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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Cervantes y Mafalda nacieron el mismo día



El 29 de septiembre de 1547, nació el autor del célebre Don Quijote de la Mancha. Muchos años después, siglos más bien, en la misma fecha de 1964, comenzó a publicarse en la revista Primera Plana en Argentina, la tira cómica de Mafalda, creación de Joaquín Salvador Lavado, quien firmaba como Quino, apelativo afectuoso de Joaquín.

No faltará quien considere irreverente referirse a una de las obras maestras de la literatura universal al mismo tiempo que a un sencillo dibujo. Sin embargo, me parece que ambos son el reflejo de su respectiva época y con espléndido sentido del humor retratan la realidad desde una perspectiva irónica. De manera, pues, que me he tomado la libertad de reunir algunas frases que volvieron célebres a Don Quijote y a Quino -ambos comparten la inusual letra Q como inicial de su nombre-, en las que se pueden encontrar algunos puntos de contacto.

Por ejemplo, Don Quijote decía que "La virtud es más perseguida por los malos que amada de los buenos", de manera que "la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso".

En tanto que Mafalda exclama, con su típico desenfado (leyendo un libro): "Debes seguir siempre la senda del bien. Lógico... ¡Con el embotellamiento que debe haber en la autopista del mal!".

"Cada uno es como Dios lo hizo, y aun peor muchas veces", decía Don Quijote mientras que a Mafalda le preocupaba una posibilidad: "¿Y no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?".

Para Don Quijote, "los deseos se alimentan de esperanzas". Por su parte, Mafalda se pregunta: "¿Y si en vez de planear tanto voláramos más alto?".

Aseguraba Don Quijote que: "El sueño es alivio de las miserias para los que sufren despiertos." Y en boca de Felipe, el ingenuo amigo de Mafalda: "He decidido enfrentar a la realidad, así que en cuanto se ponga linda me avisan".

Estas son algunas reflexiones, media docena para ser exacto, que aparecen en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha:

"Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de las dádivas, sino con el de la misericordia."

"Los males que no tienen fuerza para acabar con la vida, no han de tenerla para acabar con la paciencia."

"Por la calle del ya voy se va a la casa del nunca."

"Amor y deseo son dos cosas diferentes; no todo lo que se ama se desea, no todo lo que se desea se ama."

"Cada uno es artífice de su ventura."

"La alabanza propia envilece."

Y ahora, otras tantas, de Mafalda:

"¿No sería más progresista preguntar dónde vamos a seguir, en ves de dónde vamos a parar?"

"Como siempre: lo Urgente no deja tiempo para lo Importante."

Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!"

"No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta."

"La vida es linda, lo malo es que muchos confunden lindo con fácil."

Para concluir con una frase ya clásica:

Paren el mundo que me quiero bajar!"


Jules Etienne

sábado, 22 de septiembre de 2012

Páginas ajenas: LOLITA, de Vladimir Nabokov


(Párrafo final de la novela)

Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y esta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía.

(I am thinking of aurochs and angels, the secret of durable pigments, prophetic sonnets, the refuge of art. And this is the only immortality you and I may share, my Lolita).


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)

jueves, 20 de septiembre de 2012

Páginas ajenas: LOLITA, de Vladimir Nabokov


(Fragmento de la Primera Parte)

Además, puesto que la idea de tiempo gravita con tan mágico influjo sobre todo ello, el estudioso no ha de sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años -nunca menos de diez, diría yo, treinta o cuarenta por lo general y tantos como cincuenta en algunos pocos casos conocidos- entre doncella y hombre para que este último pueda caer bajo el hechizo de la nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite. Cuando yo era niño y ella era niña, mi pequeña Annabel no era para mí una nínfula; yo era su igual, un faunúnculo por derecho propio, en esa misma y encantada isla del tiempo; pero hoy, en septiembre de 1952, al cabo de veintinueve años, creo distinguir en ella el elfo fatal de mi vida. Nos queríamos con amor prematuro, con la violencia que a menudo destruye vidas adultas. Yo era un muchacho fuerte y sobreviví; pero el veneno estaba en la herida y la herida permaneció siempre abierta. Y de pronto me encontré madurando en una civilización que permite a un hombre de veinticinco años cortejar a una muchacha de dieciséis, pero no a una niña de doce.

No es de asombrarse, pues, si mi vida adulta, durante el período europeo de mi existencia, resultó monstruosamente doble. Abiertamente, yo mantenía las relaciones llamadas normales con cierto número de mujeres terrenas, provistas de calabazas o peras como pechos; secretamente, me consumía en un horno infernal de localizada codicia por cada nínfula que encontraba y a la cual no me atrevía a acercarme, como un pusilánime respetuoso de la ley. Las hembras humanas que me era permitido utilizar no servían sino como agentes paliativos. Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mí por la fornicación natural, eran muy semejantes a las conocidas por los grandes machos normales ayuntados con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude al mundo. Lo malo era que esos caballeros no habían tenido vislumbres de un deleite incomparablemente más punzante, y yo sí... La más turbia de mis poluciones era mil veces más deslumbrante que todo el adulterio imaginado por el escritor de genio más viril o por el impotente más talentoso. Mi mundo estaba escindido. Yo percibía dos sexos, y no uno; y ninguno de los dos era el mío. El anatomista los habría declarado femeninos. Pero para mí, a través del prisma de mis sentidos, eran tan diferentes como el día y la noche. Ahora puedo razonar sobre todo esto. En aquel entonces, y hasta por lo menos los treinta y cinco años, no comprendí tan claramente mis angustias. Mientras mi cuerpo sabía que anhelaba, mi espíritu rechazaba cada clamor de mi cuerpo. De pronto me sentía avergonzado, atemorizado; de pronto tenía un optimismo febril. Los tabúes me estrangulaban.

Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)

La ilustración corresponde a Sue Lyon caracterizando a Lolita en la película de Stanley Kubrick (1962).

martes, 18 de septiembre de 2012

Páginas ajenas: LOLITA, de Vladimir Nabokov


(Carta fechada el 18 de septiembre)

Querido papá:

¿Cómo van las cosas? Me he casado. Voy a tener un hijo. Creo que será muy grande. Creo que nacerá para Navidad. Es difícil escribirte esta carta. Estoy medio loca, porque no podemos pagar nuestras deudas y marcharnos de aquí. Le han prometido a Dick una buena colocación en Alaska, dentro de su espacialidad en la mecánica. No sé cuál es, pero tengo entendido que es muy importante. Perdona que no te dé mi dirección, pero quizás sigas enfadado conmigo, y Dick no debe saber lo ocurrido. Esta ciudad es algo increíble. El humo de las fábricas se mezcla con la niebla y no deja ver a los idiotas que viven aquí. Por favor, mándanos un cheque, papá. Podemos arreglarnos con trescientos o cuatrocientos, o quizás menos, cualquier suma vendría bien; puedes vender mis cosas viejas, pues una vez que lleguemos allí nos lloverá el dinero. Escríbeme, por favor. He pasado muchas tristezas y sinsabores.

Tu hija que espera ansiosa,

Dolly (señora de Richard F. Schiller)

...

La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (el día en que ocurrió lo que narro era el 22), y la dirección que me indicaba Lolita era "Lista de correos, Coalmont" (omito si se hallaba en Virginia, Pennsylvania o Tennessee; aunque el nombre de la ciudad tampoco era Coalmont; lo he camuflado todo, amor mío). Averigué que era una pequeña comunidad industrial a unos mil quinientos kilómetros de Nueva York. Al principio, proyecté conducir todo el día y toda la noche, pero después lo pensé mejor y descansé un par de horas, próxima ya la madrugada, en un motel, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad.


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los primeros pasos del hombre sobre la Luna


Recién acaba de fallecer Neil Armstrong, el primer ser humano que caminó sobre la Luna, en julio de 1969, cuando pronunció su famosa frase: "Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad."

Isabel Allende en el relato titulado Clarisa, que forma parte de su volumen Cuentos de Eva Luna, narra en el párrafo inicial: "Clarisa nació cuando aún no existía la luz eléctrica en la ciudad, vio por televisión el primer astronauta levitando sobre la luna y se murió de asombro cuando llegó el Papa de visita y le salieron al encuentro los homosexuales disfrazados de monjas." Más adelante establece sobre el mismo personaje: "Estaba convencida de que hasta el astronauta en la luna era una patraña filmada en un estudio de Hollywood, igual como engañaban con esas historias en las cuales los protagonistas se amaban o se morían de mentira y una semana después reaparecían con sus mismas caras, padeciendo otros destinos."

Mucho se ha especulado con la fábula de que, en efecto, todo haya sido una farsa montada por los estadounidenses sobre una espectacular escenografía para superar a los rusos -por entonces todavía soviéticos-, en la llamada carrera a la Luna. Al parecer uno de los argumentos decisivos para quienes fantasean con dicha posibilidad, es la ausencia de aire en la atmósfera lunar, que ya advertía Jules Verne en el capítulo XX de su novela De la Tierra a la Luna:

- Estamos aquí para ocuparnos de la Luna y no de la Tierra.

- Tiene usted razón, caballero -respondió Michel-. La discusión se ha extraviado. Volvamos a la Luna.

- Caballero -repuso el desconocido-, está empeñado en que nuestro satélite se encuentra habitado. De acuerdo. Pero si existen selenitas, es seguro que éstos viven sin respirar, porque, por su propio interés se lo digo, no hay en la superficie de la Luna la menor molécula de aire.

Al oír esta afirmación, levantó Ardan su melenuda cabeza, comprendiendo que con aquel hombre se iba a empeñar una lucha sobre lo más capital de la cuestión.

- ¿Conque no hay aire en la Luna? ¿Y quién lo dice? -preguntó, mirándolo fijamente.

- Los sabios.

- ¿De veras?

- De veras.

- Caballero -replicó Michel-,.lo digo seriamente: profeso la mayor estimación a los sabios que saben, pero los sabios que no saben me inspiran un desdén profundo.

- ¿Conoce usted alguno que pertenezca a esta última categoría?

- Alguno conozco. En Francia hay uno de ellos que sostiene que matemáticamente el pájaro no puede volar, y otro cuyas teorías demuestran que el pez no está organizado para vivir en el agua.

- No se trata de esos sabios, y los nombres que yo podría citar en apoyo de mi proposición no serían rehusados por usted, caballero.

- Entonces pondría en grave apuro a un pobre ignorante como yo que, por otra parte, no desea más que instruirse.

- ¿Por qué, pues, ocuparse de cuestiones científicas si no las ha estudiado? -preguntó el desconocido brutalmente.

- ¿Por qué? -respondió Ardan-. Por la misma razón que es siempre intrépido el que no sospecha el peligro. Yo no sé nada, es verdad, pero precisamente es mi debilidad la que forma mi fuerza.

- Su debilidad va hasta la locura -exclamó el desconocido, con un tono bastante agrio.

- ¡Tanto mejor -respondió el francés-, si mi locura me lleva a la Luna!

Total, que aquellos que dudan que la odisea espacial del Apolo 11 haya sido auténtica, se aferran a dicho argumento. Como lo señala Luis González de Alba en El hombre que no estuvo en la Luna: "Ah, pero todo ese engaño, filmado en el desierto de Arizona, dicen los sabios descubridores de la conspiración urdida entre la NASA y el mundo comunista, olvidó un detalle: en la Luna no hay viento … y la bandera de EU plantada por Armstrong y Aldrin ¡ondeó! ¡Ahhh!, fue el clamor de los perspicaces: ¡Los atrapamos, malandrines! ¡La bandera no puede ondear porque en la Luna no hay viento!".

El propio autor sostiene que resulta inconcebible que los países comunistas -no hay que soslayar el hecho de que por entonces el planeta vivía una bipolaridad política entre los dos sistemas dominantes-, de los que formaban parte China y, sobre todo, la Unión Soviética, rival de los estadounidenses en la conquista del espacio sideral, no se hayan rebelado ante el fraudulento espectáculo y hubiesen preferido respetar el secreto con el que se engañaba a la humanidad y se modificaba la historia. Y explica González de Alba la razón por la que sí es posible que la bandera ondeara en la Luna:  "No hay viento, pero hay gravedad, habría dicho Galileo, a quien esta partida de burros no conoce ni de nombre, y la gravedad produce efecto de péndulo que, por falta de atmósfera, dura más tiempo: la bandera pendulea atraída por la Luna, se sigue más alto por inercia, regresa atraída por la Luna, se sigue por inercia, regresa… Abran Google y tecleen: péndulo."

¿Llegó o no el hombre a la Luna? ¿ondeó o no la bandera? ¿tenía razón la anciana Clarisa del cuento de Isabel Allende en dudar sobre la autenticidad de la aventura espacial? Y, si ese fuera el caso, los héroes de nuestra infancia, los primitivos aventureros espaciales Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova o hasta la perra callejera Laika, el primer ser vivo en viajar alrededor de la órbita de la Tierra para morir en el trayecto, en 1957, ¿exisitieron? Porque si se va a dudar sobre la presencia del hombre a la Luna, también se podría cubrir con la incertidumbre al resto de las hazañas espaciales.

Vivimos en una era en que la tecnología ha materializado lo que para Jules Verne era mera imaginación futurista, tenemos computadoras personales que cargamos a cualquier lugar y de manera cotidiana se establece comunición por la vía telefónica que incluso permite ver el rostro del interlocutor en pequeños aparatos portátiles sin necesidad de que exista algún cable de por medio, y en artefactos minúsculos es posible archivar cantidades extraordinarias de información, que si se imprimiera en papel alcanzaría toneladas, ¿por qué, entonces, ese afán de regatear la llegada del hombre a la Luna?

Murió Neil Armstrong y no creo que se haya llevado ningún secreto. Sus cenizas se dispersaron en el mar, y no precisamente el de la Tranquilidad, en la superficie de la Luna, sino en el Océano Atlántico.

Jules Etienne 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Páginas ajenas: 8 DE SEPTIEMBRE, de Pablo Neruda


Hoy, este día fue una copa plena,
hoy, este día fue la inmensa ola,
hoy, fue toda la tierra.

Hoy el mar tempestuoso
nos levantó en un beso
tan alto que temblamos
a la luz de un relámpago
y, atados, descendimos
a sumergirnos sin desenlazarnos.

Hoy nuestros cuerpos se hicieron extensos,
crecieron hasta el límite del mundo
y rodaron fundiéndose
en una sola gota
de cera o meteoro.

Entre tú y yo se abrió una nueva puerta
y alguien, sin rostro aún,
allí nos esperaba.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973)

martes, 4 de septiembre de 2012

Septiembre: LUZ DE SEPTIEMBRE, de Maruja Vieira

En la luz de septiembre
estoy buscándote.
Era una madrugada de campanas
que me ilumina todavía el alma.
Todo el amor del mundo
inundaba tus ojos.
Era un claro septiembre
de azahares.
Tu mano, firme y cálida,
en mi mano.
Tus labios en mi frente
¡y todo era tan frágil!
Como un hilo de sol
entre la lluvia.
como el perfume
de una rosa blanca.
Sobre mi cobardía
y mi derrota
gira el mundo implacable.
Te seguiré buscando,
con el amor de siempre,
en mi septiembre
solitario.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Páginas ajenas: SEPTIEMBRE 2, de Vicente Gallego



Es ahora la vida
esta extraña y frecuente sensación
de sopor y distancia,
y es también una luz que vela el mundo:
salir del caserón tras la comida,
recorrer bajo el sol la carretera
con los ojos ardientes de un verano
y sentarme en la roca frente al mar.
Abandonarme entonces
al sonido sin pausa de la tierra
mientras me vence el sueño algún instante
y me moja las sienes con su agua bendita.
Descubrir con asombro renovado
al pescador que vuelve cada tarde,
como vuelven las olas,
como vendrá la brisa con la noche.
Y esperar otra vez sobre la roca,
abrumado en el centro de la vida,
a que la sombra inunde
lentamente mi sombra.


Vicente Gallego (España, 1963)

sábado, 1 de septiembre de 2012

Septiembre: EL LIBRO DE LOS AMORES RIDÍCULOS, de Milan Kundera

"Era el mes de septiembre y apenas comenzaba lentamente a oscurecer."

(Quinta parte: Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes)
 
Capítulo 7
 
No estaba enfadado, al contrario, la visitante no había hecho más que confirmar su identidad durante la discusión; en su protesta contra las frases pesimistas (¿acaso no era ante todo una protesta contra la fealdad y el mal gusto?) la reconocía tal como la había conocido y de ese modo su mente estaba cada vez más llena del antiguo aspecto de ella y de su antigua historia común y lo único que deseaba era que nada interrumpiese aquel ambiente azul, tan propicio a la conversación (por eso le acarició la mano y dijo que era un tonto), para poder hablarle de lo que en ese momento le parecía lo más importante: su historia común, estaba convencido de que habían vivido juntos algo muy especial, algo que ella desconocía y para lo que él mismo tendrá que esforzarse si quiere encontrar las palabras precisas.
 
Ya ni siquiera recuerda cómo la conoció, seguramente apareció alguna vez en compañía de sus amigos de la Facultad, pero del cafetín praguense en el que estuvieron solos por primera vez se acuerda perfectamente: estaba sentado frente a ella en un silloncito de terciopelo, angustiado y silencioso, pero al mismo tiempo totalmente embriagado por las tenues señales con las que ponía de manifiesto su simpatía hacia él. Después había estado tratando de imaginar (aunque no se atrevía a creer que lo que imaginaba pudiese convertirse en realidad) qué aspecto tendría si la besase, la desnudase y le hiciese el amor, pero no lo conseguía. Sí, era curioso: mil veces intentó imaginársela haciendo el amor, pero fue en vano: la cara de ella seguía mirándolo con su sonrisa tranquila y suave y él era incapaz (ni con el mayor esfuerzo de su imaginación) de ver cómo se torcía en el gesto de la exaltación amorosa. Ella escapaba por completo a su capacidad imaginativa.
 
Y aquélla fue una situación que jamás volvió a repetirse en toda su vida: aquella vez había estado cara a cara con lo inimaginable. Evidentemente estaba pasando por ese breve período (el período paradisíaco) en que la imaginación está aún poco provista de experiencias, aún no ha caído en la rutina, conoce poco y sabe poco, de modo que aún existe lo inimaginable; y cuando lo inimaginable debe convertirse en realidad (sin la mediación de lo imaginable, sin el puente de las imágenes), el hombre se ve sorprendido y cae presa del vértigo. Cayó en efecto presa de ese vértigo cuando, al cabo de varios encuentros, durante los cuales no se atrevió a hacer nada, ella empezó a preguntarle, con elocuente curiosidad, por su habitación en la residencia de estudiantes hasta que prácticamente le obligó a invitarla.
 
La habitación de la residencia, en la que vivía con un compañero que, a cambio de un vaso de ron, le prometió no volver hasta la medianoche, se parecía poco a su apartamento actual: dos camas de hierro, dos sillas, un armario, una lámpara chillona sin pantalla, un terrible desorden. Ordenó la habitación, y a las siete (formaba parte de su delicadeza llegar puntualmente) ella llamó a la puerta. Era el mes de septiembre y apenas comenzaba lentamente a oscurecer. Se sentaron en el borde de la cama de hierro y empezaron a besarse. Se iba haciendo cada vez más oscuro y él no quería encender la luz porque estaba contento de no ser visto y tenía la esperanza de que la oscuridad ocultase su nerviosismo cuando tuviese que desnudarse delante de ella. (Se las apañaba más o menos para desabrocharle las blusas a las mujeres, pero se desnudaba delante de ellas con avergonzado apresuramiento.) Pero esta vez tardó mucho tiempo en atreverse a desabrocharle el primer botón (pensaba que debía existir algún sistema acertado y elegante para empezar a desnudar a alguien que sólo conocerían los hombres experimentados y tenía miedo de que se notase su inexperiencia), de modo que al final ella misma se levantó y le preguntó con una sonrisa: -¿No sería mejor que me quitase esta armadura?... -y empezó a desnudarse; pero estaba oscuro y él no veía más que las sombras de los movimientos de ambos.
 
Se desnudó también, apresuradamente, y no obtuvo cierta seguridad en sí mismo hasta que (gracias a la paciencia de ella) empezaron a hacer el amor. La miraba a la cara, pero en la penumbra se le escapaba por completo su expresión y ni siquiera distinguía sus rasgos. Lamentaba que estuviese oscuro, pero le parecía imposible en aquel momento levantarse de encima de ella para ir hasta la puerta y encender la luz, así que seguía forzando la vista: pero no la reconocía; le parecía que estaba haciendo el amor con otra persona distinta, con alguien que fingía ser ella o con alguien que carecía de concreción y de individualidad.
 
Después ella se sentó encima de él (tampoco lograba ver más que su sombra erguida) y moviendo las caderas dijo algo con voz amortiguada, en un susurro, sin que se supiese si se lo decía a él o a sí misma. No reconoció las palabras y le preguntó qué había dicho. Volvió a susurrar algo y ni siquiera después, cuando volvió a abrazarla contra su cuerpo, pudo entender lo que decía.
 
 
Milan Kundera (Escritor de origen checo nacionalizado francés; 1929)