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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

jueves, 30 de junio de 2011

Páginas ajenas: DRÁCULA (fragmento), de Bram Stoker



30 de junio, por la mañana.

Estas pueden ser las últimas palabras que jamás escriba en este diario. Dormí hasta poco antes del amanecer, y al despertar caí de rodillas, pues estoy determinado a que si viene la muerte me encuentre preparado.

Finalmente sentí aquel sutil cambio del aire y supe que la mañana había llegado.

Luego escuché el bienvenido canto del gallo y sentí que estaba a salvo. Con alegre corazón abrí la puerta y corrí escaleras abajo, hacia el corredor. Había visto que la puerta estaba cerrada sin llave, y ahora estaba ante mí la libertad. Con manos que temblaban de ansiedad, destrabé las cadenas y corrí los pesados cerrojos.

Pero la puerta no se movió. La desesperación se apoderó de mí. Tiré repetidamente de la puerta y la empujé hasta que, a pesar de ser muy pesada, se sacudió en sus goznes. Pude ver que tenía pasado el pestillo. Le habían echado llave después de que yo dejé al conde.

Entonces se apoderó de mí un deseo salvaje de obtener la llave a cualquier precio, y ahí mismo determiné escalar la pared y llegar otra vez al cuarto del conde.

Podía matarme, pero la muerte parecía ahora el menor de todos los males. Sin perder tiempo, corrí hasta la ventana del este y me deslicé por la pared, como antes, al cuarto del conde. Estaba vacío, pero eso era lo que yo esperaba. No pude ver la llave por ningún lado, aunque el montón de oro permanecía en su lugar. Pasé por la puerta en la esquina y descendí por la escalinata circular y a lo largo del oscuro pasadizo hasta la vieja capilla. Ya sabía yo muy bien donde encontrar al monstruo que buscaba.
 
 
Bram Stoker (Irlanda, 1847-1912)

martes, 28 de junio de 2011

Páginas ajenas: ÍTACA, de Constantino Cavafis


Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que el camino sea largo
y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón;
no los encontrarás en tu camino
si mantienes en alto tu ideal,
si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón,
si de ti no provienen,
si tu alma no los imagina.

Ruega que tu camino sea largo,
que sean muchas las mañanas de verano,
cuando, con placer, llegues a puertos
que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:
madreperla, coral, ámbar, ébano
y voluptuosos perfumes de todas clases.
Compra todos los aromas sensuales que puedas;
ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.

Siempre ten a Ítaca en tu mente;
llegar allí es tu meta; pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho,
mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje
no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido;
pero no tiene más que ofrecerte,
y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.

Un bello candil arde y brilla,
cada flama produce una pasión lasciva,
un lujurioso impulso.

El cuarto, sólo iluminado
por esa luz tibia del candil,
produce un calor sensual
que no es para cuerpos tímidos.


Contantino Cavafis (Grecia, 1863-1933)

(Traducido del griego por Cayetano Cantú).

lunes, 27 de junio de 2011

El retorno al origen



Tal vez porque al haber cortado las raíces con el país en el que nací he tratado de sustituirlas con experiencias más recientes, o porque en aspectos emocionales siempre procuramos ocupar los vacíos aunque sea con sucedáneos, pero el caso es que por estas fechas en las que me encuentro en el proceso de mudarme al departamento que ocupaba hace algunos años, y que estuve rentando durante todo este tiempo, primero a mexicanos, luego a unos jóvenes chilenos y actualmente a una pareja irlandesa que regresa a su patria dentro de un par de días, me provoca cierta nostalgia. Entrar de nuevo al mismo espacio en el que terminé de escribir Decir adiós es morir un poco, me deja la sensación de que hubiese transcurrido más tiempo de lo que en realidad ha sido este último lustro. Pensé entonces en aquellos que todavía tienen la posibilidad de regresar al lugar en el que nacieron. Cuando algunas amigas muy queridas de la infancia y juventud, como Clara Martha o Elvia, intentan entusiasmarme con la idea de visitar nuevamente Tampico -a donde no voy desde hace ya casi veinte años-, siempre me detiene el pensamiento de que con mis padres fallecidos, no tengo una casa familiar que visitar, y las fotografías que me hacen llegar a través de los correos electrónicos me muestran una ciudad ajena, tan diferente de la que recuerdo, que prefiero conservarla intacta, para expresarlo aprovechando la frase conclusiva de uno de mis epigramas: "en el glaciar de la memoria".

No existe en la historia de la literatura, una obra que exprese mejor el retorno al origen que La Odisea homérica. Todo el trayecto de veinte años, en el que Ulises y sus marinos enfrentan cíclopes, lestrigones, a la hechicera Circe, el canto de las sirenas y la ira de Poseidón, no tenía otra finalidad que el regreso a Ítaca, en donde había nacido en el monte Nérito, durante una tormenta -y por eso el significado de su nombre era "Zeus llovió sobre el camino"-, y en el que le esperaba su esposa Penélope, epítome de la fidelidad.

Un autor que me provoca la sensación de que hay para quienes la búsqueda de las raíces puede ser el sentido mismo de la vida, es Le Clézio. Ya me he ocupado con anterioridad de El buscador de oro, y tanto el hecho de que la narración en primera persona sea introspectiva, como su reiterado viaje a la isla Mauricio en busca de la casa familiar, así como también Viaje a Rodrigues, La cuarentena y Revoluciones, constituyen todo un ciclo del autor que aborda el mito intemporal del retorno al origen.

En Decir adiós es morir un poco, el protagonista -que según establece Manuel Rodríguez Lozano en su análisis de la novela, es "casi un alter ego de Etienne"-, se la pasa añorando su puerto natal: "No sería mala idea aprovechar estas vacaciones para ir unos días a tu tierra, a comer jaibas y camarones, a beber sin culpa, a mirar el amanecer desde la playa. Si allá tenías el mar, ¿con qué fin lo abandonaste para venir a sufrir al altiplano?".

Cuando visité por primera vez el departamento que ahora estoy a punto de volver a ocupar en unos cuantos días, recuerdo que al bajar por la calle de Thurlow y llegar a la esquina donde se encuentra ubicado, frente a la bahía, percibí el olor del mar, el mismo de mi infancia, del edén extraviado en los avatares de la vida. No lo dudé ni un momento y antes de haber entrado al edificio yo ya había decidido que era el lugar en que quería vivir. Concluyo con uno de mis epigramas.

Pienso permanecer fiel a mi instinto

ya no regresaré al camino andado

prefiero la aventura de lo inexplorado:

la vida no es itinerario, es laberinto.



Esta es la entrada correspondiente a El buscador de oro, de Le Clézio: http://mitosyreincidencias.blogspot.com/2010/09/le-clezio-el-buscador-de-oro.html


La ilustración es una fotografía del Palacio Municipal de Tampico, donde trabajé cuando era muy joven, como director de servicios culturales a principios de la década de los ochenta.

viernes, 24 de junio de 2011

Huxley y Pavese: COINCIDENCIAS DE VERANO



Ya me he confesado un asiduo lector de la poesía de Cesare Pavese y, en general, de los poetas italianos. Así como también he comentado previamente el hecho de que durante mi juventud tuve la oportunidad de aproximarme a la obra de Aldous Huxley -junto con Herman Hesse, dos de los autores más significativos en aquella temprana etapa de mi vida-. Sin embargo, ahora que me he dado a la tarea de ubicar textos referentes al verano con motivo de esta época del año que estamos viviendo en el hemisferio boreal, me encuentro con auténtica sorpresa, por lo improbable del caso, que algunos poemas de Pavese coinciden en su descripción de la atmósfera veraniega con párrafos de Huxley.

Por ejemplo, en El joven Arquímedes, dice: "Al mediodía, en los ardores del verano, el paisaje se hacía oscuro, polvoriento, vago y casi descolorido bajo el sol del mediodía; los montes desaparecían entre las franjas temblorosas del cielo." Ahora estas estrofas de La noche, de Pavese: "A veces vuelve, en el día,/ en la luz inmóvil del día de verano,/ aquel lejano asombro./ Por la vacía ventana/ miraba el niño la noche sobre las colinas/ frescas y oscuras, y se asombraba de encontrarlas tan juntas;/ vaga y limpia inmovilidad."

Este es otro fragmento del mismo relato de Huxley: "Y esa vida, a medida que el sol declinaba, lentamente en la larga tarde, se hacía más suntuosa, más intensa momento por momento. La luz horizontal, con su acompañamiento de sombras alargadas y oscuras, desnudaba, por decirlo así, la anatomía del terreno." En el retrato que elabora Pavese en su poema Encuentro, se lee: "Me sorprende, al imaginarla, un lejano recuerdo/ de mi infancia vivida entre estas colinas,/ tan joven es. Semeja la mañana. Me muestra en los ojos/ todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas./ Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia/ que jamás tuvo el alba sobre estas colinas."

De nuevo Huxley: "Y al expirar el sol en el horizonte, mientras las colinas más distantes se enrojecían con su luz ardiente hasta que sus flancos iluminados tenían el color de rosas tostadas, los valles se colmaban con la bruma azul de la tarde. Y esa bruma subía y subía..." Con las palabras de Pavese en Manía de soledad: "La estancia está oscura y puede verse el cielo", para después continuar, "Veo el cielo, pero sé que entre los tejados de moho/ alguna luz brilla..." Del mismo párrafo de Huxley: "... el fuego se apagaba en los vidrios de las laderas habitadas. Sólo las cimas ardían todavía, pero todas también se apagaban por fin." Este es el remate de la última estrofa de También eres colina, de Pavese: "... un ardiente silencio/ abrasará los campos/ cual fogatas nocturnas."

Para concluir, regreso a Huxley: "Y luego, casi de golpe, con el pasar de una nube, o cuando el sol había declinado...", prosigue: "Un poco más y era de noche, y si la luna estaba llena..." Ahora, las líneas previas de la misma estrofa final en También eres colina: "Reencontarás las nubes,/ las cañas y las voces/ como sombra de luna."

Huxley y Pavese fueron contemporáneos, aquél era catorce años mayor. La razón por la que se pueden percibir ciertas similitudes entre ambos, es porque corresponden a imágenes del paisaje al norte de Italia. El joven Arquímedes comienza cuando su protagonista renta una casa en la Toscana -con ciertas incomodidades pero desde cuyas ventanas es posible ver la cresta de los Apeninos envueltos en la niebla-. Pavese era originario de la vecina región piamontesa. Uno escribía prosa en inglés y el otro poesía en italiano, sin embargo, como se puede constatar, convergen en algunas coincidencias descriptivas.


La ilustración corresponde a un paisaje de la Toscana entre la niebla.

jueves, 23 de junio de 2011

Páginas ajenas: ALLÍ, RUBIO SOFOCO DE LA SIESTA..., de Juan José Domenchina



Allí, rubio sofoco de la siesta,

allí, mujer y espiga, entre las mieses,

allí fueron tus glorias y reveses

y la amapola -el grito- de tu fiesta.


Allí supiste todo lo que cuesta

el dejarse vivir -sin que supieses

que pagabas de más, aunque te dieses

de menos- en el curso de una siesta.


Una tarde de junio, como ésta...

Sí, desde allí, donde me aguardas, vieses

de aquel sol tan alto lo que resta...


Ve, ve, desnuda y sola, en estos meses

de estío, y no en la siesta, ve a la puesta

del sol, a recordar entre mieses.

miércoles, 22 de junio de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 155)



(Fragmento inicial del capítulo XV: Las sucias conciencias)

En uno de los noticieros nocturnos, Kellog se apresuró a descalificar a Moreno Salado. Aseguró que era un hombre emocionalmente inestable y con serios problemas de adicciones. Luce avejentado. Hay cierta fatiga en su forma de hablar que denota el hartazgo de tener que justificar el fraude con falacias. Pura retórica de la inmoralidad: Al margen de que mi deshonestidad se demuestre ante la opinión pública, denuncio a mis acusadores de ser peores que yo. La imprecisión tramposa de las adicciones convierte de inmediato al testigo en drogadicto. El café, el tabaco, el sexo o el futbol también pueden ser adicciones. Pero después de infamado el testigo, nadie supone que es cafetómano. Como si la inmoralidad ajena reivindicara de golpe la propia. Un espejo embustero en el que las sucias conciencias pretenden difuminar su reflejo. Kellog es, sin duda, un hombre astuto. Si no lo fuera, no habría obtenido semejante recompensa de un sistema que le retribuye más a la audacia que a la verdad, sin estancarse en la futilidad de las consideraciones éticas. Pero eso no le quita lo corrupto. Para ese tipo de suciedad aún no se ha inventado ningún jabón que la pueda limpiar.

El día asoma por la ventana exaltando con crudeza el resplandor del inminente verano. Entre lo bebido y lo que acontece, el dolor de cabeza te ubica de vuelta en la realidad. Los eventos se han convertido en una bola de nieve que continúa expandiéndose sin que alguien sepa hasta cuándo o dónde se va a detener. Una abundante dosis de jugo de naranja helado y un par de aspirinas te ayudan a recuperar la brújula de las obligaciones. Afuera percibes el sol y el ruido más agresivos que de costumbre.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 15 de junio de 2011

Los monstruos de junio



En mayo de 1816, los poetas Lord Byron y Percy Shelley se encontraron en Suiza, a orillas del Lago Ginebra, para pasar allí la temporada veraniega. El primero iba acompañado por un joven médico con aspiraciones literarias, John Polidori, en tanto que Shelley llegó con su entonces amante, Mary Wollstonecraft Godwin, quien tenía dieciocho años de edad y más tarde sería su esposa; y de su hermanastra Claire Clairmont. Tanto Lord Byron como Shelley iban precedidos por su mala fama. Aquél estaba nimbado por el escándalo, ya que su condición de mujeriego lo había llevado a sostener romances hasta con su media hermana, en tanto que Shelley había expresado públicamente su postura de ateo y partidario del amor libre, todas estas audacias a principios del siglo XIX.

Fue una noche de junio, en la Villa Diodati rentada por Byron, al calor de las copas, de sus vocaciones literarias pero, sobre todo, de la lectura de algunos pasajes de Phantasmagoriana, cuando se gestó el origen de Frankenstein, la hoy famosa novela de horror gótico. Según la propia Mary Shelley en el prólogo de su obra -se dice que esa breve introducción, de apenas página y media, se debe en realidad a su marido, lo que finalmente carece de importancia puesto que fue escrita en primera persona-: "Pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra. La temporada era fría y lluviosa, y por las noches nos agrupábamos en torno a la chimenea. Ocasionalmente nos divertíamos con historias alemanas de fantasmas, que casualmente caían en nuestras manos. Aquellas narraciones despertaron en nosotros un deseo juguetón de emularlas. Otros dos amigos (cualquier relato de la pluma de uno de ellos resultaría bastante más grato para el lector que nada de lo que yo jamás pudiera aspirar a crear) y yo nos comprometimos a escribir un cuento cada uno, basado en algún acontecimiento sobrenatural. Sin embargo, el tiempo de repente mejoró, y mis dos amigos partieron de viaje hacia los Alpes donde olvidaron, en aquellos magníficos parajes, cualquier recuerdo de sus espectrales visiones. El relato que sigue es el único que se terminó."

La aseveración conclusiva era cierta en el momento en que Frankenstein apareció por primera vez, en 1818, ya que John Polidori publicó El Vampiro: un cuento, en la edición correspondiente a abril de 1819 de New Monthly magazine. Resulta curioso constatar que una especie de maldición trágica persiguió a quienes se reunieron aquel verano. Polidori se sucidaría en 1821, a la edad de 25. Al año siguiente, Percy Shelley murió ahogado en Italia. Byron murió en Grecia, en 1824, a los 36 años. La hija que tuvo con Claire, fruto de esas noches en la Villa Diodati, murió a los cinco años de edad. Y de los cuatro hijos que tuvieron los Shelley, sólo uno pudo sobrevivir.

Se filmaron tres películas sobre ese verano. La primera, Gothic, dirigida por Ken Russell en 1986, con Gabriel Byrne como Byron, Julian Sands en el papel de Shelley, y la entonces debutante Natasha Richardson era Mary Shelley. Más tarde, en 1988, la producción española Remando al viento, con un muy joven Hugh Grant como Lord Byron -durante el rodaje conoció a Elizabeth Hurley, quien interpretaba el personaje de Claire-. Y ahora que la menciono, esta película tuve la oportunidad de incluirla en una Muestra Internacional de Cine, cuando me encontraba al frente de la Cineteca Nacional de México, y recuerdo que la crítica fue particularmente agresiva con ella. Por último, también de 1988 es Haunted Summer, que en muchos países no tuvo estreno comercial en las salas de cine y apareció directamente en el mercado de video, como fue el caso de México. Un detalle ocioso es que Alex Winter hace el papel de Polidori, el mismo actor que después ganaría popularidad al lado de Keanu Reeves, como la pareja protagonista del serial inciado con La magnífica aventura de Bill y Ted.

Resulta evidente que el relato de Polidori, hoy casi olvidado, fue el pionero en cuanto al tema del vampirismo y tuvo un efecto innegable en Carmilla, de Sheridan La Fanu, publicada en 1872. A partir de su primera edición en 1897, sería Dracula, del irlandés Bram Stoker, la novela que se erigió como arquetipo, creando la mitología vampírica de la que derivó el fecundo subgénero cinematográfico.

El cautiverio de Jonathan Harker en el legendario castillo del conde Dracula, en Transilvania, según los apuntes de su diario, tuvo lugar entre mayo y junio. Esta es la página correspondiente al 19 de mayo:

Es seguro que estoy en las redes. Anoche el conde me pidió, en el más suave de los tonos, que escribiera tres cartas: una diciendo que mi trabajo aquí ya casi había terminado, y que saldría para casa dentro de unos días; otra diciendo que salía a la mañana siguiente de que escribía la carta, y una tercera afirmando que había dejado el castillo y llegado a Bistritz.

Tras explicar las razones que le impiden negarse a cumplir con sus indicaciones, ya que oponerse sólo serviría para crear más sospechas, le pregunta qué fecha debería poner en dichas cartas.

Él calculó un minuto. Luego, dijo:

- La primera debe ser del 12 de junio, la segunda del 19 de junio y la tercera del 29 de junio.

Ahora sé hasta cuando viviré. ¡Dios me ampare!

Y es que con base en ello, Harker supone que el conde Dracula lo mantendrá con vida hasta el 29 de junio.


Jules Etienne

lunes, 6 de junio de 2011

MIRANDO ATRÁS: vaticinios para este siglo



La semana pasada inicié la lectura de la novela de anticipación de Edward Bellamy cuyo título puede traducirse de manera literal Mirando Atrás (Looking Backward), aunque en español también se le conoce como El año 2000. Ahora que la he concluido, podré dar por terminado el tema.

El autor es clasificado como utopista porque, en efecto, propone una sociedad que en el futuro -el año 2000-, sería perfecta. Como también lo era el Mundo Feliz, de Aldous Huxley. Sin embargo, Bellamy se inspiraba en el ideal del socialismo utópico, igualitario, en tanto que Huxley proponía una sociedad estratizada en castas: Alfa, Beta, Gama, Delta y Epsilon. Tal vez -me pregunto-, esa habrá sido una de las razones por las que a mediados del siglo XX su obra se haya ignorado tanto, a pesar de que se le había aceptado con tal entusiasmo cuando fue publicada, que hasta se organizaron grupos que llevaban por nombre Bellamy Clubs, al tiempo que inspiraba los ideales de agrupaciones políticas que nacieron a finales del siglo XIX y comunidades utópicas. Pero durante el período de la guerra fría se desató una cacería de brujas implacable contra todo aquello que despidiera el tufo del marxismo y, supongo, una novela con estas características pudo ser condenada a desvanecerse sin remedio. Erich Fromm lo consideraba uno de los títulos más notables en la historia de la literatura estadounidense y en un prólogo para la edición de 1960, afirmó que: "Se trata de uno de los pocos libros cuya publicación generó un movimiento de masas de carácter político casi inmediato a partir de su publicación".

Valdría la pena subrayar que Bellamy la concibió en 1887 para editarse al año siguiente, en tanto que el tomo II de El Capital se publicó en 1885 -en alemán- y el tomo III, hasta 1894. Es decir, no se puede simplificar la propuesta de utopía socialista que se presenta en El año 2000 como una mera interpretación ficcionalizada de la teoría marxista por parte de su autor, puesto que al momento de escribirla, Engels todavía se encontraba trabajando en la corrección de los manuscritos que Marx había iniciado en 1863 y que no le fue posible publicar en vida, ya que murió en 1883.

De manera que, entonces, la propuesta más novedosa en su momento, era de carácter social. En tanto que en el plano futurista, sus aportaciones más notorias serían: la desaparición de la moneda de uso corriente, que se vería reemplazada por una tarjeta para efectuar todos los pagos, con el respaldo de una línea de crédito otorgada a cada individuo por el Estado (a Bellamy se le atribuye la invención del término "tarjeta de crédito"); en la sociedad del futuro todas las personas trabajan, tanto hombres como mujeres, hasta los 45 años, edad en la que alcanzan un retiro garantizado para poder dedicarse a cultivar su espíritu, de acuerdo con sus intereses y aficiones personales; las compras se pueden efectuar en grandes centros comerciales -bajo el nombre de Great City Bazaar- que ofrecen en un mismo espacio los diferentes productos que un ciudadano pueda necesitar; la luz eléctrica es de uso común y, sobre todo, el teléfono, a través del cual sería posible desarrollar una gran variedad de actividades, como para comunicarse a larga distancia, escuchar música y hasta participar en ceremonias religiosas. En este punto, también vale la pena recordar que la novela futurista París en el siglo XX, de Jules Verne, cuyos vaticinios eran sin duda más espectaculares, no fue publicada sino hasta 1994, como ya lo hemos visto antes en este mismo blog.

Ahora que he mencionado el aspecto religioso, no deja de llamar la atención que tratándose de un autor con posturas reformistas, en su novela se exalten al matrimonio, la familia y la religión, como las instituciones que prevalecen. Acorde con el estereotipo anglosajón, la sociedad podrá transformarse desde su propia estructura, pero la vida resultaría inconcebible sin el concepto del hogar, dulce hogar y el sermón dominical.

Al final, la historia da un giro innecesario hacia el romance. El personaje se enamora, en el futuro, de una joven muy parecida a la que había sido su prometida en el pasado, y quien además lleva el mismo nombre de ella. Después se enterará, con sorpresa, que "Edith no era otra que la bisnieta de mi perdido amor, Edith Bartlett". Y debido a que "Entre las reliquias de la familia se contaban un retrato de Edith Bartlett y algunos papeles suyos, entre ellos un paquete con mis cartas", fue que provocó en la joven una obsesión romántica que idealizaba al enamorado de su bisabuela y les decía a sus padres que "no se casaría hasta encontrar un novio como Julian West, y que en el siglo XX no había ningún hombre que se le pareciera".

Finalmente, en el capítulo 28, cuando la novela está a punto de terminar, West es despertado por Sawyer, su criado, con la queja de que conseguirlo le había costado más trabajo del habitual y aquél llega a su propia conclusión: "sería que este sueño cruel hubiera sido la realidad y esta agradable realidad aquel sueño".


La ilustración corresponde a una fotografía del edificio Bradbury, en la ciudad de Los Ángeles. Fue construido en 1893 con diseño del arquitecto George Wyman, quien aseguraba haberse inspirado en un pasaje de la novela de Edward Bellamy. Para quienes hayan visto la película Blade Runner, seguramente les resultará familiar.