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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

martes, 2 de abril de 2013

Conejos: EL HOMBRE DEL SOMBRERO DE COPA, de Hernán del Solar

"De repente, de entre unas matas, salta un conejo..."

Capítulo IV: EL PÁJARO DE FUEGO

Pero no me siento tranquilo, el conejo no es una invención mía. Existe como todos los demás conejos que andan por el mundo. Si ha desaparecido y no lo encuentro, mía es la culpa porque no sé buscarlo hasta dar con él. En algún rincón ha de estar, burlándose de mí con todo su buen amor de conejo extraordinario.

Pero inútilmente recorro de nuevo los escondrijos de la casa, que no son pocos. A cada rato me parece que voy a ver asomar su hociquillo rosado y sus largas orejas. Es una vana esperanza. El conejo no aparece. Y las horas pasan, se pone el sol, viene la noche. Nada. Ni la menor huella del conejo.

Ahora se han acostado mis tías, mis padres, mis hermanos, las criadas viejas. Dentro de media hora habrpa ronquidos de diversa entonación en cada uno de los patios. Y si yo estoy despierto, claro está que no es para oírlos. Me interesa la misteriosa desaparición del conejo y pienso en ella con la misma concentrada fuerza que pone un sabio en la meditación de los más importantes secretos de la vida. De una cosa estoy absolutamente seguro: de no haberme equivocado al decir que en el salón encontré un conejo.

No vale la pena seguir pemsándolo más. Empiezo a acostarme. Después me tiendo en la cama y apago la luz. Y casi enseguida me duermo, cansado de tanto cavilar. Entonces tengo un sueño que me agita inmensamente. Voy por un camino interminable, a través de una montaña que no tiene fin. Poblada de arbustos, la montaña hace un rumor extraño. Es el viento que juega con las hojas. De repente, de entre unas matas, salta un conejo, y yo comienzo a gritar con todas mis energías:

- ¡Mi conejo! ¡Mi conejo! Lo he encontrado.

El conejo corre delante de mí, que lo persigo tan velozmente como mis piernas me lo permiten. Y mientras corro, grito. El conejo, de vez en cuando, se vuelve, me guía un ojo, me saca la lengua, y continúa escapando. De pronto, aburrido sin duda de mi testarudez, se detiene a unos cuantos metros, levanta una pata en el aire, me hace una mueca burlona, y desaparece como si el infierno se lo tragara. Esto me asusta de tal modo que empiezo a gritar con verdadera desesperación. Despierto gritando. Y esta vez, la casa entera oye mis gritos, porque casi inmediatamente escucho muchos pasos, alguien enciende la luz de mi dormitorio y me encuentro sentado en mi cama, delante de todos los miembros de la familia. Nadie falta. Todos aparecen en camisa de dormir. Esto me consuela y me río de buena gana, porque ver a mis tías en camisa es un espectáculo impagable.


Hernán del Solar (Chile, 1901-1985) 

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