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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

miércoles, 30 de abril de 2014

Cien espejos: uno por cada año de soledad

 
Una vez establecida la naturaleza especular de la estructura narrativa en Cien años de soledad, luego de una breve introducción al tema de los espejos, emprenderemos en Mitos y reincidencias más que una caprichosa antología -que lo es-, un divertimento literario, reuniendo textos de todos los géneros y la más diversa procedencia temporal o geográfica: poemas, fragmentos de ensayo y narrativa con tono dramático, fantástico, romántico, surrealista, erótico o lo que vaya surgiendo, hasta reunir cien -uno por cada año de soledad-, en una suerte de tributo a la mítica novela del recién fallecido Gabriel García Márquez.
 
Sin orden cronológico ni genérico, irán apareciendo día con día poemas y relatos en los que la presencia de los espejos sea más que un mero accidente: eje de las acciones o motivo para la reflexión.
 
El caos en que saltarán de una época a otra, de un autor clásico a un vanguardista irreverente sólo podrá adquirir sentido al final, cuando ya reunidos los cien trabajos se advierta la presencia permanente de los espejos en los más variados estilos y contextos. Se trata, entonces, de cumplir una jornada de 101 días que dará principio mañana, primero de mayo.
 
Será posible registrar sus correspondientes avances y novedades consultando aquí mismo la etiqueta denominada precisamente espejos.


Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a diversas portadas de Cien años de soledad. Fotografía de Cristina Gutiérrez.  

martes, 29 de abril de 2014

El gran espejo en que se reflejan CIEN AÑOS DE SOLEDAD


"José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una cuidad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo una resonancia sobrenatural: Macondo”.
 
Soñó con espejos porque no podía ser de otro modo. Macondo es un gran espejo en el que los nombres de los personajes y los sucesos se repiten, la novela está formada por veinte capítulos, los primeros diez narran una historia y los restantes, la otra mitad, la reproducen de manera invertida: el relato gira sobre sí mismo, se duplica y se reescribe, como mirando su propio reflejo.
 
La narración posee una simetría especular, como lo llega a advertir Pilar Ternera casi al final de la novela: "No había ningún misterio en el corazón de un Buendía, que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencias le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje."
 
De la misma manera como solía sucederle a José Arcadio en uno de sus sueños recurrentes:
 
Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuatro pasaba a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuatro en cuatro, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuatro, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad…”
 
Mario Vargas Llosa en su extenso y prolijo ensayo García Márquez: historia de un deicidio, en el que se dedica a analizar la riqueza y complejidad de su obra, lo explica en estos términos:
 
"Aparentemente, en Cien años de soledad hay y pasan muchas cosas; característica de la realidad ficticia parece ser la profusión de seres, de objetos, sobre todo de sucesos: todo el tiempo está ocurriendo algo. Pero una lectura fría nos revela que pasan menos cosas de las que parece, pues pasan las mismas cosas varias veces. Ese incesante desfile que es todo el libro (y del que son reflejo esos pequeños desfiles que hemos visto) es circular: los seres, objetos y hechos que constituyen la realidad ficticia se repiten de modo que acaban por dar una impresión de infinito, de multiplicación sin término, como las imágenes que se devuelven dos espejos. Otra ley de la realidad ficticia es la repetición. El procedimiento, cuyo uso constante imprime al mundo verbal este cariz, aparece tanto en la materia como en la forma, y, dentro de la forma, tanto en la estructura como en la escritura."
 
A eso también se debe que Suzanne Jill Levine haya educido una frase de la propia novela ("profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado") al titular su propio ensayo El espejo hablado, un estudio publicado en el ya lejano 1975, imprescindible en aquel momento para desentrañar las claves y laberintos que encierra su lectura.


Jules Etienne 

lunes, 28 de abril de 2014

Espejos: CIEN AÑOS DE SOLEDAD, de Gabriel García Márquez

 
Los espejos en Cien años de soledad
 
(Fragmento del capítulo II)

José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo. Al día siguiente convenció a sus hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.
 
José Arcadio Buendía no logró descifrar el sueño de las casas con paredes de espejos hasta el día en que conoció el hielo.

(Párrafo final del capítulo XX)

Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
 
 

Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014). Obtuvo el premio Nobel en 1982.

domingo, 27 de abril de 2014

FÁBULA (del poemario Mitología del Olvido)

"Buscaremos a Alicia al otro lado del espejo y mariposas amarillas en Macondo..."

 
 Seré una criatura ilusoria
que sólo podrás ver cuando sueñes,
capaz de viajar a través de tus misterios
para descifrar el significado secreto
de alfabetos desconocidos y remotos,
con el único afán de que la fantasía
inunde el torrente de tus venas
y dejes de respirar sólo realidad.
 
Buscaremos a Alicia al otro lado del espejo
y mariposas amarillas en Macondo,
navegaré en un barco miniatura
rumbo a puertos imaginarios
con el mar encerrado en una botella
y decapitaré a Medusa
para liberarte de tus pesadillas.
 
Entonces habremos alcanzado la inmortalidad
de los vampiros y los fantasmas
y alguien nos bautizará
con el nombre de los personajes
en alguna novela aún por escribirse.
 
 
Jules Etienne

sábado, 26 de abril de 2014

El testamento literario de García Márquez

"De tal manera que si En agosto nos vemos permaneciera inédita, su último trabajo de ficción publicado vendría a ser Memoria de mis putas tristes, que se dio a conocer hace diez años."
 
En alguna ocasión, hace ya una respetable cantidad de ayeres, discutía con un grupo de amigos acerca del trabajo que colocaba el punto final en la obra de un creador, ya sea literario o cinematográfico. Con excepción de aquellos que por razones de edad o salud están plenamente conscientes de la que será su última creación, por ejemplo: Los muertos, de John Huston, que la dirigió en silla de ruedas recibiendo oxígeno, casi la tuvo que concluir su hijo Tony -quien además escribió el guión adaptando a James Joyce-, y aunque alcanzó a terminarla, como era de suponerse murió meses antes de que la película se estrenara. Pero en la mayoría de los casos, lo más probable es que ignore el hecho de que determinado libro o película será su firma póstuma.

La discusión se enriqueció por considerar que los grandes autores, responsables de un acervo abundante en títulos interesantes, a veces rematan con una obra maestra y en otras con un trabajo apenas menor. En ese sentido podríamos establecer el contraste entre Franz Kafka y Fiódor Dostoyevski. Mientras que el primero corregía en su lecho de muerte un cuento breve casi desconocido, Un artista del hambre, a diferencia de La metamorfosis o El proceso, por citar sólo un par de títulos suyos entre los más reconocidos, Dostoyevski, en cambio, logró terminar Los hermanos Karamazov. Había emprendido el proyecto en abril de 1878 y la novela fue publicada en noviembre de 1880. Falleció ese invierno, el 9 de febrero.

Sigmund Freud siempre fue uno de sus lectores más entusiastas al grado de calificarla como la mejor de todos los tiempos, en tanto que el propio Kafka admitía la influencia que había tenido sobre su creación. En todo caso, es frecuente que se le considere la más completa en una lista en la que figuran otras quince novelas del mismo autor, entre ellas Crimen y castigo. Ése sería el paradigma de un testamento literario.

El asunto viene al caso tras el reciente deceso de García Márquez, quien había estado trabajando en varios relatos independientes con una misma protagonista: Ana Magdalena Bach, mujer atractiva y culta al borde de la vejez -que hoy se trata de ocultar bajo el disfraz de un eufemismo de uso común: la tercera edad-, quien cada agosto acostumbra a viajar al pueblo en el que está enterrada su madre para llevar un ramo de flores a su tumba y platicar con ella sobre los acontecimientos en su vida. El conjunto se integraría en una novela que llevaría como título En agosto nos vemos. Sin embargo, con su muerte, el proyecto que suma alrededor de ciento cincuenta páginas, quedó inconcluso. Este es el párrafo con que da principio la narración:
 
"Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chofer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido."
 
Los editores de García Márquez lamentan que no hubiese sido posible concluirla lo cual, según sus palabras, se debió a su afán perfeccionista. Sin embargo, estarían dispuestos a publicarla como una obra inacabada si sus herederos así lo decidieran. En ese caso, sería la novela póstuma del autor de Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada. No hay probabilidades de que pudiera alcanzar la importancia de aquellas.
 
En 2010 apareció Yo no vengo a decir un discurso, que incluye 22 textos del autor, aunque ninguno de ellos es narrativa. De tal manera que si En agosto nos vemos permaneciera inédita, su último trabajo de ficción publicado vendría a ser Memoria de mis putas tristes, que se dio a conocer hace diez años. Esta breve paráfrasis de La casa de las bellas durmientes del japonés Yasunari Kawabata, también merecedor del premio Nobel, permanecería como el testamento literario de uno de los autores más importantes en nuestra lengua.


Jules Etienne 

martes, 22 de abril de 2014

Viernes santo: STARRING ALL PEOPLE, de Juan José Arreola


(Fragmento inicial)

Homenaje a Cecil. B. de Mille

Después de tomar parte en unas secuencias terrenales, mezclado con la turba de espectadores, Efrén Hud abandona la sala. Con la sombra de un garrote en la mano, alega ante su guía de otro mundo un síntoma nauseoso. El guía lo sostiene compasivo y deplora su malestar. La multitud alterada aúlla en favor del bandido y en contra del inocente. Ecce homo. Después de secarse las manos Pilatos arroja el agua sucia sobre la muchedumbre, maldiciéndola en voz baja. Instintivamente, Hud esquiva la salpicadura y se niega a intervenir en el documental de largo metraje, realizado en tres dimensiones. (La cuarta está por ver).
 
Con el pretexto de que descanse, el cicerone lo conduce veladamente a la casa del hombre que fue en la tierra Jesucristo, cuando quisieron rendirnos por amor. Mientras el reino de los cielos sufre violencia, llegan a un chalet, villa o dacha que domina un canal de regadío con aguas lentas y armoniosas. En la terraza los recibe el actor. Aparenta unos treinta años, hermoso, apacible y moderado. Cuando habla y se exalta, la pasión descompone su figura: ademanes activos, palabra suelta y febril. Soportó con felicidad las pruebas a que fue sometido desde su captura en el huerto de los olivos. Sin embargo, tiene el aspecto suave y deslumbrado de los convalecientes. Se queja, interrumpe su discurso en pausas suspensivas y lleva la mano hacia el costado. Cuando mira en panorama sus ojos se iluminan con inocencia casi infantil, como si viera por primera vez los jardines del crepúsculo:

- Fue tan poco lo que pude vivir entre ustedes... Y es un lugar tan pequeño... Tengo que volver... ¡Claro que debo volver! Pero siéntese usted, por favor... ¡Judas, Judas, ves, tenemos una visita! Le presento a usted a Judas, señor Hud...

- Mucho gusto...

- ¿Quiere usted tomar algo?

- Gracias. Me sentí un poco mal en el cine. Tuve que salirme sin ver el final...

- ¡Qué bueno que no vio usted la película! Está incompleta En realidad no puede decirse que se trata de una película, aunque a mí me parece la mejor de todas... Estuvo a punto de costarme la vida. Pero falta la última parte y voy a terminarla. Los médicos me dieron de alta. Sólo espero la voluntad de mi padre... Estoy completamente restablecido de las manos y los pies, pero todavía me duele aquí en el costado... La lanzada que me dio aquel pobre comparsa... ¿Cómo se llama? Pero no fue culpa suya... siempre se me olvida su nombre...


Juan José Arreola (México, 1918-2001)


La ilustración corresponde a la película Rey de reyes (King of Kings, 1927), de Cecil B. De Mille.

domingo, 20 de abril de 2014

Páginas ajenas: CAMBIO DE PIEL, de Carlos Fuentes


(Fragmento correspondiente al domingo de resurrección)

El día de la resurrección, los indios llenan el inmenso atrio. Avanzan lentamente con las ofrendas dobladas: mantas de algodón y pelo de conejo, los nombres de Jesús y María bordados, caireles y labores a la redonda, rosas y flores tejidas, crucifijos tejidos a dos haces. Frente a las gradas, extienden las mantas y se hincan; levantan las ofrendas hasta sus frentes e inclinan la cabeza. Rezan calladamente. En seguida impulsan a los niños para que ellos también muestren sus ofrendas y les enseñan a hincarse. Una multitud espera el tumo, con las ofrendas entre las manos. Por toda la explanada se levantan los humores del copal y el olor de las rosas, mientras la multitud espera en silencio, con los rostros oscuros y los restos de los trajes ceremoniales, cuando no las propias ropas de labor, cuidadosamente lavadas y zurcidas, y los pies descalzos.

Encendí un cigarrillo y seguí sus movimientos; Isabel trataba de evitar mi mirada; recorría con ustedes las tres capillas pozas, pintadas de amarillo, a lo largo de la muralla de la fortaleza. La simplicidad de las capillas contrasta con el ornamento de la puerta lateral de la iglesia. Novedad impuesta a la severa construcción del siglo XVI, puerta renacentista de columnas empotradas y vides suntuosas, de espíritu prolongado en las tumbas románticas que los ricos de Cholula mandaron colocar, hace un siglo, en este terreno sagrado: cruces de piedra con simulación de madera, ramos de piedra, cartas de piedra dirigidas al ausente y detrás los contrafuertes oscuros y las altas ventanas enrejadas y los niños descalzos que pasan en fila con sus catequistas armados de varas para pegar sobre las manos de los olvidadizos y las voces agudas que repiten. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

Los niños aprenden a hincarse. Ofrecen copal y candelas, cruces cubiertas de oro y plata y pluma: ciriales labrados, con argentería colgando y pluma verde. Se reparte y ofrece la comida guisada, puesta en platos y escudillas. Los indios toman a sus animales entre los brazos cuando ascienden por las gradas a recibir la bendición, y se levanta una oleada de risas al ver los esfuerzos de un devoto por contener las patadas del cordero o sofocar los chillidos del marrano.

Avanzaron hacia la capilla real y yo apagué el cigarrillo en la suela del zapato. Isabel giró fingiendo que admiraba esa que originalmente fue una capilla árabe de arcadas abiertas en sus siete naves, en la que se representaban autos sacramentales frente al atrio lleno de indios que venían a aprender, deleitándose, los mitos de la nueva religión, y en realidad sólo querías ver si yo seguía allí y los dos nos escondimos detrás de las gafas negras. Ahora las naves habían sido tapiadas y la capilla tenía almenas, remates góticos y gárgolas de agua. Del viejo linaje arábigo sólo quedaban, por fuera, las cúpulas de hongo múltiples, con cuadros de cristal que dejaban pasar la luz al interior.

La larga capilla culminaba en una torre final, un campanario amarillo, y se penetraba en ella por un portón de madera con doble escudo: el de San Francisco, los brazos cruzados del indigente y el fraile; y el de las cinco llagas de Cristo, extraña rodela con cinco heridas estilizadas a la manera indígena, la mayor coronada de plumas y las gotas de sangre, siempre, como un puñado de moras silvestres.

Entraron en la capilla real.


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

La ilustración corresponde a la iglesia de nuestra señora de los Remedios en Cholula, Puebla.

sábado, 19 de abril de 2014

Viernes santo: EL TAMBOR DE HOJALATA, de Günter Grass


(Fragmento del capítulo Comida de viernes santo)

Contradictorios: ésta sería la palabra para expresar mis sentimientos entre el Lunes y el Viernes Santo. Por una parte me irritaba contra aquel Niño Jesús de yeso que no quería tocar el tambor, pero, por otra parte, con ello me aseguraba el tambor como objeto de uso exclusivo. Y si por un lado mi voz falló frente a los ventanales de la iglesia, Óscar conservó por el otro, en presencia del vidrio coloreado e ileso, aquel resto de fe católica que le había de inspirar todavía muchas otras blasfemias desesperadas.

Otra contradicción: si bien por una parte logré, en el camino de regreso a casa desde la iglesia del Sagrado Corazón, romper con mi voz, a título de prueba, la ventana de una buhardilla, por otra parte mi éxito frente a lo profano había de hacer más notorio en adelante mi fracaso en el sector sagrado. Contradicción, digo. Y esta ruptura subsistió y no llegó a superarse, y sigue vigente hoy todavía, que ya no estoy ni en el sector profano ni en el sagrado, sino más bien arrinconado en un sanatorio.

Mamá pagó los daños del altar lateral izquierdo. El negocio de Pascua fue bueno, pese a que por deseo de Matzerath, que era, a buen seguro, protestante, la tienda hubo de permanecer cerrada el día de Viernes Santo. Mamá, que por lo demás solía salirse siempre con la suya, cedía los Viernes Santos, pero exigía en compensación, por razones de orden católico, el derecho de cerrar la tienda el día del Corpus católico, de cambiar en el escaparate los paquetes de Persil y de café Hag por una pequeña imagen de la Virgen, coloreada e iluminada con focos, y de ir a la procesión de Oliva.

Teníamos una tapa de cartón que por un lado decía: «Cerrado por Viernes Santo», en tanto que en el otro podía leerse: «Cerrado por Corpus». Aquel Viernes Santo siguiente al Lunes Santo sin tambor y sin consecuencias vocales, Matzerath colgó en el escaparate el cartelito que decía «Cerrado por Viernes Santo» y, en seguida después del desayuno, nos fuimos a Brösen en el tranvía. Volviendo a lo de antes, el Labesweg se comportaba de manera contradictoria. Los protestantes iban a la iglesia, en tanto que los católicos limpiaban los vidrios de las ventanas y sacudían en los patios interiores todo aquello que tuviera la más remota apariencia de alfombra, y lo hacían con energía y resonancia tales que se hubiera creído en verdad que unos esbirros bíblicos clavaban en todos los patios de las casas de pisos a un Salvador múltiple en múltiples cruces.


Günter Grass (Alemania, 1927-2015). Recibió el premio Nobel en 1999.

viernes, 18 de abril de 2014

Sucedió un viernes santo


Durante la noche del jueves al viernes santo, emprendió Dante su viaje nocturno en La divina comedia, para recorrer los nueve círculos del infierno, las nueve terrazas del purgatorio y los nueve cielos (o astros, puesto que se menciona a la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Jupíter y Saturno) del paraíso, y así poder llegar a la ciudad de Dios.
 
Paul L. Maier en el capítulo XVIII de su novela Poncio Pilatos, establece que "Eran las seis de la mañana del viernes 3 de abril del año 33 D. C., para los judíos, Nisán 14 del año 3793". Y en el siguiente párrafo sugiere: "Pilatos miró Jerusalén en esa fresca mañana de primavera". En tanto que Pablo García Baena inicia su poema Viernes santo con una aseveración: "Hace frío en los atrios esta noche".
 
En la literatura hispanoamericana, se encuentran un par de referencias al viernes santo en obras de la picaresca costumbrista, como son los casos de El periquillo sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, en la Nueva España, y el cuento La llorona del viernes santo, del peruano Ricardo Palma.
 
En el primer caso, este es el párrafo correspondiente: "El Viernes Santo salía en la procesión que llaman del Santo Entierro; había en la Carrera de la dicha procesión una porción de altares que llaman posas, y en cada una de ellos pagaban los indios multitud de pesetas, pidiendo en cada vez un respondo por el alma del Señor, y el bendito cura se guardaba los tomines, cantaba la oración de la Santa Cruz, y dejaba a aquellos pobres sumergidos en su ignorancia y piadosa superstición."
 
En cuanto al espíritu satírico de Palma, se aprecia desde el párrafo inicial: "Existía en Lima hace cincuenta años una asociación de mujeres todas garabateadas de arrugas y más pilongas que piojo de pobre, cuyo oficio era gimotear y echar lagrimones como garbanzos. ¡Vaya una profesión perra y barrabasada! Lo particular es que toda socia era vieja como el pecado, fea como un chisme y con pespuntes de bruja y rufiana. En España dábanles el nombre de plañideras; pero en estos reinos del Perú se les bautizó con el de doloridas o lloronas."
 
Dos poetas españoles, Pedro Calderón de la Barca y Jorge Guillén, se ocuparon del tema. El primero en El viernes santo escribe: "Solo, negado, escarnecido, muerto,/ enclavado en la Cruz, ¡oh Jesús mío!/ la frente inclinas sobre el mundo impío,/ en la cumbre del Gólgota desierto..." Casi al final de Viernes santo, dice Jorge Guillén: "Ha de morir el Hijo./ Tiene que ser el hombre más humano." Para culminar más adelante: "Es viernes hoy con sangre:/ Sangre que a la verdad ya desemboca."
 
Y ya que parece la medida es por pares, hay dos novelas con una óptica muy original que se ocupan de la vida, pasión y muerte de Jesucristo. Una de ellas es El evangelio según el Hijo, de Norman Mailer, narrada en primera persona, lo que algunos han considerado un sacrilegio; y la otra, La última tentación de Cristo, del griego Nikos Kazantzakis, que alcanzó la celebridad del escándalo gracias a la adaptación al cine que hiciera de ella Martin Scorsese en 1988.
 
Estos son unos párrafos de la obra de Mailer: "Me hundieron un clavo largo en cada muñeca, y otro clavo a través de cada pie. No grité. Pero vi que se dividían los cielos. Dentro de mi cráneo fulguró una luz y vi los colores del arco iris. Mi alma estaba luminosa de dolor.
 
Levantaron la cruz del suelo, y fue como si ascendiera más alto y hacia un mayor dolor. Un dolor que viajaba por un espacio tan vasto como los océanos. Me desvanecí. Cuando abrí los ojos, fue para ver a soldados romanos arrodillados sobre el suelo a mis pies. Discutían como dividir mi ropa, para que hubiera un pedazo de tela para cada uno. Pero mi viejo manto no tenía costura, pues era de una sola pieza."
 
Finalmente, concluye ese capítulo 48 -penúltimo de la novela-, de esta manera: "Entonces llegó mi muerte. Y es verdad que llegó antes de que me atravesaran el costado con la lanza. La sangre y el agua se me escaparon por el costado del cuerpo para señalar el fin de la mañana. Vi una luz blanca que brillaba como el fulgor del cielo, pero era lejana. Mi pensamiento postrero fue para la cara de los pobres, que eran hermosos para mí, y mi esperanza de que fuera verdad, como pronto dirían todos mis seguidores, que había muerto por ellos en la cruz."
 
La gran polémica en torno a La última tentación de Cristo resultó un tanto injusta por la exagerada repercusión que tuvieron los intentos de censura en contra de la película. Estos son los párrafos finales: "Sintió dolores atroces en las manos, los pies y el costado izquierdo. Sus ojos recobraron la vista y vio la corona de espinas, la sangre y la cruz. En el sol oscurecido centellearon dos anillos de oro y dos hileras de dientes agudos y blanquísimos. Resonó entonces una risa fresca y burlona, y los anillos y los dientes desaparecieron. Jesús quedó suspendido en el aire, solo.
 
Sacudió la cabeza y de pronto recordó dónde se encontraba, quién era y por qué sufría. Apoderóse de él una alegría salvaje e indomable. No, no, no era cobarde, desertor ni traidor. No; estaba clavado en la cruz, había sido leal hasta el fin y había cumplido la palabra empeñada. Durante segundos, cuando había gritado Eli Eli y se había desvanecido, la Tentación se había apoderado de él y le había extraviado. No eran reales las alegrías, las nupcias ni los niños; no eran reales los viejecitos decrépitos y envilecidos que le habían llamado cobarde, desertor y traidor. ¡No habían sido más que visiones suscitadas por el Maligno!... Sus discípulos estaban vivos y sanos; habían emprendido los caminos de la tierra y del mar y anunciaban la Buena Nueva. ¡Alabado sea Dios, todo ha ocurrido como debía ocurrir!
 
Lanzó un grito triunfal: ¡Todo está consumado!
 
Y era como si dijera: Todo comienza."
 
No se trata, de ninguna manera, de una selección exhaustiva sobre la presencia del viernes santo en la literatura, pero sí creo haber reunido una muestra representativa de diferentes géneros. Todo esto al margen de mis creencias particulares. Sólo tratando de no pasar por alto un día tan significativo en el mundo cristiano.
 
 
Jules Etienne
 
Para leer otros textos que refieren el tema se puede consultar esta etiqueta: Viernes santo.

La ilustración corresponde a Lamento de María Magdalena ante el cuerpo de Cristo (1867), de Arnold Böcklin.

jueves, 17 de abril de 2014

Luna roja: LAS HIJAS DE LA LUNA ROJA. ISABEL, LA REINA, de Ángeles de Irisarri

"... en aquel 22 de abril, Jueves Santo y día de San Sotero y San Cayo, brillaba la luna roja en el firmamen­to."
 
La reina Isabel la Católica nació en jueves santo bajo la luna roja.

(Fragmento del primer capítulo)

La criatura rompió a llorar y, a poco, la telilla cayó en la bacina de las malas aguas. La reina se durmió y no prestó aten­ción a los parabienes de sus damas. Las matronas lavaron a la niña del moco y la sangre que había traído del vientre de su madre, y ya la mostraban a los escribanos que la reconocieron como hija del rey Juan y de la reina Isabel, y levantaron testi­monio de que la nacida tenía todos los miembros femeninos que las mujeres tienen, y ya las parteras le cortaron el cordón umbilical y le fajaron el vientre, y se dispusieron a vestirla con un pañal, una camisita de trenzal blanco y un rico faldón.
 
Venida al mundo la criatura, el escribano rellenó el espa­cio en blanco que había dejado en el pergamino y anotó de su propia mano lo que faltaba para dar fe de la hora exacta del nacimiento: “Dos tercios de hora”.
 
Así quedó escrito que la infanta, que sería bautizada con el nombre de Isabel, el de su señora madre, había nacido el día de Jueves Santo, 22 de abril de 1451, cuatro horas y dos tercios de hora, después de mediodía. Larga vida le dé Dios.
 
A poco, asonaron las campanas de las iglesias de Madri­gal y comarcanas e, luego, conforme corría la buena nueva, las de Medina del Campo, Arévalo, Tordesillas, Olmedo, Vallado­lid, Salamanca y las de Castilla toda.
 
Los notarios remitieron el acta al señor rey, comunicán­dole el nacimiento de su hija. Éste mandó escribir cartas públi­cas, cuantas fueron necesarias, para condes, duques, obispos, alcaides, regidores, veinticuatros, caballeros, escuderos y hom­bres buenos de ciudades y villas.
 
De lo que no quedó referencia, pese a las muchas cartas que se libraron anunciando el venturoso alumbramiento de la reina, fue de que en aquel 22 de abril, Jueves Santo y día de San Sotero y San Cayo, papas, brillaba la luna roja en el firmamen­to, espléndida, desde antes del ocaso hasta rayar el alba.
 
 
Ángeles de Irisarri (España, 1947) 

miércoles, 16 de abril de 2014

Luna roja: POLARIS, de H. P. Lovecraft

"... percibí la luna roja, siniestra, menguante, cornuda..." 

(Fragmento)

Alos me había rechazado como guerrero, ya que era débil y propenso a extraños desmayos cuando me sometía a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad, a pesar de las largas horas que yo dedicaba cada día al estudio de los manuscritos Pnakóticos y del saber de los Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me concedió el penúltimo deber en importancia: me envió a la atalaya de Thapnen para hacer allá de ojos de nuestro ejército. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay detrás del pico de Noth, y sorprender por allí a la guarnición, yo debía encender la señal de fuego que advertía a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucción.
 
Subí solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los desfiladeros. Tenía el cerebro dolorosamente embotado por la excitación y el cansancio, ya que no había dormido desde hacía muchos días; pero mi resolución era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la marmórea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek.
 
Pero cuando estaba en la cámara más alta de la torre, percibí la luna roja, siniestra, menguante, cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof. Y a través de su abertura del techo brilló la pálida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva como un demonio de tentación. Creo que su espíritu me susurró consejos malvados, sumiéndome en traidora somnolencia con una rítmica y condenable promesa que repetía una y otra vez:
 
"Duerme, vigía, hasta que las esferas giren veintiséis mil años Y yo regrese al lugar donde ahora ardo. Después, otros astros surgirán En el eje de los cielos astros que sosieguen, astros que bendigan Sólo cuando mi órbita concluya turbará el pasado tu puerta".
 
En vano traté de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extrañas palabras con alguno de los saberes celestes que yo había aprendido en los manuscritos Pnakóticos. Mi cabeza, pesada y vacilante, se dobló sobre mi pecho; y cuando volví a mirar, fue en un sueño, y la Estrella Polar sonreía burlonamente a través de una ventana, por encima de los horribles y agitados árboles de un pantano soñado. Y aún continúo soñando.
 
En mi vergüenza y desesperación, grito a veces frenéticamente, suplicando a las criaturas soñadas de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detrás del pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se ríen de mí y me dicen que no sueño. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos achaparrados y amarillos se estén acercando a nosotros con sigilo. He faltado a mi deber y he traicionado a la marmórea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capitán. Sin embargo, estas sombras de mis sueños se burlan de mí. Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar, salvo en mis nocturnos desvaríos; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y donde el rojo Aldebarán se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el frío, que se llaman "esquimales".
 
Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra bóveda y parpadea horriblemente como un ojo insensato que pugna por transmitir algún mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir.
 
 

Howard Philips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937) 

martes, 15 de abril de 2014

Luna roja: SILENCIO (una fábula), de Edgar Allan Poe

"De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja."
 
Las cumbres de la montaña dormitan;
Los valles, los peñascos y las cuevas están en silencio.”
Aloman
 
- Escúchame -dijo el demonio, poniendo su mano sobre mi cabeza-. El país que te digo es una región lúgubre. Se encuentra en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no existe descanso ni el silencio.
 
Las aguas del río son de un tinte azafranado y lívido. No corren hacia el mar, sino que eternamente se agitan, bajo la pupila roja del sol, con un movimiento convulsivo y tumultuoso. A ambas orillas de este río de fangoso cauce se extiende, en una distancia de muchas millas, un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Uno contra otro, se muestran como anhelantes en esta soledad, y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos fantasmales. Inclinan, a un lado y otro, sus perennes corolas y de ellos sale un rumor confuso parecido al reflujo de un torrente subterráneo. Inclinándose uno hacia el otro, suspiran; pero se halla una frontera en su imperio, y ésta es una selva densa y oscura.
 
A semejanza de las olas en torno de las islas Hébridas, los árboles están en perpetua agitación, y no sopla viento alguno en el cielo. Los enormes árboles primitivos se balancean continuamente, cediendo con un estrépito impresionante. Desde sus altas copas, llorando gota a gota, se filtra un inacabable rocío. Extrañas flores venenosas se retuercen a sus pies en un perpetuo duermevela. Y sobre sus copos, provocando un suave eco, nubes de plomo se precipitan hacia el oeste, hasta que como una catarata se vierten detrás del muro ardiendo del horizonte. Pero a pesar de ello, repito, no hay fuerte viento, y a ambas orillas del Zaire, no existe el silencio ni la calma.
 
Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, parecía sangre.
 
Estaba en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne.  De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima...
 
En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer esta palabra: DESOLACIÓN.
 
Miré hacia arriba. En lo alto de la roca había un hombre en pie. Para espiar sus acciones, me escondí entre los nenúfares...
 
El hombre era imponente, mayestático, y desde los hombros hasta los pies, vestía la toga de la antigua Roma. Su silueta era indistinta, pero sus rasgos eran los de la divinidad. Porque, a pesar de las sombras de la noche y de la niebla, sus rasgos faciales fulguraban. Su frente era ancha y reflexiva, y los ojos aparecieron nublados por las cavilaciones. En las arrugas de sus mejillas se veían las imágenes del tedio, el cansancio y el disgusto por la humanidad, a la vez que un gran deseo de soledad.
 
Sentado sobre la roca, el hombre apoyó en sus manos la cabeza y paseó su mirada por la desolación que le rodeaba. Contempló los arbustos siempre inquietos, así como los árboles, grandes y primitivos. Miró a lo alto, a las nubes y a la luna roja. Y yo, escondido al amparo de los nenúfares, no perdía ninguno de sus actos, pudiendo apreciar cómo temblaba el hombre en medio de la soledad. Así avanzaba la noche, pero él permanecía sentado sobre la roca.
 
Apartó del cielo su mirada para fijarla sobre el lúgubre Zaire, siguiendo con la vista ojos las aguas amarillas y las legiones pálidas de nenúfares. Parecía escuchar los suspiros de éstos y el murmullo que se alzaba de las aguas. Desde mi escondite seguí observando los movimientos del hombre. Vi cómo continuaba temblando en la soledad. Avanzaba más y más la noche, pero el hombre permanecía sentado sobre la roca.
 
Me abismé en las simas remotas de la marisma, y anduve a través del bosque susurrante de nenúfares. Llamé a los hipopótamos que vivían en aquellas profundidades y las bestias escucharon mi llamado, viniendo hasta la roca, rugiendo, sonora y espantosamente. Todo bajo la luna.
 
Maldije a los elementos. Y una tempestad horrible se formó en el cielo. Allí donde apenas momentos antes corría un soplo de brisa.  El cielo se volvió lívido bajo la violencia de la tempestad, azotaba la lluvia la cabeza del hombre, y se desbordaban las olas del río. Éste, torturado, saltaba rizado en espuma. Y crujían los nenúfares en sus tallos.  El bosque se agitaba al viento. Se derrumbaba el trueno. Centelleaba el relámpago. Y el hombre, amo siempre, temblaba en la soledad, sentado sobre la roca.  Irritado, maldije con la maldición del silencio; maldije al río y los nenúfares, al viento y al bosque, al cielo y al trueno, a los suspiros de los nenúfares...
 
Entonces se tornaron mudos. Y cesó la luna su lenta ruta por el cielo.  El trueno expiró y no centelleó el relámpago. Se quedaron quietas las nubes, descendieron las aguas de sus lecho y los árboles cesaron de agitarse. Ya no suspiraron los nenúfares. No se elevaba el menor rumor, ni la sombra de un sonido, en todo aquel gran desierto sin límites.  Volví a leer los caracteres grabados sobre la roca. Habían cambiado. Ahora decían esta palabra: SILENCIO.
 
Fijé mis ojos en el rostro del hombre. Estaba pálido de miedo. Levantó apresuradamente la cabeza que tenía entre las manos y se incorporó sobre la roca. Aguzó, entonces, los oídos. Pero en todo aquel desierto sin límites no se oyó voz alguna. Y los caracteres grabados sobre la roca seguían diciendo: SILENCIO.  El hombre se estremeció y se volvió de espaldas. Y huyó lejos, muy lejos. Apresuradamente. Y ya no le vi más.

 * * *

Se encuentran bellos cuentos en los libros de magia, en los tétricos libros de los magos, en esos libros que están encuadernados en piel. Digo que hay allí magníficas historias del cielo y de la tierra, así del fiero mar como de los genios que han reinado sobre él; sobre la castigada tierra y acerca del cielo sublime. Hay, asimismo, gran sabiduría en las palabras que han sido dictadas por las sibilas. Y sagradas cosas fueron escuchadas en otro tiempo por las hojas sombrías que temblaban alrededor de Dodona...  Pero, tan cierto como que Alá está vivo, considero a esta fábula, que el demonio me hizo ver cuando se sentó a mi lado en la sombra del sepulcro, como la más maravillosa de todas.

Y cuando el demonio hubo concluido de guiarme, se hundió en las profundidades del mismo sepulcro y comenzó a reír.  Yo no pude reír con él, provocando sus maldiciones. Y el búho, que continúa en el sepulcro por toda la eternidad, salió de él, y se puso a los pies del demonio, y le miró a la cara fijamente. 
 
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849)

lunes, 14 de abril de 2014

Luna roja: ALEGRÍA INTERIOR, de José Hierro

"A veces alza en mí su luna roja..."
 
En mí la siento aunque se esconde. Moja
mis oscuros caminos interiores.
Quién sabe cuántos mágicos rumores
sobre el sombrío corazón deshoja.


A veces alza en mí su luna roja
o me reclina sobre extrañas flores.
Dicen que ha muerto, que de sus verdores
el árbol de mi vida se despoja.


Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,
en el oculto reino en que se esconde,
la espiga de su mano verdadera.


Dirán que he muerto, y yo no muero.¿Cómo
podría ser así, decidme, dónde
podría ella reinar si yo muriera?
 
 
José Hierro (España. 1922-2002)

domingo, 13 de abril de 2014

Luna roja: EL BESO, de Anton Chéjov

 
(Fragmento)

En la otra orilla todo el cielo estaba cubierto de un tinte purpúreo. Empezaba a salir la luna; dos mujeres, hablando en voz alta, caminaban por una huerta y arrancaban hojas de repollo; detrás de las huertas se adivinaban las negras siluetas de algunas isbas… En la orilla por la que él caminaba, todo tenía el mismo aspecto que en el mes de mayo: el sendero, los arbustos, los sauces inclinados sobre las aguas… pero ya no se oía el canto de aquel valeroso ruiseñor ni olía a álamo y a hierba fresca.
 
Al llegar al jardín, Riabóvich se quedó mirando el portón. En el interior todo era oscuridad y silencio… Sólo se veían los blancos troncos de los abedules más próximos y un fragmento de la avenida; todo lo demás se había fundido en una masa negra. Riabóvich aguzó el oído y la vista, pero al cabo de un cuarto de hora, al no escuchar ningún sonido ni vislumbrar ninguna luz, se dio la vuelta…
 
Se acercó al río. La caseta de baño del general y algunas toallas colgadas del pretil del puentecillo destacaban como manchas blancas… Se inclinó sobre el puente y pasó la mano por una toalla áspera y fría. Miró las aguas… El río fluía de prisa, dejando un leve rumor junto a los pilotes de la caseta de baño. Una luna roja se reflejaba en la orilla izquierda; algunas pequeñas olas atravesaban su reflejo, lo estiraban y lo quebraban en pedazos, como si quisieran llevárselo…
 
 
Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904) 

sábado, 12 de abril de 2014

Una luna roja en el cielo de Estambul

"De Estambul procede el nombre de la novela..."

"Te has ido apagando como un eclipse lunar, encerrada
en tu propio anillo de luz, como un espectro surgido del
sueño, como una terrible y cegadora luna roja."
 
Emin Kemal
 
Ya desde su epígrafe atribuido al escritor ficticio Emin Kemal, supuesto responsable de La Luna Roja, el autor de la novela que lleva este mismo título, Luis Leante, propone un juego de exploración literaria, en que los espejos se superponen y confrontan uno frente a otro, el verdadero autor y su alter ego, y también éste a su vez con el escritor turco al que se ha dedicado a traducir durante una buena parte de su vida y a quien percibe mucho más afín con su propia vida de lo que se hubiera imaginado. El mayor mérito de Leante es que un asunto que bien podría haber impulsado un relato complejo y abstruso, resulta disfrutable y más nítido de lo que sus premisas -narrativa y dramática- presagiaban.
 
El párrafo inicial de novela nos introduce de lleno en la historia entrelazada de ambos personajes, el escritor turco y René Kunkheim, su traductor al español:
 
"Hacía más de once años que no veía a Emin Ke­mal. Y sin embargo, mientras bajaba por la rampa del museo de la Universidad de Alicante, no podía quitarme de la cabeza su mirada de hombre derrotado. Tenía la falsa sensación de haberlo visto el día de antes. no podía ima­ginar que pocas horas después el escritor caería muerto sobre la alfombra de su estudio, quizás tras una breve ago­nía, espantado por lo que acababa de ver y oír. No, yo no podía sospechar entonces lo que iba a suceder esa misma noche, aunque no dejaba de pensar en él."
 
Kemal había alcanzado notoriedad en el mundo literario al grado de que se le había mencionado como uno de los candidatos al premio Nobel y fue después de eso que escribió La Luna Roja:
 
"Yo había terminado de traducir aquel libro inclasificable en 1990, cuando el escritor decidió quedarse en Alicante. Emin Kemal tenía entonces cincuenta y cinco años, o eso pensaba yo. Su aspecto, sin embargo, era el de un anciano. Creo que no me equivoco al afirmar que en aquel momento gozaba de la máxima popularidad en un gran número de países. Su obra estaba traducida a más de treinta idiomas, y su nombre había sonado entre los candidatos al Nobel tres años antes. Por esa razón, un libro tan hermético, tan influido por un surrealismo caduco, fue una sorpresa para los críticos y, tal vez, supuso el comien­zo del declive de su carrera. Otros, por el contrario, consi­deraban que aquel librito mezcla de novela, poesía y ele­mentos oníricos era una obra maestra."
 
Cuando muere Kemal, el protagonista comienza a estudiar la vida del escritor fallecido para descubrir que entre ellos existen una serie de paralelos. "De alguna manera reconstruye su vida a través de la del escritor", advierte Leante. "Tanto Emin Kemal como René tienen mucho de mí. Es como si me hubiera desdoblado en dos personajes opuestos, que a la vez representan dos personalidades con varios nexos en común. El libro tiene mucho de ficción pero también hay bastantes elementos de mis inicios literarios, de esa pasión por la literatura que te llega a cegar".
 
Los escenarios en que se desarrolla la acción corresponden a Estambul, Alicante y Múnich. En cuanto al título, Leante explica: "De Estambul procede el nombre de la novela, ya que responde a un café de esta ciudad que se llama Luna Roja, y al de una de las obras de Emin Kemal." La presencia femenina consiste en tres personajes: Orpa y Tuna, parejas respectivas de ambos protagonistas durante su juventud, y Derya, la viuda de Kemal, mucho más joven que él y quien procura preservar la obra de su marido.
 
Una especie de inspiración febril asalta repentinamente a Kemal: "Se encerró en su cuarto y trató de leer. Era imposible concentrarse. Esa noche, después de pasar algunas horas en un estado de enajenación, se levantó y empezó a escribir en la primera cuartilla en blanco que encontró. Puso el título de La Luna Roja, y su mano y su mente comenzaron a correr al mismo ritmo, acompasadas, lúcidas o enloquecidas de forma intermitente. Escribió dos días seguidos, sin dormir, y haciendo apenas pausas para comer o combatir los calambres. Al tercer día cayó derrotado, exhausto pero sin sueño. De nuevo volvieron los dolores de cabeza." Y es así como nace el texto de Kemal que a su vez da lugar a la trama de la novela que hemos leído: dos lunas en una misma obra, tan roja la una como la otra.
 
 
Jules Etienne

viernes, 11 de abril de 2014

Luna roja: EL LOBO, de Hermann Hesse

"Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el sureste y se alzaba pausadamente en el cielo turbio."
 
Nunca las montañas francesas habían sufrido un invierno tan largo y frío. Desde hacía semanas el aire era diáfano y helado. De día, los grandes glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo el cielo de color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña, pasaba por encima de ellos; una luna gélida, con brillo amarillento, cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieve, parecía la materialización misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas brillaban enrojecidas y luego se extinguían, por la noche, de manera turbia y nebulosa, bajo el reflejo azulado de la luna.
 
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Un gran número entre los más pequeños, había perecido congelado; también las aves sucumbían a la helada, y los magros cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos. Pero también éstos pasaban terribles penalidades a causa del frío y el hambre. Sólo unas cuantas familias de lobos habitaban la región y la necesidad los empujó a estrechar sus vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su sombra esbelta se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento su hocico puntiagudo, husmeando, y dejaba oír de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con sus roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral se encontraban bien protegidos y, tras los sólidos postigos, había carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían algún pequeño botín, como un perro, pero ya habían sido abatidos dos miembros de la manada.
 
El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que alguno de ellos, atormentado por el martirio del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Entonces, los demás volvían hacia él sus hocicos y estallaban todos juntos en un mismo alarido, aterrador y lúgubre.
 
Finalmente, el grupo más pequeño de la manada se decidió a emigrar. Abandonaron sus guaridas de madrugada, llenos de excitación y miedo olfatearon el aire helado. Después partieron con trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con los ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos unos cuantos pasos pero se detuvieron indecisos y desconcertados, lentamente fueron regresando a sus guaridas vacías.
 
Los viajeros se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al este, rumbo al Jura suizo, los demás continuaron hacia el sur. Aquellos tres eran unos ejamplares hermosos y fuertes, aunque desmedrados. Sus vientres estrechos y de color claro, eran delgados como una correa; las costillas sobresalían de modo lamentable; sus fauces secas, los ojos abiertos y exasperados. Juntos penetraron al Jura, y al segundo día victimaron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pronto se vieron acosados en todas partes por la furiosa población campesina. En la comarca, abundante en aldeas y ciudades pequeñas, cundió el pánico ante la intromisión de aquellos inesperados forasteros. Los trineos del servicio postal fueron armados y nadie podía trasladarse de un pueblo a otro sin fusil. En una región desconocida para ellos, después de un botín tan suculento, los tres animales se sentían confortables y amedrentados a la vez; eso los volvió más temerarios que nunca y penetraron en el establo de una hacienda a plena luz del día. Bramidos de vacas y jadeos de caballos anhelantes colmaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por la bala de un fusil; el otro, abatido a hachazos. El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo exhausto en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban como un remolino ante sus ojos, y de vez en cuando emitía un doloroso gemido sibilante: un hachazo le había alcanzado el lomo. Sin embargo, se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces pudo darse cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni casas por parte alguna.
 
Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como la sed le atormentaba arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la superficie. Al otro lado de la montaña se topó enseguida con una aldea. Caía la noche. Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, dejándose guiar por el olor a establos calientes.
 
No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo merodeando por entre las casas. Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los costados y la sangre caía persistente en gruesas gotas. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces, levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de difícil ascenso, pero no tenía otra alternativa. Abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas, se extendía por la montaña. El lobo herido, jadeante, se enfilaba tembloroso en la penumbra a través del bosque de abetos, mientras la sangre parduzca goteaba pesada de su flanco.
 
El frío había disminuido. Al oeste, el cielo aparecía nebuloso y anunciaba una nevada. Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, que se inclinaba ligeramente, cerca del monte Crosin, muy por encima de la aldea a la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y sofocado que provenía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo brotaba de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de manera pesada y dolorosa, sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indecible, difícil de soportar. Le atrajo un abeto de ancho ramaje, separado de los demás. Allí se sentó para dirigar una mirada borrosa a la noche nevada. Transcurrió media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz suave, extraña, de un rojo tenue. El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el sureste y se alzaba pausadamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no era tan grande y rojiza. Los ojos del animal agonizante se clavaban con tristeza en el opaco disco lunar, y de nuevo un débil aullido resonó como un estertor, sordo y penoso, en la noche.
 
Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto al lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que erraron el blanco. Luego advirtieron que ya estaba muriendo y le cayeron con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.
 
Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrando hasta St. Immer. Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado, ni el brillo de las cumbres, ni la luna que flotaba roja sobre el Chasseral y cuya tenue luz se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido.
 
Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.