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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

lunes, 29 de agosto de 2011

Páginas ajenas: CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO, de Haruki Murakami

 
(Fragmento del capítulo 18: Noticias de Creta)

A finales de agosto recibí una postal de la isla de Creta. El sello era griego y también eran griegas las letras del timbre. No había ninguna duda de que la enviaba la mujer que antes había sido Creta Kanoo. Aparte de ella, no conocía a nadie más que pudiera enviarme una carta desde Creta. Pero en el remitente no aparecía nombre alguno. «Quizá no ha decidido aún cómo se llama», pensé. Las personas, si no tienen nombre, no pueden escribirlo. Pero no sólo faltaba el nombre, no había ni una sola línea escrita. Sólo mi nombre y dirección, con bolígrafo azul, y el timbre de la oficina de correos de Creta. En el anverso, una fotografía en color de las playas de la isla. Una playa de arena blanquísima circundada de rocas y una joven con el pecho desnudo tomando el sol. El mar era de un azul profundo y en el cielo flotaba una nube blanca que parecía artificial. Tan compacta que daba la impresión de que era posible tenerse en pie y andar sobre ella.
 
Al parecer, la mujer que antes había sido Creta Kanoo había llegado sin novedad a la isla de Creta. Me alegré por ella. Allí pronto encontraría un nuevo nombre. Y, con el nombre, una nueva identidad y una nueva vida. Pero ella no me había olvidado. Me lo anunciaba aquella postal sin una sola línea escrita que me había enviado desde Creta.
 
Para matar el tiempo le escribí una carta. No sabía su dirección, tampoco su nombre. Era una carta que, desde buen principio, no pensaba enviar. Simplemente me apetecía escribirle una carta a alguien.


Haruki Murakami (Japón, 1949) 

viernes, 26 de agosto de 2011

Páginas ajenas: AGOSTO, de Federico García Lorca

 
 
Agosto
Contraponientes
de melocotón y azúcar,
y el sol dentro de la tarde,
como el hueso en una fruta.

La panocha guarda intacta
su risa amarilla y dura.

Agosto.
Los niños comen
pan moreno y rica luna.
 
 
Federico García Lorca (España, 1898-1936)

jueves, 25 de agosto de 2011

Páginas ajenas: AVELINO ARREDONDO, de Jorge Luis Borges


"Disponía asimismo de un tablero de ajedrez..."

(Sabía que su meta era la mañana del día veinticinco de agosto.)

El hecho aconteció en Montevideo, en 1897.
 
Cada sábado los amigos ocupaban la misma mesa lateral en el Café del Globo, a la manera de los pobres decentes que saben que no pueden mostrar su casa o que rehúyen su ámbito. Eran todos montevideanos; al principio les había costado amistarse con Arredondo, hombre de tierra adentro, que no se permitía confidencias ni hacía preguntas. Contaba poco más de veinte años; era flaco y moreno, más bien bajo y tal vez algo torpe. La cara habría sido casi anónima, si no la hubieran rescatado los ojos, a la vez dormidos y enérgicos. Dependiente de una mercería de la calle Buenos Aires, estudiaba Derecho a ratos perdidos. Cuando los otros condenaban la guerra que asolaba el país y que, según era opinión general, el presidente prolongaba por razones indignas, Arredondo se quedaba callado. También se quedaba callado cuando se burlaban de él por tacaño.

Poco después de la batalla de Cerros Blancos, Arredondo dijo a los compañeros que no lo verían por un tiempo, ya que tenía que irse a Mercedes. La noticia no inquietó a nadie. Alguien le dijo que tuviera cuidado con el gauchaje de Aparicio Saravia; Arredondo respondió, con una sonrisa, que no les tenía miedo a los blancos. El otro, que se había afiliado al partido, no dijo nada.Más le costó decirle adiós a Clara, su novia. Lo hizo casi con las mismas palabras. Le previno que no esperara cartas, porque estaría muy atareado. Clara, que no tenía costumbre de escribir, aceptó el agregado sin protestar. Los dos se querían mucho.
 
Arredondo vivía en las afueras. Lo atendía una parda que llevaba el mismo apellido porque sus mayores habían sido esclavos de la familia en tiempo de la Guerra Grande. Era una mujer de toda confianza; le ordenó que dijera a cualquier persona que lo buscara que él estaba en el campo. Ya había cobrado su último sueldo en la mercería.
 
Se mudó a una pieza del fondo, la que daba al patio de tierra. La medida era inútil, pero lo ayudaba a iniciar esa reclusión que su voluntad le imponía.
 
Desde la angosta cama de fierro, en la que fue recuperando su hábito de sestear, miraba con alguna tristeza un anaquel vacío. Había vendido todos sus libros, incluso los de introducción al Derecho. No le quedaba más que una Biblia, que nunca había leído y que no concluyó.
 
La cursó página por página, a veces con interés y a veces con tedio, y se impuso el deber de aprender de memoria algún capítulo del Éxodo y el final del Ecclesiastés. No trataba de entender lo que iba leyendo. Era librepensador, pero no dejaba pasar una sola noche sin repetir el padrenuestro que le había prometido a su madre al venir a Montevideo. Faltar a esa promesa filial podría traerle mala suerte.
 
Sabía que su meta era la mañana del día veinticinco de agosto. Sabía el número preciso de días que tenía que trasponer. Una vez lograda la meta, el tiempo cesaría o, mejor dicho, nada importaba lo que aconteciera después. Esperaba la fecha como quien espera una dicha y una liberación. Había parado su reloj para no estar siempre mirándolo, pero todas las noches, al oír las doce campanadas oscuras, arrancaba una hoja del almanaque y pensaba un día menos.
 
Al principio quiso construir una rutina. Matear, fumar los cigarrillos negros que armaba, leer y repasar una determinada cuota de páginas, tratar de conversar con Clementina cuando ésta le traía la comida en una bandeja, repetir y adornar cierto discurso antes de apagar la candela. Hablar con Clementina, mujer ya entrada en años, no era muy fácil, porque su memoria había quedado detenida en el campo y en lo cotidiano del campo.
 
Disponía asimismo de un tablero de ajedrez en el que jugaba partidas desordenadas que no acertaban con el fin. Le faltaba una torre que solía suplir con una bala o con un vintén.

Para poblar el tiempo, Arredondo se hacía la pieza cada mañana con un trapo y con un escobillón y perseguía a las arañas. A la parda no le gustaba que se rebajara a esos menesteres, que eran de su gobierno y que, por lo demás, él no sabía desempeñar.

Hubiera preferido recordarse con el sol ya bien alto, pero la costumbre de hacerlo cuando clareaba pudo más que su voluntad. Extrañaba muchísimo a sus amigos y sabía sin amargura que éstos no lo extrañaban, dada su invencible reserva. Una tarde preguntó por él uno de ellos y lo despacharon desde el zaguán. La parda no lo conocía; Arredondo nunca supo quién era. Ávido lector de periódicos, le costó renunciar a esos museos de minucias efímeras. No era hombre de pensar ni de cavilar.
 
Sus días y sus noches eran iguales, pero le pesaban más los domingos.
 
A mediados de julio conjeturó que había cometido un error al parcelar el tiempo, que de cualquier modo nos lleva. Entonces dejó errar su imaginación por la dilatada tierra oriental, hoy ensangrentada, por los quebrados campos de Santa Irene, donde había remontado cometas, por cierto petiso tubiano, que ya habría muerto, por el polvo que levanta la hacienda, cuando la arrean los troperos, por la diligencia cansada que venía cada mes desde Fray Bentos con su carga de baratijas, por la bahía de La Agraciada, donde desembarcaron los Treinta y Tres, por el Hervidero, por cuchillas, montes y ríos, por el Cerro que había escalado hasta la farola, pensando que en las dos bandas del Plata no hay otro igual. Del cerro de la bahía pasó una vez al cerro del escudo y se quedó dormido.

Cada noche la virazón traía la frescura, propicia al sueño. Nunca se desveló.
 
Quería plenamente a su novia, pero se había dicho que un hombre no debe pensar en mujeres, sobre todo cuando le faltan. El campo lo había acostumbrado a la castidad. En cuanto al otro asunto... trataba de pensar lo menos posible en el hombre que odiaba.

El ruido de la lluvia en la azotea lo acompañaba.
 
Para el encarcelado o el ciego, el tiempo fluye aguas abajo, como por una leve pendiente. Al promediar su reclusión Arredondo logró más de una vez ese tiempo casi sin tiempo. En el primer patio había un aljibe con un sapo en el fondo; nunca se le ocurrió pensar que el tiempo del sapo, que linda con la eternidad, era lo que buscaba.
 
Cuando la fecha no estaba lejos, empezó otra vez la impaciencia. Una noche no pudo más y salió a la calle. Todo le pareció distinto y más grande. Al doblar una esquina, vio una luz y entró en un almacén. Para justificar su presencia, pidió una caña amarga. Acodados contra el mostrador de madera conversaban unos soldados. Dijo uno de ellos:
 
- Ustedes saben que está formalmente prohibido que se den noticias de las batallas. Ayer tarde nos ocurrió una cosa que los va a divertir. Yo y unos compañeros de cuartel pasamos frente a La Razón. Oímos desde afuera una voz que contravenía la orden. Sin perder tiempo entramos. La redacción estaba como boca de lobo, pero lo quemamos a balazos al que seguía hablando. Cuando se calló, lo buscamos para sacarlo por las patas, pero vimos que era una máquina que le dicen fonógrafo y que habla sola.
 
Todos se rieron.
 
Arredondo se había quedado escuchando. El soldado le dijo:
 
- ¿Qué le parece el chasco, aparcero?
 
Arredondo guardó silencio. El del uniforme le acercó la cara y le dijo:
 
- Gritá en seguida: ¡Viva el Presidente de la Nación, Juan Idiarte Borda!
 
Arredondo no desobedeció. Entre aplausos burlones ganó la puerta. Ya en la calle lo golpeó una última injuria.
 
- El miedo no es sonso ni junta rabia.
 
Se había portado como un cobarde, pero sabía que no lo era. Volvió pausadamente a su casa.
 
El día veinticinco de agosto, Avelino Arredondo se recordó a las nueve pasadas. Pensó primero en Clara y sólo después en la fecha. Se dijo con alivio: Adiós a la tarea de esperar. Ya estoy en el día.
 
Se afeitó sin apuro y en el espejo lo enfrentó la cara de siempre. Eligió una corbata colorada y sus mejores prendas. Almorzó tarde. El cielo gris amenazaba llovizna; siempre se lo había imaginado radiante. Lo rozó un dejo de amargura al dejar para siempre la pieza húmeda. En el zaguán se cruzó con la parda y le dio los últimos pesos que le quedaban. En la chapa de la ferretería vio rombos de colores y reflexionó que durante más de dos meses no había pensado en ellos. Se encaminó a la calle de Sarandí. Era día feriado y circulaba muy poca gente.
 
No habían dado las tres cuando arribó a la Plaza Matriz. El Te Deum ya había concluido; un grupo de caballeros, de militares y de prelados, bajaba por las lentas gradas del templo. A primera vista, los sombreros de copa, algunos aún en la mano, los uniformes, los entorchados, las armas y las túnicas, podían crear la ilusión de que eran muchos; en realidad, no pasarían de una treintena. Arredondo, que no sentía miedo, sintió una suerte de respeto. Preguntó cuál era el presidente. Le contestaron:
 
- Ése que va al lado del arzobispo con la mitra y el báculo.
 
Sacó el revólver e hizo fuego.
 
Idiarte Borda dio unos pasos, cayó de bruces y dijo claramente: Estoy muerto.
 
Arredondo se entregó a las autoridades. Después declararía:
 
- Soy colorado y lo digo con todo orgullo. He dado muerte al Presidente, que traicionaba y mancillaba a nuestro partido. Rompí con los amigos y con la novia, para no complicarlos; no miré diarios para que nadie pueda decir que me han incitado. Este acto de justicia me pertenece. Ahora, que me juzguen.
 
Así habrán ocurrido los hechos, aunque de un modo más complejo; así puedo soñar que ocurrieron. 

Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

miércoles, 24 de agosto de 2011

Agosto: LOS RELÁMPAGOS DE AGOSTO, de Jorge Ibargüengoitia


(Párrafo inicial)

¿Por dónde empezar? A nadie le importa en donde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni cuántos años estudié, ni por qué razón me nombraron Secretario Particular de la Presidencia; sin embargo, quiero dejar bien claro que no nací en un petate, como dice Artajo, ni mi madre fue prostituta, como han insinuado algunos, ni es verdad que nunca haya pisado una escuela, puesto que terminé la Primaria hasta con elogios de los maestros; en cuanto al puesto de Secretario Particular de la Presidencia de la República, me lo ofrecieron en consideración de mis méritos personales, entre los cuales se cuentan mi refinada educación que siempre causa admiración y envidia, mi honradez a toda prueba, que en ocasiones llegó a acarrearme dificultades con la Policía, mi inteligencia despierta, y sobre todo, mi simpatía personal, que para muchas personas envidiosas resulta insoportable. Baste apuntar que a los treinta y ocho años, precisamente cuando se apagó mi estrella, ostentando el grado de General Brigadier y el mando del 45° Regimiento de Caballería, disfrutaba yo de las delicias de la paz hogareña, acompañado de mi señora esposa (Matilde) y de la numerosa prole que entre los dos hemos procreado, cuando recibí una carta que guardo hasta la fecha y que decía así:... (Conviene advertir que todo esto sucedió en el año de 28 y en una ciudad que, para no entrar en averiguatas, llamaré Vieyra, capital del Estado del mismo nombre, Vieyra, Viey.) La carta, digo, decía así:
 
Querido Lupe:
 
Como te habrás enterado por los periódicos, gané las elecciones por una mayoría aplastante. Creo que esto es uno de los grandes triunfos de la Revolución. Como quien dice, estoy otra vez en el candelero. Vente a México lo más pronto que puedas para que platiquemos. Quiero que te encargues de mi Secretaría Particular.

Marcos González, General de Div. (Rúbrica.)

Como se comprenderá me desprendí inmediatamente de los brazos de mi señora esposa, dije adiós a la prole, dejé la paz hogareña y me dirigí al Casino a festejar.
 
No vaya a pensarse que el mejoramiento de mi posición era el motivo de mi alegría (aunque hay que admitir que de Comandante del 45° Regimiento a Secretario de la Presidencia hay un buen paso), pues siempre me he distinguido por mi desinterés. No, señor. En realidad, lo que mayor satisfacción me daba es que por fin mis méritos iban a ser reconocidos de una manera oficial. Le contesté a González telegráfi- camente lo que siempre se dice en estos casos, que siempre es muy cierto: "En este puesto podré colaborar de una manera más efectiva para alcanzar los fines que persigue la Revolución."

¿Por qué de entre tantos generales que habíamos entonces en el Ejército Nacional había González de escogerme a mí para Secretario Particular? Muy sencillo, por mis méritos, como dije antes, y además porque me debía dos favores. El primero era que cuando perdimos la batalla de Santa Fe, fue por culpa suya, de González, que debió avanzar con la Brigada de Caballería cuando yo hubiera despejado de tiradores el cerro de Santiago, y no avanzó nunca, porque le dio miedo o porque se le olvidó, y nos pegaron, y me echaron a mí la culpa, pero yo, gran conocedor como soy de los caracteres humanos, sabía que aquel hombre iba a llegar muy lejos, y no dije nada; soporté el oprobio, y esas cosas se agradecen. El otro favor es un secreto, y me lo llevaré a la tumba.
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983)

La novela completa se puede leer en:
http://www.scribd.com/doc/8834675/Ibarguengoitia-Jorge-Los-Relampagos-de-Agosto

martes, 23 de agosto de 2011

EGLÉ (del poemario Mitología del Olvido)




Resplandor del estío sin sombras,
en la piel de tu nombre brillaba el sol
transparencia impune de la luz
no era yo, era ese terco vaivén del mar
que desvestía el laberinto de tu risa
sirena extraviada en tierra
principio y fin del placer.

Mi memoria es el lugar en el que habitas
con todos tus misterios
donde puedo escuchar tu voz
y me miras prohibiendo el olvido
porque olvidarte sería obsceno.

Habría preferido un adiós apacible
sin la tempestad de los reclamos,
aprender a soñarte en cualquier trazo
cuando te amaba efusiva y plena.

La oscuridad es el letargo de la noche
sobre la ausencia de tu cuerpo desnudo.
 
 
Jules Etienne

(Eglé, según la mitología griega, era la
más bella de las Helíades, las hijas del sol)

viernes, 19 de agosto de 2011

Páginas ajenas: ÚLTIMAS CARTAS DESDE LA LOCURA, de Vincent van Gogh



 Agosto de 1889.
Ayer me puse otra vez a trabajar un poco –algo que veo desde mi ventana- un campo  amarillo en plena labor; la oposición de la tierra labrada violácea con las fajas de rastrojo amarillo, fondo de colinas. El trabajo me distrae infinitamente más que cualquier otra cosa y si pudiera, cuando ya me sienta bien, dedicarme de lleno con toda mi energía, sería posiblemente el mejor remedio. La imposibilidad de tener modelos, un montón de otras cosas, sin embargo, me frenan.

En fin, debo ir aceptando las cosas con cierta pasividad y he de tener paciencia.
 
Vincent van Gogh (Holanda, 1853-1890)
 
La ilustración corresponde a un paisaje pintado por Van Gogh en Saint-Rémy-de-Provence, Francia, en 1889.

jueves, 18 de agosto de 2011

Páginas ajenas: LEJOS, de Constantino Cavafis



Quisiera este recuerdo decirlo...
Pero de tal modo se ha borrado... como que nada queda
porque lejos, en los primeros años de mi adolescencia yace.
Una piel como hecha de jazmín...
Aquel atardecer de agosto -¿era agosto...?-
Apenas me recuerdo ya de los ojos; eran, creo, azules...
Ah sí, azules: un azul de zafiro.
 
 
Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933)
 
(Traducido del griego por Miguel Castillo Didier)

martes, 16 de agosto de 2011

Páginas ajenas: MILÁN, AGOSTO DE 1943, de Salvatore Quasimodo



 En vano buscas entre el polvo,
pobre mano, la ciudad ha muerto.
Ha muerto, se oyó el último trueno
en el corazón del barrio viejo,
y el pájaro ha caído desde la antena,
allí arriba sobre el convento,
en donde cantaba, antes del crepúsculo.
No caven pozos en los patios,
ya no tienen sed los vivos.
No toquen a los muertos, tan rojos, tan hinchados:
déjenlos sobre la tierra de sus casas,
la ciudad está muerta, muerta.

 
 
Salvatore Quasimodo (Italia, 1901-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1959.
 
La ilustración corresponde la Piazza della Vetra en Milán, tras el bombardeo del 14 y 15 de agosto de 1943.

lunes, 15 de agosto de 2011

Páginas ajenas: PEDRO PÁRAMO, de Juan Rulfo


(Fragmentos)

Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.

El camino subía y bajaba: Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja.
 
- ¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?

- Comala, señor.

(...)

Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que me perseguía no se despegaba de mí.
Y es que no había aire; sólo la noche entorpecida y quieta, acalorada por la canícula de agosto.

No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre.

Digo para siempre.

Tengo memoria de haber visto algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre mi cabeza y luego enjuagarme con aquella espuma y perderme en su nublazón. Fue lo último que vi.


Juan Rulfo (México, 1917-1986)

(Aquí se puede leer Pedro Páramo con un prólogo de Jorge Volpi:

domingo, 14 de agosto de 2011

Las luces de agosto en la obra de William Faulkner

 
Animado por el hecho de que nos encontramos en pleno mes de agosto y para establecer la relación con la novela Luz de agosto, de William Faulkner, emprendí una breve exploración procurando establecer la constante presencia de este época del año y, de manera más específica el mes de agosto, en la obra de William Faulkner.
 
Algunos hallazgos han sido interesantes y otros, de plano, afortunados -como el hecho de que la dedicatoria en la fotografía del relato Evangeline, tuviera la fecha del 12 de agosto de 1860-, y así ha quedado consignado a lo largo de la semana en media docena de textos: Lasdiferentesvoces de William Faulkner, Luzdeagosto, Otrosagostos de William Faulkner, LainfluenciadeFaulkner negada por Juan Rulfo, Evangeline, y WilliamFaulkner y el portero del prostíbulo o, para quienes de plano estén muy interesados en el tema, les invito a remitirse directamente a la etiqueta:
 


Jules Etienne

sábado, 13 de agosto de 2011

William Faulkner y el portero del prostíbulo


Al mismo tiempo que me encontraba investigando acerca de William Faulkner, de quien me he estado ocupando por estas fechas con el pretexto de que su obra aparece pletórica de referencias al mes de agosto, un día me encontré en la bandeja de mi correo electrónico con un mensaje titulado El portero del prostíbulo, el cual imaginé uno de esos felices hallazgos con que la vida suele escribir el libro de las coincidencias. En una entrevista que con el tiempo se volvería célebre, Faulkner afirmó que el lugar que proporciona el ambiente ideal para el trabajo de un escritor es un burdel. Esto debido a que en cierta época trabajó en un prostíbulo de Nueva Orléans -se me ocurre que similar al que aparece en aquella película Niña Bonita (Pretty Baby), de Louis Malle, y también me remite a la colección fotográfica Retratos de Storyville (Storyville Portraits), del legendario E. J. Bellocq-, y fue entonces que descubrió su insólita paz matutina, lo que le permitía escribir sin interrupciones y cuando las mujeres al fin despertaban, solían platicarle sus vivencias, que suelen ser más estimulantes para un escritor que las de una madre de familia de buena conducta: "El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra..."

En algunas de sus biografías apuntan que lo despidieron de dicho trabajo porque acostumbraba a beber más de lo que obtenía como salario. "El artista es sólo responsable ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño le angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echará todo por la borda: el honor el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...", afirmaba en esa misma entrevista.

Por todo lo ya mencionado, la lectura de El portero del prostíbulo resultó permeada por la nugacidad. Se trata de una simple fábula predecible, anodina y burda, con moraleja incluida, sobre la improbable experiencia del analfabeta de un pequeño pueblo, donde trabaja como portero del burdel y lo despiden por no saber leer ni escribir. Entonces empieza a transportar herramientas por encargo, desde la ciudad más cercana, hasta que eso le permite montar primero una ferretería y más tarde su propia fábrica, para terminar convertido en el hombre más rico del pueblo. El alcalde le pregunta cómo es posible que hubiese podido construir un imperio industrial siendo analfabeta, "¿qué hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir?", a lo que el sujeto le responde: "Si yo hubiera sabido leer y escribir... ¡sería el portero del prostíbulo!".

Este tipo de parábolas que apelan a la ignorancia de quien las lee realmente me indignan. Se requiere de un alto grado de incoherencia para suponer que alguien puede construir una fábrica de herramientas en un pueblo que carece de carreteras y que su volumen de ventas podría llegar a ser tan alto que le permitiría convertirse en un millonario el cual, supongo, nunca declaraba impuestos ni firmaba contratos, o de plano se rodeó de los contadores y abogados más honestos que el surrealismo pudiera concebir en sus mayores delirios. Mi conclusión sería que en lugar de transportar herramientas a lomo de burro, debió esforzarse por aprender a leer y escribir. Eso le habría permitido retener su trabajo en el burdel, sin duda más divertido que sus trayectos guiado por asnos. Y tal vez hasta hubiese ganado el premio Nobel de literatura, como lo hizo Faulkner.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a la fotografía de una prostituta en un burdel de la zona roja de Nueva Orleans que forma parte de la colección Storyville Portraits (1912), de E. J. Bellocq.

La entrevista con William Faulkner traducida al español es posible leerla en: http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/faulkner.htm

viernes, 12 de agosto de 2011

Páginas ajenas: EVANGELINE, de William Faulkner

"A mi marido. Siempre. 12 de agosto, 1860."
 
(Fragmento)

- Hablé con ella anoche. Me contó la historia, me lo contó todo. No creo que haya problema -me miraba, observaba mi cara-. Te la compraré, entonces.
 
- No puedo vender lo que no es mío.
 
- Déjame mirarla, entonces. Te la devolveré. Hablé con ella anoche. No será nada incorrecto.
 
Me la entregó. La caja se había fundido un tanto; la cerradura que Judith había cerrado a golpes para siempre se había reducido a una fina línea a lo largo de la juntura: podría abrirse tal vez con una hoja de un cuchillo. Pero fue precisa un hacha.
 
La fotografía estaba intacta. Miré la cara y pensé tranquila, estúpidamente (somnoliento, empapado y sin haber desayunado, estaba un poco alelado); la contemplé sereno: "Vaya, creía que era rubia..." Entonces desperté, volví a la vida. Miré con calma aquel rostro suave, oval, sin mácula; la boca carnosa, llena, un tanto flácida, los ojos ardientes, adormilados, sigilosos, el pelo de tinta con su casi imperceptible aunque inequívoca tiesura: el sello trágico e indeleble de la sangre negra. La dedicatoria estaba en francés: "A mon mari. Toujours. 12 Août 1860".
 
Y volví a mirar aquella malhadada y apasionada cara con su calidad intensa y saciadora de pétalo de magnolia -la cara que inintencionadamente había destruido tres vidas-, y entendí entonces por qué el tutor de Charles Bon le había enviado a estudiar tan lejos, al norte del Mississippi, y qué era lo que para Henry Sutpen, fruto de generaciones, nacido ya con lo que era y lo que creía y lo que pensaba, era peor que el matrimonio y agravaba la bigamia hasta el punto de que la pistola no era sólo justificable, sino inevitable.
 
- Eso es todo lo que hay dentro -dijo la negra.


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Recibió el premio Nobel en 1949.

jueves, 11 de agosto de 2011

La influencia de Faulkner negada por Juan Rulfo

"Cuentan que en una ocasión coincidieron ambos en París y se reunieron para tomar un café."
 
Mario Vargas Llosa en su ensayo El viaje a la ficción, reconoce que: "Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina." Y así lo confirman las obras de Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, el propio Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, quien al momento de recibir el premio Nobel de literatura, en 1982, en su discurso de aceptación ante la Academia Sueca refirió:
 
"Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: Me niego a admitir el fin del hombre. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra."
 
El mismo García Márquez admitiría en una entrevista, el influjo de Mientras yo agonizo sobre La hojarasca: "Es indudable la relación." Y es que como subraya Vargas Llosa sobre ambas historias, "no están contadas por un narrador omnisciente sino por los propios personajes (que velan al muerto), cuyas conciencias van sucediéndose en el primer plano del relato." Aunque hay también quienes consideran que la mayor influencia que recibió de Faulkner sobre el conjunto de su obra, proviene de El sonido y la furia: "Como en Faulkner, en García Márquez la novela es autogénesis: toda creación es un hechizo...", establece Carlos Fuentes en su indispensable análisis de La nueva novela hispanoamericana.
 
Se dice que el uruguayo Juan Carlos Onetti conservaba una fotografía de William Faulkner en su mesa de trabajo. "Con Faulkner y su novela Absalón, Absalón. me pasó algo extraordinario: la consideré tan buena que tuve días en los que me pareció inútil seguir escribiendo."
 
Por alguna razón, Rulfo acostumbraba a negar la influencia de Faulkner en su obra, la cual siempre se ha señalado. No tenía mucho de haberse publicado El llano en llamas, cuando Carlos Blanco Aguinaga publicó el ensayo Realidad y estilo de Juan Rulfo, en el que advertía vestigios de Faulkner en sus textos. Sin embargo, al cumplirse veinticinco años de la publicación de Pedro Páramo, en una entrevista para el diario Excélsior, el escritor declaró que: "Por ahí se dice que hay influencia de Faulkner en Pedro Páramo. No es verdad, porque cuando escribí Pedro Páramo no conocía a Faulkner." Y Carlos Fuentes consigna que el propio Rulfo le comentó que la verdadera influencia habría que ubicarla en la literatura islandesa: "Viene de la novela Gente independiente de Halldor Laxness". Sin embargo, su aseveración se torna contradictoria, ya que en 1979, al revisar El llano en llamas con el fin de modificar el orden de los cuentos para su reedición, Rulfo dijo que desearía dejar fuera a Macario, porque era muy fuerte la presencia de Faulkner. Ese cuento había sido publicado originalmente en 1946, en el número 48 de la revista América, en tanto que Pedro Páramo apareció hasta 1955.
 
A propósito de ambos autores, Onetti, quien era un personaje muy encerrado en sí mismo, y Rulfo, por su parte, silencioso y discreto. Cuentan que en una ocasión coincidieron ambos en París y se reunieron para tomar un café. Permanecieron ensimismados, uno frente al otro en la mesa de una cafetería, sin hablar, durante tres horas, al cabo de las cuales se levantaron para despedirse. Rulfo le dijo entonces, con su proverbial sencillez: "Otra vez será".

Jules Etienne

La lectura del discurso íntegro de García Márquez es posible en: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/ggmnobel.htm

El cuento Macario, de Juan Rulfo, se puede leer completo aquí: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/rulfo/macario.htm

miércoles, 10 de agosto de 2011

Páginas ajenas: OTROS AGOSTOS DE WILLIAM FAULKNER

"... la idea fue suya; primero se le ocurrió lo del ferrocarril..."

(Fragmentos de El sonido y la furia, Los invictos, Las palmeras salvajes y Desciende Moisés, en los que se hace referencia al mes de agosto)

"Las farolas de la calle bajaban por la colina luego subían hacia el pueblo pisé el vientre de mi sombra. Si extendía la mano sobresaldría. sintiendo a mi padre a mi espalda más allá de la estridente oscuridad del verano y de Agosto las farolas de la calle Padre y yo protegíamos a las mujeres unas de otras de ellas mismas nuestras mujeres. Así son las mujeres no adquieren conocimiento de otras personas para eso estamos nosotros ellas nacen con una práctica fertilidad para la sospecha que da fruto de vez en cuando y normalmente con razón tienen una cierta afinidad con el mal para procurarse aquello de lo que el mal carezca para rodearse instintivamente de ello como tú te arropas entre sueños fertilizando la mente hasta que el mal logra su propósito tanto si existía como si no Venía entre dos de primer curso. No había acabado de recuperarse del desfile, porque me saludó, como si fuera un oficial de alto rango." (El sonido y la furia, página 40).

"En que otra cosa puedo pensar en qué otra cosa he pensado El muchacho salió de la calle. Saltó una cerca de estacas sin volver la mirada y cruzó la pradera hasta un árbol y dejó la caña y trepó hasta las primeras ramas y se sentó allí de espaldas a la carretera y el sol moteando inmóvil su camisa blanca. En que otra cosa he pensado ni siquiera puedo llorar morí el año pasado te lo dije pero entonces no sabía lo que quería decir no sabía qué estaba diciendo Algunos días a finales de agosto son en casa como éste, el aire fino y anhelante como éste, habiendo en él algo triste y nostálgico y familiar. El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que te dé la gana. Un problema de propiedades impuras tediosamente arrastrado hacia una inmutable nada: jaquemate de polvo y deseo. Pero ahora sé que estoy muerta te lo aseguro" (El sonido y la furia, página 53).

"Era el verano pasado, en agosto, y padre acababa de derrotar a Redmond para la legislatura del Estado. El ferrocarril ya estaba acabado, y la asociación entre padre y Redmond se había disuelto hacía tanto tiempo que la mayoría de la gente habría olvidado que fueron socios alguna vez si no fuera por la enemistad que existía entre ellos. Habían tenido un tercer socio, pero apenas recordaba nadie su nombre; él y su nombre se habían esfumado en la furia del combate que se entabló entre padre y Redmond casi antes de que empezaran a ponerse los rieles, entre el implacable autoritarismo y la voluntad de dominio de padre (la idea fue suya; primero se le ocurrió lo del ferrocarril, y luego metió a Redmond en el asunto), y aquella cualidad de Redmond (como decía George Wyatt, no era un cobarde, o padre jamás se habría asociado con él) que le permitía soportar todo lo que padre le hacía, aguantando, aguantando, aguantando hasta que algo (ni su voluntad ni su valor) se rompió en él." (Del episodio Un olor a verbena*, en Los invictos).

"Era el anochecer, en el cálido agosto, los anuncios de neón brillaban parpadeando entre cadavéricos e infernales sobre los rostros en la calle y también sobre los de ellos mientras caminaban, ella todavía cargando las dos costillas envueltas en el grueso y pegajoso papel de la carnicería. Antes de llegar a la esquina se toparon con McCord." (Las palmeras salvajes, página 88).

"Así que el viajante se apoyó sobre la cerca de la finca, en la luminosa mañana de agosto, mientras Lucas caminaba colina arriba y subía los gastados escalones, al lado de los cuales se hallaba una potranca de brillante pelaje, con tres patas calzadas y una mancha en la frente y una pesada y cómoda silla sobre el lomo, y entraba en el economato. Allí, en un escritorio de tapa corrediza situado junto al ventanal frontal, en medio de hileras de estantes con latas de tabaco y de comida y específicos médicos, de ganchos de los que pendían cadenas para tirantes de caballerías y colleras y horcates, el amo escribía en un libro mayor. Lucas permaneció de pie, en silencio, mirando la nuca del hombre blanco; al cabo, éste miró en torno y Lucas dijo: -Ha venido." (Desciende Moisés, página 41).

"... y en su suelo, en su polvo de agosto claro, liviano y seco como harina, la larga huella semanal de cascos y de ruedas había sido borrada por los pausados zapatos de paseo del domingo, bajo los cuales, en alguna parte, eclipsadas pero no idas, fijas y contenidas en el polvo apelmazado, se hallaban las delgadas huellas, de dedos gruesos y planos, de los pies descalzos de su esposa..." (Desciende Moisés, página 56).


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Recibió el premio Nobel en 1949.

* Un olor a verbena es el único de los siete episodios que se reunieron en Los invictos que no había sido editado previamente y fue escrito por Faulkner para conformar la novela. Los demás aparecieron publicados entre 1934 y 1936; cinco de ellos en el Saturday Evening Post mientras que el otro restante en Scribner's.

martes, 9 de agosto de 2011

Páginas ajenas: LUZ DE AGOSTO, de William Faulkner


(Fragmentos del capítulo 20)

Es la hora en que la tarde muere con un último reflejo color de cobre. Es la hora en que, más allá de los arces enanos y del bajo rótulo, la calle está disponible y vacía, encuadrada por la ventana del escritorio, como un escenario.
(...)

En la luz de agosto rezagada que la noche está a punto de invadir, la rueda parece engendrar un resplandor pálido, envolverse en él como en un halo. El halo está lleno de rostros. Los rostros no están moldeados por el sufrimiento. No están moldeados por nada: ni por el horror, ni por el dolor. Ni siquiera por el reproche. Son apacibles, como si acabasen de escaparse de una apoteosis. Entre ellos está su propio rostro.


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Recibió el premio Nobel en 1949)

(Traducido del inglés por Enrique Sordo)

lunes, 8 de agosto de 2011

LUZ DE AGOSTO: las diferentes voces de William Faulkner


La obra de Faulkner se distingue, entre otros atributos, por su polifonía narrativa. Son varios los personajes que van construyendo el relato con una diversidad de voces. Aun cuando Joe Christmas (el origen de su apellido proviene de que lo abandonaron en un orfanato en plena nochebuena) puede parecer el eje sobre el que giran y se enlazan las diferentes historias: "Joe creía que trataba de escapar de la soledad, no de sí mismo."

No será él, sino Lina Grove, durante su trayecto de Alabama a Tennessee en busca del padre de su hijo por nacer, el Virgilio que nos conducirá por el infierno y purgatorio del profundo sur estadounidense, con la guerra de secesión todavía fresca en el paisaje, la violencia intransigente del racismo, la proclividad al chisme, el fanatismo religioso y la obsesión por el pecado con su inevitable sentimiento de culpa, como cuando Hightower le dice a Byron: "Puedo leerlo en usted. Me dirá que acaba de conocer el amor; y yo le diré que acaba de conocer la esperanza. Eso es todo; esperanza. El objeto no importa, ni para la esperanza y ni siquiera para usted. Sólo hay un final para esto, para el camino que ha emprendido: pecado o matrimonio. Y usted rechazará el pecado. Así es, que Dios me perdone."
 
La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde. Cree mucho más tiempo que recuerda, mucho más tiempo del que tarda el conocimiento en preguntarse", afirma la voz del narrador por encima de todas las voces incidentales que se escuchan durante el intrincado trayecto entre el principio y el fin de la memoria.
 
Cuando inicia la novela, Lena lleva un mes de viaje y se encuentra en Mississippi, a través de alternancias temporales nos enteraremos de lo que ha sido su vida y cuál será su destino, así como el de los demás protagonistas, para desembocar en el párrafo final al llegar a Tennessee: "¡Dios mío, Dios mío!¡Cuánto camino se puede hacer! Sólo hace dos meses que salí de Alabama y ya estoy en Tennessee." El círculo se cierra, Faulkner concluye una elipse perfecta.
 
 

Jules Etienne 

sábado, 6 de agosto de 2011

Páginas ajenas: AGOSTO, de Jaime Torres Bodet



Va a llover... Lo ha dicho al césped

el canto fresco del río;
el viento lo ha dicho al bosque
y el bosque al viento y al río.

Va a llover... Crujen las ramas
y huele a sombra en los pinos.

Naufraga en verde el paisaje.
Pasan pájaros perdidos.

Va a llover... Ya el cielo empieza
a madurar en el fondo
de tus ojos pensativos.

 
Jaime Torres Bodet (México, 1902-1974)

viernes, 5 de agosto de 2011

Páginas ajenas: INCESTO (Diario amoroso, 1932-1934), de Anais Nin


5 de agosto de 1933 

Conversación con Henry acerca de mis mentiras. Y le suelto este discurso que me había estado dando vueltas en la cabeza durante días: «No voy a mentir más. Nadie ha agradecido mis mentiras. Ahora sabrán la verdad. ¿Crees que a Hugo le va a gustar más lo que he escrito sobre él que lo que le decía o le daba a entender con mis evasivas? ¿Crees que Eduardo prefiere saber lo que pienso de él a lo que le he dicho? Nunca supe decir a nadie "no te amo". El error que cometí fue querer abarcar demasiado. No podía alimentar cinco fuegos. Tenía que desatender a alguno, y por eso me han odiado. Sobrevaloré mis fuerzas. Cuando decía una mentira era una mensonge vital, una mentira que daba vida». En este momento, Henry y yo nos miramos como antes, en una plenitud maravillosa. Ha sido todo un día de encuentro. Primero lo esperé con entusiasmo y fui a buscarlo a la estación. Dijo: «Tuve la premonición de que harías esto». Me tomó del brazo y paseamos bajo el sol. Y luego, en la casa, nos deseamos inmediatamente y nos sentimos felices y próximos en el sofá. Henry, anhelante y apasionado. En el jardín dijo: «He estado de un magnífico humor, todo el tiempo, desde que volviste. Cuando estás conmigo, todo va perfectamente».
 
- A mí me pasa igual.
 
Me sentía feliz de haber recuperado nuestra armonía, nuestro intercambio estimulante. Padre y Henry están ahora maravillosamente equilibrados, como la eterna dualidad de mi propio ser. Uno es el ideal absoluto, no humano; el otro, el humano. Y es igualmente cierto que la confianza de Henry en mí, su amor, me ha dado vida e inspiración, toda la fuerza y todas las alegrías, cuando no tenía nada, salvo la tierna seguridad de mi matrimonio. Esta noche, mi amor por Henry está tan profundamente enraizado que no hay ninguna necesidad de desplazamiento, sólo de expansión. Hay dentro de mí un pozo grande, inagotable, capaz para los amores ideales y los humanos, un foyer immense. Me parece que cuando amé a Artaud durante unos días, lo amé mejor -quiero decir con más talento- que cualquier otra mujer hubiera podido en toda una vida. Le di un momento elevado, por más que fuera un espejismo. Y a Allendy, durante unos meses, una percepción, una reflexión y un calor que son poco corrientes. Ambos han experimentado algo que nunca más volverán a experimentar. ¡Condenso mis regalos, en lugar de prolongarlos! Un rasgo de cobardía. Siento desprecio por mí misma cuando, para excusarme, trato de justificar mis cambios de sentimiento poniendo de relieve los defectos de los demás. Cobarde, cobarde.
 

Henry me ha dicho hoy algo muy sensato: «En lugar de acentuar el idealismo y la necesidad de ilusión en los demás, ¿por qué no los ayudas enseñándoles a esperar menos, sin engañarlos?».
 
 
Anaïs Nin: Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell  
(Estadounidense de padres hispano-cubanos nacida en Francia, 1903-1977)
 
La ilustración corresponde a una fotografía de Anaïs Nin y Henry Miller.

jueves, 4 de agosto de 2011

Agosto: AL FILO DEL AGUA (Agosto), de Agustín Yáñez

"¿qué tendrá la luna hermosa de agosto?"
 
(Fragmento: La desgracia de Damián Limón)
 
2
 
Agosto es mes de muerte y desgracias. El cuchillo de la canícula se mueve a diestra y siniestra. Don Gregorio, el cajamuertero, se prepara con tiempo; desde mayo, desde junio, compra los materiales que pueda ir necesitando y sin que nadie los encargue hace dos o tres ataúdes para que no se le tome desprevenido y allí ande con carreras a la hora de la hora. ¡Pobres de los enfermos crónicos! ¡Ay de los niños! Esa mala luna siniestra. Y los ganados, que sufren diezma. Mes de sequía, de calores malignos, de calma en el regazo de las nubes. La calma que frustra las siembras. Los enfermos, las madres, los agricultores pasan el mes -hasta el día de San Bartolomé-, pasan el mes con el alma en vilo. ¡Con qué flojera ve don Refugio que agosto va llegando: que le hablan de aquí, de allá, que un viaje a este y aquel rancho, que fulano está en las últimas, que a perengano de nada le han servido las medicinas, que usted tuvo la culpa de que zutano haya muerto! Y como si no fueran bastantes las muertes naturales -¿qué tendrá la luna hermosa de agosto? ¿qué tendrá el sol, y el cielo de fuego, y el aire seco?- vienen las muertes violentas, por accidentes inexplicables o en pleitos repentinos.
Agosto es mes funesto.
 
 
Agustín Yáñez (México, 1904-1980)

miércoles, 3 de agosto de 2011

Páginas ajenas: EL JUEGO DEL MUERTO, de Rubem Fonseca

"... trabajaba en un bar de la calle del Catete y lo vi todo, las lágrimas, los gritos..."
 
(Fragmento que alude al mes de agosto)
 
Y ahora vamos a entrar en agosto, dijo, el mes en que Getúlio se pegó el tiro en el corazón. Yo era un chiquillo entonces, trabajaba en un bar de la calle del Catete y lo vi todo, las lágrimas, los gritos, la gente desfilando ante el ataúd, el cuerpo, cuando lo llevaban al Santos Dumont, los soldados disparando las metralletas contra la gente. Si tuve mala racha en julio, ya verás en agosto.
 
Pues no apuestes este mes, dijo Gonçalves, que acababa de prestarle doscientos mil cruceiros.
 
No, este mes tengo que recuperar parte de lo que llevo perdido, dijo Anísio con aire sombrío.
 
Los cuatro amigos ampliaron para aquel mes de agosto las reglas del juego. Aparte de la cantidad, la edad y el color de los muertos, añadieron el estado civil y la profesión. El juego se iba haciendo más complejo.
 
Creo que hemos inventado un juego que va a resultar más popular que la lotería, dijo Marinho. Ya medio borrachos, se rieron tanto, que Fernando hasta se orinó en los pantalones.
 
 
Rubem Fonseca (Brasil, 1925)
 
La lectura del cuento íntegro es posible en este vínculo:

martes, 2 de agosto de 2011

Un detective en agosto

 
La novela Agosto, de Rubem Fonseca, rebasa los límites genéricos para reinventar su contexto histórico: el suicidio del dictador brasileño Getúlio Vargas, presidente en funciones -episodio en la historia de Brasil que también refiere de manera apenas incidental en su relato El juego del muerto-, en agosto de 1954, como se establece en el siguiente diálogo: 
 
"Mientras Mattos se entregaba a estas reflexiones, Alice escribía en su diario, en la mesa de la sala. Últimamente, ella permanecía callada, mirando a la pared, o bien escribiendo horas enteras en su grueso cuaderno de pasta dura.
 
- ¿En qué piensas?
 
- En Getulio Vargas -Pausa-. ¿Y tú?
 
- Tengo cosas más importantes que pensar. Tengo mi vida
 
- Getulio Vargas es parte de mi vida -dijo Mattos.
 
- Getúuio te encarceló cuando eras estudiante.
 
- No fue él. Fue un esbirro cualquiera. Siento pena por Getulio. Sé que suena absurdo; yo mismo me sorprendo."
 
Mario César Carvalho en su artículo La pesadilla de la historia, en el cual emprende un análisis de la novela, establece: "No es fortuito que casi todos los personajes reales de la historia se conviertan en personajes secundarios en Agosto. Fonseca parece interesado en el encuentro del ciudadano común con la historia del país, en el choque de la historia mitológica con lo cotidiano y viceversa."
 
Investigando el asesinato de un hombre de negocios, el comisario Alberto Mattos, desencantado y ulceroso, emprende sus amargas reflexiones sobre la descomposición del tejido social: "Sacó un Pepsamar del bolsillo, lo masticó, lo mezcló con saliva y lo tragó. Él había cumplido la ley. ¿Había hecho un mundo mejor?". El personaje que simboliza la legalidad, la justicia, el respeto a los valores y las instituciones, se enfrenta a lo largo de sus pesquisas con toda clase de hampones: asesinos a sueldo, periodistas deshonestos, políticos corruptos y empresarios coludidos.

Este escenario, típico de la novela negra, resulta ideal para la denuncia de una realidad lacerante. Funciona lo mismo con los autores que ubican la acción de sus novelas en la actualidad, como para aquellos que reelaboran otra época, como sería el caso de Fonseca, quien ya nos advierte desde el propio epígrafe, que proviene del Ulises de James Joyce: "La Historia, dijo Stephen, es una pesadilla de la cual estoy tratando de despertar."
 
Carvalho afirma que Fonseca indagó en libros, revistas y periódicos de la época, con el fin de mostrar a "la Historia como una estúpida sucesión de acontecimientos fortuitos, un enredo de falsedades".

Vargas Llosa, al abordar el tema en El "Gran Arte" de la parodia, reconoce que el mayor mérito de Fonseca consiste en aprovechar los materiales y recetas de la literatura de consumo popular, como punto de partida para elaborar una literatura de calidad.
 

Jules Etienne

lunes, 1 de agosto de 2011

Páginas ajenas: AGOSTO, de Rubem Fonseca


(Fragmento)

- Apenas trece días -dijo el comisario-. ¿El señor no toma notas de su trabajo?
 
- Soy analfabeto, doctor. Pero Cremilda piensa que pudo haber sido el sábado después de medianoche. Ese trabajo de sacar el maleficio también pudo ser hecho en las primeras horas del mes de agosto. Agosto es un mes propicio para que bajen los espíritus.
 
- ¿Usted salió del apartamento de Gomes Aguiar pasada la medianoche?
 
- Sí. Creo que fue el sábado, sí... Hice el servicio ya entrándose el domingo, ya en agosto...
 
- Gomes Aguiar fue asesinado en la madrugada del domingo, en las primeras horas del primer día de agosto. Cuando los espíritus estaban bajando, como dice el señor.
 
- ¿Cómo? Cuando salí de allí el hombre estaba vivo, se lo juro señor... Vea, yo fui allá el viernes.
 
 
Rubem Fonseca (Brasil, 1925)