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sábado, 27 de abril de 2013

Páginas ajenas: EL SEÑOR PRESIDENTE, de Miguel Ángel Asturias


(Fragmento de la segunda parte, que transcurre entre el 24 y el 27 de abril*)

Capítulo XXIV. Casa de mujeres malas

El surtido de mujeres de El Dulce Encanto ocupaba los viejos divanes en silencio. Altas, bajas, gordas, flacas, viejas, jóvenes, adolescentes, dóciles, hurañas, rubias, pelirrojas, de cabellos negros, de ojos pequeños, de ojos grandes, blancas, morenas, zambas. Sin parecerse, se parecían; eran parecidas en el olor; olían a hombre, todas olían a hombre, olor acre de marisco viejo. En las camisitas de telas baratas les bailaban los senos casi líquidos. Lucían, al sentarse despernancadas, los caños de las piernas flacas, las ataderas de colores gayos, los calzones rojos a las veces con tira de encaje blanco, o de color salmón pálido y remate de encaje negro.
 
La espera de las visitas las ponía irascibles. Esperaban como emigrantes, con ojos de reses, amontonadas delante de los espejos. Para entretener la nigua, unas dormían, otras fumaban, otras devoraban pirulíes de menta, otras contaban en las cadenas de papel azul y blanco del adorno del techo, el número aproximado de cagaditas con lentitud y sin decoro.
 
Casi todas tenían apodo. Mojarra llamaban a la de ojos grandes; si era de poca estatura, Mojarrita, y si ya era tarde y jamona, Mojarrona. Chata, a la de nariz arremangada; Negra, a la morena; Prieta, a la zamba; China, a la de ojos oblicuos; Canche, a la de pelo rubio; Tartaja, a la tartamuda. Fuera de estos motes corrientes, había la Santa, la Marrana, la Patuda, la Mielconsebo, la Mica, la Lombriz, la Paloma, la Bomba, la Sintripas, la Bombasorda.
 
Algunos hombres pasaban en las primeras horas de la noche a entretenerse con las mujeres desocupadas en conversaciones amorosas, besuqueos y molestentaderas. Siempre lisos y lamidos. Doña Chón habría querido darles sus gaznatadas, que veneno y bastante tenían para ella con ser gafos, pero los aguantaba en su casa sin tronarles el caite por no disgustar a las reinas. ¡Pobres las reinas, se enredaban con aquellos hombres —protectores que las explotaban, amantes que las mordían— por hambre de ternura, de tener quién por ellas!
 
También caían en las primeras horas de la noche muchachos inexpertos. Entraban temblando, casi sin poder hablar, con cierta torpeza en los movimientos, como mariposas aturdidas, y no se sentían bien hasta que no se hallaban de nuevo en la calle. Buenas presas. Al mandado y no al retozo. Quince años. «Buenas noches.» «No me olvides.» Salían del burdel con gusto de sabandija en la boca, lo que antes de entrar tenía de pecado y de proeza, y con esa dulce fatiga que da reírse mucho o repicar con volteadora. ¡Ah, qué bien se encontraban fuera de aquella casa hedionda! Mordían el aire como zacate fresco y contemplaban las estrellas como irradiaciones de sus propios músculos.
 
Después iba alternándose la clientela seria. El bien famado hombre de negocios, ardoroso, barrigón. Astronómica cantidad de vientre le redondeaba la caja torácica. El empleado de almacén que abrazaba como midiendo género por vara, al contrario el médico que lo hacía como auscultando. El periodista, cliente que al final de cuentas dejaba empeñado hasta el sombrero. El abogado con algo de gato y de geranio en su domesticidad recelosa y vulgar. El provinciano con los dientes de leche. El empleado público encorvado y sin gancho para las mujeres. El burgués adiposo. El artesano con olor de zalea. El adinerado que a cada momento se tocaba con disimulo la leopoldina, la cartera, el reloj, los anillos. El farmacéutico, más silencioso y taciturno que el peluquero, menos atento que el dentista...


Miguel Ángel Asturias (Guatemala,  1899-1974)
 
* Aun cuando la novela está dividida en tres partes, la segunda de las cuales según el índice transcurre el 24, 25, 26 y 27 de abril, el final del capítulo XXIII. El parte al señor Presidente está fechado el 28 de abril y precede al de Casa de mujeres malas. La tercera y última parte da principio hasta el capítulo XXVIII. Habla en la sombra.

sábado, 13 de abril de 2013

Otra de conejos: ENTRE LA NOVELA NEGRA Y LAS TIRAS CÓMICAS


Antes de ocuparme de la novela ¿Quién censuró a Roger Rabbit? (esa es la traducción literal de su título en inglés: Who Censored Roger Rabbit?), que volvió célebre al personaje gracias al cine, para evitar confusiones resulta oportuna la aclaración de que hay dos escritores estadounidenses casi homónimos: uno de ellos es Gary K. Wolfe, especialista en el género de la ciencia ficción, y el otro es Gary K. Wolf, autor de la obra en cuestión.
 
Cuando apareció publicada, en 1981, pasó casi desapercibida hasta que los estudios Disney decidieron que podía resultar interesante esa singular mezcla de dibujos animados con seres humanos, cuya técnica en el cine había sido experimentada en Leven anclas (Anchor's Aweigh, 1945), cuando Gene Kelly bailaba junto al ratón Jerry. Y así fue como surgió la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit), que ahora todos conocemos.
 
Debido a lo costoso de la producción y lo complicado de sus efectos especiales, decidieron asociarse con Steven Spielberg. Entonces entraron en una fase de negociaciones bastante compleja para que Warner Brothers accediese a permitir la aparición de sus Looney Toones. Una de las claúsulas del contrato establecía que Bugs Bunny debería estar el mismo tiempo en pantalla que Mickey Mouse, y por eso es que siempre aparecen juntos en escena. En cambio, no fue posible llegar a un arreglo con Metro Goldwyn Mayer y es la razón por la que Tom y Jerry no figuran en el reparto.
 
Finalmente, la película se estrenaría el 22 de junio de 1983 -dentro de un par de meses se cumplirán veinticinco años- y no sólo obtuvo una considerable recaudación en taquilla sino que incluso los críticos más exigentes la aceptaron de buen grado. Y es que el resultado en pantalla no sólo fue divertido sino innovador. Sin embargo, ya se sabe que el cine, al manejar un lenguaje con imágenes diferente al de la literatura, suele modificar y hasta traicionar, con innegable asiduidad, los textos originales. Aunque este no sería el caso, algunas de las diferencias entre el texto y la película son que Roger Rabbit era una estrella de las tiras cómicas, no del cine; Jessica no lo quería, era una vampiresa de tiempo completo (mientras que su dibujo animado es, además de seductor, noble: No soy mala, sólo me dibujaron de esa forma. Por cierto, este parlamento ha sido incluido en una lista de las mejores cien frases en la historia del cine de Hollywood); pero, sobre todo, Roger Rabbit muere al final de la novela. Cabría señalar la peculiaridad de que para comunicarse con los dibujos era necesario leer el globo conteniendo su diálogo: El conejo envió un par de globos sin palabras, vacíos... En el siguiente intento lo hizo mejor. Sus palabras eran confusas, de un gris translúcido, pero legibles, dice en cierto momento Eddie Valiant.
 
Una referencia para cinéfilos tiene lugar en la escena que el juez (Christopher Lloyd) inquiere en el bar si alguien ha visto al conejo y entre los parroquianos alguno le responde que incluso en ese momento se encuentra allí mismo. Todos suponen que va a delatar a Roger Rabbit, quien acaba de ocultarse, sin embargo, hace una broma relativa a Harvey, el conejo invisible de la obra teatral de Mary Chase, que sólo el protagonista Elwood P. Dowd (interpretado en la versión fílmica por James Stewart) es capaz de ver.
 
El doblaje de las voces estuvo a cargo de las mismas personas que lo habían hecho durante tantos años: Tony Anselmo hizo la del pato Donald, Wayne Allwine la de Mickey Mouse, Mel Blanc las diferentes caracterizaciones de los Looney Toones y hasta Mae Questel, que desde 1939 no le daba su voz a Betty Boop, quien aparece, por cierto, en mi escena favorita, cuando el detective Eddie Valiant (Bob Hoskins) acude al centro nocturno en que canta Jessica Rabbit para conocerla y Betty Boop tiene un diálogo con él: en ese momento surge Jessica en todo su esplendor cantando Why don't you do right? (si bien la voz sensual del personaje corresponde en los diálogos a Kathleen Turner, la canción fue interpretada por Amy Irving, quien estaba casada con Spielberg en esa época). La novela refiere que durante su juventud Jessica participó en dibujos porno (en las legendarias Tijuana Bibles) y que es capaz de obtener lo que sea a cambio de sexo, en tanto que la lealtad que demuestra por su marido sólo se exalta en la película.

La producción elevó su presupuesto debido a que la elaboración de los dibujos animados fue hecha a mano, al estilo tradicional, y eso prolongó mucho los tiempos de rodaje. Sin embargo, al final, su éxito rotundo rebasó ampliamente los costos de producción y hasta ganó cuatro premios de la Academia. Después vendría una amarga etapa de demandas y contra demandas entre su autor Gary K. Wolf y los estudios Disney, por motivo del pago de regalías. Esto dificultó la filmación de una secuela en su momento, aunado a que las técnicas de animación se transformaron de manera radical.

Robert Zemeckis, por su parte, durante la presentación en Londres de la película El vuelo (Flight), declaró: "Si fuese a realizar la secuela, se haría igual que la primera. Se vería de la misma manera, pero se presentaría en tercera dimensión para su estreno. Haría toda la animación a mano, aunque utilizando las herramientas de la tercera dimensión. No sería algo como Pixar 3-D. No se vería así..." Cabe subrayar que el cineasta siempre conjugó los verbos de manera condicionada, en ningún momento aseveró con certeza. Más tarde, en marzo pasado, en una entrevista para MTV, admitió que "existe un guión para la secuela, y es muy bueno". Algo que los productores Jack Rapke y Steve Starkey habían adelantado en la citada función en Londres.

En cuanto a la novela, ante la imposibilidad de escribir una nueva aventura del personaje, debido a que había muerto en su conclusión, Gary K. Wolf escribió otro caso del detective Eddie Valiant en Toontown: Who P-p-p-plugged Roger Rabbit?, de la cual aún no me ha sido posible ubicar una traducción al español. Apareció publicada en inglés en abril de 2010. Una editorial de nombre Musa Publishing anuncia el tercer título de la saga: Who Wacked Roger Rabbitt? para el próximo mes de noviembre en versión digital.

 

Jules Etienne

viernes, 12 de abril de 2013

Conejos: LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, de Milan Kundera

"Volvió a acordarse del conejito al que apretaba contra su cara en su habitación infantil."

(Fragmento que refiere al conejito de Teresa en su infancia)

- Tomás, todo lo malo que hay en tu vida ha sido por mi culpa. Yo tengo la culpa de que hayas llegado hasta aquí. Tan bajo que ya no es posible ir a ninguna otra parte.

Tomás dijo:

- ¿Estás loca? ¿De qué bajo hablas?
- Si nos hubiéramos quedado en Zurich, estarías operando a tus pacientes.
- Y tú estarías haciendo fotos.
-Esa es una comparación tonta -dijo Teresa-. Para ti tu trabajo lo era todo, mientras que yo puedo hacer cualquier cosa y me da exactamente lo mismo. Yo no perdí nada. Tú lo perdiste todo.
- Teresa -dijo Tomás-, ¿no te has dado cuenta de que aquí soy feliz?
- Tu misión era operar -dijo.
- Teresa, la misión es una idiotez. No tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión.

Era imposible no confiar en la sinceridad de su voz. Recordó la imagen de esa misma tarde: lo vio arreglando el camión y le pareció viejo. Ella había llegado adonde quería llegar: siempre había deseado que fuera viejo. Volvió a acordarse del conejito al que apretaba contra su cara en su habitación infantil.

¿Qué significa convertirse en conejito? Significa perder toda fuerza. Significa que uno ya no es más fuerte que el otro.

Daban pasos de baile al sonido del piano y el violín, y Teresa apoyaba la cabeza en su hombro. Así tenía la cabeza cuando iban en el avión que los llevaba a través de la niebla. Sentía ahora la misma extraña felicidad y la misma extraña tristeza que en aquella ocasión. Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza.


Milan Kundera  (Escritor checo nacionalizado francés, 1929) 

jueves, 11 de abril de 2013

Conejos: EL LOBO ESTEPARIO, de Hermann Hesse


Maravillosa doma del lobo estepario

Una pluralidad de sentimientos excitó dentro de mí esta inscripción; toda clase de angustias y de violencias de mi vida anterior, de la abandonada realidad, me oprimieron el corazón. Con mano temblorosa abrí la puerta y entré en una barraca de feria, allí vi una verja de hierro que me separaba del mísero escenario. Y en éste estaba un domador, un hombre de aspecto algo charlatán y pretencioso, el cual, a pesar del bigote grande, los brazos de abultados músculos y del traje de circo, se me parecía a mí mismo de un modo muy ladino y antipático. Este hombre forzudo conducía -espectáculo deplorable- de una cadena como a un perro a un lobo grande, hermoso, pero terriblemente demacrado y con una mirada de esclava timidez. Y resultaba tan repulsivo como interesante, tan feo y a la vez tan íntimamente divertido, ver a este hombre brutal presentar a la fiera tan noble, y al propio tiempo tan ignominiosamente sumisa, en una serie de trucos y escenas sensacionales.
 
El hombre aquel, mi maldita caricatura, había amaestrado a su lobo ciertamente de una manera portentosa. El animal obedecía atentamente a toda orden, reaccionaba como un perro a todo grito y zumbido de látigo, caía de rodillas, se hacía el muerto, imitaba a las personas, llevaba en sus fauces, obediente y gracioso, un panecillo, un huevo, un pedazo de carne, una cestita; es más, tenía que cogerle del suelo al domador el látigo que aquél había dejado caer y llevárselo en la boca, moviendo el rabo a la par con una zalamería insoportable. Le pusieron delante un conejo y luego un cordero blanco, y aunque es verdad que enseñaba los dientes y se le caía la baba con ávido temblor, no osó, sin embargo, tocar a ninguno de los animales, sino que a la voz de mando saltaba con elegante destreza por encima de ellos, que temblorosos estaban agazapados en el suelo, y hasta se echó entre el conejo y el cordero, abrazó a ambos con las patas de delante, formando con ellos un tierno grupo de familia. Y, además, comía de la mano del hombre una tableta de chocolate. Era un tormento presenciar hasta qué grado tan fantástico había aprendido este lobo a renegar de su naturaleza, y con todo ello, a mí se me ponían los pelos de punta.

De este tormento fue, sin embargo, compensado el agitado espectador en la segunda parte de la representación. En efecto, después de desarrollar aquel refinado programa de doma, y una vez que el domador se hubo inclinado triunfante con dulce sonrisa sobre el grupo del cordero y el lobo, se tornaron los papeles. El domador, parecido a Harry, puso de pronto su látigo con una reverencia a los pies del lobo y empezó a temblar, a encogerse y a adquirir un aspecto miserable, igual que antes la bestia. Pero el lobo se relamía riendo, el espasmo y la hipocresía se esfumaron, su mirada brillaba, todo su cuerpo adquirió vigor y floreció en su recuperada fiereza.
 
Y ahora era el lobo el que mandaba, y el hombre tenía que obedecer. A una orden cayó el hombre de rodillas; hacia el lobo, dejaba caer la lengua colgando; con los dientes empastados se arrancaba los vestidos del cuerpo. Iba marchando con dos o con cuatro pies, según lo ordenaba el domador; imitaba al hombre, se hacía el muerto, dejaba al lobo que cabalgara encima de él, iba detrás llevándole el látigo. Servil, inteligente, acomodaba su fantasía a toda humillación y a toda perversidad. Una bella muchacha vino a la escena, se acercó al hombre domesticado, acarició su barbilla, puso su cara junto a la de él, pero éste continuaba a cuatro patas, seguía siendo bestia, movió la cabeza y empezó a enseñarle los dientes a la hermosa muchacha, al final tan amenazador y lobuno, que ella huyó. Le trajeron chocolate, que despectivamente olisqueó y tiró a un lado. Y, por último, volvieron a sacar al cordero blanco y al conejo gordo y con manchas albas, y el dócil hombre dio de sí todo lo que sabía y representó el papel de lobo que era un encanto. Con los dedos y con los dientes agarró a los animalitos que no cesaban de chillar, les sacó tiras de pellejo y de carne, masticó, haciendo muecas, su carne viva, y bebió con delectación, ebrio y cerrando los ojos de gusto, su sangre caliente.
 
Espantado, salí huyendo por la puerta. Vi que este teatro mágico no era un puro paraíso, todos los infiernos se ocultaban bajo su linda superficie. Oh, Dios, ¿es que aquí tampoco había redención? Atemorizado, corrí de un lado para otro; notaba en la boca el gusto a sangre y el gusto a chocolate, lo uno tan repugnante como lo otro; deseaba ardientemente escapar de este turbulento oleaje; luché con fervor dentro de mí mismo por imágenes más agradables y más llevaderas. «¡Oh, amigos; no estos acordes!», resonaba dentro de mí, y con espanto me acordé de aquellas tremendas fotografías del frente, que se habían visto a veces durante la guerra, de aquellos montones de cadáveres apelotonados unos contra otros, cuyos rostros estaban transformados en sarcásticas muecas infernales por efecto de las caretas contra los gases. Cuán necio e infantil había sido yo entonces, yo, un enemigo de la guerra, con ideas filantrópicas, al indignarme por aquellos cuadros. Hoy sabía que ningún domador, ningún ministro, ningún general, ningún loco era capaz de incubar en su cerebro ideas e imágenes, que no vivieran tan espantosas, tan salvajes y perversas, tan bárbaras y tan insensatas dentro de mí mismo.


Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962)

miércoles, 10 de abril de 2013

Conejos: LA ISLA MISTERIOSA, de Jules Verne


(Fragmento que se refiere a la caza de conejos)

Se reservaba esta importante excursión para los primeros días de buen tiempo, en la próxima primavera; pero los bosques del Jacamar tenían caza suficiente, abundando en ellos los canguros y los jabalíes, en los cuales hacían maravillas las jabalinas, el arco y las flechas de los cazadores. Además, Harbert descubrió, hacia el ángulo sudoeste del lago, un sotillo natural, especie de pradera ligeramente húmeda, cubierta de sauces y hierbas aromáticas que perfumaban el aire, como el tomillo, el serpol, la albahaca, todas esas especies odoríferas de la familia de las labiadas, de las cuales gustan mucho los conejos.
 
Habiendo hecho Spilett la observación de que debía de haber conejos en aquel prado, puesto que estaba, por decirlo así, servida la mesa para ellos, los dos cazadores lo exploraron activamente. Por lo menos producía en abundancia plantas útiles, y un naturalista hubiera tenido allí ocasión de estudiar muchos ejemplares del reino vegetal. Harbert recogió cantidad de tallos de ocimo, de romero, de melisa y otras plantas que poseen propiedades terapéuticas. Cuando, más tarde, Pencroff preguntó de qué servía toda aquella colección de hierbas, el joven respondió:
 
–Para curarnos y medicinarnos, cuando estemos enfermos.
 
–¿Y por qué hemos de estar enfermos, si en la isla no hay médicos? –contestó seriamente Pencroff.
 
No cabía réplica a una observación tan atinada. Sin embargo, el joven no dejó por eso de hacer su recolección, que fue bien acogida en el Palacio de granito, sobre todo porque a aquellas plantas medicinales pudo añadir una notable cantidad de monandras dídimas, que son conocidas en América Septentrional con el nombre de té de Oswego y producen una bebida excelente.
 
En fin, aquel día, buscando bien los dos cazadores, llegaron al verdadero sitio del conejal y vieron el suelo perforado como una espumadera.
 
–¡Madrigueras! –exclamó el joven.
 
–Sí –contestó el corresponsal–, ya las veo. –¿Pero están habitadas?
 
–Esa es la cuestión.
 
La cuestión no tardó en quedar resuelta, pues al mismo tiempo centenares de animalillos semejantes a conejos huyeron en todas direcciones y con tal rapidez, que el mismo Top no pudo alcanzarlos.
 
Por más que corrieron los cazadores y el perro, aquellos roedores se escaparon fácilmente. El corresponsal, sin embargo, estaba resuelto a no salir del sotillo sin haber capturado al menos una docena de aquellos cuadrúpedos. Quería, en primer lugar, abastecer la despensa sin perjuicio de domesticar a los que pudiera cazar posteriormente. Con algunos lazos tendidos a las entradas de las madrigueras, la operación no podría menos de tener un buen éxito; pero en aquel momento no había lazos ni medios de fabricarlos. Tuvo que resignarse a registrar con un palo cada madriguera y conseguir a fuerza de paciencia lo que no podía hacerse de otro modo.
 
En fin, después de una hora de registro, se cazaron cuatro roedores. Eran conejos muy semejantes a sus congéneres de Europa y conocidos vulgarmente con el nombre de conejos de América.
 
Jules Verne (Francia, 1828-1905) 

martes, 9 de abril de 2013

Conejos: un par de fábulas sobre el conejo y el león

 
EL CONEJO Y EL LEÓN
 
Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la selva, semiperdido.
 
Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.
 
Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.
 
El León estremeció la selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.
 
De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.
 
 
Augusto Monterroso (Escritor guatemalteco nacido en Honduras y radicado en México;1921-2003)
 
 
 
EL RUGIDO DEL CONEJO

Cansado de su temor ancestral, harto de que él y todos los de su especie tuvieran que huir para ocultarse cada vez que aparecía un león hambriento, un conejo decidió desafiar las leyes de la naturaleza: aprendería a rugir igual que sus depredadores. Si mediante ese recurso los atemorizaban primero, para luego someterlos sin mayor dificultad, él respondería con otro rugido igualmente feroz. Tendría, además, la ventaja de la sorpresa, puesto que un león nunca esperaría escuchar el eco de su estruendo reflejado en la fiera imagen de un conejo. El desconcierto de aquél, a su vez, le permitiría retirarse apelando a un cierto aire de dignidad que hasta entonces estaba vedado para sus congéneres.

Le llevó años. Ensayaba sin descanso día tras día, desde el amanecer hasta que se ocultaba el sol, buscando perfeccionar su propio rugido. Miraba su imagen distorsionada en el reflejo del agua para convencerse de que parecía tan salvaje como su enemigo. Los demás conejos comenzaron a establecer distancia con él, temerosos de que se los fuera a almorzar en uno de sus desplantes, de que en algún momento traicionara su propia naturaleza pacífica, herbívora, y le diera por practicar el canibalismo. Nada le importó. Se había empecinado en que ése sería el objetivo primordial de su vida y así prosiguió hasta que un día se sintió convencido de que ya estaba listo para la gran confrontación. Rugió con todas sus fuerzas y los demás animales que lo escucharon huyeron despavoridos, temerosos de ser devorados por esa bestia a la que no alcanzaban a ver, pero les bastaba su intuición para advertir el peligro.

El conejo se paseaba orondo por la selva cuando, por fin, se suscitó el inevitable encuentro con el león. Éste emitió uno de sus habituales rugidos. El conejo se le quedó mirando a los ojos sin temor, su rostro se empezó a deformar hasta que de su hocico salió un estrépito insospechado. Confundido, el felino respondió con un bostezo y se replegó discretamente un par de pasos. ¡Lo había logrado! Había conseguido amedrentar ni más ni menos que al rey de la selva. Ahora podía dar media vuelta e irse. Los demás animales tendrían que aprender desde ese momento a respetarlo.

Antes de irse volvió a rugir, en tanto que el león permaneció en silencio. Arrogante, el conejo se fue acercando para obligarlo a retirarse. Rugió una vez más y el león parecía inhibido, aunque también respondió. El conejo iba imponiéndose hasta que por fin quedaron uno frente al otro. El león entonces tiró un zarpazo y devoró al conejo de un solo bocado.
 
 
Jules Etienne     


lunes, 8 de abril de 2013

Conejos: EL CONEJO DE TERCIOPELO, de Margery Williams


(Fragmento)

- ¿Qué es ser real? -preguntó un día el Conejito, cuando todos los juguetes estaban juntos cerca de la pantalla protectora del hogar, antes de que Nana viniera a arreglar la habitación-. ¿Es tener cosas que zumban en tu interior y una palanca que te hace funcionar?

- Ser real no consiste en cómo estás hecho, dijo el Caballo. Es algo que te pasa. Cuando un niño te quiere durante mucho, mucho tiempo, no sólo para jugar contigo, sino que realmente te quiere, entonces te conviertes en algo real.

- ¿Duele? -preguntó el Conejito.

A veces -dijo el Caballo, que siempre era de fiar-. Pero cuando eres real ya no te importa que te hagan daño.

- ¿Te sucede de pronto, como cuando te dan cuerda, o poco a poco? -preguntó.

- Eso no te ocurre repentinamente -dijo el Caballo-. Te vas haciendo poco a poco y tarda mucho tiempo. Por eso no le suele ocurrir a los que se quiebran con facilidad, o a los que tienen bordes afilados, o a los que se guardan cuidadosamente. Generalmente, cuando te haces real, casi todo tu pelo se ha desgastado, tus ojos se han salido, tus articulaciones están sueltas y te sientes muy maltrecho. Pero estas cosas no importan ya, porque una vez que eres real ya no puedes ser feo, excepto para la gente que no entiende.


Margery Williams (Inglaterra, 1881-1944)

La ilustración corresponde a El conejo de terciopelo, por Audrette.

domingo, 7 de abril de 2013

Conejos: LOS DOS CONEJOS, de Tomás de Iriarte

"... no diré corría, volaba un conejo."
 
No debemos detenernos en cuestiones
frívolas, olvidando el asunto principal.
 
Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
 
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente
amigo, ¿qué es esto?».
 
«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego…;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
 
«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos»
.
«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo».
 
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso».
«Son galgos, te digo».
«Digo que podencos».
 
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
 
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.
 
 
Tomás de Iriarte (España, 1750-1791)

sábado, 6 de abril de 2013

Conejos: CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS, de Julio Cortázar


(Fragmento)

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejillo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.


Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914;
y fallecido en París, Francia en 1984).

La ilustración corresponde a un dibujo de Julio Cortázar rodeado por conejos
para Carta a una señorita en París, de Poly Bernatene.

viernes, 5 de abril de 2013

Conejos: AURA, de Carlos Fuentes


(El conejo de Consuelo Llorente)

Lograrás verla cuando des la espalda a ese firmamento de luces devotas. Tropiezas al pie de la cama; debes rodearla para acercarte a la cabecera. Allí, esa figura pequeña se pierde en la inmensidad de la cama; al extender la mano no tocas otra mano, sino la piel gruesa, afieltrada, las orejas de ese objeto que roe con un silencio tenaz y te ofrece sus ojos rojos: sonríes y acaricias al conejo que yace al lado de la mano que, por fin, toca la tuya con unos dedos sin temperature que se detienen largo tiempo sobre tu palma húmeda, la voltean y acercan tus dedos abiertos a la almohada de encajes que tocas para alejar tu mano de la otra.
...

Te apartarás para que la luz combinada de la plata, la cera y el vidrio dibuje esa cofia de seda que debe recoger un pelo muy blanco y enmarcar un rostro casi infantil de tan viejo. Los apretados botones del cuello blanco que sube hasta las orejas ocultas por la cofia, las sábanas y los edredones velan todo el cuerpo con excepción de los brazos envueltos en un chal de estambre, las manos pálidas que descansan sobre el vientre: sólo puedes fijarte en el rostro, hasta que un movimiento del conejo te permite desviar la mirada y observar con disimulo esas migajas, esas costras de pan regadas sobre los edredones de seda roja, raídos y sin lustre.
...

Desciendes contando los peldaños: otra costumbre inmediata que te habrá impuesto la casa de la señora Llorente. Bajas contando y das un paso atrás cuando encuentres los ojos rosados del conejo que en seguida te da la espalda y sale saltando.
...

Caminas, esta vez con asco, hacia ese arcón alrededor del cual pululan las ratas, asoman sus ojillos brillantes entre las tablas podridas del piso, corretean hacia los hoyos abiertos en el muro escarapelado. Abres el arcón y retiras la segunda colección de papeles. Regresas al pie de la cama; la señora Consuelo acaricia a su conejo blanco.

De la garganta abotonada de la anciana surgirá ese cacareo sordo:

- ¿No le gustan los animales?
- No. No particularmente. Quizás porque nunca he tenido uno.
- Son buenos amigos, buenos compañeros. Sobre todo cuando llegan la vejez y la soledad.
- Sí. Así debe ser.
- Son seres naturales, señor Montero. Seres sin tentaciones.
- ¿Como dijo que se llamaba?
- ¿La coneja? Saga. Sabia. Sigue sus instintos. Es natural y libre.
- Creí que era conejo.
- Ah, usted no sabe distinguir todavía.
- Bueno, lo importante es que no se sienta usted sola.


Carlos Fuentes (México, 1929-2012)

jueves, 4 de abril de 2013

Conejos: MARAVILLA EN EL PAÍS DE LAS ALICIAS, de Antonio Altarriba


(Fragmento alusivo al conejo)

Salieron a la calle y, respondiendo al chasquido de los dedos del desconocido, apareció una berlina tirada por dos caballos. Subieron a ella y partieron al trote. El desconocido volvió a sacar el reloj de su chaleco.

- No tenemos prisa, Alicia. A diferencia de otros cuentos, en este hay que hacer las cosas despacio, muy despacio... Procurando que duren el mayor tiempo posible y disfrutando de ellas...

Alicia miró a su acompañante, que parecía un distinguido caballero. Su cabello blanco se prolongaba en unas pobladas patillas que le llegaban hasta la mandíbula y brillaban en la noche. La densa cabellera no lograba ocultar unas grandes orejas, unos ojos saltones y un par de dientes prominentes que se agitaban en nervioso mordisqueo cuando pronunciaba «muy despacio», «el mayor tiempo posible...». El personaje más que inquietarla, le divertía, y se tranquilizó. Al fin y al cabo, después de su decepción con Timothy, ¿qué tenía que perder?



Antonio Altarriba (España, 1952)

miércoles, 3 de abril de 2013

Conejos: ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS, de Lewis Carroll



(Fragmento inicial del primer capítulo: En la madriguera del conejo)

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo,pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas le compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.


No había nada extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!" (Cuando pensó en ello después decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con un reloj que sacase de él y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.


Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.


Al principio, la madriguera se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.


O el pozo era verdaderamente profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para para mirar a su alrededor y preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver adónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de clavos. Cogió, a su paso, un tarro de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía: mermelada de naranja, pero vio, con desencanto, que estaba vacío.

No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo y se las arregló para dejarlo en otro de los estantes mientras seguía descendiendo.

«¡Vaya! », pensó Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad). Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?

- Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya -dijo en voz alta-. Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos: creo que está a cuatro mil millas de profundidad...


Lewis Carroll: Charles Lutwidge Dodgson (Inglaterra, 1832-1898)

martes, 2 de abril de 2013

Conejos: EL HOMBRE DEL SOMBRERO DE COPA, de Hernán del Solar

"De repente, de entre unas matas, salta un conejo..."

Capítulo IV: EL PÁJARO DE FUEGO

Pero no me siento tranquilo, el conejo no es una invención mía. Existe como todos los demás conejos que andan por el mundo. Si ha desaparecido y no lo encuentro, mía es la culpa porque no sé buscarlo hasta dar con él. En algún rincón ha de estar, burlándose de mí con todo su buen amor de conejo extraordinario.

Pero inútilmente recorro de nuevo los escondrijos de la casa, que no son pocos. A cada rato me parece que voy a ver asomar su hociquillo rosado y sus largas orejas. Es una vana esperanza. El conejo no aparece. Y las horas pasan, se pone el sol, viene la noche. Nada. Ni la menor huella del conejo.

Ahora se han acostado mis tías, mis padres, mis hermanos, las criadas viejas. Dentro de media hora habrpa ronquidos de diversa entonación en cada uno de los patios. Y si yo estoy despierto, claro está que no es para oírlos. Me interesa la misteriosa desaparición del conejo y pienso en ella con la misma concentrada fuerza que pone un sabio en la meditación de los más importantes secretos de la vida. De una cosa estoy absolutamente seguro: de no haberme equivocado al decir que en el salón encontré un conejo.

No vale la pena seguir pemsándolo más. Empiezo a acostarme. Después me tiendo en la cama y apago la luz. Y casi enseguida me duermo, cansado de tanto cavilar. Entonces tengo un sueño que me agita inmensamente. Voy por un camino interminable, a través de una montaña que no tiene fin. Poblada de arbustos, la montaña hace un rumor extraño. Es el viento que juega con las hojas. De repente, de entre unas matas, salta un conejo, y yo comienzo a gritar con todas mis energías:

- ¡Mi conejo! ¡Mi conejo! Lo he encontrado.

El conejo corre delante de mí, que lo persigo tan velozmente como mis piernas me lo permiten. Y mientras corro, grito. El conejo, de vez en cuando, se vuelve, me guía un ojo, me saca la lengua, y continúa escapando. De pronto, aburrido sin duda de mi testarudez, se detiene a unos cuantos metros, levanta una pata en el aire, me hace una mueca burlona, y desaparece como si el infierno se lo tragara. Esto me asusta de tal modo que empiezo a gritar con verdadera desesperación. Despierto gritando. Y esta vez, la casa entera oye mis gritos, porque casi inmediatamente escucho muchos pasos, alguien enciende la luz de mi dormitorio y me encuentro sentado en mi cama, delante de todos los miembros de la familia. Nadie falta. Todos aparecen en camisa de dormir. Esto me consuela y me río de buena gana, porque ver a mis tías en camisa es un espectáculo impagable.


Hernán del Solar (Chile, 1901-1985) 

lunes, 1 de abril de 2013

El día del conejo


 "- ¿Crees que un conejo podría ser Dios? -le pregunté a Arthur distraídamente.
- No existe absolutamente ninguna razón por la que un conejo no pueda ser Dios."

Sarah Winman en Cuando Dios era un conejo

El origen de la celebración de la pascua tiene raíces paganas, pero ya se sabe que a través de la historia la doctrina cristiana, con el fin de lograr la conversión de un mayor número de fieles, ha permitido el sincretismo adoptando las costumbres locales para darles su propia orientación religiosa. Por ejemplo, en México siempre se ha relacionado a la autóctona Tonantzin, la madre de los dioses, con la virgen de Guadalupe, como lo señalaba Fray Bernardino de Sahagún en su Historia de las cosas de la Nueva España, lo mismo que la virgen de la Caridad del Cobre en Cuba, que suplantó a Ochún, una orisha mayor de la santería afrocubana, para convertirse en la santa patrona de la isla luego de su aparición en 1620. De manera que tampoco debiera sorprendernos la forma como también se integró el festejo de la primavera por parte de los germanos -quienes celebraban a Ostara, la diosa de la fertilidad- con la resurrección de Cristo, que de acuerdo con las fases lunares, siempre acontece entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Cada primavera, los paganos colocaban ofrendas de semillas y huevos pintados de colores en los altares que veneraban a la diosa Ostara quien, según la leyenda, se transformaba en conejo durante el equinoccio. Los sajones transformaron su nombre en Eostre y con el tiempo devino en Easter. Los conejos simbolizan la fertilidad de la primavera.

Según la tradición de los germanos, desde el siglo XVI se dejaban huevos de colores para los niños, en nidos que se colocaban alrededor de las casas. Los alemanes que llegaron para establecerse en los Estados Unidos mantuvieron esa práctica pero no se difundió sino hasta después de la guerra civil, cuando la costumbre se generalizó en todo su territorio y también alcanzaría arraigo en Canadá. Con el tiempo empezaron a elaborarse los huevos de chocolate y los nidos fueron sustituidos por canastas, tal y como se practica en la actualidad.

Hoy lunes tuvimos un día festivo -en contraste, el llamado jueves santo no lo es-, y en los parques y jardines era posible ver a los niños buscando los preciados chocolates. En uno de los noticiarios de la televisión mostraron a un conejo verdadero robándose los huevos de chocolate que los niños buscaban con ahínco. Eso me llevó a recordar, de manera inevitable, al conejo de Alicia en el país de las maravillas y a preguntarme quiénes serían los conejos más famosos en la historia de la literatura. Además de la liebre que corría contra la tortuga en la célebre fábula de Esopo, me encuentro con sorpresa que son más de los que había supuesto en un principio.

Para empezar estaría el conejo invisible de la obra teatral Harvey, de Mary Chase, ganadora del premio Pulitzer en 1945, que se adaptó al cine con James Stewart como Elwood P. Dowd, el único humano capaz de establecer contacto con el conejo, reminiscente del que sólo Donnie Darko podía ver, en una película posterior. Se dice que Steven Spielberg ha estado planeando un remake de Harvey. No sería raro después de su experiencia con el conejo Roger Rabbit quien, por cierto, no fue concebido originalmente para la película, sino que era el personaje de una novela: ¿Quién censuró a Roger Rabbit?, escrita por Gary Wolf y publicada en 1981. Y ya inmersos en el tema del cine, también tendría que referirme a la peculiar fábula experimental de David Lynch titulada precisamente Conejos (Rabbits), que se filmó en 2002. Al otro lado del corazón, también titulada El laberinto para su exhibición en Sudamérica, protagonizada por Nicole Kidman en 2010, es la adaptación de otra pieza escénica: La madriguera del conejo (Rabbit Hole), de David Lindsay-Abaire, aunque en este caso la referencia es mera alegoría.

En uno de sus relatos delirantes, Carta a una señorita en París, que forma parte del volumen Bestiario, con el desenfado que caracteriza la narrativa de Julio Cortázar, se refiere a una decena de conejos que carecen de nombre, encerrados en un departamento: "Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las aillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todos dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan..."

Y en otro Bestiario, sólo que en este caso el poema de Pablo Neruda, dice: "Siempre tuve curiosidad/ por el erótico conejo:/ ¿quiénes lo incitan y susurran/ en su genitales orejas?/ Él va sin cesar procreando/ y no hace caso a San Francisco,/ no oye ninguna tontería:/ el conejo monta y remonta/ con organismo inagotable./ Yo quiero hablar con el conejo,/ amo sus costumbres traviesas."

En Aura, una de las obras más populares de Carlos Fuentes, la anciana Consuelo Llorente tiene por mascota a una coneja.

De la garganta abotonada de la anciana surgirá ese cacareo sordo:
- ¿No le gustan los animales?
- No. No particularmente. Quizás porque nunca he tenido uno. 
- Son buenos amigos, buenos compañeros. Sobre todo cuando llegan la vejez y
la soledad. 
- Si. Así debe ser.
- Son seres naturales, señor Montero. Seres sin tentaciones.
- ¿Cómo dijo que se llamaba?
- ¿La coneja? Saga. Sabia. Sigue sus instintos. Es natural y libre.
- Creí que era conejo.
- Ah, usted no sabe distinguir todavía.
- Bueno, lo importante es que no se sienta usted sola.

Por su parte, Tristan Tzara en el poema titulado Dudas, escribió:

- He sacado el antiguo sueño de la caja como sacas tú el sombrero
cuando te pones el traje de muchos botones
cuando agarras el conejo por las orejas
cuando regresas de cacería
como eliges la flor de la maleza
y al amigo de entre los cortesanos.

A Harry Angstrom, protagonista de las novelas de John Updike, le apodaban "conejo". La primera de ellas, publicada en 1960, se titulaba Corre conejo; a la que siguió El regreso del conejo, en 1971; diez años después Conejo es rico; para culminar la tetralogía original con la muerte del personaje en Conejo en paz, en 1990. Estas dos últimas fueron merecedoras del premio Pulitzer. Todavía Updike reincidió (verbo clave en este blog) en 2001, cuando publicó Conejo en el recuerdo, donde procura retomar los cabos sueltos en la vida de Harry Angstrom para, entonces sí, cerrar el tema en definitiva.

Aunque en la novela La risa del conejo, de Julio Fernández Peláez, en sus 257 páginas hay una sola mención a un conejo en su madriguera, es debido a su título que también la consigno. Concluiré con una referencia a Shakespeare, a quien he estado leyendo por estas fechas. "¿Has visto una liebre?", le pregunta Romeo a Mercucio en el acto segundo, escena tercera, de Romeo y Julieta, a lo que su amigo responde, "Una liebre, no: tal vez un conejo viejo y pellejo para un pastel de cuaresma".


Jules Etienne