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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

martes, 31 de mayo de 2011

Mayo: en lugar de poesía



Había pensado despedir este mes con un poema de Walt Whitman, tomando en cuenta que nació un 31 de mayo. Sin embargo, me contuvo un prejuicio que desde hace años no he sido capaz de superar. En alguna época de mi vida, mi pareja era una mujer muy talentosa, aunque autoritaria y dominante. En contraste conmigo, que siempre he mantenido una postura de cierta rebeldía en cuanto a no ser como los demás esperan que sea, lo cual me ha llevado a pagar rigurosamente sus consecuencias tanto laborales como políticas pero, sobre todo, emocionales. El caso es que ella apreciaba mucho las óperas de Wagner y a mí, sin que me disgusten, me resulta difícil sustraerlas del contexto en que fueron aprovechadas como propaganda por el régimen hitleriano. Me insistía en que uno debe separar la obra de la personalidad de su creador. Y creo que, parcialmente, tenía razón. Sin embargo, algunas veces es posible, otras no. En años recientes he logrado hacer a un lado los desplantes megalomaníacos de Octavio Paz que me provocaban antipatía o las posturas políticas de Borges, y me he permitido disfrutar de la lectura de ambos. Quienes hayan tenido la curiosidad de seguir este blog, podrán constatar que se trata de dos de los autores a los que recurro con mayor frecuencia y no me arrepiento. En cambio con Walt Whitman me resulta más difícil tratar de hacerlo. Si bien cada día que trancurre soy un poco más canadiense y pierdo otro tanto de mi origen mexicano -ya pronto serán diez años durante los cuales no he regresado ni siquiera para una breve visita-, hay ciertas cuestiones que bien podríamos denominar prejuicios patrioteros, pero el caso es que con todo y que su poema Carpe Diem alcanzó cierta popularidad gracias a una película que me agrada mucho: La sociedad de los poetas muertos, y de que es innegable la importancia del conjunto de su obra poética, todavía no me ha sido posible soslayar su postura y sus ofensas en contra de la nación que, aunque ya no sea mi patria, me vio nacer.

En 1846, el 11 de mayo y el 6 de junio para ser más preciso, Whitman escribió un par de editoriales muy agresivos en contra de México en el periódico The Brooklyn Eagle. El primero de ellos iniciaba de este modo:

"Sí: ¡México debe ser cabalmente castigado! Hemos llegado a un punto en nuestro trato con ese país en que cada precepto de derecho y política nos impone que hagamos expeditas y eficaces demostraciones de fuerza. Las noticias de ayer proporcionaron el último argumento que se requería para probar la necesidad de una Declaración de Guerra inmediata por parte de nuestro gobierno en contra del vecino del sur."

"Estamos justificados ante el mundo, pues hemos tratado a México con mayor lenidad que la que hasta ahora nos había merecido un enemigo; puesto que México, aunque despreciable en muchos aspectos, es un enemigo que merece una vigorosa lección." Y más adelante, prosigue: "... la asquerosa historia de esos asesinatos brutales al por mayor, tan vacíos de propósito como no fuera satisfacer el apetito cobarde de una nación de machos, dispuestos a fusilar centenas de hombres a sangre fría..."

El resto de ese artículo editorial y del segundo ya también mencionado, poseen el mismo tono incendiario y vindicativo. Whitman fue el editor de dicha publicación entre 1846 y 1848. De manera que espero sabrán disculpar el que no incluya algún poema de su autoría. Tal vez mañana me ocupe de otro poeta que haya mencionado a mayo, mes que se merecía una mejor despedida. De esa manera trataré de compensarlo.


La ilustración corresponde a un montaje con una imagen sobrepuesta de Walt Whitman.

lunes, 30 de mayo de 2011

También era un lunes



"El día 30 de mayo de 1887 cayó en lunes. Era una de las festividades nacionales en el último tercio del siglo XIX, y se le conocía con el nombre del Día de la Condecoración, por estar destinada a rendir honores a la memoria de los soldados del Norte que habían tomado parte en la guerra defendiendo la unión de los Estados. Los sobrevivientes de la lucha, acompañados por manifestaciones y bandas de música civiles y militares, en ceremonia tan solemne como emotiva, iban entonces a visitar los cementerios y en ellos depositaban ofrendas de flores sobre las tumbas de sus camaradas. El hermano mayor de Edith Bartlett había caído en una batalla y yacía en Mount Auburn, adonde la familia había adquirido el hábito de ir en ese día."

El párrafo anterior corresponde al principio del segundo capítulo de la novela Mirando atrás (Looking Backward), escrita por Edward Bellamy y publicada en 1888. En su época, llegó a considerarse como una de las más populares en los Estados Unidos, al lado de La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, y Ben-Hur, de Lewis Wallace. Su protagonista, Julian West, es un bostoniano de clase acomodada que padece de insomnio, por lo que se había visto obligado a construir una recámara subterránea y hermética, -de reminiscencias proustianas, aunque justo es reconocer que la heptalogía de En busca del tiempo perdido se comenzó a escribir hasta 1908-, debajo de su casa, para poder permanecer aislado del exterior: "Cuando una vez adentro se cerraba la puerta, parecía envuelta por el silencio de una tumba". El personaje, tras despedirse de su prometida, le indica a Sawyer, su criado, que lo despierte a las nueve de la mañana y se retira a dormir.

Al abrir los ojos se encuentra en un lugar diferente, en una casa ajena y ante la presencia de un extraño. Inquiere por su criado y el desconocido le responde que no le puede contestar con exactitud, a su vez le pregunta cuándo fue que se durmió. West precisa que era el Día de la Condecoración (esa fecha festiva se transformó en lo que en la actualidad se conoce como Memorial Day y se celebra justo el día de hoy). Al percibir el desconcierto de su interlocutor considera la posibilidad de haber dormido durante un día entero y de que ya fuese el mes de junio. Éste le aclara que es septiembre, le toma el pulso y le pide precisar el año: "Fue en 1887". Entonces procede a explicarle:

"Su aspecto es el de un joven de unos treinta años y su estado físico no difiere mucho del esperado en una persona que ha permanecido dormida durante tanto tiempo de manera profunda y tranquila, a pesar de todo lo cual, hoy es el día diez de septiembre del año 2000 y usted ha dormido exactamente cientro trece años, tres meses y cinco días."

Mañana martes concluiré mayo refiriéndome a algunos poemas que se ocupan de este mes que se acaba, para después retomar de nueva cuenta la novela de Bellamy, utopista que podría ubicarse entre la vocación profética de Jules Verne y el ambiente de las primeras novelas de Aldous Huxley, como Los escándalos de Crome.


La ilustración corresponde a la celebración del Día de la Condecoración (Decoration Day), en Scollay Square, en la ciudad de Boston, a finales del siglo XIX. Forma parte de la colección de Robert N. Dennis.

viernes, 27 de mayo de 2011

Adéle Hugo: el amor hecho locura



El miércoles 27 de mayo de 1885, el periódico Halifax Herald publicó una nota extensa y descriptiva sobre la estancia de Adéle Hugo en esa ciudad de la provincia canadiense de Nova Scotia, a la que llegó en 1862. Adéle, que llevaba el nombre de su madre, era la hija menor de Víctor Hugo -y se dice que la predilecta-, quien ese mismo año terminaba de escribir y publicaba su novela más representativa: Los miserables.

Siempre fue descrita como una mujer alta, de cabello y ojos negros, nariz romana, con una gran personalidad. Como tantas otras mujeres, se enamoró del hombre equivocado. Lo singular en este caso es que su obsesión rebasaría los límites de la razón para terminar, literalmente, loca de amor. A su regreso fue internada en una clínica para enfermos mentales y allí permaneció hasta su muerte, a los 84 años de edad, en 1915, tocando el piano, caminando por sus jardines y padeciendo las mismas visiones de una mujer joven del brazo de un apuesto militar. Cuando su padre falleció, en 1885, le heredó la mitad de su fortuna -alrededor de dos millones de francos-, aunque para ella eso carecía de significado.

En la actualidad, la biblioteca pública de la ciudad de Halifax incluye entre sus recorridos literarios una visita a la mansión Bellevue, que era la residencia del General, en Spring Garden Row, frente a la cual Adéle se pasaba las horas, un día tras otro, disfrazada, para poder espiar a su amado, el teniente del ejército británico Andrew Albert Pinson.

Espero tener más adelante la oportunidad de traducir del inglés el citado artículo, en que el abogado Robert Matton, quien fuera contratado por la propia Adéle, narra a detalle su experiencia personal. Esta historia de pasión y locura, fue minuciosamente rescatada de entre sus propios apuntes y cartas, por Frances Vernor Guille, y más tarde publicada en tres volúmenes como el Diario de Adéle Hugo -según John Andrew Frey, la historia del manuscrito en sí misma es una "fascinante muestra de trabajo detectivesco literario"-.

En 1969, el cineasta Francois Truffaut leyendo un artículo en el Nouvel Observateur, se enteró de la existencia de dicha obra, que podía funcionar como base para la que sería una de sus películas más logradas: La historia de Adéle H. Justa recompensa porque también se tornó en uno de sus proyectos más complicados por la serie de dificultades que implicaría el trato con su autora. Y por esa misma razón es que sólo le resultó posible filmarla hasta 1975. Aunque me parece que al ahondar en este asunto ya estaría ingresando en un terreno que corresponde más bien al blog de cine.

La pasión de Adéle Hugo no se limitó a la expresión habitual en sentido figurado, fue una mujer que en realidad se volvió loca por amor.


La ilustración corresponde a un fotograma de la película La historia de Adéle H (1975), en la que Isabelle Adjani interpreta a Adéle Hugo.

jueves, 26 de mayo de 2011

Epigrama: APOCALIPSIS



Es preocupación ancestral

que provoca malestar profundo

adivinar la fecha fatal

que señale el fin del mundo.

lunes, 23 de mayo de 2011

Bésame, bésame mucho...


Nos asomamos por la ventana para ver el mar, tal vez por última vez. No sería como tantas otras veces al salir de viaje con esa esperanza impregnada de certeza de que regresaríamos. Siempre nos gustó el mar aunque nos conocimos lejos de él. Recuerdo su sonrisa, a medio camino entre la timidez y la coquetería, y cuánto trabajo me costó animarme por fin a dirigirle la palabra; buscaba la frase perfecta, aquella que no fuese trivial ni pedante, y que al mismo tiempo me permitiera mostrar algo de mi oficio con las letras, que me hiciera ver simpático y, de ser posible, parecerle atractivo. Es paradójica la facilidad con la que se pueden crear los parlamentos en la ficción y a veces resulta tan complicado decirle algo a una persona real, como si se deseara invertir el orden de las cosas y ser uno mismo el personaje imaginario para dejar en el autor la responsabilidad de lo dicho y sus consecuencias. Tal vez por eso la humanidad, a lo largo de su historia y en todas las culturas, tuvo que inventar un Dios -o dioses según los politeístas-, para así poder responsabilizar a alguien superior de lo que sucede en el mundo, este mismo que se supone, debería acabarse dentro de unos minutos.

Quisiera hacer un recuento, ¿qué fue lo mejor de mi existencia? ¿lo que más disfruté de mi paso por la vida? ¿cuántas cosas habría querido hacer que finalmente ya no serán posibles? Y la pregunta que siempre nos hacemos, en algún cumpleaños o con motivo de la celebración del año nuevo: ¿qué habría preferido cambiar de mi pasado? Decía Lyotard, el filósofo francés posmoderno, que un muerto deja de estar muerto cuando ya no se visita su tumba, esto es, en el momento en que ya no hay nadie que pueda recordar su imagen. Habremos muerto para los demás, porque lo saben. Pero el día en que desaparezca el último ser humano que tenga memoria de que vivimos, será como si nunca hubiésemos existido. Aceptemos entonces, con Borges, que "ser inmortal es baladí; menos el hombre todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte".

Abrimos una botella de champaña para brindar. Es también lo que se acostumbra cada vez que un año termina... Me miró desde el fondo de sus ojos crédulos. "Brindemos", respondió con lo que supuse era la tristeza de la despedida. Aclaró: "No es que se celebre al año que se va, sino es la bienvenida al que llega". Aunque me pareció que tenía razón, nos quedaba menos de una hora para perderla en una última discusión, me guardé mi opinión de que no teníamos otra opción que brindar por el pasado, por lo que tuvimos la oportunidad de vivir, puesto que no habría mañana. Elegí una canción romántica para acompañarnos, Bésame mucho, por esa frase que ahora vendría a ser hasta simbólica: como si fuera esta noche la última vez. Le pregunté que si sabía que era la canción mexicana más popular en todo el mundo y asintió con esa sonrisa que no quisiera tener que dejar de ver, que ya se lo había comentado antes, y que la habían grabado hasta los Beatles... y Nat King Cole... y Diana Krall... y Dalida... y Chris Isaak... y es el tema romántico de una película rusa...

Se supone que hace un par de horas se debió acabar el mundo. Según la subjetiva interpretación del Apocalipsis del predicador evangélico Harold Camping -desde hace un buen rato instalado en la senilidad-, ya tendría que haber sucedido. Encendimos el televisor para ver las noticias, y en un canal programaron una vieja película con Candice Bergen pero no, no era El fin del mundo en una noche de lluvia desde nuestra cama de siempre, de Lina Wertmüller, lo que habría de considerarse un auténtico sarcasmo; en otro, un evento deportivo con el estadio atiborrado de aficionados a quienes no les debió importar el fin del mundo, sino el de su rival en la cancha; y, por último, en el segmento del clima en el noticiero tuvieron el descaro de pronosticar lluvia para el día de mañana. ¿Significará eso el principio de un nuevo diluvio universal?

Creo que tendremos que adquirir otra botella de champaña para diciembre del año próximo, cuando llegue la fecha establecida por las profecías mayas. Aunque no puedo soslayar el hecho de que fueron incapaces de predecir las calamidades que provocaron el colapso de su propia cultura y ni siquiera usaban la rueda. Pero si nosotros logramos seguir juntos, ¿qué tan grave podrá ser? La besé, nos besamos. Le dije: "Vamos a hacer el amor antes de que se acabe el mundo". Y aquí seguimos.

Jules Etienne

viernes, 20 de mayo de 2011

A manera de prólogo



Hace apenas unos días, cuando me ocupaba del tema de los ciegos, me entusiasmó una frase de William Blake que utilizó como epígrafe Juan Bañuelos en uno de sus poemas: "La eternidad está enamorada de las obras del tiempo". Casualmente, por estas fechas me encuentro analizando la filmografía de Dennis Hopper en mi blog sobre cine, y al estar viendo Busco mi destino (Easy Rider, 1969), la escena en que Peter Fonda arroja su reloj de pulso a la arena del desierto me condujo a pensar que el tiempo, por esencia, transcurre, mientras que sólo nos podemos deshacer de su forma de medirlo -un artificio humano-, como pretendía el personaje de la película. Esto me recordó aquella entrevista con un tuareg del desierto, que ignoraba su propia edad y se fue a vivir a occidente como becario, a Francia para ser preciso, y lo que más le sorprendía eran dos cosas: la abundancia de agua (decía que la vida en el desierto está orientada por la búsqueda del agua) y el ansia de poseer, que provoca que todos vivan de prisa, en un frenesí colectivo. Culminaba con una frase lapidaria: "Aquí tienen el reloj, allá tenemos el tiempo".

Muy temprano, desde mi adolescencia preparatoriana, me obsesionaron el tiempo y sus respectivas disquisiciones. Recuerdo haber escrito un poema de una cursilería flagrante que mi querida Elvia Salas y yo aprovechamos como epígrafe en un trabajo que presentamos juntos para la materia de Metodología. Era tan obvio que concluía con un lugar común que entonces me parecía un gran descubrimiento: "Tiempo, ¡qué insensible eres!" Nunca supe -Elvia ha tenido la decencia de mantenerlo en el limbo del olvido- si aceptó aquel poema como un tributo amistoso a mi ingenuidad, o si era tan cursi como lo era yo. Hecho bastante probable ahora que recuerdo algunas de las frases a las que ella solía acudir con frecuencia, pero ambos gozábamos del atenuante o mejor aún, la impunidad, que concede la adolescencia. Por supuesto que con la toma de conciencia que me dieron mis lecturas posteriores me deshice de ese poema del que, espero, no habrá quedado testimonio alguno.

Años después, ya estudiando en la universidad, el doctor Emilio Cárdenas Elorduy, quien tenía un sentido del humor muy refinado y a veces un tanto sádico, al pedirnos el trabajo para aprobar Filosofía de la Historia -materia que disfruté tanto que la calificación que recibí me pareció un acto de justicia elemental-, ofreció que quien llevara la dedicatoria más cursi obtendría de manera automática la aprobación del semestre a despecho de la calidad de su texto o su rendimiento durante el semestre. En ese momento recordé el poema destruido, pero me consolaba mi intención decidida de concluir un documento sólido y mi puntaje en el curso no era malo, al grado de que en una ocasión el maestro, habitualmente parco en sus halagos, a la mitad de una de mis exposiciones, me interrumpió para preguntar mi nombre y la carrera que estudiaba. Uno de mis compañeros, Javier Vázquez Monforte, quien solía presentarse a sí mismo como Guapimiro Buenrostro, se emocionó tanto con esa demostración de interés, que me propuso el trato de que hiciéramos equipo en un futuro y a cambio se encargaría del mantenimiento de mi auto -él era un gran aficionado a los automóviles y su mecánica, menesteres para los que siempre he sido un inútil-. Muchos años después, en una entrega de Arieles del cine mexicano, junto con mi entrañable amigo Eduardo Marín, compañero y cómplice de andanzas, íbamos acompañados por un par de hermanas: Eréndira y Yolanda; ésta última había trabajado con Cárdenas Elorduy cuando él se encontraba al frente del Festival Cervantino, y al acercarnos a saludarlo no sólo me reconoció como su ex alumno sino que besó mi cabeza. Era un hombre muy alto y supongo que entre tanto brindis debió andar algo bebido, por su estatura sólo tuvo que inclinarse un poco para hacerlo, pero sea como fuere, el gesto ha permanecido en mi memoria por lo inusual del mismo. Volviendo de la digresión, mi dedicatoria decía: "A la vida, por todo el tiempo que hemos pasado juntos". La adjunta del maestro, una morena bellísima -hipérbole que se queda corta- de nombre Karime, me dijo que eso no era cursi en lo absoluto, pero igual recibí mi MB.

Todo lo que he escrito es a manera de justificación para proceder a ocuparme del tiempo. Mi intención es elaborar una breve y muy sencilla referencia a su concepto aristotélico, en que se le considera como un fenómeno exterior, así como la posterior refutación de que fue objeto, que incluirá alguna frase reveladora de las posturas de San Agustín, Kant, Bergson o Heidegger. Nada extenso ni profundo, simplemente un pretexto para poder repasar la obsesión borgiana al respecto, lo mismo en sus poemas El reloj de arena, Elegía del recuerdo imposible y El pasado, que en Nueva refutación del tiempo y en su célebre Historia de la eternidad. Ojalá encuentren el tiempo -la mención es deliberada- para leerlo.

jueves, 19 de mayo de 2011

Páginas ajenas: OTRO MAYO, de Juan Gelman



Cuando pasabas con tu otoño a cuestas

mayo por mi ventana

y hacías señales con la luz

de las hojas finales

¿qué me querías decir mayo?

¿porqué eras triste o dulce en tu tristeza?

nunca lo supe pero siempre

había un hombre solo entre los oros de la calle


pero yo era ese niño

detrás de la ventana

cuando pasabas mayo

como abrigándome los ojos


y el hombre sería yo

ahora que recuerdo

miércoles, 18 de mayo de 2011

Decir Adiós es morir un poco (Páginas 122 y 123)



(Fragmento del capítulo 12: Mayo es el mes más cruel)

En esta ciudad, mientras no llegue la temporada de lluvias, abril y mayo resultan más cálidos que cualquier mes del verano. Es lunes, la fecha prevista para publicar la noticia con el fin de que tenga cuerda durante toda la semana. Te aseguraron que enviarían temprano un ejemplar del periódico a tu domicilio y deberás presentarte a una junta a las doce, una vez que hayan calculado el impacto de la información, para decidir el manejo que se le dará en los días subsecuentes. Alguien toca el timbre, abres la puerta y es un mensajero del periódico, quien te lo entrega. La nota ocupa las ocho columnas de la edición. Fotos del edificio de Publincor junto a los contratos. Preparas una taza de café colombiano del que te trajo Septién de Cartagena, a donde va cada año para asistir al festival de cine. Puedes decir que la disfrutas debidamente aromatizada. Por más que la televisión y la radio se empecinen, nada se equipara a una noticia con sabor a café por la mañana. Es la mejor expresión de la Galaxia Gutenberg. Si bien a un periodista ese placer de saborear un suceso le está vedado. Desde el momento de leerlas impresas, son las noticias de ayer y hay que salir a la calle para buscar las nuevas.

El sol se ha apoderado por completo del escenario. Es el protagonista de una mañana reverberante. Una de las ventajas de este clima es la ropa ligera que ostentan las mujeres, para dejar al descubierto generosos retazos de piel y que la libido masculina sospeche el resto del cuerpo con la libertad de la imaginación. Aunque en algunos casos habría que reconocerlo como una desventaja, porque esa gorda que zangolotea sus adiposidades frente a ti, con una ombliguera que deberían prohibirle portarla en lugares públicos bajo el cargo de faltas a la moral, y unos pantalones blancos tan ajustados, que resaltan las pantaletas rojas incapaces de disimular sus desbordados glúteos morenos. Paradigma de la ausencia de estética, a eso no se le puede considerar una mujer, sino una masa de lonjas en movimiento.

martes, 17 de mayo de 2011

Páginas ajenas: MAYO, de Gioconda Belli



No se marchitan los besos

como las malinches,

ni me crecen vainas en los brazos;

siempre florezco

con esta lluvia interna,

como los patios verdes de mayo

y río porque amo el viento y las nubes

y el paso de los pájaros cantores,

aunque ande enredada en recuerdos,

cubierta de hiedra como las viejas paredes,

sigo creyendo en los susurros guardados,

la fuerza de los caballos salvajes,

el alado mensaje de las gaviotas.

Creo en las raíces innumerables de mi canto.

lunes, 16 de mayo de 2011

Los ciegos recurrentes de Juan Bañuelos

Con el pretexto de recopilar las alusiones a los ciegos entre los diferentes géneros literarios, me encontré con una curiosa reincidencia del poeta Juan Bañuelos sobre dicho tema quien, por cierto, afirma que asume a las palabras como "hijas de la vida".

En Celebración de la infancia dice: "Mas yo celebro, celebro y danzo al son/ de las flautas oscuras que apagan el oro del otoño./ Pues ¿qué es lo cierto, y qué es el júbilo del niño ciego?/ ¿Y de quién es la trampa y el juego del viento vagabundo?/ La fuente de ayer mana cerca de una tumba/ y un árbol crece en la mano abierta de la tierra./ Soñamos,/ soñamos y las aguas de la infancia/ se cierran por encima de nuestras cabezas/ como una cúpula astral."

Hace alusión al mítico Tiresias en su poema Esta noche y sus viejos nómadas de blanco, que principia así: "Y todavía, todavía el ciego Tiresias va cojeando mientras recuerda al mar." Y culmina en su última estrofa: "Nosotros nos iremos por los viejos caminos transitados,/ por las vías donde desovan los reptiles, por donde se quedó/ una estrella que olvidó la noche recoger, por el lugar del sueño,/ por donde el colibrí canta y su canto es liquen que cae/ para formar nido en el ojo de un ciego./ ¡Ah, esta noche y sus viejos nómadas de blanco!"

También en Viento de diamantes -que tiene un espléndido epígrafe de William Blake: "La eternidad está enamorada de las obras del tiempo."-, hace alusión a la ceguera momentánea: "E igual que una palabra lanzada a la mitad del mar/ caigo en el seno del prodigio. Y como el minero que se cubre/ con las manos la faz cuando de pronto, ciego, reencuentra la luz/ así la dulzura levanta su toga y me envuelve temerosa."

En El mapa, poema doliente sobre la nación en la que vive, encontramos otra referencia: "He mirado la patria largamente./ Se le nota la tristeza hasta en el mapa./ Las personas mayores nos explican/ que es libre, sin acecho atentísimo de zarpas./ Y a punto estuve de quedarme ciego/ porque a la patria la oscurecen llagas,/ la pisan botas, se le cierran puertas:/ necesaria prisión con calles vigiladas."

No estaba muy seguro de haber conocido a Bañuelos, a pesar de que tuve la oportunidad de tratar a otros miembros de su grupo de poetas chiapanecos denominado La espiga amotinada. Con Eraclio Zepeda coincidí en varios congresos y encuentros de narradores y no recuerdo cómo, pero Óscar Oliva nos enviaba textos a un suplemento cultural en la revista Tamaulipas que publicaba don Silvio Lattuada en Tampico -ignoro si todavía exista-, y en la que formaba parte de un consejo de redacción junto con el maestro Luis de la Cuesta y Víctor Palacios, harán ya treinta años de eso. Sin embargo después de leer su Festín de las imágenes de alcohol, recordé claramente a Bañuelos, la tarde de un domingo en la casa de Ramírez Heredia, en Coyoacan, en la que también se encontraba Poli Délano, un escritor chileno de quien guardo buenos recuerdos. Todos ellos bebedores de largo alcance que yo no era por aquel entonces y todavía menos ahora que intento -vanamente- encontrar la paz espiritual. Este es un fragmento del citado poema:

"A la puerta del bar/ se despide de nosotros nuestra sombra,/ y de pronto, de trago en trago, con mansedumbre caminamos/ (ceremoniosas marionetas manipuladas desde el hipo.)/ Es un quehacer de ciegos en la oscura medusa del desastre, /un árbol de lisonjas puesto en pie como un domingo,/ y esa lana de vergüenza que brota entre las piedras/ de la estriada guitarra."


La ilustración corresponde a una vieja fotografía del poeta Juan Bañuelos.

sábado, 14 de mayo de 2011

Páginas ajenas: SILENCIO DE BLANCA, de José Carlos Somoza


Su ceguera era como una cuerda que apretara sus músculos, como una red bajo la que se tambaleara, apresado, su cuerpo desnudo. Se hallaba indefensa como una obra de arte sobre una pared. Detrás, su sombra gigantesca me fascinaba.

- Ven -le dije por fin cuando daba otra vez la vuelta.

Supo de repente que no podía hacer preguntas: tan sólo moverse a ciegas. Se detuvo al oírme y avanzó torpemente hacia mí, o hacia su creencia de mí. Supo también no extender los brazos sino abandonarlos junto al cuerpo: esa atadura otorgó a su andar una cualidad casi obscena, una desnudez superior. Era como si me hubiese regalado la visión de sus propios ojos y yo contemplara su cuerpo con doble intensidad.


Silencio de Blanca obtuvo en 1996 el XVIII premio La sonrisa vertical para novela erótica convocado por editorial Tusquets.

viernes, 13 de mayo de 2011

El evangelio según los ciegos



Habría preferido dar por concluido el tema de los ciegos en la literatura -lo cual no significa que exhausto- y regresar al de las novelas que se ocupan de Tampico, que dejé pendiente hace un par de semanas, antes de la muerte de Ernesto Sábato, pero una amiga me reclamó que a pesar de incluir tantas referencias: poemas, fragmentos de novelas y hasta una fábula de Hermann Hesse sobre el tema, ni siquiera haya mencionado la frase bíblica "no hay peor ciego que el que no quiere ver".

En defensa de dicha exclusión esgrimí el argumento de que la Biblia no es literatura de ficción, por su profundo significado religioso. Que para mí no deja de ser un tema delicado y prefiero evitar una polémica en ese terreno. Me alegaba que si una obra con el aliento casi bíblico de Cien años de soledad, es literatura, entonces no tengo razón para soslayarla.

Acepto que, en efecto, en varios estudios al respecto se comparan algunos acontecimientos de la epopeya de Macondo con la Biblia, como aquella lluvia continua que sería el equivalente del diluvio universal; Fernanda inventa la historia de que al hijo de Meme lo encontraron en una canastilla, como a Moisés; o la ascensión al cielo de Remedios; además de que la obra es prácticamente una profecía plagada de presagios. Sin embargo, nadie le reza a Remedios o suplica un milagro de José Arcadio. Es decir, sigue siendo mera ficción que no pretende erigirse en culto religioso. En tanto que la Biblia, obsta subrayarlo, es un libro sagrado para los fieles de su fe.

Ricardo Gullón señala algunas etapas bíblicas en Cien años de soledad: La creación, pues desde la primera página establece "El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre"; el Éxodo, cuando José Arcadio sigue el camino de Riohacha, debido a que tras haber dado muerte a Prudencio Aguilar no puede encontrar la paz, entonces "desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido"; las plagas, luego de que Macondo es asolado por el insomnio de sus habitantes, por la peste del olvido y las guerras civiles; y el Diluvio, ya que no dejó de llover durante cuatro años, once meses y dos días.

Pero antes de quedar atrapado por la novela de García Márquez, regreso al tema original de este texto. En efecto, la expresión popular "no hay peor ciego que el que no quiere ver" podría ubicar su origen en el Evangelio de San Mateo, quien dice: "Por eso les hablo por parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen, ni entienden." Y después pasa a mencionar la profecía de Isaías: "De oído oirán y no entenderán; y viendo verán y no percibirán", donde tampoco lo expresa de manera literal. Supongo que el habla popular se apropió de la idea y la incorporó a la sabiduría del refranero atribuyéndole sus raíces bíblicas. Pero en sentido estricto, me apena tener que responderle a mi amiga que, sin ser creyente ni lector de la Biblia, la equivocada es ella. La frase que con tanto celo me reclama, ni siquiera aparece en los evangelios.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a la puesta en escena de La casa, obra de teatro de Esteban García, sobrino de García Márquez, que adapta diversos pasajes de Cien años de soledad.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Los sueños de los ciegos



Me parece que uno de los mayores méritos del capítulo inicial de Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago, es que también a los lectores nos toma por sorpresa la repentina pérdida de la vista del personaje, mientras conduce su automóvil, a pesar de que el título mismo de la novela ya lo advertía. El renglón final del capítulo, es contundente: "Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego".

Al llegar a este punto comprendí la importancia que deben tener lo sueños para los ciegos puesto que es el único territorio en que les es posible ver. De alguna manera lo sugiere el propio Saramago más adelante: "Algunos se habían cubierto la cabeza con la manta, como si deseasen que la oscuridad, una oscuridad auténtica, una negra oscuridad, apagara definitivamente los soles deslustrados en que sus ojos se habían convertido. Las tres bombillas colgadas del techo alto, fuera del alcance, derramaban sobre sus camastros una luz sucia, amarillenta, que ni capaz era de producir sombras. Cuarenta personas dormían o intentaban dormir, algunas suspiraban y murmuraban en sueños, quizá vieran en el sueño aquello que soñaban, tal vez dijeran, Si esto es un sueño, no quiero despertar". Para más tarde concluir con un tono más dramático: "Tumbados en los camastros, los ciegos esperaban que los sueños se compadecieran de sus tristezas".

También en la novela Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, los sueños tienen gran importancia: "Y esas sombras misteriosas e inquietantes ¿no serían las más verdaderas de su alma, las únicas de verdadera importancia? Había tenido un estremecimiento cuando él mencionó a los ciegos, ¿por qué? Se había arrepentido apenas pronunciado el nombre Fernando, ¿por qué? Ciegos, pensó, casi con miedo. Ciegos, ciegos." Después también dirá: "... los sueños, abismos, abismos insondables, soledad soledad soledad, tocamos pero estamos a distancias inconmensurables, tocamos pero estamos solos. Era un chico bajo una cúpula inmensa, en medio de la cúpula, en medio de un silencio aterrador, solo en aquel universo gigantesco".

Más adelante, en el capítulo XI, de la misma primera parte El dragón y la princesa -previo a la tercera parte que es el Informe sobre ciegos-, hay una descripción de los sueños: "Ahí estaba, indefensa pero misteriosa e inaccesible. Tan cerca, aunque separada por la muralla ingrávida pero infranqueable y tenebrosa del sueño", que describirá como: "Territorio misterioso e insano, disparatado y tenue como los sueños, tan sobrecogedor como los sueños."

Por último, El país de los ciegos de H. G. Wells es una obra poco conocida de su autor, tal vez por tratarse de un relato de menos de cuarenta páginas y no de una novela. Tampoco pertenece al género de la ciencia ficción, como La guerra de los mundos y La máquina del tiempo, que le permitieron ganar su prestigio como escritor. El siguiente es un párrafo en el que explica cómo en una región de los Andes, cercana al Cotopaxi, unos ciegos se confinaron ajenos al resto de la humanidad: "Si bien olvidaron muchas costumbres, crearon otras; y en su aislamiento llegaron a perder por completo la noción del mundo, que pasó a ser un ensueño cada vez más borroso, hasta abolirse en su conciencia". Casi al final, el protagonista, quien sí es capaz de ver, sostiene un diálogo con la ciega de la que se ha enamorado: "- ... desearía dejar de oírte hablar de ese modo", le dice ella a lo que él inquiere, "- ¿De qué modo?", la mujer concluye más patética que conmovedora: "- De ese que hablas cuando me cuentas tus sueños de la vista. Tienes una gran fantasía, que me hechiza, que me embriaga, pero..." Como para inspirar una arbitraria paráfrasis sobre Calderón de la Barca: que toda la vida es sueño y los ciegos, sueños son.


Jules Etienne 

martes, 10 de mayo de 2011

Palos de ciego



En La quimera del loro -que es el título del capítulo 19 de mi novela Decir adiós es morir un poco-, el epígrafe es un fragmento del poema Palos de ciego, de Marco Antonio Montes de Oca: "Y de repente, sin que la desdeñada magia/ Lo sueñe o lo pretenda,/ Un palo de ciego/ Parte en dos el anciano castillo de la realidad". Venía al caso porque en un párrafo de dicho capítulo escribí:

Diógenes buscaba con su lámpara un hombre, en plena luz del día. Atenas era un pueblo iluminado. Aquí usamos anteojos oscuros para tratar de descubrir la verdad durante la noche. Llevamos tantos años, sexenios, que es nuestra medida temporal, haciendo lo mismo, que ya somos expertos en seguir dando palos de ciego. Eso es nuestra política, nuestra justicia, nuestro futuro: palos de ciego.

En realidad, el texto de Montes de Oca es un poema de amor, pero el fragmento que elegí funciona a la medida para lo que expresa la novela. Una estrofa posterior dice: "Palos de ciego el ciego lanza/ En la noche total;/ Mas de pronto da en el blanco/ Y una resplandeciente niña,/ Con un solo monosílabo de fuego/ Doma los bullientes hemistiquios del amor".

Cada vez que el nombre de un poeta es Marco Antonio me remite a Marco Antonio Campos, buen amigo con quien la vida no me permitió la oportunidad de coincidir de nuevo. Recuerdo que cuando se despedía porque viajaba para ocupar un cargo diplomático en Austria, en la casa del entrañable maestro Edmundo Valadez, ya fallecido, me obsequió un ejemplar de La alegría, de Giuseppe Ungaretti, traducida del italiano por él. Siempre he mantenido una gran inclinación por los poetas italianos: Pavese, Montale, Quasimodo, Saba. A Vincenzo Cardarelli lo conocí gracias a las traducciones de otro querido amigo, también extraviado en el tiempo y la distancia, Alfonso López García de Alba. De manera que no puedo menos que recordar unas líneas de Campos, en Sankt Peter Kirche. "En la iglesia, tras la rubia muchacha/ y el Cristo en la penumbra, la locura/ a la muerte mordía ciega", y más adelante prosigue: "Sobre la iglesia,/ el pequeño cementerio de San Pedro/ ensombrecía de pájaros; el ciego,/ cubierto de pájaros, saludaba/ al monte en su oscuridad verde".

Hace algunos años escribí un poema que se titulaba precisamente Ciego. Incluso cuando inicié el blog en que intento reunir mi poesía, Mitología del Olvido, así aparecía, en su versión original, pero después decidí modificarlo hasta que se convirtió en Lejanía. La única referencia a la ceguera que aún conserva es esta: Los misterios del sol/ son desvelos de la luna ebria/ entre sombras de aves nocturnas/ incapaz de emprender el vuelo,/ lejos de la tierra de los ancestros/ busco a ciegas la respuesta.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Diógenes en busca de un hombre honesto (1642), del pintor holandés Jacob Jordaens.

lunes, 9 de mayo de 2011

Páginas ajenas: LA FÁBULA DE LOS CIEGOS, de Hermann Hesse



Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que alguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir, que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.

Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.

Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron con el dictador. Éste los recibió de mal talante, los tachó de innovadores, libertinos y rebeldes que adoptaban las necias opiniones de la gente que tenía vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó el surgimiento de dos bandos.

Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos emitió un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más disgustada. La ira del jefe estalló y la de los demás ciegos también. La batalla fue larga y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender todo juicio acerca de los colores.

Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Sin embargo, por su parte, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas para opinar en materia de música.

domingo, 8 de mayo de 2011

Páginas ajenas: ALTAZOR, de Vicente Huidobro


(Fragmento)

Anda como los ciegos con sus ojos de piedra

Presintiendo el abismo a todo paso

Mas no temas de mí que mi lenguaje es otro

No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie

Ni descolgar banderas de los pechos

Ni dar anillos de planetas

Ni hacer satélites de mármol en torno a un talismán ajeno

Quiero darte una música de espíritu

Música mía de esta cítara plantada en mi cuerpo

Música que hace pensar en el crecimiento de los árboles

Y estalla en luminarias adentro del sueño

Yo hablo en nombre de un astro por nadie conocido

Hablo en una lengua mojada en mares no nacidos

Con una voz llena de eclipses y distancias

Solemne como un combate de estrellas o galeras lejanas

Una voz que se desfonda en la noche de las rocas

Una voz que da vista a los ciegos atentos

Los ciegos escondidos al fondo de las casas

Como al fondo de sí mismos


Los veleros que parten a distribuir mi alma por el mundo

Volverán convertidos en pájaros

Una hermosa mañana alta de muchos metros

Alta como el árbol cuyo fruto es el sol

Una mañana frágil y rompible

A la hora en que las flores se lavan la cara

Y los últimos sueños huyen por las ventanas

sábado, 7 de mayo de 2011

Epigrama: TIRESIAS



Era ciego y auguraba el porvenir,

otros cierran los ojos para vivir

en la indiferencia de su calma:

son los ciegos del alma.


La ilustración corresponde a Tiresias (siglo XVII), de Antonio Zanchi.

viernes, 6 de mayo de 2011

Páginas ajenas: UN CIEGO, de Jorge Luis Borges



No sé cuál es la cara que me mira

cuando miro la cara del espejo;

no sé qué anciano acecha en su reflejo

con silenciosa y ya cansada ira.

Lento en mi sombra, con la mano exploro

mis invisibles rasgos. Un destello

me alcanza. He vislumbrado tu cabello

que es de ceniza o es aún de oro.

Repito que he perdido solamente

la vana superficie de las cosas.

El consuelo es de Milton y es valiente,

pero pienso en las letras y en las rosas.

Pienso que si pudiera ver mi cara

sabría quién soy en esta tarde rara.

jueves, 5 de mayo de 2011

A propósito de ciegos



Con motivo de la muerte de Ernesto Sabato y recordando algunos de los títulos de su obra, me encontré con que Informe sobre ciegos, que yo conocía como la tercera parte de su novela Sobre héroes y tumbas -no diré que una de las más complejas porque todas sus novelas lo son-, también ha sido editada de manera independiente. Es decir, el carácter del texto es tan cerrado y posee una autonomía tal que, sin perder de vista el entorno del conjunto, ha sido posible su publicación al margen del resto de la novela.

Tanto el nombre como su tema me han remitido de inmediato al Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y a una menos conocida En el país de los ciegos, de H. G. Wells. Como ávido lector de Carlos Fuentes, no podría dejar de mencionar Cantar de ciegos, aunque la referencia se queda atorada en el mero título, sin embargo, vendría al caso una frase de su novela Gringo viejo: "Ella quizá sabía que nada es visto hasta que el escritor lo nombra. El lenguaje permite ver. Sin la palabra somos todos ciegos." (Capítulo XVII).

El español Alberto Méndez reunió en un volumen cuatro relatos sobre la guerra civil, que incluso fueron adaptados al cine en 2008, pero no he tenido la oportunidad de leer, sin embargo, lo consigno porque su título me parece espléndido: Los girasoles ciegos.

Uno de mis autores preferidos durante la adolescencia fue Aldous Huxley, recuerdo que incluso mi trabajo de fin de cursos para la materia relacionada con la literatura que impartía el poeta Hugo Gutiérrez Vega en mi época universitaria, fue sobre la obra de Huxley. Viene al caso porque una de su novelas lleva por título Ciego en Gaza pero, sobre todo, porque siendo muy joven padeció de queratitis, lo que le llevó a perder la vista durante un año y medio, al grado de que tuvo que aprender a leer con el sistema Braille. Tras prolongados tratamientos y someterse a un programa de reeducación óptica, logró recuperar parcialmente su aptitud visual. Esa experiencia lo motivó a escribir El arte de ver, que se publicaría en 1942.

También Homero, John Milton y Jorge Luis Borges perdieron la vista. Borges incluso escribió un poema que se llama Un ciego y a uno de sus libros lo tituló Elogio de la sombra. "La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro... Es falso... El mundo del ciego no es la noche que la gente supone", dijo alguna vez. Y es que los ciegos aquí mencionados habrán perdido sus ojos, pero no la capacidad de ver.

En su Carta sobre ciegos para uso de los que ven, Diderot elabora la siguiente reflexión sobre el espejo desde el punto de vista ajeno: "Nuestro ciego sólo conoce los objetos por el tacto. Por lo que dicen los demás, él sabe que los objetos se conocen mediante la vista, como él los conoce por el tacto; al menos, es la única noción que se puede formar. Además, sabe que nadie puede ver su propio rostro, aunque se lo pueda tocar. Por tanto -deduce-, la vista es una especie de tacto y sólo va dirigida a objetos diferentes a nuestro rostro y alejados de nosotros; por otra parte, el tacto no le da más que la idea del relieve. Así pues -añade-, un espejo es una máquina que nos pone en relieve fuera de nosotros mismos."

Me parece reconfortante que en la literatura se refieran a la ceguera por su nombre y no a través de los eufemismos burocráticos que ahora se han puesto de moda. Porque un invidente o minusválido visual, no es otra cosa que un ciego. La palabra en sí se aprecia más fuerte, categórica y hasta con una mayor carga poética.

A medida que voy mencionando otras obras, establezco una mayor distancia con mi intención original. De manera que más adelante regresaré al pretexto de los ciegos según Sabato, Saramago y Wells.


Jules Etienne

miércoles, 4 de mayo de 2011

Páginas ajenas: DIARIO DE MI VEJEZ, de Ernesto Sabato



(Fragmento)

He vivido en un tiempo histórico de ruptura y tan viejo soy, que hay en mí distintos sedimentos, como en las montañas. Así, todavía guardo de mi juventud las marcas de las luchas sociales. Pienso que los chicos me querrán porque nunca dejé de luchar, porque no conseguí instalarme en ninguna época, y hoy, trastabillando, me siento cerca de la gente que aprendió a vivir de otra manera. Y muy cerca de los jóvenes que después de este horror de mediocridad, indecencia y ferocidad, pujan por nacer a otra cultura que vuelva a echar raíces en un suelo más humano.


Ernesto Sabato (Argentina, 1911-2011)

lunes, 2 de mayo de 2011

Páginas ajenas: EL TÚNEL, de Ernesto Sabato



(Fragmento)

A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía que pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadisos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.


Ernesto Sabato (Argentina, 1911-2011)