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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 27 de julio de 2012

Páginas ajenas: CANASTA DE CUENTOS MEXICANOS, de B. Traven


CORRESPONSAL EXTRANJERO

Hubo un tiempo en que creí seriamente poder llegar a ser un gran corresponsal extranjero, si se me daba una oportunidad. Escribí, por lo tanto, una elegante carta en finísimo papel a cierto diario importante de mi tierra, detallando mis grandes habilidades y mi vastísima experiencia, para terminar solicitando, con mucha modestia, la chamba que tanto ansiaba.

El editor, sin duda un hombre muy ocupado, aunque muy amable, contestó como sigue: "Mándeme reportaje sangriento, bien jugoso, al rojo vivo y si posible referente a algún episodio en que el matasiete Pancho Villa tenga el papel principal. Pero tiene que ser sensacional, candente, incendiario."

Esto me cayó bien, pues ya varias veces había sido prisionero de guerra de Villa y en tres ocasiones hasta se me había advertido que se darían órdenes de que fuese fusilado a la mañana siguiente, si persistía en ser un "entrometido importuno e indeseable, y además por andar husmeando lo que no me importaba". Sin embargo, nunca había presenciado episodio alguno con mucha sangre, al menos la bastante como para complacer al sediento editor.

Era a mediados de 1915, después de la toma de Celaya, cuando yo me encontraba viviendo en la ciudad de Torreón. Una mañana estaba parado en la banqueta muy cerca de la entrada del Hotel Principal, donde me había hospedado la noche anterior. Salí a ver cómo estaba el tiempo y a llenarme los pulmones de aire fresco mientras llegaba la hora del desayuno.

Pues bien, ahí estaba yo parado contemplándome las manos y pensando que las uñas ya aguantarían una recortadita. Mientras tenía las manos extendidas con las palmas para abajo, una espesa gota roja salpicó mi mano izquierda. En seguida otra gota igual, roja y gruesa, cayó sobre mi mano derecha.

Miré hacia arriba para ver de dónde podría venir esa pintura, pero antes de poder descubrir algo, cayeron sobre mis ojos, cegándome temporalmente, unas cuantas gotas más, extraordinariamente gruesas, que rebotaron en mi nariz. Usé mi pañuelo para limpiarme los ojos, y al ver al suelo noté que ya había seis charquitos de esa espesa pintura roja tan repugnante.

Una vez más miré hacia arriba y vi que, precisamente sobre mi cabeza, había una especie de balcón. Eso me convenció de que algún obrero debía de estar pintando la barandilla de dicho balcón y que el tal tipo desde luego debía ser un sujeto bastante descuidado.

Empujado por mi deber cívico, caminé hacia la calle, hasta cerca de la mitad, desde donde podía ver mejor el balcón y gritarle al tal pintor que tuviera más cuidado con su trabajo, pues podía fácilmente arruinar los trajes nuevos de las damas que salieran del hotel.

No era pintor alguno que trabajara en el balcón. Tampoco era pintura la que caía tan libremente sobre los huéspedes del hotel que entraban y salían. Era algo que yo no esperaba ver tan temprano y en una mañana tan hermosa y apacible. La barandilla estaba hecha de hierro forjado en un estilo fino y bellamente trabajado. Sobre cada uno de los seis picos de hierro de dicha barandilla estaba ensartada una cabeza humana, acabada de cortar. El hotel tenía cuatro balcones iguales, a cada uno de los cuales se podía llegar por una ventana estilo francés que daba desde el cuarto, y cada balcón tenía seis picos de hierro y cada uno lucía un adorno igual.

Horrorizado me precipité hacia adentro a ver al dueño del hotel, esperando encontrarlo desmayado o en agonía. Solamente se encogió de hombros y dijo con displicencia:

—Eso no es nada nuevo, amigo. Si no hubiera nada que ver esta mañana, eso sería una gran novedad. Pero eche una mirada al otro lado de la calle. ¿Qué ve? Sí, un restaurante, y muy cerca de los ventanales, Pancho y sus jefes están desayunando. Panchito, sabe usted, es de muy buen diente, pero no se le abre el apetito si no tiene esta clase de adorno ante sus ojos. Fíjese en ese coronel de bigotes que ve ahí. Se llama Rodolfo Fierro. Él es quien cuida que el adorno siempre esté listo al momento de sentarse Panchito a desayunar.

—¿Quiénes son esos pobres diablos ensartados allá arriba? —pregunté.

—Generales y otros oficiales de los bandos opuestos que tuvieron la mala suerte de perder alguna escaramuza y caer prisioneros. Siempre hay un par de cientos en la lista de espera, así es que Pancho puede estar seguro de su buen apetito todos los días.

—Bueno, pues eso sí que es noticia para enviar a la gente de allá del otro lado del río —contesté—, pero, óigame, noté una cabeza que a mi parecer no es la de un nativo, sino más bien como la de un extranjero, un inglés o algo por el estilo.

—No, no es la cabeza de un inglés la que vio —dijo el hotelero con su fuerte acento norteño, al mismo tiempo que se me acercaba tanto que su cara estaba casi pegada a la mía mientras hablaba—. No, no es un inglés. No se equivoque usted, amigo. Es la de un cabrón tal por cual corresponsal de un periódico americano. ¿Por qué tiznados tienen estos gringos que meter sus mugrosas narices en nuestros asuntos? Es lo que quiero yo saber. Por lo que yo he visto, ellos tienen en casa bastante cochinada y podredumbre, tanta, que ya mero se ahogan en ella. Pero estos malditos gringos nunca se ven su cola. Siempre andan metiéndose en los líos de otros. ¿Qué tiznados hacen aquí? Si quiere saber, amigo, le diré que bien, merecido se lo tiene ese ensartado allá arriba. Que sirva aquí de algo útil; nosotros siquiera los usamos para aperitivos de Pancho. Es para lo que sirven. Sí, señor; esa es mi opinión sincera.

Pulí esta historia cuidadosamente, la escribí a máquina en el papel más caro que pude encontrar, y la mandé por correo esa misma tarde al editor aquel tan amable.

A vuelta de correo tenía su respuesta. También mi reportaje devuelto. En lugar de adjuntar la acostumbrada nota impresa rehusándolo, se había tomado la molestia de escribir unas cuantas líneas personalmente como acostumbran hacerlo los editores amables para hacerle sentirse a uno mejor.

Aquí están. Las líneas, quiero decir, no los editores amables. "Su reportaje no tiene interés para nuestros lectores. Le falta jugo, sangre, y no es movido. Peor todavía, Pancho ni siquiera toma parte activa en él. Por mi larga experiencia como editor le sugiero olvidarse de llegar a ser corresponsal extranjero. De Ud. atentamente, El Editor."

Seguí el honrado consejo de ese editor tan amable y me olvidé completamente de llegar a ser corresponsal extranjero para un periódico americano, y creo que esta es la razón por la cual todavía conservo mi cabeza sobre los hombros, siendo que Pancho desde hace tiempo que se fue a su último descanso sin la suya.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

jueves, 26 de julio de 2012

¿Quién fue en realidad B. Traven?


B. TRAVEN: UNA INTRODUCCIÓN, de Michael L. Baumann
(Fragmento)

Sólo con la filmación del Tesoro de la Sierra Madre en 1947, el público norteamericano en general conoció y se interesó en el misterioso B. Traven. Los lectores europeos habían estado interesados en él desde hacía largo tiempo. En 1948, un artículo de Luis Spota publicado en Mañana, revista de México, provocó una controversia acerca de la identidad de Traven; la controversia se extendió por varias publicaciones alemanas y norteamericanas y aún hoy no ha cesado. ¿Qué se descubrió? ¿Qué sabemos hoy acerca de la identidad de Traven?

Acerca de la identidad de B. Traven no sabemos nada. Pese a muchas afirmaciones e informes, la pregunta de quién fue realmente B. Traven permanece sin respuesta. Lo que hemos leído acerca de la última voluntad y el testamento de Traven en las cubiertas de las ediciones de la casa Hill and Wang de varias novelas de Traven (como Gobierno y Marcha a la montería) publicadas a principios de los setentas (a saber, que su verdadero nombre fue Traven Torsvan Croves, que nació en Chicago, Illinois, el 3 de mayo de 1890 y que utilizó como nombres de pluma B. Traven y Hal Croves) no prueba más que el hecho de que alguien escribió tal testamento. Hasta ahora no ha aparecido ningún registro civil o eclesiástico que muestre el nacimiento de Traven Torsvan Croves en Cook County el 3 de mayo de 1890, y aunque apareciera, tan sólo probaría que en esa fecha cierta señora Croves tuvo un hijo al que dio el nombre de Traven Torsvan, y no que el niño más tarde llegara a ser el escritor B. Traven. El 26 de marzo de 1969, la prensa internacional informó de la muerte de Hal Croves, diciendo que en realidad se trataba del escritor B. Traven; es posible que Croves fuese Traven, aun cuando repetidas veces negó esta suposición, entre 1946, año en que apareció en el escenario literario mundial, y 1969, año en que lo abandonó para siempre. Si Croves era Traven, no se ha encontrado de ello ninguna prueba.

Y ¿quién era Hal Croves? Croves fue el hombre que, en 1946, se presentó a John Huston en la ciudad de México como representante de Traven, con una carta supuestamente escrita por éste, en que afirmaba que Croves conocía la obra de Traven mejor que él mismo. La tarjeta de Croves decía que era un traductor procedente de Acapulco. Más tarde, Croves apareció en San José Purúa, Michoacán y en Tampico, donde Huston estaba filmando El tesoro de la Sierra Madre.

Dos años después, en 1948, en Acapulco resultó que Croves tenía otro nombre: Traven Torsvan (Berick y Bendrich eran otros probables nombres de pila). Con este nombre recibió un cheque por regalías del agente de Traven en Europa, Josef (o Joseph) Wieder en Suiza, y fue esta “prueba” la que hizo que el periodista mexicano Luis Spota, quien la había obtenido revisando la correspondencia de Torsvan, afirmara que era Traven. Torsvan lo negó.

Otra prueba aparente que unía el nambre del Torsvan de Acapulco con Traven por la misma época fue un paquete de libros que Upton Sinclair envió a “Mr. B. Traven” a la dirección de Esperanza López Mateos en la ciudad de México. Esperanza López Mateos, hermana de Adolfo López Mateos (Presidente de México entre 1958 y 1964), envió el paquete a Torsvan en Acapulco y alguien lo vio. Durante los años cuarenta, y hasta su muerte ocurrida en 1951, Esperanza López Mateos se dedicó a traducir al español las novelas de Traven. También se encargó de sus asuntos, y las obras de Traven llevaron el Copyright a nombre de la señorita López Mateos durante los cuarenta (a principios de los cincuenta el Copyright estuvo a su nombre y al de Josef Wieder).

En 1959, los dos nombres, Torsvan y Croves se volvieron sinónimos. En el otoño de ese año, Hal Croves fue a Inglaterra para asistir al estreno de la película El barco de la muerte (Das Totenschiff). Uno de los hoteles en que pararon él y su esposa fue el Berlin Hilton; el 19 de septiembre se registraron a nombre de “Torsvan también llamado Croves”.

Oficialmente, el nombre de F. Torsvan apareció por primera vez en 1926 (año en que se publicó en Alemania El barco de la muerte, la primera novela de B. Traven). Fue durante la primavera a principios del verano de ese año, cuando un ingeniero llamado F. Torsvan acompañó a una expedición arqueológica dirigida por Enrique Juan Palacios, a través de algunos lugares del estado de Chiapas, en el sur de México, y allí tomó unas fotos. Pronto abandonó la expedición y se dedicó a viajar solo. En 1928, Palacios se refirió a él como un noruego.

En 1930, Torsvan obtuvo una tarjeta de identidad en la ciudad de México. En ella aparecía como ciudadano norteamericano, de 40 años, nacido en Chicago; su lengua materna era el inglés; era soltero, blanco, de profesión ingeniero y de religión protestante; también decía que había entrado en México en junio de 1914, por Ciudad Juárez. En 1942, Torsvan obtuvo en Acapulco otra tarjeta de identificación; en ella aparecía el 5 de marzo de 1890 como su fecha de nacimiento, en Chicago; sus padres eran Burton y Dorothy Torsvan.

En 1951, Torsvan adoptó la ciudadanía mexicana; la fecha oficial de su nacimiento cambió al 3 de mayo de 1890, que como hemos visto era la fecha de nacimiento de Hal Croves, de acuerdo con el testamento de éste. Por cierto, en ese testamento, hecho el 4 de marzo de 1969, dice que el nombre de su madre fue Dorothy Croves.

B. TRAVEN, ¿UN AUTOR MEXICANO?, de Dietrich Rall
(Fragmento)

La discusión en torno al origen de B. Traven ha quedado plasmada en los anales de la literatura y en las obras de referencia. Incluso en la actualidad se identifica a B. Traven como autor norteamericano, noruego, sueco, polaco o germano-parlante, según los conocimientos de los redactores; incluso llegó a pensarse que detrás del seudónimo podrían ocultarse diversos autores mexicanos. Un artículo seriamente citado de Antonio Rodríguez, publicado en la importante revista mexicana Siempre! que durante los años sesenta se abocó a seguir el rastro de B. Traven, se intitulaba: "Esperanza López Mateos, ¿Fue B. Traven?" (abril 1 de 1964). Pero no solamente de la hermana de un presidente mexicano se pensó que podría ser el escritor fantasma. Karl Guthke mencionó aún otras variantes usuales: "¿Fue Traven el hijo de un pescador noruego o de un granjero americano del oeste medio o de un productor de teatro? ¿Fue el aprendiz de mecánico germano-polaco, Otto Feige, originario de Schwiebus cerca de Posen? ¿O acaso era un hijo bastardo del Káiser Guillermo II? Tenía cierto parecido con ambos..."

Cuando dejó de causar sensación, y el torrente de teorías acerca del verdadero Traven comenzó a menguar con la noticia de su muerte el 27 de marzo de 1969, en las necrologías subsiguientes, algunos periodistas y literatos gradualmente comenzaron a develar el misterio que rodeaba el origen y la vida de la persona que había cobrado fama mundial bajo el nombre de B. Traven.


La ilustración corresponde a una página del original en francés de B. Traven, retrato de un anónimo célebre (B. Traven, portrait d'un anonyme célébre, 2007), libro en el formato de historieta gráfica de Guy Nadaud: Golo. Recién apareció publicada en español por la editorial Sexto Piso con el apoyo del Conaculta.

miércoles, 25 de julio de 2012

Páginas ajenas: LA REBELIÓN DE LOS COLGADOS, de B. Traven


(Fragmento)

Los finqueros se hallaban constantemente a la caza de familias indígenas, mano de obra indispensable para los trabajos de sus fincas, y empleaban los medios más carentes de escrúpulos para conseguir arrancarlas de sus pueblos y colonias.

La posesión de esas familias era disputada entre los finqueros, como si se tratara de ganado sin hierro cuya propiedad trataban de asegurar. Las disputas por la propiedad de las familias indígenas y de sus numerosos progenitores se eternizaban, se transmitían de padres a hijos y subsistían aun cuando el objeto de ellas hubiera desaparecido mucho tiempo atrás, no sabiéndose ya exactamente cuál era la causa del odio mortal entre algunos finqueros vecinos.

Los jefes políticos, así como todos los otros funcionarios de la dictadura, se hallaban siempre, naturalmente, del lado de los poderosos finqueros. Cuando se les pedía que despojaran a alguna familia indígena de su pedacito de tierra, declarándola desprovista de derechos y valiéndose de cualquier otro medio criminal, inmediatamente lo hacían, dejando a las víctimas a merced del finquero. Este se encargaba de pagar las deudas de la familia y las multas exorbitantes, pero que tenían como objeto ahogarla en deudas de tal manera que el finquero quedara en posibilidad de adquirir derechos absolutos sobre la familia.

El hecho de que un finquero fuera pariente o amigo de un jefe político o de que asegurara a éste o a cualquier otro miembro de la tiranía una existencia larga y fácil, era suficiente para que la mano de obra indígena no faltara jamás en su finca.

Cándido había podido conservar su independencia y vivir libremente, gracias a su innata cautela de campesino, a su buen sentido natural y a la línea de conducta que se había trazado, de no ocuparse más que de su tierra, de su trabajo y del bienestar de los suyos.

La ranchería estaba compuesta por cinco familias que, como Cándido, pertenecían a la raza tsotsil. Sus tierras eran pobres como la suya. Sus jacales eran de adobe, con techos de palma, miserables. Llevaban una existencia tan dura como sólo los humildes campesinos indígenas son capaces de soportar. Sin embargo, todos los esfuerzos de los finqueros para convertirlos en peones habían fracasado, al igual que con Cándido. Los indios no ignoraban que la vida en la finca les sería menos dura; pero preferían quedarse en su tierra árida, seca -por ello a la colonia se le llamaba Cuishin, que quiere decir ardiente-, y vivir su vida precaria, con la agonía constante de ver destruídas sus cosechas, a perder la libertad, aun cuando a cambio de su servidumbre se les hubiera ofrecido el Edén. Preferían morir de hambre libres, independientes, a engordar bajo las órdenes de un amo.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

martes, 24 de julio de 2012

Los misterios de Traven



Traven ha sido uno de los escritores más misteriosos. Su propia vida fue su mejor novela. Él mismo solía decir: "Las personas creativas no deben tener otra biografía que su obra". Como para esta ocasión me interesa rescatar una frase escrita en su diario, en julio de 1924, trataré de ser breve en cuanto a los aspectos biográficos que, como él mismo le dijera su editor, Ernst Preczang: "Veinte volúmenes en el formato de la enciclopedia Brockhaus son muy poco para publicar siquiera una parte".

A propósito de la inicial B. que precedía a su apellido, es común que se le considere la inicial de Bruno, lo cual es erróneo. Cuando ya era un escritor reconocido, en 1948, su editor le hizo llegar la carta de una mujer de nombre Irene Zielke, quien alegaba ser su hija. La respuesta de Traven fue la siguiente: "Es asombroso cuántas técnicas utiliza la gente para acercarse a las personas que tienen renombre. Esta joven es la novena hija ilegítima en busca de su padre que se ha dirigido a mí en los últimos diez años, de cinco países diferentes. Hace cuatro años, una mujer de Saskatchewan, Canadá, me escribió a través de su abogado, insistiendo en que ella era mi verdadera madre y que habíamos sido separados cuando yo era todavía un niño. Llegó a esa conclusión luego de la detallada descripción de una tormenta de nieve en Saskatchewan que aparece en uno de mis libros. Exigía los pagos de manutención que le corresponden a una madre por parte de su hijo. Otros parientes han aparecido, incluso en Checoslovaquia y Polonia; también en Chicago, los familiares de un tal Victor Bruno, quien desapareció hace treinta años para irse a México. Una de las revistas con mayor circulación de Nueva York publicó un artículo asegurando que yo debo ser el por tanto tiempo extraviado Victor Bruno, quien escribía con el mismo estilo en que lo hago yo. Como resultado de esa historia, me han llamado Bruno, a pesar de que ese no es mi nombre."

Ahora se sabe que Traven, Torsvan y Hal Croves -que es quien firma los guiones de las películas La rebelión de los colgados y Macario, ambos basados en obras de Traven-, eran todos al final, uno mismo: Red Marut. Pero tal y como lo plantea Karl Guthke, biógrafo de Traven, eso motivaría una nueva cuestión, ¿quién era Red Marut?

Al término de la primera guerra mundial y tras la derrota, en la primavera de 1919, surgió en Bavaria una República de los Concejos, integrada por obreros, agricultores y soldados. Incluso llegaron a crear un tribunal revolucionario. Uno de los miembros más notorios de las comisiones provisionales revolucionarias fue precisamente Red Marut, actor de teatro y periodista. Cuando las tropas del general Von Epp entraron en Munich el primero de mayo, reconocieron a Marut en las calles y fue arrestado. Lo presentaron ante el ministro de guerra bajo el cargo de alta traición que se castiga con pena de muerte. Cuando Marut esperaba su sentencia, tuvo lugar un forcejeo entre prisioneros y guardianes, lo que aprovechó para escapar. Se mantuvo huyendo por diferentes países de Europa hasta que en 1924 se embarcó en Londres, cuando ya existía una solicitud de deportación en contra suya, y ese verano apareció en Tampico trabajando en los campos petroleros -lo mismo que sus personajes de El tesoro de la Sierra Madre-, un individuo que se hacía llamar B. Traven, B. T. Torsvan o Traven Torsvan y que, aunque hablaba alemán, aseguraba que era originario de Chicago.

Red Marut tenía que morir para que de esa manera Traven pudiese existir. En las páginas de su diario, el 26 de julio de 1924, escribió, contundente y lacónico: "El bávaro de Munich ha muerto". No habían transcurrido ni dos años, cuando El barco de la muerte se publicó en Alemania y obtuvo un éxito instantáneo: vendió ciento veinte mil ejemplares. Era la primera novela firmada por B. Traven, un misterioso autor cuyo único contacto con sus editores se establecía a través de un apartado postal en Tampico, un remoto y desconocido puerto en el Golfo de México.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de Tampico durante el auge petrolero.
(La traducción al español de la carta de Traven a su editor, es de Jules Etienne).

lunes, 23 de julio de 2012

Segundo aniversario


Hoy 23 de julio, aunque sólo sea de manera virtual, Mitos y reincidencias sopla dos velas en un pastel imaginario. Decía Greta Garbo, la divina, que no comprendía la necedad de festejar los cumpleaños pues equivale a celebrar que se envejece. Sin embargo, en esta ocasión, y a pesar de la vejez implícita en el discurrir del tiempo, lo que realmente importa es este par de años en que he tenido la oportunidad de escribir sobre literatura, reproducir poemas o párrafos de autores que me parecen interesantes, abundar lo más posible en las expresiones literarias sobre algún determinado tema, como lo he venido haciendo este último mes con respecto al solsticio de verano y ya lo he hecho con anterioridad en cuanto a la nieve, el fin del mundo o los eclipses, por mencionar sólo algunas entradas de las más visitadas por quienes se detienen a leerme.

Inicié con el poema Ultimátum, que forma parte de Mitología del olvido, lo que me impulsó a reunir mis poemas en otro blog con ese nombre, y de manera gradual fui incorporando relatos con lecturas y experiencias propias, fragmentos de mis novelas y otros autores bajo la etiqueta de Páginas ajenas.

Cincuenta y seis mil visitas después, me encamino a un tercer año que ignoro hasta donde me llevará. Por lo pronto, no me resta más que agradecer su interés tanto a los visitantes de Mitos y reincidencias como a sus seguidores: Miguel A. Rivera -quien fue el primero en anotarse-, Marta Alicia Pereyra, Abigail Jiménez, Myriam Muñoz, Moira Finney, así como quienes firman con los seudónimos de eezv11 y plehbiac, mi buen amigo Rubén Nava y las entrañables Elvia y Clara Martha. Espero que mantengan su disposición para seguir acompañándome en esta aventura cotidiana.


Jules Etienne

lunes, 9 de julio de 2012

Julio: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"Madeleine se echa a reír. Hace girar la manivela y la cosa empieza de nuevo."

(Fragmento)
 
Un día de julio...
 
- Madeleine, ¿quiere poner de nuevo el disco? Una vez más, antes de que me vaya.
 
Madeleine se echa a reír. Hace girar la manivela y la cosa empieza de nuevo. Pero ya no pienso en mí. Pienso en aquel tipo que compuso esta melodía, un día de julio, en el calor negro de su cuarto. Trato de pensar en él a través de la melodía, a través de los sonidos blancos y acidulados del saxofón. Hizo esto. Tenía dificultades, no todo le iba como Dios manda: cuentas que pagar -y además debía de haber por ahí alguna mujer que no pensaba en él como lo hubiera deseado-, y además había esa terrible ola de calor que transformaba a los hombres en charcos de grasa derretida. Todo aquello no tenía nada de muy lindo ni de muy glorioso. Pero cuando oigo la canción y pienso que la hizo aquel tipo, considero... conmovedores su sufrimiento y su transpiración. Tuvo suerte. Por lo demás, no se habrá dado cuenta. Debió de pensar: ¡con un poco de suerte, sacaré unos cincuenta dólares! Es la primera vez desde hace años, que un hombre me parece conmovedor. Quisiera saber algo sobre ese tipo. Me interesaría conocer sus dificultades, si tenía una mujer o si vivía solo. No por humanismo; al contrario. Porque hizo todo esto. No tengo ganas de conocerlo; además quizá haya muerto. Obtener sólo algunos informes sobre él y poder pensar en él, de vez en cuando, al escuchar este disco Eso es. Supongo que a aquel tipo no le haría ni fu ni fa si le dijeran que en la séptima ciudad de Francia, en los alrededores de la estación, hay alguien que piensa en él. Pero yo sería feliz si estuviera en su lugar; lo envidio. Tengo que irme. Me levanto, pero vacilo un instante, quisiera oír cantar a la negra. Por última vez.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964

martes, 3 de julio de 2012

Páginas ajenas: DEMIAN, de Hermann Hesse

 
(Fragmento)
 
No podía comprender cómo nadie, excepto yo, se daba cuenta. ¡Todos tenían que verle, todos tenían que estremecerse! Pero nadie se fijó en Demian. Seguía erguido como una estatua, rígido como un ídolo -según me pareció entonces-, mientras una mosca se posaba sobre su frente y recorría lentamente su nariz y sus labios, sin que él reaccionara con el más leve gesto.
 
¿Dónde se encontraba en esos instantes? ¿Qué pensaba, qué sentía? ¿Se hallaba en un paraíso o en un infierno?
 
No me fue posible preguntárselo. Cuando al final de la clase le volví a ver vivir y respirar, nuestras miradas se cruzaron y constaté que era el de antes. ¿De dónde venía? ¿Dónde había estado? Parecía cansado. Su rostro tenía otra vez color, sus manos se movían; su pelo castaño, sin embargo, parecía ahora sin brillo y como cansado. En los días que siguieron intenté varias veces en mi dormitorio un nuevo ejercicio: me sentaba muy derecho en una silla, inmovilizaba los ojos, me quedaba completamente quieto y esperaba a ver cuánto tiempo podía aguantar y qué sensaciones tenía. Pero sólo conseguí cansarme y que 105 párpados me escocieran fuertemente.
 
Poco después fue la confirmación, de la que no me ha quedado ningún recuerdo importante.
 
Después, todo cambió. La niñez fue derrumbándose a mi alrededor. Mis padres empezaron a mirarme un poco desconcertados. Mis hermanas me resultaban muy extrañas. Un vago desengaño deformaba y desteñía los sentimientos y las alegrías a que estaba acostumbrado. El jardín ya no tenía perfume, el bosque no me atraía; el mundo a mi alrededor parecía un saldo de cosas viejas, gris y sin atractivo; los libros eran papel y la música ruido. Así van cayendo las hojas de un árbol otoñal, sin que él lo sienta; y la lluvia, la escarcha y el sol resbalan por su tronco, mientras su vida se retira a lo más íntimo y recóndito. No muere. Espera.
 
 
Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo; 1877-1962). Recibió el premio Nobel de literatura en 1946.