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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 13 de febrero de 2017

Carnaval: MALA HIERBA, de Pío Baroja


(Fragmento del capítulo V: El baile del frontón)

Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.
 
Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.
 
Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez o doce puntos brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, centelleaban de un modo deslumbrador.
 
Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas desocupado. Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.
 
Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media docena de máscaras. Se generalizó el baile; a la luz fría y cruda de los arcos voltaicos se veía a las parejas dando vueltas hombres y mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran á un entierro.
 
Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento o de cólera.
 
A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo o gritaba desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.

Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con aspecto petulante y la mirada agresiva.
 
Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y que se les enredaban al pasar.


Pío Baroja (España, 1872-1956)

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