.

.
Vancouver, luz de agosto en English Bay.

sábado, 31 de julio de 2010

Páginas ajenas: LA ARBOLEDA PERDIDA, de Rafael Alberti



(Fragmento)
 
Hace tiempo, antes de nuestra guerra, volaba yo una vez por los cielos de América Central, casualmente, con el entonces muy prestigioso y amado actor de cine Clark Gable. Yo tenía que bajar en Costa Rica, país democrático por excelencia, según me habían afirmado, en donde debía dar algunas conferencias en la universidad de San José. Al abrirse la puerta del avión, vi un grupo de jóvenes, que supuse estudiantes, adelantando, jubilosos, un papelito blanco que agitaban en la mano, como en demanda de autógrafos. Supuse, naturalmente, que aquellas demostraciones de simpatía eran para mí, sucediendo que no, que eran para Clark Gable, que a mí me esperaba la policía, para detenerme o no dejarme bajar del avión. Un cónsul español, de la ciudad mexicana de Tampico, perteneciente al bienio negro de Gil Robles, nos había denunciado como rojos a María Teresa y a mí, echándonos a perder nuestro viaje en casi todos los países centroamericanos que debíamos visitar.
 
 
Rafael Alberti (España, 1902-1999)

viernes, 30 de julio de 2010

Memoria de la melancolía

"Sus imágenes desoladoras circularon por el mundo..."

En los últimos días he recibido a través del correo electrónico mensajes idénticos de amigas de mi adolescencia a quienes recién he recuperado: Alejandra, Alicia, Clara Martha, Queta (en riguroso orden alfabético). El texto en cuestión refleja un sentimiento de nostalgia por el Tampico en el que crecimos y se nos ha extraviado, así como la impotencia de no poder hacer algo para rescatarlo. Ese espacio mítico de cuyo recuerdo me ocupo en mi poema Desván:

Mi infancia es esa playa lejana,
nuestras risas encaramadas en el verano
es una noche cualquiera de recuerdos tangibles,
fotos, cartas y tarjetas, objetos para invocar
la memoria del edén traicionado:
el tiempo de la inocencia con sus ilusiones intactas.*
 
Cuando arribé por primera vez a Vancouver, hace ya casi nueve años, con la idea de regresar a México, mi patria de entonces, me enfrenté con el dilema cotidiano de para qué tratar de adaptarme a otro país y sus costumbres, si yo sólo estaría de paso. Impulsado por Alfonso Ruiz Soto, quien me sugirió leer El Síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa, me di a la tarea de ubicar la literatura del exilio, que terminé devorando, como fue el caso de la poesía de Luis Cernuda, Antonio Machado y el indispensable Pablo Neruda. Durante dicha búsqueda me topé con la autobiografía de María Teresa León: Memoria de la melancolía.

Tal vez porque vivió a la sombra de su ilustre pareja, el poeta Rafael Alberti, su obra no alcanzó la repercusión que merecería. Percibí en ella un deseo desesperado por regresar a su España amada, sin importar que estuviera desgarrada y en ruinas después de la guerra. Vivió su exilio en Francia, Argentina e Italia, en donde redactó sus memorias y en cuyas páginas nos ha legado el testimonio de su angustia: "Estoy cansada de no saber dónde morirme. Ésa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos?"

Gracias a María Teresa León comprendí que, por el contrario, a mí finalmente ya no me importaba regresar a México para ser enterrado, o de preferencia incinerado, en el Distrito Federal que, después de todo, me resultaría tan ajeno como lo había sido Vancouver a mi llegada. En todo caso, que me velaran en el puerto en que nací. Después asumí que no, que es muy tarde para eso porque el Tampico de ahora me resulta tan distante en su violencia y en la reciente modernidad de los suburbios, ya no es más aquél que prefiero guardar en mi memoria. Es pues, el edén traicionado al que me refería en un principio. Dejó de pertenecerme y yo tampoco le pertenezco.

Pero es este Tampico ajeno el que me remite de nueva cuenta a las páginas de María Teresa León: "Durante treinta años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados." Y dice más adelante algo que no deja de provocarme un leve escalofrío: "Un paraíso de calles desiertas, de muertos sin enterrar."

Hace unos cuantos meses los tampiqueños decidieron un día no salir a las calles. Fue una protesta muda, una condena tácita al fracaso de sus gobernantes por no garantizarles la paz que se merecen: el día del silencio de la mayoría indefensa, del mutismo de los rehenes. Sus imágenes desoladoras circularon por el mundo, a todo lo largo y ancho de este planeta sin distancias de la era cibernética.

Por eso, queridas amigas, lamento decirles que el Tampico que quieren recuperar ya no existe. Es el arancel de esta época. Tal vez, espero, se imponga de nuevo la cordura y puedan pasear por sus calles serenas como lo hacían antes. Me gustaría atravesar con paso provinciano la Plaza de la Libertad como, según la leyenda urbana -que los hechos han impregnado con la duda-, lo hiciera Humphrey Bogart hace ya más de sesenta años, cuando se filmaba El tesoro de la Sierra Madre, para irme a beber unos tragos al bar Palacio. Pero no sólo es Tampico el que ha transformado su geografía urbana, somos también nosotros quienes cambiamos nuestra visión de la vida y tuvimos la necesidad de ensanchar los carriles de la memoria porque ya tenemos mucho más para recordar que lo poco que habíamos vivido cuando éramos jóvenes.

Por decirlo con palabras de Pablo Neruda: "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos."


Jules Etienne

Es posible leer completo el poema Desván en Mitología del olvido: http://mitologiadelolvido.blogspot.ca/2012/03/desvan.html

jueves, 29 de julio de 2010

Páginas ajenas: EL BOSQUE Y EL MAR, de Rafael Alberti


I
 
Estos rumores, estos
leves susurros conocidos
de cielos, hojas, vientos y oleajes
son mis aires mejores, ya felices
o confesadamente melancólicos.
Vuelvo a encontrarlos, vuelvo
a sentirlos tan míos
después de tan alegres y cansados
recorridos por tierras veneradas
que eran mi vida antigua,
la clara vida cuando mis cabellos
al sol volaban libres, sin temores.
 
Aquí están prolongados
en lamentos que fueron mi lenguaje,
en onduladas sílabas o en largas
conversaciones o en subido llanto.
 
Nada como sentirse comprendido,
enlazado, mezclado, arrebatado
por este misterioso idioma de los bosques,
de la mar, de los vientos y las nubes.
Ya es una sola voz, una garganta
sola la que susurra,
la que viene y se va rumoreando.
Uno el sonido del total concierto.
 
Vuelve el poeta al aire de sus aires.
 
 
Rafael Alberti (España, 1902-1999)

miércoles, 28 de julio de 2010

PUERTOS (del poemario Mitología del Olvido)



Podrían llevarme con los ojos vendados
y aún así reconocería la proximidad del mar,
adivinaría sus olores en la brisa vespertina
para imaginar a los barcos entregando su carga
impregnada con el sedimento de los delirios
que se amontonaron durante la travesía:
la dureza del metal arrancado a las montañas
filigranas de seda o sonrisas frutales de árboles eternos.

Nunca aprendí a disfrutar el paisaje sórdido
que desfigura los muelles en burdel de ocasión,
la ebriedad de los marinos y evas de todos los adanes
que subastan la noche a cualquier postor;
me quedo, en cambio, con su luz a pleno sol
o el horizonte ruborizado del ocaso.

Todo eso lo sé, lo aprendí desde un principio
porque nací en un puerto, figura de arena
al sur de la línea que delimita el trópico,
he paseado descalzo sobre nubes ardientes
a las que, por razones que desconozco, les dicen dunas,
en una playa tan extensa que los ojos no bastan
con la locura partida en dos por algún amor adolescente;
y habré de morir en otro, en el que ahora vivo,
como estatua de nieve, aquí donde termina el norte,
frente a un océano al que decidieron llamar Pacífico.


Jules Etienne

La ilustración corresponde al atardecer desde el malecón de Miramar, en Tampico, mi ciudad natal.

martes, 27 de julio de 2010

Una Serenata para Lupe (fin del cine mudo)



El advenimiento del sonido había provocado una severa crisis entre las estrellas del cine mudo. Los ademanes ya no serían suficientes y ahora tendrían que transformar su voz en otra herramienta de trabajo. A los actores de origen europeo les preocupaba su acento extranjero y a los demás, que el timbre de sus voces no fuera el reflejo de la imagen que habían forjado. Algunos de plano hicieron maletas para regresar a sus países natales, otros se esforzaron por mejorar la dicción y hubo quienes simplemente se resignaron a concluir sus contratos vigentes con las compañías productoras. Para Lupe ese nunca fue un problema. Tenía la voz clara y podía cantar. Su acento se convirtió en un sello exótico que le permitía reforzar su imagen para encarnar personajes extranjeros.

Pero Griffith, el arriesgado innovador, se había estancado en el teatro del silencio. Los diálogos habían invadido por asalto los estudios de cine modificando la forma tradicional de escribir los guiones y concebir la acción. DW, como se le conocía por las iniciales de su nombre: David Wark, era un anciano prematuro al borde del retiro a sus cincuenta y tres años, cargando con el peso de los más de quinientos títulos de una filmografía sin parlamentos. Entonces Griffith, fiel a su estilo, con su característico sombrero de paja, responsable del nacimiento de una emoción, sometido por la intolerancia de productores que le imponían sus exigencias de filisteos, presenciaba como se iba desmoronando el universo que había logrado construir con fotogramas de nitrato de plata. Ese mismo Griffith o, mejor dicho, su espectro alcoholizado, amargo y cínico, se disponía a dirigir a la nueva sensación de la pantalla, la mexicana que algún día escupiría fuego.
 
 
Jules Etienne

lunes, 26 de julio de 2010

Páginas ajenas: VERANO, de Max Aub

"Julio dará su mies al sol que más caliente..."

1

Igual que en amor,
lo que dieras, doy.

Después de haber dado
por nubes su nieve,
campo, espejo fiel,
por azul da verde.

Igual que en amor
lo que dieras, doy.

2

Julio dará su mies
al sol que más caliente,
voluptuosa miel
que al viento ondula y cede.
 


Max Aub (Español nacido en París en 1903 y muerto en México en 1972)

sábado, 24 de julio de 2010

Páginas ajenas: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes

 
(Fragmento que acontece en un día caluroso del mes de julio)
 
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:

- ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».

Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:

- Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!

Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
 
- ¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.

Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.

Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose prisa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía.
 
 
Miguel de Cervantes y Saavedra (España, 1547-1616) 

viernes, 23 de julio de 2010

ULTIMÁTUM (del poemario Mitología del Olvido)

 a Eréndira

Impedir el día desde esta penumbra,
abrazar la piel de la oscuridad
con la verde caricia de tus ojos.
Elegía del insomnio, te adivino desnuda,
tu cicatriz entreabierta me libera,
abismo que es torrente, principio y fin,
densa sombra de los cuerpos
urdiendo una traición febea:
inventemos una noche de placer perpetuo
para castigar la arrogancia del sol.

Nuestro deseo no se merece
el fantasma de la incertidumbre.
 
 
Jules Etienne

jueves, 22 de julio de 2010

Páginas ajenas: LAS OLAS, de Virginia Woolf


(Párrafo que acontece durante el mes de julio)

He arrancado ya todas las hojas del mes de mayo y de junio —dijo Susana— y veinte días de julio. Las he arrancado y he formado con ellas una pelotilla, de modo que ya no existen, excepto como un peso sobre mi corazón. Han sido días truncos, semejantes a mariposas nocturnas con sus alas quemadas, incapaces de emprender el vuelo. Sólo me quedan ocho días aquí; dentro; de ocho días, descenderé del tren y saltaré a la plataforma a las seis veinticinco. Entonces mi libertad desplegará sus alas desprendiéndose de todas las restricciones que las tenían trabadas: de las horas de disciplina, de la rutina de los días, de la obligación de estar aquí y allá a horas determinadas. La vida comenzará de nuevo el día en que, al abrir la portezuela del tren, vea a mi padre con su viejo sombrero y sus polainas. Voy a estremecerme de emoción, voy a echarme a llorar. Y, a la mañana siguiente, me levantaré al amanecer. Saldré por la puerta de la cocina e iré a pasearme por el campo. Grandes caballos montados por fantasmas galoparán detrás de mí y se detendrán súbitamente. Veré a las golondrinas rozar la hierba. Me dejaré caer sobre la tierra húmeda, junto al río, y contemplaré a los peces deslizándose entre las cañas. Las agujas de los pinos dejarán sus huellas en las palmas de mis manos. Allí voy a poder entreabrir y examinar de cerca esta cosa dura que ha crecido aquí dentro de mí durante todos estos inviernos y veranos, en las escaleras y en los dormitorios. Yo no quiero, como Jinny, ser admirada. Yo no quiero que la gente alce sus ojos en éxtasis al entrar a una habitación. Yo quiero dar y que me den, y quiero la soledad para desplegar en ella mis posesiones.
 
 
Virgina Woolf (Inglaterra, 1882-1941)
 
(Traducido del inglés por Lenka Franulik)

miércoles, 21 de julio de 2010

Decir Adiós es morir un poco (página 199)


Palos de ciego...

Diógenes buscaba con su lámpara un hombre, en plena luz del día. Atenas era un pueblo iluminado. Aquí usamos anteojos oscuros para tratar de descubrir la verdad durante la noche. Llevamos tantos años, sexenios, que es nuestra medida temporal, haciendo lo mismo, que ya somos expertos en seguir dando palos de ciego. Eso es nuestra política, nuestra justicia, nuestro futuro: palos de ciego.

Otras mitologías, como la griega y la alemana, están pobladas por personajes ficticios para explicar el génesis de su propia raza. Los mexicanos hemos poblado la nuestra con muertos reales: héroes sacrificados y villanos traidores. Morelos e Iturbide, Sierra y Díaz, Madero y Huerta, todos juntos por un solo boleto, con el deambular cotidiano de sus almas en pena entre los vivos, como páginas de Pedro Páramo en este purgatorio colectivo en el que hemos convertido la patria. Somos un rencor vivo por el olvido en que nos tuvo... y todavía nos tiene. Olvidados. Los olvidados ¿de Dios? ¿Un pueblo con tanta fe?


Jules Etienne

(La ilustración corresponde a la obra La parábola de los ciegos, 1568, de Pieter Brueghel el viejo)

martes, 20 de julio de 2010

Páginas ajenas: GETHSEMANÍ, KY, de Ernesto Cardenal

"... la puesta de sol, las golondrinas revoloteando..."

6

Como las lechuzas que sólo ven de noche, y como
el mediodía es la medianoche de los murciélagos,
en esta tarde luminosa de julio ¿no será otra la luz
y no será tan sólo lo oscuro lo que vemos:
el tanque de agua plateado, la puesta de sol,
las golondrinas revoloteando, este libro de Suso,
el avión que cruza como un pez por el cielo de julio?


Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925)

lunes, 19 de julio de 2010

Una serenata para Lupe (Bajo el signo de cáncer)

 
 
(Párrafo final del segundo capítulo: Bajo el signo de cáncer)
 
Los astrólogos aseguran que una suerte de confabulación cósmica rige la existencia humana. Con precisión micrométrica, los movimientos planetarios influyen en la vida de cada individuo, según no sólo la fecha y el año, sino la hora y el minuto, con lo que su carta astral quedará lacrada como un oráculo ineluctable. Por diversos motivos, a Lupe le habían tratado de alterar el año de su nacimiento, pero eso no era suficiente para falsificar un destino al que ahora, de madrugada y en la soledad de su recámara, había llegado la hora de enfrentar.
 
 
Jules Etienne

domingo, 18 de julio de 2010

Las edades de Lupe Vélez



Lupe Vélez nació un 18 de julio. Hay quienes aseguran que de 1910. De acuerdo con ellos, y si esa fecha fuese la correcta, precisamente el día de hoy se estaría cumpliendo el centenario de su natalicio. En ocasiones futuras iré incluyendo aquí mismo, en Mitos y reincidencias, algunos párrafos y fragmentos de mi novela Una serenata para Lupe, en la que procuro permitir a la ficción prevalecer sobre la tragedia real de su vida y suicidio, diversos aspectos biográficos entreverados con la ficción de como supongo o, mejor aún, quiero suponer, que sucedieron las cosas. Siempre he sostenido que es preferible pecar por haber inventado las cosas que por no haber imaginado nada.

Para quienes creen en el destino, de nada sirve cambiarse de nombre o modificar la fecha de nacimiento: lo que tendría que sucederle a esa persona durante su vida, prevalecerá por encima de cualquier subterfugio. Lupe Vélez era una firme creyente en el destino. Cabría suponer entonces -de acuerdo con sus propias convicciones-, que el suicidio siempre la estuvo esperando al final del camino. Pero ¿cuál era su verdadera edad cuando murió?

Los documentos oficiales, como sería el caso de su certificado de defunción, redactado el 14 de diciembre de 1944, en la Oficina de Estadísticas Vitales del condado de Los Ángeles, establecen su fecha de nacimiento como el 18 de julio de 1910, de manera que tendría 34 años, 4 meses y 26 días, al morir. La validez de dicha acta estaría sustentada también en la respectiva documentación que Lupe debió entregar a su ingreso en los Estados Unidos y más tarde para obtener tanto la residencia permanente como el permiso de trabajo.

Por diferentes motivos, no todas sus biografías coinciden en el año de su nacimiento, aunque no queda duda en cuanto a la fecha: 18 de julio. Los diferentes años que se mencionan corresponden a 1904, 1906, 1908, 1909, y el ya citado 1910. Si quienes han tenido acceso a los archivos e información de primera mano, nunca lograron ponerse de acuerdo, no me atrevería a establecerlo de manera definitiva e irrefutable, en cambio, me propongo aportar algunas consideraciones que ayudarían a precisarlo.

De entrada es posible descartar 1904 y 1906. En el primer caso porque pudo demostrarse que se trataba de un acta de nacimiento falsificada que Frank Woodwyard obtuvo en la ciudad de San Luis Potosí, a través de un enviado suyo, tratando de probar que Lupe era mayor de edad cuando firmó el contrato nombrándolo su representante. También podría argumentarse que cuando Lupe había intentado atravesar la frontera por primera vez, fue rechazada al carecer del consentimiento de sus padres por escrito siendo menor de edad. Pero resulta aún más importante el hecho de que ninguna investigación prolija sobre su vida, acepta esas opciones.

Quienes ubican el año en 1908, son el español Román Gubern, un respetable historiador del cine; Larry Swindell, biógrafo de Gary Cooper; y James Robert Parish, en su obra The RKO Gals, publicada en 1974. Sin embargo, Gubern dice que Lupe nació en "San Luis de Jotosí", Swindell por su parte, "en un pueblo de los alrededores de México" y, finalmente, Parish, en "San Luis Potosí, un suburbio de la ciudad de México". Esas imprecisiones en cuanto al lugar, le restan credibilidad a la aseveración respecto al año.

Quedan entonces, como los años más factibles, 1909 y 1910. En este último caso, no sólo lo asegura así Moisés Vázquez Corona, autor de la biografía Lupe Vélez, a medio siglo de ausencia, publicada en 1996, quien tuvo acceso a documentos y fotos por parte de la familia y de sus amistades, como Edelmira Zúñiga, amiga íntima de doña Josefina, la madre de Lupe, y quien se hizo cargo del traslado de sus restos a la ciudad de México, sino que también con motivo de la presentación de Lupe en su natal San Luis Potosí, en 1926, se relataba que: En la calle de Zaragoza de San Luis Potosí, sus padres Jacobo Villalobos Reyes y Josefina Vélez eran propietarios del Café Royal, en el que transcurrió la infancia de Lupe, nacida en 1910.

Para colmo de confusiones, con motivo de esa misma gira, la revista potosina Adelante, entrevistó a Lupe y dicho texto fue rescatado por La Corriente, en su número correspondiente a febrero de 2011: ... a sus 17 años Lupe llegó a San Luis con su compañía de revista el viernes 3 de septiembre de 1926 en medio del conflicto cristero para actuar en el Teatro de la Paz. La Liga de la Defensa Católica le decretó un boicot “por inmoral” y se esperaba que el espectáculo fuera un fracaso, era la primera vez que Lupe se presentaría ante los suyos sobre los que rondaba la amenaza de excomunión del obispo Miguel de la Mora si asistían. Si ella cumplió años en julio, de haber nacido en 1910, ese septiembre tendría improbables dieciséis y no los diecisiete que señalaba la crónica.

En cuanto a 1909, la biografía mejor documentada -una obra indispensable para aproximarse a su vida-, Lupe Vélez, la mexicana que escupía fuego, de Gabriel Ramírez, editada por la Cineteca Nacional en 1986, así lo establece: "María Guadalupe, hija del coronel revolucionario Jacobo Villalobos y de Josefina Vélez, había nacido el 18 de julio de 1909 en el barrio de San Sebastián de San Luis Potosí..." (página 27).

El ITESM, mejor conocido como el Tec de Monterrey, que posee una sólida reputación académica, en Más de Cien años de Cine Mexicano, establece 1909 como el año de su nacimiento, con una acotación entre paréntesis que se refiere a "otras fuentes: 1908 y 1910". Sin embargo, hay un detalle más que me orilla a suponer que 1909 fue el verdadero año de su nacimiento. Lupe ingresó como interna a la Academia St. Martin Hall, en San Antonio, Texas -dependiente de la Universidad de Nuestra Señora del Lago (Our Lady of the Lake University)-, en enero de 1923 y se reinscribió el 12 de septiembre, aunque junto con su hermana Josefina tuvo que abandonar la escuela el 10 de octubre, "pocos meses después de cumplir los catorce años", según Albert J. Griffith, vicepresidente y decano para asuntos académicos de dicha institución católica.

1908, o nueve, o diez, ¿qué más da? La única certidumbre es que Guadalupe Villalobos Vélez nació un 18 de julio, y se le conocería para siempre como Lupe Vélez, la estrella de cine. Su vida bien se merece una novela. 

 Jules Etienne

sábado, 17 de julio de 2010

REBELIÓN (del poemario Mitología del Olvido)



Supongo que la tierra palpita
en la raíz de cada árbol,
que los olores nocturnos del azahar
bautizan el follaje húmedo
y entonces las sombras
se sublevan en la oscuridad
porque nadie se merece
la esclavitud perpetua.
Sólo los rebeldes nacen varias veces.
 
 
Jules Etienne