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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

miércoles, 31 de julio de 2013

Páginas ajenas: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse



(Fragmento que acontece al terminar el mes de julio)

 Había llegado el último día de julio; el mes favorito de Klingsor. La gran época festiva de Li Tai Pe se había gastado, no volvería jamás; los girasoles chillaban en el jardín, dorados en el azul. Junto con el fiel Thu Fu, este día Klingsor peregrinó por un rincón que le gustaba, arrabales abrasados, calles polvorientas bajo altas arboledas, chozas pintadas de rojo y naranja en la orilla arenosa, camiones y cargadores de barcos, largos muros violeta, gente pobre y multicolor. Aquella tarde se sentó en el polvo en las afueras de un arrabal y pintó los toldos de colores y los carros de un tiovivo; estuvo sentado en cuclillas, en el bordillo de la acera, ante un campo tostado, sin árboles, y se sintió arrastrado por los fuertes colores de los toldos. Se agarró firmemente al lila desteñido de la franja de un toldo, al verde y rojo de los pesados carros vivienda, a los armazones pintados en blanco y azul. Hurgó furiosamente en el cadmio, salvajemente en el fresco y suave cobalto; trazó las rayas de color granza sobre el cielo amarillo y verde. Otra hora más, o quizá menos, y se terminaría, llegaría la noche. Y mañana ya empezaba agosto, el mes ardiente y febril que mezcla en su copa tanto temor a la muerte y tanta angustia. La guadaña estaba afilada, los días declinaban, la muerte reía escondida en el oscuro follaje. ¡Cadmio, suena y resuena fuerte! ¡Vanagloriate en voz alta, exuberante granza! ¡Ríe con fuerza, amarillo limón! ¡Vamos, montaña azul oscuro de la lejanía! ¡Junto a mi corazón, extenuados árboles gris-verde! ¡Qué cansados están, cómo dejan caer sus ramas rendidas y dóciles! ¡Y yo bebo esos fantasmas propicios, finjo duración e inmortalidad, yo, el más perecedero, el más incrédulo, el más triste, que teme más que todos los demás a la muerte! Julio se ha consumido, pronto se consumirá agosto; de repente en una mañana llena de rocío el gran espectro nos hará temblar al salir del amarillo follaje. De repente noviembre barrerá el bosque. De pronto el gran espectro reirá, de pronto se nos helará el corazón, de pronto se nos caerá de los huesos la querida carne rosada, el chacal aullará en el desierto, el ronco alimoche cantará su maléfica canción. Una maldita hoja de la gran ciudad traerá mi fotografía y debajo estará escrito: «Excelente pintor, expresionista, gran colorista, murió el día dieciséis de este mes.»

Lleno de odio, trazó un surco de azul de París entre los verdes carros de los gitanos. Lleno de rencor trazó un borde amarillo cromo sobre el recantón. Lleno de profunda desesperación puso bermellón en un punto vacío, exterminó el blanco retador, luchó por la continuación hasta sangrar; con verde claro y amarillo de Nápoles clamó al Dios inexorable. Gimiendo, arrojó más azul en el insípido verde polvo; suplicante, encendió luces interiores en el cielo vespertino. La pequeña paleta llena de colores limpios, sin mezcla, extraordinariamente luminosos, era su consuelo, su torre, su arsenal, su breviario, su cañón que dispararía después de su mala muerte. El púrpura era la negación de la muerte, el bermellón era la mofa de la putrefacción. Su arsenal era bueno, su pequeña y valiente tropa estaba reluciente, los rápidos disparos de sus cañones resonaban brillantemente. No había remedio, todo disparo era en vano, pero, sin embargo, disparar era bueno, era dicha y consuelo, era vida aún, era aún triunfo.

Thu Fu había ido a visitar a un amigo que vivía allí, entre la fábrica y el embarcadero, en su castillo encantado. Vino y trajo consigo al astrólogo armenio.

Klingsor, con el cuadro terminado, respiró profundamente cuando vio a su lado los dos rostros, el buen pelo rubio de Thu Fu, la barba negra y la boca sonriente con dientes blancos del mago. Con ellos vino también la sombra, larga y oscura, con los ojos muy retraídos en las profundas cavidades. ¡Bien venido seas tú también, sombra querida!

- ¿Sabes qué día es hoy? -preguntó Klingsor a su amigo.

- El último día de julio, ya lo sé.

- Hoy he hecho un horóscopo -dijo el armenio- y he visto que esta tarde me traerá alguna cosa. Saturno está inquietante, Marte neutral, Júpiter domina. Li Tai Pe, ¿no nació usted en julio?

- Nací el dos de julio.*

- Lo pensaba. Sus estrellas están confusas, amigo mío, sólo usted mismo puede aclararlas. Le rodea la fertilidad como una nube que está a punto de reventar. Extrañas están sus estrellas, Klingsor, usted debe notarlo.

Li recogió sus utensilios. El mundo que había pintado estaba apagado, apagado el cielo amarillo y verde, ahogada la bandera azul claro, asesinado y marchito el hermoso amarillo. Estaba hambriento y sediento, tenía la garganta llena de polvo.
 
 
Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo; 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.
 
* El propio Hermann Hesse nació un dos de julio.

 
La ilustración corresponde a una fotografía cromatizada de Hesse pintando.

martes, 30 de julio de 2013

Páginas ajenas: HOJA MARCHITA, de Hermann Hesse

 
 
Cada flor tiende a ser fruto,
cada mañana tiende a convertirse en noche,
nada hay eterno en esta tierra,
excepto el cambio o la huida.
 
También el verano más hermoso quiere
sentir alguna vez el otoño y lo marchito.
Mantente, hoja, quieta y con paciencia,
si intenta el rapto alguna vez el viento.
 
Juega tu juego sin nunca defenderte,
deja que tranquilamente ocurra,
y por el viento que te arranca
déjate soplar hasta tu casa.
 
 
Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

lunes, 29 de julio de 2013

Páginas ajenas: DRÁCULA (una lápida), de Bram Stoker

 
(Fragmento que refiere una lápida de George Canon con fecha 29 de julio)
 
Evidentemente, esto era una broma del lugar, porque el anciano rió al hablar y sus amigos le festejaron de muy buena gana.
 
- Pero -dije-, seguramente no es esto del todo correcto porque usted parte del supuesto de que toda la pobre gente, o sus espíritus, tendrán que llevar consigo sus lápidas en el Día del Juicio. ¿Cree usted que eso será realmente necesario?
 
- Bueno, ¿para qué otra cosa pueden ser esas lápidas? ¡Contésteme eso, querida!
 
- Supongo que para agradar a sus familiares.
 
- ¡Supone que para agradar a sus familiares! -sus palabras estaban impregnadas de un intenso sarcasmo-. ¿Cómo puede agradarle a sus familiares el saber que todo lo que hay escrito ahí es una mentira, y que todo el mundo, en este lugar, sabe que lo es? Señaló hacia una piedra que estaba a nuestros pies y que había sido colocada a guisa de lápida, sobre la cual descansaba la silla, cerca de la orilla del peñasco.
 
- Lean las mentiras que están sobre esa lápida -dijo.
 
Las letras quedaban de cabeza desde donde yo estaba; pero Lucy quedaba frente a ellas, de manera que se inclinó y leyó:
 
- A la sagrada memoria de George Canon, quien murió en la esperanza de una gloriosa resurrección, el 29 de julio de 1873, al caer de las rocas en Kettleness. Esta tumba fue erigida por su doliente madre para su muy amado hijo. "Era el hijo único de su madre que era viuda." A decir verdad, señor Swales, yo no veo nada de gracioso en eso -sus palabras fueron pronunciadas con suma gravedad y con cierta severidad.
 
- ¡No lo encuentra gracioso! ¡Ja! ¡Ja! Pero eso es porque no sabe que la doliente madre era una bruja que lo odiaba porque era un pillo..., un verdadero pillo...; y él la odiaba de tal manera que se suicidó para que no cobrara un seguro que ella había comprado sobre su vida. Casi se voló la tapa de los sesos con una vieja escopeta que usaban para espantar los cuervos; no la apuntó hacia los cuervos esa vez, pero hizo que cayeran sobre él otros objetos. Fue así como cayó de las rocas. Y en lo que se refiere a las esperanzas de una gloriosa resurrección, con frecuencia le oí decir, señorita, que esperaba irse al infierno porque su madre era tan piadosa que seguramente iría al cielo y él no deseaba encontrarse en el mismo lugar en que estuviera ella. Ahora, en todo caso, ¿no es eso una sarta de mentiras? -y subrayó las palabras con su bastón-. Y vaya si hará reír a Gabriel cuando Geordie suba jadeante por las rocas con su lápida equilibrada sobre la joroba, ¡y pida que sea tomada como evidencia!
 
No supe qué decir; pero Lucy cambió la conversación al decir, mientras se ponía de pie:
 
 - ¿Por qué nos habló sobre esto? Es mi asiento favorito y no puedo dejarlo, y ahora descubro que debo seguir sentándome sobre la tumba de un suicida.
 
 
Bram Stoker (Irlanda, 1847-1912) 

sábado, 27 de julio de 2013

Páginas ajenas: CAÑAVERAL, de Ángela Figuera Aymerich


Entre las cañas tendida;
sola y perdida en las cañas...
 
¿Quién me cerraba los ojos,
que, solos, se me cerraban?
 
¿Quién me sorbía en los labios
zumo de miel sin palabras?
 
¿Quién me derribó y me tuvo
sola y perdida en las cañas?
 
¿Quién me apuñaló con besos
el ave de la garganta?
 
¿Quién me estremeció los senos
con tacto de sierra y ascua?
 
¿Qué toro embistió en el ruedo
de mi cintura cerrada?
 
¿Quién me esponjó las caderas
con levadura de ansias?
 
¿Qué piedra de eternidad
me hincaron en las entrañas?
 
¿Quién me desató la sangre
que así se me derramaba?
 
... Aquella tarde de Julio,
sola y perdida en las cañas.
 
 
Ángela Figuera Aymerich (España, 1902-1984)

viernes, 26 de julio de 2013

Mitos y reincidencias llega a su tercer aniversario

 
La lectura: del caos a la sorpresa

Fue a mediados de julio de 2010 que emprendí la aventura de Mitos y reincidencias con la intención de compartir algunos de mis poemas, párrafos de mis novelas y otros textos que fueran surgiendo de manera arbitraria. Sin embargo, a final de cuentas acabó por imponerse mi oficio de lector, más que el de escritor, para determinar los contenidos del blog. Después de todo, decía Borges con certeza: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído."
 
Apenas hace un par de noches que me invitaron a participar como jurado de un concurso de poesía en un evento organizado por un grupo hispano muy activo aquí en Vancouver: el Proyecto Cultural Sur. Tuve la oportunidad de compartir mesa y varias horas de conversación con Tito Alvarado, un poeta chileno que preside el organismo, quien para el efecto se trasladó desde Montreal acompañado por Raquel, su esposa. Entre los temas de conversación surgió el de la enseñanza de la literatura. Les comentaba que durante mi juventud -de manera inevitable cada vez más lejana-, hubo una época en la que me dediqué a la docencia en mi Tampico natal, tuve la oportunidad de experimentar lo que he bautizado como cronología retroactiva. Es decir, en sentido contrario a las manecillas del reloj, a partir de la lectura de un determinado autor o de algún texto contemporáneo en particular, emprender la búsqueda de las diferentes influencias sobre su escritura para, de esa manera, procurar establecer una identificación paulatina de las obras más antiguas que le precedieron. Raquel se quejaba de que durante su adolescencia tuvo un maestro de literatura que dedicó el curso entero a un análisis prolijo hasta el exceso de Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Obsta señalar que a la fecha no quiere volver a saber del jumento, a despecho del premio Nobel de su autor. Por su parte, Tito advirtió que el proceso podría resultar un tanto caótico y por supuesto que tiene razón. Aunque reconozco que tal vez sea precisamente ese caos y el riesgo implícito de la sorpresa uno de los factores que me parecen más estimulantes.

Si bien se trata de una propuesta heterodoxa, creo que posee la virtud de promover el gusto por la lectura más que su conocimiento rígido. Me parece de mayor importancia obtener al final del curso un puñado de lectores entusiastas, por encima de la información general forzada que de cualquier modo perderán apenas se sientan seguros al haber aprobado la materia. Tal y como suele suceder a todos los estudiantes con las materias que no les son afines. La diferencia estriba en que la lectura no sólo es una espléndida compañera a lo largo de la vida, sino que además de estimular la imaginación nos proporciona cultura general y las herramientas básicas del pensamiento crítico, con sus respectivas consecuencias inherentes en el plano social.

Como desde hace tiempo que no ejerzo la docencia -con excepción de mi labor como responsable de un taller de creación literaria con este mismo grupo al que me he referido-, me quedé reflexionando en la imposibilidad de llevar a la práctica el plan que he narrado. Sin embargo, de pronto caigo en la cuenta de que en buena medida esa ha sido la dinámica para elegir los temas de los que me ocupo en Mitos y reincidencias. Por ejemplo, con motivo de la pascua -Easter Monday en inglés-, escribí algo referente a los conejos en la literatura, comenzando, por supuesto, con el de Alicia en el país de las maravillas, para continuar con autores de otras épocas y en diferentes lenguas hasta llegar a Roger Rabbit, más famoso por la película que por la novela que le concibió. Después, la mitad del mes de junio y buena parte de julio, la dediqué al tema del solsticio de verano, sin ningún rigor académico o cronológico, creo que ese sería el mismo principio que intentaba explicar durante la citada conversación con Tito Alvarado y Raquel Catalán, y ahora me ha servido de pretexto para esta ocasión.
 
Ignoro cuál será la opinión de los lectores de este rincón del ciberespacio y me gustaría mucho conocerla. Por lo pronto, después tres años, casi seiscientos textos -sumados los de mi autoría y los que denomino bajo el rubro de "páginas ajenas"- y, sobre todo, más de cien mil visitantes, esa será la brújula que oriente el viaje de este sitio día con día. Muchas gracias a todos aquellos que se detienen a leernos, resulta muy gratificante suponer que habrán encontrado algo de interés. Ahora sólo falta por ver si el próximo julio de 2014 alcanzaremos un cuarto aniversario.


Jules Etienne
 
Para corroborar lo comentado, sugiero la visita a las etiquetas de Solsticio y Conejos:

jueves, 25 de julio de 2013

Páginas ajenas: EL SEXO, de Vicente Aleixandre


I 

¡Pendiente de ese tronco
el fruto consta en vida.
Su materia consiente
una verdad durable.
En la sombra él madura,
si por siglos, finito,
y no cae sino cuando
el árbol rueda en tierra.
Fruto de carne o masa
de vida congruente,
pálido en su corteza,
nudosa nuez compacta.
La sangre rueda y pasa,
y ardiente sigue y vase,
mientras el viento pone
la vida en llamas y arde
doble tiniebla absorta.
Eje del sol que un rayo
descargará sin duelo
y estallará en la liza
dentro en la sombra exacta.
Oh, conjunción del fuego
con su materia idónea.
Fuego del sol, o fruto
que al estallar se siembra.
 
 
Vicente Aleixandre (España, 1898-1984) Obtuvo el premio Nobel en 1977.

miércoles, 24 de julio de 2013

Otros poetas del solsticio

 
 
Como si lo que ya hemos leído sobre el solsticio de verano después de poco más de un mes no fuera suficiente, ahora pretendo reunir en este breve texto algunos otros poemas que abordan el tema, ya sea de manera evidente desde su título o sólo haciendo mención en el cuerpo de los mismos. Aquí tenemos la primera muestra, Solsticio de verano, cuyo autor es el primer premio Nobel de literatura nacido en el Caribe, Derek Walcott:

Sastres luctuosos de Belmont escrutan inclinados sobre
máquinas antiguas
donde cosen a junio y julio sin sutura.
El solsticio de verano, en tanto que uno aguarda sus
relámpagos,
el centinela armado
aguarda con el sopor el estallido de un fusil.
 
Para más adelante insistir en el clima tórrido de la época del año a la que se está refiriendo:
 
El mar en el solsticio de verano, la carretera ardiente, esta hierba,
estas cabañas que me formaron,
la selva y el azadón vislumbrados a la orilla del camino, en el margen del arte;
las alimañas zumban en el bosque sagrado,
nada le puede exterminar, se encuentra en la sangre;
sus bocas rosáceas, de querubines cantan la ciencia lenta
de morir -cabezas con un ala diáfana como gasa en el oído.
 
Ramón López Velarde, en Idolatría, con la ingeniosa audacia de su rima, implica ambos solsticios:
 
Idolatría
de los dos pies lunares y solares
que lunáticos fingen el creciente
en la mezquita azul de los Omares
y cuando van de oro son un baño
para la tierra y son preclaramente
los dos solsticios de un único año.
 
El rumano Paul Celan (cuyo verdadero apellido era Ancel pero con sus mismas letras formó el anagrama con el que se le conoce), escribió la totalidad de su obra en alemán y en su poemario La arena de las urnas incluye Canto de solsticio. Aunque las referencias al mismo no son claras -su poesía nunca lo es-, tal vez esa fuese la intención en este párrafo:
 
¡Cuán negro lo dejas estar en el valle! ¡Y arriba brilla y chispea!
Tú haces como si hubiera un segundo que fuera a soportar
la carga de roca de tu tiempo, para que tú a otros más fácil entregues el toque
de horas sin hora, el viento radiante del milenio...
 

En cambio, el propio Celan se percibe más directo en las primeras líneas de ¿Quién pagó la ronda?:
 
Hacía un tiempo claro, bebimos 
y berreamos la saloma de la ceniza
en honor de la gran avería del solsticio.
 
De la poeta española Victoria Atencia es esta lograda estrofa que también alude al solsticio de verano:
 
Junio, jacaranda azul que ya me dejas,
llévame de la mano al fuego del solsticio
con candelas que salten mientras se extiende el trébol
y me persuade un mar que belleza asegura.
 
La inevitable transformación de la primavera en verano motiva al catalán Pere Gimferrer:
 
El estío ha expulsado a este cadáver
yerto de la primavera. Y ahora el ojo
no captará las tenebrosas olas,
lienzo de resplandor lívido.
 
Voy a concluir con un párrafo de Rudyard Kipling, aun cuando no se trata de un poema sino de su relato Los constructores del puente, la descripción encierra, sin duda, un gran lirismo: "Tras la primera embestida corriente abajo, ya no hubo más murallas de agua, sino que el río se elevó de una manera corpórea, como una serpiente cuando bebe en el solsticio de verano..."
 
Como suele decir la sabiduría popular: "Ni son todos los que están ni están todos los que son", pero luego de haber incluido poemas en lengua española de Octavio Paz, Gabriela Mistral, Antonio Machado, Vicente Huidobro, Marco Antonio Montes de Oca, Tomás Segovia, Sergio Mondragón y un clásico como Lope de Vega, de los griegos Giorgos Seferis y Odysseas Elitis, Ernst Richard Stadler, fragmentos de El cementerio marino de Paul Valéry, la Divina comedia de Dante, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes o del Sueño de una noche de verano de Shakespeare, me parece que los fuegos del solsticio a los que se refiere Marguerite Yourcenar, ya han ardido lo suficiente aquí en Mitos y reincidencias.
 
 
Jules Etienne
 
La traducción al español del poema de Derek Walcott es de Roberto Diego Ortega, las de Paul Celan son de José Luis Reina Palazón.

martes, 23 de julio de 2013

FULGOR (del poemario Mitología del Olvido)


Día festivo en el santoral del fuego
esculpido con su brillo en el aire
ilumina la entraña de la oscuridad.
Antorcha que arde entre olas
fuga y contrafuga de la marea
armonía luminosa en clave de sol.

Breve digresión nocturna
en la remota curva del crepúsculo:
porque el silencio es ciego
dormita bajo el mar de los reflejos.
Ninguna sombra es capaz de contemplarse
en el espejo del solsticio.
 
 
Jules Etienne
 
Junio 2013.
 
La ilustración corresponde a Fire Splash, del fotógrafo Rob Leslie,
fue tomada en White Rock, provincia de la Columbia Británica, Canadá.

lunes, 22 de julio de 2013

Mircea Eliade: PROFETA DEL SOLSTICIO


La verdadera dimensión de la figura del rumano Mircea Eliade quedará para siempre condicionada a aquello que su paisano Emile Cioran se refirió como la maldición de los pueblos que se expresan en una lengua provinciana –tal sería el caso de la rumana-, que los condena al anonimato.

Los rumanos vienen siendo los latinos olvidados. Las alusiones cotidianas a las lenguas romances suelen limitarse al francés, italiano, español o portugués, y por lo general se ignora al rumano. Por eso un poeta de la talla de Mihail Eminescu sigue siendo tan desairado. Si hubiese escrito en cualquiera de las lenguas citadas, su lugar en la historia de la literatura tendría, sin duda, mayor preponderancia. A eso también se debe que Lucian Blaga y Mircea Eliade, sean mucho menos conocidos de lo que su obra se merece.*

Mircea Eliade, autor prolífico experto en la historia de las religiones, de formación cosmopolita vagó por el mundo, haciendo escalas en Italia y la India durante su juventud, para después desempeñar cargos diplomáticos en Inglaterra y Lisboa. Al finalizar la segunda guerra se dedicó a la docencia y se trasladó a Francia, donde residió hasta 1957. Finalmente decidió radicar en los Estados Unidos, como catedrático en la universidad de Chicago, lugar en el que permaneció hasta su muerte, en abril de 1986. Además de su rumano natal hablaba otros siete idiomas: francés, inglés, italiano, alemán y lenguas antiguas como el hebreo, persa y sánscrito.

La versión francesa del segundo tomo de sus Memorias, publicada en 1988, lleva el título de Cosecha del solsticio. Debido a la importancia simbólica que tiene el solsticio en diferentes religiones, éste mantiene un sitio preponderante en la obra de Eliade. Por ejemplo, en el ensayo Lo sagrado y lo profano se refiere a su influencia en algunas culturas milenarias:

La capital del Soberano chino se encuentra en el Centro del Mundo: el día del solsticio de verano, a mediodía, la varilla del reloj de sol no debe proyectar sombra. Asombra reencontrar el mismo simbolismo aplicado al Templo de Jerusalén: la roca sobre la que se había edificado era el «ombligo de la Tierra».El peregrino islandés Nicolás de Therva, que visitó Jerusalén el siglo XII, escribe del Santo Sepulcro: «Es allí donde se encuentra el centro del mundo; el día del solsticio de verano cae allí la luz del Sol perpendicularmente desde el Cielo».

En su Historia de las creencias y de las ideas religiosas señala diferentes dioses y religiones cuyo principal festejo tiene lugar durante el solsticio de verano: "Parece que en el panteón de los baltos ocupaba un puesto importante la diosa del sol, Saule (cuya semejanza con la védica Sürya fue advertida hace tiempo). Se concibe a la vez como madre y como doncella. Saule posee también su montaña celeste, cerca de la que habita Dievs. Muchas veces estas dos divinidades luchan una contra otra; el combate dura tres días. Saule bendice la gleba, ayuda a los que sufren y castiga a los pecadores. Su fiesta más importante se celebra en el solsticio de verano." Respecto a los pueblos eslavos del Báltico: "Su fiesta principal, Kupala (de kupati, «bañarse»), tenía lugar durante el solsticio de verano y comprendía el encendido ritual de los hogares y un baño colectivo. Se confeccionaba con paja un ídolo, kupala, vestido de mujer y luego era colocado bajo el tronco de un árbol cortado, despojado de sus ramas e hincado en tierra."

Por su parte, El mito del eterno retorno explica la doctrina caldea del llamado Año Magno: "En ella se considera el Universo como eterno, pero es aniquilado y reconstruido periódicamente cada “Año Magno” (el correspondiente número de milenios varía de una a otra escuela); cuando los siete planetas se reúnen en el signo de Cáncer (“Invierno Grande”) se producirá un diluvio; cuando se encuentren en el signo de Capricornio (es decir, en el solsticio de verano del “Año Magno”) el Universo entero será consumido por el fuego."

En las páginas de su diario, el 21 de junio de 1949, escribió: “El solsticio de verano y la noche de San Juan conservan para mí todo su encanto y todo su prestigio. Pasa algo –y ese día no sólo me parece el más largo sino pura y simplemente otro que el de ayer y el de mañana.” Unos días después, el 5 de julio, agregaba: “De pronto, recuerdo que hace ahora exactamente veinte años, durante las terribles canículas de Calcuta, esribía el capítulo El sueño de una noche de verano, de Isabel y las aguas del diablo. El mismo sueño del solsticio de verano, con otra estructura y desarrollada a otros niveles, se encuentra en el centro de La noche de San Juan. ¿Será sólo una coincidencia? El mito y el símbolo del solsticio me obsesionan desde hace muchos años. Sin embargo, se me había olvidado que me perseguía desde Isabel…”

De manera que se advierte tal empeño en su novela La noche de San Juan (Noaptea de Sânziene), cuya traducción literal sería La noche de las hadas, en voz de Stefam Viziru, su protagonista: “- No sé como explicártelo –continuó Stefan-. Parece que todo viene de la noche de verano de hace nueve años, de la noche de San Juan de 1936. Es absurdo, pero tengo a veces la impresión de que fue entonces cuando me extravié y, a partir de entonces, ya no he vuelto a vivir mi vida.” El propio personaje prosigue con su relato: “Estaba aferrado al deseo de otra vez los lugares en donde pasé mi niñez en Baneasa. Debo decirte que nunca antes me había sentido tentado a dejar el Ministerio para irme a caminar por el bosque. Esto sólo me ha sucedido una vez –en la noche de San Juan en 1936-. Y entonces, en el bosque, conocí a Ileana. Es como si ella me hubiera atraído allí o quizá fuera yo quien la hubiera atraído a ella. ¿Qué le hizo a una muchacha joven y guapa ir a pasearse tan lejos, sola, en el bosque de Baneasa?"

Entre las costumbres rumanas la tradición de celebrar la Sanziene tiene más de cinco mil años de antigüedad, al tratarse del último día en que el sol brilla a plenitud, pues a partir de entonces irá perdiendo gradualmente su luz y las noches se tornarán cada vez más largas hasta la llegada del invierno. Como las Sanziene son guardianas de la fertilidad, protegen a los cultivos y las mujeres vírgenes. Se decía que cantaban y bailaban volando desnudas por el aire. Por eso todavía en la actualidad en esa fecha niñas y jóvenes van recogiendo flores, sanziene, para hacer coronas con las que adornan su cabellera. Se supone que esas guirnaldas conservan poderes curativos y ayudan a aquellas que desean embarazarse. Cuando las jóvenes, ataviadas con trajes típicos, se encuentran realizando su labor, no deben ser vistas por los hombres.

Unas décadas más tarde, en la extensa entrevista que Eliade concedió a Claude-Henri Roquet y que se publicaría bajo el título de La prueba del laberinto, sobre este mismo tema precisó: “No me interesaba únicamente el simbolismo religioso del solsticio, sino las imágenes y los temas del floklore rumano y europeo. En esa noche se entrabre el cielo, puede verse el más allá y un hombre puede desaparecer… Si alguien tiene esa visión milagrosa sale del tiempo, sale del espacio. Vive un instante que dura una eternidad… Sin embargo, no era la significación de ese simbolismo lo que me obsesionaba, sino la noche misma, esa noche que ya estaba allí.”

Retomando el contexto de la novela, este pensamiento se advierte en el siguiente diálogo entre la pareja protagónica:

Toda clase de milagros se pueden producir”, asegura Stefan, y más adelante señala que “es menester que alguien te enseñe como mirarlos, para saber que son milagros. De otra manera, ni siquiera los ves.” Desconcertada, Ileana se cuestiona: “Dicen que esta noche, exactamente a media noche, se abren los cielos, como que no entiendo”, y admite que “probablemente sólo se abren para aquellos que saben mirarlos.”

Es difícil encontrar otro autor que haya estudiado mejor los solsticios que Mircea Eliade, además de que se erigen en materia esencial de su obra narrativa.


Jules Etienne

* A diferencia del propio Emil Cioran, otros autores rumanos como Eugéne Ionesco (Ionescu) y Tristan Tzara (Samy Rosenstock), se nacionalizaron franceses y escribieron en ese idioma, en tanto que Paul Celan (su apellido era un anagrama del original Ancel), también radicado en París, escribía en alemán. Sus obras alcanzaron mayor difusión que las de sus paisanos que se expresan en rumano, su lengua madre.

domingo, 21 de julio de 2013

Páginas ajenas: BLANCO, de Octavio Paz


(Fragmento que menciona "el eje de los solsticios")

caes de tu cuerpo a tu sombra no allá sino en mis ojos
en un caer inmóvil de cascada cielo y suelo se juntan
caes de tu sombra a tu nombre intocable horizonte
te precipitas en tus semejanzas yo soy tu lejanía
caes de tu nombre a tu cuerpo el más allá de la mirada
en un presente que no acaba las imaginaciones de la arena
caes en tu comienzo las disipadas fábulas del viento
derramada en mi cuerpo yo soy la estela de tus erosiones
tú te repartes como el lenguaje espacio dios descuartizado
tú me repartes en tus partes altar el pensamiento y el cuchillo
vientre teatro de la sangre eje de los solsticios
yedra arbórea lengua tizón de frescura el firmamento es macho y hembra
temblor de tierra de tu grupa testigos los testículos solares
lluvia de tus talones en mi espalda falo el pensar y vulva la palabra
ojo jaguar en espesura de pestañas espacio es cuerpo signo pensamiento
la hendidura encarnada en la maleza siempre dos sílabas enamoradas
los labios negros de la profetisa Adivinanza
entera en cada parte te repartes las espirales transfiguraciones
tu cuerpo son los cuerpos del instante es cuerpo el tiempo el mundo
visto tocado desvanecido pensamiento sin cuerpo el cuerpo imaginario

contemplada por mis oídos    Horizonte de música tendida
olida por mis ojos                   Puente colgante del color al aroma
acariciada por mi olfato          Olor desnudez en las manos del aire
oída por mi lengua                 Cántico de los sabores
comida por mi tacto               Festín de niebla
habitar tu nombre                  Despoblar tu cuerpo
caer en tu grito contigo         Casa del viento
 
La irrealidad de lo mirado
Da realidad a la mirada


Octavio Paz (México, 1914-1998)

La ilustración corresponde a la fotografía Mujer al viento (2006), de Alex Krivstov. 

sábado, 20 de julio de 2013

Páginas ajenas: TRÓPICO DE CAPRICORNIO, de Henry Miller


(Fragmento que alude al solsticio)

Vivíamos pegados al techo, y el tufo caliente y repugnante de la vida diaria ascendía y nos sofocaba. Vivíamos con el calor del mármol, y el ardor ascendente de la carne humana caldeaba los anillos como de serpiente en que estábamos encerrados. Vivíamos cautivados por las profundidades más hondas, con la piel ahumada hasta alcanzar el color de un habano gris por las emanaciones de la pasión mundana. Como dos cabezas llevadas en las picas de nuestros verdugos, girábamos lenta y fijamente sobre las cabezas de hombros de abajo. ¿Qué era la vida en la tierra sólida para nosotros que estábamos decapitados y unidos para siempre por los genitales? Éramos las serpientes gemelas del Paraíso, lúcidas en celo y frías como el propio caos. La vida era un joder perpetuo y negro en torno a un poste fijo de insomnio. La vida era escorpión en conjunción con Marte, en conjunción con Mercurio, en conjunción con Venus, en conjunción con Saturno, en conjunción con Plutón, en conjunción con Urano, en conjunción con el mercurio, el láudano, el radio, el bismuto. La gran conjunción se producía todos los sábados por la noche, Leo fornicando con el Dragón en la casa de los hermanos. El gran malheur era un rayo de sol que se filtraba por las cortinas. La maldición era Júpiter, que podía fulgurar con mirada benévola.

La razón por la que es difícil contarlo es porque recuerdo demasiado. Recuerdo todo, pero como un muñeco sentado en las rodillas de un ventrílocuo. Me parece que durante el largo e ininterrumpido solsticio conyugal estuve sentado en su regazo (incluso cuando ella estaba de pie) y recité el parlamento que ella me había enseñado. Me parece que debió de ordenar al fontanero jefe de Dios que mantuviera brillando la negra estrella a través del agujero en el techo, debió de mandarle que derramase una noche perpetua y, con ella, todos los tormentos reptantes que van y vienen silenciosamente en la oscuridad, de modo que la mente se convierte en un punzón que gira y horada frenéticamente la negra nada. ¿Imaginé simplemente que ella hablaba sin cesar, o es que me había convertido en un muñeco tan maravillosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios? Los labios estaban entreabiertos, suavizados con una espesa pasta de sangre oscura: los veía abrirse y cerrarse con suma fascinación, tanto si silbaban con odio viperino como si arrullaban como una tórtola. Siempre estaban en primer plano, como en los anuncios de las películas, por lo que ya conocía cada grieta, cada poro, y, cuando empezaba la salivación histérica, veía espumear la saliva como si estuviera sentado en una mecedora bajo las cataratas del Niágara. Aprendí lo que debía hacer exactamente como si fuera parte de su organismo; era mejor que un muñeco de ventrílocuo porque podía actuar sin que tirasen de mí violentamente por medio de hilos. De vez en cuando improvisaba, lo que a veces le agradaba enormemente; desde luego, hacía como que no notaba las interrupciones, pero yo siempre sabía cuándo le gustaba por la forma como se pavoneaba. Tenía el don de la transformación; era casi tan rápida y sutil como el propio diablo. Después de la de pantera y la de jaguar, la transformación que mejor se le daba era la de ave: la de garza salvaje, la de ibis, la de flamenco, la de cisne en celo.Tenía una forma de bajar en picado de repente, como si hubiera avistado un cadáver maduro, lanzándose derecha a las entrañas, arrojándose de inmediato sobre los bocados preferidos —el corazón, el hígado, o los ovarios— y remontando el vuelo de nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Si alguien la descubría, se quedaba quieta como una piedra en la base de un árbol, con los ojos no del todo cerrados pero inmóviles con esa mirada fija del basilisco. Si la aguijoneaban un poco, se convertía en una rosa, una rosa intensamente negra con los pétalos más sedosos y de una fragancia irresistible.


Henry Miller (EUA, 1891-1980)

(Traducido al español por Carlos Manzano)

viernes, 19 de julio de 2013

Solsticio: PASTOR DE PAJA, de Marco Antonio Montes de Oca


 
CRUZ DE PAJA Y TRAPO:
Cuida mi rebaño de unicornios.
El cuerno que florece
en la explanada enrarecida
donde pensamiento y aventura
inauguran el baile:
son la pareja real,
orden y danza consumados
en el solsticio de las encarnaciones,
pureza de lo breve,
intensa pirámide
cuyos bloques son acuarios.

Oh, pastor de paja
que no te entregas
ni a la historia ni al instante:
un violín recorre
las crines tensas del pegaso,
su melodía, humo blanco
de un colmado vaso,
en muda luz se muda
emboscándose en la brisa.

Protege mi pecho
bajo un collar de enigmas,
protege al hombre acurrucado
en un rincón de su propia desmesura,
pues adentro de las cosas
el infierno duerme
y no acaba nunca
su estertor taimado.

Cuida la cosecha,
mis dedos elevándose
por el reverso de otros dedos,
el cojín que grita
lleno de hojas doradas.

Cuídame de la muerte
que no me perdona ni me toma.


Marco Antonio Montes de Oca (México, 1932-2009)

jueves, 18 de julio de 2013

Páginas ajenas: LA MONTAÑA, de Hermann Hesse

"... con los restos de nieve reían los ojos datos de las flores de verano con colores azules y amarillos..."
 
 Todo transcurre, y todo lo nuevo envejece alguna vez. Mucho tiempo pasó desde aquella feria, y más de uno de los que entonces se enriquecieron, había vuelto a ser pobre. La muchacha de los largos cabellos de oro rojo estaba casada desde bastante tiempo atrás y ya tenía hijos que frecuentaban las ferias de la ciudad en las postrimerías de cada verano. La muchacha de los ágiles pies de bailarina era ahora la esposa de un maestro artesano de la ciudad. Aún sabía bailar magníficamente, mejor que muchas jóvenes; tenía tanto dinero como su marido había deseado en otro tiempo, y, según las perspectivas, a la alegre pareja el dinero le duraría toda la vida. La tercera muchacha, la de las manos lindas, era la que más pensaba en el hombre extraño de la barraca de los espejos. Ella no se había casado, es cierto, y tampoco se había enriquecido, pero conservaba sus manos delicadas que la privaron, por causa de su misma delicadeza, de volver a las tareas campesinas. En cambio, cuidaba a los niños de su aldea cuando era necesario, y les relataba cuentos de hadas e historias. Precisamente, por su intermedio, los niños habían conocido la historia de la fantástica feria, de los pobres que se habían enriquecido y de la transformación del país de Faldum en una montaña. Cuando refería aquellos sucesos, se miraba sonriente sus esbeltas manos de princesa, y podía creerse, dadas su emoción y ternura, que nadie había conseguido, excepto ella, una fortuna más radiante junto a los espejos, no obstante haberse quedado soltera y pobre y tener que dedicarse a contar sus bellas historias a niños ajenos.

Los que fueron jóvenes en aquellos tiempos, eran ahora viejos, y los viejos de entonces habían fallecido. Inmutable y sin edad se elevaba solamente la montaña; y cuando la nieve sobre su cumbre enceguecía a través de las nubes, parecía sonreír y estar contenta de no ser más un hombre, de no tener que contar más el tiempo de acuerdo con la medida humana. En lo alto, por encima de la ciudad y la campiña, brillaban las peñas de la montaña; su sombra poderosa se trasladaba cada día sobre el país; sus arroyos y torrentes anunciaban abajo, en e Rano, la llegada y el término de las estaciones del año; la montaña se había convertido en el sostén y padre de todas las cosas. Crecían sobre ella bosques y praderas con hierba ondulante y flores; las fuentes brotaban de ella, y también la nieve, el hielo y las piedras; de estas últimas brotaba un musgo colorido y junto a sus arroyos surgían nomeolvides. En sus entrañas había cuevas, por las que el agua goteaba como hebras de plata, año tras año y de piedra en piedra con una música inmutable; y en sus abismos había cámaras secretas donde con paciencia milenaria se iban formando cristales. En la cumbre de la montaña jamás había estado hombre alguno. Pero muchos pretendían saber que arriba de todo había un pequeño lago redondo, en el que nunca se había reflejado otra cosa que el sol, la luna, las nubes y los astros. Ningún hombre ni animal se había asomado a aquella taza que la montaña ofrecía al cielo, porque ni las águilas volaban tan alto.

Los habitantes de Faldum vivían contentos en la ciudad y en los numerosos valles; bautizaban a sus hijos, se dedicaban al comercio y a la industria. y unos sepultaban a los otros. Y todo lo que pasaba de generación en generación y que sobrevivía, era su conocimiento y sus sueños acerca de la montaña. Pastores y cazadores de gamuzas, los que recogían el heno en las laderas de la montaña y los buscadores de flores, vaqueros y viajeros incrementaban el tesoro de esa tradición, y tanto los poetas líricos como los narradores se encargaban de transmitirlo. Ellos sabían de cavernas oscuras e interminables, de, cascadas sombrías en abismos escondidos, de glaciares profundamente hendidos y también aprendían a conocer los cursos de los aludes y los cambios meteorológicos. Y lo que llegaba a la campiña en lo concerniente al calor y al frío, al agua o al crecimiento, al tiempo bueno o malo y a los vientos, todo esto provenía de la montaña.

De los tiempos primitivos ya nadie sabía nada. Es cierto que existía la hermosa leyenda de la feria maravillosa en la que todas las almas de Faldum pudieron formular su deseo. Pero el que la montaña también hubiese surgido ese día, eso no quería creerlo nadie. La montaña, se daba por cierto, estaba en su sitio desde el origen de las cosas y allí seguiría por toda la eternidad. La montaña era la patria, era Faldum. Pero la historia de las tres muchachas y la del violinista eran escuchadas con placer. Y siempre se hallaba, aquí o allá, a un muchacho que se abstraía profundamente tocando el violín a puertas cerradas, soñando con disiparse tras la creación de su melodía más bella, para luego volar hacia el cielo como el celestial violinista del cuento.

La montaña continuaba viviendo serenamente en su grandeza. Todos los días veía salir del océano al lejano y rojo sol y presenciaba su paseo circular en torno de su apogeo, del este hacia el oeste, y todas las noches contemplaba el mismo tranquilo camino de las estrellas. Cada año el invierno la cubría con una profunda capa de nieve e hielo; y cada año, en el momento indicado, los aludes buscaban su ruta, y lindando con los restos de nieve reían los ojos datos de las flores de verano con colores azules y amarillos, y los arroyos saltaban rebosantes, y los lagos ofrecían un cálido azul a la luz del día. En abismos invisibles tronaban sordamente las aguas perdidas; el lago en la cima, redondo y pequeño, yacía cubierto de hielo compacto y aguardaba todo el año para --en el breve plazo de la culminación del estío-, abrir su ojo límpido y reflejar el sol durante unos pocos días y las estrellas durante unas pocas noches. En cavernas tenebrosas se detenían las aguas; las rocas resonaban con un gotear continuo; y en gargantas escondidas crecían con exactitud los cristales en busca de su perfección.

Al pie de la montaña, y algo más alto que la ciudad, se extendía un valle, por donde discurría un arroyo ancho de claros reflejos, entre chopos y sauces. Allí se dirigían los jóvenes enamorados y aprendían de la montaña y de los árboles las maravillas de las estaciones. En otro valle se ejercitaban los hombres con sus armas y caballos. Y en la más elevada cima de un peñasco cortado a pique ardía una hoguera imponente la primera noche de verano de cada año.

Transcurrió el tiempo y la montaña proseguía amparando el valle del amor y el campo de maniobras; ofrecía espacio a pastores y a leñadores, a cazadores y balseros; proporcionaba piedras para la construcción y el hierro para las fundiciones. Indiferente, contemplaba y toleraba el primer fuego de verano sobre su cúspide; lo vio cien veces y luego centenares de veces más. Vio cómo la ciudad se extendía allí abajo con sus pequeños brazos truncados y cómo crecía más allá de las viejas murallas. Vio a los cazadores olvidarse de sus ballestas y disparar con armas de fuego. Los siglos le pasaban volando como si fueran las estaciones del año, y los años como horas.

No le preocupó que durante el curso de los años, en una ocasión, dejase de brillar el rojo fuego del solsticio sobre la plana superficie del peñasco, allá en la cumbre. Tampoco le causó preocupación que en el extenso correr de los tiempos el valle de los ejercicios militares quedara abandonado y que en el campo de maniobras crecieran llantenes y cardos. Y no se opuso a que una vez, en el largo decurso de los siglos, un hundimiento alterara su forma, ni que bajo las rocas desprendidas media ciudad de Faldum quedara reducida a escombros. Apenas si miró hacia abajo, y no percibió que la arruinada ciudad no volvió a ser reconstruida.
 
Nada de aquello llegó a preocuparle. Pero otras cosas sí comenzaron a darle cuidado. Los tiempos pasaban volando, y la montaña se había puesto vieja. Cuando veía salir el sol, hacer su carrera y desaparecer, ya no era como antes; y cuando las estrellas se reflejaban en el descolorido glaciar, ya no se sentía semejante a ellas. Las estrellas y el sol dejaron de ser ahora importantes en su vida. Ahora lo importante era lo que le acontecía a ella misma, lo que pasaba en su interior. Pues experimentaba cómo en lo más hondo, dentro de sus peñas y oquedades, iba trabajando una mano desconocida, cómo se iba desmoronando su fuerte sustancia pétrea primitiva y se descomponía en depósitos de pizarra, cómo los arroyos y cascadas se devoraban con un impulso cada vez mayor. Habían desaparecido glaciares y nacido lagos; hubo bosques que se transformaron en pedregales y praderas en negros pantanos; corrían hacia el infinito en forma de puntiagudas lenguas los yermos cordones de morenas y las estrías de cantos rodados, extendiéndose por el país, el cual, en sus partes inferiores, también había experimentado extraños cambios, pues se había vuelto singularmente pedregoso, estaba calcinado v envuelto en silencio. La montaña se recluía más y más en sí misma. Advertía bien que ni el sol ni los astros eran ya sus semejantes. Sus semejantes eran el viento y la nieve, el agua y el hielo. Su semejante era lo que parece eterno y, no obstante, desaparece lentamente, hasta irse extinguiendo de a poco.

Mientras tanto, guiaba más fervorosamente sus arroyos hacia el valle; hacía rodar con mayor solicitud sus aludes; ofrecía con más ternura sus praderas de flores al sol. Y le sucedió que en su avanzada vejez recordase nuevamente a los hombres. No es que hubiese considerado a los hombres como sus semejantes, pero comenzó a buscarlos con la vista, a sentirse abandonada, comenzó a pensar en el pasado. Sólo que la ciudad ya no estaba en su sitio, ni había canciones en el valle del amor, ni tampoco quedaban cabañas entre los pastos alpestres. Ya no había hombres allí. También ellos habían pasado. Imperaban el silencio y lo marchito, una sombra se extendía por el aire.
La montaña se estremeció al percatarse de lo que la extinción significaba, y después del estremecimiento su cima se desplomó hacia un costado. Y fragmentos de roca rodaron a continuación por el valle del amor --que desde mucho tiempo atrás yacía lleno de piedras- y llegaron al mar.
 
Sí, los tiempos eran diferentes. ¿Por qué, si no, se acordaría incesantemente de los hombres? ¿No hubiera constituido aquello un hecho maravilloso antaño, cuando ardían las hogueras estivales, y cuando la juventud, en parejas, concurría al valle del amor? ¡Oh, cuán dulces y cálidas habían resonado allí esas canciones! La vieja montaña se abismó por completo en sus recuerdos; apenas advertía el paso de los siglos; apenas sentía que en sus grutas, aquí y allá, algo se desmoronaba o cedía con un tronar sordo. Cuando pensaba en los hombres, le dolía como una reminiscencia vaga de edades pretéritas, una emoción y amor difíciles de comprender, un sueño oscuro y flotante como si en el pasado ella misma hubiera sido un hombre o semejante a ellos, como si hubiese cantado y oído cantar, como si alguna vez, en sus días más tempranos, hubiese pasado por su corazón el pensamiento de lo perecedero.

 Las edades transcurrieron. Mientras se iba hundiendo, rodeada por ásperos desiertos pedregosos, la montaña moribunda se entregaba a sus sueños. ¿Cómo había sido ella en el pasado? ¿No quedaría algún eco, un fino hilo de plata que la uniera al mundo anterior? Afanosamente escarbaba en la noche de los recuerdos enmohecidos, repasaba incansablemente los hilos estropeados, se inclinaba cada vez más hacia el abismo de las cosas ya ocurridas... En tiempos lejanos, ¿no había ardido dentro de ella un sentimiento de comunidad, un amor? Ella, la solitaria, la gigantesca, ¿no había sido también, allá en el tiempo más remoto, un igual entre iguales? ¿No le había cantado también una madre en el principio de las cosas? A fuerza de pensar y pensar, sus ojos, los lagos azules, se enturbiaron y se volvieron espesos, se transformaron en ciénagas y pantanos, y sobre las fajas de césped y los pequeños espacios con flores, brotaba la rocalla. Siguió pensando, y de una lejanía increíble le llegó una resonancia; percibió el flotar de unas notas, una canción, una melodía humana, y tembló ante el doloroso placer del reconocimiento. Escuchó los sonidos, y vio a un hombre, a un adolescente, totalmente envuelto en ellos, que se cernía en el soleado cielo a través del aire. Cien recuerdos sepultados se agitaron y comenzaron a brotar y a crecer. Vio un rostro humano de ojos oscuros, y los ojos le preguntaban apremiantes: «¿No quieres expresar un deseo?»

Y entonces formuló un deseo, un deseo silencioso. Y mientras lo hacía, la abandonó aquel tormento de verse constreñida a recordar cosas tan remotas y ya desaparecidas, y se alejó de ella todo lo que la había afligido. Montaña y país se hundieron, y donde había estado Faldum. se agitó ancho y tumultuoso el mar infinito. Y encima, el sol y las estrellas siguieron su curso.
 
 
Herman Hesse (Escritor de origen alemán nacionalizado suizo; 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1946.