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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

viernes, 29 de abril de 2011

Palabras bastardas: consecuencia de la globalización



Cuando me ocupaba del texto relativo a la novela ¿Quién censuró a Roger Rabbit?, acudí al empleo de un anglicismo en su traducción literal: bastardización, porque si bien la Real Academia acepta el verbo en español bastardear, el vocablo no es muy común en nuestra lengua, ya que nosotros recurrimos más bien otras expresiones como sería el caso de adulterar, deformar, falsificar o pervertir, por citar sólo algunas. Pero en inglés, debido a que bastard es un insulto de uso cotidiano, la palabra se vuelve más coloquial e incluso conlleva una cierta dosis de agresividad.

Hará unos tres años que mi amigo Raúl Herrera y yo solíamos reunirnos semanalmente en un café y antes de iniciar nuestras conversaciones sobre cualquier tema, discutíamos alguna palabra en inglés cuya grafía era similar a la del español, pero su significado diferente, lo cual suele crear confusiones entre los hispanos que radicamos en países angloparlantes. Estuvimos creando durante una época lo que yo denominaba nuestro diccionario de hominimias bilingües.

Tal vez el ejemplo más claro sea el de la palabra library, que significa biblioteca, pero que a fuerza de leerla tan parecida a librería en español, es muy común encontrarse con personas que se refieren a la biblioteca pública como "la librería", cuando en realidad el equivalente sería bookstore: un lugar en el que se venden libros.

Una de las palabras de uso común, sobre todo entre los locutores de la radio y la televisión en español, es la traducción de la palabra success, que significa éxito. Ya que no dicen "resultó un éxito", sino "resultó un suceso", por un traslado incorrecto de la palabra desde su idioma original. Un amigo mexicano me decía hace poco: "me invitaron a ver sus facilidades". Cuando en realidad se refería a instalaciones, que es el significado en español de facilities. También conozco a varios centroamericanos que le llaman "carpeta" a la alfombra, debido a que en inglés se dice carpet.

El caso de la palabra bizarre, es muy interesante. Su constante empleo en inglés ha provocado que también en español se aplique con la connotación de fantástico y hasta grotesco, cuando según la Real Academia, el significado correcto de bizarro es valiente y esforzado, y en segundo término también puede ser generoso y ¡lúcido!, lo cual vendría a resultar casi un antónimo de lo que es el término en lengua inglesa.

La lista es mucho más amplia de lo que uno se imagina a primera vista, y sólo a través del habla cotidiana lo va descubriendo. Desafortunadamente nos ganaron otras ocupaciones y hasta dejamos de reunirnos como lo hacíamos -este fin de semana, por ejemplo, optamos por ver alguna película-, y nuestro proyecto se ha ido perdiendo en el olvido, aunque todavía conservamos una lista con más de cincuenta palabras.

El internet también ha aportado abundantes barbarismos como puede ser, por ejemplo, "accesar", que se toma de la indicación en inglés access, y que en español puede ser "tener acceso" o "acceder", pero nunca "accesar". Y lo mismo podría decirse de "checar", puesto que el verbo correcto es "chequear", un anglicismo que proviene del verbo to check, que a su vez significa comprobar. Pero al menos con dichos términos el sentido sigue siendo el mismo y no como sería el caso de otras palabras, por ejemplo argument, que no es argumento, sino discusión, o exit, que lejos de significar éxito, como uno podría imaginarse, quiere decir salida. Como la que estoy haciendo ahora.


En la ilustración correspondiente se aprecia se manera muy clara la palabra lemon, en inglés, que en realidad significa lima y no limón. En cambio lime es un limón. Por lo tanto lo que en español es una limonada, en inglés es limeade y no limonade.

jueves, 28 de abril de 2011

Páginas ajenas: ABRIL FLORECÍA, de Antonio Machado


Abril florecía

frente a mi ventana.

Entre los jazmines

y las rosas blancas

de un balcón florido,

vi a las dos hermanas.

La menor cosía,

la mayor hilaba...

Entre los jazmines

y las rosas blancas,

la más pequeñita

risueña y rosada

¿su aguja en el aire?,

miró a mi ventana.

La mayor seguía

silenciosa y pálida,

el huso en su rueca

que el hilo enroscaba.

Abril florecía

frente a mi ventana.

Una clara tarde

la mayor lloraba,

entre los jazmines

y las rosas blancas,

y ante el blanco lino

que en su rueca hilaba.

¿Qué tienes?, le dije,

silenciosa y pálida

señaló el vestido

que empezó la hermana.

En la negra túnica

la aguja brillaba;

sobre el velo blanco,

el dedal de plata.

Señaló la tarde

de abril que soñaba,

mientra se oía

tañer de campanas.

Y en la clara tarde

me enseñó sus lágrimas...

Abril florecía

frente a mi ventana.

Fue otro abril alegre

y otra tarde plácida.

El balcón florido

solitario estaba...

Ni la pequeñita

risueña y rosada,

ni la hermana triste,

silenciosa y pálida,

ni la negra túnica,

ni la toca blanca...

Tan sólo en el huso

el lino giraba

por mano invisible,

y en la oscura sala

la luna del limpio

espejo brillaba...

Entre los jazmines

y las rosas blancas

del balcón florido,

me miré en la clara

luna del espejo

que lejos soñaba...

Abril florecía

frente a mi ventana.

domingo, 24 de abril de 2011

Páginas ajenas: ABRIL ROJO, de Santiago Roncagliolo



Almorzó un pan con pollo en un puesto callejero y luego fue a la fiscalía. En la iglesia de Santo Domingo, los fieles formaban colas con algodones en la mano para limpiar las heridas de la imagen del Señor del Santo Sepulcro. El fiscal imaginó todas esas manos, una tras otra, tocando las llagas de Cristo. (Página 248)

Secándose las lágrimas en los ojos, el fiscal salió a la calle. En cada esquina de la plaza atestada se quemaba la retama del domingo anterior. En la catedral, la imponente pirámide blanca de la Resurrección empezaba a asomar por la puerta, entre los fuegos artificiales. Sobre cada una de sus gradillas llevaba cirios encendidos. El fiscal se confundió entre la gente. Lentamente, desde el interior de la pirámide, fue emergiendo Cristo resucitado entre aplausos del pueblo. Más de trescientas personas empezaron a pasar el anda de hombro en hombro alrededor de la plaza. Cuando el anda llegó a sus hombros, Chacaltana se persignó y dijo mentalmente una oración. Al fondo entre los cerros secos, el sol insinuaba las primeras luces de un tiempo nuevo. (Página 284)



La ilustración corresponde a una fotografía del domingo de resurrección en Ayacucho, Perú.

sábado, 23 de abril de 2011

El 23 de abril: ENTRE CERVANTES Y SHAKESPEARE

 
William Shakespeare nació un 23 de abril, y murió 52 años después, en esa misma fecha, en 1616. Si ha eso se añade que Miguel de Cervantes también falleció ese día -hay quienes dicen que el 22, pero debido a que fue cuando se llevó a cabo su funeral, suele considerarse como su aniversario luctuoso-. Por dichas razones, la Unesco lo designó como el Día Internacional del Libro, que tiene lugar año con año, cada vez en un mayor número de países.
 
Recuerdo haber leído, hace mucho tiempo, una entrevista con Carlos Fuentes en la que aseguraba mantener la costumbre de leer fragmentos del Quijote durante la semana santa, como una suerte de ejercicio espiritual secular. Calculo que muy pocas veces habrá coincidido con los llamados días santos, lo cual hace que el hábito de Fuentes adquiera una dimensión casi ritual, como ha sucedido este año. Este es un soneto que le dice la señora Oriana a Dulcinea del Toboso, el ideal femenino que inspiraba a Alonso Quijano durante sus correrías:

"¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,/ por más comodidad y más reposo,/ a Miraflores puesto en el Toboso,/ y trocara sus Londres con tu aldea!/ ¡Oh, quién de tus deseos y librea/ alma y cuerpo adornara, y del famoso/ caballero que hiciste venturoso/ mirara alguna desigual pelea!/ ¡Oh, quién tan castamente se escapara/ del señor Amadís como tú hiciste/ del comedido hidalgo don Quijote!/ Que así envidiada fuera, y no envidiara,/ y fuera alegre el tiempo que fue triste,/ y gozara los gustos, sin escotes."

También en esta fecha, en 1850, murió el poeta inglés William Wordsworth, uno de cuyos trabajos más recordados es su Oda a la inmortalidad, a la que corresponde este hermoso fragmento de Esplendor en la hierba:

"Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba, aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, pues encontraremos fuerza en el recuerdo, en aquella primera simpatía que, habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre, en los consoladores pensamientos que brotaron del humano sufrimiento y en la fe que mira a través de la muerte. Gracias al corazón humano, por el cual vivimos, gracias a sus ternuras, a sus alegrías, y a sus temores la flor más humilde, al florecer, puede inspirarme ideas que, a menudo, se muestran demasiado profundas para las lágrimas."

El 23 de abril, sin embargo, le pertenece a William Shakespeare puesto que fue cuando tuvieron lugar tanto su nacimiento como su muerte. No me queda más que incluir mañana un poema suyo a manera de homenaje.


Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a la tumba de Shakespeare en la iglesia de la Santa Trinidad en Stratford upon Avon.

jueves, 21 de abril de 2011

Páginas ajenas: EL LABERINTO DE LA SOLEDAD, de Octavio Paz


(Fragmento del capítulo Los hijos de la Malinche)


Finalmente, no existe una veneración especial por el Dios padre de la Trinidad, figura más bien borrosa. En cambio, es muy frecuente y constante la devoción a Cristo, el Dios hijo, el Dios joven, sobre todo como víctima redentora. En las iglesias de los pueblos abundan las esculturas de Jesús -en cruz o cubiertas de llagas y heridas- en las que el realismo desollado de los españoles se alía al simbolismo trágico de los indios: las heridas son flores, prendas de resurrección, por una parte y, asimismo, una reiteración de que la vida es la máscara dolorosa de la muerte.

El fervor del culto al Dios hijo podría explicarse, a primera vista, como herencia de las religiones prehispánicas. En efecto, a la llegada de los españoles casi todas las grandes divinidades masculinas -con la excepción de Tláloc, niño y viejo simultáneamente, deidad de mayor antigüedad- eran dioses hijos, como Xipe, dios del maíz joven, y Huitzilopochtli, el "guerrero del Sur". Quizá no sea ocioso recordar que el nacimiento de Huitzilopochtli ofrece más de una analogía con el de Cristo: también él es concebido sin contacto carnal; el mensajero divino también es un pájaro (que deja caer una pluma en el regazo de Coatlicue); y, en fin, también el niño Huitzilopochtli debe escapar de la persecución de un Herodes mítico. Sin embargo, es abusivo utilizar estas analogías para explicar la devoción a Cristo, como sería atribuirla a una mera supervivencia del culto a los dioses hijos. El mexicano venera al Cristo sangrante y humillado, golpeado por los soldados, condenado por los jueces, porque ve en él la imagen transfigurada de su propio destino. Y esto mismo lo lleva a reconocerse en Cuauhtémoc, el joven Emperador azteca destronado, torturado y asesinado por Cortés.


La ilustración corresponde a la montaña sagrada de Coatépetl, lugar donde se integran el agua y el fuego en el que, según la leyenda azteca, nació Hutizilopochtli.

miércoles, 20 de abril de 2011

Morir en abril


La lista de escritores fallecidos en abril debe ser tan extensa como en el resto del año, sin embargo, por una extraña coincidencia, las defunciones en este mes son de autores que alcanzaron mayor celebridad.

En orden de acuerdo con el día del mes, sin tomar en cuenta el año, la relación incluye los nombres de Émile Zola, Fernando de Rojas, Graham Greene, Max Frisch, Rómulo Gallegos, Isaac Asimov, Francoise Rabelais, Khalil Gibran, Jean de la Fontaine, Vladimir Maiakovski, Simone de Beauvoir, César Vallejo, Sor Juana Inés de la Cruz, Lord Byron, Mark Twain, Vladimir Nabokov, Guillermo Cabrera Infante, Daniel Defoe, Alejo Carpentier, Emilio Salgari y Séneca, entre otros.

Los ganadores del premio Nobel de literatura que murieron un mes de abril son: Saul Bellow, Erik Axel Karlfeldt, Yasunari Kawabata, Bjortjerne Bjornson y Octavio Paz, quien falleció el 19 de abril de 1998, es decir, ayer se cumplieron trece años de su muerte.

La coincidencia más curiosa se da el 23 de abril, cuando nació, en 1564, William Shakespeare, quien también murió un 23 de abril, de 1616. Esta última es también la fecha de la muerte de Miguel de Cervantes, aunque hay quienes precisan que en realidad tuvo lugar el 22 de abril de 1616 -es decir, en el mismo año que Shakespeare-, pero debido a que lo enterraron al día siguiente, siempre se ha conmemorado el 23 como su aniversario luctuoso.

Y en ese mismo día, también en 1616, falleció en Córdoba, España, el escritor peruano Inca Garcilaso de la Vega -mestizo cuyo nombre real era Gómez Suárez de Figueroa-, hijo ilegítimo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega, y por lo tanto, emparentado con el poeta toledano Garcilaso de la Vega, del llamado siglo de oro español. Por si fuera poco, también un 23 de abril, de 1850, murió el poeta inglés William Wordsworth.

En términos de obras, estamos hablando de los autores de La Celestina, Naná, Doña Bárbara, Lolita, El poder y la gloria, Robinson Crusoe, El siglo de las luces y País de nieve, pero, sobre todo, de Hamlet y El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, obras emblemáticas para las respectivas lenguas en que fueron escritas: el inglés y el español.

 
Jules Etienne

martes, 19 de abril de 2011

Páginas ajenas: JARDÍN, de Octavio Paz


Nubes a la deriva, continentes
sonámbulos, países sin substancia
ni peso, geografías dibujadas
por el sol y borradas por el viento.
 
Cuatro muros de adobe. Buganvilias:
en sus llamas pacíficas
mis ojos se bañan. Pasa el viento entre alabanzas
de follajes y yerbas de rodillas.
 
El heliotropo con sus morados pasos
cruza envuelto en su aroma. Hay un profeta:
el fresno -y un meditabundo: el pino.
El jardín es pequeño, el cielo inmenso.
 
Verdor sobreviviente en mis escombros:
en mis ojos te miras y te tocas,
te conoces en mí y en mí te piensas,
en mí duras y en mí te desvaneces.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 14 de abril de 2011

Eduardo Galeano, unos renglones sobre Tampico y ¡qué descaro de jurado!



Hace exactamente dos años, a mediados de abril de 2009, durante una reunión de mandatarios del continente, en la isla de Trinidad y Tobago, el controvertido Hugo Chávez le obsequió un libro a Barack Obama. Al día siguiente los cables noticiosos consignaban con sopresa que el citado libro había pasado del lugar 54,925 en ventas al sexto en un lapso de veinticuatro horas, lo cual le confiere una marca muy especial difícil de superar. Me recuerda, en cierta medida, lo acontecido en los años sesenta, cuando el presidente Kennedy, admitió en una entrevista que su lectura favorita eran las novelas de espionaje de Ian Fleming, protagonizadas por el entonces desconocido James Bond. Las consecuencias las podemos ver todavía en la actualidad. El regalo de Chávez fue una edición de La venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, que se publicó por primera vez en 1973. Ensayo que cuestiona de manera muy directa las consecuencias que la intervención, tanto estadounidense como europea, ha acarreado para dicha región. En mi época de estudiante era un libro de moda y lectura obligatoria.

Con el tiempo, a principios de la década de los noventa, me encontraba dirigiendo una revista de cine llamada Primer Plano, aventura en la que me acompañaba mi amigo Eduardo Marín Conde como subdirector. Como un paréntesis aprovecho para señalar que ha sido para mí un privilegio gozar de su amistad, el año pasado estuvo de visita en Vancouver -para definir de la manera más suscinta a Eduardo, puedo decir que es el amigo más leal que se pueda tener-. Durante nuestra experiencia con la revista, que no fue muy productiva en términos monetarios pero una de las más estimulantes y divertidas que he tenido a lo largo de mi vida, en alguna ocasión nos invitaron al festival de cine de Cartagena, Colombia. Como la revista no estaba en condiciones de costear el viaje de ambos, cada uno consiguió colocar colaboraciones en dos diarios: yo lo haría para el hoy desaparecido El Heraldo de México, gracias a mi amistad con Mauricio Peña, en tanto que Eduardo lo haría para el periódico deportivo Esto, aprovechando las relaciones de su padre, Fausto Marín, quien era un periodista muy respetado, director de El Sol de Hidalgo.

Una vez instalados en el hotel Caribe, de Cartagena, se nos unió Paul Lenti, un entrañable amigo, ya fallecido, quien radicaba en Nueva York y tenía a su cargo la sección latinoamericana para la influyente publicación de espectáculos Variety. Ahí nos enteramos de que se trataba de un festival al que acudían más escritores e intelectuales que estrellas de cine. Teníamos la oportunidad de desayunar en la mesa adjunta a la de Gabriel García Márquez, presidente honorario vitalicio del festival, y su amigo Carlos Fuentes. Con ellos se reunió en algunas ocasiones el presidente del jurado: Eduardo Galeano. Cuando el evento concluyó, no pudimos permanecer en el festejo de clausura por el horario de nuestro vuelo, ya que teníamos que hacer conexión en Bogotá para regresar a la ciudad de México. Recuerdo que Eduardo iba bastante indignado porque se le había otorgado el premio principal, la India Catalina de Oro, a la película cubana Mascaró, que a ambos nos había parecido un trabajo más bien mediocre. Cada uno entregó en sus repectivos periódicos la nota final comentando los premios y Eduardo manifestaba su desacuerdo con la decisión del jurado presidido por su tocayo Galeano. En el diario Esto, la persona responsable de asignar los encabezados a las notas, "el cabeceador" en la jerga periodística, tituló su artículo con un contundente y llamativo: "¡Qué descaro de jurado!". Eduardo se reía mucho de eso pero el caso es que nunca más nos volvieron a invitar al festival. Lo cual fue una lástima porque Cartagena es un lugar que disfruté de veras.

Para regresar con Las venas abiertas de América Latina y sus referencias a Tampico, que son el verdadero pretexto para justificar los párrafos anteriores, en sus páginas se reproduce el testimonio de Smedley D. Butler, un comandante de los marines en el retiro, quien admitía: "Y durante toda ese período me pasé la mayor parte del tiempo en funciones de pistolero de primera clase para los Grandes Negocios, para Wall Street y los banqueros. En una palabra, fui un pistolero de primera clase... Así, por ejemplo, en 1914 ayudé a hacer que México y en especial Tampico, resultasen una presa fácil para los intereses petroleros norteamericanos." Y más adelante, Galeano se vuelve a ocupar del asunto, con motivo de la expropiación petrolera: "El presidente Lázaro Cárdenas había nacionalizado las empresas, Nelson Rockefeller, que en 1930 se había graduado de economista escribiendo una tesis sobre las virtudes de su Standard Oil, viajó a México para negociar un acuerdo, pero Lázaro Cárdenas no dio marcha atrás. La Standard y la Shell, que se habían repartido el territorio mexicano atribuyéndole a la primera el norte y a la segunda el sur, no sólo se negaban a aceptar las resoluciones de la Suprema Corte en la aplicación de las leyes laborales mexicanas, sino que además habían arrasado los yacimientos de la famosa Faja de Oro a una velocidad vertiginosa, y obligaban a los mexicanos a pagar, por su propio petróleo, precios más altos que los que cobraban en Estados Unidos y en Europa por ese mismo petróleo. En muy pocos meses, la fiebre exportadora había agotado brutalmente muchos pozos que hubieran podido seguir produciendo durante treinta o cuarenta años. Le habían quitado a México -escribe O'Connor- sus depósitos más ricos, y sólo le habían dejado una colección de refinerías anticuadas, campos exhaustos, las pobrerías de la ciudad de Tampico y recuerdos amargos."

Este antecedente me permitirá ocuparme, más adelante, de un par de novelas de autores estadounidenses que mencionan a Tampico durante la época del auge petrolero: Paralelo 42, de John Dos Passos y Tampico, de Joseph Hergesheimer.



La ilustración corresponde a una fotografía de Eduardo Galeano en su casa de Montevideo.

miércoles, 13 de abril de 2011

Un paréntesis de agradecimiento



El 23 de julio del año pasado publiqué la primera entrada de este blog. Hoy, 13 de abril, se registró la visita numero diez mil. Ignoro si en las estadísticas de los blogs sea una cifra respetable o no. Para mí lo es, porque me indica que hay quienes tienen la curiosidad y la paciencia de leerme. Me han obsequiado el pretexto para expresar a quienes lo visitan, que les agradezco haberlo encauzado de una manera diferente a como originalmente fue concebido. Pretendía, cuando lo inicié, una especie de bitácora personal, reuniendo mis poemas con fragmentos de mis novelas, tiempo despúes me extendí a los fragmentos de las obras de otros autores y comentarios sobre las mismas. Decidí abrir otro blog para mis poemas, luego otro para mis epigramas... y hace poco uno más sobre cine. El caso es que he procurado que cada uno mantenga su propio estilo, diferente de los demás. Lo que nunca me propuse fue establecer una meta respecto al número de visitas. La cifra con que me han retribuido, diez mil en poco menos de nueve meses, me deja más que satisfecho. Lo que en principio escribía sólo por el gusto de hacerlo y la curiosidad de incorporarme al ciberespacio -que para mí, se encuentra más cerca de la magia que de la tecnología-, ahora sé que hay quienes se detienen a leerlo y no puedo menos que agradecerlo. De veras. También me ha servido para recuperar el contacto con personas de quienes tenía mucho tiempo sin noticias suyas, como ha sido el caso de Rubén Nava.


Ignoro los nombres y el lugar de residencia de la mayoría de los visitantes, pero algunos se han tomado el tiempo para registrarse como seguidores de Mitos y Reincidencias: el primero en anotarse fue Miguel Ángel Rivera, después le siguieron Moira, Carlos Franco, Rubén Nava, mi querida amiga de la infancia Clara Martha Paniagua, y más recientemente quien firma como eezv11 (parecen como las siglas de un agente secreto), que supongo habrá aterrizado en este espacio gracias a Laura Viadas, a quien le guardo la gratitud del entusiasmo con que recibió mi primera novela en los medios en los que escribe e incluso el haberme entrevistado a la distancia para su programa de radio. Y otros más, que sin estar registrados como seguidores, han dejado sus generosos comentarios en algunos de los textos, como ha sido el caso de Juan Kohrs, Antonio Lara, Esmeralda y Alonso Soto, quien lo hizo desde Chile, al otro extremo del continente. Elsa de la Torre tuvo a bien señalarme cuando por descuido omití la segunda parte del texto sobre la Epifanía y eso me permitió subsanar mi error.


Les reitero mi agradecimiento y además aprovecho para expresarles que me encuentro en completa disposición para abordar los temas que me sugieran, aquellos que les parezcan interesantes. Mañana jueves escribiré de nuevo con el ánimo que me da saber que me leen.

martes, 12 de abril de 2011

Tampico celebra su cumpleaños


Aunque la historia de sus orígenes se enreda con una villa fundada por Fray Andrés de Olmos en plena época de la conquista, en 1554, al sur del río Pánuco, por lo tanto en el estado de Veracruz, y que entre los nombres de Villa de San Luis y Pueblo Viejo de Tampico -en la actualidad todavía existe un lugar que mantiene el nombre de Pueblo Viejo-, toda esa historia fue borrada tras el saqueo del pirata Lorencillo. Solía decir mi primo Fernando Heftye, que nosotros, con el apellido Etienne, éramos de seguro descendientes de alguno de los bucaneros que acompañaron a Lorencillo a su paso por el puerto. Partiendo, claro, del supuesto de que al igual que el legendario Jacques Laffite, fuese francés. Pero Lorencillo se llamaba en realidad Laurent Graff, y era de origen holandés. Sin embargo, no me desagrada en lo absoluto la posibilidad de que mi abuelo hubiese mentido en cuanto a nuestra historia familiar y en realidad descendiéramos de un "pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo", diría Joaquín Sabina.
 
El caso es que en 1823, Antonio López de Santa Anna, a quien todavía le faltaban unos años para convertirse en su alteza serenísima, autorizó a un grupo de familias de la villa de Altamira, para que poblaran la ribera norte del río Pánuco, con lo cual nació Tampico: "hermoso, ¡oh! puerto tropical, tú eres la dicha de todo mi país", aseguraba Samuel M. Lozano, que ni siquiera era tampiqueño, puesto que nació en Puebla.
 
Hoy 12 de abril, día de San Julio, Tampico celebra: un desfile de carretas emprende el recorrido desde Altamira hasta la plaza que lleva el nombre de los Fundadores, en la escenificación simbólica del trayecto de los pioneros que arribaron al lugar. "Cuando anclemos en Tampico quédense un ratito quietas...", cantaba José Alfredo Jiménez -quien tampoco era de Tampico, ya que tuve la oportunidad de producir un programa televisivo de la serie Caminantes, desde la que fue su casa en Dolores, estado de Guanajuato-. Durante sus primeros años, la población sería conocida como Santa Anna de Tampico. La citada cabalgata se instituyó como emblema del festejo a partir de su sesquicentenario, en 1973, cuando se crearon las Fiestas de Abril y fueron organizadas desde el gobierno del estado, por Fernando Heftye, a quien recién acabo de mencionar.
 
Leo en las noticias que entregarán la medalla del mérito ciudadano que lleva el nombre de Fray Andrés de Olmos, a mi querido maestro de la preparatoria Rubén Núñez de Cáceres, a quien siempre le tuve un gran respeto y admiración. Debo reconocer que fui bien correspondido puesto que siendo yo todavía un joven veinteañero, me invitaron tanto él como otro querido profesor, Luis de la Cuesta, para que impartiera algunas materias en el Tecnológico de Monterrey (ITESM), campus Tampico. En muy poco tiempo tuve la satisfacción de pasar de alumno a colega de aquellos maestros a quienes tanto me gustaría poder saludar de nuevo, obsequiarles algún ejemplar de lo que he escrito -para que me regañen por sus páginas eróticas que una tía, hermana menor de mi madre, calificó de pornográficas- y, con un abrazo, agradecerles lo que me enseñaron. Pero mis viejos amigos de la preparatoria que todavía siguen anclados en el puerto, han ignorado mis peticiones para reestablecer el contacto con ellos. Ya Carlos González Salas, cronista de la ciudad y hasta mi tío lejano, falleció sin que hubiese tenido la oportunidad de hacerme presente aunque sólo fuese a la distancia. Supongo que con Rubén Núñez de Cáceres y Luis de la Cuesta acabará sucediendo lo mismo, puesto que mis compañeros se reúnen periódicamente para mantener, dicen, el espíritu de la convivencia -hasta algunas fotografías me han hecho llegar-, pero nunca se les ha ocurrido convocar a una comida o cena con el fin de honrar a nuestros antiguos mentores, de quienes tanto aprendimos, a quienes tanto les debemos.
 
"Tampico, tu solo nombre inquieta mi pensamiento", dice otra canción, "puerto de tentaciones sombras, placer y amor..." Al margen de mis reclamos, abriré un paréntesis puesto que ya me extendí demasiado, para más adelante reunir en un texto algunas referencias literarias a Tampico, que incluirán a Traven, Max Frisch y José Revueltas, entre otros.


Jules Etienne 

lunes, 11 de abril de 2011

Páginas ajenas: LA ISLA, de Aldous Huxley


(Fragmento del capítulo IV)

- Y hay nubes blancas -decía la voz-, y el cielo azul entre ellas es tan pálido, tan delicado, tan exquisitamente tierno...

Tierno, repitió él, el tierno cielo azul del fin de semana de abril que había pasado allí, con Molly, antes del desastre del matrimonio. Entre la hierba había margaritas y dientes de león, y al otro lado del agua se erguía la gigantesca iglesia, como un desafío de su austera geometría contra la locura de las suaves nubes de abril. Un desafío a la locura y al mismo tiempo un complemento de ella, una concordancia con ella en perfecta reconciliación. Así habría debido ser entre él y Molly... así había sido entonces.

- Y los cisnes -canturreó soñadora la voz-, los cisnes...

Sí, los cisnes. Cisnes blancos cruzando el espejo de jade y azabache... un espejo palpitante que se movía y temblaba, de modo que las argentadas imágenes se quebraban a cada rato y volvían a formarse, se desintegraban y recomponían.

- Como las invenciones de la heráldica. Romántica, imposiblemente bellos. Y sin embargo, helos ahí... aves de verdad en un lugar real. Tan próximos a mí, ahora, que casi puedo tocarlos... y sin embargo tan lejanos, a miles de kilómetros de distancia, Lejos, en esas aguas quietas, moviéndose como por arte de magia, suave, majestuosamente...


(Traducido del inglés por Floreal Mazía)

viernes, 8 de abril de 2011

Oliver La Farge: entre la literatura y la antropología


Me encontraba escribiendo el texto correspondiente al jueves para el blog que mantengo con el pretexto de mi novela Una Serenata para Lupe y al abordar el tema de la película basada en la obra con la que Oliver La Farge recibió el premio Pulitzer en 1930, Muchacho sonriente (Laughing Boy), los apuntes sobre su vida -que me parecieron fascinantes-, comenzaron a escaparse de mi control hasta que me vi en la necesidad de trasladar mis comentarios sobre La Farge a este blog, en el que me ocupo de asuntos relacionados con la literatura, y de esa manera dedicar el espacio que corresponde a Lupe Vélez, como protagonista de la adaptación fílmica a la que me refiero, en el exclusivo ámbito del cine.

Los ancestros de La Farge provenían de una diversidad étnica que seguramente contribuyeron a proporcionarle una inclinación antropológica muy adelantada para su época. Fue bautizado con el nombre de Oliver en honor de su abuelo Oliver Hazard Perry, oficial naval de la armada estadounidense a quien se le conoce como el héroe del Lago Eire, por la batalla que ganó en 1812 durante la guerra contra los británicos, con lo cual refrendaba el espíritu de un célebre antepasado suyo que también enfrentó al ejército inglés: William Wallace, el patriota escocés que alcanzó la fama popular gracias la película Corazón Valiente (Braveheart, 1995), de Mel Gibson. Originario de Rhode Island, una de las trece colonias iniciales que se convertirían en Estados Unidos, a su vez era descendiente de William Brewster, que llegó junto con los peregrinos que desembarcaron del Mayflower. Como su apellido La Farge claramente lo indica era de origen francés y en su genealogía también es posible encontrar indios de la tribu Narragansett.

La Farge estudió en Harvard, donde se graduó primero como bachiller en artes y después obtuvo la maestría en 1929. Sin embargo, en 1925 interrumpió sus estudios para viajar a México, invitado por Franz Blom, un danés que había estudiado arqueología también en Harvard, quien desde que llegó a México por primera vez en 1919, se sintió atraído por las ruinas mayas, por entonces casi desconocidas. Éste consiguió el financiamiento de la universidad de Tulane para una expedición a Tabasco, por la que se les acredita a ambos la primera descripción detallada del sitio arqueológico olmeca de La Venta, como quedaría consignado en su ensayo Tribus y templos. Cabe la acotación de que Blom también descubriría las ruinas de Uaxactun en Guatemala y sus apuntes sobre Palenque le ganaron un gran prestigio académico. Permaneció en México hasta su muerte, en San Cristóbal de las Casas, en 1963.

Volviendo con La Farge, siempre se distinguió como un defensor de los derechos de los nativos y muchos años fue presidente de la Asociación para asuntos indios. Se quedó a radicar en Santa Fe, Nuevo México, donde se casó con su segunda esposa, de origen mexicano, Consuelo Baca. Escribió para revistas como The New Yorker y Esquire, cuentos y artículos sobre todo relacionados con la cultura nativa. Pero fueron sus novelas, Las chispas vuelan alto (Sparks Fly Upward, publicada en 1931) -que fue traducida al español y prologada por Ramón J. Sender-, Los dioses enemigos (The Enemy Gods, publicada, 1937), y sobre todo, Muchacho sonriente, las que le merecieron su prestigio como escritor.


La ilustración corresponde a una fotografía de Oliver La Farge, Franz Blom y su guía Tata Lázaro Hernández, en Guatemala durante la expedición arqueológica de 1925. Aparece publicada en la obra de ambos Tribus y templos.

jueves, 7 de abril de 2011

Páginas ajenas: SE OYE DE NUEVO EL MAR, de Salvatore Quasimodo


Desde hace muchas noches se oye de nuevo el mar,

leve, arriba y abajo, sobre la arena lisa.

Eco de una voz encerrada en la mente

que resurge del tiempo; y también este

lamento asiduo de gaviotas, o

pájaros de las torres, que abril

empuja hacia la llanura. Ya

estabas junto a mí con esa voz;

y quisiera que a ti también llegase,

ahora, de mí un eco de memoria,

como ese oscuro murmurar del mar.

miércoles, 6 de abril de 2011

El abril de Ismail Kadaré


Durante mi primera navidad en Canadá, invité a una joven griega a celebrarla juntos en Victoria -capital de la provincia en la que vivo-, en la isla de Vancouver. Al empezar el año nuevo ya estábamos viviendo juntos. Y si bien la experiencia en el aspecto sentimental resultó peor que desafortunada, debo reconocer que fue muy estimulante aprender las costumbres de una cultura tan ajena a la mía. Migena era griega, aunque de origen albanés y muy joven, por entonces le doblaba la edad - tenía 23 años y yo 47-. Fue gracias a ella que leí por primera vez a Ismail Kadaré. En una librería multicultural por desgracia ya desaparecida, conseguí Abril quebrado traducida al español, en la colección denominada Biblioteca Kadaré, de Alianza Editorial. Magnífica edición, por cierto, ya que incluye notas de pie de página para explicar el lenguaje coloquial y las tradiciones del pueblo albanés que, me queda claro, son bastante peculiares. Poco después una amiga viajó desde México y me hizo el favor de traerme El palacio de los sueños. Para cuando la terminé de leer Megi -es decir, Migena-, ya se encontraba viviendo con otro individuo en la ciudad de Montreal. Fue, pues, un romance que no alcanzó a llegar ni al final de la segunda novela. Mi único consuelo fue su infidelidad con el otro sujeto, la cual tuvo el descaro de compartir conmigo a su regreso.

Kadaré, quien ha sido varias veces considerado candidato al premio Nobel de literatura, escribió Abril quebrado en 1978 y la publicó por primera vez en 1980, en plena dictadura. Como la acción se desarrolla en las montañas del norte, en la región de Myzequea (Myzeqeja), que conserva una de las culturas más primitivas de esa nación, resulta importante subrayar el peso del derecho consuetudinario, es decir, los usos y costumbres en dicha zona, por encima de la propia ley. Por ejemplo, algo que me explicaba Megi era que si una persona asesinaba a otra, los miembros de la familia afectada adquirían el derecho de asesinar a su vez a un pariente del homicida primigenio. Y podrían seguir así indefinidamente hasta que por fin alguien detenía las ejecuciones ofreciendo a una de las mujeres de su familia para que tuviera un hijo con sus rivales, y compensar de esa manera la pérdida inicial. Por supuesto que la mujer, en ese caso, no tenía voz ni voto.

Otra cosa que me explicaba -y espero haber comprendido cabalmente, puesto que mi inglés era más deficiente entonces; en cambio ella estudiaba en la universidad de Manchester cuando decidió venirse a radicar a Canadá-, era la manera en que una casa se puede convertir en una especie de santuario para el perseguido. Es algo bastante peculiar: si un sujeto fuese víctima de una persecución y en su huída tocara una puerta, el habitante de esa casa tiene la obligación de proporcionarle refugio e incluso, enfrentar a sus perseguidores. Lo que sí me quedó muy claro, es que podía darse el caso de que se llamara a la puerta de un enemigo y a pesar de ello éste no podía negarle su protección.

Con razón en aquella película basada en La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa (en inglés llevó por título Tune in Tomorrow, filmada en 1990), el personaje de Pedro Carmichael, el escribidor, que interpretaba Peter Falk, se la pasaba culpando de todas las calamidades a los albaneses.

A reserva de ocuparme con más detalle de Abril quebrado, la novela de Kadaré, es un autor del que me voy a permitir recomendar su lectura. Con todo lo exótico que pueda resultar después de lo que acabo de exponer, su obra es por demás interesante. El palacio de los sueños parte de una premisa muy estimulante para elaborar una gran parábola no sólo de la dictadura albanesa en particular, sino de la naturaleza del totalitarismo en general. Espero poder comentarlo en un futuro próximo y en cuanto a Megi, se casó con un albanés y creo que todavía sigue viviendo en Vancouver. No nos hemos vuelto a ver.

martes, 5 de abril de 2011

Páginas ajenas: AL BORRARSE LA NIEVE..., de Antonio Machado


Al borrarse la nieve, se alejaron

los montes de la sierra.

La vega ha verdecido

al sol de abril, la vega

tiene la verde llama,

la vida que no pesa;

y piensa el alma en una mariposa,

atlas del mundo y sueña.

Con el ciruelo en flor y el campo verde,

con el glauco vapor de la ribera,

en torno de las ramas,

con las primeras zarzas que blanquean,

con este dulce soplo

que triunfa de la muerte y de la piedra,

esta amargura que me ahoga fluye

en esperanza de Ella...

lunes, 4 de abril de 2011

Abril bien vale una canción


Como este es un blog sobre literatura, lo predecible sería que emprendiera un recuento antológico de los poemas que hacen referencia al mes de abril, o de novelas que lo mencionan en sus títulos. Me temo que los voy a decepcionar. En el momento en que intentaba redactar este texto, no me fue posible evadir el estribillo de una canción de Joaquín Sabina: ¿Quién me ha robado el mes de abril? Pero de pronto lo que viene a mi memoria son canciones y no poemas. Tal vez por eso se dice que la primavera es la estación más musical del año y si no, que se lo pregunten a Vivaldi, que entre Las cuatro estaciones siempre ha sido la que mejor se recuerda. De manera que me permitiré, entonces, hacer una excepción, tratando de recordar las letras de canciones que en algún momento se ocupen de este mes, que en el hemisferio boreal anuncia la llegada de la primavera. Después de todo, quienes hayan tenido la oportunidad de leer mi novela Decir adiós es morir un poco, pueden constatar que tengo la costumbre de intercalar fragmentos de canciones. Como para subrayar la musicalidad de la vida misma.

Por obvias razones las tonadas que mejor recuerdo son aquellas que estuvieron ligadas a mi juventud. Por ejemplo, De cartón piedra, de Joan Manuel Serrat: "No era como esas muñecas de abril, que me arañaron de frente y perfil, que se comieron mi naranja a gajos, que me arrancaron la ilusión de cuajo". Canción que conmovía mucho a Gabriela Pumarejo, mi primera esposa, por la locura de aquel hombre enamorado del maniquí al cual veía en un aparador.

Todavía era niño cuando un grupo mexicano, los hermanos Carrión, cantaba Las cerezas, que dice: "Para abril o para mayo, veré, que me ofrezcas la primera prueba de amor. Para abril o para mayo, tendrás, un poquito de coraje y me besarás". Ahora que lo escribo me parece bastante cursi. Todo lo contrario de Tú y yo, que cantaba La oreja de Van Gogh, y que más bien denota desamor: "Somos dos novios que no tienen mes de abril, que no se miran porque sí, que no se hacen reir".

Imposible ignorar Como esperando abril, del trovador cubano Silvio Rodríguez: "Mucho más allá de mi ventana, algodones jugaban a ser un jardín en espera de abril". Otro cubano, aunque nacionalizado mexicano, Francisco Céspedes, canta Te soñé lluvia de abril: "Quise ser como niño otra vez echando a correr bajo la lluvia de abril y llegar empapado a tus brazos". Fito Páez tiene su Bello abril, con esa típica manera de conjugar de los argentinos: "Dios santo que bello abril. Dios santo que bello abril sos vos".

Me gusta mucho Ana Belén, cuando viajaba de la ciudad de México a Vancouver sabiendo que iba a ser por una larga temporada -nunca imaginé que tanto, dentro de unos meses ya serán diez años-, me vi en la necesidad de seleccionar los discos que más me interesaba conservar, entre ellos estaba precisamente Rosa de amor y fuego. Y aunque Se detuvo abril no se encuentra incluido en dicha grabación, tratándose de ella no lo podría pasar por alto: "Se detuvo abril, el cielo rojo y gris; desangrándose la tempestad va empapándome en felicidad", y luego añade: "Se detuvo abril y el tiempo en el jardín, podría morir así". De nuevo es Ana Belén quien repite en el estribillo de Quién eres tú: "Como pesa el calendario sin ti, en la cruz que hay en tu mano lo vi, esta tumba que es mi cama aún conserva restos de ti, ¡llueve maldito abril! ¡es primavera una vez más, maldito abril!".

Presuntos Implicados incluyó Un día de abril en su disco El pan y la sal. Tanto la letra como la música son de Soledad Sole Giménez, cuya voz es una de mis favoritas en español. Su versión de A la sombra de un león, de Sabina, me parece espléndida. Pero regresando a nuestro tema, el mes de abril: "Eres para mí buenaventura, promesa que abril sembró en este lugar... Tú eres el bien que me dibujará un día de abril con veinte años más".

Ahora recuerdo una canción de Maná que no me agrada porque la considero algo así como una paráfrasis de la Penélope de Serrat, sin embargo, por no dejar, también la mencionaré. Se llama En el muelle de San Blas: "Su cabello se blanqueó, pero ningún barco su amor le devolvía y en el pueblo le decían la loca del muelle de San Blas y una tarde de abril la intentaron trasladar al manicomio, nadie la pudo arrancar y del mar nunca jamás la separaron". La imagen me remite a Meryl Streep, muy joven, cubierta por una capucha, de pie en un nebuloso muelle inglés, en la película La amante del teniente francés.

Si alguno de los lectores que se haya detenido en este recuento de abril, puede añadir títulos a la lista, serán siempre bien recibidos. Después de todo, como ya lo he advertido en el título, no hay duda de que abril se merece unas canciones.

viernes, 1 de abril de 2011

Páginas ajenas: LA TIERRA BALDÍA, de T. S. Eliot

 "... engendra lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y anhelos..."
 
1. El entierro de los muertos
 
(Fragmento)
 
Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con las lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbergersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
 

Frisch weht der Wind
der Heimat zu
mein Irisch Kind,
Wo weilest du?
              
«Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la muchacha de los jacintos.»
- Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.

Oed' und leer das Meer. Madame Sosostris, famosa pitonisa,
tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí —dijo ella—
está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,
la dama de las peripecias.
Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No encuentro
al Ahorcado. Temed, la muerte por agua.
Veo una muchedumbre girar en círculo.
Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene que andar con cuidado en estos días!

Ciudad Irreal,
bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres ¡eran tantos!
Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo
hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al final de la novena campanada.
Allí encontré un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!,
¡tú, que estuviste contigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
Tú, hypocrite lecteur! — mon semblable — mon frère!»

Thomas Stearns Eliot
(Estadounidense nacionalizado inglés, 1888-1965). Obtuvo el premio Nobel en 1948.

(Traducido al español por Agustí Bartra)