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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

domingo, 30 de junio de 2013

Páginas ajenas: QUINCE DÍAS EN EL MONTE SINAÍ, de Alexandre Dumas



(Fragmento del capítulo VII)

Volvimos a entrar en El Cairo por la isla de Budah, donde está el Nilómetro. Este es el instrumento que sirve para graduar la subida o la bajada de las aguas y consiste en una columna de dieciocho codos, incluido el capitel. Cuando el ejército francés se apoderó de El Cairo, estaba enteramente deteriorado, por lo que el general Menon ordenó que fuese reparada por el ciudadano Chabrol, ingeniero de puentes y calzadas; y luego de concluido su trabajo, se construyó un pórtico a la entrada del monumento y bajo su peristilo y encima de la puerta, se colocó una lápida de mármol blanco sobre la cual y en los dos idiomas, francés y árabe, se puso la siguiente inscripción:

En el nombre de Dios Todopoderoso. El año IX de la república francesa y 1215 de la Hégira, dos años después de conquistado Egipto por Bonaparte, el general en jefe Menou, mandó reparar el Mekias del Nilo. El décimo día del solsticio del año VIII se hallaban sus aguas a la altura de tres codos y diez dedos de la columna.

Al décimosexto día, posterior al mismo solsticio, empezó a subir en El Cairo.

A los 107 días de dicho solsticio se elevó dos codos y tres dedos sobre la caña de la columna.

A los 114 de este solsticio, empezó a disminuir. Todas las tierras han sido inundadas, y esta crecida extraordinaria de catorce codos y diecisiete dedos hace esperar una abundante cosecha.


Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

sábado, 29 de junio de 2013

Páginas ajenas: EL ÚLTIMO HOMBRE, de Mary Shelley


(Fragmento correspondiente al solsticio, el 21 de junio)
 
Desde el este nos llegó una historia extraña, a la que se habría concedido poco crédito de no haberla presenciado multitud de testigos en diversas partes del mundo. Se decía que el veintiuno de junio, una hora antes del solsticio, se elevó por el cielo un sol negro;* un orbe del tamaño del astro, pero oscuro, definido, cuyos haces eran sombras, ascendió desde el oeste. En una hora había alcanzado el meridiano y eclipsado a su esplendoroso pariente diurno. La noche cayó sobre todos los países, una noche repentina, opaca, absoluta. Salieron las estrellas, derramando en vano sus brillos sobre una tierra viuda de luz. Pero el orbe tenue no tardó en pasar por encima del sol y en dirigirse al cielo del este. Mientras descendía, sus rayos crepusculares se cruzaban con los del sol, brillantes, opacándolos o distorsionándolos. Las sombras de las cosas adoptaban formas raras y siniestras. Los animales salvajes de los bosques eran presa del terror cuando contemplaban aquellas formas desconocidas que se dibujaban sobre la tierra, y huían sin saber dónde. Los ciudadanos sentían un gran temor ante la convulsión que «arrojaba leones a las calles»;** pájaros, águilas de poderosas alas, cegadas de pronto, caían en los mercados, mientras los búhos y los murciélagos hacían su aparición, saludando a la noche precoz. Gradualmente el objeto del temor fue hundiéndose en el horizonte, y hasta el final irradió sus haces oscuros en un aire por lo demás transparente. Ese fue el relato que nos llegó de Asia, del extremo oriental de Europa y de África, desde un lugar tan lejano como la Costa de Oro.
 
 
Mary Shelley (Inglaterra, 1797-1851)


* Esta descripción coincide con el Apocalipsis, 6:12. «El sol se puso negro como tela de cilicio».
** La expresión es de César al referirse a la muerte de Marco Antonio «... debió arrojar leones a las calles de la ciudad», en el acto V, escena primera, de Antonio y Clepatra, de William Shakespeare.

viernes, 28 de junio de 2013

Páginas ajenas: LOS RESPLANDORES DEL RELÁMPAGO, de Marco Antonio Campos


3

Cuando muy joven despreciaba las exégesis que querían explicar un poema hasta el ínfimo detalle. Esa exasperación se ha mitigado mucho en la actualidad y sólo la guardo para los a menudo ininteligibles ensayos de los estructuralistas, que en nuestro país han llegado, no pocas veces, a la desfiguración y la caricatura. Añádase aun esa manía o compulsión de cierta intelectualidad mexicana, no excluyendo la universitaria, de copiar lo extranjero, aun lo malo o lo absurdo, que ha sido mucho más perniciosa que benéfica para nuestra cultura.

Por 1969 debo haber leído el texto de Gustavo Cohen y creí que Valéry lo veía y leía con una sonrisa condescendiente, con amistoso escepticismo, pero a fin de cuentas daba a entender que no creía en eso, que un poema como El cementerio marino era virtualmente inexplicable. Vale esto a medias. Comprendo ahora que Valéry apreciaba la labor y el esfuerzo de Cohen que, en su soberbio esmero, es verdaderamente plausible. Una observación crítica: creemos, sin embargo, que Cohen ve a veces de más o ve de menos en el poema y que da por hecho algunas cosas que tienen interpretaciones abiertas. Pero también es cierto que nos da pistas sustantivas con las que el poema se vuelve más concreto, que su análisis de las influencias , de las asociaciones y las correspondencias literarias y filosóficas, es minuciosamente esclarecedor, y que su subrayado de hallazgos estilísticos, como por ejemplo la utilización de adjetivos de gran profundidad interior y los juegos y las armonías silábicas, iluminan versos y pasajes que nos permiten ver mejor partes de la casa. Cohen sabía de la vida y de la obra de Valéry cosas de las que muy pocos estaban enterados.

Cierto: un poema es ante todo un hecho estético para sentirse e imaginarse y comprenderse hasta donde se pueda, pero su explicación es casi imposible. Valéry lo supo como muy pocos, y en eso, en el secreto que guarda, diferenciaba sustancialmente la poesía de la prosa. Cohen abrió un camino, pero un poema como El cementerio marino los tiene infinitos.

Y decidí ir a Séte.

4

Bajo del tren, cruzo el vestíbulo de la estación y salgo a la calle. Pregunto por el cementerio y me entero que hay dos. Hablo de Paul Valéry. "Ah, el cementerio marino". Sonrío. Por la magia de la poesía el cementerio se llama hoy como el título del poema. A pie el cementerio está lejos: por el viejo puerto y la Ciudadela. Camino por los muelles del canal. El sol cae a fuego y las luces pican y picotean, como puntas de alfileres luminosos sobre las aguas. Suben olores sucios y salados.

Desde aquella primera lectura de 1969 imaginé el cementerio pequeño, íntimo, arbolado, con numerosas sombras, ceñido al mar. Pero mi decepción es grande: se alza en una colina escarpada, casi no tiene árboles y el mar está como cincuenta metros abajo. El cementerio fue robado a la colina y escindido en cuatro niveles, separado cada uno por cercas de piedra gris. Salvo una pequeña sección del oriente, en el tercer nivel, está casi desnudo de árboles. Arriba, el faro, con una cruz en punta, es un vigía que parece cuidar el sueño de los muertos, la dirección de los barcos y las banderas de todas las naciones para que exista el mundo.

Empiezo a subir. Estoy empapado en sudor. Me parece que pantalón, camisa y cuerpo están hechos de agua. O son agua. No hay una sola alma viva en el cementerio. El aire es sofocante y el mediodía abrasador. Un aire de pájaros da un poco de aire al aire quieto.

Mientras más se sube por el cementerio el panorama marino se vuelve más luminoso. El mar azul se vaporiza hacia el horizonte en bruma azul y dorada. A diferencia de otros pueblos, los franceses son parcos en sentimentalismos o frases pomposas en sus lápidas. Ci-git, Ici repose, Regretté, y nombres y fechas en seco. No falta alguno de sus habituales énfasis patrióticos: "Muerto en el campo de honor", como si la guerra, creada o inventada por otros, y que sólo trae sangre, destrucción, sufrimiento y desdicha, fuera el lugar más digno para que se multiplicaran la viudez de las mujeres y la orfandad de los hijos.

Sigo subiendo. Descubro en un promontorio una pequeña virgen blanca que es como un instante elevado de ternura. Subo más y veo el mar desde las alturas. La bahía tiene la forma de media luna. ¡Qué belleza de mar! ¡Qué belleza, sobre todo, cuando desde las alturas se mira revelándose en su luz azul entre la blancura de las cruces dispares de las tumbas y de los mausoleos de mármol y de piedra! ¡Cielo, aire y mar paracen flotar en la bruma dorada y azul! Comprendo en toda su amplitud el verso: "Tout entouré de mon regard marin"*, y veo, en ese numeroso rebaño fúnebre, a las tumbas como corderos misteriosos. Comprendo entonces en toda su verdad por qué escribió aquí el poema: es el contraste íntegro de Vida y Muerte: por un lado, el cementerio, los muertos, sus muertos familiares, las sombras, el mármol y las cenizas, y del otro o frente a eso, el mar en movimiento continuo bajo las antorchas del solsticio salvaje. Se comprende por qué, rodeado de tanta muerte, dice o declara al final que debe "intentarse vivir".

Después de una hora no hay nadie aún en el cementerio pero uno no se siente solo con tanto cielo y con tanto sol y con tanto mar. Camino hacia el punto arbolado. Busco el alivio de la sombra. En el mar cruzan veleros de velas triangulares. Asocio con los foques del poema, esos foques que, Cohen observaba muy bien, son las palomas que caminan en el techo del mar. Oigo. Follajes de pájaros cantan en los follajes y envuelve un aire como de dicha. Es una de las partes más antiguas del cementerio. A diferencia de otras secciones hay aquí mausoleos y tumbas del siglo XIX y aun algunos del siglo XVIII. En muros y losas hay rajaduras, grietas, fragmentaciones de la piedra. Por la antigüedad, por las perspectivas y la altura, por los cipreses y los pinos, me imagino que el poema -tengo escasas dudas- Valéry lo concibió aquí. Y me parece ver una sombra que cruza entre las sombras.

Veo. Oigo. A los muertos les llega la parlata de los pájaros, la brisa ligera y los rumores soterrados de las olas.


Marco Antonio Campos (México, 1946)

* De mi mirada marina ceñido (según la traducción de Jorge Guillén),
Y mis ojos marinos circundan lo que ven (según la versión rimada de Raúl Gustavo Aguirre)

La ilustración corresponde a una fotografía del cementerio de Seté,
en la región francesa de Languedoc-Rosellón.

jueves, 27 de junio de 2013

Páginas ajenas: EL CEMENTERIO MARINO, de Paul Valéry


 
(Selección de cinco estrofas: la VII hace referencia al solsticio)

I
Este techo tranquilo, de palomas surcado,
Entre pinos y tumbas palpita, deslumbrado.
El justo Mediodía compone allí su fuego.
¡El mar, el mar, el mar que siempre recomienza!
Después de un pensamiento, ¡qué dulce recompensa
Una larga mirada al divino sosiego!

V
Como la fruta que se funde en complacencia,
Y suscita placer a cambio de su ausencia
En una boca donde se disuelve su forma,
Mi futura humareda yo también aquí huelo,
Y al alma consumida la música del cielo
Le habla de la ribera que en rumor se transforma.

VII
El alma expuesta a las antorchas del solsticio,
¡Tu justicia contesto, incomparable juicio
De la luz que utilizas tus armas sin piedad!
Yo te devuelvo pura a tu lugar primero,
¡Contémplate!. . . Fulgor, y reflejarte, empero
Significa de sombra una triste mitad.

X
Sacro interior, de un fuego sin materia colmado,
Fragmento de la tierra a la luz consagrado,
Este lugar me place, de antorchas circuido,
Hecho de oro y piedra y de nocturnos árboles,
En el que hay tantas sombras bajo trémulos mármoles.
¡Allí, sobre mis tumbas, el mar fiel se ha dormido!

XXIII
¡Sí! Majestuosa mar de delirios dotada,
Piel de pantera y clámide agujereada
Por millones de ídolos donde el sol se refleja,
Hidra absoluta, ebria de tu carne azulada,
Que en tu brillante cola hundes la dentellada
En un tumulto que al silencio semeja.

Charmes, 1922.

Paul Valéry (Francia, 1871-1945)

(La traducción del francés rimada en español es de Raúl Gustavo Aguirre)

miércoles, 26 de junio de 2013

Páginas ajenas: EL ÍDOLO DE LAS CÍCLADAS, de Julio Cortázar


(Fragmento que hace referencia a "la noche del solsticio de junio")

Somoza se llevó la estatuilla a su departamento, y Morand la veía cada vez que se encontraban. Nunca se habló de que Somoza visitara alguna vez a los Morand, como tantas otras cosas que ya no se mencionaban y que en el fondo eran siempre Thérése. A Somoza parecía preocuparle únicamente su idea fija, y si alguna vez invitaba a Morand a beber un coñac en su departamento no era más que para volver sobre eso. Nada muy extraordinario, después de todo Morand conocía demasiado bien los gustos de Somoza por ciertas literaturas marginales como para extrañarse de su nostalgia. Sólo lo sorprendía el fanatismo de esa esperanza a la hora de las confidencias casi automáticas y en las que él se sentía como innecesario, la repetida caricia de las manos en el cuerpecito de la estatua inexpresivamente bella, los ensalmos monótonos repitiendo hasta el cansancio las mismas fórmulas de pasaje. Vista desde Morand, la obsesión de Somoza era analizable, todo arqueólogo se identifica en algún sentido con el pasado que explora y saca a luz. De ahí a creer que la intimidad con una de esas huellas podía enajenar, alterar el tiempo y el espacio, abrir una fisura por donde acceder a... Somoza no empleaba jamás ese vocabulario; lo que decía era siempre más o menos que eso, una suerte lenguaje que aludía y conjuraba desde planos irreductibles. Ya por ese entonces había empezado a trabajar torpemente en las réplicas de la estatuilla; Morand alcanzó a ver la primera antes de que Somoza se fuera de París, y escuchó con amistosa cortesía los obstinados lugares comunes sobre la reiteración de los gestos y las situaciones como vía de abolición, la seguridad de Somoza de que su obstinado acercamiento llegaría a identificarlo con la estructura inicial, en una superposición que sería más que eso porque ya no halaría dualidad sino fusión, contacto primordial (no eran sus palabras, pero de alguna manera tenía que traducirlas Morand cuando, más tarde las reconstruía para Thérése). Contacto que, como acababa de decirle Somoza, había ocurrido cuarenta y ocho horas antes, en la noche del solsticio de junio.


Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

martes, 25 de junio de 2013

Páginas ajenas: PUCK DE LA COLINA DE POOK, de Rudyard Kipling


(Fragmento)

El teatro estaba en la pradera conocida por el Gran Declive. Un pequeño canal que llevaba agua a un molino situado dos o tres campos más allá, ceñía uno de sus confines y en la mitad de la ladera había un amplio y espacioso circulo de hierba oscura que formaba el viejo escenario donde se reunían las hadas. Las orillas del canalillo molinero se cubrían con matojos espesos de sauce, de avellano y de bola de nieve y proporcionaban lugares adecuados para esperar, antes de que llegase el momento de aparecer en escena; y hasta una persona mayor que conocía los contornos, había afirmado que ni el mismo Shakespeare hubiese podido imaginar escenario más adecuado para representar su obra. Como es lógico, no se les permitía actuar la noche misma del solsticio de verano, pero sí les dejaban bajar la víspera, después del té, cuando las sombras comenzaban a caer. Llevaban consigo la cena: huevos duros, galletas Bath Oliver y un sobrecillo con sal. Las tres vacas habían sido ya ordeñadas y pastaban sin pausa, produciendo un rumor de hierba desgarrada que descendía a lo largo de la pradera; el ruido del molino sonaba como pies desnudos arrastrándose sobre una superficie endurecida y un cuclillo, posado en el portón de la valía, entonaba su cantar de junio "cu-cu-cú" mientras un martín pescador volaba desde el canal al río que corría al otro lado de la pradera. Todo lo demás se cubría de una especie de calma adormecida, espesa, con perfume a hierba seca.

La comedia discurría a la perfección. Dan recordaba todos los papeles: Puck, Bottom y las tres hadas, y Una no olvidó tampoco ni una sola palabra del de Titania, ni siquiera el difícil fragmento en el que cuenta a las hadas cómo alimentar a Bottom coz, «albaricoques, higos verdes y zarzamoras», ni los versos concluidos en «íes». Quedaron ambos tan satisfechos que repitieron la obra tres veces, de principio a fin, antes de sentarse en el Centro del círculo, limpio de matojos y de cardos, para tomar los huevos y las galletas Bath Oliver. Fue entonces cuando oyeron un silbido entre los alisos de la orilla y ambos se pusieron en pie de un salto.

La maleza se abrió. Y en el mismo lugar donde Dan había interpretado a Puck, descubrieron la presencia de un personaje menudo, de tez morena, amplias espaldas, orejas agudas, nariz achatada y ojos azules y oblicuos, que les dirigía una sonrisa que iluminaba su rostro pecoso. Se llevó una mano a la frente como si estuviese observando a Quince, Snout, Bottom y todos los demás, ensayando Piramo y Tisbe, y con voz tan profunda como la de las tres vacas cuando pedían ser ordeñadas, comenzó:

¿Qué rústicos patanes son éstos que están charlando
tan cerca del lugar donde reposa la reina de las hadas...?

Se interrumpió, ahuecó la mano sobre un oído y con un guiño travieso, siguió recitando:

¡Cómo! ¿Van a representar una comedia?
Pues asistiré como espectador.
Y aún haré de actor si se presenta el caso...


Rudyard Kipling (Británico nacido en la India; 1865-1936). Recibió el premio Nobel en 1907.

(Traducido del inglés por Jorge Ferrer-Vidal)

lunes, 24 de junio de 2013

Páginas ajenas: SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO, de William Shakespeare


Acto segundo; escena primera

(Parlamento de Titania que menciona el solsticio de verano)

Un bosque cerca de Atenas.

Titania: ¡Ésas son invenciones de los celos! Que nunca, desde los albores del solsticio, de verano, nos vemos en montaña o valle, en bosque o en pradera, junto a la abrupta fuente, en la juncosa margen del arroyo o al borde de la costa marina para danzar nuestros corros al silbido del viento, sin que vengas a turbar nuestros juegos con tus alborotos. Por eso los aires, llamándonos en vano con su música, han absorbido, como en venganza, las nieblas contagiosas del mar, las cuales, cayendo sobre los campos, han llenado de tanta soberbia a los más humildes ríos, que han rebasado sus riberas. El buey ha jadeado por ello inútilmente bajo su yugo; el labriego, perdido su sudor, y el verde grano se ha podrido antes de lograr su tierna barba. El redil permanece vacío en el campo anegado y los cuervos se ceban en los rebaños muertos. La moresca de los nueve se halla cubierta de fango, y por falta de pisadas es imposible distinguir en la bulliciosa pradera el singular laberinto. Los mortales precisan aquí su invierno. Ya no se santifican las noches con cánticos ni villancicos. Por eso la luna, soberana de las ondas, pálida en su furor, humedece de tal modo los aires, que abundan las enfermedades reumáticas y, a favor de tan mala temperatura, vemos alteradas las estaciones. La cana escarcha cae en el fresco regazo de la encarnada rosa, y sobre la corona de hielo el yerto y vetusto invierno se pone como por burla una guirnalda de olorosos capullos. La primavera, el verano, el fértil otoño, el enojado invierno, cambian sus acostumbradas libreas; y el mundo, asombrado por esta progresión, no distingue tal de cual. Y esta misma progenie de males proviene de nuestras querellas y disensiones. Nosotros somos sus padres y engendradores.
 
 
William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616)

(Traducido del inglés por Luis Astrana Marín)

Nota: Algunos traductores, como es el caso de Luis Astrana Marín, consideran más preciso para el título de la obra en español Sueño de una noche de San Juan. Sin embargo, para referirme a ella he optado por su versión literal, Sueño de una noche de verano, por ser la más conocida. Jules Etienne.

La ilustración corresponde a Titania, de John Simmons.

domingo, 23 de junio de 2013

Páginas ajenas: EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR, de Marguerite Yourcenar


FUEGOS DEL SOLSTICIO

La fiesta del solsticio de invierno es la Navidad; Pascua, en el equinoccio de la primavera, ocupa por sí sola el lugar de las otras festividades de la estación florida, como esos Mayos que las mozas y mozos de la Edad Media celebraban cabalgando por el bosque o bailando sobre la hierba, o esas Rogativas casi olvidadas hoy, ya que el hombre de nuestra época no ama lo suficiente a la tierra, ni al cielo para pedir para la primera las bendiciones del segundo. El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.
 
Y cierto es que el hombre del desierto, que se alimentaba con miel y saltamontes, el profeta abrasado por la reverberación del mediodía sobre las rocas, el predicador de palabras de fuego, podría simbolizar en Oriente la ardiente estación, e incluso el contraste refrescante del agua del Jordán haría más sensible su intensidad. Pero parece ser que el elemento de esplendor y de serena claridad, tan unidos en nuestras regiones templadas a la idea misma del solsticio de junio, se halla ausente de esta historia de ascetismo y de sangre. Otras fiestas cristianas como la de Pentecostés con sus llamas místicas, y el Corpus, con su profusión floral y rústica en torno a la custodia, son también fiestas de verano; pero jamás fueron sentidas como las fiestas del Verano. La estación que por sí misma es una fiesta no posee, para hablar con propiedad, ninguna fiesta propia.
 
Parece, sin embargo, como si en Francia nuestros farolillos y nuestros fuegos artificiales del 14 de julio, y en los Estados Unidos el derroche de cohetes y de bengalas del 4 de julio yanqui, respondiesen a la misma antigua necesidad del hombre de reproducir en la tierra el gran episodio solar, y añadir algo más, si es posible, a ese calor y a esa luz que bajan del cielo. Y no sentimos demasiado que aquellas antiguas hogueras que se escalonaban de pueblo en pueblo y de cima en cima, amenazando incendiar bosques y altas hierbas, se hayan apagado definitivamente, por muy pintorescos que fueran los brincos de los bailarines saltando en torno a las llamas o por encima de ellas. Nuestros bailes por las calles o en locales populares, que también se han pasado casi de moda, perpetuaron la tradición aunque quitándole su matiz trascendente, salvo quizás en lo referente a ciertos sorbos de patriotismo motivados únicamente, en la conciencia clara de los bailarines, por unos pocos cromos de nuestra historia. Y es posible también que el enorme y casi temible éxodo estival sea en nuestros días un rito solar que ignora su nombre.
 
Pero al pensar en una fiesta del solsticio, un extraño vértigo se apodera de nosotros, semejante al de un hombre que se mantiene en equilibrio sobre una esfera resbaladiza. Esa plena medida de luz, ese día más largo del año que en el Cabo Norte dura cerca de diez semanas, es también el momento en que reina la noche en la Antártida, iluminada tan sólo por los fuegos lejanos de los astros. Aún más, ese apogeo señala el comienzo de un descenso; los días, en lo sucesivo, se irán acortando hasta el nadir del solsticio de invierno; el invierno astronómico comienza en junio, así como el verano astronómico comienza en diciembre, cuando las horas de luz crecen imperceptiblemente de nuevo hasta llegar a la cúspide que constituye el día de San Juan. Tenemos ante nosotros tres meses de prados verdes, de flores, de cosechas, de arena caliente en las playas, de cantos en las ramas, pero el movimiento del cielo está preparando ya nuestro invierno, al igual que en pleno invierno prepara el verano. Estamos atrapados en esa doble espiral ascendente y descendente. «Detente, ¡eres tan hermoso!», podría decir Fausto al solsticio de junio. Lo diría en vano. Sólo dentro de nosotros, además sin esperarla demasiado ni creer demasiado en ella, es donde tenemos que buscar la estabilidad.

 
Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)
 
* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.
 
La ilustración corresponde a Salomé (1900), con la cabeza de San Juan Bautista, de Pierre Bonnard.

sábado, 22 de junio de 2013

Páginas ajenas: SOLSTICIO DE VERANO, de Giorgos Seferis


1

El mayor de los soles en un lado
y del otro luna nueva
lejos de la memoria como aquellos pechos.
Y en medio el abismo de la noche estrellada
el cataclismo de la vida.

Los caballos en las eras
galopan y transpiran
encima de los cuerpos esparcidos.
Allá van todos
y esta mujer
a quien miraste bella, un instante
encórvase ya no resiste más arrodillóse.
Las piedras de molino muelen todo
y todo en astros se convierte.

En vísperas del día más extenso.

2

Todos tienen visiones
por más que nadie lo confiese;
van y aseguran que andan solos.
La magna rosa,
estuvo siempre aquí
a tu costado sumergida en lo profundo del sueño
tuya y desconocida.
Pero apenas ahora que tus manos la tocaron
en sus remotos pétalos
has sentido caer la pesantez compacta del danzante
en el río del tiempo—
borbollón tremebundo.

No disipes el hálito que te acordó
este respirar.

3

Con todo en este sueño
degenera el ensueño fácilmente
en pesadilla.
Como el pez que brilló bajo la ola
y en el cieno del fondo se sumió
o bien camaleón que cambia de color.
En la ciudad vuelta prostíbulo
rufianes y cuerpos públicos
pregonan encantos podridos;
la muchacha traída por las olas
luce una piel de vaca
para que la monte el torillo;
al poeta
los chiquillos le lanzan deyecciones
mientras ve cómo sangran las estatuas.
Es preciso que salgas de este sueño;
de esta piel fustigada.

4

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos

paralizan los miembros de los hombres.
Las almas apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar
jarro de tierra cocida.

5

En narcóticas sábanas envuelto
el mundo nada tiene que ofrecer
salvo este final.
En la cálida noche la marchita
sacerdotisa de Hécate
con los pechos desnudos arriba en la terraza
implora un plenilunio de artificio, mientras
dos impúberes siervas que bostezan
revuelven filtros aromáticos
en calderos de cobre.
Hartáranse mañana los amadores de perfumes.

El fuego y los afeites de ella son iguales
a los usados por las trágicas
un yeso ya resquebrajado.

6

Por los laureles
por las blancas adelfas
por la espinosa peña
y el mar de vidrio a nuestros pies.
Recuerda la túnica que miraste
abrirse y deslizarse sobre la desnudez
y caer al redor de los tobillos
muerta—
si así cayera este sueño
entre los laureles de los muertos.

7

El álamo en el pequeño huerto
su respirar mide tus horas
noche y día;
clepsidra que los cielos llenan.
Bajo la fuerza de la luna sus hojas
arrastran en el blanco muro negras pisadas.
Hay en el borde unos cuantos pinos
y detrás mármoles y luminarias
y hombres así como son los hombres.
Pero el mirlo gorjea
cuando viene a beber
y algunas veces oyes el canto de la tórtola.

En el pequeño huerto de diez pasos de largo
puedes ver cómo cae
la luz del sol en dos claveles rojos
en un olivo y una exigua madreselva.
Admite quién eres.
El poema
no lo sumerjas en los hondos plátanos
nútrelo con la tierra y la roca que tienes.
Para mayores frutos—
los hallarás cavando en el mismo lugar.

8

El papel blanco rígido espejo
sólo devuelve lo que eres.

El papel blanco habla con tu voz,
tu propia voz
no la voz que te place;
tu música es la vida
ésta que has dilapidado.
Es posible ganarla de nuevo si lo quieres
si te cebas en esa indefinida cosa
que a regresar te impulsa
al punto de partida.

Viajaste, muchas cosas has visto muchos soles
tocaste muertos y vivos
el dolor percibiste del muchacho
y los quejidos de la mujer
el amargor del niño inmaturo—
y lo que percibiste se abate sin sostén
si en este vacío no pones tu confianza.
Tal vez encuentres allá lo que creíste perdido;
el brote de la juventud, la justa
sumersión de la vejez.

Tu vida es lo que diste
este vacío es lo que diste
papel blanco.

9

Hablabas de cosas que no veían los demás
y éstos reíanse.

Boga con todo en el umbroso río
contra la corriente;
cursa los caminos incógnitos
a ciegas, obstinado
y busca palabras enraizadas
como el olivo de múltiples nudos—
y déjalos que rían.
Aspira a que también el otro mundo
en la hodierna sofocante soledad habite
en este presente dilapidado—
déjalos.

El rocío del alba y el viento del mar
existen sin que nadie lo demande.

10

A la hora en que los sueños se vuelven verdad
al despuntar el día
vi los labios abrirse
pétalo a pétalo

En el cielo brillaba una delgada hoz.
Temí que los segara.

11

El mar que nombran la serenidad
barcos y velas blancas
brisa desde los pinos y el Monte de Egina
respiración jadeante;
resbalaba tu piel sobre la piel de ella fácil y cálida
cual incipiente pensamiento que se olvida al punto.

Pero en los médanos
un pulpo arponeado lanzó tinta
y en el fondo—
si pudieras pensar hasta donde terminan
las hermosas islas.

Mirábate con toda la luz y la tiniebla que poseo.

12

Agítase ahora la sangre
al bullir el calor
en las venas del cielo virulento.

Pretende trascolarse a través de la muerte
para encontrar la bienaventuranza.

La luz es pulsación
más y más lenta cada vez
piensas que va a detenerse.

13

Un poco más y se detiene el sol.
Los espíritus del alba
soplaron en las desecadas caracolas;
el pájaro cantó tres veces
tres veces sólo;
la lagartija en la piedra blanca
queda inmóvil
mirando la yerba requemada
allí donde se deslizó la culebra.
Un ala negra traza una profunda brecha
arriba en la cúpula del azul—
átala, que se abre.

Dolor de la resurrección.

14

Ahora,
con el plomo fundido de las adivinanzas*
el centelleo del mar estival,
la desnudez entera de la vida;
y el pasar y el parar y
el acostarse y el incorporarse
Como el pino en pleno mediodía
por la resina sojuzgado a engendrar la llama se apresura
y no soporta ya el dolor—

grítales a los niños que junten la ceniza
y la siembren.
Lo pasado pasó justificadamente.
Y aun lo que no pasó
debe quemarse
en este mediodía con el sol enclavado
en el corazón de la rosa de cien pétalos.


Giorgos Seferis (Grecia, 1900-1971) 

(Traducido del griego por Jaime García Terrés)

* Alusión a una ceremonia que, al mediodía de cada 24 de junio, tiene lugar en ciertas islas griegas. Dicha ceremonia, llamada klído-nas, se desenvuelve como sigue: Reunidas algunas muchachas, llenan una vasija de barro con el agua de un pozo, en medio del mayor silencio. Al mismo tiempo, caliéntase en otra vasija un pedazo de plomo, hasta que el plomo se funde. En seguida, se vierte el plomo derretido en el primer recipiente lleno de agua, mientras rezan determinadas oraciones. Como es natural, al enfriarse, el plomo se endurece y adopta formas caprichosas. Una de las muchachas lo toma entonces con sus manos y lo entrega a una “adivina”, para que, mediante una interpretación de esa forma, le prediga el futuro. El mismo proceso se repite en beneficio de cada una de las participantes. (Nota del traductor).

Por otra parte, Luis González de Alba señala: "Giorgos Seferis comete un error semejante en Solsticio de Verano. Dicen los dos primeros versos, en traducción de Jaime García Terrés: El mayor de los soles en un lado/ y del otro luna nueva. La luna nueva o invisible se produce cuando está del mismo lado que el Sol. Debo reconocer que dudé del traductor, pero en el original Seferis dice, en efecto, neo feggari (luna nueva)."

viernes, 21 de junio de 2013

Solsticio de verano: EL DÍA MÁS LUMINOSO


Las menciones al solsticio en la literatura, tanto en novelas y relatos como en la poesía, suelen darse de manera indistinta entre el invernal y el que corresponde al estío. Llegado el momento preciso, en diciembre, me ocuparé del primero de ellos con la amplitud que se merece, pero ahora, por tratarse de la época en que estamos al norte del planeta, me referiré únicamente al que nos concierne en el inicio del verano.

Robert Graves explicaba en Los mitos griegos que “En Atenas las muchachas salían a la luz de la luna llena en el solsticio de verano para recoger rocío —la misma costumbre sobrevivió en Inglaterra hasta el siglo pasado— para fines sagrados. El festival se llamaba las Herseforias, o «recolección de rocío».”

Resulta difícil encontrar a otro experto en el tema de los solsticios más calificado que el rumano Mircea Eliade. En Tratado de historia de las religiones establece su importancia: “Muchas hierofanías arcaicas del sol se han conservado en las tradiciones populares, integradas en mayor o menor grado en otros sistemas religiosos. Las ruedas en llamas que se hacen rodar montaña abajo en los solsticios, sobre todo en el solsticio de verano; las procesiones medievales en las que llevaban ruedas montadas en carros o en barcas, de las que se conocen antecedentes prehistóricos; la costumbre de atar hombres a las ruedas (en “la caza fantástica”, por ejemplo)…”

El propio Eliade es autor de las novelas Isabel y las aguas del diablo y La noche de San Juan, en las que el solsticio de verano se erige como un elemento dramático esencial en su estructura narrativa. Por ese motivo, antes de agotar este tema, más adelante incluiré un texto dedicado exclusivamente a comentar dicho autor.

La obra más simbólica al respecto podría ser el relato Las noches blancas, de Dostoievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en algunas regiones de Rusia, como en San Petersburgo, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que la luz brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

Es muy frecuente que se haga referencia al solsticio de verano en la noche de San Juan, aunque no coincidan sus fechas, puesto que el día más luminoso suele ser el 21 de junio, como lo establecen Jules Verne en su novela Robur, el conquistador: “Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal…” y James Joyce en el capítulo 17 –se dice que era su favorito-, de Ulises: “… durante las noches cada vez más largas que seguían gradualmente al solsticio de verano en el día siguiente más tres, a saber, el martes, 21 de junio (San Luis Gonzaga), el sol sale a las 3.33 de la mañana, se pone a las 8.29 de la tarde.”

En tanto que la noche de San Juan tiene lugar tres días después, como aclara Marguerite Yourcenar en Los fuegos del solsticio: “El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.” Por eso es que en algunas de las versiones al español del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, prefieren llamarlo Sueño de una noche de San Juan, como sería el caso de la traducción de Luis Astrana Marín.

Y a propósito de Marguerite Yourcenar, el siguiente es un párrafo de su novela Memorias de Adriano: “Días alciónicos, solsticio de mi vida… Lejos de embellecer mi dicha distante, tengo que luchar para no empalidecer su imagen; hasta su recuerdo es ya demasiado fuerte para mí.”
 
Por su parte, la costarricense Yolanda Oreamuno, autora de La ruta de su evasión, escribió: ".... fue en el solsticio de un verano...viajaban hacia la ciudad unas mujeres de largas crines, rizadas...oscuras como el azabache... con atuendos vivaces y conspicuos atributos....acarreaban gigantescos frutos....soñé que llegaban desde Canaán... pero respondieron con voces altaneras que procedían de Fanzara....la otra tierra de promisión..."
 
Para no dejar a los autores en nuestra lengua, habría que mencionar Los pasos perdidos del cubano Alejo Carpentier: “Yo había visto a las parejas ascender, en noches de solsticio, al Monte de las Brujas para encender viejos fuegos votivos, desprovistos ya de todo sentido.” El otro, menos conocido, es el uruguayo Francisco Piria, a su novela El socialismo triunfante corresponde “Nuestros años no tienen fechas: hoy estamos en el solsticio de verano."

Knut Hamsun, premio Nobel de literatura en 1920, hace una de las descripciones más logradas sin tener siquiera que mencionar la palabra solsticio en su novela Pan:

Comenzó a no haber noche, el sol apenas sumergía su disco en el mar para volver a emerger, rojo y renovado, como si se hubiera sumergido a beber. Por la noches se me ocurrían las cosas más extrañas; ningún ser humano podría creerlas. ¿Pan estaba sentado en un árbol observando mi comportamiento? ¿Tenía el estómago abierto, y estaba tan encogido que bebía de su propio estómago? Hacía todo eso sólo para espiarme, y el árbol entero temblaba con su risa callada cuando veía que mis pensamientos se desbordaban. El bosque entero estaba ajetreado: animales que husmeaban, pájaros que se llamaban los unos a los otros y cuyos reclamos llenaban el aire. Era el año del vuelo del abejorro, sus zumbidos se mezclaban con los de las mariposas nocturnas, parecían susurros, susurros que recorrían el bosque. ¡Cuántas cosas podían escucharse! No dormí en tres noches pensando en Diderik e Iselin."
 
Para Jules Verne, quien era miembro de algunas sociedades secretas, el solsticio tenía un gran valor simbólico. Por eso es frecuente que se encuentren referencias a dicho fenómeno en varias de sus novelas, además de la ya citada Robur, el conquistador, como sería el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino, París en el siglo XX o Los náufragos del Jonathan, entre otras. Pero ese es un tema que también estaré abordando en su momento.
 
Esos serían algunas autores notables. La lista podría ampliarse incluyendo a Tim Powers, escritor estadounidense considerado como el alumno más destacado de Philip K. Dick -autor del relato que dio origen a la película de culto Blade Runner-, y en La fuerza de su mirada (The Stress of Her Regard), ubica el acontecimiento en determinado momento de la narración: “Aquella noche era el solsticio de verano, y los dos se quedaron levantados hasta una hora más tardía que cualquiera de los demás ocupantes de la casa, aunque podían oír a Ed Williams hablando en voz baja en su habitación, seguramente con su esposa.”

También la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad, acontece durante la celebración del solsticio de verano. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. Y al llegar a este punto me he topado con una curiosa coincidencia, porque en la pieza escénica La señorita Julia, del dramaturgo sueco August Strindberg, la protagonista no sólo se llama igual que la adolescente de Casa de verano con piscina, sino que la acción da principio durante el mismo festejo, como queda establecido en uno de sus parlamentos: “¿Se trata quizás de algún filtro mágico que las señoras preparan en la noche de San Juan? ¿Algo con que poder leer en las estrellas propicias del nombre de nuestra prometida?”.

Y a propósito de teatro, en La noche de San Juan, obra de Lope de Vega, el personaje de Pedro asegura que: “Extrañas cosas suceden una noche de San Juan”.

Desde Cervantes en Don Quijote y Dante en la Divina Comedia hasta Henry Miller en Trópico de Capricornio, pasando por La montaña mágica, de Thomas Mann o El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, relatos de Rudyard Kipling, Hermann Hesse y Julio Cortázar, el solsticio siempre ha estado presente en la literatura, como lo podremos corroborar en los días subsecuentes.
 
Este es el archivo correspondiente al solsticio aquí en Mitos y reincidencias:
 

Jules Etienne

jueves, 20 de junio de 2013

Páginas ajenas: NOCHE DE SOLSTICIO, de Ernst Richard Stadler

"... y muchachas de pelo suave trenzado con coronas."

Febriles se agachan los arbustos
en el goteo de velos marrones y en el mecer
de mariposas nocturnas en torno a ardientes trepadoras.
Ahora atizamos en las llamas las hojas secas y amarillas

y hacemos fiesta contoneándonos en bailes perdidos
y canciones que refluyen con el tibio olor,
la huidiza ebriedad de las ascuas de estío
y muchachas de pelo suave trenzado con coronas

y reflejando palidez en el destello flotante
esparcen ardiendo la oscura adormidera y los claveles macilentos.
Y temblando sentimos cómo la noche se marchita.
Y más salvajes brillan los fuegos en la oscuridad.


Ernst María Richard Stadler (Alemania, 1883-1914)

(Traducido del alemán por Vicente Forés)

miércoles, 19 de junio de 2013

Solsticio: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes


(Fragmento del capítulo XXIX)

- Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra, que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos, clíticas, polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte dellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto y qué de imágines hemos dejado atrás y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir que te tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de papel liso y blanco.
 
Tentóse Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo:
 
- O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas leguas.
 
- Pues ¿qué? -preguntó don Quijote-, ¿has topado algo?
 
- ¡Y aun algos! -respondió Sancho.
 
Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blando entonces y suave.
 
En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban; y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:
 
- ¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.


Miguel de Cervantes (España, 1547-1616)

martes, 18 de junio de 2013

Páginas ajenas: LOS MITOS GRIEGOS, de Robert Graves

(Fragmento sobre Afrodita, diosa del solsticio de verano)

Afrodita Urania («reina de la montaña») o Ericina («del brezo») era la ninfa-diosa del solsticio de verano. Destruyó al rey sagrado, que copuló con ella en la cima de una montaña, del mismo modo en que una abeja reina destruye al zángano: arrancándole los órganos sexuales. De ahí las abejas amantes del brezo y la túnica roja en su aventura amorosa de la cima de la montaña con Anquises; y de ahí también el culto de Cibeles, la Afrodita frigia del monte Ida, como una abeja reina, y la extática auto-castración de sus sacerdotes en memoria de su amante Atis. Anquises era uno de los muchos reyes sagrados que eran heridos con un rayo ritual después de juntarse con la Diosa de la Muerte-en-Vida. En la versión más antigua del mito lo mataban, pero en las posteriores escapaba, para justificar la fábula de cómo el piadoso Eneas, quien llevó el Paladio sagrado a Roma, sacó a su padre de la Troya incendiada. Su nombre identifica a Afrodita con Isis, cuyo esposo Osiris fue castrado por Set disfrazado de oso; «Anquises» es, en efecto, sinónimo de Adonis. Tenía un santuario en Egesta, cerca del monte Erix (Dionisio de Halicarnaso I: 53) y Virgilio dijo, por lo tanto, que murió en Drépano, una ciudad vecina, y fue enterrado en la montaña (Eneida III: 710, 759). Había otros santuarios de Anquises en Arcadia y la Tróade. En el templo de Afrodita en el monte Erix se exhibía un panal de miel de oro que, según se decía, era un ex voto presentado por Dédalo cuando huyó a Sicilia.


Robert Graves (Inglaterra, 1895-1985)

La ilustración corresponde a Venus y Adonis (o Afrodita y Anquises, según la mitología griega), de Charles Joseph Napier.