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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

jueves, 16 de febrero de 2012

Páginas ajenas: CUATRO CUARTETOS, de T. S. Eliot



(Fragmento)

La primavera a medio invierno es una estación en sí misma
Sempiterna aunque empapada hacia el ocaso,
Suspendida en el tiempo, entre el polo y el trópico.
Cuando es más claro el corto día lleno de escarcha y fuego,
El breve sol incendia el hielo en estanques y zanjas,
Bajo el frío sin viento que es el calor del corazón
Y copia en un espejo de agua
Un fulgor que es ceguera cuando empieza la tarde
Y un brillo más intenso que la lumbre de ramas o braseros
Agita el torpe espíritu: no viento sino fuego pentecostal
En el tiempo oscuro del año.
Entre el deshielo y la congelación
Se estremece la savia del alma. No hay olor de tierra
Ni olor de cosa viva. Este es el tiempo primaveral
Pero no según la convención del tiempo.
Por una hora el seto blanquea
Con fugaz floración de nieve,
Una floración más repentina que la del verano pues no da brotes ni se marchita.
No pertenece al esquema de la generación.
¿En dónde está el verano, el inimaginable
Verano cero?


Thomas Stearns Eliot
(Estadounidense nacionalizado británico, 1888-1965). Obtuvo el premio Nobel en 1948.

(Traducción al español de José Emilio Pacheco)
La ilustración corresponde a Sunset at the Frozen Pond (2010), de Lazlo

martes, 14 de febrero de 2012

Páginas ajenas: MOTIVOS DEL BARRO, de Gabriela Mistral



(Fragmento del relato La madre)

Ella parecía no escuchar y se quedó entonando suavemente otro aire campesino sobre el sueño del niño.

Las nubes lejanas se agruparon y bajó la lluvia sobre el llano. La mujer sacó su chal, dejó sus espaldas descubiertas y arropó mejor a su hijo. Una nieve ligera fue bajando después, una nevada ligera, pero que amorataba y hacía temblar sus manos. Ella se curvó más, para cubrir mejor se arrastró lentamente hasta quedar bajo la rama más tupida. Allí estuvo mucho tiempo. La nieve resbalaba sobre su cara y sus mejillas; la aventaba solamente del chal que cubría su regazo. El movimiento del niño hizo que interrumpiera su delicado estribillo; fue su aliento entonces tan sigiloso como el bajar de la cabeza para otear el horizonte.

El llano era hermoso bajo la nevada; las lomas se iban jaspeando de blancura imperceptiblemente y los árboles de follaje adquirían unos fantásticos relieves sobre los troncos llagados. No miraba al llano; no miraba a los que pasaron por la carretera; sólo alzaba la cabeza para otear el horizonte.

Y cuando los carros de heno se aproximaron, tuvo el boyero que levantarla porque el frío había paralizado su cuerpo, que estaba arrecido entero, menos el hueco divino donde durmió con tibieza el niño.

Yo sé de las almas que hicieron de la belleza el único hijo. En la hora de la miseria, larga, larga, y en la de la injusticia, no interrumpieron su canto con que la arrullaban; la fiebre de los pueblos, el ir y venir de los hombres, no rompió aquel beso. Todas eran mezquinas, sus caras marchitas y quebrantadas para la muerte; pero en lo hondo de sus entrañas, el jazmín de la emoción, la enredadera de la ternura, estuvo echando flor en el silencio de las nieves y curvadas sobre ellas, esas almas pasaron por el mundo, sin conocer otra voz ni otra claridad sobre su pecho hasta la última hora.


Gabriela Mistral (Chile, 1889-1957). Obtuvo el premio Nobel en 1945.

sábado, 11 de febrero de 2012

Páginas ajenas: COMO MUERE, de Luigi Pirandello



De un almendro pende

su manto de nieve

el invierno que ya muere.

El manto blanco y tenue

sobre las ramas se posa

y cada grumo es una flor.


Echado al pie del tronco

mira el invierno a lo alto

con ojos acuosos, atento.

¿Mariposas o flores?

Ya no ve su manto,

furioso, sopla: el viento.


Es sólo un débil aliento

que agita las flores apenas

y otra, otra pena

el destino le reserva.

Todo muere, las briznas de hierba

la crin, la barba, el prado.


Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936), recibió el premio Nobel en 1934.

(Traducción al español de Milagros Marinas y Elisa Catalá)

viernes, 10 de febrero de 2012

Páginas ajenas: EL PASTOR, de Iván Bunin



(Fragmento)

Andaba con paso firme y uniforme, haciendo crujir la nieve con sus botas; la noche clara le envolvía con su manto entre los campos cubierto de una capa blanca. Caminó primero bajo unos arbolillos, de los que misteriosamente caía la escarcha; luego por la blanquecina llanura desierta. Los campos estaban inertes y taciturnos; la luna se deslizaba por el cielo, escondiéndose de vez en cuando detrás de nubecitas livianas; apenas se podía divisar el camino...

Sólo al llegar a Isvali despertóse Ignat de sus pensamientos confusos y tristes, al notar que había entrado en una aldea grande y durmiente hacía tiempo. Ni una luz se veía en las isbas, ocultas por los montones de nieve. Los cobertizos y los toneles de agua proyectaban ligeras sombras sobre la blanca carretera. Aquí, en la aldea, reinaba el silencio aún más profundo que en el campo, y el aire estaba aún más suave y oloroso. En los corrales cantaban por primera vez los gallos.

Al llegar a su isba vacía, situada junto al barranco en un extremo de la aldea, Ignat se detuvo no sabiendo qué hacer. La isba era pequeña y del lado sur la nieve la cubría hasta la mitad. La puerta estaba cerrada, y la ventana tapada con tablitas. Un gran montón de nieve, por el que se veían huellas de pasos, se levantaba junto al portón, sobrepasando el tejado. Ignat siguió las huellas y miró al interior del patio. En el establo abierto e inhóspito pasaba la noche una ternera, de quién sabe qué dueño.


Iván Bunin (Rusia, 1870-1953), recibió el premio Nobel en 1933.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Páginas ajenas: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann



(Fragmento)

El bosque de pinos, de un verde negro cubierto de nieve, escalaba las vertientes; entre los árboles, el suelo estaba en todas partes cubierto de nieve y en las alturas se elevaba la cresta rocosa, de un gris blancuzco, con inmensas extensiones de nieve que interrumpían aquí y allá algunas rocas más sombrías y picachos que se perdían blandamente en las nubes.

Nevaba dulcemente. Todo se confundía. La mirada se movía dentro de una nada blanda, y se inclinaba fácilmente al sueño. Un estremecimiento acompañaba al sopor, pero luego no había sueño más puro que ese sueño helado, sueño que no estaba afectado por ninguna reminiscencia del peso de la vida, sueño sin sueños, porque la respiración del aire rarificado, inconsistente y sin olor ya no pesaba sobre el organismo, lo mismo que la no respiración del muerto.

Cuando le despertaban, la montaña había desaparecido completamente dentro de la bruma de nieve, y sólo por algunos minutos reaparecían algunos fragmentos, una cima, una arista rocosa, que se velaban luego rápidamente. Ese juego silencioso de fantasmas resultaba divertido. Era preciso aplicar una atención muy aguda para sorprender esa fantasmagoría de velas en sus transformaciones secretas. Salvaje y grandiosa, desprendiéndose de la bruma, aparecía una cadena rocosa de la que no se veía ni la cumbre ni la base, pero, por poco que la abandonasen los ojos, la visión desaparecía.

Algunas veces se desencadenaban tempestades de nieve que impedían permanecer en la galería, porque los blancos torbellinos invadían el balcón y cubrían todo el suelo y los muebles de una espesa capa, pues había también tempestades en aquel alto valle rodeado de montañas. Aquella atmósfera tan inconsistente se hallaba agitada por remolinos, se llenaba de un hervidero de copos y entonces no se veía a un paso de distancia. Ráfagas de una fuerza que cortaba la respiración imprimían a la nieve un movimiento salvaje, la hacían girar oblicuamente, la impelían de abajo para arriba, del fondo del valle hacia el cielo, y la hacían bambolear en una loca zarabanda. No era entonces una caída de nieve, era un caos de oscuridad blanca, un monstruoso desorden, el fenómeno de una región fuera de la zona moderada y en la cual sólo el vuelo súbito de una bandada de pájaros de las alturas podía tener una dirección.

Pero Hans Castorp amaba aquella vida en la nieve. Se le aparecía semejante, en muchos aspectos, a la vida en las arenas del mar, pues la monotonía sempiterna del paisaje era común a las dos esferas; la nieve, con su polvo profundo, inmaculado, desempeñaba aquí el mismo papel que, allá abajo, la arena de amarillenta blancura; su contacto no manchaba: se hacía caer de los zapatos y de los vestidos aquel polvo blanco y frío como, allá abajo, el polvo de la piedra y de las conchas del fondo del mar sin que dejase rastro alguno. La marcha por la nieve era penosa como un paseo a través de las dunas, a menos que el ardor del sol la hubiese fundido superficialmente y la noche endurecido. Se marchaba entonces más ligera y más agradablemente que sobre un parqué, con la misma facilidad y ligereza que sobre la arena lisa, firme, mojada y elástica de la orilla del mar.


Thomas Mann (Alemania, 1875-1955), recibió el premio Nobel en 1929.

(Traducción al español de Mario Verdaguer)

lunes, 6 de febrero de 2012

Páginas ajenas: ARMAS Y EL HOMBRE (comedia antirromántica), de George Bernard Shaw



(Fragmento inicial del primer acto)

Noche. Alcoba de una dama, en Bulgaria, en una pequeña ciudad de las cercanías del paso Dragomán, a fines de noviembre de 1885. A través de una ventana abierta, con un balcón, parece verse muy cerca un pico de los Balcanes -aunque en realidad está a muchos kilómetros de distancia-, maravillosamente blanco y hermoso bajo la nieve encendida por las estrellas. El interior del cuarto no se asemeja a nada que pueda encontrarse en el occidente de Europa. Es mitad búlgaro de lujo, mitad vienés de pacotilla. Sobre la cabecera de la cama, que está apoyada contra una pequeña entrada de la pared, en el costado izquierdo de la habitación, hay un altar de madera pintada de azul y oro, con una imagen de marfil de Cristo; una lámpara pende ante el altar, en forma de una bola metálica perforada y suspendida de tres cadenas. El asiento principal, colocado al otro lado del cuarto, frente a la ventana, es una otomana turca. La colcha y los cortinados de la cama, así como los de la ventana, la alfombrita y las demás telas de adorno de la estancia, son orientales, vistosas. El empapelado de los muros es occidental y despreciable. El lavabo, adosado a la pared más cercana a la otomana y la ventana, se compone de una jofaina de hierro esmaltado, con su balde debajo, y una única toalla colgada del soporte del costado. La mesa de tocador, entre la cama y la ventana, es una mesa corriente de pino, cubierta con una tela multicolor y con un lujoso espejo encima. La puerta está en la pared más cercana a la cama y entre ambas hay una cómoda. También está cubierta por una abigarrada tela del país, sobre la cual reposan una pila de novelas en rústica, una caja de bombones de crema y un soporte en miniatura con la fotografía ampliada de un oficial muy bien parecido, cuyo porte arrogante y mirada magnética se adivinan incluso en el retrato. El cuarto está iluminado por una vela que arde en la cómoda y otra en el tocador. Junto a esta última hay una caja de cerillas. La ventana está abierta de par en par, hacia adentro. Afuera, un par de postigos de madera, también abiertos. En el balcón se encuentra una joven, sumida en la contemplación de los nevados Balcanes, profundamente conmovida por la belleza romántica de la noche y por el hecho de que su propia belleza y juventud forman parte de ella. Está envuelta en su bata de noche y abrigada por una larga capa de pieles, que vale, según un cálculo moderado, por lo menos tres veces lo que el mobiliario de la habitación. Sus pensamientos son interrumpidos por su madre, Catalina Petkoff, mujer de más de cuarenta años de edad, imperiosamente enérgica, de magnífico cabello y ojos negros, que podría ser un espléndido ejemplar de esposa de hacendado montañés, pero que está decidida a hacer el papel de dama vienesa. Para es fin usa en todo momento un elegante vestido de tarde.


George Bernard Shaw (Irlanda, 1856-1950), recibió el premio Nobel en 1925.

Las ilustraciones corresponden a la puesta en escena de Armas y el hombre dirigida por Sally Norton en 2008. En su escenografía se advierten las montañas nevadas que describe el autor.

sábado, 4 de febrero de 2012

Páginas ajenas: LA ISLA DE LOS PINGÜINOS, de Anatole France



(Fragmento)

La isla no conservaba ya el primitivo y rudo aspecto de cuando, entre témpanos de hielo, reunía en un anfiteatro de rocas un pueblo de aves. Al borrarse la nieve perpetua de sus alturas, quedaba sólo una colina, desde cuya cumbre se descubrían las costas de Armórica, cubiertas de una bruma eterna, y el Océano, sembrado de oscuros escollos semejantes a espaldas de monstruos que flotaban sobre los abismos.


Anatole France (Francia, 1844-1924), recibió el premio Nobel en 1921.

La ilustración corresponde a la isla Cachagua, en Chile,
también conocida como la isla de los pingüinos.

jueves, 2 de febrero de 2012

Páginas ajenas: PROMETEO Y EPIMETEO, de Carl Spitteler



(Fragmento)

Así lo estuvo haciendo durante horas, hasta que la luz del día perdió intensidad, el aire se debilitó y el crepúsculo cubrió los campos y el bosque; entonces un secreto surgió en todos los valles.

Había movimiento en la capa del cielo, y miles de diminutas sombras grises se deslizaron suavemente en el espacio nublado cayendo en silencio, como delicada lana, sobre la tierra parda.

Al principio sólo era una o en dúos y tríos descendían sobre el rocío, lentas y sosegadas, pero después de un rato fueron más numerosas, justo como cuando las tropas sin fin de estorninos vuelan sobre los campos; y así como los rebaños de ovejas se congregan cuando se les conduce a lo alto de los Alpes, así también el enjambre entreverado y mezclado, hasta que todo el suelo quedó oculto bajo una cubierta blanca y suave.

Y todavía muy tarde la nieve se arremolinó en la borrasca, pero cuando llegó la noche de pronto se detuvo y sólo unos cuantos copos siguieron cayendo perezosos. Resaltaba el contorno negro y blanco de los bosques, y en el cielo oscuro brillaron las estrellas.


Carl Spitteler (Suiza, 1945-1924), recibió el premio Nobel en 1919.

(Traducción al español de Jules Etienne, sobre una versión al inglés de James F. Muirhead)

miércoles, 1 de febrero de 2012

Páginas ajenas: EL VUELO DEL ÁGUILA, de Henrik Pontoppidan



Pero más alto, cada vez más alto asciende ella, más y más se aventura por encima de las arreboladas lomas, atrayente, seductora.


Han ido a parar a un interminable pedregal donde formidables peñascos yacen caóticamente amontonados unos sobre otros como despojos de una torre de Babel derruida. Entonces, inesperadamente, se despliega el panorama ante ellos. Por encima de las nubes a la deriva, emerge como una ensoñación el reino sobrenatural de las nieves perpetuas, no mancilladas por el paso de ningún ser vivo, morada sólo de las águilas y del inmenso silencio. En las alturas, el último fulgor del día parece dormitar sobre la nieve blanca. Por detrás aparece el cielo azul oscuro cuajado de serenas estrellas.



Henrik Pontoppidan (Dinamarca, 1857-1943),
recibió el premio Nobel junto con su compatriota Karl Adolph Gjellerup en 1917.



(Traducción del danés por Rodrigo Crespo, Juan M. Gallardo y Blanca Ostalé)