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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

lunes, 30 de junio de 2014

Espejos (60): CARLOS FUENTES ANTE EL ESPEJO, de Enrique Díaz Álvarez


El espejo como símbolo de identidad en la obra de Carlos Fuentes
 
(Fragmento)

Los espejos y el reflejo han sido constantemente empleados de forma simbólica en la historia de la literatura universal; desde el mito de Narciso hasta El retrato de Dorian Gray, el espejo como objeto y protagonista ha cambiado la atmósfera de un espacio, de una historia, de una hoja. Más allá de una lámina azogada que sirve para reflejar lo que se presenta ante ella, el espejo en Fuentes es un soporte simbólico de nuestra búsqueda de identidad, que consciente o inconscientemente, ha inundado sus historias. Entre líneas Fuentes usa al espejo para decirnos siempre algo más. En varias de las novelas escritas por el autor de Aura es interesante jugar con el símil de la imagen del espejo y su significante. La presencia de este objeto en su obra es permanente, obsesiva y misteriosa. En La región más transparente aparece treinta y cuatro veces la palabra espejo, en La muerte de Artemio Cruz veintiocho, en La frontera de cristal quince y en Los años con Laura Díaz la cantidad de sesenta y siete. Simplemente recordemos que la historia de México es el Espejo enterrado. Es evidente que en la obra de Fuentes desde La región más transparente hasta Los años con Laura Díaz, el espejo y su reflejo resulta un protagonista más de sus historias. En una entrevista Marie-Lise Gazarian, intrigada por esta obsesión, cuestionaría a Fuentes sobre la importancia y prevalencia del espejo como concepto del doble o del gemelo en la mayoría de sus novelas, a lo que el autor mexicano respondió:
 
Es mucho más que el concepto del doble o del gemelo, pues me preocupa mucho el problema de la identidad, que proviene del hecho de que soy latinoamericano, mexicano y un hombre del tercer mundo, y la identidad está en el centro de nuestras preocupaciones. No tenemos una identidad que podamos asumir fácilmente, a diferencia de un francés, un inglés o incluso de un ciudadano norteamericano ( ... ) Estamos intentando moldear nuestra identidad para descubrirla y esto a veces conduce a una profunda esquizofrenia y genera impulsos de duplicarse o de mirarnos en un mundo de espejos. Creo que también proviene de una doble tradición, la tradición de la cosmología y la civilización indígena y la gran tradición de la literatura española con su idea de preguntarse si la vida es un sueño, o si el sueño es la vida, como aparece en Calderón de la Barca, por ejemplo. Quetzalcóatl se creyó siempre un dios hasta que un demonio llegó con un espejo y le mostró que tenía un rostro, "!Entonces no soy un dios! Tengo cara como los hombres", se dijo y huyó de México, prometiendo volver. El exilio de Quetzalcóatl es un mito que refleja como en un espejo la historia de México, ya que el dios descubre que es un ser humano. La mayoría de nuestra historia emana de este descubrimiento, de este problemático descubrimiento.
 
En su Tiempo mexicano, Carlos Fuentes narra otra anécdota significativa; cuando los soldados zapatistas ocuparon las mansiones de la aristocracia porfiriana en la ciudad de México:
 
… les fascinaron los espejos de estas residencias, los enormes espejos con no menos gigantescos marcos de oro, repujados, decorados con acanto y terminados en cuatro grifos áureos. Los guerrilleros de Zapata, con asombro y risa, se acercaban y alejaban de estas fijas y heladas lagunas de azogue en las que, por primera vez en sus vidas, veían sus propias caras. Quizá sólo por esto la revolución había valido la pena: les había ofrecido un rostro, una identidad. Mira: soy yo. Mírate: eres tú. Mira: somos nosotros.
 
¿Cuándo nació el primer mexicano? Por qué no decir que fue con la Revolución, ahí, frente al espejo, cuando ese primer hombre se atrevió a ser él mismo y ocupó su espacio en el tiempo; entre la sorpresa y el júbilo tiraron la máscara. Pudieron reconocerse desde el otro lado y encontrarse ahí mismo en una mansión de Polanco o en el Sanboms de los azulejos. No será que heredamos la fascinación ante el espejo de nuestros antepasados prehispánicos. ¿Cuál es el precio justo por reconocerse? Identidad en el reflejo. Múltiples ojos en igual número de espejos.
 
 
Enrique Díaz Álvarez (México, 1976)
 
Publicado originalmente en el número 33 de la revista Estudios Políticos de la UNAM, mayo-agosto de 2003.

La ilustración corresponde a la casa de los hermanos Serdán en Puebla, hoy convertida en museo: el espejo muestra las huellas de las balas del primer estallido de la revolución mexicana el 18 de noviembre de 1910.

sábado, 28 de junio de 2014

Espejos (58): EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY, de D. H. Lawrence

"... se quitó toda la ropa y se miró desnuda en el enorme espejo."

Capítulo 7
 
(Párrafos iniciales)

Cuando Connie subió a su dormitorio hizo lo que no había hecho en mucho tiempo: se quitó toda la ropa y se miró desnuda en el enorme espejo. No sabía qué miraba o qué buscaba con exactitud, pero, a pesar de todo, movió la lámpara hasta recibir la luz de lleno.
 
Y pensó, como había pensado tan a menudo, que el cuerpo humano desnudo es algo frágil, vulnerable y un tanto patético; ¡algo como inacabado, incompleto!
 
Se decía que había tenido una buena figura, pero ahora estaba fuera de moda: un poco demasiado femenina y no lo bastante como un adolescente. No era muy alta, más bien algo escocesa y baja, pero tenía una cierta gracia fluida y ligera que podría haber sido belleza. Su piel era ligeramente azafranada, sus miembros estaban provistos de una determinada tranquilidad, su cuerpo debería haber tenido una riqueza plena y móvil; pero le faltaba algo.
 
En lugar de madurar en sus firmes curvas descendentes, su cuerpo se iba aplanando y cobrando asperezas. Era como si no hubiera recibido bastante sol v calor; estaba grisáceo y falto de savia. 
 
Desprovisto de su femineidad real, no había llegado a convertirse en un cuerpo de muchacho transparente y etéreo; en lugar de eso se había hecho opaco.
 
 
 D. H. Lawrence: David Herbert Lawrence (Inglaterra, 1885-1930)

Espejos (58): ROJO Y NEGRO, de Stendhal

"¡Porque su luna refleja el cieno, se revuelven contra el espejo!"

(Fragmento del capítulo XLIX: La ópera bufa)

Tampoco es el amor el que se encarga de proporcionar una fortuna a los jóvenes dotados, como Julián, de algún talento: tienen éstos necesidad de aliarse con lazos estrechos a una camarilla, y si ésta tiene la suerte de hacer fortuna, sobre los que la componen llueven todos los beneficios sociales. ¡Pobre del hombre estudioso y sabio que no forma parte de un grupo, partido o camarilla! Con dificultad obtendrá triunfos insignificantes, y en cuanto a los grandes y ruidosos, puede dar por descontado que le serán robados. No olviden nuestros lectores que las novelas son espejos que pasean por la vía pública, que tan pronto reflejan el purísimo azul del cielo, como el cieno de los lodazales de la calle. Y si así es, ¿se atreverían a acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su canasto? ¡Porque su luna refleja el cieno, se revuelven contra el espejo! ¡No! A quien se debe acusar es a la calle o al lodazal, y mejor aún, al inspector de limpieza que consiente que se forme el lodazal.


Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842)

jueves, 26 de junio de 2014

Espejos (56): EL ESPEJO, de Machado de Assis

"El espejo, como es de suponer, dejaba ver sus muchos años; pero conservaba el oro, roído a trechos por el tiempo..."
 
(Fragmento)

- Tenía veinticinco años, era pobre, y acababa de ser nombrado alférez de la guardia nacional. No puedo describir la alegría que despertó en casa ese nombramiento. ¡Mi madre estaba tan orgullosa! ¡Tan feliz! Me decía su alférez. Todos los parientes, primos y tíos, estaban contentos y complacidos. En el pueblo donde vivíamos, hay que decirlo, hubo algunos envidiosos; llantos y crujir de dientes, como en la Biblia. Y el motivo no era otro distinto al creciente número de aspirantes a aquel puesto. Supongo también que parte del resentimiento fue completamente gratuito: nació de la distinción en sí misma. Recuerdo que más de un amigo me miró de mal modo durante algún tiempo. En compensación, hubo muchas personas que se alegraron con el nombramiento; prueba de ello es que todas las prendas del uniforme me fueron obsequiadas por amigos... A todas ésas supe que una de mis tías, doña Marcolina, viuda del capitán Pezanha que vivía distante del pueblo, en una granja apartada y solitaria, deseaba verme, y me pedía que fuese a visitarla y llevase el uniforme. Fui, acompañado de un paje, que debió regresar solo al pueblo pues la tía, apenas me vio en su casa, escribió a mi madre diciéndole que no me dejaría partir antes de un mes, por lo menos. ¡Y cómo me abrazaba! Me llamaba también su alférez. Decía que yo era un verdadero buen mozo. Como era un tanto bromista, llegó a confesarme que sentía envidia de mi futura esposa. Juraba que en toda la provincia no había otro mejor que yo. Y a cada instante alférez: alférez para acá, alférez para allá, alférez a toda hora. Yo le pedía que me llamase Juanito, como siempre; y ella movía la cabeza, exclamando que no, que yo era ahora "el señor alférez". Un cuñado suyo, hermano del difunto Pezanha, que vivía con ella, tampoco me nombraba de otro modo. Era "el señor alférez", no por broma, sino muy en serio; y en presencia de los esclavos, que naturalmente empezaron a darme el mismo tratamiento. El mejor sitio en la mesa era para mí, y se me servía antes que a todos. No pueden ustedes imaginarse aquello. Si les contara que el entusiasmo de la tía Marcolina llegó al punto de mandar instalar en mi cuarto un gran espejo, objeto rico y magnífico que discordaba con el resto de la casa, cuyo mobiliario era modesto y sencillo... Era un espejo que le había regalado la madrina, y que ésta había heredado de la madre, quien a su vez lo había comprado a una de las damas venidas en 1808 con la corte de D. João VI. No sé cuán cierto sería aquello; pero la historia hacía parte de la tradición de la familia. El espejo, como es de suponer, dejaba ver sus muchos años; pero conservaba el oro, roído a trechos por el tiempo, unos delfines tallados en los ángulos superiores de la moldura, unas aplicaciones de madreperla y otros caprichos del artista. Todo viejo, pero noble...

- ¿Era un espejo grande?

- Grande. Y el gesto era de verdad una enorme gentileza, porque el espejo estaba antes en el salón principal; era el objeto más preciado de la casa. Con todo y eso, no hubo modo de hacer desistir a mi tía de su propósito; respondía que el espejo no prestaba ningún servicio donde estaba, que era sólo por algunas semanas, y finalmente que “el señor alférez” merecía eso y mucho más. Lo cierto del caso es que todas esas atenciones, cariños, obsequios, produjeron en mí una transformación; transformación que los sentimientos propios de la juventud contribuyeron a desarrollar y completar. ¿Comprenden lo que digo?

- La verdad...

- El alférez sustituyó al hombre. Por algún tiempo las dos naturalezas estuvieron en equilibrio, pero muy pronto la primera cedió paso a la otra: sólo quedó en mí una parte mínima del hombre. Sucedió entonces que el alma exterior, que antes de aquello era el sol, el aire, el campo, los ojos de las muchachas, cambió de naturaleza, y pasó a ser la cortesía y las adulaciones de la casa, todo lo que hablaba del cargo y nada de lo que me hablaba del hombre. La única parte de ciudadano que quedó en mí fue aquélla que se relacionaba con el nombramiento; el resto se dispersó en el aire y en el pasado. Sé que es difícil de creer, ¿verdad?

- Hasta es difícil de entender —respondió uno de los oyentes.
 

- Ya lo entenderán. Los hechos darán luz a los sentimientos, los hechos lo son todo. La mejor definición del amor no vale lo que un solo beso de la mujer amada, y, si no recuerdo mal, un filósofo explicó caminando la noción del movimiento. Vamos pues a los hechos. Mirad cómo, al mismo tiempo que la conciencia del hombre se apagaba, la del alférez se hacía viva e intensa. Los dolores y las alegrías humanas apenas si merecían de mí una compasión apática o una sonrisa de circunstancias. Al cabo de tres semanas era otro, totalmente otro. Era exclusivamente alférez.
 
Joaquim Maria Machado de Assis (Brasil, 1839-1908)

miércoles, 25 de junio de 2014

Espejos (55): ESPEJOS, de Mario Benedetti

"Los espejos se rompen para que se nos rompa también la vanidad."

Todas las servidumbres
del espejo son falsas
todas nos encandilan

el mar no tiene espejos
vive solo en sus sales
en su agüero portátil

la luna lejanísima
tiene brillos de espejo
y también de lujuria

jamás olvidaré
que esto es el sur espejo
un país de gaviotas

la gaviota se acerca
al mar como un espejo
y al hallarse se espanta

nadie refleja nada
nadie tiene paciencia
para saberse otro

cuando me veo triste
con los pelos revueltos
sé que yo no soy ése

y si sonrío pienso
en un amor que al irse
me ha dejado tan serio

los espejos se rompen
para que se nos rompa
también la vanidad
 
 
Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009) 

martes, 24 de junio de 2014

Espejos (54): EL ESPEJO DE VIENTO Y LUNA, de Tsao Hsue-Kin

"Lo arrojó con espanto: El espejo reflejaba una calavera."
 
En un año las dolencias de Kia Yui se agravaron. La imagen de la inaccesible señora Fénix gastaba sus días; las pesadillas y el insomnio, sus noches.

Una tarde un mendigo taoísta pedía limosna en la calle, proclamando que podía curar las enfermedades del alma. Kia Yui lo hizo llamar. El mendigo le dijo:

- Con medicinas no se cura su mal. Tengo un tesoro que lo sanará si sigue mis órdenes.
 
De su manga sacó un espejo bruñido de ambos lados; el espejo tenía la inscripción: Precioso Espejo de Viento y Luna. Agregó:
 
- Este espejo viene del Palacio del Hada del Terrible Despertar y tiene la virtud de curar los males causados por los pensamientos impuros. Pero guárdese de mirar el anverso. Sólo mire el reverso. Mañana volveré a buscar el espejo y a felicitarlo por su mejoría.
 
Se fue sin aceptar las monedas que le ofrecieron.
 
Kia Yui tomó el espejo y miró según le había indicado el mendigo. Lo arrojó con espanto: El espejo reflejaba una calavera. Maldijo al mendigo; irritado, quiso ver el anverso. Empuñó el espejo y miró: Desde su fondo, la señora Fénix, espléndidamente vestida, le hacía señas. Kia Yui se sintió arrebatado por el espejo y atravesó el metal y cumplió el acto de amor. Después, Fénix lo acompañó hasta la salida. Cuando Kia Yui se despertó, el espejo estaba al revés y le mostraba, de nuevo, la calavera. Agotado por la delicia del lado falaz del espejo, Kia Yui no resistió, sin embargo, a la tentación de mirarlo una vez más. De nuevo Fénix le hizo señas, de nuevo penetró en el espejo y satisficieron su amor. Esto ocurrió unas cuantas veces. La última, dos hombres lo apresaron al salir y lo encadenaron.
 
- Los seguiré -murmuró- pero déjenme llevar el espejo.
 
Fueron sus últimas palabras. Lo hallaron muerto, sobre la sábana manchada.
 
 
Tsao Hsue-Kin (China, 1715-1763)
 
Este relato forma parte de Sueño del aposento rojo.

lunes, 23 de junio de 2014

Espejos (53): HOGUERAS DE SAN JUAN, de Giorgos Seferis

"Si te quedas desnuda frente al espejo a medianoche..."

Nuestro destino, plomo vaciado, no puede cambiar
no puede hacerse nada.
Vaciaron el plomo en el agua bajo las estrellas aunque 
          arden las hogueras

Si te quedas desnuda frente al espejo a medianoche
ves pasar al hombre al fondo del espejo
al hombre en tu destino que gobierno tu cuerpo,
en la soledad y en el silencio al hombre
de la soledad y del silencio
aunque arden las hogueras.

La hora en que terminó el día y comenzó el otro
la hora en que se cortó el tiempo
aquel que desde ahora y antes desde el principio 
          gobernaba tu cuerpo
debes encontrarlo
debes buscarlo para que al menos lo encuentre
algún otro, cuando te hayas muerto.

Son los niños los que encienden las hogueras y gritan
           frente a las llamas en la noche cálida
           (Ocurrió, tal vez, jamás, fuego que no lo haya
            encendido un niño, oh Heróstrato)

y arrojan a las llamas sal para que crepiten (cuán
            extrañamente nos miran de pronto las casas, los
            tragaderos de hombres, cuando un fulgor las acaricia)

Pero tú, que conociste la gracia de la piedra sobre la 
            roca por el mar batida
la noche que cayó la calma
oíste desde lejos la voz humana de la soledad y del
            silencio
dentro de tu cuerpo
la noche aquella de San Juan
cuando se apagaron todas las hogueras
y estudiaste las cenizas bajo las estrellas.

 

Giorgos Seferis:Giorgios Stylianou Seferiadis
(Griego nacido en la actual Turquía, en 1900. Murió en 1971) Obtuvo el premio Nobel en 1963. 

(Traducido del griego por Pedro Ignacio Vicuña)

domingo, 22 de junio de 2014

Espejos (52): CIUDAD DE CRISTAL, de Paul Auster


(Fragmento)
 
- Curar a don Quijote de su locura. Querían salvar a su amigo. Recuerde que al principio queman sus libros de caballería, pero eso no da resultado. El Caballero de la Triste Figura no renuncia a su obsesión. Entonces, en un momento u otro, todos salen a buscarle con distintos disfraces (de dama en apuros, de Caballero de los Espejos, de Caballero de la Pálida Luna) con el fin de atraer a don Quijote a casa. Al final lo consiguen. El libro no era más que uno de sus trucos. La idea era poner un espejo delante de la locura de don Quijote, registrar cada uno de sus absurdos y ridículos delirios, de tal modo que cuando finalmente leyese el libro viera lo erróneo de su conducta.
 
 
Paul Auster (Estados Unidos, 1947) 

sábado, 21 de junio de 2014

Espejos (51): QUEDA DE CENIZA, de José Lezama Lima

"... viejos espejos habitados por lámparas erectas que no pueden inclinarse para descorrer los rostros..." 

IV 

Tu transparencia intocable muda las frondas
y deshace en las ventanas un jardín con ojos de interminable túnel.
El escondido sueño viene a doblar la arboleda,
a colocar en el espejo que se hunde sin despedirse
múltiples seres de pequeñas miradas tintineantes.
Las únicas miradas dueñas del anochecer recargado.
Las últimas frondas que caen como el cansancio del humo
y se despiden galantes en el crepúsculo de los cambiantes ardores.
En la medianoche de verano el ruiseñor y sus letargos
cierran todas las compuertas que conducen a los viejos espejos
habitados por lámparas erectas
que no pueden inclinarse para descorrer los rostros
que los espejos han enviado como burbujas hacia la luna.
La lámpara frente al espejo y el espantoso choque de las nubes
no podrán compararse a los paseos de muertos y vivientes
en torno al mismo lago del tedio,
donde los seres esconden sus huesos blandos
y sus lenguas crecidas en las excesivas frondas
ignoran que pueden volar mansamente por el cielo del paladar.
Pero la nostalgia de esta noche crecida
entre dos ríos breves, levemente impulsados,
es algo más que un fruncimiento de interpretación venturosa,
es un polvo que la noche propaga con manchas agrandadas,
o una arena incontenible que detiene tus pasos y tus últimas voces
al borde mismo de la noche extendida de una boca a otra boca.
 
 
 
José Lezama Lima (Cuba, 1910-1976) 

viernes, 20 de junio de 2014

Espejos (50): LOS CAMINOS DE LOS ALREDEDORES DE PISA, de Isak Dinesen

"...en un centenar de espejos, cada uno de los cuales deforma y pervierte tu cara y tu figura..."
 
I. El pomo de perfume
 
(Fragmento)

Cuando era estudiante, mis amigos solían reírse de mí porque tenía la costumbre de mirarme en los espejos, y de decorar con espejos mis habitaciones. Lo atribuían a mi vanidad personal. Pero en realidad no era eso. Me miraba para ver cómo era. El espejo le dice a uno la verdad sobre sí mismo. Recordó, con un estremecimiento de repugnancia, cómo de niño lo habían llevado a visitar la sala de los espejos del Panoptikon de Copenhague, donde te ves reflejado a derecha e izquierda, en el techo e incluso en el suelo, en un centenar de espejos, cada uno de los cuales deforma y pervierte tu cara y tu figura de maneras diferentes -acortándola, alargándola, ensanchándola, comprimiéndola, y conservando, no obstante, cierta semejanza-, y pensó cuán parecida a eso era la vida real. Tu propio yo, tu personalidad y existencia, se reflejan en el espíritu de cada una de las personas con las que te relacionas y convives a la manera de un retrato, de una caricatura de ti mismo que se nutre de tu verdad y, en cierto modo, pretende encarnarla. Incluso un retrato favorecedor es una caricatura y una mentira. Un espíritu amistoso y comprensivo como el de Karl, pensó, es como un espejo veraz para el alma, y eso es lo que hace tan preciosa para mí su amistad. Y el amor debería serlo aún más. Significaría, en los caminos de la vida, la compañía de otro espíritu en el que se reflejarían tus propias venturas y desventuras, probándote que no todo es ensueño. La idea del matrimonio ha sido para mí la presencia en mi vida de alguien con quien poder hablar mañana de las cosas que sucedieron ayer.
 
 
Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962)

Espejos (49): MAÑANA, de Yannis Ritsos

"También el espejo es una ventana."

Ella abrió los postigos. Colgó las sábanas sobre el alféizar de
     la ventana. Descubrió el día.

Un pájaro la miró directamente a los ojos. “Estoy sola”,
    murmuró.

“Estoy viva.” Entró a la habitación. También el espejo es una
    ventana. Si salto desde él caería en mis propios brazos.



Yannis Ritsos (Grecia, 1909-1990)

(Traducido al español por Jaime Naulart) 

martes, 17 de junio de 2014

Espejos (47): A UNAS MUCHACHAS QUE HACEN ESO EN LO OSCURO, de Gonzalo Rojas

"... como dos grandes orquídeas, diástole y sístole de un mismo espejo."

Bésense en la boca, lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio de los pelos, largo
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana
perversa,
                y
áureas y serpientes ríanse
del vicio en el
encantamiento flexible, total
está lloviendo peste por todas partes de una costa
a otra de la Especie, torrencial
el semen ciego en su granizo mortuorio
del Este lúgubre
al Oeste, a juzgar
por el sonido y la furia del
espectáculo.
                   Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas de alto a bajo, jueguen
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, diástole y sístole
de un mismo espejo.
                                De ustedes
se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.
 
 
Gonzalo Rojas (Chile, 1917-2011)

Espejos (47): COCTEAU SE MIRA EN EL ESPEJO, de José Emilio Pacheco

"Este rostro de vidrio ahora es mi cara..."

En el principio no existían los años
sólo un continuo innumerable: la infancia
 
Más tarde subrayaron su impermanencia
fueron hierba del campo, olas, adioses.
Y llegué a acumular setenta
 
Este rostro de vidrio ahora es mi cara
en la luna del agrio espejo.
 
Atrás, bajo su cara sombría,
en su mar de tinieblas, entre el azogue
me esperan impacientes los otros muertos
 
 
José Emilio Pacheco (México, 1939-2014)

lunes, 16 de junio de 2014

Espejos (46): OPINIONES DE UN PAYASO, de Heinrich Böll


(Fragmento del capítulo 23)

Me miré en el espejo: mis ojos estaban completamente vacíos, por primera vez no tuve necesidad de vaciármelos antes de pasar media hora mirándome al espejo y haciendo gimnasia facial. Era el rostro de un suicida, y cuando comencé a maquillarme mi rostro era el de un muerto. Me extendí vaselina por toda la cara y desgarré un tubo de maquillaje blanco que estaba medio seco, extraje lo que pude y me teñí del todo blanco: ningún trazo negro, ni un punto rojo, todo blanco, incluso las cejas. Encima, el pelo parecía una peluca; la boca no maquillada era oscura, casi azul: los ojos, azul claro como un cielo de verano, vacíos como los de un cardenal que se niega a reconocer que hace tiempo que ha perdido la fe. Ni siquiera tenía yo miedo de mí. Con aquel rostro podría yo hacer carrera, podría incluso fingir hipócritamente aquello que con toda su bobada, con toda su estupidez, me era relativamente simpático: aquello en lo que creía Edgar Wieneken. Eso por lo menos era insípido, y con su insipidez era lo más honrado dentro de lo indigno, el más pequeño de los males menores. Además de lo negro, lo pardo oscuro y lo azul, quedaba otra opción, y llamarla roja sería demasiado eufemístico y demasiado optimista, pero era de un gris levemente teñido de aurora. Un triste color par a una cosa triste, en la cual quizá había lugar para un payaso que se había hecho culpable del peor de los pecados en un payaso: despertar compasión.

 
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Recibió el premio Nobel en 1972.

domingo, 15 de junio de 2014

Espejos (45): ACERCA DE SU PROPIO ROSTRO REFLEJADO EN UN ESPEJO, de Ezra Pound


¡Oh extraño rostro ahí sobre el espejo!
Oh blasfema compañía, oh santo anfitrión,
Oh mi tonto rostro barrido por la tristeza,
¿Cuál es la respuesta? ¡Oh tú, mirada
que te esfuerzas y vagas y por la que pasan
la burla, el desafío, la sinceridad!
¿Yo? ¿Yo? ¿Yo?

¿Y tú?


Ezra Pound (Estadounidense nacionalizado italiano, 1875-1972)

sábado, 14 de junio de 2014

Espejos (44): EL SEÑOR PRESIDENTE, de Miguel Ángel Asturias

 "... iguales en el espejo de la muerte, como desiguales en la lucha que reanudarían al salir el sol."

Capítulo III: La fuga del Pelele
 
(Fragmento)

El Pelele huyó por las calles intestinales, estrechas y retorcidas de los suburbios de la ciudad, sin turbar con sus gritos desaforados la respiración del cielo ni el sueño de los habitantes, iguales en el espejo de la muerte, como desiguales en la lucha que reanudarían al salir el sol; unos sin lo necesario, obligados a trabajar para ganarse el pan, y otros con lo superfluo en la privilegiada industria del ocio: amigos del Señor Presidente, propietarios de casas -cuarenta casas, cincuenta casas-, prestamistas de dinero al nueve, nueve y medio y diez por ciento mensual, funcionarios con siete y ocho empleos públicos, explotadores de concesiones, montepíos, títulos profesionales, casas de juego, patios de gallos, indios, fábricas de aguardiente, prostíbulos, tabernas y periódicos subvencionados.

La sanguaza del amanecer teñía los bordes del embudo que las montañas formaban a la ciudad regadita como caspa en la campiña. Por las calles, subterráneos en la sombra, pasaban los primeros artesanos para su trabajo, seguidos horas más tarde por los oficinistas, dependientes, artesanos y colegiales, y a eso de las once, ya el sol alto, por los señorones que salían a pasear el desayuno para hacerse el hambre del almuerzo o a visitar a un amigo influyente para comprar en compañía, a los maestros hambrientos, los recibos de sus sueldos atrasados por la mitad de su valor. En sombra subterránea todavía las calles, turbaba el silencio con ruido de tuzas el fustán almidonado de la hija del pueblo, que no se daba tregua en sus amaños para sostener a su familia -marranera, mantequera, regatona, cholojera- y la que muy de mañana se levantaba a hacer la cacha; y cuando la claridad se diluía entre rosada y blanca como flor de begonia, los pasitos de la empleada cenceña, vista de menos por las damas encopetadas que salían de sus habitaciones ya caliente el sol a desperezarse a los corredores, a contar sus sueños a las criadas, a juzgar a la gente que pasaba, a sobar al gato, a leer el periódico o a mirarse en el espejo.

Medio en la realidad, medio en el sueño, corría el Pelele perseguido por los perros y por los clavos de una lluvia fina. Corría sin rumbo fijo, despavorido, con la boca abierta, la lengua fuera, enflecada de mocos, la respiración acezosa y los brazos en alto. A sus costados pasaban puertas y puertas y puertas y ventanas y puertas y ventanas... De repente se paraba, con las manos sobre la cara, defendiéndose de los postes del telégrafo, pero al cerciorarse de que los palos eran inofensivos se carcajeaba y seguía adelante, como el que escapa de una prisión cuyos muros de niebla a más correr, más se alejan.

En los suburbios, donde la ciudad sale allá afuera, como el que por fin llega a su cama, se desplomó en un montón de basura y se quedó dormido. Cubrían el basurero telarañas de árboles secos vestidos de zopilotes, aves negras, que sin quitarle de encima los ojos azulencos, echaron pie a tierra al verle inerte y lo rodearon a saltitos, brinco va y brinco viene, en danza macabra de ave de rapiña. Sin dejar de mirar a todos lados, apachurrándose e intentando el vuelo al menor movimiento de las hojas o del viento en la basura, brinco va y brinco viene, fueron cerrando el círculo hasta tenerlo a distancia del pico. Un graznido feroz dio la señal de ataque. El Pelele despertó de pie, defendiéndose ya... Uno de los más atrevidos le había clavado el pico en el labio superior, enterrándoselo, como un dardo, hasta los dientes, mientras los otros carniceros le disputaban los ojos y el corazón a picotazos. El que le tenía por el labio forcejeaba por arrancar el pedazo sin importarle que la presa estuviera viva, y lo habría conseguido de no rodar el Pelele por un despeñadero de basuras al ir reculando, entre nubes de polvo y desperdicios que se arrancaban en bloque como costras.

Atardeció. Cielo verde. Campo verde. En los cuarteles soñaban los clarines de la seis, resabio de tribu alerta, de plaza medieval sitiada. En las cárceles empezaba la agonía de los prisioneros, a quienes se mataba a tirar de años. Los horizontes recogían sus cabecitas en las calles de la ciudad, caracol de mil cabezas. Se volvía de las audiencias presidenciales favorecido o desgraciado. La luz de los garitos apuñalaba en la sombra.

El idiota luchaba con el fantasma del zopilote que sentía encima y con el dolor de una pierna que se quebró al caer, dolor insoportable, negro, que le estaba arrancando la vida.

La noche entera estuvo quejándose quedito y recio, quedito y recio como perro herido...

... Erre, erre, ere... Erre, erre, ere...

... Erre-e-erre-e-erre-e-erre... e-erre..., e-erre...

Entre las plantas silvestres que convertían las basuras de la ciudad en lindísimas flores, junto a un ojo de agua dulce, el cerebro del idiota agigantaba tempestades en el pequeño universo de su cabeza.

- ...E-e-err... e-e-eerrr... E-e-eerrr...

Las uñas aceradas de la fiebre le aserraban la frente. Disociación de ideas. Elasticidad del mundo en los espejos. Desproporción fantástica. Huracán delirante. Fuga vertiginosa, horizontal, vertical, oblicua, recién nacida y muerta en espiral...
 
 
Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1967.

viernes, 13 de junio de 2014

Espejos (43): EL CORAZÓN QUE GIRA, de Pierre Reverdy

"Una vez solamente sobre este espejo sin azogue..."

Te amo sin nunca haberte visto más que en la sombra
En la noche de mi sueño donde yo solo puedo ver
Te amo y tú aún no has salido del número
Forma misteriosa que se muere en el atardecer
Porque lo que yo amo en el fondo es lo que sucede
Una vez solamente sobre este espejo sin azogue
Que desgarra mi corazón y muere en la superficie
Del cielo cerrado ante mi deseo que se apaga.
 
 
Pierre Reverdy (Francia, 1889-1960)
 
(Traducido del francés por José Luis Rivas)

jueves, 12 de junio de 2014

Espejos (42): LA NOCHE A TRAVÉS DEL ESPEJO, de Fredric Brown

"Ajedrez de a través del espejo, y ajedrez real, ambos."

Capítulo catorce
 
(Fragmento)
 
¿Qué es lo que Alicia había encontrado?

Piezas de ajedrez, y una partida de ajedrez. Y Alicia había sido un peón. Ésa era la razón por la que había cruzado el tercer cuadro en tren. Y cada resoplido de humo costaba a mil libras por unidad, casi tan caro como podría haberme costado el humo de mi puro si Smiley no me lo hubiera quitado de las manos y hubiera dicho que era suyo.

Piezas de ajedrez, y una partida de ajedrez.

¿Pero quién era el jugador?

Y de pronto lo supe. Sin lógica alguna, porque no tenía ni asomo de motivos. No entendía el porqué, pero Yehudi Smith me había dicho cómo, y ahora yo había descubierto el quién.

La trama. Fuera quien fuese quien había planeado el problema de ajedrez de esta noche, lo había hecho muy bien, y había jugado magníficamente. Ajedrez de a través del espejo, y ajedrez real, ambos. Y me conocía muy bien, lo que quería decir que yo le conocía también. Conocía mis puntos flacos, las trampas en las que podía caer. Sabía que iría con Yehudi Smith gracias a la fuerza de aquella historia loca y absurda que Smith me había contado.

Pero, ¿por qué? ¿Qué sacaba en limpio? Había matado a Miles Harrison, a Ralph Bonney y a Yehudi Smith. Y había dejado el dinero que Miles y Ralph transportaban en el maletín, y lo había puesto en el maletero de mi coche, junto con los dos cadáveres.

El dinero no había sido el motivo. O bien era así, o el motivo había sido tan gran cantidad de dinero que los dos mil dólares que Bonney llevaba no tenían mayor importancia.

¿Y no era uno de los hombres implicados uno de los más ricos de Carmel City? Ralph Bonney. La fábrica de pirotécnica, inversiones, terrenos e inmuebles, todo debía acercarse a la suma de, bueno, quizá medio millón de dólares. Alguien que mata por medio millón de dólares bien puede dejar dos mil como producto de un atraco junto a los cuerpos de los asesinados, para procurar que le carguen el mochuelo al peón que ha elegido, para alejar de sí cualquier sospecha.

Consideremos los hechos.

Ralph Bonney obtuvo el divorcio hoy. Fue asesinado esta noche.

Entonces la muerte de Miles Harrison fue accidental. Yehudi Smith había sido otro peón.

Un cerebro retorcido, pero brillante. Un pensamiento frío y cruel. Y sin embargo, paradójicamente, al que le encantaba la fantasía, como a mí y que adoraba a Lewis Carroll, como yo.
 
 
Fredric Brown (Estados Unidos, 1906-1972)

miércoles, 11 de junio de 2014

Espejos (41): POEMA ESPEJO, de Josef Hanzlík

 
 
Tienen que leer juntos el poema frente al espejo
y mirar sus ojos
estar seguros
de que todavía son los mismos
todavía revolotean
con la concha de tonos que va de la ansiedad a la ternura
lean la palabra ojos
y lean en sus ojos arriba de la página impresa
como flores abriéndose
como una piscina en las flores que se ahogan
búsquenlas
por el último matiz de la desvalida paloma gris
el último toque de azul celeste
el último reflejo de esmeralda relampagueando
lean en sus ojos
y sean felices en su amor
no es demasiado tarde
nunca es demasiado tarde
para aquellos que leen un poema juntos.
 
 
Josef Hanzlík (República Checa; 1938-2012)

martes, 10 de junio de 2014

Espejos (40): El otro y la angustia ante el espejo según Miguel de Unamuno

"... estando delante de un espejo, la imagen que de ti refleja en el cristal se desprende de éste..."
 
La recurrencia de los espejos en la obra de Miguel de Unamuno ha sido documentada en diversos ensayos, algunos de los cuales incluso llevan títulos con alguna referencia especular, como sería el caso de El rostro en el espejo, de Armando López Castro, además de que en 1913 reunió en el volumen El espejo de la muerte, veintiséis de entre los más de ochenta relatos que había escrito a partir de 1886.
 
Su cuento El que se enterró, apareció publicado en las páginas del diario La Nación de Buenos Aires, el primero de enero de 1908. En el plantea el dilema del doble que más tarde retoma como motivo y esencia de su obra teatral El otro. Este es un fragmento del relato:
 
- A la hora de estar aquí sentado, con la cabeza entre las manos y los ojos fijos en un punto vago más allá de la superficie de esta mesa, sentí que se abría la puerta y que entraba cautelosamente un hombre. No quise levantar la mirada. Oía los golpes del corazón y apenas podía respirar. El hombre se detuvo y se quedó ahí, detrás de esa silla que ocupas, de pie, y sin duda mirándome.
 
Cuando pasó un breve rato me decidí a levantar los ojos y mirarlo. Lo que entonces pasó por mí fue indecible; no hay para expresarlo palabra alguna en el lenguaje de los hombres que no se mueren sino una sola vez. El que estaba ahí, de pie, delante mío, era yo, yo mismo, por lo menos en imagen. Figúrate que, estando delante de un espejo, la imagen que de ti refleja en el cristal se desprende de éste, toma cuerpo y se te viene encima…
 
- Sí, una alucinación... -murmuré.
 
- De eso ya hablaremos -dijo y siguió-: Pero la imagen del espejo ocupa la postura que ocupas y sigue tus movimientos, mientras que aquel mi yo de fuera estaba de pie, y yo, el yo de dentro de mí, estaba sentado.
 
Por fin el otro se sentó también, se sentó donde tú estás sentado ahora, puso los codos sobre la mesa como tú los tienes, se cogió la cabeza, como tú la tienes, y se quedó mirándome como me estás ahora mirando.Temblé sin poder remediarlo al oírle esto, y él, tristemente, me dijo:
 
- No, no tengas también tú miedo; soy pacífico.
 
Y siguió:
 
- Así estuvimos un momento, mirándonos a los ojos el otro y yo, es decir, así estuve un rato mirándome a los ojos. El terror se había transformado en otra cosa muy extraña y que no soy capaz de definirte; era el colmo de la desesperación resignada. Al poco rato sentí que el suelo se me iba de debajo de los pies, que el sillón se me desvanecía, que el aire iba enrareciéndose, las cosas todas que tenía a la vista, incluso mi otro yo, se iban esfumando, y al oír al otro murmurar muy bajito y con los labios cerrados: "Emilio, Emilio", sentí la muerte. Y me morí.
 
Yo no sabía qué hacer al oírle esto. Me dieron tentaciones de huir, pero la curiosidad venció en mí al miedo. Y él continuó:
 
- Cuando al poco rato volví en mí, es decir, cuando al poco rato volví al otro, o sea, resucité, me encontré sentado ahí, donde tú te encuentras ahora sentado y donde el otro se había sentado antes, de codos en la mesa y cabeza entre las palmas contemplándome a mí mismo, que estaba donde ahora estoy. Mi conciencia, mi espíritu, habían pasado del uno al otro, del cuerpo primitivo a su exacta reproducción. Y me vi, o vi mi anterior cuerpo, lívido y rígido, es decir, muerto. Había asistido a mi propia muerte. Y se me había limpiado el alma de aquel extraño terror. Me encontraba triste, muy triste, abismáticamente triste, pero sereno y sin temor a nada. Comprendí que tenía que hacer algo; no podía quedar así y aquí el cadáver de mi pasado.
 
Con toda tranquilidad reflexioné lo que me convenía hacer. Me levanté de esa silla, y, tomándome el pulso, quiero decir, tomando el pulso al otro, me convencí de que ya no vivía.
 
Afirma Rebeca Martín en su análisis sobre la relación entre el cuento y la pieza escénica: "Pero si hay una obra en la que Unamuno explora hasta sus últimas consecuencias el enigma de la identidad y de la existencia humana, ésa es, ya en el ámbito teatral, El otro. Misterio en tres jornadas y un epílogo, drama que el autor vasco escribió en 1926, en Hendaya, y reelaboró seis años después con motivo de su estreno el 14 de diciembre de 1932."
 
Del protagonista de la obra se ignora su pasado y su presente, lo único que queda claro es el odio que manifiesta hacia su hermano gemelo ya que no era posible diferenciar al uno del otro, al grado de que hasta sus propias esposas los confundían. En algún momento del drama dirá: "Desde pequeñitos sufrí al verme fuera de mí mismo..., no podía soportar aquel espejo..., no podía verme fuera de mí..." El espejo se erige en epicentro del discurrir dramático y sólo una llave simboliza su posible liberación: "El otro se va a la puerta, que cierra por dentro con llave, y se guarda ésta después de haberla mordido." El drama continúa:
 
En el fondo de la escena un espejo de luna y de cuerpo entero, tapado por un biombo; el Otro se pasea cabizbajo y gesticulando como quien habla para sí, hasta que al fin se decide, separa el biombo y se detiene ante el espejo, se cruza de brazos y se queda un momento contemplándose. Se cubre la cara con las manos, se las mira, luego se las tiende a la imagen espejada como para cogerla de la garganta, mas al ver otras manos que se vienen a él, se las vuelve a sí, a su propio cuello, como para ahogarse. Luego, presa de grandísima congoja, cae de rodillas al pie del espejo, y apoyando la cabeza contra el cristal, mirando al suelo, rompe a sollozar.
 
También en la novela Niebla, que es una de las más representativas en la totalidad de su obra, reitera esa angustia ante el espejo: "Yo por lo menos sé de mí decirte que una de las cosas que me dan más pavor es quedarme mirándome al espejo, a solas, cuando nadie me ve. Acabo por dudar de mi propia existencia a imaginarme, viéndome como otro, que soy un sueño, un ente de ficción..."
 
El soneto titulado En horas de insomnio, lo culmina Unamuno con estos dos tercetos relativos al espejo:

Oh triste soledad la del engaño
de creerse en humana compañía
moviéndose entre espejos, ermitaño.
 
He ido muriendo hasta llegar al día
en que espejo de espejos, soyme extraño
a mí mismo y descubro no vivía.

Jules Etienne