.

.
Vancouver, luz de agosto en English Bay.

martes, 29 de mayo de 2012

Páginas ajenas: CUANDO LA SOMBRA DUERME SU CUERPO SE ILUMINA..., de Homero Aridjis


Cuando la sombra duerme su cuerpo se ilumina
su rostro reflejado atraviesa cristales
y finalmente se instala en todo brillo

Sus dedos trenzan en el aire
los bellos frutos de los días de mayo

Muda en la respiración de las cosas
la voz de una mujer pasa buscándola

Desnuda en el esplendor irreparable
sus ojos se abren como un río
de luz y de sonido


Homero Aridjis (México, 1940)

lunes, 28 de mayo de 2012

Páginas ajenas: EL PALACIO DE LA LUNA, de Paul Auster


(Fragmento que incluye la metáfora de un eclipse de sol)

Entonces me inventé incontables razones, pero, en último término, probablemente todo se reducía a la desesperación. Estaba desesperado, y, frente a tanto cataclismo, me parecía necesaria algún tipo de acción drástica. Deseaba escupirle al mundo, hacer algo lo más extravagante posible. Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total. El animal había sido sacrificado; sus entrañas, descifradas. La luna ocultaría el sol y, en ese momento, yo me desvanecería. Estaría completamente arruinado, sería un desecho de carne y hueso sin un céntimo en el bolsillo.


Paul Auster (EUA, 1947)

(Traducido del inglés por Maribel de Juan)

En el sitio de Editorial Anagrama se encuentra información
sobre El palacio de la luna en español:

domingo, 27 de mayo de 2012

Cincuenta mil visitantes


Ayer sábado al entrar al blog me encontré con que recién acababa de rebasar las cincuenta mil visitas. Fue muy gratificante porque además de la cifra aconteció justo en la víspera de mi cumpleaños, que es hoy. Nací, pues, el mismo día que Dashiell Hammett y que varios vampiros del cine, como el londinense Christopher Lee, tantas veces Drácula en aquellas películas de la legendaria productora británica Hammer, especializada en el género del horror, y de Vincent Price, nacido en esta fecha, en 1911, en St. Louis, Missouri. Curiosamente, en dichas películas el personaje del doctor Van Helsing, el implacable cazavampiros, fue caracterizado con frecuencia por Peter Cushing, que nació un 26 de mayo y quien, por cierto, en repetidas ocasiones también interpretó al barón Frankenstein. Tanto Price como Cushing fallecieron en 1993 y 1994, respectivamente, pero Christopher Lee -hoy cumple noventa años-, no sólo se mantiene con vida sino activo, hace poco tuvo a su cargo el personaje del anciano y bondadoso librero en Hugo.

Entre los seguidores que se han registrado en el blog en fecha reciente, anoto a Marta Alicia Pereyra, de Morteros en Córdoba, Argentina, y a las mexicanas Myriam Muñiz, comunicóloga de Monterrey, Nuevo León, y Abigail Jiménez, abogada de Chihuahua. Aprovecho para agradecerles su interés en lo que escribo y a la vez para disculpar el hecho de no haberlo expresado con anterioridad. De veras, muchas gracias por detenerse en Mitos y Reincidencias.

Por último y para justificar los intereses literarios que compartimos, consignaré de manera anecdótica que Franz Kafka anotó en su diario el 27 de mayo de 1914, el hecho de que se había quedado a solas con su padre y se preguntaba su tendría deseos de jugar a las cartas, que en alemán se dice Karten. Como coincidía con la inicial de su apellido, admitía sobre la letra K: "La encuentro odiosa, se me opone y, sin embargo, es muy característica de mí". Tanto que varios de los personajes creados por él llevan esa letra en su nombre o apellido, como Klamm, en El castillo, y Josef K, en El proceso, a quien se va a referir a lo largo de la novela solamente como K. Otros protagonistas de sus obras son Kieman, Kosel, Krummholz, Kalmus, Karo, además de Karl Rossman en América. Hay quienes consideran que la escritura de Kafka tiene una poderosa actividad anagramática y que, según Gerard Haddad, en lo que llama El tormento del nombre propio:  "El destino de un hombre está escrito en las letras de su propio nombre". En contraste, Milan Kundera expresaba su desacuerdo con las interpretaciones que se han hecho de la obra kafkiana en lo que llama la kafkalogización. Siempre interesante, Franz Kafka nunca dejará de originar polémica.


Jules Etienne

Los eclipses de García Márquez



A pesar de que en Cien años de soledad, plagada de magia y eventos inusuales, nunca se menciona un eclipse, su presencia en la obra de García Márquez es constante.


Por ejemplo, en el Otoño del patriarca, casi desde el principio se establece: "... políticos de letras y aduladores impávidos que lo proclamaban corregidor de los terremotos, los eclipses, los años bisiestos y otros errores de Dios..." Aunque lo más significativo aparece en el segundo capítulo, a través de la relación del general con el personaje idealizado de Manuela Sánchez: "... soñando con vivir de nuevo aquel instante feliz aunque se torciera el rumbo de la naturaleza y se estropeara el universo, deseándolo con tanta intensidad que terminó por suplicar a sus astrónomos que le inventaran un cometa de pirotecnia, un lucero fugaz, un dragón de candela, cualquier ingenio sideral que fuera lo bastante vertiginoso para causarle un vértigo de eternidad a una mujer hermosa, pero lo único que pudieron encontrar en sus cálculos fue un eclipse total de sol para el miércoles de la semana próxima a las cuatro de la tarde mi general, y él aceptó, de acuerdo, y fue una noche tan verídica a pleno día que se encendieron las estrellas, se marchitaron las flores, las gallinas se recogieron y se sobrecogieron los animales de mejor instinto premonitorio, mientras él aspiraba el aliento crepuscular de Manuela Sánchez que se le iba volviendo nocturno a medida que la rosa languidecía en su mano por el engaño de las sombras, ahí lo tienes, reina, le dijo, es tu eclipse, pero Manuela Sánchez no contestó..." Hasta concluir ese capítulo con su ausencia: "... y a medida que se disipaban las sombras de la noche efímera se iba encendiendo en su alma la luz de la verdad y se sintió más viejo que Dios en la penumbra del amanecer de las seis de la tarde de la casa desierta, se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse, para siempre jamás, porque nunca en el resto de los larguísimos años de su poder volvió a encontrar a Manuela Sánchez de mi perdición en el laberinto de su casa..."


En Crónica de una muerte anunciada, que es una obra a la que le tengo un gran aprecio y la considero un relato perfecto, también incluye la referencia a un eclipse. "Para la inmensa mayoría sólo hubo una víctima: Bayardo San Román. Suponían que los otros protagonistas de la tragedia habían cumplido con dignidad, y hasta con cierta grandeza, la parte de favor que la vida les tenía señalada. Santiago Nasar, había expiado la injuria, los hermanos Vicario habían probado su condición de hombres, y la hermana burlada estaba otra vez en posesión de su honor. El único que lo había perdido todo era Bayardo San Román. 'El pobre Bayardo', como se le recordó durante años. Sin embargo, nadie se había acordado de él hasta después del eclipse de luna, el sábado siguiente, cuando el viudo de Mus le contó al alcalde que había visto un pájaro fosforescente aleteando sobre su antigua casa, y pensaba que era el ánima de su esposa que andaba reclamando lo suyo."


El eclipse constituye un elemento esencial en Del amor y otros demonios. La india Sagunta, una vieja curandera, le advierte al marqués sobre la amenaza de una epidemia de rabia: "No veo el porqué de una peste, dijo el marqués. No hay anuncios de cometas ni eclipses que yo sepa, ni tenemos culpas tan grandes como para que Dios se ocupe de nosotros. Sagunta le informó que en mayo habría un eclipse total de sol, y le dio noticias completas de los mordidos el primer domingo de diciembre." Más adelante, el cura y el obispo conversan sobre el mismo asunto: "El padre Cayetano Delaura fue invitado por el obispo a esperar el eclipse bajola pérgola de campánulas amarillas, el único lugar de la casa que dominaba el cielo del mar." Cuando por fin tiene lugar el fenómeno, "Delaura permaneció con el cristal en la mano sin mirar el eclipse. Al cabo de un largo silencio, el obispo lo rastreó en la penumbra y vio sus ojos fosforescentes ajenos por completo a los hechizos de la falsa noche. ¿En qué piensas?, le preguntó. Delaura no contestó. Vio el sol como una luna menguante que le lastimó la retina a pesar del cristal oscuro. Pero no dejó de mirar. Sigues pensando en la niña, dijo el obispo. Cayetano se sobresaltó, a pesar de que el obispo tenía aquellos aciertos con más frecuencia de la que hubiera sido natural. Pensaba que el vulgo puede relacionar sus males con este eclipse, dijo. El obispo sacudió la cabeza sin apartar la vista del cielo. ¿Y quién sabe si tienen razón?, dijo. La barajas del Señor no son fáciles de leer."


En el año 2003 apareció un cuento breve del propio García Márquez titulado La noche del eclipse. Este es el fragmento alusivo al respecto:


"Y sin más vueltas la invitó a contemplar un eclipse total de luna desde la playa. la noticia era nueva para ella. Tenía una pasión infantil por los eclipses, pero toda la noche se había debatido entre el decoro y la tentación, y no encontró un argumento válido para no aceptar.


- No tenemos escapatoria- dijo él. Es nuestro destino.


La invocación sobrenatural la dispensó de escrúpulos. Así que se fueron a ver el eclipse en la camioneta de él, a una bahía escondida en un bosque de cocoteros, sin huellas de turistas."


Tras de que la mujer se percata de que la camioneta sólo tiene los dos asientos delanteros que se hacen cama, con un pequeño bar y que él ha puesto música sugerente interpretada con saxofón, lo comprende todo:


"- No habrá eclipse -dijo-. Sólo pueden ser en luna llena y estamos en cuarto creciente."


Concluiré con una referencia a su novela más reciente, Memoria de mis putas tristes: "De joven iba a los salones de cine sin techo, donde lo mismo podía sorprendernos un eclipse de luna que una pulmonía doble por un aguacero descarriado."


Seguramente harán falta otras citas referentes a los eclipses en la obra de García Márquez, pero estas son las que pude recordar. Si alguien cuyo interés por el tema haya llevado su lectura hasta este punto, pudiera mencionar algunas más, sus comentarios serán siempre bienvenidos.


Jules Etienne 

sábado, 26 de mayo de 2012

Páginas ajenas: DISCOR, de Octavio Paz


(Fragmento final)

No desemboca y siempre desemboca:

ribera y agua, centella y abismo,

tu cuerpo de yerba, tu cuerpo de plata,

trono de la noche y espuela del día,

deseo de mil brazos y una sola boca,

gavilán y torrente y alto grito que cae.

En tu alma reseca llueve sangre.

Rostro desnudo, rostro deshecho y rostro de eclipse:

sólo dos ojos cada vez más hondos.

Abolición del cuerpo:

otra misma, que tú no conoces,

nace del espejo abolido.


Octavio Paz (México 1914-1998).

viernes, 25 de mayo de 2012

Páginas ajenas: SOBRE HÉROES Y TUMBAS, de Ernesto Sabato


1. El dragón y la princesa
 
(Párrafo inicial)

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.

Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. "Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas", pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a aquella relación. Y no sólo lo pensaba sino que lo comprendía ¡y de qué manera!, ya que aquel Martín de diecisiete años le recordaba a su propio antepasado, al remoto Bruno que a veces vislumbraba a través de un territorio neblinoso de treinta años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la desilusión y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.


Ernesto Sabato (Argentina, (1911-2011)
 
La ilustración corresponde al parque Lezama de Buenos Aires al anochecer. 

Páginas ajenas: LOS ÁNGELES COLEGIALES, de Rafael Alberti



Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras

ni por qué la esfera armilar se exaltaba tan sola cuando la mirábamos.

Sólo sabíamos que una circunferencia puede no ser redonda

y que un eclipse de luna equivoca a las flores

y adelanta el reloj de los pájaros.


Ninguno comprendíamos nada:

ni por qué nuestros dedos eran de tinta china

y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.

Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada

y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.


Rafael Alberti (España, 1902-1999).

La ilustración corresponde al vuelo de los pájaros durante un eclipse lunar como al que alude el poema. La imagen es de Luke Broom Lynne.

jueves, 24 de mayo de 2012

Algunos eclipses poéticos



"Toma en ella el alma un baño de pereza aromado de pesar y deseo. Es algo crepuscular, azulado róseo; un ensueño de placer durante un eclipse", escribió Charles Baudelaire en La estancia doble.


No es de sorprender que los poetas, tan enamorados de la luna, se hayan mostrado atraídos por el fenómeno astronómico de un eclipse. El origen etimológico de la palabra proviene del griego, eklipsis significa abandono o desaparición. Por eso es que a los soldados desertores se les llamaba ekleipon. El antecedente más remoto de la predicción de los eclipses se ubica hace cinco mil años, con los caldeos. Sus sacerdotes -al igual que sucedería siglos después en tantas otras culturas-, aprovechaban ese conocimiento con el fin de incrementar su poder e influencia sobre la comunidad, cuyos habitantes solían carecer de información al respecto.


Un personaje de nombre Pedro se refería erróneamente a "el cris del sol y de la luna", por lo que don Quijote le corrige: "Eclipse se llama amigo, que no cris el escureserce esos dos luminares mayores", en el capítulo XII, De lo que contó un cabrero a los que estaban con Don Quijote, primera parte de la novela de Cervantes.


La poesía se ha tomado la libertad metafórica de asignar eclipses a objetos y situaciones ajenos a la luna o el sol. La poeta alemana de origen judío Nelly Sachs, tituló Eclipse de la estrella su obra publicada en 1949. Vicente Aleixandre, en Se querían, con sutileza erótica hace mención a un eclipse de agua. Este es un fragmento de dicho poema:


Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.


Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpo en soledad cantando.


Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

En su delirante Hotel de las centellas, que comienza con un inevitable desvarío: "La mariposa filosófica/ Se posa en la estrella rosa/ Y forma así una ventana del infierno", André Breton, impregna al eclipse del espíritu surrealista cuando alude "... Hasta que el eclipse oriental/ Turquesa en el fondo de las tazas/ Descubre el lecho equilateral de sábanas color de esas flores llamadas bola de nieve."


Por su parte Alí Chumacero, en la penúltima estrofa de Alabanza secreta, dice:


Despierta Débora en ocaso o eclipse
erguido, ondea ahora hablando a media voz, por fin
inmune al implacable sudor fluyendo en sed
para el sediento o cólera labrada en el antiguo ariete.

Álvaro Cunqueiro, uno de los seudónimos literarios del portugués Fernando Pessoa, también menciona los eclipses en su Poema 5 de Poemas do si non (la traducción al español es de Vicente Araguas):

En medio de su pecho los veleros habían armado una red tímida
que tenía una voz llena de lámparas y eclipses
y un párpado tejido por los vientos.

Ella seguía siendo universal y nítida.

Una garganta llena de distancias
era la flauta que encantaba los ecos olvidados en el fondo de las
corrientes marinas,
penetradas de cauces desde las islas negras de sus ojos.

Ella estaba lejos de todo. Todo estaba al lado suyo.


No tiene nada de extraño, entonces, que se haya optado por Eclipse total como el título original en inglés para la película sobre un pasaje en la vida de los poetas Rimbaud y Verlaine.


Jules Etienne


La ilustración corresponde a Eclipse y ósmosis vegetal (1934), de Salvador Dalí.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Páginas ajenas: TERCER POEMA DE AUSENCIA, de Homero Aridjis



Tú has escondido la luz en alguna parte

y me niegas el retorno,

sé que esta oscuridad no es cierta

porque antes de mis manos volaban las luciérnagas,

y yo te buscaba

y tú eras tú

y éramos unos ojos

en un mismo lecho

y nadie de nosotros pensaba en el eclipse,

pero nos hicimos fríos y conocidos

y la noche se hizo inaccesible

para bajarla juntos.

Tú has escondido la luz en alguna parte,

la has plantado en otros ojos,

porque desde que ya no existes

nada de lo que está junto a mí amanece.


Homero Aridjis (México, 1940).

martes, 22 de mayo de 2012

Páginas ajenas: EL ECLIPSE, de Augusto Monterroso



Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.


Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en el que descansaría, al fin, de de sus temores, de su destino, de sí mismo.


Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.


Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.


- Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.


Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.


Dos horas después el corazón de Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.


Augusto Monterroso
(Guatemalteco nacido en Tegucigalpa, Honduras en 1921; fallecido en la ciudad de México en 2003).

lunes, 21 de mayo de 2012

Carlos Fuentes: SOBRE UN ECLIPSE DE SOL


(Adán en Edén; fragmento inicial del capítulo 2)

Pasa, una vez más, un cometa. Me invade una gran duda. Este astro luminoso, ¿es precedido por su propia luz o sólo la anuncia? ¿La luz anticipa o finaliza, es presagio de nacimiento o de defunción? Creo que es el sol, astro mayor, quien determina si el cometa es un antes o un después. Es decir: el sol es el dueño del juego, los cometas son partículas, coro, extras del universo. Y sin embargo, al sol nos acostumbramos y sólo su ausencia -el eclipse- nos llama la atención. Pensamos en el sol cuando no vemos el sol. Los cometas, en cambio, son como chisguetes del sol, animales emisarios, ancilares al sol, y a pesar de todo, prueba de la existencia del sol: sin los esclavos no existe el amo. El amo requiere siervos para probar su propia vida.

Carlos Fuentes (Mexicano, nacido en Panamá, en 1928; fallecido en la ciudad de México, en 2012).

Adán en Edén fue publicada por Editorial Alfaguara. Este es el sitio de la novela:
www.alfaguara.com/es/libro/adan-en-eden/

domingo, 20 de mayo de 2012

A propósito de eclipses: EL CONDE DRÁCULA, de Woody Allen

 
 
En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva sus iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad y, movido por un instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus víctimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.
 
Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y que se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esta pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, excita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.
 
De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas.


-¡Vaya, conde Drácula, qué agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana, entra en la casa ocultando, con una sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)
-¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero.
-Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no?
-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.
-¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.
-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?
-¿Eclipse?
-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.
-¿Qué dice?
-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.
-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!
-¿Qué le pasa, señor conde?
-Perdóneme... debo...
-¿Qué, señor conde?
-Debo irme... Hem... ¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta.
-¿Ya se va? Si acaba de llegar.
-Sí, pero, creo que...
-Conde Drácula, está usted muy pálido.
-¿Sí? Necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...
-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.
-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida., ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...
-Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad-. Usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.
-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.
-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto. -Sí, tiene razón, pero ahora...
-Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.
-¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta de un armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?
-Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde!
-Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar.
Por fin, abre la puerta, pero ya no le queda tiempo.
-¡Oh, mira, mamá -dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol

.-Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!
-¿Qué persianas? -preguntó el panadero.
-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué par de...! ¿Tendrán al menos un sótano en este tugurio?
-No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...
-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?
-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.
-¡Ay... qué ocurrencia tiene!
-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.
Y, con esas palabras, el conde entra en el armario y cierra la puerta.
-Ja, ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov!
-Señor conde, salga del armario. Deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.
-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan sólo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero, créanme, me encanta este armario.
-Sí, pero...
-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh, Ramona, la la la la la, Ramona...


 En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigos, el panadero y su mujer.


-¡Hola, Jarslov! Espero que Katia y yo no te molestemos.
-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula. ¡Tenemos visita!
-¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido.
-Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero.
-¡Qué raro es verlo a esta hora! De hecho, no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día.
-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!
-¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no.
-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta.
-Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza.
-¡No me digas! -exclama el alcalde.
-¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.
-Salga de ahí, conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.
-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.
-¿En el armario?
-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen. Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir.
Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.
-Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando



un buen trago.
-¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble.
-¡Dígamelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario.
-¿Qué, Drácula?
-Nada, nada. No tiene importancia.


 Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre de golpe la puerta del armario y grita:
-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras!
Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito:
-¡Se ha fastidiado mi cena!
 
 
Woody Allen: Allan Stewart Konigsberg (Estados Unidos, 1935)

sábado, 19 de mayo de 2012

Decir Adiós es morir un poco (página 86)



¿Desde cuándo la ciudad de México decidió no reconocer el invierno? Tal vez desde el momento en que dejó de ser "la región más transparente del aire". Decides comer en algún lugar alejado del periódico puesto que aún es temprano y tienes que asistir a la junta. Aunque sueles entregarte de lleno al vicio de cavilar, llevas tanto tiempo dándole vuelta al asunto de Publincor que por esta ocasión prefieres evadirlo. Mejor te ocupas de ubicar un buen sitio al aire libre para ejercitar tu cuello observando caminar a las mujeres, con la misma levedad con la que han pasado por tu vida.


Jules Etienne

viernes, 18 de mayo de 2012

José Alvarado: LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE, de Carlos Fuentes


El altar de los ladrones

El libro más discutido en México desde hace varias semanas es la novela La región más transparente del joven escritor Carlos Fuentes, por su lenguaje, sus influencias literarias, el trazo de sus personajes o su punto de vista sobre la vida de nuestra metrópoli. Y, como es natural, de un lado menudean los dicterios contra la obra y su autor y del otro las alabanzas.

Pero aparte de su valor literario, ciertamente vigoroso, el libro de Carlos Fuentes tiene importancia porque en sus páginas se expresa la opinión de un joven sobre algunos aspectos de la existencia mexicana posterior a la Revolución y derivada de ella. Fuentes nació cuando se había disipado ya el humo de los disparos de José de León Toral y estaba seca la sangre de las víctimas de Topilejo. Los años iniciales de su vida transcurrieron después de la historia de Cárdenas sobre Calles. No carga, pues, con el prejuicio de quienes militaron en alguna de las facciones revolucionarias y pertenece a una generación que ve al país con ojos muy distintos de quienes fueron, digamos, vasconcelistas.

Por su niñez no pasaron las ráfagas heroicas de los guerrilleros, ni la leyenda de los caudillos. Pero su juventud presenció la primavera de la codicia y la alborada de la falsificación. Antiguos agraristas desmelenados mostraban un cabello gobernado con la pomada de los millones mal habidos, y viejos paladines de la revolución social rodaban en coches de lujo hasta sus horrendos, pero opulentos, palacios de Acapulco. Todo ello, mientras cada año aumentaba el número de braceros deseosos de cruzar la frontera norte y una risueña y jacarandosa prosperidad nacional se refugiaba en unas cuantas casas de negociantes de la revolución y sus amigos, y huía de las vecindades, cada vez más pobres y tristes, donde se
amontona el pueblo.

La región más transparente presenta, en uno de sus aspectos, la imagen de este mundo y ha sido calificada por ello de obra negativa y pesimista. Se dice, inclusive, que si tales fueron los resultados de la revolución, de nada sirvieron el esfuerzo, la sangre, la fe y el heroísmo de quienes la iniciaron y siguieron, ni de los que murieron bajo el sol o en las trágicas madrugadas de los fusilamientos.

Se olvida, sin embargo, que Fuentes no tiene la culpa de que así hayan sucedido las cosas y que no es ningún camino para salvar a la revolución el silencio sobre quienes la han traicionado, escarnecido y falsificado. Es, por lo contrario, uno de los servicios que pueden hacerse a la revolución y una de las maneras de salvarla.

¿Se trata acaso de obligar a los jóvenes, en nombre de una discutible lealtad a la revolución mexicana, a conservar los falsos pedestales donde se levantan los homicidas disfrazados de héroes y los ladrones vestidos de promotores de la riqueza nacional?

El libro de Carlos Fuentes es una prueba de que los jóvenes repudian los mitos de gelatina y los tabúes de oropel, las frases convencionales y los libritos ramplones donde cualquier pedante que hubiera sido reprobado en contabilidad aparece como un audaz capitán de las finanzas, o un mediocre de ayer, sin la capacidad necesaria para llegar a intendente, figura como un gran estadista. Y es también una muestra de que el gran soborno que ha pretendido tenderse hacia la inteligencia mexicana, sobre todo, hacia sus representantes juveniles, no dará resultados, por fortuna.

Resulta mucho más revolucionario, en el único sentido de la palabra, el libro de Fuentes, que todas las maromas líricas y los chicoleos dialécticos de algunos intelectuales, que no encuentran mejor modo de llamar la atención del licenciado López Mateos y colocar la mochila de su inteligencia en el tren de la fácil victoria, rumbo a los altos puestos públicos.

La actitud crítica de los jóvenes de hoy y su rechazo al gran soborno, es, entre otras cosas, uno de los resultados positivos de la revolución. Si la revolución mexicana hubiera sido inútil y estuviera frustrada, todos los mozos de hoy escribirían, según su capacidad o su diligencia, líneas, párrafos, páginas, folletos, libros y hasta enciclopedias, sin olvidar discursos y poemas como ditirambo de todos y cada uno de los secretarios de Estado y, naturalmente, del general Olachea y de absolutamente todos los candidatos de su partido. Por fortuna, no es así.

En la obra de Fuentes, cuya acción se desarrolla en ciertos ámbitos tenebrosos de la ciudad de México, aparecen muchos aspectos negativos y tristes de la vida mexicana de hoy, y están en lo justo quienes señalan cierto exceso de tintes sombríos y un defecto de luz; pero se trata de una protesta contra lo sucio, lo feo, lo equivocado y lo perverso. Y ¿no hay esperanza en toda protesta?

Una protesta que no es sólo de Fuentes, sino de toda una generación. Protesta revolucionaria contra los falsificadores de la revolución y la situación que han causado con su poder ilícito e ilegítimo.

O qué, ¿en nombre de la confianza en la revolución vamos a perdonar para siempre los crímenes de toda clase de caciques, desde los rurales y los del villorrio hasta los urbanos y metropolitanos, que con mil disfraces y muchos cientos de millones pretenden conservar  su situación de ominoso privilegio y conspiran para ello?

En nombre de la esperanaza, ¿se va a atajar el juicio de los jóvenes contra lo que constituye un cáncer, no sólo de la revolución, de la economía y la cultura nacionales, sino de la misma vida mexicana?

En todo caso, el libro de Fuentes es una obra polémica. ¿Dónde está una respuesta con la misma dimensión?


José Alvarado
Publicado en el diario Excélsior, el 21 de junio de 1958.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Páginas ajenas: DÍA 16 DE MAYO DE 1973, de Wislawa Szymborska

 
 
Una de esas muchas fechas
que ya no me dicen nada.

A dónde fui ese día,
qué hice, no lo sé.
Si en los alrededores se hubiera cometido un crimen,
no tendría coartada.

El sol brilló y se apagó
sin que yo me diera cuenta.
La tierra giró
y no lo mencioné en mi diario.

Preferiría pensar
que morí brevemente,
y no que nada recuerdo,
aunque viví sin pausa.

Pues si no fui ningún fantasma:
respiré y comí,
di pasos
que se oían
y las huellas de mis dedos
tuvieron que haber quedado en las puertas.

Me reflejé en el espejo.
Llevaba puesto algo de algún color.
Y seguro que hubo gente que me vio.

Quizá ese día
encontré algo que había perdido antes.
Quizá perdí algo que encontré después.

Me embargaron sensaciones, sentimientos.
Ahora todo eso es
como puntos entre paréntesis.

En dónde me metí,
en dónde me enterré,
en verdad no es un mal truco
perderse a una misma de vista.

Agito mi memoria,
tal vez algo en sus ramas,
adormecido por años,
salga de pronto volando.
No.
Evidentemente exijo demasiado:
tanto como un segundo.
 
 
Wislawa Szymborska (Polonia, 1923-2012). Obtuvo el premio Nobel en 1996
 
(Traducido del polaco por Gerardo Beltrán).

jueves, 10 de mayo de 2012

Reflejo entre las olas: LA LUNA Y EL MAR


Por alguna razón, cuando los poetas le cantan a la luna suelen relacionarla con el mar, sobre todo, a exaltar su reflejo sobre el agua. Al ocuparnos de este tema resulta inevitable alguna referencia a Li Po (o Li Bai como, según entiendo, sería lo correcto), quien parecía obsesionado por la luna. Entre sus poemas, siempre breves, se encuentra uno titulado De noche:
Agua diáfana... luna clara...
En el resplandor de la luna, vuela una garza.
¡Escuchad! Las doncellas recolectoras de castañas de agua
inundando de canciones la senda, retornan a casa.
 
De Víctor Hugo, cuya obra poética es casi desconocida, opacada por la magnitud de sus novelas, es este Claro de Luna que inicia diciendo "Era clara la luna y jugaba en el agua", para concluir de esta manera: 
 
¿Quién así turba el agua cerca del gran serrallo?
Ni es el cuervo marino, ni las olas mecidas,
ni las piedras del muro, ni el batir cadencioso
de una nave que avanza por el mar con sus remos.
 
Son tan sólo unos sacos, dentro se oyen sollozos.
Si sondearan el mar, dentro de ellos se verían
como formas humanas que se agitan convulsas.
Era clara la luna y jugaba en el agua.
 
En su Oda a la luna del mar, Pablo Neruda estableció la diferencia entre la "Luna de la ciudad, me pareces cansada, oscura me pareces o amarilla, con algo de uña desgastada o gancho de candado, cadavérica, vieja, borrascosa..." y más adelante se va hasta el extremo cuando escribe: "... y allí, cansada, arriba, con tus párpados viejos cada vez más cansada, más triste, más rellena de humo, con sangre, con tabaco, con infinitas interrogaciones, con el sudor nocturno de las panaderías, luna gastada como la única muela del cielo de la noche desdentada." En contraste, exalta entusiasmado a la luna marina:

De pronto
llego al mar
y otra luna
me pareces,
blanca,
mojada
y fresca
como
yegua
reciente
que corre
en el rocío,
joven
como una perla,
diáfana
como frente
de sirena.
Luna
del mar,
te lavas
cada noche
y amaneces
mojada
por una aurora eterna,
desposándote
sin cesar con el cielo, con el aire,
con el viento marino,
desarrollado cada
nueva hora
por el interno impulso
vital de la marea,
limpia como las uñas
en la sal
del océano.

Pero también en la narrativa es posible advertir esa misma insistencia. Entre la generosa abundancia que nos obsequia la obra de García Márquez, nunca he ocultado mi particular preferencia por Crónica de una muerte anunciada. Y este es un fragmento en el que su desdichado protagonista, Santiago Nasar, se refiere a la luna y el mar:
 
"Hasta entonces no había llovido. Al contrario, la luna estaba en el centro del cielo, y el aire era diáfano, y en el fondo del precipicio se veía el reguero de luz de los fuegos fatuos en el cementerio. Del otro lado se divisaban los sembrados de plátanos azules bajo la luna, las ciénagas tristes y la línea fosforescente del Caribe en el horizonte. Santiago Nasar señaló una lumbre intermitente en el mar, y nos dijo que era el ánima en pena de un barco negrero que se había hundido con un cargamento de esclavos del Senegal frente a la boca grande de Cartagena de Indias. No era posible pensar que tuviera algún malestar de la conciencia, aunque entonces no sabía que la efímera vida matrimonial de Ángela Vicario había terminado dos horas antes. Bayardo San Román la había llevado a pie a casa de sus padres para que el ruido del motor no delatara su desgracia antes de tiempo, y estaba otra vez solo y con las luces apagadas en la quinta feliz del viudo Xius."

Finalmente, y para no volver este texto demasiado extenso, concluyo con un párrafo de Ernest Hemingway en El viejo y el mar, en el que procura establecer su esencia femenina debido al influjo de la luna:

"Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces, los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o de un lugar, o de un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer."


Jules Etienne

miércoles, 9 de mayo de 2012

Páginas ajenas: LA LUNA, de Jorge Luis Borges

a María Kodama


Hay tanta soledad en ese oro.

La luna de las noches no es la luna

que vio el primer Adán. Los largos siglos

de la vigilia humana la han colmado

de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.



Jorge Luis Borges (Argentina; 1899-1986).

martes, 8 de mayo de 2012

QUIMERA (del poemario Mitología del Olvido)


El plenilunio tiene vocación de día

es la claridad con que mira la noche

luminiscencia que persevera en silencio

discreto resplandor detrás de los contornos

en la soledad de calles desnudas,

murmullos de sombras en celo

misterios que el amanecer desvanece.

Tendríamos que urdir los mismos sueños

para poblar de fantasías las mil y tantas noches,

si pudiéramos perpetuar ilusiones perdidas

recuperar madrugadas con el sabor de los frutos

que alguna vez fueron prohibidos,

nuestros cuerpos dejarían de ser ajenos

y en un prodigio de intuición nocturna

adquirir el tacto para amarnos aún a la distancia:

despertaríamos una sola vez y para siempre.


Jules Etienne