.

.
Vancouver: Las nubes sobre English Bay.

martes, 15 de mayo de 2018

Mayo: LA CARTUJA DE PARMA, de Stendhal

"... ese joven ejército que acababa de pasar el puente de Lodi..."
 
Capítulo I: Milán en 1796
 
(Párrafos iniciales)

El 15 de mayo de 1796, el general Bonaparte hizo su entrada en Milán, al frente de ese joven ejército que acababa de pasar el puente de Lodi y de mostrar al mundo que, después de tantos siglos, César y Alejandro tenían un sucesor.
 
Los milagros de audacia y de genio que Italia presenció, despertaron en pocos meses a un pueblo que dormía; ocho días antes de la entrada de los franceses, aún veían en ellos los milaneses, un atajo de bandidos acostumbrados a huir siempre ante las tropas de Su Majestad imperial y real; al menos así lo repetía tres veces por semana un periodiquillo, no mayor que la palma de la mano, impreso en papel sucio.
 
En la Edad Media eran los milaneses valientes como los franceses de la Revolución, y merecieron que su ciudad fuera enteramente arrasada por los emperadores de Alemania. Pero desde que se habían hecho fieles súbditos, su gran negocio consistía en imprimir sonetos sobre pañuelos de bolsillo de tafetán rosa, cuando se casaba alguna muchacha de familia noble o rica. Dos o tres años después de esta época memorable de su vida, la joven tomaba un caballero acompañante; a veces el nombre del oficioso amigo, elegido por la familia del marido, ocupaba un lugar honroso en el contrato matrimonial. Mucho distaban estas costumbres afeminadas de las profundas emociones que provocó la llegada imprevista del ejército francés. Pronto surgieron costumbres nuevas y apasionadas. Todo un pueblo cayó en la cuenta, el 15 de mayo de 1796, de que cuanto había respetado hasta entonces era soberanamente ridículo y a veces odioso. La salida del último regimiento austríaco fue la señal del derrumbamiento de las ideas viejas; se hizo moda exponer la vida. Se vio que para ser feliz, después de tantos siglos de hipocresía y de sosera en las costumbres, había que amar algo con pasión real y saber, en ocasiones, exponer la vida. La continuación del celoso despotismo de Carlos V y de Felipe II había sumido a los lombardos en una noche obscurísima; echaron por tierra sus estatuas y súbitamente se encontraron inundados de luz. Desde hacia unos cincuenta años, mientras en Francia se oían los estampidos de Voltaire y la Enciclopedia, los frailes gritaban al buen pueblo milanés que aprender la lectura o cualquier otra cosa era trabajo inútil, y que, en pagando muy exactamente el diezmo al cura y contándole todos los pecados, era punto menos que seguro obtener un buen sitio en el paraíso. Y para acabar de arrancarle los nervios a este pueblo, tan terrible antaño, Austria le había vendido barato el privilegio de no dar reclutas a su ejército.
 
En 1796, el ejército milanés constaba de veinticuatro faquines vestidos de rojo, que guardaban la ciudad en colaboración con cuatro magníficos regimientos húngaros. La licencia de las costumbres era extremada, pero muy raras las pasiones. Además de la molestia de tenerlo que contar todo a los curas, ocurría a los milaneses de 1796 que no sabían desear con fuerza ninguna cosa. El buen pueblo de Milán estaba, además, sometido a ciertas pequeñas trabas monárquicas que no dejaban de ser vejatorias. Por ejemplo, al archiduque que residía en Milán y gobernaba en nombre de su primo el emperador, se le ocurrió la lucrativa idea de comerciar en trigos. En consecuencia, queda prohibido a los labradores vender sus granos hasta que su Alteza no haya llenado sus depósitos.
 
En mayo de 1796, tres días después de la entrada de los franceses, un joven pintor miniaturista, un poco loco, llamado Gros, célebre más tarde, que había venido en el ejército, oyó contar en el gran café de los Servi (que entonces estaba de moda) las hazañas del archiduque, que era enorme de cuerpo. Gros cogió la lista de los helados, impresa en forma de cuadro sobre una hoja de un feísimo papel amarillo, y, a la vuelta, dibujó al obeso archiduque; un soldado francés le daba en la barriga un bayonetazo, y en lugar de sangre salía un increíble chorro de trigo. Esa cosa llamada broma o caricatura era desconocida en esta tierra de cauteloso despotismo. El dibujo, dejado por Gros encima de la mesa del café Servi, pareció un milagro del cielo; fue grabado aquella noche y al día siguiente se vendieron veinte mil ejemplares.
 
El mismo día se pegaba en las esquinas un aviso, imponiendo una contribución de guerra de seis millones para las necesidades del ejército francés, que habiendo ganado seis batallas y conquistado veinte provincias, carecía de zapatos, de pantalones, de trajes y de sombreros.

 
Stendhal: Marie-Henri Beyle (Francia, 1783-1842).
 
La ilustración corresponde al cuadro La batalla del puente de Lodi (La bataille du pont de Lodi, 1804), obra de Louis-François Lejeune.

sábado, 12 de mayo de 2018

Mayo: SOBRE HÉROES Y TUMBAS, de Ernesto Sabato

"Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática."

1. El dragón y la princesa
 
(Párrafo inicial)

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.

Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. "Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas", pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a aquella relación. Y no sólo lo pensaba sino que lo comprendía ¡y de qué manera!, ya que aquel Martín de diecisiete años le recordaba a su propio antepasado, al remoto Bruno que a veces vislumbraba a través de un territorio neblinoso de treinta años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la desilusión y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.


Ernesto Sabato (Argentina, (1911-2011)
 
La ilustración corresponde al parque Lezama de Buenos Aires al anochecer. 

viernes, 4 de mayo de 2018

Mayo: DRÁCULA, de Bram Stoker

 
4 de mayo
 
Averigüé que mi posadero había recibido una carta del conde, ordenándole que asegurara el mejor lugar del coche para mí; pero al inquirir acerca de los detalles, se mostró un tanto reticente y pretendió no poder entender mi alemán. Esto no podía ser cierto, porque hasta esos momentos lo había entendido perfectamente; por lo menos respondía a mis preguntas exactamente como si las entendiera. Él y su mujer, la anciana que me había recibido, se miraron con temor. Él murmuró que el dinero le había sido enviado en una carta, y que era todo lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al Conde Drácula y si podía decirme algo de su castillo, tanto él como su mujer se persignaron, y diciendo que no sabían nada de nada, se negaron simplemente a decir nada más. Era ya tan cerca a la hora de la partida que no tuve tiempo de preguntarle a nadie más, pero todo me parecía muy misterioso y de ninguna manera tranquilizante.
 
Unos instantes antes de que saliera, la anciana subió hasta mi cuarto y dijo, con voz nerviosa:
 
- ¿Tiene que ir? ¡Oh! Joven señor, ¿tiene que ir?
 
Estaba en tal estado de excitación que pareció haber perdido la noción del poco alemán que sabía, y lo mezcló todo con otro idioma del cual yo no entendí ni una palabra. Apenas comprendí algo haciéndole numerosas preguntas. Cuando le dije que me tenía que ir inmediatamente, y que estaba comprometido en negocios importantes, preguntó otra vez:
 
- ¿Sabe usted qué día es hoy?
 
Le respondí que era el cuatro de mayo. Ella movió la cabeza y habló otra vez:
 
- ¡Oh, sí! Eso ya lo sé. Eso ya lo sé, pero, ¿sabe usted qué día es hoy?
 
Al responderle yo que no le entendía, ella continuó:
 
- Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder? ¿Sabe usted adónde va y a lo que va?
 
Estaba en tal grado de desesperación que yo traté de calmarla, pero sin efecto. Finalmente, cayó de rodillas y me imploró que no fuera; que por lo menos esperara uno o dos días antes de partir. Todo aquello era bastante ridículo, pero yo no me sentí tranquilo. Sin embargo, tenía un negocio que arreglar y no podía permitir que nada se interpusiera. Por lo tanto traté de levantarla, y le dije, tan seriamente como pude, que le agradecía, pero que mi deber era imperativo y yo tenía que partir. Entonces ella se levantó y secó sus ojos, y tomando un crucifijo de su cuello me lo ofreció. Yo no sabía qué hacer, pues como fiel de la Iglesia Anglicana, me he acostumbrado a ver semejantes cosas como símbolos de idolatría, y sin embargo, me pareció descortés rechazárselo a una anciana con tan buenos propósitos y en tal estado mental. Supongo que ella pudo leer la duda en mi rostro, pues me puso el rosario alrededor del cuello, y dijo: "Por amor a su madre", y luego salió del cuarto. Estoy escribiendo esta parte de mi diario mientras, espero el coche, que por supuesto, está retrasado; y el crucifijo todavía cuelga alrededor de mi cuello. No sé si es el miedo de la anciana o las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o el mismo crucifijo, pero lo cierto es que no me siento tan tranquilo como de costumbre. Si este libro llega alguna vez a manos de Mina antes que yo, que le lleve mi adiós ¡Aquí viene mi coche!

 
Bram Stoker (Irlanda, 1847-1912).
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la escena en la que Renfield (Dwight Frye) recibe el crucifijo en la clásica adaptación de Drácula filmada en 1931.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Mayo: DOCTOR ZHIVAGO, de Boris Pasternak

"... primaveral, de un color blanquinegro aéreo y ligero, como un ventarrón de tempestad de nieve en mayo..."

Séptima parte: El viaje
 
22

Hacia la mañana, Yuri Andriéevich se despertó otra vez. Todavía soñaba algo agradable. No había cesado aún aquella sensación de felicidad y liberación. De nuevo estaba parado el tren, acaso en otra estación, o quizá continuaba en la misma. Otra vez rumoreaba una cascada, probablemente la misma de antes, o acaso otra.
 
Volvió a adormecerse casi enseguida y, durmiendo, le pareció oír un gran alboroto y gente que corría. Kostoied la había emprendido con el jefe de tren y los dos gritaban. El paisaje era todavía más hermoso. Alentaba algo nuevo que no existía antes, algo mágico, primaveral, de un color blanquinegro aéreo y ligero, como un ventarrón de tempestad de nieve en mayo, cuando los copos húmedos y sueltos, al caer, no blanquean, sino que hacen más oscura la tierra. Algo diáfano, blanco, negro, perfumado.
 
- «¡Los cerezos silvestres!», pensó Yuri Andriéevich en sueños.
 
 
Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960). Obtuvo el premio Nobel en 1958.

martes, 1 de mayo de 2018

Mayo: CANCIONERO, de Francesco Petrarca

 
CCXLV
 
Dos frescas rosas, que al nacer el día
uno de mayo, un viejo y sabio amante
cogió en el paraíso, don galante,
entre otros dos menores dividía
 
con tan dulce sonrisa y cortesía
que a un bruto enamorara en ese instante,
y un amoroso rayo deslumbrante
al rostro de los dos cambiar hacía.
 
«¡No ve el sol dos amantes –exclamaba-
como éstos!», y reía suspirando;
y dio a ambos un abrazo afectuoso.
 
Así rosas y frases dispensaba,
y alegre el corazón está, y temblando
¡oh feliz elocuencia, oh día dichoso!
 
 

Francesco Petrarca (Italia, 1304-1374).

lunes, 30 de abril de 2018

Abril: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"... mientras brotaba en la llovizna de esa noche de abril..."

(Fragmento del primer capítulo)

Le pedí otro encuentro, más elaborado, para más tarde, en ese mismo día, y dijo que me encontraría a las nueve, en el café de la esquina. Juró que nunca había posé un lapin en toda su joven vida. Volvimos al mismo cuarto y no pude menos que decirle qué bonita era, a lo cual respondió modestamente: «Tu es bien gentil de dire ça». Después, advirtiendo lo que también yo advertí en el espejo que reflejaba nuestro pequeño edén –una terrible mueca de ternura que me hacía apretar los dientes y torcer la boca–, la concienzuda Monique (¡oh, había sido una nínfula sin tacha!) quiso saber si debía quitarse la pintura de los labios avant qu'on se couche, por si yo pensaba besarla. Desde luego, lo pensaba. Con ella me abandoné hasta un punto desconocido con cualquiera de sus precursoras, y mi última visión de esa noche con Monique, la de largas pestañas, se ilumina con una alegría que pocas veces asocio con cualquier acontecimiento de mi vida amorosa, humillante, sórdida y taciturna. La gratificación de cincuenta que le di pareció enloquecerla mientras brotaba en la llovizna de esa noche de abril, con Humbert bogando en su estrecha estela. Se detuvo frente a un escaparate y dijo con deleite: «Je vais m'acheter des bas!», y nunca olvidaré cómo sus infantiles labios parisienses explotaron al decir bas, pronunciando la palabra con tal apetito que transformó la «a» en el vivaz estallido de una breve «o».

Me cité con ella para el día siguiente, a las dos y cuarto de la tarde, en mi propia habitación, pero el encuentro fue menos exitoso; me pareció menos juvenil, más mujer después de una noche. Un resfrío que me contagió me hizo cancelar la cuarta cita; no lamenté romper una serie emocional que amenazaba abrumarme con angustiosas fantasías y diluirse en ocre decepción. Que la esbelta, suave, Monique permanezca, pues, como fue durante uno o dos minutos: una nínfula delincuente que brillaba a través de la joven materialista.
 


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

domingo, 29 de abril de 2018

Abril: ABRIL ES ELLA QUIEN HABLA POR TUS LABIOS, de Homero Aridjis

"... como el fuego nocturno de los frutos del viento donde vibran los pájaros. Manzana del amor..."

Abril es ella quien habla por tus labios
como un joven sonido desnudo por el aire

En la noche ha volado con tu vuelo más alto
con risa de muchacha
como el fuego nocturno de los frutos del viento
donde vibran los pájaros

Manzana del amor
su voz bajo la lluvia es un pescado rojo

Embarcada en sus cuencos con los ojos absortos
es la virgen gaviota que ha bebido del mar
en el agua su sol mariposa de luz
 
 
Homero Aridjis (México, 1940).

sábado, 28 de abril de 2018

Abril: CUENTO DEL JOVEN MARINERO, de Isak Dinesen

"Simón estaba asombrado de la claridad de estas noches de abril."
 
(Fragmento)

A los grandes mercados de arenque de Bodo acudían barcos de todos los rincones del mundo: había barcos suecos, finlandeses y rusos: un bosque de mástiles; y en la playa, un tumultuoso y heterogéneo despliegue de vida, donde se oían muchas lenguas y se suscitaban tremendas peleas. Se habían instalado puestos de venta en la playa, y los lapones, gente pequeña y amarilla, de movimientos sigilosos y ojos vigilantes, a la que Simón no había visto en la vida, bajaban a vender artículos de piel adornados de cuentas. En abril, el cielo y el mar eran tan claros que resultaba difícil mantener la vista frente a ellos -salados, infinitamente anchos y poblados de chillidos de aves-, como si alguien estuviese afilando incesantemente cuchillos invisibles en todas partes, arriba en el cielo.
 
Simón estaba asombrado de la claridad de estas noches de abril. No sabía geografía, y no lo atribuía a la latitud, sino que lo consideraba un signo de buena voluntad del universo, un favor. Simón había sido toda su vida bajo de estatura para su edad, pero este último invierno había dado un estirón y se había hecho fuerte de miembros. Esta suerte, pensaba, debía de proceder de la misma fuente que la bondad del tiempo, de una nueva benevolencia del mundo. Había estado necesitado de este estímulo, dado que era tímido por naturaleza; ahora no pedía más. El resto consideraba que era cosa suya. Se movía lenta, orgullosamente.
 
Una tarde bajó a tierra con permiso, y se acercó al puesto de un pequeño comerciante ruso, un judío que vendía relojes de oro. Todos los marineros sabían que eran de falso metal y que no funcionaban, aunque los compraban y los exhibían con ostentación. Simón estuvo contemplando un buen rato estos relojes, pero no compró ninguno. El viejo judío exhibía diversas mercancías en su puesto; entre ellas, una caja de naranjas. Simón las había probado en sus viajes; compró una y se la llevó. Quería subir a una colina desde donde poder ver el mar, y comérsela allí.
 
Siguió andando; y al llegar a las afueras del pueblo vio a una niña con un vestido rojo, de pie al otro lado de una cerca, mirándole. Tendría trece o catorce años; estaba delgada como una anguila, pero tenía una cara redonda, alegre, pecosa y un par de trenzas largas. Se miraron mutuamente.
 
- ¿A quién esperas? –preguntó Simón, por decir algo.
 
La cara de la niña esbozó una sonrisa extática, presuntuosa:
 
- Al hombre con quien me voy a casar, naturalmente -dijo.
 
Había algo en su semblante que hizo que el muchacho se sintiese confiado y feliz; le sonrió un poco.
 
- A lo mejor soy yo -dijo él.
 
- ¡Ja, ja! —rió la niña—; es unos años mayor que tú, para que te enteres.
 
- ¿Cómo es eso? -dijo Simón-; pues tú no eres tan mayor.
 
La niña negó con la cabeza solemnemente.
 
- No –dijo-; pero cuando lo sea, seré guapísima, y llevaré zapatos marrones con tacones y un sombrero.
 
- ¿Quieres una naranja? –preguntó Simón, ya que no podía darle ninguna de las cosas que ella había mencionado. La niña miró la naranja y luego a él-. Están muy buenas -dijo él.
 
- Entonces ¿por qué no te la comes tú? -preguntó ella.
 
- Yo he comido muchas ya -dijo él-, cuando estaba en Atenas. Aquí, ésta me ha costado un marco.
 
- ¿Cómo te llamas? -preguntó ella.
 
- Me llamo Simón -dijo él-. ¿Y tú?
 
- Yo, Nora -dijo ella-. ¿Qué quieres a cambio de tu naranja, Simón?
 
Cuando oyó su nombre en boca de ella, Simón se volvió audaz.
 
- ¿Quieres darme un beso, a cambio de la naranja? -preguntó.
 
Nora le miró seria un momento.
 
- Sí –dijo-; no me importa darte un beso.
 
Simón notó que le entraba un calor como si hubiese estado corriendo. Cuando la niña extendió la mano para que le diese la naranja, se la cogió. En ese instante la llamó alguien desde la casa.
 
- Es mi padre -dijo, y trató de devolverle la naranja; pero él no lo consintió-. Pues vuelve mañana –dijo ella-; entonces te daré el beso -y echó a correr. Él se quedó viéndola marcharse, y poco después regresó al barco.
 
Simón no tenía costumbre de hacer planes para el futuro, y no sabía si volvería para verla o no.
 

Isak Dinesen: Baroness Karen Christenze von Blixen-Finecke 
(Dinamarca, 1885-1962).
 
La ilustración corresponde a uno de los embarcaderos en el puerto de Bodo, Noruega.

viernes, 27 de abril de 2018

Abril: LA TIERRA BALDÍA, de T. S. Eliot

 "... engendra lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y anhelos..."
 
1. El entierro de los muertos
 
(Fragmento)
 
Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con las lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.

Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbergersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
 


Frisch weht der Wind
der Heimat zu
mein Irisch Kind,
Wo weilest du?
              
«Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la muchacha de los jacintos.»
- Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.

Oed' und leer das Meer. Madame Sosostris, famosa pitonisa,
tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí —dijo ella—
está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,
la dama de las peripecias.
Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No encuentro
al Ahorcado. Temed, la muerte por agua.
Veo una muchedumbre girar en círculo.
Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene que andar con cuidado en estos días!

Ciudad Irreal,
bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres ¡eran tantos!
Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo
hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al final de la novena campanada.
Allí encontré un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!,
¡tú, que estuviste contigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
Tú, hypocrite lecteur! — mon semblable — mon frère!»

 

Thomas Stearns Eliot
(Estadounidense nacionalizado inglés, 1888-1965). Obtuvo el premio Nobel en 1948.

(Traducido al español por Agustí Bartra)

miércoles, 25 de abril de 2018

Nieve: UN ARTISTA DEL MUNDO FLOTANTE, de Kazuo Ishiguro

"Sólo la farola de piedra de detrás del jardín tenía una buena capa blanca encima."
 
Octubre, 1948
 
(Fragmento)

Una vez más, no terminó la frase. Corrí una mampara dejándola un poco abierta. Un soplo de viento frío penetró en la habitación, pero, no sé por qué, no lo sentí. Miré por la abertura hacia el jardín, que se extendía al otro lado de la terraza. Los copos de nieve caían arrastrados por el viento.
 
- Shintaro -dije-, ¿por qué no afronta el pasado sin más? En aquella época logró mucha fama con sus carteles. Fama y elogios. Que la gente tenga ahora una opinión distinta de su obra no es razón para que reniegue usted de sí mismo.
 
- Tiene usted razón, Sensei -dijo Shintaro-. Entiendo lo que dice, pero, volviendo a lo que ahora nos ocupa, le agradecería enormemente que le escribiera al comité una carta sobre los carteles de la crisis de China. Aquí tengo el nombre y la dirección del presidente del comité.
 
- Por favor, Shintaro, escúcheme.
 
- Con todos mis respetos, Sensei, le diré que siempre le he agradecido sus consejos y su sabiduría, pero en este momento soy un hombre a mitad de su carrera. Cuando uno ya se ha retirado, está muy bien reflexionar y pensar las cosas, pero sucede que el mundo en que vivo es un mundo complejo y hay un par de cosas que debo tener en cuenta si quiero conseguir este puesto que, salvado ese escollo, ya es mío. Se lo ruego, Sensei, considere mi situación.
 
No le respondí. Seguí mirando cómo caía la nieve. Shintaro, a mis espaldas, se levantó.
 
- Sensei, aquí tiene usted el nombre y la dirección. Si me permite, se lo dejo aquí encima. Le agradecería que cuando tenga tiempo considere mis palabras con toda atención.
 
Durante unos instantes esperó a ver si me volvía y le permitía despedirse dignamente, pero yo seguí contemplando el jardín. A pesar de que la nieve seguía cayendo, apenas había cuajado en una fina capa sobre los arbustos y las ramas. Y, mientras miraba, la brisa movió una rama del arce e hizo caer casi toda la nieve. Sólo la farola de piedra de detrás del jardín tenía una buena capa blanca encima.
 
Oí cómo Shintaro se despedía y salía de la habitación.


Kazuo Ishiguro (Japonés nacionalizado inglés, 1954).
Obtuvo el premio Nobel en 2017.

martes, 24 de abril de 2018

Nieve: LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich


 
Testimonio de Antonina Mijáilovna Lenkova
mecánica del taller móvil de vehículos blindados
 
(Fragmento)

«Los tractores estaban totalmente cubiertos de nieve. Quitábamos la nieve, desmon- tábamos las máquinas, el metal estaba tan frío que quemaba las manos, la piel se nos quedaba pegada. Los pernos oxidados, apretados a conciencia, parecía que estuvieran soldados. Si no lográbamos girarlos de derecha a izquierda, intentábamos desenroscarlos al revés. Como si fuera adrede… Justo en ese momento, como por arte de magia, siempre aparecía el jefe de brigada, Iván Ivánovich Nikitin, el único tractorista profesional y nuestro tutor. Se llevaba las manos a la cabeza, sin dejar de soltar improperios. ¡Joder! La madre que… Sus injurias eran como un llanto desesperado. Sin embargo, una vez lloré…
 
Salí al campo marcha atrás: la mayoría de las ruedas de la caja de engranajes de mi vehículo eran “desdentadas”. El plan era sencillo: a los veinte kilómetros seguro que alguno de los tractores se agarrotaría, entonces montarían su caja de engranajes al mío. Pasó exactamente así. Otra tractorista como yo, Sara Gosenbuk, no se fijó en que el radiador perdía agua y estropeó el motor. ¡Joder! La madre… Por cada gota que…»
 
 
Svetlana Alexievich (Bielorrusia, 1948). Obtuvo el premio Nobel en 2015.

lunes, 23 de abril de 2018

Nieve: EL HORIZONTE, de Patrick Modiano

"... un jardín descuidado en cuyo centro crecía un haya roja. Aquel invierno, una capa de nieve cubrió el jardín..."

(Fragmento)

Escribía a veces por las tardes en la habitación de Margaret Le Coz, en donde iba a refugiarse cuando ella no estaba. La ventana abuhardillada daba a un jardín descuidado en cuyo centro crecía un haya roja. Aquel invierno, una capa de nieve cubrió el jardín, pero, mucho antes de la fecha que indicaba el calendario como inicio de la primavera, las frondas del árbol llegaban casi al cristal de la ventana. ¿Por qué entonces, en aquella habitación apacible, apartado del mundo, era tan prieta la letra en las páginas de los cuadernos? ¿Por qué era tan negro y tan asfixiante lo que escribía? He aquí unas preguntas que nunca se hizo por entonces.


Patrick Modiano (Francia, 1945). Obtuvo el premio Nobel en 2014.

domingo, 22 de abril de 2018

Nieve: DEUDAS, de Alice Munro


 
(Fragmento)

La nieve caía en grandes copos, dejaba una capa esponjosa en las aceras, que se derretía y convertía en huellas oscuras por donde la gente caminaba, para enseguida volver a cubrirse de nieve. Los coches pasaban con prudencia, con los faros amarillos empañados. No veía muy bien por la espesura de la nevada y la falta de luz. No creía que nadie pudiera ver bien.
 
En el estómago tenía a la vez sensación de pesadez y vacío. Por lo visto no se libraría de esa sensación hasta que no comiera como es debido de modo que, en cuanto entró en casa, fue directo a la alacena de la cocina y se sirvió un cuenco del habitual cereal del desayuno. No quedaba jarabe de arce, pero encontró un poco de jarabe de maíz. Se quedó en la cocina fría, comió sin haberse quitado siquiera las botas ni la ropa de salir y miró el patio recién nevado. El resplandor de la nieve dejaba ver el exterior, a pesar de tener encendida la luz de la cocina. Se vio reflejada contra el fondo del patio nevado, las piedras oscuras coronadas de blanco y las ramas de hoja perenne ya caídas bajo el peso del manto blanco.
 
 
Alice Munro (Canadá, 1931). Obtuvo el premio Nobel en 2013.

sábado, 21 de abril de 2018

Nieve: EL SUPLICIO DEL ÁROMA DE SÁNDALO, de Mo Yan

"Estaba envuelta de una capa de un blanco purísimo. Se oía el talán, talán, tolón, tolón de las campanas..."

(Fragmento del capítulo décimo: Cumplir una promesa)

Por la mañana, muy temprano, la capital amaneció cubierta de blanco y plata. Estaba envuelta de una capa de un blanco purísimo. Se oía el talán, talán, tolón, tolón de las campanas de todos los templos de Pekín. La primera cuchilla de la Gran Sala del Ministerio de Justicia, Zhao Jia, se dio media vuelta y siguió durmiendo en su kang, pero no tardó en levantarse. Con sus ropas de cada día, se dirigió al templo con un aprendiz, que había reclutado, para recoger su bol de gachas de arroz. Tomaron la calle despejada del Ministerio de Justicia y se juntaron con los mendigos y muertos de hambre que se mezclaban por la calle. Esa hora era un buen momento para los mendigos y los muertos de hambre de Pekín. Sus caras rojas, blancas, azules y negras tiritaban todas ellas de frío, pero sonreían a pesar del tiempo que hacía. La nieve que se había acumulado en la calle crujía bajo los pies de los mendigos y los muertos de hambre: crac, crac… El sol asomaba generoso entre las nubes grises de la mañana. La nieve blanca y el amanecer rojo formaban un paisaje bellísimo. Marchaban como las aguas de un río por la avenida de Xidan hasta el norte de Pekín, donde se concentraba la mayoría de templos de la capital. De los templos y otras casas salía humo de las chimeneas. Cuando se acercaron al pailou (la arcada) de Xisi, en donde se había vertido tanta sangre a lo largo de su historia, vieron los árboles de Shisiku. Los cuervos y las grullas que ahí estaban salieron volando.
 
El aprendiz de Zhao Jia era un joven muy espabilado, y los dos enfilaron hacia el templo de Guangji junto con los mendigos. Todos caminaban como un regimiento de soldados en la calle, es decir, en filas y a un ritmo acompasado. Habían montado en un terreno baldío que estaba frente al templo una especie de caldera de hierro enorme donde repartían las gachas, y, debajo de la caldera, había madera para calentar el fuego. Ahí ardía efectivamente un fuego muy vivo que servía para calentar a los mendigos. Zhao Jia veía a esos pordioseros calentándose delante del fuego sin querer perder su lugar en la fila y pensaba que había una contradicción en ello: se acercaban en fila para calentarse y recoger sus gachas de arroz, pero el calor del fuego se iba hacia arriba, verticalmente. Nadie aprovechaba, en realidad, el calor del fuego. El vapor de la cazuela subía varios zhang de alto y no se deshacía -parecía, de hecho, uno de esos baldaquines que se ponen encima de los carruajes imperiales-. Había dos monjes de aspecto desaliñado y cara sucia removiendo con unas grandes palas de hierro las gachas pastosas. Zhao Jia oía el ruido desagradable de esas palas cuando tocaban el fondo metálico de la gran cazuela. Ese ruido provocaba tiricia en los dientes de la gente. Los hombres estaban de pie en la nieve y no paraban de mover los pies para calentarse. La nieve que quedaba bajo sus pies se transformaba en barro helado muy sucio. El olor de las gachas les llegaba con el vapor. En ese ambiente claro y frío, el tipo de cereales que cocían en esa cazuela no parecía ser lo más indicado para alimentar a alguien; pero para esos muertos de hambre, era algo excepcional. Zhao Jia veía la luz que desprendían los ojos de esos seres famélicos mientras esperaban con impaciencia su bol de gachas. Algunos mendigos no podían aguantar el frío y se acercaban, con su pinta de monos y con la cabeza metida en los hombros, al fuego, para calentarse y oler las gachas. Luego volvían a la fila como niños que deben respetar el orden en el patio de la escuela cuando pasan lista. Los mendigos repiqueteaban el suelo con sus pies y lo hacían aumentando la cadencia hasta el punto de que sus cuerpos también se agitaban.
 
Zhao Jia llevaba unos calcetines hechos con piel de perro y unas botas que le cubrían las pantorrillas hasta la rodilla. Por eso no sentía frío en los pies y no golpeaba el suelo para entrar en calor. Su cuerpo tampoco temblaba. Tampoco era un muerto de hambre y no sufría de malnutrición como los otros. Si se había puesto en la fila no era para alimentarse, sino para respetar una costumbre muy antigua del gremio de los verdugos que consistía en ir a tomar un bol de gachas con los mendigos. Su maestro, la abuela Yu, se lo había contado: durante todas las dinastías, los verdugos se dirigen cada octavo día de la duodécima luna al templo para tomar sus gachas de arroz, y ello se hace para mostrar a los ancestros de Buda que los verdugos, como la mendicidad de los mendigos, tienen una manera digna de ganarse la vida. No habían nacido unos asesinos: lo hacían para poder comer decentemente. Tomar esas gachas era, por lo tanto, una manera de compartir una identidad con las capas más humildes de la sociedad. Los verdugos de los calabozos, a pesar de poder comer carne y galletas de maíz y sésamo cuando les viniese en gana, asistían cada año al reparto del bol de gachas junto al templo.


Mo Yan: Guan Moye (China, 1955). Obtuvo el premio Nobel en 2012).
 
(Traducido al español por Blas Piñero Martínez).