma crítica sobre las personas. La democracia no consiste en votar. Consiste en el debate, en la calidad de la vida intelectual. No es ni Habibi ni nadie quien orquesta la limitación de la mente, sino la nueva afluencia de estudiantes provincianos que necesitan certezas en esta época de confusión. El regímen no ofrece ideas, así que no hay debate. Las ideas se encasillan, y así se quedan, sin desarrollar.»

 
V. S. Naipaul: Vidiadhar Surajprasad Naipaul
(Británico de origen hindú nacido en Trinidad y Tobago, 1932). Obtuvo el premio Nobel en 2001.
 
La ilustración corresponde a la efigie de Buda en el templo de Borodubur, isla de Java, Indonesia.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Eclipse: AÑOS DE PERRO, de Günter Grass


 "... luna y perro, perro en la luna, perro come luna, eclipse de perro..."
 
(Fragmento del libro segundo: Cartas de amor)
 
Mientras en el refugio de hormigón del Führer iban progresando los preparativos para la celebración del natalicio, se escabulló de través e inocentemente, por el patio interior de la Cancillería del Reich. Al llegar el mariscal del Reich, precisamente, pasó él la doble guardia y emprendió su curso en dirección sudoeste, porque se había enterado, por los informes de la situación, que en Cottbus el frente tenía una brecha. Pero, por muy bello y ancho que el agujero se presentara, el perro dio media vuelta, con todo, en vista de las puntas de tanques soviéticas, al este de Jüterbog; de modo que abandonó el movimiento de los ostrogodos y corrió al encuentro del enemigo occidental: por entre las ruinas del corazón de la ciudad, eludiendo el sector gubernamental, volando por poco en el Alex, guiado por dos perros en celo a través del Tiergarten y a punto de ser atrapado en el puesto antiaéreo del Jardín Zoológico: allí le esperaban unas ratoneras gigantescas; pero vaciló siete veces alrededor de la Columna de la Victoria, acabó tomando por la avenida de los desfiles y se juntó, aconsejado por el antiquísimo remedio casero, el instinto de perro, a un grupo civil de transporte, que trasladaba utensilios de teatro del terreno de la exposición de la emisora a Nikolassee. Sin embargo, tanto las emisoras propias como los altavoces eminentes del enemigo oriental —voces tentadoras que le prometían conejos— le hicieron sospechosos los suburbios residenciales de Wannsee y Nikolassee: ¡no quedaban lo bastante al oeste! Y se propuso, cual objetivo de su primera etapa, el puente del Elba junto a Magdeburg-Burg.
 
Atravesó sin incidentes, al sur del Schwielow-See, las puntas de ataque del duodécimo ejército que habían de socorrer, desde el sudoeste, a la capital del Reich. Después de un breve reposo en un jardín residencial asolado, un soldado de infantería de tanques le dio de comer de una sopa de guisantes caliente todavía, y, sin aire oficial, le llamó por su nombre. Pocos instantes después, la artillería enemiga bombardeó el sector residencial con propósito de desorganización, hirió ligeramente al soldado de infantería de tanques y dejó indemne al perro; porque aquello que sigue allí sobre sus cuatro patas procurando ejecutar la migración planeada de los visigodos sigue siendo uno y el mismo perro pastor alemán negro, por amor de sí.
 
Rastrillos entre lagos rizados en un día ventoso de mayo. El éter saturado de acontecimientos importantes. Con el hocico apuntando la meta occidental sobre arena de la Marca, en la que pinos hunden sus garras. Un rabo horizontal, un colmillo, muy adelante, reduce con lengua desplegada el trayecto de huida a dieciséis veces cuatro patas: salto de un perro en movimientos parciales sucesivos. Todo dividido por dieciséis: paisaje, primavera, aire, libertad, pinceladas de árboles, bellas nubes, primeras mariposas, gorjeo de pájaros, zumbido de insectos, huertos suburbanos con brotes verdes, vallados de estacas altamente musicales, los campos labrantíos escupen conejos, gallos silvestres se airean, naturaleza sin proporciones, nada ya de caja de arena, sino horizontes, olores como para untar el pan con ellos, puestas de sol que se van marchitando lentamente, crepúsculos sin huesos; de vez en cuando, restos de tanques recortados románticamente contra el cielo matutino de las cinco; luna y perro, perro en la luna, perro come luna, eclipse de perro (…)
 

Günter Grass (Alemania, 1927-2015). Obtuvo el premio Nobel en 1999.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Eclipse: CAÍN, de José Saramago

"... que de él se apoderen las tinieblas y la oscuridad, que las nubes lo envuelvan y los eclipses lo aterren..."

(Fragmento del capítulo 11)

La mujer de job, de la que hasta ahora no habíamos oído una sola palabra, ni siquiera para llorar la muerte de sus diez hijos, pensó que ya era hora de desahogarse y le preguntó al marido, Todavía te mantienes firme en tu rectitud, yo, en tu caso, si estuviera en tu lugar, maldeciría a dios aunque por ahí me llegara la muerte, a lo que job respondió, Estás hablando como una ignorante, si recibimos el bien de manos de dios, por qué no recibiríamos también el mal, ésta fue la pregunta, pero la mujer respondió airada, Para el mal ya está satán, que el señor aparezca ahora como su competidor es algo que nunca se me había pasado por la cabeza, No puede haber sido dios el que me ha puesto en este estado, sino satán, Con el acuerdo del señor, dijo ella, y añadió, Siempre he oído decir a los antiguos que las mañas del diablo nada pueden contra la voluntad de dios, pero ahora dudo de que las cosas sean tan simples, lo más seguro es que satán no sea nada más que un instrumento del señor, el encargado de llevar a cabo los trabajos sucios que dios no puede firmar con su nombre. Entonces job, en el culmen del sufrimiento, tal vez, sin confesarlo, animado por la mujer, rompió el dique del temor de dios que le sellaba los labios y exclamó, Perezca el día en que nací y la noche en que fue dicho, Ha sido concebido un varón, conviértase ese día en tinieblas, que dios desde lo alto no le preste atención ni la luz resplandezca sobre él, que de él se apoderen las tinieblas y la oscuridad, que las nubes lo envuelvan y los eclipses lo aterren, que no se mencione ese día entre los días del año, ni se cuente entre los meses, que sea estéril tal noche y no se haga oír en ella ningún grito de alegría, oscurézcanse las estrellas de su crepúsculo, en vano se espere la luz y no se abran los párpados de la aurora por no haberme cerrado la salida del vientre de mi madre, impidiendo que llegara a ver tanta miseria, y así se fue quejando job de su suerte, páginas y páginas de imprecaciones y lamentos, mientras tres amigos suyos, elifaz de teman, bildad de súaj y sofar de naamat, le iban haciendo discursos sobre la resignación en general y el deber de todo creyente de acatar con la cabeza baja la voluntad del señor, sea ella la que sea.
 
 
José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Eclipse: ÉGLOGA DEL VALLE DEL BANN, de Seamus Heaney

"Y entonces, el mes pasado, en el eclipse del mediodía, el viento ha cesado."

(Fragmento)

Poeta:

Pacatum orbem: tus palabras son casi excesivas.
Incluso "orbe" por sí misma. ¿Qué podría igualarla en la tierra?
Y entonces, el mes pasado, en el eclipse del mediodía, el viento ha cesado.
Un frío milenario, oscuro y sin pájaros, predispuesto.
Una quietud primigenia, postrera, una conciencia que nace
Como nombre en el alba del conocimiento: He visto el orbe.

Virgilio:

Los eclipses no serán para esta niña. El frío que conocerá
Será la capota de la carriola sobre su cabeza vestal.
Grandes margaritas se acunarán entre los rayos.
Ella reposará en las tardes de verano escuchando
Un bum y zote cuando van a la sala de ordeño.
Déjala que no oiga nunca de cerca disparos o explosiones.


(Poet: Pacatum orbem: your words are too much nearly.
Even “orb” by itself. What on earth could match it?
And then, last month, at noon-eclipse, wind dropped.
A millennial chill, birdless and dark, prepared.
A firstness steadied, a lastness, a born awareness
As name dawned into knowledge: I saw the orb.


Virgil: Eclipses won’t be for this child. The cool she’ll know
Will be the pram hood over her vestal head.
Big dog daisies will get fanked up in the spokes.
She’ll lie on summer evenings listening to
A chug and slug going on in the milking parlour.
Let her never hear close gunfire or explosions
.)


 
 

Seamus Heaney (Irlanda, 1939-2013). Obtuvo el premio Nobel en 1995.
 
(Traducido del inglés por Jules Etienne).
 
Notas a la traducción: La principal dificultad para traducir a Seamus Heaney estriba en que es proclive a emplear expresiones arcaicas de un inglés en desuso, así como la jerga irlandesa. Por ejemplo, el sufijo "ness" del inglés antiguo, como sería el caso de "firstness" o "lastness". La frase "will get fanked up in the spokes", la he traducido "se acunarán entre los rayos", partiendo del supuesto de que "fanked up" es una derivación del gálico "faengk" que significa "sheep-cot", es decir, cuna de ovejas, y aunque "spoke" se refiere habitualmente a la radio, también puede usarse ocasionalmente como rayo, lo cual resulta congruente con el ruido de los disparos y explosiones que refiere más adelante. En cuanto a "chug and slug", tenía la posibilidad de traducir "fulano y mengano", pero "chug" es onomatopeya de un sonido explosivo, en cuanto a "slug", tiene su origen en algún dialecto noruego ancestral y significa alguien de cuerpo pesado, lento y perezoso. Pude haber utilizado "bum y pum" para mantener la armonía fonética, sin embargo, estaría traicionando la segunda acepción, de allí que opté por "zote", ignorante, torpe y muy tardo en aprender, según el diccionario de la RAE. Finalmente, Pacatum orbem, proviene del latín para expresar "hacer del mundo".

martes, 14 de noviembre de 2017

Eclipse: EL DÍA QUE ÉL SE DIGNE A ENJUGAR MIS LAGRIMAS, de Kenzaburō Ōe

"... cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol."
 
(Fragmento del capítulo IV)

«Para mi mente de niño, debía de haber fuera de casa gente que trataba de destruir mis días felices, que iban a comenzar aquel mismo día en el almacén y pertenecían exclusivamente a AQUÉL y a mí. Si aquella gente hacía acto de presencia, yo estaba resuelto a batirme valientemente con mi vieja bayoneta de la guerra ruso-japonesa, que había utilizado hasta entonces para cortar el pienso de las bestias, y que parecía una barra de hierro ennegrecida», dijo «él». «Se diría que la vida en ese trastero resultó realmente divertida para usted. ¿Le recibió bien su padre?» «¡Ni siquiera intenté entablar conversación con él! Estaba muy oscuro allí dentro. Al entrar en el trastero encendí la bombilla desnuda que colgaba junto al dintel cubierta con un trapo negro, como establecían las ordenanzas de defensa pasiva; AQUÉL miraba fijamente el fondo del trastero y llevaba puestas las gafas de buceador con los cristales recubiertos de celofán que yo llevo en este momento, pues sin duda ya se había decidido a impedir que los demás pudieran descifrar la expresión de su rostro. Había preparado esas gafas cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol. Alrededor del sillón de barbero en el que estaba sentado habla no sé cuántas pilas de grandes libros en lengua extranjera. Debían de ser tratados de agricultura, pues, según lo que he leído después en los documentos militares, había proyectado traer al valle a sus "camaradas" de Manchuria para roturar las tierras que lindan con los bosques, ¿sabes? A decir verdad, cuando yo fui a vivir al trastero creo que ya había perdido las ganas de leer esos libros. Me hace pensar así que llevara continuamente puestas sus famosas gafas, incluso de noche. Con las gafas de buceador puestas AQUÉL no podía ver con claridad nada de lo que había en el trastero, pienso yo. Cuando encendí la bombilla del dintel, percibió en seguida una luz que le resultó desagradable y me lanzó un silbido como los que se hacen para espantar a los polluelos.»
 
 
Kenzaburō Ōe (Japón, 1935). Obtuvo el premio Nobel en 1994.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Eclipse: DISCOR, de Octavio Paz

"... rostro de eclipse: sólo dos ojos cada vez más hondos."

(Estrofa final)

No desemboca y siempre desemboca:
ribera y agua, centella y abismo,
tu cuerpo de yerba, tu cuerpo de plata,
trono de la noche y espuela del día,
deseo de mil brazos y una sola boca,
gavilán y torrente y alto grito que cae.
En tu alma reseca llueve sangre.
Rostro desnudo, rostro deshecho y rostro de eclipse:
sólo dos ojos cada vez más hondos.
Abolición del cuerpo:
otra misma, que tú no conoces,
nace del espejo abolido.


Octavio Paz (México 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Eclipse: SAN CAMILO, 1936, de Camilo José Cela

"... es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor vuela..."

(Fragmento de la segunda parte: El día de San Camilo)
 
Don Máximo sabe que algo acontece, no hay noticias muy concretas pero algo acontece, don Diego le llama por teléfono, véngase por aquí, ¿pasa algo don Diego?, usted véngase por aquí, ¿no ha oído la radio?, no señor, pues hay que oír la radio, usted véngase por aquí y le informaré, allá voy, en cinco minutos estaré en su casa, hay noticias de que el ejército de Marruecos se ha sublevado, son muy confusas y contradictorias pero conviene estar listos para hacer frente a los acontecimientos, usted manda don Diego, usted sabrá lo que debemos hacer, lo que yo le digo es que estamos sobre un polvorín, tiene usted razón, lo que más me preocupa es que el polvorín ha empezado a arder, convoque usted a la minoría para dentro de una hora, no debe faltar nadie, convoque también a don Felipe Sánchez Román, sí señor. De repente es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor en cambio vuela a una velocidad increíble, tarda en arrancar pero después se extiende vertiginoso, ¿Cómo un reguero de pólvora?, eso, como un reguero de pólvora, en una ciudad de un millón de habitantes basta con que dos docenas oigan la radio, si el rumor nace de doce chorros diferentes inunda en dos horas la ciudad.
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Eclipse: LA HIERBA, de Claude Simon

"... esos relojes astronómicos donde están representados a la vez las horas, los signos del zodíaco, los doce apóstoles, las mareas, los años bisiestos y los eclipses del sol y de la luna..."

(Fragmento)

... pero el azar hace bien las cosas, el azar, felizmente existe un azar que permite a los hombres y a las mujeres encontrarse, hacer el amor por azar, enseñando los senos por azar porque simplemente estaba demasiado inclinada, olvidando sin duda que su traje, su escote se entreabría siempre, las pinzas del azúcar en la mano y el tono distinguido de una conversación mundana, cuántos, uno solamente, sólo uno, mire mis senos, mire mi trasero ardiendo, el cuerpo ardiendo, bajando, entrando en el bosquecillo, deben encontrarse en el lugar donde el muro se ha derrumbado, era como si ella tuviera todavía las huellas de sus manos sobre su vestido blanco, allí donde él la había tocado, en los senos, en el vientre, entre los muslos, yo podía verlo tan claramente como si hubiera estado bailando con un carbonero, bailar, los dos, pegados, los ojos en blanco, oh (continuando así quizá durante un minuto... o dos, o diez, o media hora, o un millón: el tiempo (esa especie de tiempo en el cual sin duda ella se movía) imposible de medirse por el hecho de que, evidentemente, no era de la misma especie que el que puede medir una manecilla desplazándose sobre una esfera; esa esfera (esa sobre la cual la manecilla -o el espíritu de Sabine- avanzaba) constituida al parecer por varias esferas superpuestas o, si se prefiere, concéntricas, como en esos relojes astronómicos donde están representados a la vez las horas, los signos del zodíaco, los doce apóstoles, las mareas, los años bisiestos y los eclipses del sol y de la luna, señalando la manecilla, pues, en el mismo instante varias indicaciones, lo cual, si se medita bien, es igualmente cierto para no importa qué manecilla de no importa qué reloj comprado el día de la primera comunión -o regalado, heredado-, la caja adornada con las iniciales grabadas y tan complicadamente entrelazadas que resultan indescifrables o al menos tan difíciles de reconocer (es decir, de desenredar y después, hecho esto, de identificar, atribuyéndolo a uno u otro de los diez o doce antepasados, tíos abuelos o viejas primas ya olvidadas, a quienes ha pertenecido, como sucede con esos pesados monogramas bordados en las sábanas -en general desaparejadas, pero aparentemente sin uso- que se transmiten de generación en generación: representando cada sigla la alianza de al menos dos familias -algunas de ellas conservando orgullosamente, y a menudo indebidamente, según las cláusulas de la ley sálica, un nombre ya extinguido por tratarse de una sucesión femenina-, el mecanismo del tiempo y el de la reproducción desarrollándose ambos bajo los simbólicos vestigios de otros tiempos y de otros coitos), tan difíciles de reconocer y luego de atribuir (cada una de las iniciales enlazadas por dos o tres letras pudiendo ser las de muchos nombres o patronímicos y pudiendo representar también sus combinaciones una infinidad de alianzas, de emparejamientos e incluso -el mismo patronímico atribuido hereditariamente a menudo, en las familias, en recuerdo de parientes próximos o lejanos- de identidades, de manera que los dos lados del reloj, dorso y esfera, parecen presentar incesantemente un doble enigma imposible de resolver, constituido por una multitud de calcos superpuestos que, en transparencia, hacen aparecer simultáneamente la innumerable presencia fantasmal de personas y acciones difuntas)…
 
 
Claude Simon (Francés nacido en Madagascar, 1913-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1985.