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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

domingo, 31 de julio de 2011

Los muertos vivos en Caracol Beach



"Cuba era un piano que alguien tocaba detrás del horizonte": Eliseo Alberto

Siendo muy joven, todavía adolescente, tuve mi primera inquietud por el periodismo y aprovechando los contactos de mi tío Enrique, hermano menor de mi padre, ingresé a trabajar como aprendiz de reportero en El Mundo, el diario más antiguo de mi natal Tampico. A pesar de que he sido maestro universitario, es decir, no menosprecio la formación académica, sigo siendo profundamente cartesiano en cuanto a considerar la experiencia como base del conocimiento y, por lo tanto, estoy convencido de que nunca aprenderemos más que en la llamada escuela de la vida. Esa misma que cuando reprobamos no suele darnos la oportunidad de volverla a cursar.

Conocí, entonces, algunos trucos del viejo oficio de reportero -me refiero a los ya lejanos años setenta-, y otros recursos que en aquella época precibernética funcionaban para un diario impreso. Una de las que se me quedaron grabadas fue la práctica del llamado zopiloteo. Esto es, ubicar a un personaje de la fuente encomendada, con problemas de salud o ya muy anciano, para redactar por adelantado su nota necrológica y conservarla en un cajón en espera de su deceso. Eso tenía varias ventajas, el día en que finalmente se requería el artículo, ya no había que trabajar, sólo entregarlo para su publicación y, sobre todo, durante el tiempo que transcurría entre la redacción del mismo y el fallecimiento del individuo en cuestión, uno tenía la oportunidad de enriquecerlo con anécdotas e información adicional que se iban recabando durante dicho lapso. De tal manera que en el momento preciso, la nota tenía una calidad superior a la promedio.

Ahora que recién falleció en México el escritor cubano Eliseo Alberto, a pesar de su precario estado de salud y de que la cirugía a la que fue sometido era un trasplante de riñón, las notas sobre su defunción fueron todas similares, y con la pobreza de no incluir fragmentos de su obra -los únicos poemas citados en realidad son de la autoría de su padre, Eliseo Diego-, y sólo muy ocasionalmente de entrevistas con él. Me queda la impresión de que nadie lo zopiloteó o tal vez se deba a que ese práctica de mal gusto pero eficaz, ya no se acostumbra en la actualidad. No he logrado encontrar en el mar de notas a través de la red, alguna verdaderamente original que incluya además un poema suyo o una cita brillante que pudiera destacarse. Por esa razón es que ahora voy a reproducir un párrafo de su novela Caracol Beach, con la que obtuvo el premio Alfaguara en 1998, en la que hace referencia a la muerte:

"Ese sábado sus muertos estaban más vivos que nunca. Se sentía cercado por los espectros. Resucitaban en las carrocerías de los autos, sombras tras los cristales de las vagonetas, y chispeaban en los espejos retrovisores de los autobuses y se escondían en las cabinas de las camionetas sin dejar de llamarlo por su nombre, recordándole que era tiempo de que se sumara a la tropa de difuntos y se dejara comer por el tigre. Lo cierto es que la tarde se fue minuto a minuto con la lluvia construyendo una y otra vez el patíbulo, siniestro ejercicio que no conducía a ninguna parte o puede que a una: al corral de su cobardía."

A Eliseo Alberto le llamaban Lichi y como ahora es bien sabido por todos hasta para quienes nunca lo hayan leído -gracias a la insistencia de ese autómata abstracto y amorfo denominado los medios-, murió en México, en el exilio. Sus reflexiones al respecto son más interesantes que su obra misma. O, al menos, es lo que me parece.


La ilustración corresponde a una fotografía de Camagüey, Cuba.

sábado, 30 de julio de 2011

Páginas ajenas: EL CONDE DE MONTECRISTO, de Alexandre Dumas



(Fragmentos del capítulo catorce con referencias al 30 de julio)

- Estamos a 30 de julio de 1816; no hace más que diecisiete meses que ha permanecido preso.

- ¿No hace más? -repuso Dantés-. ¿Le parecen poco diecisiete meses? ¡Ah!, señor, ignora usted lo que son diecisiete meses de cárcel; diecisiete años, diecisiete siglos, sobre todo para un hombre como yo, que estaba próximo a ser feliz; para un hombre con vela abierta en una carrera honrosa, y que todo se lo pierde en aquel mismo instante, que del día más claro y hermoso pasa a la noche más profunda, que ve su carrera destruida, que no sabe si aún le ama la mujer que antes lo amaba, que ignora si su anciano padre está muerto o vivo. Diecisiete meses de cárcel para un hombre acostumbrado al aire del mar, a la independencia del marino, al espacio, a la inmensidad, a lo infinito; caballero, diecisiete meses de cárcel es el mayor castigo que pueden merecer los crímenes más horribles del vocabulario humano. Tenga compasión de mí, caballero, y pida para mí no indulgencia, sino rigor, no indulto sino justicia. Justicia, señor, yo no pido más que justicia. ¿Quién se la niega a un preso?

...

Esta visita había hecho revivir a Dantés. Desde su entrada en el calabozo se había olvidado de contar los días; pero el inspector le había dado una fecha nueva, y esta vez no la olvidó, sino que arrancando un pedazo de yeso de la pared escribió en el muro: 30 de julio de 1816. Desde ese momento señaló con una raya cada día que pasaba para poder calcular el tiempo.


La ilustración corresponde a una fotografía del legendario castillo de If, cerca de Marsella, Francia, en el que Dumas ubica los años en prisión de Edmundo Dantés.

viernes, 29 de julio de 2011

Epigrama: JULIO



El día es más largo

y la noche breve,

el calor es un letargo

que en verano se bebe.

lunes, 25 de julio de 2011

Hace un año...



Fue el 23 de julio del año pasado cuando apareció el primer texto en Mitos y reincidencias: el poema Ultimátum, que forma parte de Mitología del Olvido, un poemario de mi autoría. Durante el año transcurrido algunos aspectos del blog se fueron transformando, surgieron los seguidores y la cifra de visitantes ha rebasado los dieciocho mil.

Como el archivo del blog suma ya casi trescientas entradas y se está volviendo un tanto pesado, iré rescatando algunos de los textos más antiguos que lo merezcan, actualizándolos e incluyendo datos más recientes según lo requiera cada caso en particular, para borrar su versión previa y de esa manera recuperar un poco de espacio.

En el momento mismo de cumplirse este aniversario, un lector dejó su comentario anónimo, en Verne y Dumas: La sociedad de la niebla, respecto a que el título que anoté como Memorias de un mago, de Alexandre Dumas, corresponde en realidad a Memorias de un médico, y tiene razón, he confirmado que en las traducciones actuales así se llama. Memorias de un mago corresponde a una traducción más antigua que es la que yo conocía, publicada por una editorial argentina de nombre Tor. No se me ocurrió verificarlo y mantuve un título que, ahora comprendo, ya estará pasado de moda, puesto que los ejemplares que todavía se encuentran como tal, se consideran piezas de colección en algunos sitios de internet. Agradezco pues su interés por este blog y el haberse tomado el tiempo para señalar lo anterior. Los comentarios serán siempre bienvenidos.

Con ese motivo, planeo incluir mañana un fragmento de La dama pálida, también conocida como La hermosa vampirizada -uno de los relatos más breves y menos conocidas de Dumas-, cuya acción se ubica en 1825, cuando al principio se hace referencia a "los últimos días de julio". Y antes de que concluya el mes, algunos párrafos de El conde de Montecristo que también lo refieren.

Mantendré indefinidamente Mitos y reincidencias hasta que las circunstancias me lo permitan. Quién sabe, tal vez el año próximo estaremos hablando de un segundo aniversario por estas mismas fechas. De todas maneras, gracias por visitarlo y leer lo que en él escribo.

viernes, 22 de julio de 2011

Imagen que se repite: RETRATO DE UN MÉXICO CORRUPTO



Es de comprenderse que no sean muy abundantes los títulos en español que aparecen como novedades en la biblioteca pública de Vancouver. La curiosidad me ha llevado a leer algunos, lo que me permite explorar la obra de autores que desconozco. Las sorpresas gratas han sido unas cuantas mientras que los chascos, más bien frecuentes. Hace un par de semanas me encontraba en plena búsqueda de novelas o poemas que mencionaran el exilio y fue así como me topé con La última hora del último día, de Jordi Soler, escritor afincado en Barcelona pero originario de La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes ubicada en plena selva veracruzana, en México. Se trata de una novela con marcados tintes autobiográficos, puesto que está narrada en primera persona y acontece precisamente en La Portuguesa, lugar de nacimiento del autor. Ya no tuve oportunidad de leerla en aquel momento para poder incluir alguna referencia suya relacionada con el exilio. Sin embargo, me quedé con la inquietud de hacerlo, y ahora que estoy emprendiendo su lectura, casi al principio, apenas rebasadas las primeras treinta páginas, me topé con el siguiente párrafo, cuya acción corresponde a 1974:

"... no querían exponerse a discutir mucho el tema y simplemente aceptaban las multas preventivas que establecía el alcalde, unas multas cuyo pronto pago volvía sordos a los oídos de los funcionarios, los hacía incapaces de enterarse de las quejas exageradas, cuando no inventadas, de los trabajadores, y evitaban que los soldados republicanos y sus familias tuvieran que marcharse a un nuevo exilio. Aquellas multas preventivas eran un primor, iban desde la donación para pavimentar o alumbrar la calle, hasta la compra de una furgoneta para la querida del alcalde o del predio donde el gobernador de Veracruz, una vez terminada su legislatura, planeaba construirse una casa para retirarse, un primor aquellas multas de las que no quedaban ni actas, ni comprobantes, ni recibos, y que se establecían en aquellas comidas periódicas en La Portuguesa, a la hora que llegaban a la mesa los habanos y los tragos fuertes." (Páginas 32 y 33)

Lo cual me remitió de inmediato a uno de los diálogos en La silla del águila, de Carlos Fuentes:

"- Es peligroso ser de verdad honesto en este país. La honestidad puede ser admirable , pero acaba por convertirse en vicio. Hay que ser flexible ante la corrupción. Sé honesto tú, Tomás, pero cierra los ojos -como la justicia divina- ante la corrupción de los demás. Recuerda, primero, que la corrupción lubrica al sistema. La mayoría de los políticos, los funcionarios, los contratistas, etcétera, no van a tener otra oportunidad para hacerse ricos, más que esta, la de un sexenio. Luego vuelven al olvido. Pero precisamente quieren ser olvidados para que nadie los acuse, y ricos, para que nadie los moleste. Ya vendrá otra camada de sinvergüenzas. Lo malo es cerrarle el camino a la renovación del pillaje." (Página 280)

Esto lo escribí al final del capítulo 15 de mi novela Decir adiós es morir un poco:

"En efecto, es como si el honor patrio estuviera en juego una vez más. Otra deshonra, una raya más al tigre. Pero permitir que escapara sería seguir hundiéndonos en este círculo vicioso. Si Rosa Ríos y todos los poderosos que disponen a sus anchas del presupuesto siguen gozando de su libertad, ¿por qué un jodido no les puede robar unos cuantos dólares a esos gringos? Recuperar una infinitésima parte de lo que ellos nos despojaron. Vamos a ser coruptos todos, pero parejo. Deshonestos por antonomasia. Lo que no se vale, como dice la chiclera, es ser ojetes con unos y tolerantes con otros. Si esto va a ser una jungla, sin ley y sin respeto, más te valdría irte preparando para ser caníbal. La realidad es una sobredosis de crueldad." (Página 164)

Malcolm Lowry siempre mantuvo una relación de pasión y odio por México, Bajo el volcán sería su mejor muestra. Sólo dos de sus novelas fueron publicadas en vida, las demás han sido rescatadas con el paso de los años. El archivo personal de Lowry fue donado por su viuda Marguerite a la universidad de la Columbia Británica, aquí en Vancouver. En numerosas ocasiones los académicos y expertos en su obra, han tratado de ordenar los apuntes y borradores de otras novelas suyas, mismas que han sido editadas de manera póstuma. Es el caso de Ferry de octubre a Gabriola, de la que ya me he ocupado en este espacio, Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, y otro trabajo inacabado, que se publicó a pesar de que algunos fragmentos son todavía inconexos entre sí y con sus respectivos apuntes al margen incluidos. Su título original es una expresión en español: La mordida, por eso es que los responsables de su edición en inglés -en este caso la universidad de Georgia-, explican en la solapa el significado de su título ("the little bite"): una expresión coloquial mexicana para describir esa pequeña estafa que los oficiales pueden requerir con el fin de hacer expedita la solución de algún asunto. La novela, el borrador inconcluso más extenso dejado por Lowry, recoge una de sus experiencias personales. De viaje por Oaxaca se embriagó, como solía hacerlo siempre, por lo que unos oficiales de la policía le pidieron sus documentos. Como había dejado su pasaporte en el hotel, trató de explicárselos pero el idioma les impidió entenderse. Los policías exigieron cincuenta pesos para dejarlo ir, él no lo comprendió y acabó en la cárcel. El asunto llegó hasta el juzgado, las acusaciones resultaron más severas y Lowry fue finalmente deportado del país que tanto le gustaba y que era el tema predilecto de sus obras. La mordida representa un ejercicio catártico en el que expone lo que percibía como una gran injusticia:

"- ... acerca de ser deportado. Especialmente de México, que es ampliamente conocido como el país más corrupto del mundo.

- No tanto como debería -dijo Sigbjorn-, aunque por ahora estamos casi dispuestos a ser parte de esa corrupción.

- ¿Lo estás tú?

- Si te refieres a que voy a pagarles un asqueroso centavo a esos puercos después de todo lo que nos han hecho, no." (Página 239)

Sin embargo, lo que podría ser dicho como una autocrítica al propio país, jamás se acepta de buen grado que un extranjero lo señale. Así lo experimentaron Vargas Llosa -al referirse al sistema político como una "dictadura perfecta"-, y Arturo Pérez Reverte -cuando en una feria del libro en Guadalajara dijo que esta era "una mala época para nacer en México"-, a lo que yo siempre me he preguntado, desde esta confortable distancia de cuatro mil kilómetros, ¿y no?, ¿en algún momento Pérez Reverte exageró, mintió o calumnió? Lo que me lleva entonces suponer, de acuerdo con aquellos que reaccionaron indignados ante lo aludido, que esta debe ser una gran época para nacer y vivir en México.

Bien lo advertía Octavio Paz hace ya más de medio siglo en El laberinto de la soledad, respecto a esa delicada condición idiosincrática: "una mirada puede desencadenar la cólera de estas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras". El mexicano es, sin duda, un pueblo intenso. Tal vez demasiado.


La ilustración corresponde a Yanga, en el estado de Veracruz, denominado el "primer pueblo libre de América", cercano a la plantación cafetalera La Portuguesa.

(La traducción del inglés del diálogo en La mordida, es de J. Etienne)

jueves, 21 de julio de 2011

Páginas ajenas: EL VIEJO Y EL MAR, de Ernest Hemingway



(Fragmento)

El tiburón se acercó velozmente por la popa y cuando atacó al pez, el viejo vio su boca abierta y sus extraños ojos y el tajante chasquido de los dientes al entrarle a la carne justamente sobre la cola. La cabeza del tiburón estaba fuera del agua y su lomo venía asomado y el viejo podía oir el ruido que hacía al desgarrar la piel y la carne del gran pez cuando clavó el arpón en la cabeza del tiburón en el punto donde el entrecejo se cruzaba con con la que corría rectamente hacia atrás partiendo el hocico. No había tales líneas: solamente la pesada y recortada cabeza azul y los grandes ojos y las mandíbulas que chasqueaban, acometían y se lo tragaban todo. Pero allí era donde estaba el cerebro y allí fue donde le pegó el viejo. Le pegó con sus manos pulposas y ensangrentadas, empujando el arpón con toda su fuerza. Le pegó sin esperanza, pero con resolución y furia.

El tiburón se volcó y el viejo vio que no había vida en sus ojos; luego el tiburón volvió a volcarse, se envolvió en dos lazos de cuerda.El viejo se dio cuenta de que estaba muerto, pero el tiburón no quería aceptarlo. Luego, de lomo batiendo el agua con la cola y chasqueando las mandíbulas, el tiburón surcó el agua como una lancha de motor. El agua era blanca en el punto donde batía su cola, y las tres cuartas partes de su cuerpo sobresalían del agua cuando el cabo se puso en tensión, retembló y luego se rompió. El tiburón se quedó un rato tranquilamente en la superficie y el viejo se paró a mirarlo. Luego el tiburón empezó a hundirse lentamente.

- Se llevó unas cuarenta libras -dijo el viejo en voz alta.

"Se llevó también mi arpón y todo el cabo -pensó-, y ahora mi pez sangra y vendrán otros tiburones."

No le agradaba ya mirar al pez porque había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado, fue como si lo hubiera sido él mismo.

Pero he matado al tiburón que atacó a mi pez -pensó-. Y era el dentuso más grande que había visto jamás. Y bien sabe Dios que yo he visto dentusos grandes.

"Era demasiado bueno para durar". Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño, y que jamás hubiera pescado al pez, y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos."

- Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.
 
 
Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961) Obtuvo el premio Nobel en 1954.

(Traducido el inglés por Lino Novas Calvo)

martes, 19 de julio de 2011

Páginas ajenas: VERANO, de Georg Trakl



Al atardecer calla el lamento

del pájaro en el bosque.

Se inclina la mies,

la roja amapola.


Una negra tormenta amenaza

sobre la colina.

El antiguo canto del grillo

perece en el campo.


Ya no se mueve el follaje

del castaño.

En la escalera de caracol

susurra tu vestido.


En silencio alumbra el candil

en la habitación oscura;

una mano plateada

la apaga.


Quietud del viento, noche sin estrellas.



(Versión al español de Helmut Pfeiffer)

lunes, 18 de julio de 2011

Una serenata para Lupe (páginas 44 y 45)



Después de discutirlo, en United Artists decidieron que debía viajar a México acompañada por un representante de la compañía, para obtener una copia certificada tanto de su acta de nacimiento como la fe de bautizo, documentos que les permitirían demostrar su edad al momento de suscribir el contrato.

En marzo de 1928, Lupe salió rumbo a San Luis Potosí, en donde había nacido en el barrio de San Sebastián, el 18 de julio de 1909. Por su parte, Woodwyard comisionó a un empleado suyo para impedir lo que en México solía ser una práctica común: la alteración de oficios legales a cambio de una suma en efectivo. Sin embargo, su verdadera intención era la opuesta. Quien obtuvo el documento apócrifo fue precisamente su enviado, que regresó a Los Ángeles con una acta en la que aparecía 1904 como el año de su nacimiento. Eso le serviría para tratar de apoyar sus argumentos de que Lupe no era más que una bailarina cuando él la descubrió y que contaba con veintidós años cuando firmó el contrato, por lo que tenía la validez reclamada. No obstante que Woodwyard mismo estuvo al tanto cuando las autoridades migratorias no le permitieron a Lupe ingresar a los Estados Unidos en su primer intento, debido a que era menor de edad, por lo que tuvo que efectuar los trámites posteriores ante la embajada en México.

Los astrólogos aseguran que una suerte de confabulación cósmica rige la existencia humana. Con precisión micrométrica, los movimientos planetarios influyen en la vida de cada individuo, según no sólo la fecha y el año, sino la hora y el minuto, con lo que su carta astral quedará lacrada como un oráculo ineluctable. Por diversos motivos, a Lupe le habían tratado de alterar el año de su nacimiento, pero eso no era suficiente para falsificar un destino al que ahora, de madrugada y en la soledad de su recámara, había llegado la hora de enfrentar.


La ilustración corresponde a una fotografía de Lupe Vélez: flores para su cumpleaños.

viernes, 15 de julio de 2011

Era también un viernes 15 de julio, en LA REINA EN EL PALACIO DE LAS CORRIENTES DE AIRE



"Viernes, 15 de julio

El viernes por la mañana, el doctor Peter Teleborian, que se hallaba sentado en el banquillo de los testigos, inspiró mucha confianza. Fue interrogado por el fiscal Ekström durante más de noventa minutos y contestó todas las preguntas con calma y autoridad. Unas veces su rostro mostraba una expresión de preocupación y otras entretenimiento.

- Resumiendo... -dijo Ekström, hojeando sus notas-, su juicio como psiquiatra, tras muchos años de experiencia, es que Lisbeth Salander sufre de una esquizofrenia paranoide."

De esa manera comienza el capítulo 26 -en total son 29, más un epílogo-, de la última novela de la trilogía Millenium, de Stieg Larsson: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina, y esta, con la que concluye la saga, La reina en el palacio de las corrientes de aire (quienes hablan sueco aseguran que la traducción literal de Luftslottet som sprängdes vendría siendo algo así como "cuando estallan los castillos en el aire").

No pude resistir la tentación de reproducir ese breve párrafo de la novela, sin otro pretexto que la curiosa coincidencia de que la fecha de hoy, en la realidad, corresponde con la ficticia.

Cometí el error, muy común en la actualidad, de ver primero la película y leer después la novela, porque de esa manera uno ya tiene preestablecidos a los personajes y lugares que, de otra manera, quedarían libres a la imaginación del lector, lo cual constituye uno de los mayores privilegios que nos permite la literatura.

Esta trilogía fue adaptada por el cine sueco, país de origen del autor y en el que acontecen sus tramas. Alcanzó un éxito tal que en Hollywood adquirieron los derechos para filmar las versiones en inglés, la primera de las cuales se estrenará el próximo diciembre.

Son novelas muy extensas todas, con alrededor de ochocientas páginas, pero la narración es fluida, de estilo directo, casi periodístico. Su mayor virtud, a mi parecer, es que representan -tanto los caracteres como las situaciones en que se desenvuelven-, un retrato muy vívido de esta época en la que nos ubicamos, al arranque del siglo 21.

Planeo ocuparme en un futuro de la relación entre las obras originales de Stieg Larsson y sus respectivas adaptaciones fílmicas, pero eso lo haré en mi blog sobre cine, y aprovecho la referencia para hacer una invitación a visitarlo: http://textosmentirasyvideos.blogspot.com/ Considero que es su espacio más apropiado.


La lectura de la novela es posible en: http://www.uv.es/mfmarin/Lreina.pdf

La ilustración corresponde a Noomi Rapace caracterizando a Lisbeth Salander en un fotograma de la película La reina en el palacio de las corrientes de aire (2009), de Daniel Alfredson.

miércoles, 13 de julio de 2011

FARO (del poemario Mitología del Olvido)



No es mi voluntad,

es esta necia bruma del exilio la que empaña el horizonte.

Disolveré los residuos de la incertidumbre

con el calor de mi sangre,

navegaré sin mapas, guiado por la estrella polar,

hasta el faro del fin del mundo

último recodo de occidente a orillas del océano.


Una mañana en la bahía

me sorprenderán las gaviotas con la libertad de su vuelo,

enfrentaré mis rasgos desfigurados por el tiempo

y las traiciones del olvido.

Sólo entonces comprenderé

que cualquier delirio de mi corazón exhausto

podrá ser el último.

viernes, 8 de julio de 2011

Epigrama: AVE

a Darya

Por su espíritu errante

siempre será extranjera,

igual que la amante

con obsesión viajera.




jueves, 7 de julio de 2011

Julio: PERMANECE UNA IMAGEN, de Constantino Cavafis


Sería la una de la noche
o la una y media acaso

En un rincón de la taberna,
tras el tabique de madera.
Los dos tan sólo en el lugar vacío.
Una lámpara de petróleo vagamente lo iluminaba.
Dormía el sirviente a la puerta la fatiga de la vigilia.

Nadie podría vernos. Aunque ahora
la pasión era tan intensa
que la prudencia desbordaba.

Entreabrimos nuestros vestidos, ya muy escasos en el ardor
de un divino mes de julio.

Cuerpo gozado en la levedad
de las ropas entreabiertas.
Desnudez breve de la carne, cuya imagen ha atravesado
veintiséis años y ahora acude y permanece en el poema.


Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933)
 
(Traducido del griego por José Ángel Valente)

viernes, 1 de julio de 2011

Ciudadanos del mundo



Acabo de acompañar a mi amigo Raúl Herrera a recibir formalmente su ciudadanía canadiense. Fue un evento bastante más concurrido de lo habitual debido a que se quiso aprovechar que hoy viernes se celebra el Día de Canadá (Canada Day) o la Fiesta de Canadá (Fete du Canadá, en las provincias francófonas). Es el equivalente de los festejos de independencia en las naciones del continente americano o del aniversario de la revolución en Francia. Se conmemora la unión de todas las colonias, es decir, el origen de Canadá como país. Con ese motivo se llevaron a cabo ceremonias colectivas en todas las provincias y se aprovechó el viaje del recién casado príncipe William y su esposa Kate, para que estuvieran presentes en la que tuvo lugar en la capital.

Durante su discurso, la juez que presidió el acto en Vancouver fue muy enfática en cuanto a que quienes hemos llegado a este país tras sufrir persecuciones y acosos o como víctimas de la guerra, podremos vivir con la seguridad que confiere la paz y la confianza de la libertad. Les concedió un lugar muy especial a aquellos que provienen de los campamentos de refugiados y al final mencionó una cifra que no dejó de impresionarme, junto con Raúl, mexicano, había personas provenientes de otros 56 países. Al término del día, tras concluir las otras dos ceremonias aún pendientes de realizarse, sumarían 97 en total. Todos ellos tendrán, en el futuro, una doble nacionalidad, la del país del que son originarios y desde ahora, como canadienses, serán también súbditos de la reina Isabel II -quien asumió el trono a la muerte de su padre, Jorge VI, en 1952, cuando tenía 25 años de edad-.

Parece que el tiempo ha terminado por concederle la razón a Marshall McLuhan en cuanto a la desaparición progresiva de las fronteras para asimilarnos en su concepto de la Aldea Global. Es cada vez más común que los habitantes del planeta nos comuniquemos de manera cotidiana en dos o más idiomas y que tengamos también diferentes ciudadanías. Somos los ciudadanos globales, para aprovechar el término acuñado por el propio McLuhan -por cierto, canadiense-. Lo cual no deja de recordarme aquella famosa respuesta de Charles Chaplin, víctima de la cacería de brujas encabezada por el senador McCarthy, cuando le preguntaron si era comunista, a lo que contestó: "Soy un patriota de la humanidad. Soy un ciudadano del mundo". Frase a la que también recurrió en el discurso culminante de su película El gran dictador (1940). Aunque, para ser precisos, siglos antes Sócrates había dicho que "no soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo", y Erasmo de Rotterdam pedía ser llamado así. Gandhi hablaba del deber que todos tenemos como ciudadanos del mundo y Borges aseguraba algo que ahora resulta tan válido como cuando lo dijo: "La idea de fronteras y de naciones me parece absurda. Lo único que nos puede salvar es ser ciudadanos del mundo". Y es que, según Montesquieu, ante todo somos humanos, la nacionalidad es algo que viene por azar.

Aunque tengo la fortuna de experimentar de manera cotidiana la llamada multiculturalidad de la sociedad canadiense, una de las más cosmopolitas del mundo, no dejó de emocionarme que durante el acto en el que se reunieron individuos provenientes de países tan lejanos entre sí, algunos de ellos sin aparente conexión alguna, otros, como el caso de Mauricio Vázquez, un amigo que también nos acompañaba, al ser colombiano, nos acercaba nuestra hispanidad. Qué paradoja, si todavía viviese en mi natal Tampico, no mantengo duda alguna de que consideraríamos a Mauricio como un extranjero, en cambio aquí, entre asiáticos, europeos y africanos, al sentarnos juntos para compartir el evento, era como estar con un paisano. Una novela de Ciro Alegría se titula El mundo es ancho y ajeno, creo que ahora, en esta sociedad globalizada, la anchura del mundo ha comenzado a dejar de ser ajena.
 
 
Jules Etienne