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Vancouver: Las nubes sobre English Bay.

sábado, 14 de abril de 2018

Nieve: RETORNO AL HOGAR, de Harold Pinter

"... en las últimas navidades decidí colaborar con el Ayuntamiento en juntar la nieve, porque había caído mucha."
 
(Fragmento del primer acto)
 
Lenny: Siempre ha sido mi hermano favorito. ¡Viejo Teddy! ¿Lo sabía? ¡Ahí es nada! Doctor en filosofía, y eso... impresiona. Claro, él es un hombre de mucha sensibilidad. Mucha. Ya me gustaría a mí ser tan sensible como él.
 
Ruth: ¿Le gustaría?
 
Lenny: Sí. ¡Ya lo creo! Quiero decir; no es que yo no tenga sensibilidad. La tengo. Pero podría tener un poco más. Podría con ello.
 
Ruth: ¿Podría?
 
Lenny: Un poco más. Sólo un poco.
(Pausa).
Quiero decir que soy muy sensible a la atmósfera, pero de pronto me desensibilizo, a ver si me comprende, cuando veo que la gente intenta abusar. Por ejemplo, en las últimas navidades decidí colaborar con el Ayuntamiento en juntar la nieve, porque había caído mucha. No es que necesitara hacerlo -económicamente-, sino que me dio por ahí. Me atraía pensar en el frío seco de la mañana, y tuve razón.
Conque me puse mis botas y ahí estaba en una esquina, a las cinco y media, esperando que viniera un camión a llevarnos al área que nos correspondía. ¡No helaba ni nada! Bueno, llegó el camión, subí delante y allá nos fuimos en la noche, con los faros todavía encendidos. Llegamos y nos dieron los picos y las palas y empezamos a entendérnoslas con la nieve mucho antes del amanecer. Bueno, pues aquella mañana, mientras tomaba una taza de té en un bar del barrio, me viene una señora anciana a pedirme que le echara una mano para mover un fogón que quería trasladar a otro cuarto. Como yo estaba de buenas, me fui con ella tomando del tiempo que nos habían dado de descanso. Vivía allí mismo, al fondo de la calle. Pero la cosa es que, cuando llegué, no podía con el fogón, que era de hierro y pesaba lo menos media tonelada, y la señora pretendía que lo había metido ahí su cuñado solo, que sería un hijo de... su madre.
Conque ahí me tiene a mí luchando con el fogón, a riesgo de herniarme, y la señora sin mover un dedo y diciendo «hala, hala». Hasta que me hartó y la dejé. Lo mejor es que se meta el fogón donde la quepa. Y en todo caso es un trasto viejo y es mejor que afloje la mosca y se compre una cocina decente. Tentado estuve de darle una de cuello vuelto, pero como lo de la nieve me había puesto de buen talante, le di así con el codo y me largué. Perdone, ¿le molesta ese cenicero?

Ruth: No me molesta nada.
 
 
Harold Pinter (Inglaterra. 1930-2008).
Obtuvo el premio Nobel en 2005.
 
La ilustración corresponde a Joey Collins como Lenny y Tara Franklin en el papel de Ruth durante la puesta en escena de Retorno al hogar (The Homecoming), dirigida por Eric Hill en 2015, en el teatro Unicornio de Stockbridge, Massachusetts.

jueves, 12 de abril de 2018

Nieve: EN MEDIO DE NINGUNA PARTE, de J. M. Coetzee

"Aunque bien puede ser mediodía, es tan escasa la luz que más bien parece que cayera la tarde. La nieve se desplaza sin fin."
 
112
 
(Fragmento)

Han acabado conmigo. Yo era una continua molestia y ahora han acabado conmigo. Vale la pena detenerse a pensar en ello, al menos mientras aún disponga de tiempo.
 
Vuelvo a encontrar mi antiguo sitio junto a la pared, un sitio cómodo, neblinoso, lánguido incluso. Cuando empiece a pensar, no podré averiguar si ha de ser pensa- miento o si será sueño.
 
Hay vastas regiones del mundo en las que, si hay que creer en lo que se lee, nieva siempre.
 
En algún lugar, en Siberia o en Alaska, hay un campo cubierto de nieve, y en medio del campo hay un poste algo inclinado, podrido. Aunque bien puede ser mediodía, es tan escasa la luz que más bien parece que cayera la tarde. La nieve se desplaza sin fin. Por lo demás, no hay nada más, al menos por lo que la vista alcanza.
 
 
J. M. Coetzee: John Maxwell Coetzee
(Sudafricano nacionalizado australiano, 1940) Obtuvo el premio Nobel en 2003.
 
(Traducido al español por Miguel Martínez-Lage).

miércoles, 11 de abril de 2018

Nieve: SIN DESTINO, de Imre Kertész

"... ni tampoco sentía (...) que mi cara estuviera salpicada por algo parecido al agua y la nieve."

(Fragmento del capítulo 7)

Cuando finalmente sentí que no estaba tendido sobre el suelo del vagón sino encima de unos guijarros, en medio de unos charcos helados -no sabía ni cuándo ni cómo había llegado hasta allí-, la verdad es que ya no significaba mucho para mí haber tenido la suerte de llegar a Buchenwald, y hasta se me había olvidado que era el lugar al que tanto había deseado regresar. No sabía dónde estaba, si todavía en la estación o ya dentro del campo, no reconocía los alrededores, no veía los caminos, ni las casas, ni la estatua que recordaba perfectamente. De todas maneras, parecía que había estado acostado allí, tranquilamente y en paz, sin curiosidad, con paciencia, allí donde me habían dejado. No sentía frío ni dolor, ni tampoco sentía -más bien me daba cuenta por deducciones mentales- que mi cara estuviera salpicada por algo parecido al agua y la nieve. Me pasaba el tiempo reflexionando, observando lo que veía sin tener que esforzarme en absoluto: el cielo bajo, gris y sin brillo, las nubes pesadas como plomo que desfilaban lentamente ante mis ojos, cubriendo el cielo invernal. Las nubes se apartaban durante breves momentos, se veía la luz a través de algún pequeño hueco, por alguna minúscula rendija, y eso reflejaba de cierta manera el misterio repentino de las profundidades, desde las cuales me llegaba como un rayo, desde arriba, la mirada rápida y avizor de unos ojos de color indefinido pero ciertamente claro, unos ojos parecidos a los del médico de Auschwitz, delante del cual había tenido que pasar a mi llegada. A mi lado había un objeto contundente, un zapato de madera, y al otro lado se veía una gorra de diablo parecida a la mía, con dos ángulos en los dos extremos: la nariz y la barbilla, y en el medio un hueco: la cara. Más allá había más cabezas, cosas, cuerpos, claro, los restos de la carga recién llegada, los desechos, para utilizar una palabra más exacta, que de momento habían depositado allí. Pasó un tiempo -no sé si fue una hora, un día o un año- y por fin se oyeron voces, ruidos, señales de que algo estaba pasando. La cabeza que estaba a mi lado se movió, y vi unos brazos con uniforme de preso que agarraban el cuerpo para arrojarlo sobre una carretilla, o algo así, encima de otros cuerpos que ya yacían allí acumulados. Al mismo tiempo, llegaban a mis oídos unos retazos de palabras, y en aquel susurrar apenas audible reconocí una voz antaño más potente que balbuceaba: «Pro... tes... to...». Su cuerpo se detuvo un momento, suspendido en el aire, antes de seguir su vuelo, y yo escuché otra voz, probablemente la del que lo sujetaba por el hombro. Era una voz agradable, masculina, que pronunciaba una frase con el típico acento chapurreado del alemán del campo, una voz que reflejaba sorpresa o asombro, más que crítica: «Was? Du willst noch leben?» (¿Qué, aún quieres vivir?), preguntaba, y yo mismo no podía más que estar de acuerdo en que la protesta no era la respuesta más apropiada para aquel momento. Por mi parte decidí ser más sensato. Pero ya se estaban inclinando sobre mí, y me vi obligado a parpadear, puesto que una mano se movía delante de mis ojos, hasta que me encontré encima de una carretilla repleta que ya estaban empujando hacia algún lugar, no me apetecía preguntar cuál. Me obsesionaba una sola idea que se me había ocurrido pensar. Probablemente fuera por mi propio descuido, pero no había sido tan precavido como para enterarme de las costumbres, usos o prácticas que existían en Buchenwald, y no sabía cómo lo hacían: con gas, como en Auschwitz, o con medicamentos como me habían contado, también en Auschwitz, o quizá con balas o de alguna de las mil maneras existentes que yo, presumiblemente, no podía ni siquiera imaginar. De todas formas, tenía la esperanza de que no dolería y, aunque parezca extraño, esa esperanza era tan real y me invadía como lo hubiera hecho cualquier esperanza más real relativa al futuro. Me di cuenta también de que la vanidad es un sentimiento que parece acompañar al hombre hasta en sus últimos momentos, porque por muy intrigado que estuviera no se me habría ocurrido preguntar nada, ni pedir nada; permanecí todo el tiempo callado, ni siquiera miraba atrás, hacia los que me empujaban. El camino ascendía por una colina, y tras una curva divisé el panorama de abajo. Contemplé el paisaje grandioso, la falda de la colina, las casas de piedra, todas iguales, los barracones verdes, unos bien cuidados y otros nuevos, quizá más austeros, todavía sin pintar; la red complicada pero ordenada de los alambres de púas entre las columnas, toda aquella inmensidad que se perdía entre los árboles sin hojas, en medio de aquella niebla. Al lado de uno de los edificios de la entrada había muchos musulmanes desnudos, unos cuantos dignatarios paseando, esperando algo, por supuesto; reconocí a los barberos por sus taburetes y sus movimientos aplicados, bueno, todo indicaba que estaban aguar- dando la ducha y la entrada en el campo. Más adentro, ya por los caminos de piedra
se observaban todas las señales de una constante y ferviente actividad, de un continuo quehacer: los antiguos habitantes, los convalecientes, los dignatarios, los encargados del almacén, los afortunados miembros elegidos de los destacamentos internos iban y venían, cumpliendo con sus tareas cotidianas. Humos de procedencia sospechosa se mezclaban con vapores más agradables; oí el conocido y simpático tintinear en alguna parte que me llegaba como en sueños, como si fueran unas suaves y dulces campanadas, y mis ojos encontraron, más abajo, la comitiva que cargaba la pesada olla, transportándola sobre unos palos sostenidos por encima de los hombros; en medio de aquel aire frío, punzante y húmedo sentí el olor incon- fundible de la sopa de zanahoria. Aquella visión y aquel olor me provocaron un sentimiento en el pecho entumecido que fue creciendo en oleadas y consiguió llenarme los ojos -completamente secos- de lágrimas. No servían ni la reflexión, ni la lógica ni la deliberación, no servía la fría razón. En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza -porque aun siendo absurdo, era muy persistente-, el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso.


Imre Kertész (Hungría, 1929-2016). Obtuvo el premio Nobel en 2002.
 
(Traducido del húngaro por Judith Xantús Fzarvas).

Las ilustraciones corresponden a un fotograma de la producción húngara Sorstanlanság (2005), adaptación a la pantalla escrita por el propio Kertész y a la portada de una de las ediciones en español de la misma obra.

martes, 10 de abril de 2018

Nieve: EL ENIGMA DE LA LLEGADA, de V. S. Naipaul

"Los conejos salían de sus madrigueras a jugar en la nieve..."
 
(Fragmento del primer capítulo)
 
Era invierno. La idea del invierno y de la nieve siempre me había atraído; pero en Inglaterra, esas palabras habían perdido para mí una parte de su romanticismo, porque los inviernos que llevaba allí pasados pocas veces habían sido tan rigurosos como me los imaginaba cuando vivía lejos, en mi isla tropical. Conocía las inclemencias del tiempo por otros lugares: España, en una estación de esquí cerca de Madrid, en enero; la India, en Simla, durante el mes de diciembre, y las cumbres del Himalaya, en agosto. Pero en Inglaterra casi nunca era así. En Inglaterra, prácticamente llevaba la misma ropa durante todo el año: pocas veces tenía que ponerme jersey y aun más raramente abrigo.
 
Y aunque sabía que los veranos eran soleados y que en invierno los árboles se quedaban pelados como escobas, al igual que en las acuarelas de Rowland Hilder, el año -la vegetación, incluso la temperatura- se me desdibujaba por completo. Me costaba trabajo distinguir las estaciones o divisiones; no asociaba las flores ni el follaje con ningún mes determinado. Y, sin embargo, me gustaba mirar: lo observaba todo y era capaz de emocionarme con la belleza de los árboles y la belleza de las flores, de las primeras horas de sol y las últimas del atardecer, tan tenues. Para mí, el invierno era fundamentalmente una época de días cortos y luz eléctrica por todas partes durante el horario laboral. También, una época en la que la nieve representaba una posibilidad.
 
Si digo que era invierno cuando llegué a aquella casa del valle del río es porque recuerdo la niebla, los cuatro días de lluvia y niebla que me ocultaban el entorno y respondían a mi angustia del momento, angustia por el trabajo y por haberme mudado otra vez; al fin y al cabo, otra de mis muchas mudanzas en Inglaterra.
 
También sé que era invierno porque me tenía preocupado el precio de la calefacción. En aquella casa sólo había electricidad, y salía más cara que el gas o el petróleo. Además, resultaba difícil calentarla. Era alargada y estrecha, no estaba lejos de los marjales y del río y el piso de cemento se alzaba a poco más de treinta centímetros del suelo.
 
Y una tarde se puso a nevar. Los copos de nieve empezaron a salpicar el prado que había delante de la casa, las ramas desnudas de los árboles, a perfilar objetos desechados, a perfilar los edificios vacíos, viejos, en torno al prado, que todavía no había asimilado plenamente o a los que no había prestado suficiente atención, de modo que, mientras contemplaba el caer de la nieve, fue formándose, pieza a pieza, una imagen aproximada de lo que me rodeaba.
 
Los conejos salían de sus madrigueras a jugar en la nieve, o a comer. Una coneja, toda jorobada, con tres o cuatro crías. Sobre la nieve, adquirían un color distinto, sucio. Y esta imagen de los conejos o, más concretamente, de su nuevo color, evoca, incluso crea, los demás detalles del día invernal: la luz de la nieve a última hora de la tarde; las casas extrañas y vacías alrededor del prado, tornándose blancas, nítidas, adquiriendo mayor importancia. También evoca el recuerdo del bosque que creía ver detrás del seto blanquecino, donde comían los conejos. El prado blanco; las casas vacías a su alrededor; el seto a un lado del prado, el hueco del seto, una vereda; más allá, el bosque. Yo veía un bosque. Pero en realidad, no lo era; tan sólo el antiguo huerto detrás de la casa grande en cuyos jardines estaba mi casa.
 
Lo que veía, lo veía con toda claridad. Pero no sabía qué miraba. No podía encajarlo en nada. Seguía viviendo como en una nube; no obstante, había ciertas cosas que sí sabía. Conocía el nombre de la ciudad a la que había llegado en tren. Era Salisbury. Prácticamente, fue la primera ciudad inglesa que conocí, la primera de la que me hice una idea, gracias a una reproducción del cuadro de la catedral, de Constable, que aparecía en el libro del tercer nivel de lectura. Allá lejos, en mi isla tropical, antes de cumplir diez años. Una reproducción a cuatro colores que entonces me pareció el cuadro más bonito que había visto en mi vida. Sabía que la casa en la que me había instalado estaba en uno de los valles de Salisbury.
 
Aparte del romanticismo de la reproducción de Constable, los conocimientos que llevé a mi nuevo entorno eran de carácter lingüístico. Sabía que, al principio, avon sólo significaba río, al igual que hound quería decir perro, cualquier perro. Y que los dos elementos de Waldenshaw -el nombre del pueblo y el de la casa solariega en cuyos jardines estaba yo-, que tanto walden como shaw significaban bosque: eso también lo sabía. Otra de las razones por las que, además de la sensación de cuento de hadas que me inspiraban la nieve y los conejos, creía ver un bosque.
 
 
V. S. Naipaul: Vidiadhar Surajprasad Naipaul
(Británico nacido en Trinidad y Tobago, 1932). Obtuvo el premio Nobel en 2001.

lunes, 9 de abril de 2018

Nieve: EL LIBRO DE UN HOMBRE SOLO, de Gao Xingjian

"La llanura estaba desierta, los cultivos habían sido cosechados, la nieve, en el infinito, le hacía entornar los ojos."
 
(Fragmento final del capítulo 34)

Dejó de hacer preguntas y se puso los guantes. La mujer lo acompañó en silencio a la puerta. Él se despidió inclinando la cabeza.
 
Una vez en el camino de tierra, marcado por dos profundas roderas, se volvió y vio a la anciana de pie en el umbral de su casa; no se había anudado el pañuelo de la cabeza. Cuando él se volvió, ella entró en casa.
 
En el camino, el viento había cambiado de dirección, era un viento del nordeste, mezclado con copos de nieve que se hacían cada vez más gordos. La llanura estaba desierta, los cultivos habían sido cosechados, la nieve, en el infinito, le hacía entornar los ojos. Llegó al albergue de la comuna popular antes de que se hiciera de noche y recuperó la bicicleta. En principio, no debía volver a la cabeza de distrito esa misma noche; pero, sin saber demasiado por qué, se subió rápidamente a la bicicleta. La nieve había cubierto la carretera y los campos, y le costaba mucho encontrar el camino. El viento le empujaba por detrás, y hacía que los copos de nieve revolotearan. Por suerte, iba en la buena dirección. Agarrado con firmeza al manillar, iba de rodera en rodera, debido a la nieve no distinguía nada, hasta que se caía, se levantaba, se volvía a subir, y marchaba dando tumbos. Delante de él, una extensión gris, los copos de nieve revoloteando...

 
Gao Xingjian (Chino nacionalizado francés, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2000.
 
(Traducido al español por Xin Fei y José Luis Sánchez).

domingo, 8 de abril de 2018

Nieve: EL TAMBOR DE HOJALATA, de Günter Grass

"En calles silenciosas y casi desiertas, contemplaba desde el nicho abrigado de algún zaguán los escaparates..."

Escaparates
 
(Fragmento)

Bastante después del anochecer, una o dos horas después del cierre de las tiendas, me escapaba de mi mamá y de Matzerath. Salía a la noche invernal. En calles silenciosas y casi desiertas, contemplaba desde el nicho abrigado de algún zaguán los escaparates de enfrente: tiendas de comestibles finos, mercerías y, en una palabra, todas aquellas que exhibían zapatos, relojes, joyas, cosas deseables y fáciles de llevar. No todos los escaparates estaban iluminados. Y yo inclusive prefería aquellas tiendas que, lejos de los faroles callejeros, mantenían su oferta en la semioscuridad; porque la luz atrae a todos, aun al más vulgar, en tanto que la semioscuridad sólo hace detenerse a los elegidos.
 
No me interesaban las gentes que, callejeando, echaban de paso un vistazo a los escaparates deslumbrantes, más a las etiquetas con los precios que a los objetos mismos, o que se aseguraban, en el reflejo de los cristales, de que llevaban el sombrero bien puesto. Los clientes a los que yo esperaba en medio del frío seco y sin viento, detrás de una tormenta de nieve de grandes copos, dentro de una espesa nevada silenciosa o bajo una luna que aumentaba con la helada, eran los que se detenían ante los escaparates como obedeciendo a una llamada y no buscaban mucho tiempo en los anaqueles, sino que, al poco rato o en seguida, posaban su mirada en uno solo de los objetos allí expuestos.
 
Mi propósito era el del cazador. Requería paciencia, sangre fría y una vista libre y segura. Sólo cuando se daban todas estas condiciones le correspondía a mi voz matar la caza en forma incruenta y analgésica: le correspondía tentar. Pero, ¿tentar a qué?
 
Al robo. Porque, con un grito absolutamente inaudible, cortaba yo en el cristal del escaparate, exactamente a la altura del plano inferior y, de ser posible, delante mismo del objeto deseado, unos agujeros perfectamente circulares y, con una última elevación de la voz, empujaba el recorte del cristal hacia el interior del escaparate, donde se producía un tintineo prontamente sofocado, pero que no era el tintineo del vidrio al romperse, aunque yo no pudiera oírlo, porque Óscar estaba demasiado lejos. Pero aquella joven señora de la piel de conejo en el cuello del abrigo pardo, vuelto ya seguramente una vez al revés, ella sí oía el tintineo y se estremecía hasta su piel de conejo; quería irse a través de la nieve, pero no obstante se quedaba, tal vez precisamente porque estaba nevando, o bien porque cuando está nevando, siempre que la nieve sea suficientemente espesa, todo está permitido. ¿Y que sin embargo mirara a su alrededor, como sospechando de los copos de nieve, como si detrás de los copos no hubiera siempre más copos; que siguiera mirando a su alrededor cuando ya su mano derecha salía del manguito, recubierto asimismo de piel de conejo? Y luego, sin preocuparse más de su alrededor, metía la mano por el recorte circular, empujaba primero a un lado el redondel de vidrio, que se había volcado precisamente sobre el objeto ansiado, y sacaba primero uno de los zapatitos de ante negro, y luego el izquierdo, sin estropear los tacones y sin lastimarse la mano en los cantos vivos del agujero. A derecha e izquierda desaparecían los zapatos, en los correspondientes bolsillos del abrigo. Por espacio de un instante, por espacio de cinco copos, Óscar veía un lindo perfil, por lo demás insulso; y cuando empezaba ya a pensar que se trataba tal vez de uno de los maniquíes de los almacenes Sternfeld salido milagrosamente de paseo, he aquí que se disolvía entre la nieve que caía, volvía a hacerse ver bajo la luz amarillenta del siguiente farol y, abandonando el cono luminoso, la joven recién casada o el maniquí emancipado desaparecía.
 
Una vez realizado mi trabajo -y todo aquel esperar, espiar, no poder tocar el tambor y, finalmente, encantar y derretir el vidrio helado era, en verdad, una labor ardua-, no me quedaba otra cosa que hacer que irme para casa igual que la ladrona, pero sin botín; con el corazón ardiente y frío a la vez.
 
No siempre conseguía, por supuesto, llevar mi arte tentador hasta un éxito tan categórico como en el caso típico que acabo de describir. Así, por ejemplo, mi ambición era hacer de una parejita de enamorados una pareja de ladrones. Pero, o bien no querían ni el uno ni la otra, o bien él ya metía la mano pero ella se la retiraba, o era ella la que se atrevía y él, suplicante, la hacía desistir y, en adelante, despreciarlo. En una ocasión, durante una nevada copiosa, seduje delante de una tienda de perfumería a una parejita de aspecto particularmente joven. Él se hizo el valiente y robó un agua de Colonia. Ella rompió a llorar, afirmando que prefería renunciar a todos los perfumes. Pero él quería darle la loción, y logró imponer su voluntad hasta el farol siguiente. Aquí, sin embargo, en forma ostensible y como si se hubiera propuesto vejarme, la niña lo besó, poniéndose para ello de puntillas, hasta que él volvió sobre sus pasos y devolvió el agua de Colonia al escaparate.
 
 
nter Grass (Alemania, 1927-2015). Obtuvo el premio Nobel en 1999.

sábado, 7 de abril de 2018

Nieve: LA NIEVE NEGRA, de José Saramago

"¿Cuándo y como llegaremos al espíritu de un niño que pinta la nieve negra porque murió su madre?"

(Fragmento)

Una maestra mandó un día a sus alumnos que hicieran una composición plástica sobre la Navidad. No lo dijo así, claro. Dijo, más o menos, una frase como esta: “Haced un dibujo sobre la Navidad. Podéis usar lápices de colores, o acuarelas, o papel satinado, lo que prefiráis. Y me lo traéis el lunes. ” Que lo dijera así o no, es igual, el caso es que los alumnos llevaron el trabajo. Aparecía allí todo cuanto suele aparecer en estos casos: el pesebre, los Reyes Magos, los pastores, San José, la Virgen y el Niño. Mal hechos, bien hechos, toscos o hábiles, los dibujos cayeron el lunes sobre la mesa de la maestra.
 
Allí mismo, ella los vio y los calificó. Iba marcando “bien”; “mal”, “suficiente”, en fin, el trance por el que todos hemos pasado. De repente, ¡ah, hay que tener mucho cuidado con los niños! La maestra coge un dibujo, un dibujo que no es ni mejor ni peor que los demás. Pero ella tiene los ojos clavados en el papel, y está desconcertada: el dibujo muestra el inevitable pesebre, la vaca y el burrito, y toda la demás figuración sobre el caso. Sobre esta escena sin misterio cae la nieve, y esa nieve es negra ¿Por qué?
 
“¿Por qué?”, pregunta la maestra en voz alta al niño. El chiquillo no responde. Mas nerviosa quizás de lo que aparenta, la maestra insiste. Hay en el aula crueles murmullos y sonrisas de rigor en estas situaciones. El niño está de pie, muy serio, algo tembloroso. Y, al fin responde: “Puse la nieve negra porque esta Navidad murió mi madre”.
 
Dentro de un mes llegaremos a la luna. Pero ¿cuándo y como llegaremos al espíritu de un niño que pinta la nieve negra porque murió su madre?
 
 
José Saramago (Portugués fallecido en España, 1922-2010).
Obtuvo el premio Nobel en 1998.

viernes, 6 de abril de 2018

Nieve: HAY UN REY LOCO EN DINAMARCA, de Dario Fo

"Vine al mundo (...) supongo que en el palacio real con la ciudad cubierta de nieve, ¡fue en pleno invierno...!"
 
Dentro y fuera de un cuento de hadas

Leo:

Me llamo Cristián y soy de fe luterana. Tengo treinta años, más o menos, no lo recuerdo con exactitud, pero me molesta pedir información sobre mi nacimiento a alguien de la servidumbre o de la corte. Vine al mundo en Copenha­gue, supongo que en el palacio real con la ciudad cubierta de nieve, ¡fue en pleno invierno...! Más o menos a mediados del siglo XVIII.
 
Mi madre, Luisa de Hannover, fue la primera mujer de Federico V, rey de Dinamarca como es natural. De ella no tengo casi memoria, ni de su voz ni de sus senos mientras me amamantaba. Y es que fui depositado de inmediato en­tre los brazos de una nodriza de la que recuerdo con exac­titud sus pechos tiernos y henchidos de leche y una voz que me cantaba para que me adormeciera. Mi madre murió cuando yo tenía dos años y no lo supe hasta mucho más tarde, cuando mi padre el rey volvió a casarse con otra mu­jer noble, muy hermosa pero codiciosa también, y caren­te de humanidad, Juliana María de Brunswick-Lüneburg, de la que me esforzaré por hablar ampliamente dentro de poco. Solo anticipo al lector que descubrir a esa señora, que parecía surgida de las leyendas mitológicas de un antiguo narrador escandinavo, fue para mí algo terriblemente desagradable. Era una auténtica madrastra, como las de esos crueles cuentos de hadas inventados a propósito para asus­tar a los niños.
 
El día en el que, al cabo un año, la madrastra dio a luz a su primogénito caí postrado por unas terribles fiebres, no desde luego a causa de ese nacimiento. El médico, llamado con urgencia, decretó que era probable que no se tratara de nada grave: un fenómeno normal, propio del desarrollo infantil. Pero, por desgracia, el diagnóstico era completa­mente erróneo; no me recuperé más que al cabo de meses de semiinconsciencia.
 
En un primer momento parecía que había conseguido salir de aquella desesperada condición, tanto era así que seme permitió bajar al parque junto con los demás chiquillos de la corte para que pudiera jugar, correr y volver a una vida normal. Hasta se me permitió montar a caballo, en un potro domesticado por los mozos de cuadra del rey, regalo de mi padre para celebrar mi curación. Además, me confiaron a un maestro para que aprendiera a escribir y a entender de arte, matemáticas y filosofía, como es de rigor para un príncipe.
 
Es increíble, hallarme en aquella condición de colegial me proporcionaba una enorme satisfacción y placer. Des­cubrí que adoraba la lectura y narrar empuñando la pluma. El maestro era paciente y bien dotado en cuanto a saberes. Me acompañaba en mis paseos por toda la finca. Navegába­mos en una barca, siguiendo pequeños cursos de agua que llevaban al puerto, repleto de barcos que se adentraban en las aguas del mar cruzándose con otros que atracaban en los muelles atiborrados de marineros y viajeros.
 
De vez en cuando, me empezaba a dar vueltas la cabeza y al rato me derrumbaba perdiendo el conocimiento. Mi tutor me abrazaba como si por un instante se hubiera con­vertido en mi padre, a quien nunca había conocido un gesto parecido.
 
Con cada crisis venían a visitarme nuevas eminencias del estudio del cerebro. A menudo, aquellos sabios organiza­ban una ronda de consultas, palpándome el cráneo como si en lugar de la cabeza tuviera un melón del que había que descubrir si ya estaba maduro o no.
 
Indefectiblemente, aquellos hombres de tan alta sabiduría acababan por chocar con dureza y fuertes palabras. Y hacia el final de la disputa siempre había alguno que proponía someterme a una perforación de cráneo que me librara de esos humores gaseosos que sin duda, al comprimir las circunvoluciones cerebrales, eran los causantes de mi horrible enfermedad. Discutían delante de mí, como si yo no existie­ra, convencidos de que al tratar el asunto con términos la­tinos quedaban dispensados de prestar un mínimo de aten­ción hacia mi persona, y tanto fue así que en determinado momento me aparté realmente de la gracia de Dios y grité: «¿Saben lo que les digo, señores sabiondos? Que estoy de acuerdo con ustedes yo también: hay que resolverlo con una trepanación, no hay más remedio. Así que introduz­can el taladro cuando quieran, pero no en mi cráneo...: ¡en vuestros culos!». ¡Que no es lo que se dice una expresión propia de reyes!
 
En uno de esos días, cada vez más raros, en los que me hallaba en condiciones podríamos decir que favorables, se me ocurrió pasar por los jardines del palacio de Frederiksberg en el caballo que me había regalado mi padre. Algo asustó al potro, que se encabritó agitando las patas delan­teras justo en el momento en el que una madre cruzaba el sendero con su hijo de la mano.
 
El pequeño se asustó y trató de huir, pero tropezó y acabó en el suelo. La madre, a su vez, a causa del susto, se quedó bloqueada. Desmonté y corrí a levantar al niño del suelo. La mujer me dio las gracias y dijo en señal de des­pedida:
 
- Le quedo muy agradecida, príncipe.
 
Luego se alejó y pude oír al niño que le preguntaba:
 
- Madre, pero ¿no es ese el hijo loco del rey?
 
- ¡Cállate, hijo! ¡Que te va a oír! -respondió la mujer.
 
De esa manera me enteré en un instante de que para to­dos era yo definitivamente el primer loco real.


Dario Fo (Italia, 1926-2016). Obtuvo el premio Nobel en 1997.
 
(Traducido del italiano por Carlos Gumpert).

La ilustración corresponde al palacio real Christianborg, en Dinamarca, en el que nació el rey Cristián IV.

jueves, 5 de abril de 2018

Nieve: VOCABULARIO, de Wislawa Szymborska


- La Pologne? La Pologne? ¿Un frío espantoso, verdad? -me pregunta, y respira con alivio. Son tantos los países que surgen cada dos por tres, que el tema de conversación menos resbaladizo es el clima.
 
- Madame -me encantaría responderle-, los poetas de mi país escriben con los guantes puestos. Aunque, a decir verdad, a veces se los quitan: sí, cuando cae una luna de justicia. Con estrofas de alaridos punzantes, único medio de apagar el estruendo del vendaval, cantan la vida sencilla de los pastores de focas. Nuestros clásicos hacen cisuras con carámbanos de tinta en la nieve apelmazada. El resto, los decadentes, lloran la suerte de los copos de nieve. Quien quiere morir ahogado debe hacerse con un pico para agrietar el hielo. ¡Ay, madame, querida madamé!
 
Eso es lo que me encantaría decir. Pero no recuerdo cómo se dice «foca» en francés. Ni estoy segura de qué palabras corresponden a «carámbano» y a «agrietar».

- La Pologne? La Pologne? ¿Un frío espantoso, verdad?

- Pas du tout —respondo glacial.


Wislawa Szymborska (Polonia, 1923-2012). Obtuvo el premio Nobel en 1996.
 
(Traducido al español por Jerzy Skvomirsky y Ana María Moix).

miércoles, 4 de abril de 2018

Nieve: EN IOWA, de Seamus Heaney

"La nieve rebosaba su asiento de hierro, amontonada en cada radio de las ruedas como una gruesa cima blanca, y borraba el brillo del aceite en los engranajes de dientes negros."

Una vez en Iowa, entre los menonitas,
en una ventisca lacerante, atravesando la tarde
pese al pertinaz aguanieve contra el cristal del coche
y los revoloteos absolutorios del limpiaparabrisas,
 
entreví, abandonada en el espacio abierto de un campo
en el que los tallos de maíz se marchitaban bajo la nieve,
una máquina segadora. La nieve rebosaba su asiento de hierro,
amontonada en cada radio de las ruedas como una gruesa cima blanca,
 
y borraba el brillo del aceite en los engranajes de dientes negros.
Poco a poco volví de aquel lugar salvaje
como alguien no bautizado que ha conocido la oscuridad
en la tercera hora y el velo hecho jirones.
 
Una vez en Iowa. Entre la nieve y la ventisca y el siseo
de aguas no separadas, sino nacientes.
 
 
Seamus Heaney (Irlanda, 1939-2013). Obtuvo el premio Nobel en 1995.

martes, 3 de abril de 2018

Nieve: SALTO MORTAL, de Kenzaburō Ōe


 
(Fragmento del capítulo 7: La sagrada llaga)

Al frente se divisaba el vasto y hondo panorama de montañas con sus nevadas cimas sucediéndose; del lado de acá se alzaba aquel bosque de variados árboles que por la mañana temprano había ofrecido una vista desolada, pero que a esa luz tenue del sol presentaba una sosegada y pálida tonalidad entre amarilla y rojiza. Daba incluso la impresión de que tanto las personas como los árboles hubieran culminado su fase preparatoria ante la llegada de las inminentes nevadas, cuando la nieve al acumularse unificaría aquel frente lejano de montañas para convertirlo en una franja continuada de blancura.
 
En éstas, los tres jóvenes dieron alcance a Patrón. Bailarina le dirigió una voz que lo hizo volverse con amabilidad hacia ella, alterando así las huellas que sobre la tierra habían hecho sus magníficas botas de cuero. Bailarina, toda solícita, lo ayudó a sentarse en la silla de ruedas. A su espalda tenían el viejo camino en bajada, encontrándose ya ellos al cabo del mismo. Vertiente arriba subía el viento soplando, trayéndoles un frío que hacía presagiar la masa de aire gélido a punto de llegarles desde las nevadas montañas. Ese lugar que pisaban parecía ser el adecuado, dada la estación, para poner fin al paseo; de modo que entendieron que les había llegado el momento de regresar, empujando la silla de ruedas, con Patrón sentado, pendiente arriba. Bailarina, siempre tan solícita que no escatimaba esfuerzos por atender a Patrón, era la mejor compañía que éste podía desear.
 
 
Kenzaburō Ōe (Japón, 1935): Obtuvo el premio Nobel en 1994.
 
(Traducido del japonés por Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala).

lunes, 2 de abril de 2018

Nieve: BELOVED, de Toni Morrison

"La ropa se deshelará lentamente hasta adquirir la humedad perfecta para la plancha, que las hará oler a lluvia..."
 
(Fragmento)

Hoy están afuera. Hace frío y la nieve es densa como la tierra compacta. Denver ha terminado de cantar la canción con la que Lady Jones enseñaba a contar a sus alumnos. Beloved tiene los brazos extendidos hacia delante mientras Denver saca de la cuerda ropa interior y toallas congeladas. Las apoya una a una en los brazos de Beloved hasta que la pila, como una baraja gigantesca, le llega al mentón. Denver se queda con el resto, los delantales y las medias marrones. Mareadas por el frío, vuelven a la casa. La ropa se deshelará lentamente hasta adquirir la humedad perfecta para la plancha, que las hará oler a lluvia caliente. Danzando por la sala con el delantal de Sethe, Beloved quiere saber si hay flores en la oscuridad. Denver agrega ramitas al fogón y le asegura que sí. Girando como un tronco, con la cara enmarcada por la tirilla y la cintura abrazada por las cuerdas del delantal, Beloved dice que tiene sed.
 
Denver sugiere entibiar un poco de sidra, mientras se devana los sesos pensando qué podría hacer o decir para despertar el interés de la bailarina. Denver ya es una estratega y tiene que tenerla a su lado desde el momento en que Sethe sale a trabajar hasta la hora de su regreso, cuando Beloved comienza a asomarse a la ventana, sale por la puerta, baja los peldaños y se acerca al camino. Las maquinaciones han cambiado señaladamente a Denver. Antes era indolente y le molestaban las tareas, ahora es activa, ejecutiva, e incluso suma trabajos a los asignados por Sethe. Todo para poder decir: «Tenemos que» y «Ma nos ha dejado dicho que». De lo contrario, Beloved se pone reservada y ensoñadora, o callada y mohína, y las posibilidades de Denver de ser mirada por ella caen por la borda. No tiene ningún control sobre las veladas. Cuando su madre está cerca, Beloved sólo tiene ojos para Sethe. De noche, en la cama, puede ocurrir cualquier cosa. Se le ocurre que le cuente una historia en la oscuridad, cuando Denver no puede verla. O le da por levantarse e ir a la fresquera, donde ahora duerme Paul D. O se echa a llorar, en silencio. Incluso puede dormir como un tronco, con el aliento azucarado después de haberse chupado los dedos llenos de melaza o de migajas de galletitas. Denver se volverá hacia ella entonces, y si Beloved está de frente, respirará hondo el dulce aire que sale de su boca. Si está de espaldas, se inclinará por encima de ella, de vez en cuando, para dar una olisqueada. Porque cualquier cosa es mejor que el hambre original... El momento en que, después de un año de maravillosas ies minúsculas, de oraciones estiradas como la masa de un pastel y de la compañía de otros chicos, dejó de oír. Cualquier cosa es mejor que el silencio con que respondía a las gesticu- laciones y era indiferente al movimiento de los labios. Cuando veía hasta el objeto más minúsculo y los colores palpitaban ante sus ojos. Renunciará al ocaso chillón, a las estrellas grandes como platos y a la efusión encarnada del otoño a cambio de un amarillo pálido si proviene de su Beloved.
 
La jarra de la sidra es pesada, pero siempre lo es, hasta cuando está vacía. Denver puede llevarla cómodamente, pero le pide a Beloved que la ayude. Está en la fresquera, junto a los tarros de melaza y a tres kilos de queso cheddar duro como una piedra. En el suelo hay un jergón, cubierto de periódicos, con una manta a los pies. Lleva un mes haciendo de cama, aunque ha llegado la nieve y el invierno es crudo.
 
 
Toni Morrison (Estados Unidos, 1931). Obtuvo el premio Nobel en 1993.
 
(Traducido al español por Iris Menéndez).

domingo, 1 de abril de 2018

Nieve: SIGNOS, de Derek Walcott

"En la distancia, la palabra Cracovia suena a artillería. Tanques y nieve. "

Para Adam Zagajewski
 
IV
 
Esa nube era Europa, que se desvanece más allá de las ramas espinosas
del lignum-vitae, del árbol de la vida. Queda una nube con forma de yunque
sobre estas islas, en las cimas de aludes atractivos,
ventiscas sobre el frente de campañas moteadas de nieve,
las mismas viejas noticias que solo cambian fronteras y políticas,
más allá de las que se ahítan los lobos, de ojos rojos como bayas,
y sus silentes aullidos se apagan entre volutas de humo
como la helada nube sobre los puentes. Lentamente, la barcaza de Polonia
va flotando corriente abajo con magistral escansión,
los minaretes de San Petersburgo como una nube. Luego, las nubes
se olvidan al igual que los combates. Como la nieve en primavera. Como el mal.
Todo lo que parece de mármol no es más que un velo.
Entonces, interpretad a Timón, y maldecid todo empeño como vil.
Vuestra sombra permanece con vosotros, sobrecogiendo a los rápidos cangrejos
que se agarrotan hasta que pasáis de largo. Esa nube representa la primavera
para los sauces babilonios de Amsterdam, que brotaban de nuevo
como las muchedumbres en Pisarro por las ramas de un húmedo bulevar,
y la llovizna que azota sus pequeños alambres envuelve
Notre Dame. En la distancia, la palabra Cracovia
suena a artillería. Tanques y nieve. Muchedumbres.
Muros acribillados por agujeros de bala que, como el algodón, se cierran.


Derek Walcott (Británico originario de la isla de Santa Lucía, 1930-2017).
Obtuvo el premio Nobel en 1992.
 
La ilustración corresponde al monasterio benedictino de Tyniec, al sur de la ciudad de Cracovia, en Polonia.

sábado, 31 de marzo de 2018

Nieve: LA GENTE DE JULY, de Nadine Gordimer

"Podía haber abierto los ojos sobre la nieve (...): Canadá. Después de cinco años ya estarían establecidos allí."
 
(Fragmento)
 
Ella salió y se puso a mirar aquella cabaña concreta, sin techo, oculta por los árboles invasores, como la madriguera de algún animal que hubiera desaparecido. El lugar parecía igual que cuando estaba allí el vehículo. En la cama el hombre echó un vistazo a su reloj, mas ella sabía que allí el suyo era algo inútil; pero con la profunda y lívida luz que fluía sobre el bush desde un sol poniente bajo un cielo entintado y tormentoso no pudo evitar un sentimiento de agonizante alerta. El día terminaba. Miró hacia el bush; su medida patética, un gato ante el agujero de un ratón, ante la inmensidad.
 
Cuando él cerró los ojos vio la abertura de la cabaña como la forma blanca de la llama de un soplete. Podía haber abierto los ojos sobre la nieve, nieve y la desmañada seguridad de las bien arrojadas figuras en ropas de colores vivos: Canadá. Después de cinco años ya estarían establecidos allí. Músculo tras músculo, todo su cuerpo grande y sus miembros se tensó alrededor de él con una llave estranguladora. Si no hubiera sido por ella; no podía recordar lo que él quería hacer realmente, quedarse o irse, pero ella había tenido una voluntad que había doblegado la suya, estaba dividido y a la vez unido, como las higueras salvajes del bush a la vez rompen y entrelazan a las rocas. Tomó bruscamente el aparato de radio e hizo girar el botón a través de las endemoniadas furias, a través de las chisporroteantes selvas de rugidos, del agudo lamento de los monstruos en las siseantes profundidades del océano.
 
- ¡Por Cristo!
 
Ella había vuelto y estaba de pie a su lado. Redujo el volumen y siguió buscando con el botón.
 
- No hay nada. Lo único que haces es gastar las pilas.
 
Dio al botón rápidamente, formando un crescendo, ya fuera por equivocación o por malicia -la cabeza de ella se irguió con rapidez-, antes de dejar el aparato.


Nadine Gordimer (Sudáfrica, 1923-2014). Obtuvo el premio Nobel en 1991.
 
(Traducido al español por Barbara McShane y Javier Alfaya).