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Vancouver, invierno en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 19 de enero de 2018

Nieve: UN MUCHACHO DE BUEN TEMPLE, de Bjørnstjerne Bjørnson

"De las granjas desparramadas sobre la nieve en la sombra de la tarde de invierno, brotaban (...) reflejos de luz..."

(Fragmento del capítulo IV)

Era un anochecer entreclaro del invierno, y no molestaba el frío. No se veían estrellas, lo que parecía indicar lluvia para el día siguiente. Un viento suave pasaba a ras de la nieve que cubría parte de la vegetación a manchas desiguales. Donde no había nieve el camino se veía recubierto de hielo, que relucía en tonos de un negro azulado, y así hasta donde alcanzaba la vista. La nieve se acumulaba en altos montones al pie de los peñascos, y sus bordes lucían bajo el manto blanco, excepto en los sitios donde los apretados abedules daban una tonalidad oscura. No se veían los espejos del agua, y sí solamente brezales areniscos medio desnudos y charcos en copiosas manchas alternando hasta el pie de los peñascos. De las hoscas granjas desparramadas sobre la nieve en la sombra de la tarde de invierno, brotaban, ora de una ventana, ora de otra, reflejos de luz que se proyectaban en la extensión de los campos; por su movilidad estas luces daban a entender el ajetreo del interior de los hogares.
 
Bjørnstjerne Martinius Bjørnson (Noruego fallecido en Francia, 1832-1910).
Obtuvo el premio Nobel en 1903.

jueves, 18 de enero de 2018

Nieve: HISTORIA DE ROMA, de Theodor Mommsen


Paso de los Alpes
 
(Fragmento)
 
Ninguno, a excepción del jefe y de sus allegados, veía ya en la empresa más que una quimera; pero jamás llegó a flaquear la confianza de Aníbal. Además encontraron numerosos soldados que habían rodado por las laderas; los galos aliados se hallaban muy próximos, y estaban en el punto de partida de las aguas. Tenían ante sí la bajada, cuya vista alegra siempre al que viaja por las montañas. Después de haber descansado un poco, el ejército recobró su valor y comenzó la última y más difícil operación, que debía conducirlo a la llanura. El enemigo no lo incomodaba ya mucho, pero el mal tiempo había llegado, era ya comienzos de septiembre, y reemplazó en la bajada las molestias que los bárbaros les habían hecho sufrir en la subida. Por las pendientes resbaladizas y heladas de las orillas del Duria, donde la nieve había borrado toda huella y todo camino, se extraviaban hombres y animales, perdían la tierra y caían en los abismos. Al anochecer del primer día llegaron a un sitio de unos doscientos pasos de extensión, por donde se precipitaban a cada momento enormes avalanchas que se desprendían de los escarpados picos del Cramont, cubiertos casi perpetuamente por las nieves. La infantería pudo pasar, aunque con dificultad; pero no sucedió lo mismo con los elefantes y los caballos, que se resbalaban en las masas de hielo ocultas bajo una nueva y tenue capa de nieve. Aníbal acampó más arriba con los elefantes y la caballería. A la mañana siguiente rompieron la capa de hielo a fuerza de trabajo, e hicieron practicable el camino para los mulos y los caballos. Sin embargo, se necesitaron tres días de grandes esfuerzos, en los que los soldados se iban relevando sin cesar, para que pudiesen pasar los elefantes. Al cuarto día se había ya reunido por fin todo el ejército; el valle se iba ensanchando y era más fértil cada vez. Por último, después de otros tres días de marcha, llegaron al territorio de los salasas, ribereños del Duria y clientes de los insubrios, que recibieron a los cartagineses como amigos y salvadores.
 
Theodor Mommsen (Alemania, 1817-1903). Obtuvo el premio Nobel en 1902.

miércoles, 17 de enero de 2018

Nieve: EL CISNE, de Sully Prudhomme

"En sus flancos, su plumón se asemeja a las nieves de abril, que hace ceder el sol..."

Sin ruido, en el espejo de hondos y calmos lagos,
el cisne impulsa la ola, y con sus largos remos
se desliza. En sus flancos, su plumón se asemeja
a las nieves de abril, que hace ceder el sol;
pero firme y de un blanco que brilla bajo el céfiro,
su gran ala lo arrastra como a un lento navío.
Alza su hermoso cuello sobre el cañaveral,
lo hunde, lo pasea, y estirado en el agua,
lo curva con donaire, como un perfil de acanto,
y oculta en su garganta brillante el negro pico.
A veces, junto a pinos que albergan paz y sombra,
serpentea, y dejando que los herbajes densos
se arrastren en pos de él como una cabellera,
avanza, con andar desmayado y tardío.
La gruta, en la cual oye su sentir el poeta
y la fuente que llora una ausencia infinita,
le placen: vaga allí y una hoja de sauce
al caerse le roza los hombros en silencio.
A veces, en alta mar, lejos del bosque oscuro
se llega y, timoneando, soberbio, en el azur,
elige, al celebrar su blancura que admira,
el sitio deslumbrante donde el sol se refleja.
Luego, cuando la costa del agua no distingue,
a la hora en que todo forma un confuso espectro,
cuando ya no se mueven ni un junco ni un gladiolo,
y hacen ruido las ranas en el sereno bosque
y en el claro de luna la luciérnaga luce:
en el lago sombrío, que bajo ella copia
una espléndida noche lacteada y violeta,
el ave, como un vaso de plata entre diamantes,
la cabeza en el ala, se duerme entre dos cielos.


 
Sully Prudhomme: René François Armand Prudhomme (Francia, 1839-1907).
Obtuvo el premio nobel en 1901.
 
La ilustración corresponde a un detalle de Cisne, de Tore Eide H.

lunes, 1 de enero de 2018

Año nuevo: ODA AL PRIMER DÍA DEL AÑO, de Pablo Neruda

"Veo el último día de este año, en un ferrocarril hacia las lluvias..."

Lo distinguimos
como
si fuera
un caballito
diferente de todos
los caballos.
Adornamos su frente
con una cinta,
le ponemos
al cuello cascabeles dorados,
y a medianoche
vamos a recibirlo
como si fuera
explorador que baja de una estrella.
Como el pan se parece
al pan de ayer,
como un anillo a todos los anillos:
los días parpadean
claros, tintineantes, fugitivos,
y se recuestan en la noche oscura.

Veo el último
día
de este
año
en un ferrocarril, hacia las lluvias
del distante archipiélago morado,
y el hombre
de la máquina,
complicada como un reloj del cielo,
agachando los ojos
a la infinita
pauta de los rieles,
a las brillantes manivelas,
a los veloces vínculos del fuego.

Oh conductor de trenes
desbocados
hacia estaciones
negras de la noche,
este final del año
sin mujer y sin hijos
¿no es igual al de ayer, al de mañana?
Desde las vías
y las maestranzas
el primer día, la primera aurora
de un año que comienza,
tiene el mismo oxidado
color del tren de hierro:
y saludan
los seres del camino,
las vacas, las aldeas,
en el vapor del alba,
sin saber
que se trata
de la puerta del año,
de un día
sacudido
por campanas
adornado con plumones y claveles.

La tierra
no lo
sabe:
recibirá este día
dorado, gris, celeste,
lo extenderá en colinas,
lo mojará con
flechas
de transparente
lluvia,
y luego
lo enrollará
en su tubo,
lo guardará en la sombra.

Así es, pero
pequeña
puerta de la esperanza,
nuevo día del año,
aunque seas igual
como los panes
a todo pan,
te vamos a vivir de otra manera,
te vamos a comer, a florecer,
a esperar.
Te pondremos
como una torta
en nuestra vida,
te encenderemos
como candelabro,
te beberemos
como
si fueras un topacio.

Día
del año
nuevo,
día eléctrico, fresco,
todas
las hojas salen verdes
del
tronco de tu tiempo.

Corónanos
con
agua,
con jazmines
abiertos,
con todos los aromas
desplegados,
sí,
aunque
sólo
seas
un día,
un pobre
día humano,
tu aureola
palpita
sobre tantos
cansados
corazones,
y eres,
¡oh día
nuevo,
oh nube venidera,
pan nunca visto,
torre
permanente!



 Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Año nuevo: CAE LA NIEVE, de Boris Pasternak


Cae y cae la nieve.
Hacia las estrellitas blancas
Que la tormenta lleva aquí y allá, se extienden
Las flores del geranio en la ventana.

Cae la nieve y todo se extravía,
Todo levanta vuelo,
La curva de la esquina,
Una escalera de peldaños negros.

Cae y cae la nieve. No parecen
Copos, sino que sobre los remiendos
De una capa a la tierra descendiese
Lentamente la cúpula del cielo.

Como si con los gestos de algún extravagante,
Desde el piso de arriba,
Sigiloso, jugando a la escondida,
Bajara el cielo desde la buhardilla.

Porque la vida no espera. Un instante,
Y ya es la víspera de Nochebuena.
Luego, un breve paréntesis, y observa:
El año nuevo que de pronto llega.

Cae la nieve, densa, densa,
¿Y con su andar, sobre sus huellas,
Al mismo ritmo, con esa indolencia
O con la misma prisa con que nieva
Es el tiempo que vuela?

¿Tal vez un año a otro año sobreviene
Como cae la nieve
O como las palabras de un poema?

Cae y cae la nieve,
Cae la nieve y todo se extravía,
El peatón que encanece,
Las plantas sorprendidas,
La curva de una esquina.


Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960). Obtuvo el premio Nobel en 1958.

(Traducido al español por Pablo Anadón)

viernes, 29 de diciembre de 2017

Eclipse: EL PALACIO DE LA LUNA, de Paul Auster

"Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura..."

(Fragmento)

Entonces me inventé incontables razones, pero, en último término, probablemente todo se reducía a la desesperación. Estaba desesperado, y, frente a tanto cataclismo, me parecía necesaria algún tipo de acción drástica. Deseaba escupirle al mundo, hacer algo lo más extravagante posible. Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total. El animal había sido sacrificado; sus entrañas, descifradas. La luna ocultaría el sol y, en ese momento, yo me desvanecería. Estaría completamente arruinado, sería un desecho de carne y hueso sin un céntimo en el bolsillo.


Paul Auster (Estados Unidos, 1947)

(Traducido del inglés por Maribel de Juan)

En el sitio de Editorial Anagrama se encuentra información
sobre El palacio de la luna en español:

jueves, 28 de diciembre de 2017

Eclipse: CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO, de Haruki Murakami


(Fragmento del capítulo 2: Luna llena y eclipse solar.
Sobre los caballos que morían en sus establos)

- Lo leí hace poco en el periódico. Te lo quería contar pero se me olvidó. Lo explicaba un veterinario en una entrevista: el caballo, tanto física como psicológicamente, es de lo más sensible a la influencia de la luna. Conforme se va acercando la luna llena, se vuelve terriblemente irritable y también tiene problemas físicos. Las noches de luna llena, muchos enferman y aumenta de manera extraordinaria el número de caballos que muere. Nadie sabe a ciencia cierta por qué sucede, pero es una realidad estadística. Ese veterinario, especializado en caballos, decía que las noches de luna llena está tan ocupado que apenas puede dormir.
 
- Caramba -dijo mi mujer.
 
- Peor aún es el eclipse solar. Los días que hay un eclipse solar, la situación de los caballos es todavía más trágica. No puedes imaginarte el número de caballos que puede llegar a morir un día de eclipse total de sol. Lo que quería decirte es que en este mismo instante, en algún lugar de la tierra, hay caballos que mueren, uno tras otro. Comparado con esto, que tú te metas con alguien no tiene la menor importancia. Intenta imaginarte los caballos muriendo. Imagínatelos una noche de luna llena, tumbados sobre la paja de sus establos, echando espumarajos blancos por la boca, jadeando agónicamente.
 
Ella pareció reflexionar unos instantes sobre los caballos muriendo en sus establos.
 
- Realmente tienes un extraño poder de convicción -dijo con tono resignado-. No me queda más remedio que darte la razón.

 
Haruki Murakami (Japón, 1949). 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Eclipse: TERCER POEMA DE AUSENCIA, de Homero Aridjis

"... y nadie de nosotros pensaba en el eclipse..."

Tú has escondido la luz en alguna parte
y me niegas el retorno,
sé que esta oscuridad no es cierta
porque antes de mis manos volaban las luciérnagas,
y yo te buscaba
y tú eras tú
y éramos unos ojos
en un mismo lecho
y nadie de nosotros pensaba en el eclipse,
pero nos hicimos fríos y conocidos
y la noche se hizo inaccesible
para bajarla juntos.
Tú has escondido la luz en alguna parte,
la has plantado en otros ojos,
porque desde que ya no existes
nada de lo que está junto a mí amanece.


Homero Aridjis (México, 1940).

martes, 26 de diciembre de 2017

Eclipse: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller

"Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse..."
 
Interludio
 
(Fragmento)

En la tumba que es mi memoria la veo ahora enterrada a ella, a la que amé más que a nadie, más que al mundo, más que a Dios, más que mis propias carne y sangre. La veo pudrirse en ella, en esa sanguinolenta herida de amor, tan próxima a mí que no la podría distinguir de la propia tumba. La veo luchar para liberarse, para limpiarse del dolor del amor, y sumergirse más con cada forcejeo en la herida, atascada, ahogada, retorciéndose en la sangre. Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda, la mirada del animal atrapado. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia. Oigo las paredes caer, derrumbarse sobre nosotros y la casa deshacerse en llamas. Oigo que nos llaman desde la calle, las órdenes de trabajar, las llamadas a las armas, pero estamos clavados al suelo y las ratas nos están devorando. La tumba y la matriz del amor nos sepultan, la noche nos llena las entrañas y las estrellas brillan sobre el negro lago sin fondo. Pierdo el recuerdo de las palabras, incluso de su nombre que pronuncié como un monomaníaco. Olvidé qué aspecto tenía, qué sensación producía, cómo olía, mientras penetraba cada vez más profundamente en la noche de la caverna insondable. La seguía hasta el agujero más profundo de su ser, hasta el osario de su alma, hasta el aliento que todavía no había expirado de sus labios. Busqué incansablemente aquella cuyo nombre no estaba escrito en ninguna parte, penetré hasta el altar mismo y no encontré... nada. Me enrosqué en torno a esa concha de nada como una serpiente de anillos flameantes, me quedé inmóvil durante seis siglos sin respirar, mientras los acontecimientos del mundo se colaban y formaban en el fondo un viscoso lecho de moco. Vi el Dragón agitarse y liberarse del dharma y del karma, vi a la nueva raza del hombre cociéndose en la yema del porvenir. Vi hasta el último signo y el último símbolo, pero no pude interpretar las expresiones de su rostro. Sólo pude ver sus ojos brillando, enormes, luminosos, como senos carnosos, como si yo estuviera nadando por detrás de ellos en los efluvios eléctricos de su visión incandescente.
 
¿Cómo había llegado a dilatarse así, más allá del alcance de la conciencia? ¿En virtud de qué monstruosa ley se había esparcido por la faz del mundo, revelando todo y, sin embargo, ocultándose a sí misma? Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse; era un espejo que había perdido el mercurio, el espejo que refleja tanto la imagen como el horror. Al mirar la parte posterior de sus ojos, la carne pulposa y translúcida, vi la estructura cerebral de todas las formaciones, de todas las relaciones, de toda la evanescencia. Vi el cerebro dentro del cerebro, la máquina eterna girando eternamente, la palabra Esperanza dando vueltas en un asador, asándose, chorreando grasa, girando sin cesar en la cavidad del tercer ojo. Oí sus sueños musitados en lenguas desaparecidas, los gritos ahogados que reverberaban en grietas diminutas, los jadeos, los gemidos, los suspiros de placer, el silbido de látigos al flagelar. Le oí gritar mi nombre que todavía no había pronunciado, le oí maldecir y chillar de rabia. Oí todo amplificado mil veces, como un homúnculo aprisionado en el vientre de un órgano. Percibí la respiración apagada del mundo, como si estuviera fija en la propia encrucijada del mundo.
 
Así caminamos, dormimos y comimos juntos, los gemelos siameses a quienes Dios había juntado y a quienes sólo la muerte podría separar.

 
Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).

lunes, 25 de diciembre de 2017

Eclipse: POEMAS POR AMOR, de Tahar Ben Jelun

"Eclipse y silencio de las piedras atormentadas."

(Fragmento final)

 El pájaro me dice
ella es una sílaba que debe pronunciarse suavemente
entre un pensamiento y una risa
y si la mirada se ausenta
déjate atrapar entre los dedos del sol
que tu sueño quede suspendido de las trenzas de la
noche
y recoge las estrellas que ya no pertenecen al cielo
conserva la mano fértil cuando pienses en la citadela de
ese cuerpo frágil

Eclipse
y
silencio
de las piedras atormentadas
 
 
Tahar Ben Jelun o Jelloun (Escritor marroquí en lengua francesa, 1944).
 
(Traducido al español por Laura López Morales).

domingo, 24 de diciembre de 2017

Eclipse: ADÁN EN EDÉN, de Carlos Fuentes

"... al sol nos acostumbramos y sólo su ausencia -el eclipse- nos llama la atención. Pensamos en el sol cuando no vemos el sol."

(Fragmento inicial del capítulo 2)

Pasa, una vez más, un cometa. Me invade una gran duda. Este astro luminoso, ¿es precedido por su propia luz o sólo la anuncia? ¿La luz anticipa o finaliza, es presagio de nacimiento o de defunción? Creo que es el sol, astro mayor, quien determina si el cometa es un antes o un después. Es decir: el sol es el dueño del juego, los cometas son partículas, coro, extras del universo. Y sin embargo, al sol nos acostumbramos y sólo su ausencia -el eclipse- nos llama la atención. Pensamos en el sol cuando no vemos el sol. Los cometas, en cambio, son como chisguetes del sol, animales emisarios, ancilares al sol, y a pesar de todo, prueba de la existencia del sol: sin los esclavos no existe el amo. El amo requiere siervos para probar su propia vida.
 

Carlos Fuentes (Mexicano, nacido en Panamá, en 1928; fallecido en México, en 2012).

Adán en Edén fue publicada por Editorial Alfaguara. Este es el sitio de la novela:
www.alfaguara.com/es/libro/adan-en-eden/

sábado, 23 de diciembre de 2017

Eclipse: CANCIÓN DE LUNA POR LA MAÑANA, de Sylvia Plath

"...toda la magia lunar es disoluta: No hay dulces disfraces que resistan esa mirada cuyo candor revela la pálida esfera del amor."

 
Oh luna de ilusión,
encantando hombres
con visiones de oropel
que corren por sus venas,

los gallos cacarean al rival
para burlarse en tu cara
y el eclipse es un óvalo
que nos conjura
 
dejar nuestra razón
y llegar a este
horizonte fabulado
de capricho.
 
El amanecer rasgará
tu velo de plata
que deja a los amantes pensar
en su hermosura;
 
la luz de la lógica
nos lo demuestra
toda la magia lunar
es disoluta:
 
No hay dulces disfraces
que resistan esa mirada
cuyo candor revela
la pálida esfera del amor.
 
En jardines de miseria
los durmientes despiertan
porque su dorado carcelero
cierra la rejilla.
 
Cada cuerpo sagrado
que a la noche cede
es desfigurado por el estudio
del microscopio:
 
los hechos han destrozado
del ángel su entorno
y la cruda verdad ha sesgado
al radiante limbo.
 
Reflejo aterrado
del sol abrasador:
se sumerge en tu espejo
y en él se ahoga.
 
(Moonsong at Morning
O moon of illusion,
enchanting men
with tinsel vision
along the vein,
 
cocks crow up a rival
to mock your face
and eclipse that oval
which conjured us
 
to leave our reason
and come to this
fabled horizon
of caprice.
 
Dawn shall dissever
your silver veil
which let lover think lover
beautiful;
the light of logic
will show us that
all moonstruck magic
is dissolute:
 
no sweet disguises
withstand that stare
whose candor exposes
love's paling sphere.
 
In gardens of squalor
the sleepers wake
as their golden jailer
turns the rack;
 
each sacred body
night yielded up
is mangled by study
of microscope:
 
facts have blasted
the angel's frame
and stern truth twisted
the radiant limb.
 
Reflect in terror
the scorching sun:
dive at your mirror
and drown within
.)
 
Sylvia Plath (Estadounidense fallecida en Inglaterra, 1932-1963).
 

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

viernes, 22 de diciembre de 2017

Eclipse: EL GRAN INVIERNO, de Ismail Kadaré

"... como una seña celestial, como la aparición de un cometa o un eclipse solar, contemplaban ahora la escisión."
  
(Fragmento del capítulo décimo)
 
Escisión. Todos estos últimos días, en las fachadas de las casas, en los cristales de su coche, en las puertas, en los mapas, en el rostro de los transeúntes, en todas partes, no había visto más que grietas. Todo se cuarteaba, al principio suavemente, luego cada vez con mayor vigor, como producto de un terremoto. Ahora todo estaba confirmado. Había escisión. Los gigantes se habían enfriado. El campo había perdido... el sueño... la unidad. Ya no dormirá más... Recordó su primer viaje sobre el cielo comunista, aquel deambular por el vacío, aquel crepúsculo, aquella ceguera, cuando iba en busca de la grieta, la lagartija por el desierto, cuando no creía nada, cuando se sentía perdido. Ahora la escisión correteaba vivaz por la superficie del globo, atravesaba penínsulas, continentes, se distinguía desde lejos, desde los polos, desde el ecuador. Su noticia volaba ya por el éter. En todas partes, en innumerables oficinas ministeriales, especialistas de todas clases, consejeros secretos, ministros, embajadores, generales y mariscales, presidentes de gobierno, millonarios, presidentes de Estados seculares y presidentes de Estados recientes, todos, sin excepción, como una seña celestial, como la aparición de un cometa o un eclipse solar, contemplaban ahora la escisión.
 
Acababa de transmitir la noticia y se dirigía con prisa a un café.
 
El mundo, como quiera que sea, es bello, se dijo al pasar junto al quiosco de los periódicos, donde, entre la gente que esperaba de pie, vio de refilón a una bella muchacha con los ojos anegados de lágrimas. Sonrió para sus adentros, como si viera la cosa más increíble.


Ismail Kadaré (Albania, 1936).

jueves, 21 de diciembre de 2017

Eclipse: ABADDÓN EL EXTERMINADOR, de Ernesto Sabato

"... una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima."
 
Cuando Bruno llegó al café

encontró a S. como ausente, corno quien está fascinado por algo que lo aísla de la realidad, pues apenas pareció verlo y ni siquiera lo saludó. Observaba a una gata perversa y somnolienta, que unas cuantas mesas más allá leía o simulaba leer un gran libro. Y estudiándola, cavilaba sobre el abismo que muchas veces existe entre la edad que figura en los registros civiles y la otra, la que resulta de los desastres y pasiones. Porque mientras la sangre hace su recorrido de células y años, ese recorrido que candorosamente examinan y hasta miden los médicos con aparatos y tratan de paliar con píldoras y vendajes, mientras se festejan (pero por qué, por qué?) los aniversarios que marcan los almanaques, el alma sufre decenios y hasta milenios, por obra de implacables poderes. O porque ese cuerpo, que inocentemente manejan los médicos campesinos que expulsan o matan plagas de hongos o gorgojos en una tierra que más abajo oculta cavernas con dragones ha heredado el alma de otros cuerpos moribundos, de hombres o peces, de pájaros o reptiles. De manera que su edad puede ser de cientos o de miles de años. Y también porque, como decía Sabato, aun sin transmigraciones, el alma envejece mientras el cuerpo descansa, por su visita a los antros infernales en la noche. Motivo por el cual se suelen observar hasta en niños miradas y sentimientos o pasiones que sólo pueden explicarse mediante esa turbia herencia de murciélago o de rata, o por esos descensos nocturnos al infierno, descensos que calcinan y agrietan el alma, mientras el cuerpo que duerme se mantiene joven y engaña a esos doctores que consultan sus manómetros, en lugar de escrutar sutiles signos en sus movimientos o en el brillo de sus ojos. Porque esa calcinación, ese encallamiento es posible detectarlo en cierto temblor al caminar, en alguna torpeza, en peculiares pliegues de la frente; pero también, o sobre todo, en la mirada, ya que el mundo que observa no es más el del chico inocente sino el de un monstruo que ha presenciado el horror. De modo que esos hombres de ciencia deberían más bien acercarse a la cara, analizar con extremo cuidado y hasta con malicia las pequeñísimas marcas que van esbozándose. Y especialmente tratando de sorprender algún fugacísimo brillo en los ojos, porque, de todos los intersticios que permiten espiar lo que sucede allá abajo, los ojos son los más importantes; recurso supremo que resulta imposible con los Ciegos, que de esa manera preservan sus tenebrosos secretos. Desde su rincón, le era imposible estudiar esos indicios en la cara. Pero le quedaban los otros, le bastaba seguir los lentos y apenas esbozados movimientos de sus largas piernas al reacomodarse, de su mano al llevar el cigarrillo a la boca, para saber que aquella mujer tenía infinitamente más edad que los veintitantos de su cuerpo: experiencia proveniente de alguna serpientegato prehistórica. Un animal que pérfidamente aparentaba indolencia, pero que tenía la sigilosa sexualidad de la víbora, lista para el salto traicionero y mortal.
 
Porque a medida que pasaba el tiempo y el examen se hacía más minucioso, sentía que ella estaba en acecho, con esa virtud que tienen los felinos para controlar, aun en la oscuridad, los más insignificantes movimientos de la presa, para percibir rumores que para otros animales pasan inadvertidos, para calcular el más ligero amago del adversario. Sus manos eran largas, como sus brazos y piernas. Tenía un pelo muy renegrido y lacio, que le llegaba hasta los hombros, que se desplazaba a cada movimiento que hacía con mórbida amortiguación. Fumaba con chupadas lentísimas pero muy hondas. Había algo en su cara que producía desazón, hasta que pudo entender que era causado por la excesiva separación de sus ojos: grandes y rasgados, pero casi defectuosamente separados, lo que le confería una especie de inhumana belleza. Sí, era evidente que ella también los escrutaba, a través de sus párpados semicerrados, como somnolientos, en lentas y disimuladas miradas de soslayo, que hacía como sin mirar, como si únicamente levantase la vista del libro para pensar, o para ese abandonarse a las corrientes profundas pero vagas a que uno se abandona cuando está leyendo un texto que hace meditar en la propia existencia. Estiraba voluptuosamente las piernas, echaba una desvaída ojeada sobre las otras gentes, pareciendo detenerse un instante en S., para luego recogerse de nuevo en su impenetrable universo gatoserpentoso.
 
Bruno intuyó que una misteriosa sustancia había caído en el fondo de las aguas profundas de su amigo y, desde allá abajo, mientras se disolvía, desprendía miasmas que seguramente llegaban hasta su conciencia. Sensaciones muy oscuras, pero que para él, para S., eran siempre anuncios de acontecimientos decisivos. Y que producían un malestar, una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima. Porque era inverosímil que pudiese hacerlo de semejante modo, con los párpados caídos y esas largas pestañas que debían de velarle aún más la poca luz de que disponía. Equívoca y silenciosamente enviaba sus radiaciones sobre S., que más con su piel que con su cabeza debería de estar percibiendo esa presencia, a través de miríadas de infinitesimales receptores en el extremo de sus nervios, como esos sistemas de radar que en las fronteras vigilan la llegada del enemigo. Señales que a través de complicadas redes llegaban en esos momentos hasta sus vísceras, pero (lo conocía demasiado) no sólo excitándolo sino alertándolo angustiosamente. Allí podía verlo, como recogido en una sombría guarida, hasta que de pronto se levantó, y sin saludarlo sólo dijo a manera de despedida:
 
- Otro día hablaremos de lo que le dije por teléfono.


Ernesto Sábato (Argentina, 1911-2011).

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Eclipse: LA CAÍDA, de Vladimir Holan

"... hasta que tuviera en las esquinas de los ojos un eclipse de luna..."

En cada libro hay un lugar donde se halla una mujer
a la que quemamos besar,
hasta que tuviera en las esquinas de los ojos un eclipse de luna,
y nosotros, como si antes de la ejecución
ella nos hubiera vendado los ojos…
 
En cada libro hay también un lugar,
donde amamos el pecado. No es siempre un amor desgraciado.
Sí, sé que hasta de la sangre sale humo…
Sexo del libro… Pero los sueños no se explican…


Vladimir Holan (República Checa, 1905-1980).

martes, 19 de diciembre de 2017

Eclipse: ANOCHECER, de Isaac Asimov


(Fragmento)

¿Podía haber otro cuerpo planetario opaco como el de Lagash? Si así fuera brillaría tan sólo reflejando la luz solar, y si estuviera formado por rocas azulencas, como gran parte de Lagash, entonces, en medio del abismo rojo del cielo, la constante luminosidad de los otros soles lo haría invisible... borrado por completo.
 
- ¡Pero eso es una idea desquiciada! -exclamó Theremon.
 
- ¿Lo cree así? Escuche esto: suponga que ese cuerpo orbita en torno a Lagash y que cuenta con tal masa, órbita y distancia que su atracción coincida con la desviación de la órbita de Lagash según la teoría. ¿Sabe lo que ocurriría?
 
El periodista negó con la cabeza.
 
- Pues que alguna que otra vez ese cuerpo se interpondría en el camino de algún sol -dijo Sheerin y apuró lo que quedaba en la botella.
 
- Sí, supongo que sí -convino Theremon.
 
- ¡Naturalmente que sí! Pero sólo un sol se encuentra en su plano de revolución -señaló con el pulgar al diminuto sol que brillaba en lo alto-. ¡Beta! Y se sabe que el eclipse ocurre sólo cuando la disposición de los soles es tal que Beta debe encontrarse solo en su hemisferio y a la máxima distancia. El eclipse, contando la luna siete veces el diámetro aparente de Beta, cubrirá todo Lagash durante algo más de medio día, de manera que ninguna parte del planeta escapará a los efectos. Ese eclipse tiene lugar una vez cada dos mil cincuenta y nueve años.
 
La cara de Theremon se había convertido en una máscara inexpresivo.
 
- ¿Ésa es la historia?
 
- Ni más ni menos -respondió el psicólogo-. El principio del eclipse comenzará dentro de tres cuartos de hora. Primero el eclipse, luego la Tiniebla universal y, quizás, esas misteriosas Estrellas... después la locura y el final del ciclo.
 
 

Isaac Asimov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1920-1992).
 
La ilustración corresponde a la publicación original del cuento Anochecer (Nightfall), en 1941.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Eclipse: DOS TEXTOS IRÓNICOS DE ESCRITORES ARGENTINOS (Anderson Imbert y Marco Denevi)


 
Granadas
 
El Emperador de la China declaró públicamente que a él, y solo a él, debía culpársele por el último eclipse de sol: lo había causado, sin querer, al cometer un error administrativo. La corte alabó al Emperador por ese admirable rasgo de humildad y contrición.
 
Enrique Anderson Imbert (Argentina, 1910-2000).

 
Gente a la page

Nuestra desgracia es ser personas demasiado avanzadas para un país tan retrógrado. Ese desfase nos causa no pocos disgustos. Cuando nos enteramos, por el Times de Londres, de que el 27 de julio habría un eclipse total de luna, subimos todos a la terraza y nos pasamos la noche bajo un relente feroz, atisbando el cielo. No hubo ningún eclipse. No hubo ni siquiera luna. Lo que sí conseguimos fueron bronquitis y pulmonías.
 
- Será que el eclipse es visible sólo desde las Europas -dijo mamá.
 
- Eso nos da la pauta del atraso en que se debate este pobre país -le contestó papá.
 
Uno o dos años después se anunció un eclipse parcial de luna en Buenos Aires y sus alrededores. Pero nosotros nos negamos a escrutar el firmamento. No nos interesan eclipses de segunda mano, para colmo parciales, antiguallas que Europa no querrá ni regaladas.
 

Marco Denevi (Argentina, 1922-1998).

domingo, 17 de diciembre de 2017

ECLIPSE, de Cristian Petru Balan

"... la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -eclipse de Luna..."

Los eclipses son visitas cósmicas (y recíprocas),
visitas raras, de cortesía, casi protocolarias:
la sombra de la Luna visita la Tierra -eclipse de Sol,
o alguna otra visita, no tan rara, pero oportuna:
la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -
eclipse de Luna...

(Eclipsele sunt vizite cosmice (și-s reciproce),
vizite rare, de curtoazie, aproape protocolare:
umbra Lunii în vizită pe Pământ - eclipsa de Soare,
sau o altă vizită, nu atât de rară, dar oportună:
umbra Terrei în trecere pe rotundul astrului nopții -
eclipsa de Lună
...)



Cristian Petru Balan (Rumania, 1936).
 
(Traducido del rumano por Jules Etienne).