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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 28 de febrero de 2011

¿La última nevada?


La tarde del sábado empezó a caer la nieve y así continuó hasta el domingo por la mañana. Como en esta ciudad en la que vivo son muy pocos los días del año que tenemos oportunidad de disfrutarla -el clima de Vancouver es más bien tipo Mediterráneo, mientras que en el resto del país se asemeja al de la península escandinava-, me parece que esta podría ser la última ocasión en este invierno en que veremos nieve en las calles de la ciudad.

Casualmente, por la tarde me visitó una joven chilena, Gabriela Céspedes, a quien junto con otros paisanos suyos les renté un departamento el año pasado, hasta que tuvieron que regresar a su tierra. Ahora que ya está aquí de nuevo, vino por la correspondencia que sigo recibiendo en el buzón del que fuera su domicilio. Y de pronto me quedó muy claro porqué la mayoria de los poetas hispanoamericanos suelen ser más bien tacaños en sus referencias a la nieve, mientras que los chilenos, por el contrario, la mencionan casi con la misma frecuencia que los europeos. Durante el invierno austral, que va de junio a septiembre, toda la cordillera andina y lugares aledaños, reciben la nieve que hizo a Neruda preguntarse ¿Por qué para esperar la nieve se ha desvestido la arboleda? y exclamar:

Oh Chile, largo pétalo
de mar y vino y nieve.

En otro de sus poemas, dedicado a la muerte de Tina Modotti, decía:

A mi patria te llevo para que no te toquen,
a mi patria de nieve para que a tu pureza
no llegue el asesino...

También la describe Gonzalo Rojas en Crecimiento de Rodrigo Tomás:

Tu alta dinastía se remonta al resplandor de la nieve.
A las noches en que tu madre quería verte tras nuestra única ventana
y allá afuera la nieve era un diálogo ardiente
entre mi desesperación y el bulto vivo que contenía tu relámpago.
...
Te di para tu libertad la nieve augusta y el lucero.
...
Primogénito mío: tu casa era lo alto de la nieve de Chile.
De la cobriza sierra te bajé hasta las islas polares.

Para continuar de manera majestuosa:

Tierra para tu sangre. Mar y nieve
para tu entendimiento, y Poesía
para tu lengua.

De Gabriela Mistral -quien no es una poeta que acostumbro a leer-, esta es la estrofa inicial de Mientras baja la nieve:

Ha bajado la nieve, divina criatura,
el valle a conocer.
Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas.
¡Mirémosla caer!

Vicente Huidobro del que, por el contrario, suelo visitar su obra con frecuencia, menciona a la nieve en su poema Noche:

Sobre la nieve se oye resbalar la noche

La canción caída de los árboles
y tras la niebla daban voces

De una mirada encendí mi cigarro

Cada vez que abro los labios
inundo de nubes el vacío

En el puerto
los mástiles están llenos de nidos

Y el viento
gime entre las alas de los pájaros.

Para concluir, este fragmento del discurso que leyó Neruda al recibir el premio Nobel de literatura, en diciembre de 1971:

"A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por los glaciares a manos del invierno, por las tremendas tormentas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar que los que no pudieron seguir se quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades de invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos."



La ilustración corresponde a una fotografía del atardecer en la cordillera andina.

jueves, 24 de febrero de 2011

Páginas ajenas: LA TREGUA, de Mario Benedetti


(Fragmento)

Domingo 17 de marzo

Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. Quién sabe, a lo mejor me acostumbro a despertarme a las diez. Fui a almorzar al Centro porque los muchachos se fueron por el fin de semana, cada uno por su lado. Comí solo. Ni siquiera me sentí con fuerzas para entablar con el mozo el facilongo y ritual intercambio de opiniones sobre el calor y los turistas. Dos mesas más allá, había otro solitario. Tenía el ceño fruncido, partía los pancitos a puñetazos. Dos o tres veces lo miré, y en una oportunidad me crucé con sus ojos. Me pareció que allí había odio. ¿Qué habría para él en mis ojos? Debe ser una regla general que los solitarios no simpaticemos. ¿O será que, sencillamente, somos antipáticos?

Volví a casa, dormí la siesta y me levanté pesado, de mal humor. Tomé unos mates y me fastidió que estuviera amargo. Entonces me vestí y me fui otra vez al Centro. Esta vez me metí en un café; conseguí una mesa junto a la ventana. En un lapso de una hora y cuarto, pasaron exactamente treinta y cinco mujeres de interés. Para entretenerme hice una estadística sobre qué me gustaba más en cada una de ellas. Lo apunté en la servilleta de papel. Éste es el resultado. De dos, me gustó la cara; de cuatro, el pelo; de seis, el busto; de ocho, las piernas; de quince, el trasero. Amplia victoria de los traseros.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Epigrama: SEUDÓNIMO


Escribir con nombre inventado

equivale a la quimera

de que un cómplice viviera

detrás de lo imaginado.

martes, 22 de febrero de 2011

Un seudónimo peculiar: HONORIO BUSTOS DOMECQ


Entre los autores de novela negra y policial resulta bastante común el uso de seudónimos literarios, o pen name como se les dice en inglés. Dashiell Hammett publicó sus primeros relatos para la revista Black Mask como Peter Collinson, el verdadero nombre de Ross MacDonald era Keneth Millar y James Hadley Chase se llamaba en realidad René Brazoban Raymond. En nuestra lengua resulta célebre el caso de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, quienes publicaron en 1942 un volumen con media docena de relatos detectivescos bajo el título de Seis problemas para don Isidro Parodi. El nombre del autor, Honorio Bustos Domecq, lo formaron con los apellidos de sus respectivos bisabuelos.

Tratándose de Borges, con su irrefrenable vocación satírica, no es de sorprender que hasta una biografía le hayan inventado -misma que aparece en el prólogo-, firmada por una tal Adelma Badoglio:

"El doctor Honorio Bustos Domecq nació en la localidad de Pujato (provincia de Santa Fe), en el año de 1893. Después de interesantes estudios primarios, se trasladó con toda su familia a la Chicago argentina. En 1907, las columnas de la prensa de Rosario acogían las primeras producciones de aquel modesto amigo de las musas, sin sospechar acaso su edad. De aquella época son las composiciones: Vanitas, Los Adelantos del Progreso, La Patria Azul y Blanca, A Ella, Nocturnos. En 1915 leyó ante una selecta concurrencia, en el Centro Balear, su Oda a la "Elegía a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, proeza que le valiera una notoriedad ruidosa pero efímera. Ese mismo año publicó: ¡Ciudadano!, obra de vuelo sostenido, desgraciadamente afeada por ciertos galicismos, imputables a la juventud del autor y a las pocas luces de la época, En 1919 lanza Fata Morgana, fina obrilla de circunstancias, cuyos cantos finales ya anuncian al vigoroso prosista de ¡Hablemos con más propiedad! (1932) y de Entre libros y papeles (1934). Durante la intervención de Labruna fue nombrado, primero, Inspector de enseñanza, y, después, Defensor de los pobres. Lejos de las blanduras del hogar, el áspero contacto de la realidad le dio esa experiencia que es tal vez la más alta enseñanza de su obra. Entre sus libros citaremos: El Congreso Eucarístico: órgano de la propaganda argentina, Vida y muerte de don Chicho Grande, de, ¡Ya sé leer! (aprobado por la Inspección de Enseñanza de la ciudad de Rosario), El aporte santafecino a los Ejércitos de la Independencia, Astros nuevos: Azorín, Gabriel Miró, Bontempelli. Sus cuentos policiales descubren una veta nueva del fecundo polígrafo: en ellos quiere combatir el frío intelectualismo en que han sumido este género Sir Conan Doyle, Ottolenghi, etc. Los cuentos de Pujato, como cariñosamente los llama el autor, no son la filigrana de un bizantino encerrado en la torre de marfil; son la voz de un contemporáneo , atento a los latidos humanos y que derrama a vuela pluma los raudales de su verdad."

Juan Ángel Juristo establece algunas claves en la personalidad de esta invención, fantasioso juego literario de ambos autores: "H. Bustos Domecq, autor del libro, cumple una condena de cadena perpetua por un crimen del que se supone, por el tono de la obra, es inocente. Desde la celda 273 resuelve asesinatos y otros problemas criminales y, sin embargo, es incapaz de demostrar su inocencia porque un funcionario de la comisaría 8 le debe dinero y no le interesa que don isidro se lo reclame. Este endeble estructura, endeble e inverosímil, permite que don Isidro acceda a los universos más surrealistas y a la resolución de los problemas más abstrusos con el sólo concurso de su inteligencia."

Hubo un primer antecedente, y es que Borges ya había empleado, en 1933, el seudónimo de F. Bustos como el supuesto autor de El hombre de la esquina rosada. En 1967, reincidieron (palabra clave en este blog), Borges y Bioy Casares, con la publicación de Crónicas de Bustos Domecq. Diez años más tarde, apareció Nuevos cuentos de Bustos Domecq. Siempre se dijo que, en su momento, a Borges le disgustó que se hiciera pública la verdadera identidad de su creación, aunque al final acabó por resignarse.

En una divertida entrevista con ambos escritores, que les hiciera Renée Sallas, para la revista Gente, publicada en agosto de 1977, acerca de la personalidad de Bustos Domecq -al que siempre se refieren como si en realidad existiese-, sobre su forma de vestir, sus ideas políticas, su vida familiar y sus lecturas, en la que dejan establecido que: "Tiene sesenta años. Es gordo y hasta panzón. Mide 1.75 metros. Pesa 82 kilos". Y luego agregan que "está siempre vestido de gris oscuro" y que "Lee muy poco. Pero siempre dice que ha leído algún libro, para quedar bien". Aclaran que, cuando lo ven, "Generalmente nos citamos en un café que está en Corrientes, entre San Martín y Reconquista. Muchas veces tratamos de llevarlo a La Fragata, pero siempre se negó. Detesta las confiterías: prefiere los cafés". Al final, les pregunta si va a vivir muchos años Bustos Domecq, y Borges responde: "Para mí, no. Para mí ya es un extinto". En cambio Bioy Casares expresa su deseo personal: "A mi me gustaría que viviera mucho tiempo". ¿Y Bustos Domecq -insiste la entrevistadora-, qué opina del particular?: "Nunca hablamos con él de este tema... Él jamás piensa en la muerte".


Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.

lunes, 21 de febrero de 2011

Novela negra y el seudónimo de Nil Barral



La semana pasada, leyendo las crónicas de lo acontecido en el encuentro de novela negra de Barcelona, BCNegra, del que ya con anterioridad había comentado algo, me encontré con que uno de los títulos que provocó mayor curiosidad es El hombre que dormía en el coche, escrito originalmente en catalán y publicado con seudónimo: Nil Barral. Lo original del asunto es que Nil Barral es también el nombre del protagonista. El hecho no dejó de provocarme cierta envidia impregnada de nostalgia.

Cuando me encontraba escribiendo Decir adiós es morir un poco, había decidido su título desde un principio, tanto por el hecho de que intentaba un homenaje a Raymond Chandler como porque esa sería su frase culminante, "tal y como en la novela que acabas de leer: Decir adiós es morir un poco." Sin embargo, siempre tuve la tentación de firmarla con seudónimo, el del propio Felipe Mar Law. Esa fue la razón por la que elegí la narración en segunda persona, porque pretendía que fuese como un espejo en el que la creación hablaba con su creador, el personaje con el autor, que al final de cuentas serían el mismo. Lo que modificó el plan, cuando ya la había concluido y estaba a punto de publicarse, era que plantea en términos de reelaboración ficiticia un hecho real de la política mexicana: el fraude que cometió Rosario Robles en contubernio con Luis Kelly, propietario de la agencia de publicidad Publicorp, y que en los medios se le conoció como "el cochinito". Por un lado, no quise que esto le restara seriedad -no podría decir credibilidad, puesto que se trata de una novela, con todo lo de imaginario que eso implica-, a la propuesta literaria y, sobre todo, que se me acusara de cobardía al ni siquiera tener el valor de firmarla con mi propio nombre: ya se sabe que la burocracia mexicana es muy proclive a tratar de desviar la atención sobre sus propias irresponsabilidades acusando de todo lo que sea posible a los demás, como si el desprestigio ajeno implicara su propia absolución.

Y entonces, me quedé con las ganas. A mí me parecía una propuesta literaria divertida poder jugar con esa duplicidad autor-personaje, sobre todo, al establecer el relato hablando de tú, en el singular de la segunda persona.

A ver si más adelante tengo la oportunidad de leer a Nil Barral, los comentarios sobre la obra coinciden en su entusiasmo, y no dejaré de evocar algo que me hubiera gustado hacer y no se dieron las condiciones para que así fuese. Tal y como lo escribí en el prólogo de Una serenata para Lupe: "Es preferible pecar por haber inventado las cosas que por no haber imaginado nada".


Nota: para una relación más amplia de seudónimos empleados por los autores de novela negra, basta consultar las etiquetas correspondientes a novela negra o seudónimos literarios.

domingo, 20 de febrero de 2011

Páginas ajenas: MUERTE DE ISOLDA, de Horacio Quiroga



Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo.

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro -aun bien hermoso-, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

- Se conocen -me dije- y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había retirado.

- Final de idilio -me dije melancólicamente.

Él no volvió más, y el palco quedó vacío.

* * *

- Sí, se repiten -sacudió largo rato la cabeza-. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana. Yo quiero tanto como usted esa obra, y acaso más. No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa. Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que no se acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!... oígame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y segundo, por que usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Oígame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia, flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte-a-téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fui allá, dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

- ¿Qué tienes? -me dijo.

- Nada - le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y desapareció.

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

- ¡Es evidente!... -murmuró.

- ¿Qué? -le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

- ¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.

- Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:

- ¡Esteban!

- ¿Qué? -torné a repetir.

Ésta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, manteniendo fija en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado, al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía en ella más que injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

- Yo creía que no íbamos a tener más escenas le dije paseándome.

No me respondió y agregué:

- Pero que sea esta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

- Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

- ¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!

- ¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

- Como quieras.

Era una despedida, yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

- Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.

No comprendió y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

- ¡Es claro! -apoyé brutalmente-. Porque de mí no has tenido queja... ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.
 
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta de propio valer. Y luego la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado es la más bella luz que pueda inundar el corazón de un hombre.

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala y la vi echada sobre el sofá, sollozando el alma entera, entre sus brazos.

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

- ¡Inés! -dije.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor -¡esa vez sí, inmenso amor!

- No, no... -me respondió-. ¡Es demasiado tarde!

(...)

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...

- Me creerá -reanudó Padilla-, si le digo que en mis insomnios de soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido y torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá, toda la pureza que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... Comprendí al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada -única entre todas las mujeres-, habían sido mías, bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración. También apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable...

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez años antes sobre el sofá ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.

¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!... Pero, ¿habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la llamé:

- ¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

- No, no... ¡Es demasiado tarde!


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)
 
La ilustración corresponde a Tristán e Isolda, la muerte (1910), de Rogelio de Egusquiza.

sábado, 19 de febrero de 2011

Horacio Quiroga: el suicidio como destino


Fue el 19 de febrero de 1937, cuando Horacio Quiroga, tras enterarse de que padecía un avanzado e incurable cáncer gástrico, decidió suicidarse ingiriendo cianuro. Sin embargo, su vida parecería marcada por las muertes trágicas de su entorno. No había cumplido ni tres meses de edad cuando su padre murió al dispararse accidentalmente la escopeta que llevaba; siendo todavía adolescente, de quince años, su padrastro se suicidó tras padecer un derrame cerebral; sus hermanos Prudencio y Pastora murieron de fiebre tifoidea en el Chaco; y la muerte accidental de su mejor amigo, Federico Ferrando, fue todavía más dramática: éste había decidido batirse en duelo, como se estilaba por aquella época -lo narrado tuvo lugar en 1901-, con un periodista de Montevideo, que era donde radicaban. Ferrando se lo informó a Quiroga quien, en un acto de buena fe, se dio a la tarea de revisar y limpiar el revólver de su amigo cuando una bala se disparó por accidente, provocando su muerte instantánea. Incluso permaneció detenido unos días hasta que se pudo aclarar la naturaleza fortuita de lo acontecido.

Marcado por la experiencia, decide abandonar su Uruguay natal y se traslada a Argentina. En Buenos Aires se dedica a la docencia y como era un buen fotógrafo, su maestro Leopoldo Lugones lo invita a viajar a la región de las misiones jesuitas, en la selva. Quiroga se enamoró de aquel lugar -lo cual quedaría plasmado en su obra- y, con el tiempo, adquirió una propiedad en Misiones, a la que se llevaría a vivir a su esposa Ana María Cirés, una joven muy bella que había sido su alumna y a quien le dedica su novela Historias de un amor turbio. Pero como si un oráculo griego lo hubiese determinado, hastiada de la monotonía de una vida tan apartada, acabaría por suicidarse, ingiriendo veneno. La agonía fue terrible, se prolongó varios días, durante los cuales Quiroga le pidió perdón y le suplicó que viviera, pero fue inútil. Habían tenido dos hijos, Eglé -hermoso nombre mitológico: la más bella de las hijas del sol- y Darío. Tras su muerte, por fin decidió regresar a Buenos Aires con sus hijos, no sin antes quemar la ropa y destruir sus fotos, borrar todo vestigio de la presencia de Ana María en su vida.

Tiempo después se enamoró de una joven de 17 años, que también se llamaba Ana María, pero los padres se opusieron a la relación y se la llevaron lejos de él. Eso inspiró su novela Pasado amor, que publicaría en 1929. Finalmente, se casó con María Elena Bravo, una compañera de escuela de su hija Eglé, que aún no había cumplido los veinte años cuando se fue a vivir con él a la propiedad que conservaba en Misiones.

Los cuentos de Quiroga fueron equiparados con el estilo de Poe, fantasías misteriosas y a menudo delirantes. En 1896, antes de cumplir los dieciocho años, escribió una reflexión premonitoria sobre el suicidio: "Para mí el suicidio sigue inmediatamente a la desgracia. El arruinado se mata cuando su casa quiebra. El enfermo se mata cuando llanamente comprende que su mal no tiene cura y entre sufrir y no sufrir es fácil la elección..." Poco tiempo después de que su segunda esposa lo abandonó, se le diagnosticó el cáncer que lo orilló al suicidio en 1937, cuando tenía 58 años de edad.

Pero el recuento de los suicidios no termina allí. Leopoldo Lugones, su mentor literario y a quien Quiroga tanto admiraba, se embarcó rumbo a un lugar de recreo denominado Tigre, en Argentina, vestido de blanco, pidió un whisky y se le veía tranquilo. Después en su habitación, lo mezcló con cianuro y lo ingirió. Era el 18 de febrero de 1938. Al día siguiente se cumpliría el primer aniversario de la muerte de Quiroga.

Cuando Alfonsina Storni y Quiroga se conocieron, surgió entre ambos una simpatía inmediata y se decía que hubo algo más que amistad. Al enterarse de su muerte ella escribió:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien que luego sonreías...
Allá dirán.

Por la misma época de la muerte de Lugones, también se suicidó Eglé, la hija de Quiroga. Devastada, Alfonsina empezó a frecuentar el Tigre durante ese año. Debido a que padecía de cáncer en el seno se le había practicado una mastectomía un par de años atrás. El 25 de octubre se internó en el mar con todos los poemas que le quedaban por escribir. Darío, el último sobreviviente de los Quiroga Cirés, se suicidaría más tarde, en 1952.

En sus días finales, Quiroga le escribió en una carta a un amigo suyo, César Tiempo -periodista y escritor argentino de origen ucraniano-: "Yo ya escribí cien cuentos y dije todo lo que tenía que decir". Un tanto a la manera del poeta Cesare Pavese, cuyo testamento fueron el puñado de palabras que precedieron a su suicidio: "Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más".

 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de la casa de Horacio Quiroga,
en San Ignacio, provincia de Misiones, Argentina.

Plath, Quiroga y Hemingway: La predisposición al suicidio



Recuerdo que recién acababa de ver la película Sylvia -con Gwyneth Paltrow como la trágica Sylvia Plath-. Esa misma noche me puse a leer su poesía y un rato más tarde ya me encontraba en la tarea de traducir al español su poema Espejo. La estrofa final me parecía terrible, por amarga y dolorosa. Aunque entonces caí en la cuenta de que la vejez, después de todo, no es inevitable si se tiene una muerte temprana. En lo personal, siempre he temido más a la senilidad que a la muerte. Me aterra la idea de depender de otros hasta para las tareas cotidianas elementales y esa supervivencia más allá de la inutilidad me parece, de plano, la terca permanencia en un lugar que ya no nos corresponde. Creo que en eso radica la gravedad del suicidio desde el punto de vista de la iglesia, porque en ese caso no es una fuerza superior la que dispone el momento de morir, es un acto volitivo del propio ser humano que lo confronta con su creador, y equivale a un desafío: voy a vivir sólo hasta que yo quiera, hasta que sea mi voluntad. Supongo que eso habrá influido para que la incidencia de suicidios sea tan alta entre los escritores. Finalmente la creación de una obra literaria, con sus arbitrarias situaciones y personajes, al antojo de quien lo escribe, es lo que más puede asemejar a un humano con la divinidad.

A la fecha, todavía sigo sin comprender la gran tragedia de la religión judeo cristiana -en la que hemos sido educados en la cultura occidental-, en torno al suicidio. Griegos y romanos lo practicaban sin tanto dilema moral, para ellos se trataba más bien de una mera cuestión existencial. Todavía en la actualidad, para los japoneses es un acto decoroso. Por ejemplo, cuando un sujeto ha cometido una falta grave, se atormenta con el harakiri y se quita la vida -a propósito de escritores, así lo hizo Yukio Mishima-, de esa manera limpia su honor y el de su descendencia. Es decir, no se trata de un hecho condenable, por el contrario, exalta el valor y el sentido del honor de quien lo practica. Pero a los católicos nos enseñaron que el suicidio va contra los principios de la religión. Por eso no tenemos la visión del suicida, así sea un poeta, como un personaje de belleza trágica. Sylvia Plath se suicidó por amor, o más bien, por la ausencia de él. Cuando se percató de que jamás iba a recuperar el amor perdido, decidió que entonces su existencia carecería de sentido. Lo apostó todo al amor por una persona y perdió. Horacio Quiroga se quitó la vida para evitar el sufrimiento. Después de leer su biografía y con todo lo que padeció ¿no se había ganado el derecho a renunciar a la vida si ésta no iba a ser más que la prolongación de un flagelo? Sin duda se trata de algo muy subjetivo. Pero mi opinión ni siquiera importa, porque la única que realmente cuenta es la de la propia Sylvia Plath, o la de Quiroga o la de Alfonsina Storni.

Después de traducir el poema, escribí un texto tratando de retomar algunas de sus líneas -no se trataba de una paráfrasis porque no era otro poema ni tampoco una recreación-, más bien me ocupaba de su muerte, de los momentos en que debió asumirla y traté de imaginar lo que habría visto en el espejo, con la certeza de que era la última vez que vería su rostro reflejado en él. El título: Sylvia Plath también se suicidó en febrero, se lo puse ayer mismo como consecuencia de que recién me había ocupado de Horacio Quiroga, otro suicida del mismo mes.

En el transcurso del día, recordé que en alguna ocasión, escribiendo sobre los suicidios en la familia Hemingway, encontré una explicación científica:

Ernest Hemingway se disparó con su escopeta en 1954, unos días antes de cumplir los sesenta y dos años. No fue el primero ni el único caso de suicido en la familia, Clarence, su propio padre, también se suicidó a los 57 años, lo mismo que sus tíos Ursula y Leicester, así como su nieta Margaux. Un médico advirtió que el padre de Ernest Hemingway padecía de hemocomatosis, una enfermedad hereditaria que afecta el metabolismo del hierro, el cual se acumula en los tejidos afectando las funciones del páncreas y del hígado, lo que provoca inestabilidad en el cerebro y la consecuencia son severos y prolongados períodos depresivos. Por expresarlo en términos dramáticos: llevan el suicidio en la sangre.



Hace unos días, relataba los suicidios que rodearon al de Horacio Quiroga, tanto el de su primera esposa como el de sus dos hijos. El año antepasado, en marzo, también se suicidó Nicholas, el hijo menor de Sylvia Plath. Tenía un año cuando ella murió en 1963. Era biólogo, radicaba en Alaska y tenía 47 años cuando se ahorcó. Tal vez, en efecto, exista una deficiencia fisiológica que lo propicia. Más allá de cualquier divagación religiosa.


Jules Etienne 

sábado, 12 de febrero de 2011

Páginas ajenas: LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, de Gustave Flaubert


(Fragmento del capítulo IV de la tercera parte)

El 12 de febrero, a las cinco, se le declaró una espantosa hemoptisis. El médico de guardia avisó del peligro, e inmediatamente se fue en busca de un sacerdote.

Durante la confesión del señor Dambreuse, su señora lo miraba de lejos, con curiosidad. Terminada aquélla, el joven médico le puso un vejigatorio y aguardó.

La luz de la lámparas, semioculta por los muebles, iluminaba desigualmente la habitación. Frédéric y la señora de Dambreuse, al pie de la cama, observaban al moribundo. En el alféizar de una ventana, el médico y el sacerdote hablaban a media voz; la hermana de la Caridad, de rodillas, musitaba unas oraciones.

Se oyó un estertor. Se enfriaban las manos, y el rostro empezaba a palidecer. A veces se le escapaba una profunda espiración; de tiempo en tiempo se hacían más raras; articuló confusamente dos o tres palabras; exhaló un suspiro a la vez que volvía los ojos, y la cabeza cayó de lado sobre la almohada.

Todos, durante un minuto, permanecieron inmóviles.

La señora de Dambreuse se aproximó, y sin esfuerzo, con la sencillez del que cumple un deber, le cerró los párpados.


Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)

jueves, 10 de febrero de 2011

Páginas ajenas: MIRAMAR, de Naguib Mahfouz


Me quedé en la puerta de la tienda esperando a que saliera. Nuestros ojos se encontraron; los míos sonrientes y llenos de admiración pero los suyos, severos e inquisitivos. Luego, la seguí de cerca, admirando su belleza silvestre. En la Cornisa, nos sorprendió una ráfaga de brisa otoñal, mezclada con los tenues rayos del sol. Caminaba con paso rápido y decidido, y justo antes de entrar al edificio de Miramar, se volvió para mirar hacia atrás: tenía los ojos de color miel, exquisitos pero evasivos.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El Miramar de los chilenos


En Chile es común encontrarse en la costa con lugares denominados Miramar, desde modestas hosterías hasta el lujoso hotel Sheraton en Viña del Mar, el cual, por cierto, tiene un bar llamado Farewell, en honor del poema con ese título de Pablo Neruda, que concluye así:

Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo en tus brazos. No sé hacia donde voy.

... Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

En Quintay, además de una peculiar casa en un risco, también tienen su Miramar. Y Francisco Véjar es el autor de un poema que se titula Escrito encontrado en una mesa del restaurante Miramar. Este es un fragmento:

... Nuestro tiempo debería ser infinito como las arenas de esa playa.
Mas toda ceniza, toda embriaguez, toda permanencia
es innecesaria porque perecemos. Y en la costa -como se sabe- sigue
el incesante espectáculo del oleaje. Caminamos
sobre osamentas dispersas que han devuelto las olas del mar,
caminamos para abrir tantas puertas;
puertas de acero, puertas de madera, puertas invisibles,
-mudanza interior de la cual queremos desprendernos-
donde una palabra lleva todo lo que hemos podido poseer.

Pero como también hay un Miramar en Argentina, y es uno de los barrios de Santurce, en San Juan de Puerto Rico, que sirvió para darle título a El manuscrito de Miramar, de Olga Nolla, mejor dejaré a tantos Miramares en paz para poder regresar a mi intención original: la novela Miramar del egipcio Naguib Mahfouz.


La ilustración corresponde a una fotografía de la casa en la roca,
en Quintay, Chile, y fue tomada por Carlo Rocuant.

martes, 8 de febrero de 2011

Páginas ajenas: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso


(Fragmento)

Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schönbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir en un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichen Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.

Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado de recuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia de Béguinage se caiga en pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.


La ilustración corresponde a la pintura Maximiliano y Carlota parten de Miramar
rumbo a México (1864), de Cesare dell'Acqua.

lunes, 7 de febrero de 2011

MIRAMAR (del poemario Mitología del Olvido)



Añeja costumbre de dormir la siesta

de beber las humedades del trópico

la levedad de la brisa

y sus misterios distantes

pura nostalgia que se disuelve,

arena entre los dedos.

Proviene del mar una promesa errante

que el solitario advierte

con la dignidad del sabio

observa a las olas reincidir

y apretando los párpados

aspira el aroma de la infancia

mientras siente envejecer los días.

viernes, 4 de febrero de 2011

Entre Miramares te veas


Hay ocasiones en las que cuesta trabajo decidirse a escribir sobre determinado tema. Otras, en cambio, éste se presenta casi como un destino. Se convierte en una suerte de necesidad vital desahogar ciertos sentimientos o compartir aquello que recién se ha descubierto. En mi novela Una serenata para Lupe -sobre la cual mantengo un blog que invito a visitar-, escribí que "El cine, como la vida misma, sin coincidencias no sería sino una página en blanco". Interpretaciones freudianas al margen, soy un firme creyente de que construimos nuestra existencia individual, y por consecuencia la colectiva, con base en el impulso volitivo que son todas y cada una de nuestras decisiones, pero sujetas a las coincidencias y desencuentros fuera de nuestro control: el azar.

Precisamente ayer jueves, en Mitología del olvido, mi blog de poesía, incluí un poema que escribí hace algunos años, en 1996, durante la que con el tiempo se convertiría en mi última visita al puerto que me vio nacer -sin que ni remotamente lo imaginara en aquel momento-, puesto que no he regresado desde entonces. El título de dicho poema, de carácter reminiscente, es el de la playa, inolvidable para mí, en la que transcurrieron mi infancia y juventud: Miramar.

Más tarde, leyendo las noticias o, de tan maltrecho que se encuentra nuestro planeta en la actualidad tal vez debiera decir "el parte de guerra", al detenerme en la situación caótica que se vive en Egipto, me llegó de golpe una impresión, como un recuerdo confuso, o lo que los franceses llaman con la elegancia propia del idioma de mis ancestros: déja vu, algo que resulta difícil de describir porque se manifiesta en el terreno de las emociones más íntimas, a veces inexplicables: Egipto... Naguib Mahfouz... Miramar...

Podría aducir que no conozco gran cosa de literatura egipcia, puesto que Mika Waltari, autor de Sinuhé, el egipcio, era finlandés, y que Adonis, el poeta en lengua árabe que tanto disfruto y aspirante al Nobel de literatura, nació en Siria. En cambio de Mahfouz, quien ya había recibido dicho premio, desde que su novela El callejón de los milagros fue adaptada al cine en México, con gran fortuna habría que subrayarlo, por Jorge Fons, y en la que entonces debutaba en el cine una actriz surgida de las telenovelas: Salma Hayek; y luego de que Arturo Ripstein se basara en otra novela suya, Principio y fin -con guión de su esposa Paz Alicia y los resultados soporíferos que cabría esperar de un cineasta con la mano tan pesada para dirigir, como es el caso de Ripstein-, se tienen más referencias.

Debo haber leído por entonces sus datos biográficos, en los que de seguro se hacía mención a la novela Miramar y ese título, más que recordarme al castillo del fallido emperador Maximiliano, en Trieste ("... que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar", diría Carlota en uno de sus monólogos, de acuerdo con lo narrado por Fernando del Paso en Noticias del Imperio), me remitió de inmediato a la playa de Tampico. Al mar con su aroma de infancia, a "las humedades del trópico, la levedad de la brisa y sus misterios distantes".

Emprendí con entusiasmo la lectura de dicha obra y desde la propia introducción me he llevado una sorpresa. Fue escrita para su primera edición en inglés, que tuvo lugar en 1986, por John Fowles, el autor de un par de novelas que a su vez inspiraron dos películas ineludibles: El Coleccionista y La amante del teniente francés. Con esta última debo incluso señalar mi deuda literaria. El guión de Harold Pinter -otro premio Nobel-, siempre me ha parecido excepcional. Recién llegado a Canadá me encontré con una edición muy bella de pasta dura, en una librería de viejo, y la adquirí por un dólar (que entonces equivalía a siete pesos mexicanos). Fue, pues, una de las primeras novelas que leería en idioma inglés. No sin sorpresa descubrí que todo el entramado contemporáneo de la película, aquél en el que los actores se enamoran estableciendo un estimulante e intenso andamiaje paralelo con sus propios personajes en pantalla, ¡fue invención de Pinter! La obra original se circunscribe a la historia de la mujer abandonada por el militar que fue su amante. Por esa misma época me encontraba escribiendo mi primera novela, Decir adiós es morir un poco, y mantenía la duda sobre los epígrafes que había recabado para cada capítulo, hasta que leyendo a Fowles, me percaté de que él también los había anotado así y no se percibían exagerados ni gratuitos, como era mi temor de que fuesen calificados.

La introducción a la que aludo, y que se mantuvo en la publicación de Miramar traducida al español por la editorial Icaria, trasciende el plano literario y expone de manera más prolija de lo que podría suponerse, los antecedentes históricos de Egipto a lo largo del siglo pasado. Es así como el lector obtiene un marco referencial del escenario en que se desarrolla la trama que está por leer. Enterarse de las noticias sobre lo que acontece ahora mismo en esa nación después de la lectura de dicho prólogo, adquiere una dimensión más precisa. Baste decir que en algún momento Fowles escribía, hace ya un cuarto de siglo: "Y esto es lo que ocurre con los vestigios de la vieja ciudad cosmopolita, Alejandría. En ese sentido, Egipto no tiene remedio, tampoco ahora".


La ilustración corresponde a una fotografía del Castello di Miramare,
que mandó construir Maximiliano de Habsburgo en Trieste, Italia.


jueves, 3 de febrero de 2011

El género neopolicíaco


Ha llegado un momento en el que resulta necesaria la redefinición de los géneros literarios tal y como se les clasifica hasta ahora. El proceso evolutivo de la llamada novela negra ha alcanzado una etapa a la que se conoce como neopolicíaco. Si bien, desparramado a lo largo y ancho del planeta -al que la globalización virtual ha vuelto más pequeño-, es en América Latina donde ha encontrado un auge inesperado, aunque de ninguna manera inexplicable.

En su ensayo El Género Negro, el argentino Mempo Giardinelli advierte que: "El género ya no se aborda desde el punto de vista de una dudosa justicia ni la defensa de un igualmente sospechoso orden establecido. La actual literatura negra latinoamericana lo cuestiona todo. Los márgenes de la ley ni son tan rígidos ni están tan claros."

Las condiciones sociales estaban dadas: cuando se descorrió el velo que encubría la aparente prosperidad de la modernización a finales del siglo XX, quedó al descubierto una nueva realidad dominada por el narcotráfico con todas sus implicaciones de hiperviolencia, corrupción y revanchismo social. El género no permanece ajeno y lo aborda con entusiasmo desde sus páginas.

Como aclara Amir Valle: "La novela negra es el Caballo de Troya de la literatura moderna. Es una bestia fuerte, hermosa, sensual, racional, noble, que todos los lectores aceptan (y hasta podría decirse: degluten) con facilidad, precisamente por esas y otras visibles cualidades, sin tener conciencia de que dentro carga una subversiva reflexión, basada en la amalgama de las miserias y los valores actuales de la humanidad, que puede llevar a esos lectores, incluso, a un cambio drástico de postura ante la vida."

(Anales de la Literatura Hispanoamericana que publica la Universidad Complutense de Madrid, en su número 36 recopila varias monografías sobre el tema: http://www.revistas.ucm.es/fll/02104547/articulos/ALHI0707110003A.PDF)

miércoles, 2 de febrero de 2011

Encuentro de novela: BC negra 2011


BC, en este caso, no significa British Columbia (Columbia Británica), que es la provincia canadiense en la que radico, tampoco Baja California, como supondría cualquier mexicano que lea el presente texto -y negra podrá tornarse después de las elecciones el próximo fin de semana-. No, se trata de una abreviatura de Barcelona para denominar su encuentro anual de novela negra, que tiene lugar a principios de febrero. Este año llega a su sexta edición.

Cabe la acotación de que su denominación no es excluyente del género policíaco. Me explico. Tratándose de un encuentro de novela negra, incluidos ciclos de cine, podría suponerse que se apliquen límites genéricos para los participantes, pero ya se sabe que en ocasiones las fronteras entre ambos pueden desbordarse y llegar a confundir las premisas que los definen. Aunque en otros casos, las diferencias que se establecen son tan claras como el hecho de que Agatha Christie escribió novela policíaca y jamás rozó, ni siquiera por casualidad, la novela negra, en tanto que Raymond Chandler y Dashiell Hammett fundaron los arquetipos más célebres de ésta: Sam Spade y Philip Marlowe.

Como muestra de lo anterior, me entero de que Paco Camarasa, comisario para este encuentro, es también propietario de una librería en Barcelona que se llama precisamente así: Negra y criminal. Por cierto, se refiere con entusiasmo muy válido al hecho de que el evento ha ido creciendo y ganando peso con los años. Se concede el premio de novela Pepe Carvalho, entre cuyos ganadores se cuenta Andreu Martín, tal vez el depositario más evidente de la herencia de Manuel Vázquez Montalbán, a cuya memoria dediqué mi primera novela: Decir adiós es morir un poco. En la columna a la derecha de este espacio aparecen algunas reseñas al respecto, en una de las cuales, publicada por la Universidad Complutense de Madrid, se establece que el modelo a seguir fue el de Chandler y el homenaje que a su vez implica el nombre del protagonista, Felipe Mar Law, para Philip Marlowe.

Creo que lo más prudente será esperar hasta que el encuentro haya finalizado para tratar de establecer las conclusiones respectivas. Por supuesto que pienso mantenerme al pendiente ya que se trata de mera ficción, como nos gusta a quienes sólo sabemos disparar palabras. Mientras que en México, como sucedió en mi Tampico natal hace sólo unos meses, y ahora acontece en Guadalajara, experimentan en carne viva su propia novela negra cotidiana. Tal vez para concederle la razón a Andreu Martín cuando afirma: "Estoy harto de que la realidad no sea verosímil".

martes, 1 de febrero de 2011

Páginas ajenas: NOCHE DE INVIERNO, de Boris Pasternak



El viento azotaba la tierra entera,
por todos los confines.
En la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

Igual que los enjambres de papalotes
durante el estío las llamas buscaban,
los blancos copos desde el patio
volaban hasta la ventana.

En los vidrios la borrasca
esculpía flechas y estrellas
y en la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

En el cielo raso iluminado
las sombras se tendían,
cruce de manos, cruce de piernas,
destinos cruzados.

En el piso, estruendosos,
dos botines cayeron.
Desde el candelabro en lágrimas
la vela en el vestido goteaba.

Todo se perdía en la bruma
canosa y blanca de la nieve.
En la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

Del rincón sopló hacia la vela
y el ardor de la tentación
alzó, como un ángel, dos alas
formando una cruz.

El viento azotó todo el mes de febrero
y una y otra vez
sobre la mesa ardía una vela,
una vela ardía.


(Traducido del ruso por Carlos Abrego)