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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 30 de septiembre de 2013

Exilio: SOSTIENE PEREIRA, de Antonio Tabucchi


(Fragmento de la nota a la décima edición)

El señor Pereira me visitó por primera vez una noche de septiembre de 1992. En aquella época no se llamaba todavía Pereira, no poseía trazos definidos, era una presencia vaga, huidiza y difuminada, pero que deseaba ya ser protagonista de un libro. Era sólo un personaje en busca de autor. No sé por qué me eligió precisamente a mí para ser narrado. Una hipótesis posible es que el mes anterior, en un tórrido día de agosto en Lisboa, hice una visita. Recuerdo con nitidez aquel día. Por la mañana compré un diario de la ciudad y leí la noticia de que un viejo periodista había muerto en el Hospital de Santa María de Lisboa y que sus restos mortales estaban expuestos para el último adiós en la capilla ardiente del hospital. Por discreción no deseo revelar el nombre de esa persona. Diré únicamente que era alguien a quien había conocido fugazmente en París a finales de los años sesenta, cuando él, como exiliado portugués, escribía en un periódico parisiense. Era un hombre que había ejercido su oficio de periodista en los años cuarenta y cincuenta en Portugal, bajo la dictadura de Salazar. Y había conseguido hacerle una buena jugarreta a la dictadura salazarista publicando en un periódico portugués un feroz artículo contra el régimen. Después, naturalmente, había tenido serios problemas con la policía y se había visto obligado a escoger la vía del exilio. Yo sabía que después del setenta y cuatro, cuando Portugal recuperó la democracia, había regresado a su país, pero no había vuelto a encontrarme con él. Ya no escribía, se había jubilado, no sé a qué se dedicaba, por desgracia había sido olvidado. En aquel período, Portugal vivía la vida convulsa y agitada de un país que ha recuperado la democracia después de cincuenta años de dictadura. Era un país joven, dirigido por gente joven. Nadie se acordaba ya de un viejo periodista que se había opuesto con determinación a la dictadura de Salazar.
 
 
Antonio Tabucchi (Italia, 1943-2012)

domingo, 29 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: EXILIO, de Álvaro Mutis

"... a las grandes noches del Tolima en donde un vasto desorden de aguas grita hasta el alba..."

Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Arreglen, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.

Y es entonces cuando peso mi exilio
y miro la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.

 
Álvaro Mutis (Colombia, 1923-2013)

La ilustración corresponde al río Magdalena en el departamento de Tolima, en Colombia.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: FÁBULA, de Octavio Paz

"Donde los labios de un solo sorbo beban El árbol, la nube, el relámpago Yo mismo y la muchacha".

a Álvaro Mutis

Edades de fuego y de aire
Mocedades de agua
Del verde al amarillo
                                            Del amarillo al rojo
Del sueño a la vigilia
                                            Del deseo al acto
Sólo había un paso que tú dabas sin esfuerzo
Los insectos eran joyas animadas
El calor reposaba al borde del estanque
La lluvia era un sauce de pelo suelto
En la palma de tu mano crecía un árbol
Aquel árbol cantaba reía y profetizaba
Sus vaticinios cubrían de alas el espacio
Había milagros sencillos llamados pájaros
Todo era de todos
                                     Todos eran todo
Sólo había una palabra inmensa y sin revés
Palabra como un sol
Un día se rompió en fragmentos diminutos
Son las palabras del lenguaje que hablamos
Fragmentos que nunca se unirán
Espejos rotos donde el mundo se mira destrozado.


Una mujer de movimiento de río
De transparentes ademanes de agua
Una muchacha de agua
Donde leer lo que pasa y no regresa
Un poco de agua donde los ojos beban
Donde los labios de un solo sorbo beban
El árbol, la nube, el relámpago
Yo mismo y la muchacha


Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: PARA DARLE NOMBRE A AMÉRICA, de Carlos Fuentes


(Fragmento que refiere la amistad entre Álvaro Mutis y García Márquez)

Digo con esto que al llegar a México a principios de los sesenta, Gabriel García Márquez fue recibido —en La Mansión de Drácula— por un equipo que incluía a los republicanos españoles Federico Américo, productor de la vieja CIFESA, Carlos Velo, que en España realizó un memorable documental sobre El Escorial, y Jaime Muñoz de Baena, un seductor señorito madrileño de agudo ingenio y modas británicas. A ellos se unía muy señaladamente Álvaro Mutis, el escritor colombiano, que fue quien me presentó, en Córdoba 48, al recién llegado Gabriel García Márquez, al cual yo ya conocía, desde luego, como el joven escritor de La hojarasca, un libro de apariencia rústica y entraña nobilísima, pues de él, me parece, surge el universo creador de García Márquez. Yo había editado en los años cincuenta una Revista Mexicana de Literatura que se correspondía, en Bogotá, con la mítica revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán. Entre Mutis y Gaitán, me fue dado ir publicando los cuentos de García Márquez, cada uno más maravilloso que el anterior, porque cada uno contenía al anterior y anunciaba al siguiente: «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» y «Un día después del sábado» conducían a El coronel no tiene quien le escriba y a La mala hora, pero también prolongaban, como el eco del mar dentro de un caracol, los inquietantes pórticos de pasados relatos de Gabo. «La tercera resignación», «Eva está dentro de su gato», «Tubal-Caín forja una estrella», «Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles» y «Ojos de perro azul»..., títulos que eran nombres, nombres que eran bautizos, nombres de misterio y amor que se pronosticaban a sí mismos como arte y artificio, naturaleza y natividad, profecía y advertencia, recuerdo y olvido, vigilia y sueño.


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)
 
La ilustración corresponde a la portada de El general en su laberinto, novela que García Márquez dedicara a Álvaro Mutis. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Los sueños funerales de Álvaro Mutis

"Otra vez el tiempo... como el tren en la noche de los páramos."
 
Ahora con su muerte, el alud de información superficial nos inunda -valga la paradoja, en la temporada de desastres naturales que incluyen precisamente lluvias torrenciales y sus consecuentes deslaves-, ya todos sabemos la manera precipitada en que Álvaro Mutis llegó a la ciudad de México para quedarse hasta morir en ella, su cercana amistad con García Márquez y que recién había cumplido noventa años el pasado mes de agosto, también que ha sido el único poeta en nuestra lengua en obtener tanto el premio Reina Sofía de poesía iberoamericana, en 1997, como el Cervantes, en 2001. Ahora todos somos lectores de ese gaviero llamado Maqroll -a propósito y según la definición del diccionario de la Real Academia, gaviero es un "marinero a cuyo cuidado está la gavia y el registrar cuanto se pueda ver desde ella"-. Mientras que para la gran mayoría Álvaro Mutis seguirá siendo la voz del narrador en la serie televisiva Los intocables o el publicista creador del famoso lema "la chispa de la vida".

Buscando entre sus poemas alguno apropiado para la situación, me encontré con sus reflexiones sobre la muerte en El diario del Gaviero, que incluí ayer aquí mismo en Mitos y reincidencias, y recordé una frase suya que se repite en un par de poemas: "sueños funerales".

No es necesario que un poeta posea la celebridad de Mutis, basta que sea más o menos reconocido, para impedirnos el uso de ciertas expresiones. Por ejemplo, hace algunos años, al momento de concluir mi poema titulado Arrecife, me di a la tarea de buscar entre algunos autores importantes que mis metáforas y analogías no coincidieran, y así fue como corroboré que "idioma de agua" ya había sido utilizada por Pablo Neruda en su Canto General:

Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.
 
En verdad fue una pena porque la figura se ajustaba perfecto al "idioma de agua" con el que debería cantar la sirena de mi poema:  "Hubiera querido comprender el idioma de agua de su canto y navegar en sus caderas..." Me vi entonces en la necesidad de transformarla en "la humedad de su canto", porque de otra manera no habría sido más que una copia -no le llamaría plagio puesto que fue más bien una coincidencia involuntaria- de una frase acuñada por Neruda, nada menos.

Lo mismo me sucedería con sueños funerales. Satisfecho por lo afortunado del hallazgo al verificar su paternidad me fui a encontrar con que Álvaro Mutis los había empleado no una sino hasta dos veces. Sonata pertenece a Los trabajos perdidos, volumen publicado en México por editorial Era en 1965, y Lied marino es el noveno de los Diez Lieder, que aparecieron veinte años después, en 1985. Estos son sus reiterados sueños funerales:

Sonata
 
Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
como el tren en la noche de los páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que se enjuta en la fiebre de los ghettos.
A la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.
 
 
Lied marino
 
Vine a llamarte
a los acantilados.
Lancé tu nombre
y sólo el mar me respondió
desde la leche instantánea
y voraz de sus espumas.
Por el desorden recurrente
de las aguas cruza tu nombre
como un pez que se debate y huye
hacia la vasta lejanía.
Hacia un horizonte
de menta y sombra,
viaja tu nombre
rodando por el mar del verano.
Con la noche que llega
regresan la soledad y su cortejo
de sueños funerales.
 
Jules Etienne

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: LA NIEVE DEL ALMIRANTE, de Álvaro Mutis

 
(Dos reflexiones sobre la muerte en El diario del Gaviero)
 
Abril
 
Todo lo que digamos sobre la muerte, todo lo que se quiera bordar alrededor del tema, no deja de ser una labor estéril, por entero inútil. ¿No valdría más callar para siempre y esperar? No se lo pidas a los hombres. En el fondo deben necesitar la parca, tal vez pertenezcan exclusivamente a sus dominios.
 
Junio

Pasamos los rápidos sin mayor percance, pero fue una prueba en muchos aspectos reveladora de la imagen que hasta ayer tenía del peligro y de la presencia real de la muerte. Cuando digo real me refiero a que no se trata de ese fantasma que solemos invocar con la imaginación y darle cuerpo con elementos tomados del recuerdo de quienes hemos visto morir en las más variadas circunstancias. No. Se trata de percibir con la plenitud de nuestra conciencia y de nuestros sentidos, la proximidad inmediata e irrebatible del propio perecer, de la suspensión irrevocable de la existencia. Allí, al alcance de la mano, irrecusable. Buena prueba, larga lección. Tardía, como todas las lecciones que nos atañen directa y profundamente.
 
 
Álvaro Mutis (Colombia, 1923-2013) 

martes, 24 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: PARA SUBIR AL CIELO, de Pablo Neruda

 
 
Para subir al cielo se necesitan
dos alas,
un violín.
Y cuantas cosas
sin numerar, sin que se hayan nombrado,
certificados de ojo largo y lento,
inscripción en las uñas del almendro,
títulos en la hierba en la mañana.
 
 

Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

lunes, 23 de septiembre de 2013

EL OTRO NERUDA: a cuarenta años de su muerte


Hace cuarenta años falleció Pablo Neruda. Así, con ese nombre que además es el que se puede leer en su tumba. Es bien sabido que su verdadero nombre era Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto y que asumió el seudónimo literario con el que se le conoce cuando era estudiante en el Liceo de Temuco y tenía apenas dieciséis años de edad -en 1920-, con el fin de evitar algún reclamo de su padre, a quien le disgustaba la actividad literaria que había emprendido.

Sin embargo, mientras los lectores se familiarizaron de inmediato con el nombre adoptivo del poeta, biógrafos y críticos se dieron a la tarea de buscar su origen. El propio Neruda en el libro que narra sus memorias, Confieso que he vivido, refiere un diálogo con el escritor checo Egon Erwin Kisch:

"Y así fue. Moriría en Praga, en medio de todos los honores que alcanzó a darle su patria liberada, pero nunca lograría investigar aquel intruso profesional por qué Neruda se llamaba Neruda.

La respuesta era demasiado simple y tan falta de maravilla que me la callaba cuidadosamente. Cuando yo tenía 14 años de edad, mi padre perseguía denodadamente mi actividad literaria. No estaba de acuerdo con tener un hijo poeta. Para encubrir la publicación de mis primeros versos me busqué un apellido que lo despistara totalmente. Encontré en una revista ese nombre checo, sin saber siquiera que se trataba de un gran escritor, venerado por todo un pueblo, autor de muy hermosas baladas y romances y con monumento erigido en el barrio Mala Strana de Praga. Apenas llegado a Checoeslovaquia, muchos años después, puse una flor a los pies de su estatua barbuda."

Todo parece factible. Lo avala su propia aseveración. Sin embargo, hay algo que no concuerda. Y es que a pesar de que Jan murió en 1891, la primera traducción al español de sus Cuentos de la Malá Strana apareció hasta el año de 1922, publicada por Espasa Calpe, cuando ya el poeta firmaba como Pablo Neruda.

Enrique Robertson, en su espléndida investigación titulada El enigma inaugural, se dio a la tarea de rastrear el origen de este seudónimo. Partiendo del supuesto de que, en efecto, Pablo Neruda no hubiese adoptado el apellido de Jan, sugiere que bien podría haber surgido como una explicación a posteriori:

También es probable que inicialmente Kisch se interesara por saber la proveniencia del apellido del poeta chileno, en el convencimiento de estar hablando con el hijo o nieto de un checo emigrado desde la maravillosa Praga -o de otro lugar de Bohemia- al sur más sur de la América del Sur. Y que por eso cuando este intruso profesional, que siempre quería estar bién informado de todo, oyó decir a Neruda que entre sus antepasados no contaba con ningún checo de ese ni de otro nombre, se sorprendiera muchísimo y quisiera satisfacer su curiosidad preguntándole: pero entonces, ¿nombróse usted Neruda...,por Jan Neruda? Comprensible pregunta -que sugería la respuesta- si se sabe que Kisch nació en Praga donde hay una calle y un monumento en memoria y honor al escritor Jan Neruda también nacido allí.

Miguel Aretche en su artículo titulado Sherlock Holmes admira a Neruda, publicado en la revista Hoy del 18 de febrero de 1981, propone otra posibilidad:

Sin embargo, la reciente relectura de un libro de Conan Doyle (Estudio en Escarlata. Pomaire, 1980), me hizo saltar de la cama y me planteó lo que en términos ajedrecísticos podría llamarse la variante herética de la Defensa Jan Neruda. En el capítulo cuarto de esta obra, Sherlock Holmes cita en dos ocasiones a una tal Norman Neruda. "Tenemos que darnos prisa -dice al doctor Watson- , porque deseo asistir al concierto del Halle para oir esta tarde a Norman Neruda". Más adelante: "Y ahora vamos a almorzar, y después a oir a Norman Neruda. La ejecución y el golpe de arco de esta mujer son maravillosos". En 1908 aparece (Litografía Universo, Santiago de Chile) Un crimen extraño, es decir, con otro título, la misma novela. Entre 1902 y aquel año circulaban en Chile varios libros de Conan Doyle, aquellos cuyo héroe es el deliciosamente infalible y morfinómano, Sherlock Holmes. (Ramón Sopena, editor). Variante herética: ¿leyó Ricardo Neftalí Reyes, antes de 1920, este libro? Y si lo leyó -siempre dijo que era admirador frenético de las novelas policiales-, ¿pasó por alto ese apellido hermoso y extraño?

Norman-Neruda no fue un personaje ficticio creado por Conan Doyle. A fines del siglo XVIII existió en realidad una violinista austríaca de nombre Guillermina -Wilma María Franzisca- Neruda, prodigiosa concertista desde su infancia, y Norman no era su nombre de pila, sino el apellido de su primer marido, el músico sueco Ludwig Norman. Como ella murió en 1911, tampoco resulta probable que el niño Ricardo Eliecer se hubiese interesado en sus virtuosas interpretaciones, pero sí en cambio, haber escuchado su nombre. Enrique Robertson parece aproximarse a la solución al darse a la tarea de buscar la relación entre el nombre Pablo y el apellido Neruda, de donde habría surgido la idea para el poeta. Y es así como encuentra que la violinista, casi al final de su carrera, acompañó al entonces joven cellista Pablo Casals en un concierto en Berlín. Ahí está pues, el nombre compuesto: Pablo Neruda. Ya sólo faltaba una última pista para confirmarlo: ¿Cómo pudieron aparecer los nombres de ambos en alguna publicación en español que el poeta adolescente hubiese leído en su natal Temuco? Es entonces que enfoca de nuevo su investigación sobre Sherlock Holmes, quien no sólo toca el violín sino que además posee un Stradivarius. Así es como surge en sus novelas el nombre de otro famoso poseedor de ese instrumento: el español Pablo de Sarasate. Ahora sólo se requería una prueba de que Pablo Neruda había visto los nombres de ambos violinistas para fusionarlos en un solo seudónimo y supuso que podría tratarse de una partitura:

Porque al echarle una despreocupada mirada a la portada de una partitura, me refiero a una de aquellos tiempos, nada tiene de raro pensar que se trata de una revista. Tanto el formato como la ilustración de la tapa pueden fácilmente inducir a ese error a cualquier persona que no se detenga a hojearla. Y esto último no es requisito para echarle una mirada a la portada. Y fijarse en los nombres impresos allí con grandes letras. Pablo Sarasate y Norman Neruda, por ejemplo. Eso es lo que debió haber sucedido el año 1920, cuando el joven Neftalí Reyes leyó esos nombres "en una revista", en la portada de una partitura que le pareció una revista. Alguien podría decir: "pero... ¿es posible sostener que en el fronterizo Temuco de los años 20 se podía encontrar una partitura de ese tipo? La respuesta es sí, sin duda alguna. En la pujante ciudad que crecía a grandes pasos aún no había un Conservatorio de Música, se fundó pocos años después. Pero no por eso era raro disfrutar allí de un concierto de música clásica. La mejor prueba de esta afirmación la proporciona el propio Neftalí Reyes. En su Cuaderno de Temuco, en poemas fechados en el mes de diciembre de 1919 hay unos versos que hablan de violines y "del alma de Chopin brumoso". Están escritos pocos meses antes de que a Neftalí Reyes "se le ocurriera" llamarse Pablo Neruda. Estos versos permiten afirmar sin temor a equivocarse que en esas fechas, en Temuco, se llevaban a efecto selectas veladas musicales.

Robertson concluye citando "las primeras palabras de Neruda en EstravagarioPara subir al cielo se necesitan dos alas, un violín...". Y allá permanece, ya que murió el 23 de septiembre de 1973, hoy se cumplen cuarenta años.

Neruda modificó la pronunciación del apellido de Jan al convertirlo en una palabra grave, cuando en checo se trata de una esdrújula. Gracias a la celebridad del premio Nobel, entre otras circunstancias, suele soslayarse la existencia del escritor checo o considerarlo "el otro Neruda", cuando debiera ser lo opuesto, le precedió en el tiempo y era su apellido auténtico. En todo caso nuestro Pablo sería "el otro Neruda".


 Jules Etienne
 
Las ilustraciones corresponden a la tumba de Pablo Neruda en Isla Negra, Chile y a la portada de la partitura musical en que aparecen los nombres de Norman-Neruda y Pablo de Sarasate.

domingo, 22 de septiembre de 2013

EQUINOCCIO (del poemario Mitología del Olvido)


Eres lluvia que me habla al oído
resbala por el cristal de la tarde
con el leve aroma de tu aliento,
trazo impaciente sobre el vaho
que exhala un ademán de espera.

De las últimas nubes estivales
desprende un susurro obstinado,
como mis manos cuando te buscan
como mi boca que no se cansa de nombrarte
humedad que me embriaga
cuando se asoma a la ventana de tu risa.

Mañana llegará el otoño:
seré deseo inventando una caricia
seré la noche mirándote dormir.


Jules Etienne

viernes, 20 de septiembre de 2013

Carson McCullers: el primer beso y la noche de bodas


Lula Carson Smith adoptó legalmente el nombre de Carson McCullers, con el que sería conocida como escritora, el 20 de septiembre de 1937, al contraer matrimonio con Reeves McCullers.

En la cronología que forma parte del prólogo para la edición en español de El aliento del cielo, un volumen publicado por Seix Barral que reúne sus relatos y tres novelas breves, Rodrigo Fresán lo explica de la siguiente manera:

Carson regresa a Nueva York, pero apenas un mes después vuelve a enfermar y retorna a Columbus. El 20 de septiembre se casa con Reeves McCullers y la pareja se muda a Charlotte, en Carolina del Norte. Años más tarde, cuando más de un conocido le pregunta, extrañado, el porqué de su matrimonio, Carson responde: «Me casé con él porque fue el primer hombre que me besó.» La sexualidad de la escritora, en ocasiones catalogada como lesbianismo o bisexualidad es, en realidad, algo mucho más personal y misterioso y pasa por obsesiones románticas o -como las definían tanto ella como Reeves- «amistades imaginarias». Se trata de algo más cercano a un romanticismo desenfrenado -trátese de hombres o de mujeres- que de pasión física o sexual. Reeves, en cambio, acabó asumiendo su homosexualidad luego de varias aventuras esporádicas y, se supone, fue eso lo que le llevó a quitarse la vida en 1953. Terry Murrant -pianista y amigo de McCullers- sintetizó así la relación: «Yo creo que Carson y Reeves se amaron profundamente. Creo que ella le resultaba fascinante. Y está claro que sufrió mucho al comprender que ella era una escritora y él no. Los dos eran grandes personas, seres excepcionales. Pero jamás se las arreglaron para “funcionar” juntos. Más que nada, se hicieron daño.»

Una vez que entregó a su editor el manuscrito de El mudo, éste le sugirió modificar su título por el de El corazón es un cazador solitario. Cuando aparece la primera edición, en junio de 1940, obtiene inmediato éxito de público y crítica. Entonces de dedica a trabajar en Army Post, la cual acabaría llamándose Reflejos en un ojo dorado. La pareja se traslada a radicar en Nueva York, donde Carson conocerá a la escritora suiza Annemarie Clarac-Schwarzenbach, de quien se enamora -según confiesa en sus memorias- y a ella le dedica su nueva novela.

A propósito de las noches de boda, estas nunca transcurren de manera predecible en las obras de McCullers, como sucede, por ejemplo, en la mencionada Reflejos en un ojo dorado:
 
"Leonora Penderton era el blanco de las murmuraciones de las damas del puesto. Según ellas, todo el pasado y presente de la mujer del capitán consistía en una variada colección de aventuras amorosas. Pero la mayor parte de las cosas que contaban aquellas damas era pura conjetura y habladuría, ya que Leonora Penderton era enemiga de complicaciones y de cambios. Cuando se casó con el capitán era virgen. Cuatro noches después de su boda seguía siendo virgen, y a la quinta noche su estado cambió apenas lo suficiente para dejarla intrigada. El resto sería difícil de contar."

Peculiaridades que también será posible advertir en La balada del café triste:
 
"De madrugada entró en la oficina y destapó la máquina de escribir, que había comprado hacía poco, y empezó a teclear en ella torpemente. De esta manera transcurrió su noche de bodas. Cuando amaneció, salió al patio como si no hubiera pasado nada y se puso a clavar las tablas de una jaula de conejos que había empezado la semana anterior para vendérsela a alguien."
 
Mientras escribía La novia y su hermano -que se transformó en The Member of the Wedding aunque en español siempre se le ha conocido como Frankie y la boda-, cuya acción gira, como sería de suponerse, en torno a los preparativos de un festejo nupcial, su propio matrimonio enfrentaba una crisis.
 
"Frances no contestó ni siquiera con una mirada. La boda era como un sueño sobre el que no tenía poder o como una comedia que ella no dirigía y en la que se suponía no había de tomar parte. La sala estaba llena de gente de Winter Hill, y la novia y Jarvis estaban de pie, delante de la chimenea, en el fondo de la habitación. Verlos allí otra vez juntos le producía más bien la sensación de estar cantando que la de una imagen que sus ojos mareados pudieran realmente ver. Les contemplaba con el corazón, pero en todo el tiempo sólo pensaba: «No se lo he dicho y no lo saben.» Y tener conciencia de ello le pesaba como si se hubiera tragado una piedra. Y más tarde, mientras todos besaban a la novia y se servían refrescos en el comedor, en medio de la agitación y el estrépito de la reunión, ella revoloteó junto a los dos novios, pero las palabras no querían salir. «No van a llevarme con ellos», pensaba, y éste era el único pensamiento que no podía soportar."

Entre las páginas de El corazón es un cazador solitario, que precede a los títulos ya citados, encuentro este párrafo que, aunque de modo lacónico, también alude a una noche de bodas:
 

"Biff inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró los ojos. Durante todo el día no había podido pensar en Alice. Cuando intentaba recordar su rostro, su mente permanecía en blanco. Lo único que venía a su memoria eran los pies: pequeños, muy suaves y blancos, con diminutos dedos regordetes. Las yemas eran rosadas y cerca del talón izquierdo tenía un lunar color café. La noche de bodas le había quitado los zapatos y las medias y le había besado los pies. Y, ahora que lo pensaba eso era muy significativo, ya que los japoneses estimaban que son la parte más bella de la mujer..."

 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de Carson y Reeves McCullers.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: TE AMO AHÍ CONTRA EL MURO DESTRUIDO..., de Homero Aridjis


Te amo ahí contra el muro destruido
contra la ciudad y contra el sol y contra el viento
contra lo otro que yo amo y se ha quedado
como un guerrero entrampado en los recuerdos

Te amo contra tus ojos que se apagan
y sufren adentro esta superficie vana
y sospechan venganzas
y muertes por desolación o por fastidio

Te amo más allá de puertas y esquinas
de trenes que se han ido sin llevarnos
de amigos que se hundieron ascendiendo
ventanas periódicas y estrellas

Te amo contra tu alegría y tu regreso
contra el dolor que astilla tus seres más amados
contra lo que puede ser y lo que fuiste
ceremonia nocturna por lugares fantásticos

Te amo contra la noche y el verano
contra la luz y tu semejanza silenciosa
contra el mar y septiembre y los labios que te expresan
contra el humo invencible de los muertos.


Homero Aridjis (México, 1940)

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Octavio Paz: reflexiones sobre la Independencia en EL LABERINTO DE LA SOLEDAD

 
(Fragmentos)
 
IV. Los hijos de la Malinche

Toda la angustiosa tensión que nos habita se expresa en una frase que nos viene a la boca cuando la cólera, la alegría o el entusiasmo nos llevan a exaltar nuestra condición de mexicanos: ¡Viva México, hijos de la Chingada! Verdadero grito de guerra, cargado de una electricidad particular, esta frase es un reto y una afirmación, un disparo, dirigido contra un enemigo imaginario, y una explosión en el aire. Nuevamente, con cierta patética y plástica fatalidad, se presenta la imagen del cohete que sube al cielo, se dispersa en chispas y cae oscuramente. O la del aullido en que terminan nuestras canciones, y que posee la misma ambigua resonancia: alegría rencorosa, desgarrada afirmación que se abre el pecho y se consume a sí misma.
 
Con ese grito, que es de rigor gritar cada 15 de septiembre, aniversario de la Independencia, nos afirmamos y afirmamos a nuestra patria, frente, contra y a pesar de los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los demás son los "hijos de la chingada", los extranjeros, los malos mexicanos, nuestros enemigos, nuestros rivales. En todo caso, los "otros". Esto es, todos aquellos que no son lo que nosotros somos. Y esos otros no se definen sino en cuanto hijos de una madre tan indeterminada y vaga como ellos mismos.
 
 
VI. De la Independencia a la Revolución
 
La Independencia hispanoamericana, como la historia entera de nuestros pueblos, es un hecho ambiguo y de difícil interpretación porque, una vez más, las ideas enmascaran a la realidad en lugar de desnudarla o expresarla. Los grupos y clases que realizan la Independencia en Suramérica pertenecían a la aristocracia feudal nativa; eran los descendientes de los colonos españoles, colocados en situación de inferioridad frente a los peninsulares. La Metrópoli, empeñada en una política proteccionista, por una parte impedía el libre comercio de las colonias y obstruía su desarrollo económico y social por medio de trabas administrativas y políticas; por la otra, cerraba el paso a los "criollos" que con toda justicia deseaban ingresar a los altos empleos y a la dirección del Estado. Así pues, la lucha por la Independencia tendía a liberar a los "criollos" de la momificada burocracia peninsular aunque, en realidad, no se proponía cambiar la estructura social de las colonias. Cierto, los programas y el lenguaje de los caudillos de la Independencia recuerdan al de los revolucionarios de la época. Eran sinceros, sin duda. Aquel lenguaje era "moderno", eco de los revolucionarios franceses y, sobre todo, de las ideas de la Independencia norteamericana. Pero en la América sajona esas ideas expresaban realmente a grupos que se proponían transformar el país conforme a una nueva filosofía política. Y aun más: con esos principios no intentaban cambiar un estado de cosas por otro sino, diferencia radical, crear una nueva nación. En efecto: los Estados Unidos son, en la historia del siglo XIX, una novedad mundial, una sociedad que crece y se extiende naturalmente. Entre nosotros, en cambio, una vez consumada la Independencia las clases dirigentes se consolidan como las herederas del viejo orden español. Rompen con España pero se muestran incapaces de crear una sociedad moderna. No podía ser de otro modo, ya que los grupos que encabezaron el movimiento de Independencia no constituían nuevas fuerzas sociales, sino la prolongación del sistema feudal. La novedad de las nuevas naciones hispanoamericanas es engañosa; en verdad se trata de sociedades en decadencia o en forzada inmovilidad, supervivencias y fragmentos de un todo deshecho. El Imperio español se dividió en una multitud de Repúblicas por obra de las oligarquías nativas, que en todos los casos favorecieron o impulsaron el proceso de desintegración. No debe olvidarse, además, la influencia determinante de muchos de los caudillos revolucionarios. Algunos, más afortunados en esto que los conquistadores, su contrafigura histórica, lograron "alzarse con los reinos", como si se tratase de un botín medieval. La imagen del "dictador hispanoamericano" aparece ya, en embrión, en la del "libertador". Así, las nuevas Repúblicas fueron inventadas por necesidades políticas y militares del momento, no porque expresasen una real peculiaridad histórica. Los "rasgos nacionales" se fueron formando más tarde; en muchos casos, no son sino consecuencia de la prédica nacionalista de los gobiernos. Aún ahora, un siglo y medio después, nadie puede explicar satisfactoriamente en qué consisten las diferencias "nacionales" entre argentinos y uruguayos, peruanos y ecuatorianos, guatemaltecos y mexicanos. Nada tampoco -excepto la persistencia de las oligarquías locales, sostenidas por el imperialismo norteamericano- explica la existencia en Centroamérica y las Antillas de nueve repúblicas.
 
No es esto todo. Cada una de las nuevas naciones tuvo, al otro día de la Independencia, una constitución más o menos (casi siempre menos que más) liberal y democrática. En Europa y en los Estados Unidos esas leyes correspondían a una realidad histórica: eran la expresión del ascenso de la burguesía, la consecuencia de la revolución industrial y de la destrucción del antiguo régimen. En Hispanoamérica sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial. La ideología liberal y democrática, lejos de expresar nuestra situación histórica concreta, la ocultaba. La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente. El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad. Durante más de cien años hemos sufrido regímenes de fuerza, al servicio de las oligarquías feudales, pero que utilizan el lenguaje de la libertad. Esta situación se ha prolongado hasta nuestros días. De ahí que la lucha contra la mentira oficial y constitucional sea el primer paso de toda tentativa seria de reforma. Éste parece ser el sentido de los actuales movimientos latinoamericanos, cuyo objetivo común consiste en realizar de una vez por todas la Independencia. O sea: transformar nuestros países en sociedades realmente modernas y no en meras fachadas para demagogos y turistas. En esta lucha nuestros pueblos no sólo se enfrentan a la vieja herencia española (la Iglesia, el ejército y la oligarquía), sino al Dictador, al Jefe con la boca henchida de fórmulas legales y patrióticas, ahora aliado a un poder muy distinto al viejo imperialismo hispano: los grandes intereses del capitalismo extranjero.
 
 

Octavio Paz (México, 1914-1998) Obtuvo el premio Nobel en 1990.


martes, 17 de septiembre de 2013

Carlos Fuentes y la conmemoración de la Independencia


 
"También el Día del Grito de Dolores hay muertos, ¿sabes?..."
Carlos Fuentes en Cristóbal Nonato 

Todavía en plena guerra de independencia, en 1812, se celebró por primera vez el grito de Dolores, en Huichapan. Lo consignó Ignacio López Rayón en su diario de operaciones militares: "Día 16, con una descarga de artillería y vuelta general de esquilas, comienza a solemnizarse en el alba de este día el glorioso recuerdo del grito de libertad dado hace dos años en la congregación de Dolores, por los ilustres héroes y señores serenísimos Hidalgo y Allende." Al año siguiente, José María Morelos y Pavón, en sus Sentimientos de la Nación, estableció la necesidad de conmemorar anualmente esa fecha. El primero de marzo de 1822, el Congreso Constituyente declaró fiesta nacional el 16 de septiembre, señala Luis Tinajero Portes en su obra Días conmemorativos en la historia de México.

La literatura mexicana ha sido bastante más generosa con la revolución que con el llamado grito de Independencia. Carlos Fuentes siempre se manifestó apasionado por la historia de México y es frecuente encontrar a lo largo de su obra diversas alusiones de los episodios históricos. En su obra Tiempo mexicano emprende varias reflexiones:
 
"El clamoroso silencio de Sor Juana Inés de la Cruz significó una mutilación del tiempo que habría de pagarse con una independencia (de España) que no aseguró nuestra independencia ni del pasado indígena entonces desconocido o despreciado, ni del presente moderno que llenó el vacío de la mutilación hispánica con multiplicadas dependencias en los órdenes político, cultural y económico. Las promesas de la modernidad mexicana en el siglo XIX -el liberalismo y el positivismo- se cumplieron a expensas de los lazos comunitarios del derecho, de la dignidad y de la cultura de la población campesina e indígena del país." Para reconocer que: "La Independencia se propuso recuperar el tiempo perdido, digerir en unos cuantos años la experiencia europea a partir del Renacimiento, asemejarnos cuando antes a los modelos deslumbrantes del progreso: Francia, Inglaterra, los Estados Unidos. Pero -y éste es un inmenso pero- esta opción nos condujo a una nueva esquizofrenia." Lo que le conduce a la siguiente conclusión: "Al independizarnos de España, pretendimos disfrazar el progreso de utopía."
 
A su extensa novela urbana La región más transparente corresponde este párrafo en que hace referencia a la parada militar:

"Ya se había apagado el cielo. Un escuadrón de caballería que regresaba del desfile del 16 de septiembre rompió, con sus cascos cansados, el silencio de la plaza. Mercedes se puso de pie y cerró la ventana. Nuevamente los pasos de la criada corrían por su sendero habitual a anunciarle la cena. Como una lámina de lutos incomprendidos, Mercedes caminó en la oscuridad. Sus espaldas rígidas cargaban sólo aquellos instantes de revelación y amor y orgullo y redención. Después no había sucedido nada. Manuel Zamacona no había muerto estúpidamente en una cantina de Guerrero, la noche anterior. Federico Robles no había desencadenado su poder en la muerte antes de volver a encontrar la verdad ofrecida, en la semilla inicial, por Mercedes. La mujer se sentó y vació la jarra de chocolate perfumado dentro de una taza de barro tosco."
 
Y en el capítulo inmediatamente posterior, El águila reptante, retoma el festejo en su primer párrafo:
 
"No buscaba nada, no preveía nada en su caminata fría y ciega; el somero esqueleto gris de la ciudad apenas lograba rasgar su vista mientras caminaba, sin lentitud y sin prisa, acarreado por sus ojos antiguos, entre los residuos de la fiesta del Grito; los grupos de mariachis desvelados, de borrachines simpáticos, de mujeres que hacían cola frente a las lecherías de barrio..."

También en el relato El hijo de Andrés Aparicio -dedicado, por cierto, a la memoria de Pablo Neruda-, que forma parte del volumen Agua Quemada, se puede leer:

"Al principio hicieron lo que todas las parejas jóvenes y pobres. Vieron las cosas gratis como los paseos de charros en Chapultepec los domingos y los desfiles que se sucedieron durante el primer mes de sus amores, primero el desfile patriótico del día de la Independencia en septiembre..."

Más reciente es la mención que aparece en su novela La silla del águila, en la carta que Xavier Zaragoza Séneca, le escribe al presidente Lorenzo Terán:

 "No basta, señor Presidente. Hace falta algo. ¿Y sabe lo que hace falta? Falta usted. Falta que la gente lo vea a usted. Se está usted convirtiendo, como tantos de sus antecesores, en el gran solitario del Palacio, el fantasma que ocupa la Silla del Águila. Reaccione, se lo ruego. Aún es tiempo. No dé la impresión de que es el juguete de fuerzas incontrolables. Deje de mirar al horizonte como un iluminado en fechas de fasto –Grito de Independencia, Mensaje de Año Nuevo, Cinco de Mayo–. Mire a la cara de la gente, déjese mirar por la gente, pero que lo vean actuar, a usted, no a sus achichincles. Que su voz, señor Presidente, llene la plaza y llegue a cada rincón del país. La política vive en el espacio hasta donde llega la voz del Presidente. ¿Ha probado usted los límites de su voz? ¿Ha medido las fronteras entre la acción y la inacción? Un Presidente debe existir para los ciudadanos. Si no lo hace, le retiran el homenaje esperado. El alabado Dios de un día puede ser el execrado demonio de la siguiente jornada."

Jules Etienne

lunes, 16 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: LOS PASOS DE LÓPEZ (LOS CONSPIRADORES), de Jorge Ibargüengoitia




















(Fragmento alusivo a la declaración de Independencia)

Diego, que estaba muy bien vestido, de negro, salió del calabozo y Periñón le dio un abrazo. Diego lloró de emoción. Después, cuando fue mi turno abrazarlo, me dijo:

- No te imaginas los sufrimientos que hemos pasado.

Después fuimos por Carmen, que estaba reclusa en el convento de Santa Renegada, de las monjas cordelarias, que está en la orilla del pueblo. Periñón quiso que fuéramos en el coche adornado él, Diego, Ontananza y yo. Nos siguió un gentío. En el patio del convento nos esperaba toda la congregación. Cuando entramos, se hincaron, la monja superiora fue a besar la mano a Periñón y por más que éste quería que las monjas se levantaran no lo hicieron hasta que les dio a todas la bendición. Después nos condujeron a la celda donde estaba encerrada Carmen -era la más amplia del convento-. Ella estaba tan bella como la primera vez que la vi: muy bien peinada, muy bien vestida, con la mirada fulgurante. La superiora abrió la puerta y entramos. Carmen, emocionada, nos abrazó estrechamente primero a Ontananza, después a mí, en tercer lugar a Periñón y por último a su marido.

- Bendito sea Dios porque estás vivo -dijo cuando me abrazó.

Cuando salimos con Carmen a la calle estalló el griterío. En la emoción de aquella tarde, la gente desunció los caballos y arrastró el coche hasta la corregiduría. A pesar de la ausencia de los señores, la casa de los Aquino estaba en orden: un criado nos abrió la puerta, el perrito estaba ladrando en la escalera, etc. Cuando entramos en la sala, Carmen nos anunció:

- Lamento no poder ofrecerles nada, pero el marqués de la Hedionda cargó con todas sus botellas.

Diego hizo entrar a todos los de la Junta y dijo:

- Es urgente redactar y firmar el acta de declaración de la independencia.

Periñón, Ontananza y yo cambiamos una mirada pero no dijimos nada. En consecuencia, Diego dictó el acta y el joven Manrique escribió, mientras los demás platicábamos. Cuando el documento estuvo terminado, Diego lo leyó en voz alta. Periñón interrumpió una vez la lectura:

- Tienes un error importante, Diego: la independencia la declaré yo el quince de septiembre, no vas a declararla tú hoy. Sin oponer resistencia, Diego hizo la corrección, Periñón firmó al pie de la hoja y los demás firmamos después. Al fin de la ceremonia, Diego dijo:

- Ahora, yo delego la autoridad real que tengo en la Junta, para que la Junta pueda proceder a hacer nombramientos. Entonces Periñón intervino.

- Yo creo, Diego, que es mejor hacer la cosa de otra manera: yo soy el jefe del Ejército Libertador, la ciudad está en nuestro poder. Entonces, basando mi autoridad en esta premisa, te nombro a ti corregidor de Cañada. Espero que sigas administrándola tan bien como lo has hecho hasta ahora.

Diego aceptó el cargo sin titubear. Al día siguiente, en la mañana, nos pusimos en marcha.


Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983)

La novela fue publicada originalmente en España por editorial Argos Vergara en 1981 con el título de Los conspiradores. Más tarde apareció en México, publicada primero por editorial Océano y posteriormente por Joaquín Mortiz como Los pasos de López.