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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

lunes, 27 de enero de 2014

Páginas ajenas: ADIÓS, CANADÁ, de José Emilio Pacheco

"El peso de la nieve que hace visible la caída del tiempo..."
 
El olor de madera mojada
La playa en la mañana y sus troncos
La arena gris que en el volcán ha sido llama y catástrofe
El sol de niebla
La montaña de musgo
Islas y su alarmada población de gaviotas
El peso de la nieve que hace visible la caída del tiempo
Un jardín de cristal bajo los fuegos de la lluvia nocturna
serán acaso en la memoria tu olvido
un arcón de marchitas postales
y mapas que se rompen de viejos
necia basura que roba el aire a la existencia: el recuerdo
Pero tu nombre tendrá el rostro o la sombra
de esa muchacha a la que dije adiós para siempre
 
 
(Goodbye, Canada
 
Smell of wet wood
The beach at morning with its logs
Grey sand which was bled as flame and catastrophe from the volcano
Mist garlanding the sun
The musky mountain
Islands and their startled colonies of gulls
The weight of snow which makes visible the fall of time
A glass garden beneath the fires of nocturnal rain
perhaps they will be your blank hole in memory
a trunk of whitered postcards
and maps rotting at the seams
idiotic garbage which steals the breath from existence: memory
But your name will beats the face and the shadow
of that girl I bade goodbye to, forever.)
 
 
José Emilio Pacheco (México, 1919-2013)
 
(Traducido al inglés por George McWhirter, poeta laureado de la ciudad de Vancouver).
La ilustración corresponde a Vancouver bajo la nieve, donde José Emilio Pacheco vivió una temporada.

viernes, 24 de enero de 2014

Le Clézio: los veranos de enero en Isla Rodrigues


Para concluir esta breve exploración dedicada a los autores que se refieren al verano desde la perspectiva del hemisferio sur, El buscador de oro, de Le Clézio, es una novela que conjuga demasiados méritos como para no mencionarla. De entre todas las obras, tanto de narrativa como poesía, que hemos revisado durante la semana, esta es la única cuya acción no tiene lugar en Sudamérica, sino en Rodrigues, una de las islas Mascareñas en el Océano Índico.

"El sol está alto ya en el cielo cuando llegamos a la fuente del Boucan, muy cerca de las altas montañas. El calor de enero es pesado, me cuesta respirar bajo los árboles. Atigrados mosuitos salen de sus refugios y danzan ante mis ojos, los veo danzar también en torno a la lanuda cabellera de Denis. En las riberas del torrente, Denis se quita la camisa y empieza a recoger hojas. Me acerco para mirar las hojas de un verde oscuro, cubiertas de una pelusa gris, que recoge en su camisa transformada en bolsa. "Planta sueño", dice Denis. Vierte un poco de agua en la cavidad de una hoja y me la tiende. En la fina pelusilla, la gota permanece aprisionada, como un diamante líquido." (página 36)

"Laure y yo pasamos este último verano, todo el largo mes de enero, leyendo tumbados por el suelo en el desván. Nos detenemos cada vez que se habla de una máquina eléctrica, de una dinamo o incluso, sencillamente, de una lámpara de filamento.

Las noches son pesadas ahora, en la humedad de las sábanas, bajo la mosquitera, hay una suerte de espera. Va a ocurrir algo. En la oscuridad espío del ruido del mar, contemplo, a través de los porticones, la luna llena que se levanta." (página 41)

"Recuerdo mi primer viaje por mar. Fue en enero, creo, porque entonces el calor es tórrido mucho antes del alba y no hay un solo soplo en la Hondonada del Boucan. En cuanto apunta el alba, sin hacer ruido, me deslizo fuera de la habitación. No hay todavía ruidos en el exterior y en la casa todo el mundo duerme. Sólo una luz brilla en la choza del capitán Cook, pero a esta hora no se fija en nada. Mira al cielo gris esperando que se levante el día." (Página 45)

Lo opuesto a lo que sucede durante el mes de julio, en pleno invierno: "Las noches más hermosas son las de julio, cuando el cielo es frío y brillante y se ven por encima de las montañas del Río Negro las más hermosas luces del cielo..." (página 43)

El verano da principio en esas latitudes a finales de diciembre, con el solsticio. "Diciembre: pese a las lluvias que caen cada tarde sobre Forest Side, ese verano es el más hermoso y más libre que he conocido desde hace tiempo." (página 241)

"Le hablé como si nada tuviera que acabar, nunca, y los años perdidos fueran a renacer, en la frondosidad del jardín durante el mes de diciembre, cuando Laure y yo escuchábamos su voz cantarina que nos leía la historia sagrada." (página 278)

Tal vez, cuando Marguerite Duras y Alain Robbe-Grillet encabezaron el movimiento literario llamado antinovela, allá por la década de los años sesenta, pretendían llegar a la pureza descriptiva por sí misma que ha logrado Le Clézio. Con una cualidad que los supera: la delicadeza de su lirismo no resulta estática, sino que envuelve a la acción en sí misma. No se estanca en el mero malabarismo verbal -como sucede, por ejemplo, entre los intentos en nuestra lengua, con La presencia lejana, de Juan García Ponce-. Parecería que Le Clézio alcanza el ideal del sueño proustiano con su prosa impecable y refinada.

Gracias a que la academia sueca le otorgó el premio Nobel de literatura en 2008, los lectores en diferentes lenguas tenemos ahora el privilegio de poder aproximarnos a la obra de Le Clézio.

 
Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a una fotografía de Isla Rodrigues durante el verano.

jueves, 23 de enero de 2014

El paso de Camilo José Cela por Sudamérica

 
En contraste con los autores sudamericanos -Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Ernesto Sabato-, de quienes ya hemos visto se refieren al mes de enero con los calificativos propios del verano, Camilo José Cela, desde su perspectiva hispana inicia su Divagación ante la navidad subrayando la presencia de la nieve como una suerte de requisito: "Si la navidad, sin albo sombrero aquí en el hemisferio norte, virase con el mundo cualquier mañana para presentársenos de pronto florida y primaveral, un temblor de desasosiego recorrería, tembloroso, como un ciempiés con sus mil patitas dormidas, el espinazo de la humanidad."

Animada por esa misma idea parecería la siguiente descripción que aparece en su novela La colmena: "Han pasado tres o cuatro días. El aire va tomando cierto color de Navidad. Sobre Madrid, que es como una vieja planta con tiernos tallitos verdes, se oye, a veces, entre el hervir de la calle, el dulce voltear, el cariñoso voltear de las campanas de alguna capilla."

Siendo la hispanofilia una de las características recurrentes en su trabajo literario -Juan Carlos Mainer advierte "una alacena de desplantes castizos" en su obra-, su perspectiva iberocéntrica no constituye ninguna sorpresa. Sobre todo si se toma en cuenta que siempre radicó en España. A diferencia de otros escritores notables, Cela permaneció durante casi toda su vida anclado en su patria. Sin embargo, bien valdría la pena recordar su fugaz aventura hispanoamericana. Con mayor razón tratándose de un personaje polémico, acusado legalmente de plagio debido a su novela La cruz de San Andrés, con la que obtuvo el premio Planeta en 1994, por parte de María del Carmen Formoso, autora de Carmen, Carmela, Carmiña (Fluorescencia).*

Su hijo, de nombre Camilo José Arcadio -cuyas reminiscencias garciamarquianas son inevitables- Cela Marín, escribió una obra de carácter biográfico: Cela, mi padre. En ella presume que su progenitor, "en el mes de mayo de mil novecientos cincuenta y tres, mi padre cruzó el Atlántico a bordo de un avión de hélice, con cien pesetas en el bolsillo y un divieso en la nalga izquierda", para luego agregar que "El joven y ya famoso escritor español sobrevivió en Colombia, Ecuador y Venezuela como los soldados de la gloriosa Infantería: a fuerza de improvisar sobre el terreno con los recursos que le iban saliendo al paso." Desafortunadamente para el vástago del premio Nobel, no tomó en cuenta que el viajero mantenía al tanto de su itinerario a García de Llera, director de relaciones culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores y el diario ABC, en su edición del 24 de mayo de 1953, anunciaba que Cela viajaba como invitado oficial del Ministerio de Educación Nacional de Colombia, y que el modesto avión de hélice al que se refiere -por aquella época no había de otros-, era nada menos que El Colombiano, de Avianca, un Constellation de reciente modelo al servicio de la presidencia, "y lo que lo espera al otro lado del Atlántico no es el improvisado destino de un inmigrante ni los rigores de las cordilleras y las selvas americanas, tan temidos por los soldados de la gloriosa Infantería. Lo esperan los cócteles y agasajos para un huésped de honor de la República de Colombia, lo esperan los tules y las sedas de la vida diplomática...", señala Gustavo Guerrero en su bien documentado ensayo Historia de un encargo: La catira de Camilo José Cela, indispensable para conocer este episodio. Por cierto, existen abundantes testimonios gráficos de Cela brindando en banquetes con funcionarios de los países anfitriones de su gira: Colombia, Venezuela y Ecuador. Por lo tanto, la imagen romántica que pretende construir su hijo, del humilde escritor que sale a la aventura hacia países lejanos y desconocidos, no es más que una falsificación permeada por la nugacidad.

Entrando de lleno a la anécdota de la novela La catira, una de las obras menos difundidas de Cela, como epígrafe de su ensayo, Gustavo Guerrero incluye la definición de la palabra por parte de la Real Academia Española: "catire, ra (De or. cumanagoto.) adj. Am. Dicho de una persona: Rubia, en especial con el pelo rojizo y ojos verdosos o amarillentos, por lo común hija de blanco y mulata, o viceversa." Sobre la mujer que inspiró al personaje del que proviene el título de la novela, se sugiere que se llamaba Amelia Góngora y era la hija de un inmigrante español.

A su paso por Venezuela, en ese 1953, Cela se encontró con que el dictador en turno, el coronel Marcos Pérez Jiménez, quien había derrocado a Rómulo Gallegos, trataba de borrar toda memoria posible de su antecesor y para ello le encomendó al escritor que lo visitaba, que escribiera un novela de carácter eminentemente localista que pudiera opacar a Doña Bárbara. Ese sería el génesis de La catira. Y hasta hay quienes aseguran que se le pagaron tres millones de pesetas por dicha tarea. Guerrero procura demostrar algo muy diferente. Finalmente, prevalece la idea de que se trató de una suerte de autoencargo para quedar bien con el dictador venezolano y, sobre todo, con el régimen franquista, del que Cela fue más que un decidido defensor, un informante y colaborador durante su juventud. De ahí que apoyados en dicha investigación de Guerrero, en la prensa española hay quienes -sería el caso del ya citado Mainer-, se han referido a la novela como un timo: "De los trancos de picaresca literaria protagonizados por Cela, el encargo de la novela La catira (1955), primera y única de sus «Historias de Venezuela», fue uno de los más pintorescos. Lo esencial lo sabíamos, porque Cela presumió de él: fue un encargo -mejor, un autoencargo, como se demuestra ahora- del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez, pagado a peso de oro, que acabó en fiasco. La crítica americana despellejó la obra, aunque en España obtuviera un efímero éxito, pero el cómputo total de la aventura tampoco fue tan malo para su protagonista."

He rescatado un par de párrafos que se ocupan del invierno en la región del hemisferio sur en el que transcurre la acción de La catira, ya que, a final de cuentas, era la intención original del presente texto: "Cuando las lluvias se abren sobre la tierra y por el cielo retumba la maraca áspera del invierno tropical..." (página 92) Y por último, tan sólo un par de páginas más adelante: "Durante el invierno, allá por junio, por julio y por agosto, el chicuaco y el pato real -yaguazo, le dicen los llaneros- cruzan el aire de la sabana, graznando amargamente..." (página 94)

Jules Etienne

* Es posible abundar en dicho episodio en un texto previo de este blog:
http://mitosyreincidencias.blogspot.ca/2010/09/coincidencia-o-plagio.html  

miércoles, 22 de enero de 2014

Páginas ajenas: SOBRE HÉROES Y TUMBAS, de Ernesto Sabato


(Fragmento que menciona el verano en enero)

 Recordé de pronto una de las historias que había descubierto en mi larga investigación. En la casa de Echagüe en la calle Guido, cuando todavía vivía el viejo, una mucama era explotada por un ciego que en los días francos la hacía trabajar en el Parque Retiro. En el año 1935 entró de portero un español joven y violento, que se enamoró de la muchacha y logró, finalmente, que se alejara del macró. La muchacha vivió durante meses en medio del terror, hasta que poco a poco, y tal como el portero trataba de hacérselo entender, vio que los castigos que podía inferirle el explotador eran puramente teóricos. Pasaron dos años. El primero de enero de 1937, la familia Echagüe levantaba la casa para irse a la estancia donde pasarían los meses de verano. Ya todos habían salido de la casa menos el portero y la mucama, que vivían arriba; pero el viejo mucamo Juan, que hacía las veces de mayordomo, creyendo que ya habían salido, cortó la corriente eléctrica y luego salió, cerrando con llave la gran puerta de entrada. Ahora bien; en el momento en que Juan cortaba la corriente eléctrica, el portero y su mujer venían bajando en el ascensor. Cuando tres meses después volvió la familia Echagüe, encontraron en el ascensor los esqueletos del portero y la mucama que se había convenido permanecerían en Buenos Aires durante las vacaciones.

 
Ernesto Sábato (Argentina 1911-2011)

martes, 21 de enero de 2014

El verano en enero


En los primeros renglones del relato Boca de sapo, de Isabel Allende, incluido en el volumen Cuentos de Eva Luna, el personaje que narra se lamenta: "Eran tiempos muy duros en el sur. No en el sur de este país, sino del mundo, donde las estaciones están cambiadas y el invierno no ocurre en Navidad, como en las naciones cultas, sino en la mitad del año, como en las regiones bárbaras."

En la estrofa VI, En este tiempo, del Coral de año nuevo para la patria en tinieblas, en su Canto General, es evidente cuando Pablo Neruda se refiere al mes de enero describiendo frutos maduros y se pregunta sobre el brillo de los campos de trigo:

... piensa que soy el viento de enero,
viento Puelche, viento viejo de las montañas
que cuando abres la puerta te visita
sin entrar, aventando sus rápidas preguntas.
Dime, has entrado a un campo de trigo o de cebada,
están dorados? Háblame de un día de ciruelas.
Lejos de Chile pienso en un día redondo,
morado, transparente, de azúcar en racimos,
y de granos espesos y azules que gotean
en mi boca sus copas cargadas con delicia.
Dime, mordiste hoy la grupa pura
de un durazno, llenándote de inmortal ambrosía,
hasta que fuiste fuente tú también de la tierra,
fruto y fruto entregados al esplendor del mundo?

Por su parte, la argentina Alfonsina Storni en su poema Capricho 2, describe al mes como un jardín:
Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Gabriela Mistral, chilena como Neruda e Isabel Allende, en su poema Nocturno escribe: "Te acordaste del fruto en febrero", más adelante continúa: "Caminando vi abrir las violetas", y luego culmina la estrofa "para no ver más enero ni abril". Mientras que en La mujer fuerte establece: "Segar te vi en enero los trigos de tu hijo". Es decir, todas son referencias o actividades propias del estío.

Finalmente, en su poema La enredadera, la uruguaya Juana de Ibarbourou desborda el entusiasmo de la primavera a punto de transformarse en verano.

Por el molino del huerto
asciende una enredadera.

El esqueleto de hierro
va a tener un chal de seda

ahora verde, azul más tarde
cuando llegue el mes de Enero

y se abran las campanillas
como puñados de cielo.

Alma mía: ¡quién pudiera
Vestirte de enredadera!

Por eso al leer un poema que mencione de manera específica un mes en particular o alguna de las estaciones del año, uno debe tener la curiosidad de ubicar su procedencia, si se menciona enero en el hemisferio sur, recién está empezando el verano, mientras que en el norte, nos encontramos bajo la nieve del invierno boreal. Neruda precisa en el mismo Canto General: "del grave invierno austral" y en varias ocasiones reitera la idea del "invierno en el sur", como en la cuarta estrofa de América, no invoco tu nombre en vano o en El fugitivo, cuando dice: "Era invierno en el Sur./ La nieve había/ subido a su alto pedestal, el frío/ quemaba con mil puntas congeladas."

Silvina Ocampo, en su relato La boda, subraya el clima en agosto: "El día de nuestro casamiento fue el más frío del año. Nos tocó casarnos en el mes de agosto. Temí que la helada se transformara en nieve aquella mañana y desbaratara de ese modo la fiesta que, después de todo, iba a ser lo más agradable de la boda."

Pero regresando a la temporada estival en enero, que es el tema que motiva el presente texto, Tomás Eloy Martínez en El Cantor de Tango, ubica en Buenos Aires la acción del siguiente párrafo:

A mediados de enero de 2002, en uno de los peores días del verano, cuando parecía que la gente estaba acostumbrándose a la incesante desgracia, Alcira me contó que, poco antes del recital fatídico en Parque Chas, Martel había leído la historia de un crimen ocurrido entre 1978 y 1979, y había conservado el recorte con la intención de dar allí también otro de sus conciertos solitarios.

La novela Rayuela, de Julio Cortázar, acontece entre Francia y Argentina, de ahí que establezca puntual "Del lado de acá" o "Del lado de allá", se refiera a "la primavera sonriente de París", y un inglés escriba una carta quejándose sobre la ausencia de las mariposas en marzo para advertir que "el verano pasado estaba lleno de mariposas", en cambio durante el mismo marzo, es cuando llega el otoño a Buenos Aires.


Jules Etienne

domingo, 19 de enero de 2014

Epigrama: DESILUSIÓN



Tercer lunes de enero

el día más triste del año,

cuando el anhelo embustero

se transforma en vil desengaño.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 15 de enero de 2014

Páginas ajenas: LA ESTRELLA, de Andrés Sánchez Robayna

"Tú dormías. La grava silenciosa se llenaba de noche..."

 Non dormía e cuydava
Pedr'Eanes Solaz

Cruzó, fugaz, la estrella, y en la hierba
dejó un rastro de luz. La casa blanca
en medio de la noche supo sólo
el latido, el fulgor entre los árboles.

Tú dormías. La grava silenciosa
se llenaba de noche, la bebía
en las negras aristas, en sus poros
de oscuridad de piedra absorta, amada.

Grava fulmínea, ahora en silencio yerto
junto a la casa a oscuras. Los aleros
daban sombra de luna, fría, fresca
sombra en las losas grises que miraba

desde el salón al mar, que se extendía
como otra losa gris, iluminada.
Salí a esa sombra, hasta las jardineras
tocadas por el soplo de la noche,

el aliento invisible, aire desnudo
de sí, de mí, sobre el geranio a punto
de arder. -No vi el geranio en llamas
fijo en la oscuridad, vi la inminencia

de una cerrada combustión, la acacia
y su ceniza más allá del tiempo,
el ramaje y el cuerpo, tu sonrisa
entre la luz de enero y el reposo

del mar abajo, también él desnudo.
La luna sobre el muro blanco teje
sombras de ramas, y el helecho umbrío
se ofrece grácil, habla con la sombra.

Fui por la hierba hasta las agitadas
acacias, hasta el muro, y una calma
llenaba el aire aun en la agitación
y en la inquietud de los ramajes, clara

calma en la hierba, y contra el muro puse
la mano en su quietud. Tocaba el mundo.
Tocaba un orden, una calma, el aire
entre el mar y la acacia, y recordaba

tal vez la luz y su destino oscuro.
Entré. Volví a mirar la hierba, el cielo,
la casa silenciosa. Allí tu cuerpo
brilló en la oscuridad. y vi la estrella.


Andrés Sánchez Robayna (España, 1952)

martes, 14 de enero de 2014

Decir Adiós es morir un poco (página 183)



Más que una consecuencia de la rotación del planeta o un referente lunario, la noche es un estado de ánimo individual. Aun cuando se torna una experiencia colectiva, persiste su esencia íntima. Es el reflejo indiscriminado de la euforia o la angustia, nostalgia o deseo. Espejo cotidiano de cada existencia, la noche es el momento de afrontar el saldo de lo vivido durante el día. Tal vez por eso nos retribuye con el privilegio de soñar.


Jules Etienne

lunes, 13 de enero de 2014

Páginas ajenas: EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA, de H. P. Lovecraft


(Párrafo inicial del capítulo 2: entre el 11 y el 18 de enero)
 
Supongo que el público debió de manifestar un interés muy vivo ante nuestro anuncio de que Lake partía hacia el noroeste internándose en regiones donde nunca había penetrado ningún ser humano, ni siquiera con la imaginación, y a pesar de que no mencionamos sus extravagantes esperanzas de revolucionar la biología y la geología. Sus primeras perforaciones, realizadas entre el 11 y el 18 de enero en compañía de Pabodie y otros cinco hombres — y durante las cuales se perdieron dos perros al cruzar una de las grietas abiertas en el hielo por la presión-, habían dado como resultado la obtención de numerosos esquistos arqueanos. Hasta yo me interesé por la evidente profusión de marcas de fósiles en aquel estrato increíblemente antiguo. Estas marcas, sin embargo, que eran de formas de vida muy primitivas, no encerraban ninguna extrema paradoja, salvo la novedad de la abundancia de fósiles en rocas precámbricas. Por lo tanto siguió pareciéndome inoportuno interrumpir nuestro programa para un intermedio que requeriría la utilización de cuatro aeroplanos, muchos hombres, y casi todos los aparatos de la expedición. Sin embargo, no veté el plan; pero decidí no acompañar la expedición, a pesar de los ruegos de Lake, que quería contar con mis conocimientos de geología. Me quedaría en la base con Pabodie y cinco hombres preparando nuestro viaje hacia el este. Uno de los aparatos ya había comenzado a trasladar una gran cantidad de gasolina desde el estrecho de McMurdo; pero este trabajo podía interrumpirse por ahora. Conservé un trineo y nueve perros, pues no era prudente quedarse sin medios de transporte en aquel mundo muerto y desamparado.
 
 
 Howard Philips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937).

domingo, 12 de enero de 2014

Páginas ajenas: NO TE QUIERO SINO PORQUE TE QUIERO..., de Pablo Neruda

"Tal vez consumirá la luz de enero, su rayo cruel, mi corazón entero..." *


No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.



Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.
 
* La ilustración corresponde a la luz de enero en el hemisferio boreal aunque es probable que el poema se refiera al verano austral.

Carnaval: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier

"... que les hicieron dormir en las posadas blancas -cada vez más blancas- de Tarancón..."

(Fragmento del capítulo III)

Pasaban los días y el Amo, con tanto dinero como traía, empezaba a aburrirse tremendamente. Y tan aburrido se sintió una mañana que resolvió acortar su estancia en Madrid para llegar cuanto antes a Italia, donde las fiestas de carnaval, que empezaban en Navidades, atraían gente de toda Europa. Como Filomeno estaba como embrujado por los retozos de la Filis y la Lucinda que, en casa de la enana gigante, fantaseaban con él en una ancha cama rodeada de espejos,  acogió con disgusto la idea del viaje. Pero tanto le dijo el Amo que estas hembras de acá eran de deshecho y miseria al lado de cuanto encontraría en el ámbito de la Ciudad Pontificia, que el negro, convencido, cerró las cajas y se envolvió en la capa de cochero que acababa de comprarse. Bajando hacia el mar, en jornadas cortas que les hicieron dormir en las posadas blancas -cada vez más blancas- de Tarancón o de Minglanilla, trató el mexicano de entretener a su criado con el cuento de un hidalgo loco que había andando por estas regiones, y que, en una ocasión, había creído que unos molinos (“como aquel que ves allá”...) eran gigantes. Filomeno afirmó que tales molinos en nada parecían gigantes, y que para gigantes de verdad había unos, en África, tan grandes y poderosos, que jugaban a su antojo con rayos y terremotos...


Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980)

sábado, 11 de enero de 2014

Los reyes magos no existen: Camilo José Cela y Gabriel García Márquez

"Los pesebres domésticos eran prodigios de la imaginación familiar..."

"Como alguien nos dijo -hace muchos años ya- que era un tanto dudosa la existencia de los Reyes Magos cabalgando sus caballos alados y velocísimos con un completo bazar a cuestas, por todos los caminos el mundo, nosotros miramos, pasado el primer momento de estupor, para nuestros zapatos, para nuestros traidores zapatos que, estando en el secreto, tan callado se lo tenían." Así principia la crónica de Camilo José Cela titulada Los zapatos de la Noche de Reyes, escrita a principios de los años sesenta y que rescata ese momento de desengaño en la vida de cualquier niño que comienza a dejar de serlo.

"Nosotros los miramos implacablemente -no más que un momento- y nuestros zapatos, como en las últimas confesiones, mostraron un ejemplar arrepentimiento que nos desarmó. Pero ¡ay!, que no nos quitó de encima el disgusto, el inmenso y doble disgusto que invadía nuestro corazón. Grande como las montañas y doble, decíamos, porque pecaba contra la lealtad y la fantasía."

Y prosigue el desencanto: "Aquella mañana se borró de nuestra mente todo un mundo misterioso, afable y sobrecogedor, y otro mundo -si no misterioso, indescifrable; si no lleno de amabilidad, si pletórico de hiel; si no sobrecogedor como un cuento de brujas en la alta noche, sí espantable como una cierta y concreta terrible evidencia- pasó a llenar la infantil cabeza recién vacía, como un vaso que se derrama."

Años después, en diciembre de 1980, Gabriel García Márquez, publicó el artículo Estas navidades siniestras, en el que expresaba: "Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de la imaginación familiar. El Niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más pequeñas que la virgen y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los reyes magos el camino de salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau."

Después de eso, García Márquez -al igual que le aconteció a Cela-, recuerda su amarga confrontación con el realismo del mundo adulto:

"La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los reyes magos -como sucede en España con toda razón- sino el Niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión, no sólo porque yo creía de veras que era el Niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque habría querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños y me quedé en el limbo. Aquel día -como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdería la inocencia. Pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora."

En fin, que los reyes magos no existen pero en algún momento fueron posibles porque en el universo infinito de la imaginación infantil así quisimos que fuese. Negarlos, dice Cela, es pecar contra la fantasía, al hacerlo, según García Márquez, habremos perdido la inocencia. Parecerá ridículo, pero he decidido volver a dejar mis zapatos a la vista durante la próxima noche de reyes, sólo para "seguir creyendo". Qué importa que amanezcan vacíos.


Jules Etienne

viernes, 10 de enero de 2014

Páginas ajenas: ESTAS RUINAS QUE VES, de Jorge Ibargüengoitia


(Fragmento que refiere la Adoración de los Reyes Magos)

Sebastián Montaña, viendo que faltaba un rato para el banquete, nos invitó a la rectoría a que viéramos una Adoración de los Reyes Magos que había rescatado del patio de Hildebrando, y a que probáramos un mezcal muy famoso que tenía guardado en su escritorio.

El edificio de la Universidad, como muchos otros de Cuévano, está lleno de pasillos y escaleras. No hay manera de dar diez pasos sin tener que bajar dos escalones, subir tres o dar la vuelta a un recodo.

Íbamos de dos en fondo. Sarita, que llevaba tacones muy altos, se quedó sola, mero atrás. Caminaba erguida, mirando al frente. Cuando bajaba escalones tenía vibraciones inesperadas. A veces se detenía y se quedaba leyendo pequeñas etiquetas pegadas al muro que decían: "chancros, sífilis, gonorrea. Doctor Fandango. Calle del Triunfo de Bustos 22". Cuando se dio cuenta de que yo estaba mirándola, sonrió por cuarta vez.

La Adoración de lo Reyes Magos no era gran cosa, pero entre que el joven Rocafuerte le ponía peros y Carlitos Mendieta pedía que lo dejaran restaurarla antes de que se cayera en pedazos, se pasó el tiempo. Cuando fuimos al patio donde iba a ser el banquete, ya la policía había cerrado la puerta, y para que nos dejaran pasar tuvimos que entregar nuestras invitaciones al capitán Hinojosa, jefe de la guardia de corps y uno de los hombres más brutos de Cuévano.


Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983)

jueves, 9 de enero de 2014

Páginas ajenas: LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS, de Manuel Mujica Láinez

"El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens..."

(Cuento completo)

Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en las ventanas y luego, lenta, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.

Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo los libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.

De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.

El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.

Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.

Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.

El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las manti1las de les devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.

Ya empezó la primera misa El capellán abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.

Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.

Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.

Son unas voces, unos cuchicheos,.desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.

Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba 1a estrella divina.

- Et apertis thesaurus suis -canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.

Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.

Entonces en el paño se alza el Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.

Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de 1as caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.

Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.

En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.

Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.

Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en torno del Niño.

Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.

Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en los pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.

Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.

Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.


Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984)

La ilustración corresponde a la Adoración de los magos (1629), de Peter Paul Rubens.

miércoles, 8 de enero de 2014

Páginas ajenas: DÍA DE REYES, de José Lezama Lima


Es el día, como decía Baudelaire, en que todos se ríen con dientes de igual blancura. Los reyes con sus mazorcas de oro y el buey con su tibio aliento, se hacen de la flor del homenaje para el niño. ¿Quién no recuerda la medianoche del Día de Reyes? despiertos, jadeantes, cuando los tres reyes apretaron nuestra mano, cambiaron sonrisas, volcaron su cornucopia de halagos y nos dejaron el recuerdo de la monarquía universal de la bondad, la bruñida estrella de la alegría compartida e interpretada.


José Lezama Lima (Cuba, 1910-1976)

Publicado en el Diario de la Marina, en La Habana, el 6 de enero de 1950.

La ilustración corresponde al castillo de los tres reyes magos del Morro, en La Habana, Cuba.

martes, 7 de enero de 2014

En lugar de regalos, los reyes magos trajeron nieve

"En el invierno un cruel frío/ que hace llorar..."

Cuando éramos niños solían repetirnos la amenaza proverbial de que había que portarse bien porque de lo contrario los reyes magos no nos traerían ningún regalo. Con el tiempo, los reyes dejaron de cumplir mis deseos. Sin embargo, se me arraigó la costumbre -desprovista de cualquier matiz religioso-, de suponer que el mal comportamiento tarde o temprano acarrea sus propias consecuencias. O por decirlo a manera de eufemismo: dicha conducta se erige como el pretexto para que los reyes magos no cumplan deseos y pasen de largo sin entregar los obsequios esperados.
 
Este año que recién comienza, 2014, ha visto como se nos ha castigado con un frío polar inusual -curiosamente, en Vancouver la temperatura no ha descendido bajo cero, sólo hemos tenido una hermosa nevada antes de navidad y ayer hacía más frío en la ciudad de México-, los reyes repartieron nieve y clima gélido en nuestra porción septentrional del continente.
 
Nueva York amaneció hundido en la nieve. Con lo malhumorados que de por sí son sus habitantes, no envidio a quienes tienen que permanecer allí. Las notas de las agencias noticiosas son tan típicas, todo lo vuelven cifras: "Nueva York registra una temperatura de catorce grados centígrados bajo cero, la menor desde hace 118 años para un siete de enero", y así por el estilo. No ofrecen más que hipérboles y números.
 
Por eso los estadounidenses reinventaron el uso de la palabra billones. En todos los idiomas se emplea la palabra con esa misma raíz etimológica para denominar un millón de millones, incluso los ingleses -que son los padres de esa lengua-. Sin embargo, para ellos son mil millones y no los vamos a sacar del error. De esa manera suena más contundente, tiene un efecto mayúsculo. Y luego se ven forzados a expresarse con un barbarismo coloquial: zillions, porque rebasaron los límites verbales y ya han agotado el repertorio. El problema es que el uso del término es contagioso y aunado a la ignorancia provoca confusiones. Conversando en español un amigo me decía: "el mundo tiene diez billones de habitantes", yo le cuestionaba la imposibilidad, le decía que "diez millones de millones ni siquiera cabrían en el planeta", y en un principio no captaba la diferencia, suponía que hablábamos de la misma cantidad hasta que tuve que explicárselo, y por lo menos aceptó que en español el término billón se refiere a un millón de millones. En caso contrario debe decirse mil millones. Es así y punto. No es negociable.

Desde el momento en que leí la noticia sobre Nueva York empezó a rondarme, como si se tratara de una canción, una vieja rima: "Y millones de habitantes/ pequeños como guisantes/ vistos desde un rascacielos./ En el invierno un cruel frío/ que hace llorar..." Pero no estaba seguro de donde provenía. Escribí la primera frase en el buscador y apareció su autor: Enrique Jardiel Poncela.
 
Eso me ha conducido a otra rima, de Rubén Darío, cuando presenta a cada uno de los tres reyes magos:
 
- Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina Estrella!

- Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo.
¡Y en el placer hay la melancolía!

- Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.


Sólo faltaría, entonces, que los reyes en su versión 2014, además de anunciar cómo Gaspar portaba el incienso, Melchor la mirra y Baltasar el oro, advirtieran el hecho de que irían esparciendo nieve a su paso hasta que la prodigalidad de tanto afán alcanzara el calificativo de cruel. Aunque, por otra parte, también me parece que la humanidad ha hecho lo suficiente para merecerlo.

Jules Etienne

domingo, 5 de enero de 2014

Alejo Carpentier: dos carnavales de Epifanía

"... había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía..."
 
Tal vez se deba a la influencia de haber crecido en Cuba donde se festeja el peculiar carnaval de la Epifanía durante el denominado día de los santos reyes, además del otro -tradicional en todo el mundo-, que precede al miércoles de ceniza, pero el caso es que Alejo Carpentier nos obsequia un par de vívidas y exuberantes descripciones, la primera de las cuales corresponde a su novela El reino de este mundo

Pero el día de su sepelio, un alegre estrépito de tambores llenaba la ciudad. Los negros, bien enterados de que algo había cambiado en Francia, habían pensado, aunque tardíamente, en celebrar su Carnaval de Epifanía, olvidado durante los años del ateísmo oficial. Desde temprano se habían disfrazado de Reyes y Reinas del África, de diablos, hechiceros, generales y bufones, echándose a las calles con calabazos, sonajas y cuanto pudiera golpearse y sacudirse en honor de Melchor, Gaspar y Baltasar. Los sepultureros, cuyos pies se agitaban impacientemente al compás de las músicas lejanas, cavaron a toda prisa una fosa exigua, donde metieron a empellones el ataúd de tablas rajadas, cuya tapa, además, estaba medio desclavada. A mediodía, mientras se bailaba en todas partes...

Y ahora un párrafo carnavalesco que tiene lugar en Venecia, el cual proviene de su maravillosa y breve alucinación Concierto Barroco: "había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listados de caramelo y palos de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas".
 
Después de eso, en determinado momento los protagonistas, el mexicano Montezuma (sic) y su criado cubano Filomeno, se encuentran en una sala de música con los mismísimos Vivaldi y Haendel, acompañados por una orquesta de huérfanas del Ospedale della Pietá, "y llegaban otras y otras más, trayendo perfumes en las cabelleras, flores en los escotes, zapatillas bordadas, hasta que la nave se llenó de caras jóvenes -¡por fin, caras sin antifaces!-, reidoras iluminadas por la sorpresa, y que se alegraron más aún cuando de las despensas empezaron a traerse jarras de sangría y aguamiel, vinos de España, licores de frambuesa y ciruela mirabel". Para que después de que Filomeno, al fin cubano, se tope con un cuadro en el que la serpiente está tentando a Eva, empiece a cantar "Mamita, mamita, ven, ven, ven. Que me come la culebra, ven, ven, ven". Y luego de hacer el ademán de que va a matar a la serpiente con un cuchillo, sigue: "La culebra se murió, calaba-són-son-son", y en un alarde de anacronismos, "Kábala-sum-sum-sum -coreó Antonio Vivaldi, dando al estribillo, por hábito eclesiástico, una inesperada flexión de latín salmodiado", de inmediato lo siguen Doménico Scarlatti, Jorge Federico Haendel y las setenta huérfanas: "Y, siguiendo al negro que ahora golpeaba la bandeja con una mano de mortero, formaron todos una fila, agarrados por la cintura, moviendo las caderas, en la más descoyuntada farándula que pudiera imaginarse -farándula que ahora guiaba Montezuma, haciendo girar un enorme farol en el palo de un escobillón al compás del sonsonete cien veces repetido. Kábala-sum-sum-sum".
 
Narración a la que sólo le faltaría la respectiva banda sonora. No en vano Carpentier tenía fama de ser un gran melómano -fue autor del ensayo La música en Cuba-, sino que se cuenta que solía escribir sus textos en la máquina de escribir, de esas que ahora ya no existen desplazadas por el ordenador: ¡en papel pautado!
 
 
Jules Etienne