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Vancouver, atardecer en English Bay.

domingo, 25 de junio de 2017

CARNAVAL*, de Giosué Carducci

"Y no hay un pájaro, ni aura entre las plantas, ni canto de doncella o caminante."

(Fragmento)
 
Una niebla blanca
Llena el aire durmiente, y se confunde
Con la lenta nevada en el horizonte lejano
Suave color rojizo y cansado
Del sol la rueda que tras el vapor se esconde
Como el ojo humano de sus párpados mudos.
Y no hay un pájaro, ni aura entre las plantas,
Ni canto de doncella o caminante.
 
 
Giosué Carducci (Italia, 1835-1907), recibió el premio Nobel en 1906.

* El poema sólo se titula Carnaval pero se trata de una alegoría ya que en ningún momento se ocupa del festejo con máscaras y disfraces. Sin embargo, he decidido incluirlo por tratarse de Giosué Carducci e impulsado por la belleza de esta estrofa que he traducido del italiano.

miércoles, 21 de junio de 2017

Carnaval: CEREMONIA SECRETA, de Marco Denevi

"... se quitó la ropa manchada de sangre..."

(Fragmentos finales)

Hasta que, una noche de carnaval, las pisadas se detuvieron, la inmensa puerta se abrió, y Cecilia, lanzando un grito, saltó fuera del sueño.

Estaba acostada en el dormitorio de su madre, en la cama de su madre. A su lado, una desconocida, vestida y peinada como su madre, la miraba con ojos desencajados.

- ¿Quién es usted? -le preguntó, débilmente, tratando de incorporarse. Pero las fuerzas la abandonaron y debió apoyar nuevamente la cabeza sobre la almohada.

Lejos, se oía un estrépito como el de un chorro de agua cayendo en un tanque vacío. Y al mismo tiempo el chorro de agua producía una música estridente.

- ¿Qué es todo ese ruido? -dijo, y volvió los ojos hacia la ventana, a través de la cual se veía un resplandor purpúreo.

Escuchó la voz de la desconocida:


- Es el corso de la Avenida de Mayo, Cecilia.
 
(...)
 
Afuera, en la tarde de carnaval, Suipacha dormitaba.
 
Transcurrieron varias horas, lentas como días. Llegó la noche. En la Avenida de Mayo se encendieron luces multicolores, estalló la música, el corso recomenzaba su algarabía.
 
Y la señorita Leonides, de pie junto a la ventana, seguía esperando. Sólo sus labios se movían como si rezase. El resto de su cuerpo permanecía en un letargo de cocodrilo. Pero desde el fondo de las órbitas, sus ojos filtraban una mirada de sílice. Esa mirada no veía los grupos de gentes que afluían hacia el corso. Esa mirada apuntaba, a través de la ciudad, a un solo sitio, ignorado y adivinado. Y esa mirada descubrió enseguida a la mujer que se detenía frente a la puerta.
 
La mujer dudó un instante. Después entró. Vio la urna de caoba. Vio, más lejos, una puerta abierta, y el resplandor de los cirios. Se acercó a esa puerta y la franqueó. Vio los dos ataúdes. Se aproximó primero a uno, después a otro, se asomó a esos abismos y los miró como desde un parapeto. Parecía perpleja y levemente asustada. En ese momento oyó que alguien, a sus espaldas, la llamaba:
 
- Belena.
 
Se dio vuelta.
 
Sus espléndidos ojos, de bordes firmemente diseñados, se dilataron de estupor. Iba a gritar, cuando sintió como si entre los pechos se le hubiera reventado una llaga, y un líquido ardiente y seroso le corriera por la piel, bajo el vestido. Un repentino sopor la poseyó. Quiso mover la cabeza, agitar un brazo, librarse de ese sueño absurdo que la vencía, pero no lo logró y cayó pesadamente, entre el alborozado parpadeo de los pabilos.
 
Entonces la señorita Leonides se irguió. Una gota de sudor le corría por el pómulo, se la enjugó maquinalmente con la mano, que le temblaba convulsamente, miró por última vez a Cecilia, le sonrió y salió.
 
En el dormitorio de Guirlanda Santos depositó el estilete sobre la repisa de los libros, se quitó la ropa manchada de sangre, se puso su vestido negro, su tapado negro, el litúrgico sombrero negro en forma de turbante, al brazo se colgó la cartera que semejaba un enorme higo podrido, descendió a la planta baja, y sin apagar ninguna luz, sin cerrar ninguna puerta, salió a la calle y se alejó.
 
Un grupo de enmascarados la saludó haciendo restallar la seca risa lúgubre de las matracas.
 

Marco Denevi (Argentina, 1922-1998).

martes, 20 de junio de 2017

Carnaval: L'AMELANCHIER, de Jacques Ferron

"Era martes de carnaval..."

(Fragmento)

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...
 
Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.
 
Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!
 
El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto! Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.
 
 
Jacques Ferron (Canadá, 1921-1985)
 
(Traducido al español por Laura López Morales) 

Carnaval: LA PIEL DE ZAPA, de Honoré de Balzac

"A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas..."

(Fragmento del capítulo II: La mujer sin corazón)

Apenas formulada la proposición, Taillefer salió a comunicar las órdenes oportunas. Las mujeres se situaron lánguidamente ante los espejos, para reponer el desorden de sus tocados. Todos sacudieron la pereza. Los más viciosos exhortaron a los más comedidos. Las cortesanas se burlaron de los que aparentaban carecer de energías para continuar el rudo jolgorio. En un momento, aquellos espectros se animaron, formaron corrillos, charlaron y bromearon. Unos cuantos camareros hábiles y diligentes, dispusieron rápidamente la mesa y sus accesorios y sirvieron un opíparo almuerzo. Los comensales invadieron atropelladamente el comedor, donde, si todo llevó el sello imborrable de los excesos de la víspera, hubo al menos vestigios de vida y de raciocinio, como en las postreras convulsiones de un moribundo. A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas de sus danzas, ebrias de embriaguez, y empañadas en tildar al placer de impotencia, por no confesarse la propia.

 
Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).

La ilustración corresponde a Fiesta de disfraces (detalle), de Guillermo Lorca.

lunes, 19 de junio de 2017

CARNAVAL, de Adrian Păunescu

"Tenemos que estar enmascarados otra vez, sólo así podremos reconocernos..."

La mayor sorpresa
el choque más grande,
entre tanta locura,
el punto culminante
de nuestro baile de máscaras
en el que
nadie
ha conocido nunca a nadie
fue cuando alguien
tuvo
la genial idea
de que se parecieran
todas nuestras mujeres reales.
 
Tenemos que estar enmascarados
otra vez
sólo así podremos
reconocernos
para darnos
los buenos días.
 
 
Adrian Păunescu (Rumania, 1943-2010)

domingo, 18 de junio de 2017

Carnaval: EL ABUELO, de Benito Pérez Galdós


(Fragmento)

«No, no son los sueños un carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora..., es que el mundo espiritual, invisible que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de lo de allá, sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos hacer...»
 
 
Benito Pérez Galdós (España, 1943-1920)

sábado, 17 de junio de 2017

Carnaval: AURÉLIE O EL SUEÑO Y LA VIDA, de Gérard de Nerval

"El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia, desterró todas mis ideas melancólicas."
 
(Fragmento del primer capítulo)
 
Cada cual puede buscar en sus recuerdos la emoción más dolorosa, el golpe más terrible con que el destino haya castigado su alma; entonces hay que resolver entre morir o vivir: diré más adelante por qué no escogí la muerte. Condenado por aquella a la que amaba, culpable de una falta de la que no esperaba ya perdón, no me quedaba otra cosa que entregarme a los excesos más vulgares: así, fingí alegría e indolencia, y recorrí el mundo, locamente seducido por la variedad y el capricho; me gustaban sobre todo las indumentarias y las extrañas costumbres de lejanos países; me parecía que desplazaba así las condiciones del bien y del mal; los términos, por decirlo así, de lo que es sentimiento para nosotros los franceses. "Qué locura -me decía- amar así con un amor platónico a una mujer que ya no nos ama. Es culpa de mis lecturas; he tomado en serio las invenciones de los poetas, y he construido una Laura o una Beatriz de una persona cualquiera de nuestro siglo..." Pasemos a otras intrigas, y ésta quedará pronto olvidada. El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia desterró todas mis ideas melancólicas. Me sentía tan dichoso por el alivio que experimentaba, que acabé por hacer partícipes de mi alegría a todos mis amigos, y, en mis cartas, les presentaba como una constante del estado de mi espíritu lo que no era sino excitación febril.

Gérard de Nerval (Francia, 1808-1855)
 
(Traducido al español por Jorge Segovia)

viernes, 16 de junio de 2017

CARNAVAL, de José Antonio Ramos Sucre

"... dejando el reguero de su sangre en la nieve del suelo."

Una mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible obsede mi pensa­miento. Un pintor septentrional la habría situado en el curso de una escena familiar, para distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras ma­cabras.
 
Yo había llegado a la sala de la fiesta en compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos habían arriesgado la vida por mi causa.
 
Los enemigos travestidos nos rodearon súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines. Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el reguero de su sangre en la nieve del suelo.
 
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta, me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis fuerzas por medio de una poción estimu­lante. Ingerí una bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el se­dimento mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
 
Ellos se perdieron en el giro del baile.
 
Yo divisaba la misma figura de este momento. Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la presencia de la mujer de facciones imperfec­tas y de gesto apacible en una tregua de la danza de los muertos.


José Antonio Ramos Sucre (Venezuela, 1890-1930)

jueves, 15 de junio de 2017

Carnaval: EL MURCIÉLAGO RUBIO, de Spencer Holst

"El murciélago tenía los ojos azules más lindos que el barman hubiera visto."
 
Hubo una vez un gran murciélago rubio que se sentó junto a un barman.
 
El murciélago tenía los ojos azules más lindos que el barman hubiera visto.
 
Mientras volaban a cuarenta millas por hora en el Subterráneo Independiente, el barman se preguntó si esos cándidos ojos azules arderían en la penumbra como tranquilas llamas purpúreas, como las lamparitas azules en los extremos de las plataformas del metro.
 
El vestido de ella estaba hecho de terciopelo negro con alas de seda negra y guantes de raso; llevaba una curiosa máscara que revelaba más de su rostro de lo que ocultaba; sus zapatos eran de taco alto y afelpados, y él advirtió que sus pies eran delicados, y se preguntó si ella estaría descalza debajo de esos zapatos, o si llevaría medias, y apostó a que tenía lindos dedos de los pies.
 
Este barman se estaba enamorando.
 
Era realmente algo raro: un barman enamorándose de una extraña chica rubia que llevaba un traje de murciélago, en un subterráneo.
 
La mayoría de los idilios en subterráneo se bajan en la calle 34 para ir a una estación de ferrocarril de ahí a Saskatchewan: pero no tiene por qué ser de esa manera.
 
Por ejemplo, en esta historia el barman no sólo tendrá el valor de hablarle a esta chica: hasta se enamorarán los dos.
 
¡Cómo!, dicen ustedes. Están un poco indignados.
 
Me acusan de sadismo. Permitir que mi personaje, el barman gordo, de cara colorada, se enamore de esta muchachita. Ella se cansará pronto de él, dicen ustedes, lo dejará por un hombre más joven, más adecuado, pues a través de la riqueza y el buen gusto de su traje, y la dignidad y la gracia de sus rasgos, es obvio que proviene de una buena familia. ¡Cuán infeliz harás al barman!, me dicen ustedes.
 
¡Tonterías! Yo no voy a hacer infeliz al barman.
 
Con seguridad, sin embargo, el barman tendrá muchos meses horribles después de esta noche de amor, y muchos años de tristeza después, pero esto no es la infelicidad, porque él hará muchas buenas acciones en agradecimiento al mundo por permitirle esta noche mágica.
 
No, la infelicidad es otra cosa; la infelicidad es no tener el valor.
 
Pero volvamos a la historia: el tren entró rugiendo en la estación de Delancey Street y los ojos del barman se le salieron de las órbitas porque montones de gente disfrazada estaban bailando y cantando y soplando cornetas y corriendo y gritando y exaltándose en la plataforma del subte.
 
La chica se levantó.
 
El barman se levantó también, y con ojos ausentes y distraídos la siguió hasta el andén y fue allí donde habló con ella.
 
Ella lo miró, asombrada; lo miró de arriba a abajo; después se rió, pero no estaba riéndose de él, de eso él estaba seguro: era una risa de alegría que él iba a recordar.
 
Ella corrió.
 
¡Él la persiguió!
 
Ella corrió a través de la muchedumbre, era escurridiza, parecía deslizarse entre estos locos parranderos gesticulantes, mientras él tenía que luchar por cada pulgada y en su apasionada persecución le pisó un dedo a Napoleón, derribó a una bruja gorda y chillona, golpeó a un payaso en el estómago, sentó en el suelo a un sorprendido gorila, tropezó con la reina de Inglaterra, y ella corría y corría, fuera del subte, por Delancey Street hacia el río, hasta que él la atrapó y ella se quedó quieta en sus brazos mientras tomaba aliento, lanzando ocasionales risitas de alegría.
 
Era tan suave que él la besó, y después caminaron juntos, del brazo, mirando los fuegos artificiales y las multitudes, deteniéndose aquí y allá para tomar una cerveza.
 
¡Toda la ciudad estaba de fiesta!
 
Todo el mundo estaba disfrazado, todo el mundo tenía careta, y había reflectores, papel picado y fuegos artificiales por todas partes, como si fuera un maravilloso Carnaval o algo así, y el barman se sintió un poco fuera de lugar con sus apagadas ropas de calle, sin una careta siquiera.
 
Pero la chica le dijo que estaba muy bien vestido.
 
Y él le preguntó qué era toda esta celebración, no había oído hablar de ninguna, pero ella simplemente se rió y lo besó, y eso fue todo.
 
Y así bregaron felizmente a través de las multitudes y de la noche, deteniéndose de vez en cuando para bailar, con una extraña música lenta en las tabernas, o con el jazz salvaje que se tocaba en casi todos los rincones.
 
Ella señaló un gran reloj en un edificio. Eran las once en punto.
 
Ella lo hizo apurar hasta una larga fila que caminaba lentamente ante la plataforma de un jurado, y cuando les llegó el turno los jurados hicieron un gran alboroto sobre ellos, y un jurado insistía en señalar con admiración la corbata brillante del barman, de modo que ganaron el concurso y ambos obtuvieron grandes copas de amor.
 
Los jurados los condujeron hasta un gigantesco trono de amor, alzado muy por encima de la multitud que aclamaba, un tremendo almohadón, más grande que un colchón.
 
¡Era el trono para ellos! ¡Eran el rey y la reina de la noche! Habían ganado el concurso de disfraces.
 
Entonces el barman escuchó un tremendo tañido. La muchedumbre empezó a gritar y a aullar.
 
Él escuchó una sirena, baja, mucho tiempo.
 
La calle Delancey había enloquecido.
 
Su chica se sacó la máscara y él contuvo el aliento, tan hermosa era mientras señalaba el gran reloj en el edificio; ella lo dijo en susurros, tierna de pasión, amorosamente; le dijo: “¡Es medianoche! ¡Quítate la careta!”

 
Spencer Holst (Estados Unidos, 1926-2001).

miércoles, 14 de junio de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL DE LOS MONSTRUOS, de Anne-Sophie Brasme

"Y ese loco... que se había sometido a un sinnúmero de operaciones quirúrgicas para hacerse un cuerpo de gato."

(Fragmento del capítulo VI)

Así comenzaba el carnaval.

Una galería titánica de anatomías miserables, reducidas al estado de escorias. Era la colección más espantosa que hubiera visto.

La primera serie de fotografías estaba dedicada a un enano. La criatura había posado alegremente frente al objetivo de Joachim -reconocí el taller de la calle Péguy-. Sobre el último cliché, el artista aparecía al lado del modelo. Alto, impasible, casi tan horrible como el enano.

Una decena de otros individuos estaban catalogados de la misma forma. A medida que el desfile avanzaba, eran cada vez más feos y estaban más cerca de las quimeras de Joachim.

Una anoréxica de treinta kilos, con el cuerpo azulado por las venas. Salía desnuda en la fotografía. Parada frente al objetivo, erguida, con las piernas torcidas.

Un transexual mutilado después de su operación fallida.

Un hombre con quemaduras severas que había sobrevivido de milagro.

Un manco que había nacido así, sin brazos ni manos.

Y ese loco, en Inglaterra, del que había hablado toda la prensa, que se había sometido a un sinnúmero de operaciones quirúrgicas para hacerse un cuerpo de gato.

¿Por qué todas esas personas habían consentido en ser fotografiadas? ¿Qué abominable narcisismo las había empujado a exhibirse así frente a Joachim? De pronto, me heló la sangre una idea espantosa. Una violencia sofocante, el recuerdo de que, como todos ellos, yo había aceptado. Como ellos, había enarbolado mi rostro con más orgullo que si hubiera sido bello.

Entonces recordé mi lugar entre ellos. Como si hubiera olvidado, por un instante, que el último eslabón del carnaval era yo.


Anne-Sophie Brasme (Francia, 1984).

martes, 13 de junio de 2017

Martes de Carnaval: TRILOGÍA DE ESPERPENTOS TEATRALES DE VALLE-INCLÁN, de Miguel Díez R.


 
Bajo el título de Martes de carnaval (1930) agrupó Valle-Inclán tres piezas teatrales, publicadas independientes anteriormente y en las que lleva incluso más lejos que en Luces de bohemia la técnica esperpéntica: Las galas del difunto -publicada en1926 con el título de El terno del difunto-, Los cuernos de don Friolera (1921), y La hija del capitán (1927). En el título general hay un intencionado juego de palabras: Martes por militares, en alusión al dios de la guerra y carnaval, grotescos, de pacotilla, de pura máscara; ya que las tres obras, aunque totalmente independientes, presentan el retrato degradante de individuos pertenecientes al estamento militar.
 
Los cuernos de don Friolera sido considerado como uno de los mejores esperpentos teatrales, sólo superado por Luces de bohemia. Valle-Inclán arremete aquí contra uno de los tópicos más enraizados en la vida del pueblo español, el tema del honor que recorre medularmente nuestro teatro de oro, se continúa en vulgares dramones y sigue vigente en la sociedad, exacerbado, como en este caso, por el rigor del código militar. Valle "muestra el absurdo radical y absoluto de unas vidas que, vaciadas de su propia sustancia personal, adoptan la máscara rígida de unas convenciones y de unos principios falsos. La dimensión grotesca de la existencia humana se carga de contenido y significación trágicos cuando don Friolera, creyendo matar a su mujer, mata a su hija".
 
En Las galas del difunto, el protagonista, Juanito Ventolera, es un soldado repatriado de la guerra de Cuba, contrafigura grotesca de don Juan Tenorio, y este personaje esperpéntico, como todo lo que la rodea, le sirve a Valle para satirizar acremente la guerra de Cuba y la política militar de España.
 
La hija del capitán está inspirada en un suceso que conmocionó a la sociedad española de 1913. Nos referimos al famoso crimen del capitán Sánchez, en el que se dieron todos los elementos propios del más truculento folletín y materia de cualquier romance de ciego: incesto, amoríos, asesinato, etc. Valle-Inclán modifica a su gusto el hecho real, lo enlaza con el golpe de Estado protagonizado en 1923 por el general Primo de Rivera, esperpentiza pródigamente toda la situación y pone en la picota con rabiosa actualidad a burgueses, periodistas, realeza y particularmente al estamento militar.

Miguel Díez R. (España).
 
Fragmento del ensayo originalmente publicado por Espéculo. Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid.
 
La ilustración corresponde a la puesta en escena de Martes de carnaval
producida por el Centro Dramático Gallego y dirigida por Marta Pazos.

lunes, 12 de junio de 2017

Carnaval: GALILEO GALILEI, de Bertolt Brecht


 
10.

En el decenio siguiente, se difunde la doctrina de Galileo. En todos lados, los panfleitistas y baladistas se hacen eco de las nuevas ideas. Durante el carnaval de 1632 muchas ciudades de Italia toman la astronomía como tema para sus comparsas.
 
(Una pareja de comediantes semihambrientos, con una chiquilla de cinco años y un niño de pecho, llegan a una plaza donde un gentío, en parte disfrazado, espera el desfile de carnaval. Los dos arrastran atados de ropa, un tambor y otros utensilios.)
 
El cantor de baladas (con redobles de tambor): ¡Honorables vecinos, damas y caballeros! Antes de que comiencen a desfilar las comparsas de los gremios en esta noche de carnaval, ejecutaremos la última canción florentina que todo el norte de Italia canta y que nosotros hemos importado hasta aquí a pesar de los enormes costos! Se titula "La horrible teoría y dictamen del señor físico real don Galileo Galilei" o "Una prueba de lo que vendrá". (Canta):
 
El Todopoderoso con don creador
dar vueltas a la tierra al sol ordenó
y una lámpara grande a su vientre colgó
para que girara como un buen servidor.
Porque era su deseo más ferviente
que en torno al señor rodara el sirviente.
Y así comenzaron los menesterosos tras los poderosos,
los traseros tras los delanteros,
así en la tierra como en el cielo.
Y en torno al Papa los cardenales.
Y en torno al Cardenal los arzobispos.
Y en torno al Obispo los tribunales.
Y en torno al Tribunal los secretarios.
Y en torno al secretario los artesanos,
y en torno al artesano los servidores.
Y en torno al servidor los ganapanes, las gallinas, los pobretes y los canes.
 
Éste es, distinguido público, el orden consumado, ordo ordinum, como dicen los señores teólogos: regula aeternis, la regla de las reglas. ¿Pero, apreciado público, qué sucedió? (Canta):
 
Y ahí viene el doctor Galilei (tira la Biblia, sacude su anteojo y lo dirige al gran universo)
 
ordena al astro rey detenerse
porque toda la inmóvil creatio dei
debe dar vueltas, girar y moverse,
correrá entonces la rica señora
y el aya actuará de espectadora.
 
¿Qué decís de esto? es tremendo, pero no hay broma. La servidumbre cada día está más insolente, pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El criado, holgazán; la criada, fresca.
El perro del matarife engordará.
El monaguillo marchará a la pesca.
El aprendiz en la cama quedará.
 
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre? Mis buenos vecinos: mirad un poco en ese futuro que anuncia el doctor Galileo Galilei:
 
Dos amas de casa en el mercado
no se explicaban lo que veían:
la pescadera cogió un pescado
y sola, con pan se lo comía.
El albañil, los hoyos ya cavados,
busca la piedra y mampostería
del señor y ya todo terminado
se mete adentro con sabiduría.
 
¡Oh! ¿Es posible esto? No, no, no, aquí no hay broma, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El campesino pega en el trasero
a su señor sin consideración.
Y ahora, la leche que daba al clero
sus niños beberán con fruición.
 
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
La mujer:
En el pecado caí
y a mi marido dejé
por ver si un astro fijo
encontraba por ahí.
 
El cantor de baladas:
 
¡No, no, no, Galilei, no, no! Termina la broma, Atended:
el perro sin bozal muerde a la gente.
Pero una cosa es cierta y bien lo sabe Roma:
¿quién no sueña con ser su propio señor hoy y siempre?
 
Ambos:
Los que en la tierra sufrís, ¡ay! Reuníos todos juntos
y aprended de Galilei
a poner la raya y punto
a lo que ya es suficiente.
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El cantor de baladas: Vecinos, mirad el fenomenal descubrimiento de Galileo Galilei. ¡La tierra gira alrededor del sol! (Bate fuertemente el tambor. La mujer y la chiquilla se adelantan. La mujer sostiene un tosco dibujo del sol. La chiquilla con una calabaza en la cabeza imagen de la tierrada vueltas alrededor de la mujer. El cantor indica con grandes gestos a la chiquilla, como si ésta fuera a realizar un peligroso salto mortal, ya que camina hacia atrás, al compás de los redobles del tambor. Luego, se oyen desde atrás otros tambores.)
 
Una voz profunda: ¡Las comparsas! (Entran dos hombres con harapos, tirando un pequeño carro. Sobre el mismo está sentado, en un ridículo trono, una figura con una corona de cartón y vestida de arpillera que espía por un telescopio. Sobre el trono, un letrero: "Buscad el disgusto". Más atrás vienen cuatro hombres enmascarados que llevan un gran lienzo, donde paran y arrojan un muñeco que representa un cardenal. Un enano se ha colocado a un lado con un letrero: "La nueva era". De la multitud sale un pordiosero que levanta en alto sus muletas y se pone a bailar pataleando en el suelo hasta que cae con gran ruido. Luego, entra un enorme muñeco que hace reverencias al público: Galileo Galilei. Delante de él un niño con una enorme Biblia abierta, con las páginas tachadas.)
 
El cantor de baladas: ¡Galileo, el triturador de la Biblia!


Bertolt Brecht (Alemania, 1898-1956).