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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

lunes, 31 de enero de 2011

Se fue enero con sus lluvias


Apenas un parpadeo y ya se ha esfumado el primer mes del año. Para decirlo con palabras de Gabriela Mistral: "Así se va la vida, medio en trabajar, medio en callarse..." Enero, el mes de las promesas y los buenos propósitos que muchas veces ni siquiera llegan a cumplirse para esta fecha:

Ayer arranqué la última hoja
de enero, un mes sombrío.
Se ha ido con su húmedo frío
que hasta los augurios moja.

Y es que enero, en el hemisferio norte en el que vivo, es el mes más invernal del año, con un clima helado y constante lluvia. Además de ese viento al que se refería Miguel Hernández en su poema Viento de enero:

¿Qué quiere el viento de enero
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.

Juan Ramón Jiménez describía a su manera este clima, en Las tardes de enero.

Va cayendo la noche: la bruma
ha bajado a los montes el cielo;
una lluvia menuda y monótona
humedece los árboles secos.

Y continúa su lamento más adelante:

¡Cómo cae la bruma en el alma!
¡Qué tristeza de vagos misterios
en sus nieblas heladas esconden
esas tardes sin sol ni luceros!

Para concluir con un tono aún más dramático:

Los jardines se mueren de frío;
en sus largos caminos desiertos
no hay rosales cubiertos de rosas,
no hay sonrisas, suspiros ni besos.
¡Como cae la bruma en el alma
perfumada de amor y recuerdos!
¡Cuantas almas se van de la vida
estas tardes sin sol ni luceros!

No soy partidario del formato del haiku, que además somete la brevedad de su encanto a la camisa de fuerza de unas sílabas rigurosamente limitadas. Poetas en nuestro idioma como Juan José Tablada y Mario Benedetti, fueron asiduos del género. Sin embargo, es innegable la belleza contundente de algunos. Como en este caso, de Jorge Martínez Ruiz:

Lluvia de enero,
un murmullo de gotas
en la hojarasca.

Para terminar con el mes que se va, la estrofa de una vieja canción de hace treinta años, cuando todavía éramos jóvenes quienes ahora hemos rebasado la juventud, pero no las ilusiones. La denominada nueva trova cubana estaba de moda y Amaury Pérez cantaba aquella que se llamaba Hacerte venir:

"Si yo pudiera hallar lugar y amarte aquí, desvistiendo las tantas horas de quietud, guardar lo inmenso de ese olor a fin de enero ya por vivir, si yo pudiera de donde estoy... hacerte venir".


viernes, 28 de enero de 2011

Decir Adiós es morir un poco (páginas 206 y 207)


Una lluvia de ceniza se derrama sobre la ciudad. Quizás ése sea su justo destino. Hastiado de ser testigo inmóvil, el mítico volcán decidió actuar sumergiendo al valle bajo una redentora capa de ceniza que nos obligue a emprender otro peregrinaje de las Siete Tribus para fundar una nueva capital, sin renegar del pasado y aceptándolo como una aleccionadora fábula de lo que fuimos y no debemos seguir siendo.

"Corazón de cemento, corazón, corazón, corazón de hormigón..." La voz rasgada de Gurruchaga parece el humo que acompaña a la ceniza: "Corazón enfermo de polución". No sería mala idea aprovechar estas vacaciones para ir unos días a tu tierra, a comer jaibas y camarones, a beber sin culpa, a mirar el amanecer desde la playa. Si allá tenías el mar, ¿con qué fin lo abandonaste para venir a sufrir al altiplano? Aunque bien sabes que no podrías volver a vivir allá. Una temporada no te vendría mal, pero ¿quedarte? Acá ya hiciste tu vida. Aquí están tus amigos y tus enemigos. "La ciudad donde vivo es mi cárcel y mi libertad".


Jules Etienne

La ilustración es una fotografía de un típico amanecer en la playa de Miramar,
en Tampico. Fue tomada en 2008 por Javier Badillo.

jueves, 27 de enero de 2011

Páginas ajenas: ULTIMA THULE, de Vladimir Nabokov

 
"... su reino, entre las nieblas marítimas, en una isla remota y melancólica..."

(Fragmento)

Tú lo entiendes, desde luego. En la condición en la que yo me encontraba, la gente sin imaginación, quiero decir carente de su apoyo y de su espíritu inquisitivo, recurre a los reclamos de todo tipo de prodigios milagrosos; a los quirománticos de turbantes dramáticos que combinan sus destrezas mercantilistas en el mundo de la magia con los negocios de matarratas o de condones; a gordas y atezadas adivinas; pero especialmente a los espiritistas, que simulan una fuerza todavía sin identificar concediéndole los rasgos lechosos de un fantasma que consiguen que se manifieste en estúpidas formas físicas. Pero yo tengo mi cota de imaginación, y por lo tanto se abrían ante mí dos posibilidades: la primera era mi trabajo, mi arte, el consuelo que me proporciona mi arte; la segunda consistía en dar el salto y creer que una persona como Falter, bastante común en realidad, e incluso un tanto vulgar, a pesar de los juegos de salón de su ingeniosa mente, había llegado a conocer real y de modo concluyente aquello que ningún vidente, ningún brujo había alcanzado jamás.

¿Mi arte? Te acuerdas, ¿no es cierto?, de aquel extraño sueco o danés —o quizá islandés en lo que a mí respecta—, en cualquier caso aquel tipo rubio larguirucho, de tez anaranjada con pestañas de caballo viejo que se presentó como «un conocido escritor» y que, por un precio que te alegró (ya estabas confinada en la cama sin poder hablar, pero todavía me escribías notas divertidas con tiza en una pizarra, por ejemplo que las cosas que más te gustaban en la vida eran «los versos, las flores silvestres y la moneda extranjera»), me encargó que hiciera una serie de ilustraciones para el poema épico Ultima Thule, que acababa de componer en su lengua. Ni que decir tiene que no venía al caso que yo me familiarizara con su manuscrito porque el francés, idioma en el que nos comunicábamos con denodado esfuerzo, sólo lo conocía de oídas, y era incapaz de traducirme sus imágenes. Conseguí tan sólo entender que su héroe era algún rey nórdico, desgraciado y huraño; que su reino, entre las nieblas marítimas, en una isla remota y melancólica estaba infestado de intrigas políticas de algún tipo, de asesinatos, de insurrecciones y que un caballo blanco que había perdido a su jinete volaba por el páramo brumoso... Le gustó mi primer bosquejo en blanco y negro, y decidimos los temas de los otros dibujos. Cuando no volvió a la semana siguiente como me había prometido, llamé a su hotel, y me enteré de que se había ido a América.

Te oculté la desaparición de mi cliente, pero no seguí con los dibujos; luego, de nuevo, te pusiste tan enferma que no me apetecía ni pensar en mi pluma dorada ni en mis trazos de tinta china. Pero tras tu muerte, cuando las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde se hicieron especialmente insoportables, entonces, con febril y dolorosa avidez, cuya conciencia provocaba lágrimas en mis ojos, continué aquel trabajo que ya no tenía destinatario, y esa carencia, precisamente, era lo que concedía valor a mi tarea; su naturaleza intangible, espectral, la falta de objetivo o de remuneración me transportaban hasta regiones como aquella en la que tú, mi objetivo fantasma, existes, mi amada, una creación terrenal tan maravillosa y querida, que nadie vendrá nunca a reclamar; y como todo me distraía de mi tarea, engañándome con la pátina de la temporalidad en lugar de con el diseño gráfico de la eternidad, atormentándome con tus huellas en la playa, con las piedras de la playa, con tu sombra azul sobre la odiosa playa luminosa, decidí volver a nuestras habitaciones de París a instalarme a trabajar en serio. Ultima Thule, aquella isla nacida en el desolado mar gris de mi congoja ante tu muerte, ejercía ahora sobre mí la atracción de un hogar donde acoger mis pensamientos inefables.


 Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)

miércoles, 26 de enero de 2011

Sociedades secretas: EL PÉNDULO DE FOUCALT, de Umberto Eco



(Fragmento del capítulo 6: Tifieret, sobre la Sociedad Thule)

- Tranquilo, ¿cuándo hemos inventado? Siempre hemos partido de hechos objetivos, o en todo caso de datos de dominio público.
 
- También ahora. En 1912, nace una Germanenorden que propugna una ariosofía, o sea una filosofía de la superioridad aria. En 1918, un tal barón von Sebottendorff funda una secta derivada de esa orden, la Thule Gesellschaft, una sociedad secreta, enésima variante de la Estricta Observancia Templaria, pero con fuertes componentes racistas, pangermanistas, neoarios. En 1933, este von Sebottendorff dirá que él ha sembrado lo que luego Hitler cultivará. Por lo demás, en la Thule Gesellschaft es donde aparece la cruz gamada. ¿Y quién se adhiere en seguida a la Thule? ¡Rudolf Hess, el ángel malo de Hitler! ¡Y después Rosenberg! ¡Y el propio Hitler!
 
Además, como sabrán por los periódicos, aún hoy, en su cárcel de Spandau, Hess sigue ocupándose de ciencias esotéricas. En 1924, von Sebottendorff escribe un libelo sobre la alquimia, y afirma que los primeros experimentos de fisión atómica demuestran la verdad de la Gran Obra. ¡Y escribe una novela sobre los rosacruces! Además dirigirá una revista de astrología, el Astrologische Rundschau, y Trevor-Roper ha escrito que los jerarcas nazis, empezando por Hitler, no daban un paso sin antes hacerse un horóscopo. Parece que en 1943 se consultó a un grupo de videntes para averiguar dónde estaba preso Mussolini. En suma, todo el grupo dirigente nazi está  vinculado con el neoocultismo teutónico.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932) 

martes, 25 de enero de 2011

La mítica isla de Thule



Ultima Thule, que traducido del latín significa el norte más distante, según explica Michel Lamy es la mítica -aunque real- isla de Hiperbórea, un lugar donde se enfrentan el hielo y el fuego en una batalla eterna. Se dice que la primera referencia que existe de dicho lugar proviene del geógrafo y explorador griego Piteas, quien la ubicó a seis días de navegación al norte de Inglaterra. Como advertía que durante la época veraniega no se pone el sol, se puede inferir que se refería a lo más septentrional de la península escandinava. Aunque algunos historiadores la suponen las islas Feroe, Islandia o Groenlandia, en el año 2007 un grupo de investigadores se dedicó a estudiar antiguos mapas de Ptolomeo y llegaron a la conclusión de que se trata de la isla de Smola, en la costa noruega, que además era sede de la realeza tribal de los escandinavos al principio de la era cristiana.

Lamy, además, identifica a la madre de los hombres con el nombre de Thule, y menciona que los toltecas erigieron Tula como centro de su cultura y resguardo de sus creencias religiosas. Bajo la mirada de los imponentes atlantes, los arqueólogos la identifican como Tollan, la última morada de Quetzalcóatl -tanta mitología para que tal vez acabe en una prosaica refinería-. La misma palabra en sánscrito significa balance, lo cual la relaciona con la estrella polar. Según los estudiosos de la lengua griega, Thule proviene de Tholos o Tolos, que significa niebla. La tierra más allá de la niebla, de la diosa blanca, Thula es la niebla.

Aquí podría establecerse una relación entre el nombre de la Sociedad de la Niebla, de la que formaban parte Alexandre Dumas y Jules Verne. Además de que los expertos en la obra de éste suelen resaltar el hecho de que el personaje que emprende La vuelta al mundo en ochenta días se llama Phileas Fogg.

Thule, como sería predecible, tiene una larga relación con la poesía. Goethe escribió El rey de Thule, que dice en su primer cuarteto:

Hubo en Thule un rey constante
con su amada, la que un día,
al morir dejó a su amante
áurea copa que tenía.

La copa de oro equivaldría al santo Grial. Por su parte, Edgar Allan Poe culmina su poema Tierra de sueños con la frase: "Desde esta última nebulosa Thule" (From this ultimate dim Thule). Y Henry W. Longfellow es autor de un poema titulado precisamente Ultima Thule, que concluye:
 
¡Ultima Thule! ¡La isla más lejana!
Aquí en sus bahías bajamos por un rato
nuestras velas; para reposar
de la interminable búsqueda perpetua.

J. R. R. Tolkien, en su popular saga de El señor de los anillos, también utiliza la palabra Thule en el lenguaje de los elfos, pero con el significado de espíritu.

Rudolf Glauer nació en Sajonia, en el último cuarto del siglo XIX, y después de un breve paso por Egipto, se afincó en Turquía, adquirió dicha nacionalidad y fue adoptado por el barón von Sebottendorf. A partir de entonces cambió su nombre por el de Rudolf von Sebottendorf. Durante su estadía en esos países se interesó en el estudio de la cábala, e influido por un mercader judío de apellido Termudi, también se acercó a los rosacruces y a los iniciados drusos, e ingresó a la logia masónica del rito de Memphis. Una vez de regreso en Alemania, entra en contacto con la Orden de los Germanos, es nombrado su dirigente para la región de Bavaria, y en 1918 funda la Sociedad Thule.

Para no prolongar en demasía este texto que ya se ha extendido más de lo planeado, abriré un paréntesis y en futuras ocasiones pienso reproducir algunos párrafos de la novela El péndulo de Focault, de Umberto Eco, en que se hace referencia a dicha sociedad, para más adelante finalizar abordando el importante vínculo que estableció con la doctrina nacional socialista.

Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de las Islas Lofoten, en Noruega,
al norte del círculo polar ártico.

lunes, 24 de enero de 2011

Verne y Mozart: coincidencias de la genialidad


Hace ya casi dos meses, a principios de diciembre, emprendí la lectura de una investigación de Michel Lamy, la traducción literal de su título en inglés sería El mensaje secreto de Julio Verne, escrita originalmente en francés y que me parece lamentable que todavía no haya sido traducida al español. La única obra de Lamy que pude ubicar en nuestra lengua es La otra historia de los Templarios, publicada en 2006. Sin embargo, durante mi búsqueda me topé con un ensayo breve e interesante de José Gregorio Parada, titulado Una mirada al mundo religioso de Julio Verne, que incluso le mereció un premio literario en dicho género, en 2005.

La razón por la que he dilatado tanto en esta lectura, no se debe a su complejidad o al empleo de un lenguaje abstruso, por el contrario, me ha resultado de lo más amena, sin embargo, también ha estimulado mi deseo de investigar algunos de los aspectos que plantea. Por ejemplo, en el tercer capítulo, elabora una tabla que establece un minucioso paralelismo entre Las Indias negras (también conocida como La ciudad subterránea), con la ópera La flauta mágica, de Mozart, desde la perspectiva de que ambas fueron obras iniciáticas de la masonería. Me apena admitir mi ignorancia con respecto a la filiación masónica de Mozart, que según entiendo nunca ocultó, pero eso me sucede por andar creyendo que una película como Amadeus estaba apegada a su vida. Nada más lejano de la verdad. La obra teatral de Peter Shaffer que dio lugar a la respectiva adaptación fílmica, no tenía carácter biográfico, sino que a su vez se inspiraba en un breve drama, Mozart y Salieri, de Aleksandr Pushkin, escrito en 1830, cinco años después de la muerte de Salieri, y también sirvió como base del libreto de la ópera del mismo nombre de Rimsky-Korsakov.

Wolfgang Amadeus Mozart ingresó en la logia masónica de Viena a finales de 1784, con grado de aprendiz, y a principios del año siguiente ya era maestro. El caso es que entre los masones se suele considerar a La flauta mágica como su trabajo más hermoso -su escenografía está repleta de símbolos-, y Lamy sugiere que tal vez esa sea la razón por la que Verne, en su novela Los hijos del capitán Grant, permite que el personaje del geógrafo francés Santiago Paganel, nombre probablemente inspirado en el propio Papageno de La flauta mágica, escuche en el desierto el aria Il mio tesoro tanto, de Don Juan, y exclame: "Esa sublime inspiración del maestro de maestros", subrayando la admiración de sobra conocida que Verne siempre manifestó por Mozart.

Debo haber visto La flauta mágica hecha película por Ingmar Bergman, durante su estreno, que debió acontecer en la Muestra Internacional de Cine de la ciudad de México, en 1976. Desde entonces no la había vuelto a ver. De manera que me puse a buscarla y la encontré en el espléndido catálogo de Criterion, así como otra versión filmada de una representación en vivo, que tuvo lugar en Ludwigsburger, Alemania, en 1992. Tuve la oportunidad de obtener ambas a través de la biblioteca pública de Vancouver. Sin embargo, una vez relatado lo anterior, es fácil imaginarse el tiempo que me ha tomado ir avanzando en cada capítulo, ya que no me he conformado con la referencia de Lamy, sino que he procurado, en lo posible, obtener las obras que menciona, para confrontar o corroborar lo que está señalando y a su vez establecer el contexto en que acontece. La consecuencia es que todavía me encuentro leyendo el libro en cuestión.

Sin embargo, además de expresar el motivo de este retraso, también he querido aprovechar para ocuparme de Rudolf Glauer, mejor conocido como Rudolf von Sebottendorf, iniciador de la Sociedad de Thule, quien aparece en el capítulo trece, Noche y Niebla -con el que culmina la cuarta parte: Alguna vez fue rey de Thule-, por su curiosa relación con México. De esto me ocuparé mañana martes.
 
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a la escena del jardín con la Esfinge bajo la luz de la luna, segundo acto, escena 3, de La flauta mágica, diseñada por Karl Friedrich Schinkel, en 1816.

martes, 18 de enero de 2011

Páginas ajenas: NIEVE, de Orhan Pamuk



(Fragmentos del capítulo 1: El silencio de la nieve. El viaje a Kars)

El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo que sentía en su interior el silencio de la nieve.
...
Con la mirada clavada en el cielo, que se veía más luminoso que la tierra según caía la noche, no consideraba los copos cada vez más grandes que esparcía el viento como signos de un desastre que se aproximaba sino como señales de que por fin habían regresado la felicidad y la pureza de los días de su infancia.
...
Sentía que la extraordinaria belleza de la nieve que caía le provocaba más alegría incluso que la visión de Estambul años después. Era poeta, y en un poema escrito años atrás y muy poco conocido por los lectores turcos había dicho que a lo largo de nuestra vida sólo nieva una vez en nuestros sueños.

Mientras la nieve caía pausadamente y en silencio, como nieva en los sueños, el viajero sentado junto a la ventana se purificó con los sentimientos de inocencia y sencillez que llevaba años buscando con pasión y creyó, optimista, que podría sentirse en casa en este mundo.
...
Cuando el autobús llegó a las nevadas calles de Kars a las diez, con tres horas de retraso, Ka fue incapaz de reconocer la ciudad. No pudo descubrir donde estaban ni el edificio de la estación que había aparecido frente a él el día de primavera en que había llegado veinte años atrás en un tren de vapor ni el hotel República, con teléfono en todas las habitaciones, al que le había llevado el cochero después de pasearle por toda la ciudad. Todo parecía haber sido borrado, haber desaparecido bajo la nieve.
...
A medianoche, con el pijama ya puesto y antes de meterse en la cama, entreabrió ligeramente las cortinas. Contempló cómo los enormes copos de nieve caían sin cesar.



Orhan Pamuk (Turquía, 1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.

La ilustración corresponde a una fotografía de Estambul,
durante las espesas nevadas que tuvieron lugar en Turquía, en 2008.

lunes, 17 de enero de 2011

Literatura y nieve


Según algunas de las diversas interpretaciones y glosas de la Biblia, dicen que Dios creó la Tierra con la nieve que se encontraba debajo de su trono divino, arrojando parte de ella a las aguas, que se helaron y después se convirtieron en polvo. Otros suponen que entretejió dos madejas, una de fuego y otra de nieve para crear el mundo; y dos más, de fuego y agua, para crear los Cielos. También hay quienes sostienen que los Cielos fueron hechos solamente con nieve. Por supuesto que cualquier explicación científica resulta más verosímil, aunque sin duda carece de la fantasía poética con que todas las mitologías de la humanidad intentan describir el origen del mundo.

Hace unos días me ocupaba de las frases relativas a la nieve escritas por algunos poetas. En esta ocasión lo haré con aquellas obras que ya cargan la nieve desde su título. Identifico a cuatro premios Nobel: William Faulkner, Yasunari Kawabata, Gabriel García Márquez y Orhan Pamuk. Se dice que los primeros intentos de Faulkner por publicar su cuento Nieve, tuvieron lugar en 1942, y sólo se le conoció hasta que apareció editado en el volumen Relatos (Uncollected Stories), después de su muerte, en 1979. Considero que El país de la nieve, del japonés Kawabata, es la gran obra maestra sobre el tema. No sólo se trata de una novela excepcional, sino que la nieve es, más que un elemento, un personaje omnipresente. Uno de los Doce cuentos peregrinos de García Márquez se llama El rastro de tu sangre en la nieve. La novela de Pamuk se titula, de manera por demás precisa y lacónica: Nieve.

Otras obras dignas de mención serían La nieve está de luto, del francés de origen armenio Henri Troyat; La nieve estaba sucia, de Georges Simenon, belga que escribía en lengua francesa; para no dejar el género, Ángeles en la nieve, novela policiaca de James Thompson, estadounidense radicado en Finlandia; de las mismas latitudes es el sueco Johan Theorin, autor de La tormenta en la nieve, segundo título de El cuarteto de Öland.

Las estaciones del año y la nieve quedan consignadas en Nieve de primavera, del japonés Yukio Mishima, volumen inicial de otra tetralogía, en este caso El mar de la fertilidad; y la muy breve Nieve en otoño, de la rusa Iréne Némirovsky.

En cuanto a los títulos en idioma español destacan La nieve del almirante, de Álvaro Mutis; El perjurio de la nieve, de Adolfo Bioy Casares; Soñé que la nieve ardía, de Antonio Skármeta; El manuscrito de nieve, de Luis García Jambrina, que se ocupa del autor de La Celestina, Fernando de Rojas; Nieve y silencio, de David Lorenzo Magariño; De cómo llegó la nieve, de Antonio Tello; y Nieve sobre Oaxaca, del mexicano Gerardo de la Torre.

No pretendo que esta sea, de ninguna manera, una relación exhaustiva al respecto, pero creo que recoge autores muy significativos. Para terminar, un párrafo de Jorge Luis Borges, aunque su cuento Ulrica no lleve la nieve en el título, si cae con ímpetu en su conclusión:

"Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica".

jueves, 13 de enero de 2011

Sobre la nieve



El martes por la noche empezó a nevar, ayer amaneció con la blancura del invierno. Por una extraña razón que ni siquiera he intentado explicarme, la nieve me provoca cierta euforia. De nuevo me remito -como tantas otras veces-, a mi amiga de la infancia, Clara Martha, quien compartía conmigo la anécdota de su primer contacto con la nieve en fecha reciente. No me sorprende, puesto que ella nació y siempre ha vivido en el tórrido Tampico, puerto del Golfo de México al sur de la línea imaginaria del Trópico de Cáncer. Estoy seguro de que habrá quienes mueren sin haber presenciado la nieve al caer. Cuando mi querida amiga me expresaba la emoción que le provocó, pensé que entonces no debo ser el único entusiasta del vapor congelado que da origen a los copos de nieve. Silenciosos porque están compuestos de aire que amortigua el sonido y sólo un mínimo de agua. Tal vez a eso se deba que las nevadas tengan cierto aliento poético, hasta mágico.

Platón en uno de sus célebres Diálogos, el que corresponde a Timeo, que se refiere a la Naturaleza, establece: "Cuando el agua se ha solidificado totalmente, si está en lo alto sobre la tierra se llama granizo; si se encuentra directamente encima de la tierra, hielo. Cuando aún no se ha hecho del todo sólida, la que está en lo alto sobre la tierra se denomina nieve y la que está directamente encima de la tierra, surgida del rocío, escarcha."

Según algunas de las diversas interpretaciones y glosas de la Biblia, dicen que Dios creó la Tierra con la nieve que se encontraba debajo de su trono divino, arrojando parte de ella a las aguas, que se helaron y después se convirtieron en polvo. Otros suponen que entretejió dos madejas, una de fuego y la otra de nieve para crear el mundo; y dos más, de fuego y agua, para crear los Cielos. Pero están también quienes sostienen que los Cielos fueron hechos solamente con nieve.

"Admirando la nieve, semejante a las mujeres desnudas", dijo Guillaume Apollinaire en su célebre brindis-poema leído en la boda de su amigo André Salmon, el 13 de julio de 1909. "Ven, noche; ven, Romeo tú que eres mi día en medio de esta noche; tú que ante sus tinieblas pareces un copo de nieve sobre las negras alas del cuervo", pide Julieta en la escena segunda del tercer acto de la obra de Shakespeare. "Tus ojos son de donde la nieve no ha manchado la luz", celebraba Luis Cernuda, mientras que para el legendario Li Po: "El cielo es ciego de nieve".

A la pregunta ¿qué es la nieve?, reponden los poetas: "La nieve es una metáfora", diría Erika Burkhart y "la nieve es tu rostro", escribió el canadiense Jean Royer. "Nieva por última vez este año", advertía el rumano Traian Cosovei para concluir "y cada copo es ángel caído que truena sobre los tejados". En cambio José Emilio Pacheco asegura que "La nieve no quiere decir nada. Es sólo una pregunta que deja caer millones de signos de interrogación sobre el mundo", tal vez todo lo anterior sirviera al poeta español Santos Domínguez: "Para explicar la nieve".

Rubén Darío en su Divagación, habla de una "luz de nieve" y en otro poema también decía que "la nieve cae en copos, sus rosas transparentes cristaliza". No fue el único que se animó a  establecer una relación entre flores y nieve, Oscar Wilde describe a la amada ya muerta: "Semejante al lirio, blanca como la nieve", mismo dramatismo al que recurre Federico García Lorca en su lamento: "La nieve cae de las rosas pero la del alma queda." Por su parte, Alfonsina Storni al referirse a las acacias escribió: "Me perfuman las manos sus pétalos de nieve".

Tanto Pablo Neruda como Walt Whitman describieron las olas del mar con la analogía de la nieve. En su Canto General, escribió el primero: "en blanca espuma, como herida nieve", mientras que Whitman, en el poema Con el reflujo del océano de la vida, decía: "espuma blanca como la nieve, burbujas."  El danés Jörgen Nash irá más lejos: "Porque buscabas los copos blancos de nieve del océano y los hallaste en la profundidad de las aguas vivas". Al sueco Tomas Tranströmer corresponde: "Nieve cayendo en el mar de grafito".

Según el poeta chileno Rodrigo Palomino, "la ceniza del sueño es el origen de la nieve", el franco-ruso Henri Troyat decía que "La nieve es más limpia en mis sueños", en tanto que el danés Thomas Boberg se asume "soñando con nieve". Para Edith Södergram, delicada poeta de tantas naciones*: "la gran blancura es melancólica como el crepúsculo en la nieve"; cuando el polaco Czeslaw Milosh se encuentra "Contemplando de nuevo extasiado la blancura de un jardín tras la primera nevada", esa "nieve verdadera a la que siempre estuvimos esperando", confiesa el ruso Yevgueni Yevtushenko quien en otro de sus poemas agrega: "Cae la nieve pura como si resbalara por hilos", y bien podría precisar T. S. Eliot: "cubriendo la tierra con nieve olvidadiza"; porque "Mi día es la nieve: cae suavemente. Mi herida tierra se cubre de nieve ligera", añadaría el finés Thomas Anhava, para viajar hasta Nueva Zelanda donde Fleur Adcock compara "el chal de su blancura" con "lejanos montones de lana". No sería justo olvidar "Yo, lobo estepario, troto y troto, la nieve cubre el mundo", en el poema de Hermann Hesse que lleva el mismo título que su novela.

"Sobre la nieve se oye resbalar la noche", asegura Vicente Huidobro; "Caen las silenciosas sombras blancas de nieve", le secunda con sutileza Xavier Villaurrutia, por eso Quijada Urías describe la nieve como "el silencio en su ser, pleno y vestido de blanco", a lo que Sylvia Plath replicaba: "las pizcas de nieve, sus pedazos de oscuridad"; para proseguir con un "polvo de nieve", del también estadounidense Robert Frost, como si hubiese "nieve en el aire", remata Bo Carpelan desde Finlandia. "Desde el fondo del espejo, devuélveme la nieve", clamaba el rumano Constantin Severin. Y del poeta olvidado, Gilberto Owen, es este párrafo: "Hay demasiado trópico en la nieve de la colina almohada de tu seno"; mismo tono con que el sueco Werner Aspenström reconoce: "He bebido un vino de nieve, amo a una mujer de nieve."

"¿Pero dónde está la nieve de aquellos años?", pregunta con insistencia el formidable aventurero medieval Francois Villon a lo que Matsuo Basho añade: "La nieve que vimos caer ¿Es otra este año?". Ya para concluir, de la misma manera que comenzamos, una frase de otro poeta surrealista, en este caso André Breton: "la historia cae afuera, como la nieve". Mientras que el rumano Ion Vinea pide: "Que me sean tus manos las últimas, las que preparan las nieves del primer silencio para el corazón"; y mejor aquí lo doy por terminado, antes de que vaya a suceder lo que en el poema de la austríaca Ingeborg Bachmann: "Debo decirte que la palabra se derritió con la última nieve en el jardín".


Jules Etienne

* Aunque Edith Södergran nació en San Petersburgo, Rusia, porque su padre, de nacionalidad sueca, trabajaba ahí para una empresa de Alfred Nobel, nunca escribió en ruso y su trabajo poético fue realizado en sueco y alemán. Sin embargo, se le considera finlandesa por haber radicado muchos años en ese país.

miércoles, 12 de enero de 2011

Epigrama: ENERO


Otro año que comienza

con la serenidad de la nieve,

noches extensas y luz leve.

Días nimbados por la esperanza.


Jules Etienne

martes, 11 de enero de 2011

Páginas ajenas: EL HALCÓN MALTÉS, de Dashiell Hammett


(Fragmento)

- Este va a ser, señor mío, el relato más asombroso que haya usted oído; y lo digo a sabiendas de que un hombre que descuelle en su profesión debe de haber oído cosas muy fuera de lo corriente con el correr de los años.

Spade inclinó la cabeza cortésmente.

El hombre gordo arrugó los ojos y preguntó:

- ¿Qué sabe usted, señor mío, de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, más tarde llamados Caballeros de Rodas y por otros nombres?

Spade alzó el puro en el aire.

- No mucho. Sólo lo que recuerdo de cuando estudiaba historia en el colegio. Eran cruzados, o algo así.

- Muy bien. ¿Recuerda usted que Solimán el Magnífico los echó de Rodas en 1523?

- No.

- Pues lo hizo, señor mío, lo hizo, y entonces se establecieron en Creta. Allí permanecieron siete años, hasta que en 1530 persuadieron al emperador Carlos V a que les cediera -y Gutman alzó tres hinchados dedos y contó de uno a tres- Malta, Gozo y Trípoli.

- ¿Sí?

- Sí, pero con estas condiciones: que tendrían que pagar al emperador un tributo anual consistente en un -alzó el dedo- halcón como reconocimiento de que Malta seguía bajo el dominio de España. ¿Comprende? El emperador se la cedía, pero únicamente a condición de que la habitaran, no pudiendo cederla o venderla a nadie.

- Sí.

El hombre gordo volvió la cabeza y miró sucesivamente a las tres puertas cerradas, acercó su sillón a unas cuantas pulgadas de distancia del de Spade y bajó la voz hasta que se convirtió en un ronco murmullo.

- ¿Tiene usted idea acerca de la riqueza, de la enorme riqueza, de la incalculable riqueza de la Orden en aquellos tiempos?

- Si no recuerdo mal -dijo Spade- tenían bien cubierto el riñón.

Sonrió Gutman indulgente.

-Bien cubierto, señor mío, se me antoja una expresión excesivamente moderada.

El susurro de su voz se hizo aún más bajo y cuchicheante:

- Nadaban en riquezas. No tiene usted idea. Ni usted ni nadie. Llevaban años y más años cogiéndoles botín a los sarracenos, y había llegado a atesorar lo que nadie sabe en gemas, metales preciosos, sedas, marfiles..., lo mejor del Oriente. Esto, señor mío, es pura historia. Todos sabemos que para ellos, y también para los Templarios, las guerras santas eran en gran medida una cuestión de botín. Pues bien, el emperador Carlos les cede Malta, y todo el censo que les pide es la entrega de un miserable pájaro al año. ¿No es muy natural que aquellos caballeros incalculablemente ricos buscaran alguna manera de expresar su agradecimiento? Y eso, señor mío, es precisamente lo que hicieron. Se les ocurrió la feliz idea de pagar a Carlos el tributo correspondiente al primer año, no con un ruin pájaro de plumas y carne, sino con un maravilloso halcón de oro, embellecido de la cabeza a las patas con las más finas joyas que hallaron en sus arcas. Y no olvide, señor mío, las tenían maravillosas: las mejores, las más ricas llegadas del Asia.


La ilustración corresponde al cartel Los personajes de El Halcón Maltés,
de Owen Smith, creados para la exposición sobre Dashiell Hammett
organizada por la municipalidad de San Francisco, California, en 2008.

lunes, 10 de enero de 2011

Dashiell Hammett: UN CINCUENTENARIO


Ahora forma parte del lenguaje coloquial de cualquier lector el término de novela negra, por eso resulta un tanto inusitado cuestionarse: ¿cuándo se empezó a utilizar? Se percibe tan familiar que ya no parece interesarnos lo relativo a su origen. Con mayor razón cuando contagió con tanta fortuna al cine, al grado de que lo volvió uno de los géneros de culto más respetados. Ningún cinéfilo que se precie de serlo puede deambular por la vida sin conocer El halcón maltés. El nombre de Sam Spade de inmediato nos remite a Humphrey Bogart. Pero la obra de Dashiell Hammett es bastante más que una novela que inspiró la película dirigida por John Huston en 1941 y que fuera protagonizada por uno de los mayores íconos en la historia del cine.

En el libro de aliento biográfico Dashiell Hammett, una hija recuerda, de Jo (diminutivo por Josephine) Hammett, ella se pregunta si la salud de su padre no se hubiera quebrantado tanto, si no hubiese sido contagiado por la influenza cuando se enlistó en el ejército durante la primera guerra mundial, ¿de todos modos hubiese sido escritor? O nos habríamos privado de la lectura de novelas como La cosecha roja y el cine carecería de uno de sus clásicos y de la afortunada serie de El hombre delgado (The Thin Man).

Hammett renovó la novela policiaca tradicional, divertimento basado en la observación que se resolvía a través del método deductivo, para desplazarlo por una renovada lógica de la acción, la que mejor reflejaba la realidad urbana de la ley seca y la gran depresión -con el respectivo colapso de los principios que habían regido en la sociedad estadounidense hasta entonces-, cuando la lucha por la supervivencia se inscribe en el marco de una ética del absurdo en la que distinguir el bien del mal deviene en un asunto aleatorio y los personajes sólo intentan mantenerse con vida: "Cuando no se ha fijado el rumbo, ni siquiera se necesita una brújula. Con la vida a la deriva, la única intención es mantenerse a flote".*

Su primera novela fue publicada en 1929, de la que André Gide señalaba en su diario, en 1943, al otro lado del Atlántico: "... en La cosecha roja, esos diálogos conducidos con mano maestra, son para enfrentarlos con Hemingway y hasta con Faulkner, todo el relato es de una habilidad y un cinismo impecables. En ese género es lo más notable que he leído." El poeta Luis Cernuda incluso fue más lejos al afirmar que "en sus mejores momentos nos parece superior" a los propios Hemingway y Faulkner.

Sin embargo, no deja de ser curioso lo que su hija admite: "Aunque nunca lo dijo, papá estaba profundamente decepcionado de sí mismo. Él quería ser reconocido como un autor serio, lo mismo que sus amigos con los que se tomaba sus tragos -los Faulkners, los Fitzgeralds. Pero pensaba que nunca lo consiguió. A pesar de que sabía que era bueno en lo que hacía, tal vez el mejor. Ciertamente fue uno de los más imitados. He tenido tanta influencia en la literatura americana como cualquiera, decía. Una copia manuscrita de El simple arte de matar, de Raymond Chandler, un tributo sincero y elocuente a su obra, fue una de las pocas posesiones personales que siempre conservó. Estaba muy orgulloso de su trabajo, pero hubiera querido hacer más."

Hombre congruente con sus ideas, Hammett tuvo el valor de comparecer ante el Comité de actividades antiamericanas que encabezaba el perverso senador McCarthy, y lo afrontó con gran dignidad. El proceso quedaría plasmado en Tiempo de canallas, escrito por Lillian Hellman, quien fuera su pareja durante buena parte de su vida. Al final fue condenado a seis meses de prisión por negarse a proporcionar información.

El 8 de enero de 1961, a las cuatro de la mañana, Lillian Hellman recibió una llamada del hospital. Hammett se encontraba muy mal. Ya no eran sólo el enfisema y el cáncer de pulmón con sus complicaciones cardíacas, sino que además presentaba un cuadro de neumonía. Se vistió de prisa y tomó un taxi. Al llegar junto a él, la enfermera, pensando que su muerte era inminente, le pidió que le gritara al oído para ver si reaccionaba. Sorprendido, todavía alcanzó a abrir los ojos y la miró con una profunda expresión de terror. Trató de alzar su cabeza pero ya no pudo. Nunca volvió a recuperar la conciencia. Murió a las siete de la mañana del 10 de enero. Hoy se cumplen cincuenta años de eso. Había nacido el 27 de mayo de 1894. Samuel Dashiell Hammett era su nombre completo. Es decir Sam, lo mismo que Spade.


* párrafo extraido de la novela Decir Adiós es morir un poco (página 99).

(La traducción del inglés de los fragmentos de Dashiell Hammett, una hija recuerda,
son de mi autoría)

viernes, 7 de enero de 2011

Páginas ajenas: TODO LO APRENDÍ DE QUIEN NUNCA FUE AMADO..., de Julio Llamazares


Todo lo aprendí de quien nunca fue amado:
la nieve y el silencio
y el grito de los bosques cuando muere el verano.
O aquella canción celta que Kerstin me cantaba:

¿Quién puede navegar sin velas? ¿Quién puede remar sin remos?
¿Quién puede despedirse de su amor sin llorar?

Pero ahora ya la nieve sustenta mi memoria. Y el silencio se espesa
tras los bosques doloridos y profundos del invierno.

Por eso puedo navegar sin velas. Por eso puedo remar sin remos.

Por eso puedo despedirme de mi amor sin llorar.


Julio Llamazares (España, 1955)

lunes, 3 de enero de 2011

TEXTOS, MENTIRAS Y VIDEOS


Aprovechando los propósitos de año nuevo, recibí este 2011 que recién comienza, con un nuevo proyecto sobre cine: Textos, mentiras y videos, en donde intento complementar el actual sobre literatura. De manera que la invitación para visitarlo está abierta, es apenas una idea en construcción, por lo que las opiniones, sugerencias y comentarios, serán recibidos con el gusto de saber que se han detenido a leerlo. Espero que les agrade y aprovecho para expresarles tanto a lectores como seguidores de este blog, mi agradecimiento por tomarse el tiempo para visitarlo.