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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

martes, 30 de septiembre de 2014

Tequila: MENOS QUE NADA (capítulo inicial)

"Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo."

(Fragmento inicial del capítulo I: El síndrome de Juan Escutia)

Sólo quedan los despojos de los festejos patrios desparramados sobre la plaza, la oquedad de las botellas, los tres colores del papel festivo colgando en jirones desde el techo del quiosco y el olor a pólvora de la pirotecnia impregnado todavía en la atmósfera –dicen que así es como huele el diablo-, último vestigio de la euforia patriotera.

Se celebra la independencia sin tanto escándalo como hace cuatro años, cuando tuvo lugar el bicentenario, aunque en los hechos es como si nunca hubiese terminado de consumarse. A través de la fiesta se procura confundir a la existencia y proveerla de júbilo ocasional: Prometeo desencadenado. El engaño colectivo yace adormilado después de su breve ruptura, de tanta explosión de los sentidos, ándele Güerito, ¿pos qué a poco no se va a echar un pozole?... Llévese sus banderitas, sus rehiletes, sus matracas… Aquí tenemos los sombreros, las cachuchas con el águila… Órale cabrón, chúpale al tequila, no te estés haciendo pendejo. Vamos a acabarnos esta para ir por l’otra antes de que vayan a cerrar...

Apenas escuchas las primeras canciones de la presentación de Alex Syntek poco después de la recreación del grito de Dolores y caminas por Aguayo hasta la calle de París, de regreso a tu casa. Desde hace un buen rato, cuando le propusiste a Magdalena que vivieran juntos, encontraron ese lugar en Coyoacan. Ella aprovechó el puente para irse de viaje con sus papás y su hermana menor. Durante el trayecto alcanzas a escuchar un coro desentonado de música ranchera desde el interior de una casa: “… si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…” A la distancia, las detonaciones de los fuegos artificiales y los cohetones son cada vez más esporádicas y distantes. Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo.
 

Jules Etienne

jueves, 25 de septiembre de 2014

Una copa de tequila para el detective


La fórmula que mezcla a los detectives de novela negra con el licor ha devenido en una simbiosis ineludible. Aunque el consumo de tequila resulta un tanto más exótico puesto que el origen del género tuvo lugar y se desarrolló entre bebedores de whiskey. Sin embargo, un personaje tan emblemático como Philip Marlowe, en El confidente (Finger Man), uno de sus primeros casos, se encuentra en un casino y dice: “Bebí un poco más de tequila y puse mala cara”. También en la clásica El sueño eterno (The Big Sleep), advierte que “por su actitud parecía tequila lo que bebían”. De manera que el tequila no le resultaba ajeno, como tampoco lo era para Lew Archer, el investigador privado de Ross MacDonald, en La piscina mortal (The Drowning Pool) se refiere a Acapulco y sus “largas noches de tequila”, y en El coche fúnebre pintado a rayas (The Zebra-Striped Hearse): “Miró a su alrededor buscando a José, quien se encontraba reclinado contra la pared. José llenó su vaso con tequila de la botella”.
 
En Hot Water, uno de los relatos de Cornell Woolrich publicados bajo el seudónimo de William Irish -ignoro si existe alguna edición traducida al español-, al salir de un casino en Tijuana, donde el protagonista “había estado bebiendo tequila, pero al menos sabía lo que estaba haciendo”, tiene lugar una persecución en automóvil con la inevitable balacera en pleno desierto. Cuando el automóvil se queda sin gasolina, utiliza el tequila a manera de combustible para poder seguir su camino.
 
En El complot mongol, novela pionera del género en español, de Rafael Bernal, tiene lugar una conversación en la que se establece: “Le dije que usted siempre tomaba tequila me dijo que sí, que era usted un gran tequilero”. El legendario Pepe Carvalho “la conoció en un lugar de la frontera tomando tequila con sal tras tequila con sal…”, en La soledad del manager, de Vázquez Montalbán, mientras que en Sombra de la sombra, de Paco Ignacio II: “Se la dejaron ir, compañero –comenta el licenciado Verdugo desde el otro lado de la mesa, como para dejar absolutamente claro que con este juego ya no se puede hacer nada, se bebe de un sentón el tequila que queda en el vaso, suspira, y tras un inaudible «con permiso», se apura también los restos de la copa del chino.”
 
Algunos autores contemporáneos en español coinciden en el uso del tequila para formar los títulos de sus novelas. Así sucede con Tequila Blue, del argentino Rolo Díez (“Para mi segundo tequila ya tenía el caso resuelto”), y de Efecto tequila, de Élmer Mendoza:
 
Elvis apura su cerveza, hay casos en que el silencio no otorga y éste es uno de ellos, Nos decidimos por usted porque conoce el terreno y porque posee las habilidades necesarias y suficientes para tener éxito, además, es una buena manera de dejar su madriguera, ¿no le parece?, sé que es inquieto y, ¿Qué fue del amigo que avisó?, Apareció flotando en el Río de la Plata, pide un tequila doble, Un tipo que sólo quiso hacer un favor, perdió la vida sólo por servir de enlace, ¿De cuánto estamos hablando?, De trescientos mil, Dólares, Por supuesto, piensa: si fuera trampa es de lo más tentadora, a poco no, viene a su mente un túnel una carrera una balacera; una porteña hermosa…
 
También habría que incluir Tequila coxis, del colombiano Eduardo García Aguilar, quien explica sobre dicho título que “surgió en medio del delirio, en una fiesta entre amigos mexicanos, es por eso que también es una suerte de homenaje al tequila que ha nutrido a nuestra generación y a las que vendrán”. La siguiente descripción pertenece a El caso tequila, de F. G. Haghenbeck: "Así fue como llegué a ese atardecer que tenía tal letanía de colores, parecía que el pintor celestial había bebido tres tequilas más que yo."

Concluiré esta breve relación al tequila en la literatura policíaca con una referencia de mi propia novela Decir adiós es morir un poco, cuyo protagonista, Felipe Mar Law, es bebedor de ron, en contraste con Karina, la mujer a quien intenta seducir:

Le invitas una copa que ella acepta con la condición de que, en efecto, sea una sola, porque se hace tarde y tiene la pésima costumbre de que cuando empieza a beber le resulta difícil mantenerse ecuánime.

- Me da por emborracharme hasta que los calzones ya no me obedecen.

- Yo no le veo nada de malo.

- Pues claro, si eso es lo que estás esperando. No te hagas.

Ese es el momento justo en una conversación en el que una mujer habría recurrido a su martingala: ¿Cómo crees? En contraste, te mantienes en silencio. El que calla, otorga. Luego de obtener tu solemne promesa de que no te pondrás necio insistiendo en que pidan otra ronda, te confiesa su debilidad por el tequila, en tanto te mantienes fiel al elíxir de las Antillas.

 
Jules Etienne

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Tequila: PLATAFORMA, de Michel Houellebecq

"Miraba, completamente hipnotizado, los jóvenes cuerpos que se movían delante de sus ojos..."
 
(Fragmento del capítulo 10)

A mi izquierda había un viejo alemán sentado en una mesa con su Carlsberg: con su vientre imponente, la barba blanca y las gafas, se parecía bastante a un profesor de universidad jubilado. Miraba, completamente hipnotizado, los jóvenes cuerpos que se movían delante de sus ojos; estaba tan quieto que por un momento creí que se había muerto.

Entraron en acción varias máquinas de humo, la música cambió a un slow polinesio. Las chicas se fueron y otras ocuparon su lugar, vestidas con guirnaldas de flores a la altura del pecho y el talle. Giraban suavemente, y las guirnaldas dejaban ver a veces los pechos, a veces el nacimiento de las nalgas. El viejo alemán seguía mirando el escenario; en cierto momento se quitó las gafas para limpiarlas, tenía los ojos húmedos. Estaba en el paraíso.

En realidad, las chicas no intentaban pescar a nadie, pero era posible invitar a una de ellas a beber algo, charlas un poco, eventualmente pagar al establecimiento un bar fee de quinientos baths y llevarse a la chica al hotel después de negociar el precio. Creo que la tarifa por la noche completa era de cuatro o cinco mil baths, poco más o menos el salario de un obrero no cualificado en Tailandia; pero Phuket es una escala cara. El viejo alemán le hizo una señal discreta a una de las chicas que, todavía con el string blanco, esperaba volver a escena. Ella se acercó en seguida y se instaló con familiaridad entre los muslos del viejo. Sus pechos redondos y jóvenes estaban a la altura de la cara del alemán, que había enrojecido de placer. Oí que ella le llamaba «Papá». Pagué el tequila con limón y me fui, un poco incómodo; tenía la impresión de asistir a una de las últimas alegrías del anciano, era demasiado conmovedor y demasiado íntimo.
 
 
Michel Houellebecq (Francia, 1956)

martes, 23 de septiembre de 2014

Los tequilas de Graham Greene

 
Graham Greene aprovechó sus viajes por México para escribir varias novelas y relatos. De ellos se desprende una visión cáustica sobre el país y a menudo agresiva, que manifiestan su obvio desagrado. El tequila, sin embargo, surge con frecuencia en sus narraciones. Por ejemplo, en Caminos sin ley lo describe de esta manera: “Le hice beber un tequila, bebida alcohólica extraída del agave, una especie de ginebra bastante inferior”, y luego en ese mismo párrafo indica que “el tequila bullía como la audacia por sus venas”.
 
Más adelante, al quinto capítulo, Viaje en la oscuridad, pertenece el siguiente diálogo:
 
Volvimos al Diligencias y pedí algo de comer, un par de tequilas para cada uno, y cerveza. Una niñita pasó vendiendo billetes de lotería, y le compré uno, el primero que compraba en mi vida; un gesto ante el destino. Después de los tequilas empecé a sentirme mejor, a pensar de forma grandilocuente en mi viaje como en una gran aventura. Y también mi amigo florecía; lamentaba no poder acompañarme. Le habría gustado demostrar, decía, que un mexicano era "tan valiente" como un inglés. Vendría como amigo, no como guía. No me cobraría nada. Pasearíamos a caballo por Chiapas, y tendríamos interesantes conversaciones.
 
- ¿Por qué no? -le dije-. No tengo ropa.
- Podríamos tomar un taxi hasta su casa.
- No tenemos tiempo.
- Entonces podríamos comprarla en Tabasco.
El segundo tequila comenzaba a provocar su drástica reacción; le brillaban los ojos.
- Muy bien –dijo-, ya está. Le demostraré que un mexicano es tan valiente… Iré con usted, así como estoy vestido.
Nos comprometimos con un brindis de cerveza y nos dimos la mano un poco ebrios.
 
En el capítulo siete, Hacia Chiapas, una vez que los personajes se encuentran en Palenque, se refiere de nuevo al tequila:
 
Pero Palenque no era Salto; la cantina de Salto adquiría en el recuerdo las proporciones y el lujo de un bar norteamericano. En el almacén cercano a la iglesia tenían solamente tres botellas de cerveza, una cerveza caliente, gaseosa, insatisfactoria. Después bebimos un vaso cada uno de tequila muy nuevo y poco fermentado, que apenas logró rozar nuestra sed.
 
También en El poder y la gloria, una de sus novelas más notables, se le menciona de manera apenas incidental:
 
– Pero yo soy bebedor de vino... no sabe usted cuánto deseo el vino...
– El vino me cuesta mucho dinero. ¿Qué más me puede usted pagar?
– Todo lo que me queda son setenta y cinco centavos.
– Le podría dar una botella de tequila.
– No, no.
– Entonces cincuenta centavos más... Será una botella grande.
 
Por último, este es el párrafo con que da comienzo el cuento El billete de lotería:
 
Mr. Thriplow compró su primer y último billete de lotería en Veracruz. Se había tomado dos vasos de tequila para animarse a subir a bordo de aquella horrible barcaza mexicana de cien toneladas provista de un motor auxiliar, que era el único sistema para desplazarse hasta el pequeño Estado tropical que quería visitar. Al coger los billetes que la niña le ofreció, se sintió señalado por el destino; y tal vez lo estaba. Yo no creo mucho en el destino, pero cuando creo en él lo imagino muy exactamente como una personalidad tan maliciosa y humorística que, entre toda la gente del mundo, sería capaz de elegir a Mr. Thriplow para servir sus absurdos y augustos objetivos.
 
Si bien por una parte puede inferirse que Graham Greene no disfrutó plenamente sus visitas a México, por la otra resulta evidente que durante su estancia abundaron los tragos a las botellas de tequila.

Jules Etienne

sábado, 20 de septiembre de 2014

Tequila: JUGANDO CON BOMBAS, de B. Traven


(Fragmento)

El jurado se retira. En menos de media hora, pues sus miembros tienen asuntos que atender, regresa. El veredicto es: "No culpable".

Natalio es puesto en libertad inmediatamente. El y sus testigos, incluyendo a Filomena y a su nuevo hombre, van a la cantina más próxima a celebrar el acontecimiento con dos botellas de tequila. Las botellas pasan de boca en boca sin que ninguno haga uso de los vasos. Todos saborean un poco de sal y chupan limón. . Cuando las botellas están vacías, Natalio regresa a su trabajo, pues restando algunas horas hábiles todavía, él, minero honesto, no quiere perderlas.

Como de costumbre el sábado siguiente se celebra el baile en el pueblo, al que Natalio asiste. Allí encuentra a una joven que, sabedor a de sus virtudes de hombre sobrio y trabajador, acepta su proposición para vivir con él como su mujer.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

viernes, 19 de septiembre de 2014

Tequila: ENTRE LA PIEDRA Y LA FLOR, de Octavio Paz

"... alza una flor, roja y única. Una vara sexual la levanta, llama petrificada."

II

¿Qué tierra es ésta?
¿Qué violencias germinan

bajo su pétrea cascara,
qué obstinación de fuego ya frío,
años y años como saliva que se acumula
y se endurece y se aguza en púas?


Una región que existe
antes que el sol y el agua
alzaran sus banderas enemigas,
una región de piedra
creada antes del doble nacimiento
de la vida y la muerte.


En la llanura la planta se implanta
en vastas plantaciones militares.
Ejército inmóvil
frente al sol giratorio y las nubes nómadas.


El henequén, verde y ensimismado,
brota en pencas anchas y triangulares:
es un surtidor de alfanjes vegetales.
El henequén es una planta armada.


Por sus fibras sube una sed de arena.
Viene de los reinos de abajo,
empuja hacia arriba y en pleno salto
su chorro se detiene,
convertido en un hostil penacho,
verdor que acaba en puntas.
Forma visible de la sed invisible.


El agave es verdaderamente admirable:
su violencia es quietud, simetría su quietud.


Su sed fabrica el licor que lo sacia:
es un alambique que se destila a sí mismo.


Al cabo de veinticinco años
alza una flor, roja y única.
Una vara sexual la levanta,
llama petrificada.
Entonces muere.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Tequila: LA SOMBRA DEL CAUDILLO, de Martín Luis Guzmán

 "A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?"

(Fragmento del libro cuarto, capítulo II: Camino al desierto)

- ¡Lévantese de ay!

La voz era enérgica y ronca.

Mientras Axkaná se incorporaba, dos manos lo cogieron por un brazo; otras lo arrojaron contra el asiento. Ahora sentía apoyado sobre el pecho el cañón de la pistola.

- Saca el tequila –dijo la misma voz.

El cuello de una botella vino a tocarle la boca.

- Beba un trago -mandó la voz.

- No bebo.

- ¿No bebe?

- No. No bebo.

- Conque no, ¿eh?

Las ondas de la voz siguieron dirección distinta.

- A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?

Se oía el ruido que hacían delante al remover los trebejos del automóvil.

- Conque no bebe… Conque no bebe… -repetía la voz.

“Va a ser inútil resistir –pensó Axkaná-. Acaso fuera más juicioso no oponerse.”

Tuvo, sin embargo, miedo de que lo envenenaran.

- Y ¿quién me asegura –preguntó- que es sólo tequila lo que quieren darme?

- Nadie. Y sobran las preguntas. Si quisiéramos envenenarlo o matarlo de otro modo cualquiera, ¿quién lo había de impedir? Pero ya oyó que pedí el tequila. Sienta la botella: está nuevecita, la acabamos de destapar. Beba, pues, por las buenas o por las malas. Traiga la mano… ¿No es ésta una botella?

A despecho de todo, aquel lenguaje hizo cierta gracia a Axkaná. Tocando la botella, dijo:

- Sí, es una botella.

- Beba un trago, pues… Mire: bebo yo primero.

Breve silencio… Chascaba una lengua:

- Buen tequila, ¡la verdad de Dios!... Ahora usted.

Axkaná bebió.

- ¿Es tequila o no es tequila?

- Así parece.

La botella seguía apoyada, en parte, en la mano derecha de Axkaná.

- Beba otra vez.

- No, ya no.

- Beba otra vez, le digo… Y nomás no se me mueva tanto, que la pistola puede dispararse.

Y diciendo así, el desconocido volvió a hacer que la botella y los labios de Axkaná se juntaran. Axkaná tornó a beber.

- ¿No es buen tequila?

- Sí, si es bueno… Pero ¿para qué me han traído a este sitio?

Con el cuello de la botella golpeaba el desconocido los labios de Axkaná. Lo hacía, evidentemente, con intención de causarle daño y mantenerlo dócil. Para que cesara en aquello, Axkaná bebió.
 
 
Martín Luis Guzmán (México, 1887-1976)
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la película La sombra del caudillo (1960), dirigida por Julio Bracho.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tequila: PONDERACIÓN Y SIGNO DEL TEQUILA, de Álvaro Mutis

"... porque es fiel y obcecado en su lealtad al paralelo delirio de los rieles..."
 
Para María y Juan Palomar

 El tequila es una pálida llama que atraviesa los muros
y vuela sobre los tejados como alivio a la desesperanza.
El tequila no es para los hombres de mar
porque empaña los instrumentos de navegación
no obedece a las tácitas órdenes del viento.
Pero el tequila, en cambio, es grato a quienes viajan en tren
y a quienes conducen las locomotoras, porque es fiel
y obcecado en su lealtad al paralelo delirio de los rieles
y a la fugaz acogida en las estaciones,
donde el tren se detiene para testimoniar
su inescrutable destino de errancia.
Hay árboles bajo cuya sombra es deleitoso beberlo
con la parsimonia de quien predicó en el viento
y otros árboles hay donde el tequila no soporta la umbría
que opaca sus poderes y en cuyas ramas se mece
una flor azul como el color que anuncia los frascos de veneno.
Cuando el tequila agita sus banderas de orillas dentadas,
la batalla se detiene y los ejércitos tornan
al orden que se proponían imponer.
Dos escuderos lo acompañan a menudo: la sal y el limón.
Pero está listo siempre a entablar el diálogo
sin otro apoyo que su lustral transparencia.
En principio el tequila no conoce fronteras.
Pero hay climas que le son propicios
como hay horas que le pertenecen con sabia plenitud:
cuando llega la noche a establecer sus tiendas
en el esplendor de un meridiano sin obligaciones,
en la más alta tiniebla de las dudas y perplejidades.
Es entonces cuando el tequila nos brinda su lección consoladora,
su infalible gozo, su indulgencia sin reservas.
También hay manjares que exigen su presencia,
son aquellos que propició la tierra que los vio nacer.
Inconcebible sería que no fraternizaran con certeza milenaria.
Romper ese pacto sería grave falta contra un dogma prescrito
para aliviar la escabrosa tarea de vivir.
Si “la ginebra sonríe como una niña muerta”
el tequila nos atisba con sus verdes ojos de prudente centinela.
El tequila no tiene historia, no hay anécdota
que confirme su nacimiento. Es así desde el principio
de los tiempos, porque es don de los dioses
y no suelen ellos fabular cuando conceden.
Ese es oficio de mortales, hijos del pánico y la costumbre.
Así es el tequila y así ha de acompañarnos
hasta el silencio del que nadie regresa.
Alabado sea, pues, hasta el final de nuestros días
y alabada su cotidiana diligencia para negar ese término.

 
Álvaro Mutis (Colombia, 1923-2013)

martes, 16 de septiembre de 2014

Tequila: ESTAS RUINAS QUE VES, de Jorge Ibargüengoitia


(Fragmento)
 
Gloria, con un gesto de resignación, retiró las copas y el Doctor fue a buscar una bebida muy especial que guardaba en el último rincón de la casa.

Cuando habíamos llegado a la terraza, después de saludar a Gloria, nos sentamos, las sillas de mimbre crujieron, cuando llegó el Doctor, nos levantamos, cuando se fue a buscar la botella, nos volvimos a sentar, entonces entró la Rapaceja, nos levantamos, la saludamos y nos sentamos, llegaron las hermanitas Verduguí, nos levantamos y nos sentamos, llegó Sebastián Montaña, ídem, llegó Rocafuerte con su traje azul pavo, ya nadie tuvo ánimos para levantarse. "Suegra", le dijo a la Rapaceja, y la besó en la mejilla, al Doctor lo abrazó, y a Gloria le dio un beso en la boca. Exudaba optimismo. A la tercera frase empezó a venderle una Nikkonaka a Sebastián Montaña. El Doctor había traído del fondo de la casa un barrilito de tequila añejo, "de la reserva particular de don Adalberto Trejo", nos dijo. Sirvió una copa a cada uno, hasta a los que dijeron ' 'yo tequila no, muchas gracias". Bebimos un trago y dijimos que era excelente.
 
- Este tequila -dijo el Doctor, arrastrado por la reminiscencia- es con el que brindamos cuarenta compañeros de la Asociación de Profesionistas Cuevanenses y nuestras respectivas esposas, un dieciséis de septiembre que nos tocó pasar en la isla de Melos, en el tour que hicimos a Europa, ¿verdad, mi vida?
 
- Fue precioso -dijo la Rapaceja.
 
- El sol poniéndose -siguió el Doctor-, el mar, color violeta, y nosotros los mexicanos, parados en unas piedras, mirando hacia el occidente, y brindando con tequila, acordándonos de nuestra patria lejana. Miren, las lágrimas nos brotaron de la emoción. Los que estábamos allí sentados, vimos con admiración cómo al Doctor y a la Rapaceja volvían a brotarles las lágrimas nomás de acordarse.
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983) 

lunes, 15 de septiembre de 2014

El tequila como símbolo del festejo patrio

"... y podía cuando menos agradecer al tequila tal
honestidad, por breve que fuese su duración."
Malcolm Lowry en Bajo el volcán.
 
Cada año, durante esta temporada septembrina en que se acostumbra a celebrar, con desvelos y tragos, el llamado Grito de la Independencia, el fervoroso ritual gira con frecuencia en torno a una botella de tequila. En ningún momento durante el resto del año ni bajo cualquier otro pretexto, se consume tanto tequila como en estas fechas. Las estadísticas no mienten, los robos de licores se triplican y el principal objetivo suele ser el tequila, la bebida más simbólica para refrendar la condición de mexicano: euforia, patrioterismo ocasional y violencia, que exaltan su intensidad.
 
La literatura nunca ha sido ajena a su influjo. El poeta Efraín Huerta recordaba su encuentro con Pablo Neruda en 1942:
 
Tres oradores abrieron el programa, y dos poetas lo cerraron: Pablo Neruda y yo.  Poco antes de empezar el acto, Pablo me invitó a tomar una copa. Lo  que quería era leerme el poema que diría. Era el Canto a Stalingrado.  La cantina donde brindamos con tequila está allí todavía: La Castellana, en Antonio Caso e Insurgentes Centro. Yo sólo le recomendé a Pablo que cierta palabra sucia la suprimiera, o que la pusiera en francés, por sonar más belicosa. Se quedó en francés.”
 
El mismo Huerta que le recomendaría a su amigo, el peruano Hildebrando Pérez, la mejor manera de beberlo, en Para que aprenda a tomar un caballito de tequila.
 
Acerca la mano hacia la ansiosa boca, como a la distancia de más o menos veinte centímetros: abre la boca y con la mano derecha golpea los dedos –tensos– de la mano izquierda. La sal salta hacia la boca y el ritual empieza. Chupa un limón. Bebe.
Un caballito te da de cinco a seis sorbitos
”.
 
Muchos años después, el argentino Roberto Bolaño, quien viviera una larga temporada en México, escribió en su poema Para Efraín Huerta: “… mientras a tus espaldas los poetas/ bebían tequila y hablaban en voz baja.”
 
Carlos Fuentes en Cambio de piel, luego de que describe cuando el mozo entra con una botella de tequila sobre una bandeja de latón, la deja sobre la mesa:
 
con dos vasos pequeños, un salero y varias rebanadas de limón. Dijo que no había Damiana.
 
- Lástima. Es un afrodisíaco-. Le entregaste un peso al indio sonriente. - Toma. Serviste las dos copas y le pasaste el salero y los limones a Javier.
 
Javier exprimió el limón dentro del vaso y luego lo rodó de sal:
 
- Esto no me va a caer bien, Ligeia. Lo sabes de sobra. Los dos se miraron mientras sorbía lentamente el tequila.”
 
El cónsul alcohólico que protagoniza la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, exaltaba algunas de sus cualidades: “hasta (y podía cuando menos agradecer al tequila tal honestidad, por breve que fuese su duración) de ser amado.”
 
Jack Kerouac, emblema de la generación beatnik, se refiere En el camino a México como el país de la tierra caliente y el tequila. Tom Robbins lo alude con frecuencia, por ejemplo, en También las vaqueras sienten melancolía, cuando comienza el incendio y la orquesta sigue tocando Allá en el rancho grande: “Sacó la madre a la hija del remolque como si la sacase del Club El Lagarto en llamas. (En el punto culminante del pavoroso incendio, una hilera de botellas de tequila sobrecalentadas empezaron a estallar entre las llamas).” Y en Naturaleza muerta con pájaro carpintero se ocupa a su vez del tequila, como “la bebida favorita de los delincuentes” a quienes suele traicionar, y lo define como “líquido geométrico de la pasión”, un “dios majadero que copula en el aire con las almas de las vírgenes moribundas” y también “agua salvaje de la hechicería”.

Relación que de alguna manera coincide con la que por su parte establece el británico D. H. Lawrence en La serpiente emplumada, cuando describe: “... las caras verdaderamente terribles de algunos tipos de la ciudad, tumefactas a causa del veneno del tequila y con los ojos un poco vidriosos y como si mirasen a través de un velo de maldad. En ninguna parte había encontrado rostros en los que se pintase el mal con tanta claridad como los que se veían en México.”

Otro inglés, como lo era Lawrence, que se ocupó de México a lo largo de su obra -con una visión a menudo acerba-, fue Graham Greene, quien menciona al tequila en sus novelas El poder y la gloria y Caminos sin ley, además del relato El billete de lotería, las cuales revisaremos en otra ocasión.
 
Debiera, por supuesto, mencionar los poemas Ponderación y signo del tequila, del colombiano Álvaro Mutis y Entre la piedra y la flor, de Octavio Paz, pero mejor he optado por  incluirlos completos en los próximos días, lo mismo que las referencias hechas por José Revueltas en sus novelas Los días terrenales y Los errores, por Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo, y Mariano Azuela en Los de abajo, así como unos párrafos del relato Jugando con bombas, del enigmático B. Traven.

Cómo olvidar que el perro del rancho en Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, se llamaba precisamente Tequila, y que los gemelos personajes de La zona del silencio, de Homero Aridjis, llevaban por nombre Mezcal y Tequila.
 
Jules Etienne