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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

viernes, 18 de agosto de 2017

Agosto: EL PUENTE, de Mircea Eliade

"... subido en la moto, despacio, sin meter ruido. La quinta vez pasó lo que tenía que pasar, el accidente..."

(Fragmento inicial)
 
París, agosto de 1976.

- ¡Hay que ver qué cosas pasan! Me estoy acordando de un motorista. Yo estaba delante del chalet, mirándolo. Quería ver cuándo se hartaba. Ya era la cuarta vez que subía por la empinada cuesta y, nada más llegar arriba, daba media vuelta y bajaba hacia el valle subido en la moto, despacio, sin meter ruido. La quinta vez pasó lo que tenía que pasar, el accidente, quiero decir. Lo llevé en brazos al chalet, ensangrentado, inconsciente. Cogí agua y se la eché por encima. Volvió en sí y, con gran sorpresa por mi parte, me reconoció. «Ya creía que no venías», me dijo. «Te estuve esperando el año pasado, más o menos por esta época.» Yo no entendía nada. «Debes de tomarme por otro», le dije. «Este chalet no es mío. Me lo ha prestado ocho días un amigo.» Él sonreía: «Ya sé que son las reglas del juego, tú tienes que hacer que no me reconoces. Pero soy yo, Emmanuel». Y empezó a contarme... todo tipo de historias raras, completamente inverosímiles. Lo interrumpí varias veces: «Pero si todo eso no es verdad. Sabes muy bien que no puede ser verdad. Te lo has inventado tú. ¿Y el accidente?», me preguntó con una sonrisa. «¿Y el accidente me lo he inventado yo?» Se restañaba con un pañuelo el labio superior, que le estaba sangrando, y en la mirada que me dirigía yo leía candor, pero también una imperceptible ironía. No sabía a qué carta quedarme. Me daba pena decirle la verdad, decirle que padecía de amnesia. Al final, tuve que decidirme. Si hubiera vuelto a perder el conocimiento, me habría visto en la obligación de llevarlo al hospital, y eso lo habría complicado todo mucho, muchísimo. «Aquí hay un error», le dije suavemente. «Estás aquí por error, me confundes con otro. Perteneces a otro mundo, a otra sociedad. A lo mejor eres un escritor, o un aventurero; sea como fuere, eres alguien con muchos secretos, cuyo pasado y cuyo futuro rebosan de aventuras fabulosas. Yo me muevo en un mundo modesto y prudente, carente de interés. Es imposible que me conozcas. Te repito que este chalet no es mío. Es de un amigo. Es la primera vez que vengo...»

Seguía mirándome mientras se restañaba el labio con el pañuelo. Lo dejé marchar, aun a sabiendas de que iba a perderse. Padecía de amnesia. ¿Qué posibilidades tenía de encontrarse con quienes lo estaban esperando, quienes lo habían esperado ya el año anterior? Padecía de amnesia, y las reglas del juego -a lo que había creído entender- exigían que no se le reconociese a la primera. Así que habría podido volver otra vez, y otra más, pero ¿cómo habría podido saber a casa de quién había ido y a casa de quién no había ido, si padecía de amnesia? Se marchó, y yo sabía de sobra que se iba a perder, Incluso empezaba a pesarme un poco haber dejado que se fuera. Era una persona interesante. Qué paciencia había tenido para subir tantas veces hasta arriba con la moto y volver a bajar, después, hasta el valle, hasta lo más hondo del valle, hasta el puente...
 

Mircea Eliade (Rumania, 1907-1986).

jueves, 17 de agosto de 2017

Agosto: BAJO LA LUNA DE AGOSTO*, de Carl Sandburg


Bajo la luna de agosto
las suaves gotas de plata
caen, resplandecientes,
sobre jardines nocturnos;
y la muerte, burlona gris,
viene susurrándote
como una bella amiga
que te recuerda.

Bajo las rosas del verano
el fragante carmesí se oculta
durante el crepúsculo,
entre hojas silvestres
coloradas; y el amor,
con manos pequeñitas,
viene a tocarte
con miles de recuerdos
y te plantea preguntas bellas
que no tienen respuesta.
 
 
Carl Sandburg (Estados Unidos, 1878-1967).
 
* Under the Harvest Moon, que es el título original en inglés de este poema, fue traducido al español por José Vicente Anaya como Bajo la luna de agosto. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

Agosto: EN AGOSTO NOS VEMOS, de Gabriel García Márquez


(Fragmento)

Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chófer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido.
 
El conserje la esperaba con las llaves de la única habitación del segundo piso que daba a la laguna. Subió las escaleras con cuatro zancadas y entró en el cuarto pobre con un fuerte olor de insecticida y casi ocupado por completo con la enorme cama matrimonial. Sacó del maletín un neceser de cabritilla y un libro intenso que puso en la mesa de noche con una página marcada por el cortapapeles de marfil. Sacó una camisola de dormir de seda rosada y la puso debajo de la almohada. Sacó una pañoleta de seda con estampados de pájaros ecuatoriales, una camisa blanca de manga corta y unos zapatos de tenis muy usados, y los llevó al baño con el neceser.
 
Antes de arreglarse se quitó la camisa escocesa, el anillo de casada y el reloj de hombre que usaba en el brazo derecho, y se hizo abluciones rápidas en la cara para lavarse el polvo del viaje y espantar el sueño de la siesta. Cuando acabó de secarse sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos, y ya en las vísperas de la tercera edad. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para verse como había sido de joven, y vio su propia máscara con los ojos chinos, la nariz aplastada, los labios intensos. Pasó por alto las primeras arrugas del cuello, que no tenían remedio, y se mostró los dientes perfectos y bien cepillados después del almuerzo en el transbordador. Se frotó con el pomo del desodorante las axilas recién afeitadas y se puso la camisa de algodón fresco con las iniciales AMB bordadas a mano en el bolsillo. Se desenredó con el cepillo el cabello indio, largo hasta los hombros, y se hizo la cola de caballo con la pañoleta de pájaros. Para terminar, se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple, se humedeció los índices en la lengua para alisarse las cejas lineales, se dio un toque de su perfume amargo detrás de cada oreja y se enfrentó por fin al espejo con su rostro de madre otoñal. La piel, sin un rastro de cosméticos, se defendía con su color original, y los ojos de topacio no tenían edad en los oscuros párpados portugueses. Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cinco. Pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el vapor ardiente de la laguna. Los nubarrones negros del lado del mar le aconsejaron la prudencia de llevar la sombrilla.
 
 
Gabriel García Márquez (Colombiano fallecido en México, 1927-2014). Obtuvo el premio Nobel en 1982. 

martes, 15 de agosto de 2017

Agosto: LAS AMISTADES PELIGROSAS, de Choderlos de Laclos


 
Carta XV
 
El vizconde de Valmont a la marquesa de Merteuil

Hace usted muy bien, amiga mía, en no abandonarme a mi triste suerte. La vida que llevo aquí es realmente fatigosa por lo demasiado descansada y su uniformidad insípida. Al leer su carta y el pormenor del modo admirable con que ha pasado el día, me han dado tentaciones veinte veces de pretextar un negocio cualquiera, de volar a los pies de usted y de pedirle una sola infidelidad a su caballero, que al cabo de cuenta no merece tanta dicha. ¿Sabe que tengo celos de él? ¿Qué me habla usted de eterno rompimiento? Renuncio a un juramento hecho en la fuerza de un delirio; no hubiéramos sido dignos de hacerlo si lo hubiéramos de observar. ¡Ah! puédame yo vengar un día en sus brazos del despecho involuntario que me ha causado la fortuna del caballero. Confieso que me lleno de indignación cuando pienso que ese hombre sin razonar, sin tomarse el menor trabajo, siguiendo tontamente el instinto de su corazón, halla una felicidad que yo no puedo alcanzar. ¡Oh! yo la turbaré. Prométame que yo la turbaré. ¿Usted misma, no se siente humillada? Se da usted la pena de engañarle y él es más feliz que usted; lo cree atado a su cadena y es usted la que está a la suya; duerme tranquilamente mientras usted vela para procurarle placeres. ¿Qué más podría hacer su esclavo?
 
Mire, querida amiga, mientras usted se entregue a muchos no tendré ningunos celos, porque sólo veré en ellos los sucesores de Alejandro, incapaces de conservar entre todos el imperio en que yo reinaba solo. Pero si usted se da enteramente a uno de ellos, si existe otro hombre tan feliz como yo, eso no lo sufriré, no espere que lo tolere. Vuelva usted a ligarse conmigo, al menos con otra que no sea el actual; no falte por un capricho exclusivo a la amistad inolvidable que hemos jurado.
 
Basta que yo tenga que quejarme del amor. Usted ve que sigo sus ideas y confieso mis errores. En efecto, si se llama estar enamorado el no poder vivir sin poseer lo que se desea, sin sacrificar el tiempo, los placeres y la vida, yo lo estoy verdaderamente. No estoy más adelantado que antes, y aun no tendría nada que decirle en este punto, sin un suceso que me da mucho que pensar y por el cual yo no sé todavía si debo esperar o temer.
 
Usted conoce mi lacayo, tesoro de intrigas y verdadero gracioso de comedia. Bien piensa usted que sus intenciones eran cortejar a la doncella y emborrachar a los criados. El tunante es más dichoso que yo. Ha logrado su fin. Y ahora acaba de descubrir que la señora de Tourvel ha encargado a uno de sus criados de tomar informaciones sobre mi conducta, y aún de seguirme en mis excursiones por las mañanas, en cuanto pueda, sin que yo me percate de ello. ¿Qué quiere esta mujer? ¿Con que la más honesta de toda se arriesga a cosas que apenas osaríamos nosotros?... Juro a usted... Pero antes de pensar en vengarme de esta astucia femenina, ocupémonos de hacer que resulte en nuestra ventaja. Hasta ahora, estos paseos que excitan sus sospechas, no tenían objeto ninguno; es preciso hacer que lo tengan. Este plan merece mi atención; dejo a usted para meditarlo. Adiós, mi hermosa amiga

Siempre en la quinta de..., a 15 de agosto de 17...


Choderlos de Laclos (Francés fallecido en Italia, 1786-1803).

lunes, 14 de agosto de 2017

Agosto: LEJOS, de Constantino Cavafis



Quisiera este recuerdo decirlo...
Pero de tal modo se ha borrado... como que nada queda
porque lejos, en los primeros años de mi adolescencia yace.
Una piel como hecha de jazmín...
Aquel atardecer de agosto -¿era agosto...?-
Apenas me recuerdo ya de los ojos; eran, creo, azules...
Ah sí, azules: un azul de zafiro.
 
 
Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933).
 
(Traducido del griego por Miguel Castillo Didier)

domingo, 13 de agosto de 2017

Agosto: LAS LUCES DE AGOSTO EN LA OBRA DE WILLIAM FAULKNER

 
Animado por el hecho de que nos encontramos en pleno mes de agosto y para establecer la relación con la novela Luz de agosto, de William Faulkner, emprendí una breve exploración procurando establecer la constante presencia de este época del año y, de manera más específica el mes de agosto, en la obra de William Faulkner.
 
Algunos hallazgos han sido interesantes y otros, de plano, afortunados -como el hecho de que la dedicatoria en la fotografía del relato Evangeline, tuviera la fecha del 12 de agosto de 1860-, y así ha quedado consignado a lo largo de la semana en cuatro textos: Las diferentes voces de William Faulkner, un par de párrafos de su novela Luz de agosto, Otros agostos de William Faulkner, y un fragmento de Evangeline. Para quienes estén muy interesados en el tema, les invito a remitirse directamente a la etiqueta William Faulkner.
 

Jules Etienne

sábado, 12 de agosto de 2017

Agosto: EVANGELINE, de William Faulkner

"A mi marido. Siempre. 12 de agosto, 1860."
 
(Fragmento)

- Hablé con ella anoche. Me contó la historia, me lo contó todo. No creo que haya problema -me miraba, observaba mi cara-. Te la compraré, entonces.
 
- No puedo vender lo que no es mío.
 
- Déjame mirarla, entonces. Te la devolveré. Hablé con ella anoche. No será nada incorrecto.
 
Me la entregó. La caja se había fundido un tanto; la cerradura que Judith había cerrado a golpes para siempre se había reducido a una fina línea a lo largo de la juntura: podría abrirse tal vez con una hoja de un cuchillo. Pero fue precisa un hacha.
 
La fotografía estaba intacta. Miré la cara y pensé tranquila, estúpidamente (somnoliento, empapado y sin haber desayunado, estaba un poco alelado); la contemplé sereno: "Vaya, creía que era rubia..." Entonces desperté, volví a la vida. Miré con calma aquel rostro suave, oval, sin mácula; la boca carnosa, llena, un tanto flácida, los ojos ardientes, adormilados, sigilosos, el pelo de tinta con su casi imperceptible aunque inequívoca tiesura: el sello trágico e indeleble de la sangre negra. La dedicatoria estaba en francés: "A mon mari. Toujours. 12 Août 1860".
 
Y volví a mirar aquella malhadada y apasionada cara con su calidad intensa y saciadora de pétalo de magnolia -la cara que inintencionadamente había destruido tres vidas-, y entendí entonces por qué el tutor de Charles Bon le había enviado a estudiar tan lejos, al norte del Mississippi, y qué era lo que para Henry Sutpen, fruto de generaciones, nacido ya con lo que era y lo que creía y lo que pensaba, era peor que el matrimonio y agravaba la bigamia hasta el punto de que la pistola no era sólo justificable, sino inevitable.
 
- Eso es todo lo que hay dentro -dijo la negra.


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1949.

viernes, 11 de agosto de 2017

Agosto: OTROS AGOSTOS DE WILLIAM FAULKNER

"... la idea fue suya; primero se le ocurrió lo del ferrocarril..."

(Fragmentos de El sonido y la furia, Los invictos, Las palmeras salvajes y Desciende Moisés, en los que se hace referencia al mes de agosto)

"Las farolas de la calle bajaban por la colina luego subían hacia el pueblo pisé el vientre de mi sombra. Si extendía la mano sobresaldría. sintiendo a mi padre a mi espalda más allá de la estridente oscuridad del verano y de Agosto las farolas de la calle Padre y yo protegíamos a las mujeres unas de otras de ellas mismas nuestras mujeres. Así son las mujeres no adquieren conocimiento de otras personas para eso estamos nosotros ellas nacen con una práctica fertilidad para la sospecha que da fruto de vez en cuando y normalmente con razón tienen una cierta afinidad con el mal para procurarse aquello de lo que el mal carezca para rodearse instintivamente de ello como tú te arropas entre sueños fertilizando la mente hasta que el mal logra su propósito tanto si existía como si no Venía entre dos de primer curso. No había acabado de recuperarse del desfile, porque me saludó, como si fuera un oficial de alto rango." (El sonido y la furia, página 40).

"En que otra cosa puedo pensar en qué otra cosa he pensado El muchacho salió de la calle. Saltó una cerca de estacas sin volver la mirada y cruzó la pradera hasta un árbol y dejó la caña y trepó hasta las primeras ramas y se sentó allí de espaldas a la carretera y el sol moteando inmóvil su camisa blanca. En que otra cosa he pensado ni siquiera puedo llorar morí el año pasado te lo dije pero entonces no sabía lo que quería decir no sabía qué estaba diciendo Algunos días a finales de agosto son en casa como éste, el aire fino y anhelante como éste, habiendo en él algo triste y nostálgico y familiar. El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que te dé la gana. Un problema de propiedades impuras tediosamente arrastrado hacia una inmutable nada: jaquemate de polvo y deseo. Pero ahora sé que estoy muerta te lo aseguro" (El sonido y la furia, página 53).

"Era el verano pasado, en agosto, y padre acababa de derrotar a Redmond para la legislatura del Estado. El ferrocarril ya estaba acabado, y la asociación entre padre y Redmond se había disuelto hacía tanto tiempo que la mayoría de la gente habría olvidado que fueron socios alguna vez si no fuera por la enemistad que existía entre ellos. Habían tenido un tercer socio, pero apenas recordaba nadie su nombre; él y su nombre se habían esfumado en la furia del combate que se entabló entre padre y Redmond casi antes de que empezaran a ponerse los rieles, entre el implacable autoritarismo y la voluntad de dominio de padre (la idea fue suya; primero se le ocurrió lo del ferrocarril, y luego metió a Redmond en el asunto), y aquella cualidad de Redmond (como decía George Wyatt, no era un cobarde, o padre jamás se habría asociado con él) que le permitía soportar todo lo que padre le hacía, aguantando, aguantando, aguantando hasta que algo (ni su voluntad ni su valor) se rompió en él." (Del episodio Un olor a verbena*, en Los invictos).

"Era el anochecer, en el cálido agosto, los anuncios de neón brillaban parpadeando entre cadavéricos e infernales sobre los rostros en la calle y también sobre los de ellos mientras caminaban, ella todavía cargando las dos costillas envueltas en el grueso y pegajoso papel de la carnicería. Antes de llegar a la esquina se toparon con McCord." (Las palmeras salvajes, página 88).

"Así que el viajante se apoyó sobre la cerca de la finca, en la luminosa mañana de agosto, mientras Lucas caminaba colina arriba y subía los gastados escalones, al lado de los cuales se hallaba una potranca de brillante pelaje, con tres patas calzadas y una mancha en la frente y una pesada y cómoda silla sobre el lomo, y entraba en el economato. Allí, en un escritorio de tapa corrediza situado junto al ventanal frontal, en medio de hileras de estantes con latas de tabaco y de comida y específicos médicos, de ganchos de los que pendían cadenas para tirantes de caballerías y colleras y horcates, el amo escribía en un libro mayor. Lucas permaneció de pie, en silencio, mirando la nuca del hombre blanco; al cabo, éste miró en torno y Lucas dijo: -Ha venido." (Desciende Moisés, página 41).

"... y en su suelo, en su polvo de agosto claro, liviano y seco como harina, la larga huella semanal de cascos y de ruedas había sido borrada por los pausados zapatos de paseo del domingo, bajo los cuales, en alguna parte, eclipsadas pero no idas, fijas y contenidas en el polvo apelmazado, se hallaban las delgadas huellas, de dedos gruesos y planos, de los pies descalzos de su esposa..." (Desciende Moisés, página 56).


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1949.

* Un olor a verbena es el único de los siete episodios que se reunieron en Los invictos que no había sido editado previamente y fue escrito por Faulkner para conformar la novela. Los demás aparecieron publicados entre 1934 y 1936; cinco de ellos en el Saturday Evening Post mientras que el otro restante en Scribner's.

jueves, 10 de agosto de 2017

Agosto: LUZ DE AGOSTO, de William Faulkner

"En la luz de agosto rezagada que la noche está a punto de invadir..."

(Fragmentos del capítulo 20)

Es la hora en que la tarde muere con un último reflejo color de cobre. Es la hora en que, más allá de los arces enanos y del bajo rótulo, la calle está disponible y vacía, encuadrada por la ventana del escritorio, como un escenario.
(...)

En la luz de agosto rezagada que la noche está a punto de invadir, la rueda parece engendrar un resplandor pálido, envolverse en él como en un halo. El halo está lleno de rostros. Los rostros no están moldeados por el sufrimiento. No están moldeados por nada: ni por el horror, ni por el dolor. Ni siquiera por el reproche. Son apacibles, como si acabasen de escaparse de una apoteosis. Entre ellos está su propio rostro.


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1949.

(Traducido del inglés por Enrique Sordo)

miércoles, 9 de agosto de 2017

LUZ DE AGOSTO: las diferentes voces de William Faulkner


La obra de Faulkner se distingue, entre otros atributos, por su polifonía narrativa. Son varios los personajes que van construyendo el relato con una diversidad de voces. Aun cuando Joe Christmas (el origen de su apellido proviene de que lo abandonaron en un orfanato en plena nochebuena) puede parecer el eje sobre el que giran y se enlazan las diferentes historias: "Joe creía que trataba de escapar de la soledad, no de sí mismo."

No será él, sino Lina Grove, durante su trayecto de Alabama a Tennessee en busca del padre de su hijo por nacer, el Virgilio que nos conducirá por el infierno y purgatorio del profundo sur estadounidense, con la guerra de secesión todavía fresca en el paisaje, la violencia intransigente del racismo, la proclividad al chisme, el fanatismo religioso y la obsesión por el pecado con su inevitable sentimiento de culpa, como cuando Hightower le dice a Byron: "Puedo leerlo en usted. Me dirá que acaba de conocer el amor; y yo le diré que acaba de conocer la esperanza. Eso es todo; esperanza. El objeto no importa, ni para la esperanza y ni siquiera para usted. Sólo hay un final para esto, para el camino que ha emprendido: pecado o matrimonio. Y usted rechazará el pecado. Así es, que Dios me perdone."
 
La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde. Cree mucho más tiempo que recuerda, mucho más tiempo del que tarda el conocimiento en preguntarse", afirma la voz del narrador por encima de todas las voces incidentales que se escuchan durante el intrincado trayecto entre el principio y el fin de la memoria.
 
Cuando inicia la novela, Lena lleva un mes de viaje y se encuentra en Mississippi, a través de alternancias temporales nos enteraremos de lo que ha sido su vida y cuál será su destino, así como el de los demás protagonistas, para desembocar en el párrafo final al llegar a Tennessee: "¡Dios mío, Dios mío!¡Cuánto camino se puede hacer! Sólo hace dos meses que salí de Alabama y ya estoy en Tennessee." El círculo se cierra, Faulkner concluye una elipse perfecta.
 
 
Jules Etienne 

martes, 8 de agosto de 2017

Agosto: PARADOJAS Y OXÍMOROS, de John Ashbery

"... de estos largos días de agosto... se pierde en el ajetreo ruidoso de las máquinas de escribir."

Este poema tiene que ver con el lenguaje en un nivel muy básico.
Observa cómo se dirige a ti. Tú miras por la ventana
o pretendes juguetear con algo. Lo entiendes, pero no lo entiendes realmente.
No lo captas, o él no te capta a ti. Ninguno de los dos lo capta.


El poema está triste porque le gustaría ser tuyo, pero no puede.
¿Qué es «un nivel muy básico»? Es eso, y también otras cosas,
que forman un sistema que él intenta poner en juego. ¿En juego?
Bueno, la verdad es que sí, aunque yo considero que el juego es


una cosa externa y más profunda, un patrón encontrado en sueños
tal como la división de la gracia de estos largos días de agosto,
sin prueba alguna. Final abierto. Y antes de que te des cuenta
se pierde en el ajetreo ruidoso de las máquinas de escribir.


Te la han jugado una vez más. Yo creo que tú existes solamente
para convencerme de que lo haga, en tu propio nivel, y luego ya no estás allí
o adoptas una actitud diferente. Y el poema
me ha empujado hasta ponerme suavemente a tu lado. El poema eres tú.


 
John Ashbery (Estados Unidos, 1927).

lunes, 7 de agosto de 2017

Agosto: LOS RELÁMPAGOS DE AGOSTO, de Jorge Ibargüengoitia


(Párrafo inicial)

¿Por dónde empezar? A nadie le importa en donde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni cuántos años estudié, ni por qué razón me nombraron Secretario Particular de la Presidencia; sin embargo, quiero dejar bien claro que no nací en un petate, como dice Artajo, ni mi madre fue prostituta, como han insinuado algunos, ni es verdad que nunca haya pisado una escuela, puesto que terminé la Primaria hasta con elogios de los maestros; en cuanto al puesto de Secretario Particular de la Presidencia de la República, me lo ofrecieron en consideración de mis méritos personales, entre los cuales se cuentan mi refinada educación que siempre causa admiración y envidia, mi honradez a toda prueba, que en ocasiones llegó a acarrearme dificultades con la Policía, mi inteligencia despierta, y sobre todo, mi simpatía personal, que para muchas personas envidiosas resulta insoportable. Baste apuntar que a los treinta y ocho años, precisamente cuando se apagó mi estrella, ostentando el grado de General Brigadier y el mando del 45° Regimiento de Caballería, disfrutaba yo de las delicias de la paz hogareña, acompañado de mi señora esposa (Matilde) y de la numerosa prole que entre los dos hemos procreado, cuando recibí una carta que guardo hasta la fecha y que decía así:... (Conviene advertir que todo esto sucedió en el año de 28 y en una ciudad que, para no entrar en averiguatas, llamaré Vieyra, capital del Estado del mismo nombre, Vieyra, Viey.) La carta, digo, decía así:
 
Querido Lupe:
 
Como te habrás enterado por los periódicos, gané las elecciones por una mayoría aplastante. Creo que esto es uno de los grandes triunfos de la Revolución. Como quien dice, estoy otra vez en el candelero. Vente a México lo más pronto que puedas para que platiquemos. Quiero que te encargues de mi Secretaría Particular.

Marcos González, General de Div. (Rúbrica.)

Como se comprenderá me desprendí inmediatamente de los brazos de mi señora esposa, dije adiós a la prole, dejé la paz hogareña y me dirigí al Casino a festejar.
 
No vaya a pensarse que el mejoramiento de mi posición era el motivo de mi alegría (aunque hay que admitir que de Comandante del 45° Regimiento a Secretario de la Presidencia hay un buen paso), pues siempre me he distinguido por mi desinterés. No, señor. En realidad, lo que mayor satisfacción me daba es que por fin mis méritos iban a ser reconocidos de una manera oficial. Le contesté a González telegráfi- camente lo que siempre se dice en estos casos, que siempre es muy cierto: "En este puesto podré colaborar de una manera más efectiva para alcanzar los fines que persigue la Revolución."

¿Por qué de entre tantos generales que habíamos entonces en el Ejército Nacional había González de escogerme a mí para Secretario Particular? Muy sencillo, por mis méritos, como dije antes, y además porque me debía dos favores. El primero era que cuando perdimos la batalla de Santa Fe, fue por culpa suya, de González, que debió avanzar con la Brigada de Caballería cuando yo hubiera despejado de tiradores el cerro de Santiago, y no avanzó nunca, porque le dio miedo o porque se le olvidó, y nos pegaron, y me echaron a mí la culpa, pero yo, gran conocedor como soy de los caracteres humanos, sabía que aquel hombre iba a llegar muy lejos, y no dije nada; soporté el oprobio, y esas cosas se agradecen. El otro favor es un secreto, y me lo llevaré a la tumba.
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983)

Aquí es posible la lectura de Los relámpagos de agosto

domingo, 6 de agosto de 2017

Mitos y reincidencias: TRESCIENTOS MIL VISITANTES


El pasado mes de julio se registró en Mitos y reincidencias el visitante número trescientos mil. No es que sea una cifra extraordinaria en comparación con sitios muy visitados, pero aún así resulta, sin duda, significativa. Y refleja también un grado de interés entre un sector de los internautas que se manifiesta de esa manera.
 
Lejos han quedado los primeros balbuceos –casualmente también durante un mes de julio-, y hemos rebasado, desde hace un buen rato, los mil textos publicados. Por lo pronto, este breve pretexto alcanza el número 1286. Ya veremos hasta dónde será posible llegar en el futuro.

Jules Etienne

sábado, 5 de agosto de 2017

Carnaval: OQUEDAD (del poemario Mitología del olvido)

"... bajo las máscaras vacías nunca se oculta la música del carnaval..."
 
 Lenta avanza la noche
en busca del espectro perdido,
difuso perfil de la oscuridad
que vierte el licor de las ausencias
sobre el vasto reflejo del insomnio
y palpita febril en las pupilas,
entonces, en muda confesión
inventará la nostalgia o algo parecido.
Afuera se escucha la algarabía,
impertinente comedia de evocaciones:
bajo las máscaras vacías
nunca se oculta la música del carnaval
sino la obscena terquedad del desamor,
pentagrama en clave de no
que abraza las omisiones
para dejar un hueco entre las manos.
Lenta avanzará la noche
cuando al fin cese de buscar.
 
Jules Etienne

viernes, 4 de agosto de 2017

Carnaval: UNA SERENATA PARA LUPE


(Fragmento del capítulo 4: ... Y se hizo el sonido)
 
Atracaron en el puerto de Mazatlán el último jueves de abril. La presencia de Novarro, una celebridad de la época, suscitó el recibimiento por parte de las autoridades locales. Las dos películas protagonizadas por Lupe: El Gaucho y Bésame, recién se habían estrenado en México en enero y febrero, respectivamente. El reportero enviado por El Correo de la Tarde le preguntó a Novarro el motivo de su visita, a lo que éste respondió que estaba buscando locaciones con el fin de producir un cinedrama sobre el arribo de los españoles que dio lugar a la conquista, para lo cual contaba con el apoyo del gobierno. El mismo periodista le pidió a Lupe que hablara sobre sus planes para el futuro. Tal vez agotada por el trayecto o por una repentina toma de conciencia de que ella no era la estrella en ese viaje, pero el caso es que no se desató a parlotear como acostumbraba. Lacónica, se limitó a contestar con una sola frase:

- Planeo vivir haciendo lo que me gusta.

Se hospedaron en el hotel Belmar, con vista al océano y las peculiaridades de una exuberante parvada de pájaros en su jardín y un trío de imponentes boas que se encargaban del exterminio de los roedores. Al mediodía, se dirigieron a comer en La Concordia, en la esquina de las calles Carnaval y Constitución. A Lupe le sorprendió el hecho de que una calle pudiera llevar el nombre del festejo, pero Novarro, nativo del vecino Durango, había conocido Mazatlán desde su infancia y le explicó que no tenía nada de raro si se consideraba la energía que cada año le dedican los mazatlecos a esa festividad. Hay quienes aseguran que los carnavales son el referente con el que suelen medir el tiempo.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía del edificio del antiguo club alemán,
en la esquina de las calles Carnaval y Constitución, en Mazatlán.

jueves, 3 de agosto de 2017

Carnaval: MASCARADA (del poemario Mitología del olvido)

"Debajo de esas máscaras no estábamos nosotros."

Y regresas ahora
a la sombra del silencio desgastado
el bullicio del carnaval se aleja
son otros los que bailan.
En el lindero del amanecer
cuánto pesa el alma consumida
por la lucha verbo a verbo
y la implacable careta del tiempo
presiente la fatiga insomne
en la piel de la sorpresa.
Debajo de esas máscaras
no estábamos nosotros.


Jules Etienne

miércoles, 2 de agosto de 2017

Carnaval: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO

(Fragmentos del capítulo VIII:
Lejos del mundano carnaval)

Diana te ha llamado por navidad y año nuevo. El plan para llevarse a la niña resultó efectivo, puesto que llegó sin contratiempos. Por su parte, ella ha tenido que trabajar en algo diferente, a su familia no le iba a causar ninguna gracia que se anduviera encuerando enfrente de señores tomados y, como suele suceder en provincia, se practica el pasatiempo del chisme y es muy fácil que todo se sepa. Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar unos días juntos.
(...)

En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño, tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y  las comparsas. La gente disfrazada tomaba por asalto las calles. Entonces no comprendiste por qué decían que las familias ya no se podían divertir, y tenían que retirarse cuando algún marido ofendido empezaba el forcejeo con el marciano, Capulina y un médico orate que le decía: "Nomás le sobé su nalguita porque le voy a inyectar unas vitaminas", presumiendo una enorme jeringa de cartón, mientras la mujer procuraba cubrir con un pañuelo las heridas en el rostro doblemente agraviado de su esposo. Tenías seis años entonces y hace tanto que saliste del puerto, que ignoras si todavía hay carnaval en Tampico. Aunque, en realidad, en las circunstancias actuales, unos disfraces más o menos no importan gran cosa.


Jules Etienne

lunes, 31 de julio de 2017

Carnaval: AUTORRETRATO CON RADIADOR, de Christian Bobin

"... el carnaval de los dioses..."

(Fragmento)

La literatura eterna -cuentos, mitos, leyendas- apareció en la tierra con los primeros hombres. Les permitió habitar la tierra sin morir de frío. El fuego y la voz que narra se inventaron al mismo tiempo, dando el mismo calor y logrando el respeto de los animales salvajes. La literatura eterna debió de venir así: alguien se inclina sobre alguien que está enfermo, empieza a contarle la gran leyenda de los albores, el torbellino de los fines, el carnaval de los dioses, y mediante esa voz que inventa, llega un poco de luz a la oscuridad. La literatura eterna ya estaba allí, entera, en ese tiempo en el que los hombres iluminaban las cavernas con coloreados fantasmas de caballos. Llegó al mismo tiempo en el que el miedo entró por vez primera en un alma, por una grieta de la carne -un cazador mordido en el talón por una serpiente, un niño con los ojos brillantes de fiebre, una mujer perdiendo su sangre, tumbada cerca de las cenizas, un pintor de bisontes, que se volvió ciego, un anciano, con sus piernas atrapadas por el hielo-. La literatura eterna es la medicina más antigua del mundo. Es anterior a la escritura. Antes de depositarse sobre unas tablas de arcilla, purificó voces, sosegó almas. Sigue haciéndolo cada vez que una madre se inclina sobre su hijo adormecido por el cansancio, y cuenta un cuento, canta una cancioncilla. Nunca ha existido una distinción real entre la palabra y la escritura. La escritura es la hermana pequeña de la palabra. La escritura es la hermana tardía de la palabra en la que un individuo, viajando desde su soledad a la soledad de otro, puebla el espacio entre las dos soledades con una vía láctea de palabras. Lo que nos habla, es lo que nos ama. Una palabra privada de amor es una cosa sorda, sin consecuencia. "No sé hablarte, luego te mato: el amor es un esfuerzo para salir de ese crimen natural de cada uno por cada uno de nosotros. El amor es esa bondad elemental a partir de la cual una soledad puede hablar a otra soledad y, si es necesario, acompañarla hasta en la oscuridad. No quiero que sufras. No quiero que tu mirada desaparezca tras un telón cargado de sangre. Escucha. Escúchame. Escucha atentamente cada historia, cada nombre de personaje. No quiero que te mueras y despliego para ti los vendajes de la literatura eterna -cuentos, mitos, leyendas, novelas, relatos, poemas, plegarias. Venus, Eva, Ifigenia, Beatriz, Fedra, Ana Karenina...- incontables las enfermeras que surgen de la literatura eterna, a la primera llamada. Bienhechora es la literatura eterna y su manía de librarnos con un susurro bajo, con un ruido de fuente. Maravillosa la creencia en torno a la cual ella segrega sus historias, como la hiedra en torno a su árbol tras de que alguien nos hable, es imposible morir.
 
 
Christian Bobin (Francia,1951).

La ilustración corresponde a El trono de Irahs (Le throne d'Irahs), de Adonis Werther.

domingo, 30 de julio de 2017

Carnaval: EL MAR QUEMA LAS MÁSCARAS, de Giorgio Caproni


El mar quema las máscaras,
lo incendia el fuego de la sal.
Hombres llenos de máscaras
arden sobre el litoral.
 
Tú sola podrás resistir
la hoguera del Carnaval.
Tú sola que sin máscaras
ocultas el arte de existir.
 
(Il mare brucia le maschere,
le incendia il fuoco del sale.
Uomini pieni di maschere
avvampano sul litorale.

Tu sola potrai resistere
nel rogo del Carnevale.
Tu sola che senza maschere
nascondi l’arte d’esistere.)

 
Giorgio Caproni (Italia, 1912-1990).
 
(Traducido del italiano por Jules Etienne)

sábado, 29 de julio de 2017

Carnaval: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso

"... y siguió el carnaval, siguió la fiesta pero no nada más el carnaval de Milán y de Venecia, sino el carnaval del mundo, la fiesta delirante de la historia."

(Fragmento del capítulo V: Castillo de Bouchout 1927)

Soy un profeta escarnecido, le escribías a tu madre desde Milán, abandonado al igual por los austríacos y los italianos: lo mismo por Francisco José que por el Conde Cavour que temía que esa tu peligrosa bondad hiciera abortar la unidad italiana, y paseabas solo, en la noche y por los oscuros corredores del palacio, mientras desde la calle te llegaban el bullicio y los gritos, las luces del carnaval y tú esperabas la primera campanada de la medianoche para que el principio de la Cuaresma, y con ella la angustia que te pudría el alma, acallaran toda esa alegría, ¿y pretendes, pretendiste alguna vez que tuviera compasión de ti cuando te quedaste solo en Querétaro y solo en tu celda de las Teresitas, solo en tu caja, solo en la capilla del Hospital de San Andrés de la ciudad de México, solo en la mesa de la Santa Inquisición o cuando solo viajaste a Europa en la capilla ardiente de La Novara y solo en un lanchón y en un alto catafalco bajo las alas de un ángel llegaste a Trieste, y solo en el ferrocarril que te llevó de Trieste a Viena mientras caía la nieve, solo cuando tu madre Sofía se echó sobre la tapa nevada de tu ataúd para llorar, sí, pero no tu muerte, Maximiliano, sino su propio abandono, su inflexibilidad, su dureza, porque así como en el cuarenta y ocho, cuando las tropas de Windisch-Graetz recobraron Viena y el Odeón fue consumido hasta los cimientos por el fuego, recuerdas, ella dijo que soportaría mejor la pérdida de uno de sus hijos que someterse a la masa de estudiantes, así también ella fue culpable de que te asesinaran en Querétaro, ella que cuando tú le escribiste desde Orizaba diciéndole que querías abdicar y dejar México, ella la puta que se entregó a Napoleón Segundo para hacerlo tu padre, te escribió y te dijo que sí, claro, que en Schönbrunn y en el Hofburgo y en toda Viena, en Austria y Hungría te extrañaban mucho, y que suspiraban cuando escuchaban el carillón de tu reloj de Olmütz, y cuando volvía a contemplar los largos bucles rubios que te cortaron cuando cumpliste cuatro años, a acariciar y oler las faldas de niña que usabas entonces, pero tienes que quedarte en México, te escribió, porque un Habsburgo, hijo, un Habsburgo jamás huye, nunca, y por supuesto, quién podía dudarlo, aquí pensamos mucho en ti, y recuerdo, la tengo muy grabada, no sé por qué una mañana en que tú, con tu uniforme de los húsares de María Teresa pasaste bajo la puerta suiza del Hofburgo, alto tú y esbelto bajo el arco que contiene los símbolos heráldicos de Austria y de Castilla, de Aragón y Borgoña, el águila del Tirol, tú y tu pelo rubio flotando en el aire, el león de Flandes y de Estiria otra águila y de Carniola la pantera, tú y tus ojos azules, mi querido Max, aquí todos te extrañamos una barbaridad, nos reunimos con nuestros cuatro nietos la última Nochebuena y el emperador meció al gordito Otón, Franzi se sentó en un canapé al lado de Sisi, pero tú, por supuesto, aunque te extrañemos tanto tienes que quedarte en México, aquí tu posición sería ridícula, y también la tarde aquella que jamás olvidaré en que te perdiste en los Jardines de Schönbrunn, y en que yo, desesperada, gritaba a los cuatro vientos, les gritaba a todos en dónde se habrá metido esa criatura, quédate en México, hijo mío, aquí tu posición sería insostenible, en dónde se habrá metido, Dios mío, quédate, no regreses: mejor que verse humillado por la política francesa es enterrarse entre los muros de México, no vuelvas hijo a Viena, y tú en verdad esa mañana no te habías perdido, nadie te había secuestrado: toda una tarde habías jugado a navegar veleros miniatura en la Fuente de Neptuno, y te dormiste luego junto a la fuente de la ninfa Egeria, tras beber de las aguas del Schöner Brunnen el arroyo que descubrió el Emperador Matías y que le dio su nombre al palacio, y cuando tus hermanos Luis Víctor y Carlos Luis levantaron a Sofía que estaba echada de bruces sobre tu caja, tu madre tenía la cara llena de nieve y en ella, en la nieve adherida a la piel como una máscara de talco las lágrimas habían abierto unos surcos diminutos, pero cuando te quedaste solo en la bóveda de la capilla de los capuchinos ella ya no volvió a llorar, nadie lloró, todos te olvidaron y siguió el carnaval, siguió la fiesta pero no nada más el carnaval de Milán y de Venecia, sino el carnaval del mundo, la fiesta delirante de la historia.

Fernando del Paso (México, 1935).