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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

martes, 18 de noviembre de 2014

Páginas ajenas: OTOÑO TARDÍO, de Tudor Arghezi


En la soledad de noviembre,
y en cuanto alcanza la vista, el parque se hunde
envuelto en el sueño fúnebre
de los espejos humeantes.

Y es que entre los árboles, milenariamente enfermo,
oscuro en sus profundidades, se extiende un lago,
y la sangre de las viñas y los castaños
flota sobre la superficie cobriza del agua.

Por entre los árboles, mi tristeza mira el horizonte
como un cuadro que no entendiera:
¿Detiene el sendero en lo hondo la arboleda o la espera?
El silencio es el eco de las ramas peregrinas.

Hospital de la tristeza, del remordimiento,
donde lloras tu amor incumplido
y recuerdas, con nostalgia y sufrimiento,
su imagen jamás encontrada.

Algunos alerces se han reunido a lo lejos,
mientras el parque reza en un murmullo…
Se cierra el anochecer como un libro
y el alma queda en prenda entre sus hojas.
 
 
Tudor Arghezi (Rumania, 1880-1967)
 
(Traducido al español por Darie Novacèanu)

lunes, 17 de noviembre de 2014

Día de los muertos: SOBRE LA MUERTE Y OTRAS SOLEDADES


"Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido."
José Gorostiza

Nada le es ajeno a la muerte. De entre todas las fases que conforman la vida, la muerte es la única certeza. Se le ha rendido culto desde las civilizaciones más antiguas y, por lo tanto, tampoco a la mexicana le resulta ajena. De hecho, ha encontrado un vasto campo de expresión y encuentra eco en todas sus tradiciones. La presencia de la muerte en la literatura es abundante y simbólica. Pedro Páramo, la breve y espléndida novela de Juan Rulfo, se erige en el punto de partida más apropiado, debido a que la acción transcurre entre personajes muertos:

- ¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado? Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis, y junto a mí también estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás para enterrarte. Y ya ves, te enterramos.

A lo que el personaje le da respuesta cabal con su propia explicación:

- Bueno, pues llegué a la plaza. Me recargué en un pilar de los portales. Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo el murmullo como de mucha gente en día de mercado. Un rumor parejo, sin ton ni son, parecido al que hace el viento contra las ramas de un árbol en la noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye el murmurar. Así. Ya no di un paso más. Comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras vacías de ruido: «Ruega a Dios por nosotros». Eso oí que me decían. Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto.

También en Aura, de Carlos Fuentes, se establece ese juego en el que quienes deberían estar muertos interactúan con los vivos en el tiempo presente: "Habrás calculado: la señora Consuelo tendrá hoy ciento nueve años.. . cierras el folio. Cuarenta y nueve al morir su esposo." Una mujer centenaria que se manifiesta rejuvenecida en el cuerpo de la joven a quien presenta como su sobrina.
 
El párrafo con el que da principio la novela El luto humano, de José Revueltas, es como un presagio:

La muerte estaba ahí, blanca, en la silla con su rostro. El aire de campanas con fiebre, de penentrantes inyecciones, de alcohol quemado y arsénico, movíase como la llama de una vela con los golpes de aquella respiración última -y tan tierna, tan querida- que se oía. Que se oía: de un lado para otro, de uno a otro rincón, del mosquitero a las sábanas, del quinqué opaco a la vidriera gris, como un péndulo. La muerte estaba ahí en la silla.

Porque la muerte no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior, cuando aun no entra en el cuerpo, y está inmóvil y blanca, negra...

Pues toda la vida es acumulación de desprecios hasta que sobreviene el desprecio final, el gran desprecio que es la muerte.

Juan José Arreola también se merece un lugar preponderante gracias a su texto El amor como metáfora de la muerte: "El amor es un símbolo de ese regreso al seno terrenal, al seno de la gran madre. Por eso el amor viene a ser una metáfora de la muerte. Cuando amamos físicamente a una mujer, nos insertemos en la tierra. Incluso el espasmo amoroso, el orgasmo, tiene algo de agonía, del sentimiento de la muerte: es una muerte feliz. Quizá se podría decir que tememos a la muerte como tememos al amor absoluto."

Y también por el remate de su cuento Botella de Klein: "Tienes miedo en pie como falso suicida, jugando metafísico el peligroso juguete en tus manos, revólver de vidrio y vaso de veneno... Porque tienes miedo de beberte hasta el fondo, miedo de saber a qué sabe tu muerte , mientras te crece en la boca el sabor, la sal del dormido que reside en la tierra..."

El poeta Xavier Villaurrutia escribía que vivimos en una permanente Nostalgia de la muerte, en tanto que José Gorostiza prefería hablar de la Muerte sin fin. Podríamos resumirlo en una paráfrasis hurtada al entrañable Edmundo Valadés: La muerte siempre tendrá permiso.

El indispensable Octavio Paz se refiere a ambos poetas en El laberinto de la soledad:

Así, frente a la muerte hay dos actitudes: una, hacia adelante, que la concibe como creación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia del limbo. Ningún poeta mexicano o hispanoamericano, con la excepción, acaso, de César Vallejo, se aproxima a la primera de estas dos concepciones. En cambio, dos poetas mexicanos, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, encarnan la segunda de estas dos direcciones. Si para Gorostiza la vida es "una muerte sin fin", un continuo despeñarse en la nada, para Villaurrutia la vida no es más que "nostalgia de la muerte".

La afortunada imagen que da título al libro de Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, es algo más que un acierto verbal. Con él, su autor quiere señalarnos la significación última de la poesía. La muerte como nostalgia y no como fruto o fin de la vida, equivale a afirmar que no venimos de la vida sino de la muerte. Lo antiguo y original, la entraña materna, es la huesa y no la nariz. Esta aseveración corre el riesgo de parecer una vana paradoja o la reiteración de un viejo lugar común: todos somos polvos y vamos al polvo. Creo, pues, que el poeta desea encontrar en la muerte (que es, en efecto, nuestro origen) una revelación que la vida temporal no le ha dado: la de la verdadera vida.
 
Al morir
la aguja del instantero
recorrerá su cuadrante
todo cabrá en un instante
(...)
Y será posible acaso
vivir, después de haber muerto.

Regresar a la muerte original será volver a la vida de antes de la vida, a la vida de antes de la muerte: al limbo, a la entraña materna.
 
Por supuesto que la muerte es tema recurrente en la literatura mexicana, en todos sus géneros, desde la narrativa y la poesía hasta la solemne prosa del ensayo. Los autores citados en este texto son sólo unos cuantos, pero se les puede considerar entre los más representativos. Suficientes para concluir con el tema del día de los muertos, al que nos hemos referido durante estas últimas semanas.
 

Jules Etienne  

domingo, 16 de noviembre de 2014

Día de los muertos: EL RETRATO DE ANABELLA, de Sergio Galindo

"Yo no entendería el día de muertos si no hubiera amado a un tarasco."

(Fragmento)
 
- Huicholes -dijo Anabella al ver que él las observaba-. Un arte increíble... una vez tuve un amante huichol. Me lo encontré en la Alameda. Vendía cruces y collares, ¡guapo como él solo!, y con el pretexto de comprarle todo, me lo traje a casa, pues le dije que no me alcanzaba el dinero. Y aquí mismo, allí donde estás tú sentada, me le eché encima y lo obligué a amarme. -Se atacó de risa y de tos-. ¡No saben cuántas travesuras he hecho! De muchas no me acuerdo. Al huichol le gustaba que yo le cantara. Era muy tierno, muy joven, vivió conmigo como seis o siete meses, hasta que vino su esposa y se lo llevó. No me acuerdo quién, siguió después de él. Pero hay que tener muchos esposos y amantes mexicanos para entender este país. De otra manera se queda uno en la superficie, sin ahondar en los misterios, en las creencias. Yo no entendería el día de muertos si no hubiera amado a un tarasco. Escucha Mina, escucha tú también Franco: Están recién casados y...

 
Sergio Galindo (México, 1926-1993)

jueves, 13 de noviembre de 2014

Día de los muertos: LA MUERTE EN LA LITERATURA MEXICANA, de Monika Zrůstová


(Fragmentos relativos al día de los muertos)

Para un mexicano, lo antes que llegue la muerte, mejor. En este sentido suenan las canciones populares de "la vida no vale nada", "la vida nos ha curado de espantos".

La fascinación por la muerte se presenta mejor que nunca el 2 de noviembre de cada año. Este día se celebra el día de los difuntos y parte del hermetismo mexicano y de la fuerza con la que tratan de romperlo. Las fiestas van hacia la sustancia del hombre. Así que, si el mexicano se burla de la muerte, si la caricaturiza, es solamente una muestra de su indiferencia hacia la vida. El día de los difuntos, las calles se llenan con quioscos que venden calaveras, tumbas de chocolate, el pan en forma de huesos, se cantan canciones relacionadas con la muerte. En las escuelas se organizan competencias de quién logra transformar su salón en el mejor cementerio. Como si la muerte tuviera carácter nacional o como si fuera el orgullo nacional que puede ser deshonrado sin que, necesariamente, pierda su peculiaridad.
(...)
 
Juan Rulfo, al igual que Octavio Paz, entienden la muerte de la misma manera. Para ambos es algo omnipresente en la realidad mexicana. Es algo que no termina la vida del ser humano. Al contrario, puede convertirse en un principio de algo nuevo. Según Paz, los mexicanos deberían volver a sus raíces y entender el significado de la muerte tal como lo hacían sus antecesores, deberían renunciar a la tendencia que prevalece en las culturas occidentales. Y así, a través de la muerte empezar a dominar su propia vida. La vida que junto con la muerte forman parte del tiempo mítico. Del mismo tiempo mítico en el que coexisten los dos mundos de Juan Rulfo, el mundo de los vivos junto al mundo de los muertos.
 
 
Monika Zrůstová (República Checa, 19¿?) 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Día de los muertos: LA VIDA INÚTIL DE PITO PÉREZ, de José Rubén Romero

 
(Dos fragmentos relativos a la muerte)

- Bueno, Pito Pérez, pero ¿de quién se trata? Tanto misterio para viajar con una mujer y tanta virtud en ella, me parecen incomprensibles.

- ¡Pues de quien se ha de tratar! Del esqueleto de una mujer, armado cuidadosamente por el médico de Zamora y utilizado por los practicantes del hospital para estudiar anatomía.

- ¡Qué bárbaro! ¿No siente usted miedo de acostarse con un esqueleto?

- Miedo, ¿y por qué? ¿No somos nosotros esqueletos más repugnantes, forrados de carne podrida? Y sabiéndolo, buscamos el contacto de las mujeres. La mía no padece flujos, ni huele mal, ni exige cosa alguna para su atavío. No es coqueta ni parlanchina, ni rezandera, ni caprichosa. Muy al contrario, es un dechado de virtudes. ¡Qué suerte tuve al encontrármela!

- Aquí está su fotografía, conozca usted a la señora de Pito Pérez, colgada de su brazo; admire sus grandes ojos, sus dientes blancos, y fíjese que sobre su corazón lleva atado un ramito de azahares, como el que llevo yo prendido en la solapa de mi levita. La Epístola de San Pablo dice que el matrimonio acaba con la muerte; el mío ha comenzado con ella, y durará por toda la eternidad. (Página 109)
 
(...)

- Basta de necedades -interrumpió el Presidente-. Ni lo fusilo, ni lo saco de aquí. Le doy el cementerio por cárcel, hasta que me prometa no emborracharse nunca. Fuera todo el mundo. Dejen solo a este loco, para que reflexiones y se enmiende.

Lentamente salieron los espectadores de aquel drama fallido, y Pito Pérez se dejó caer sobre un montón de basura, desolado y triste, al comprobar que la Muerte, laque el creía su fiel amante, ¡también lo engañaba!

Se hizo de noche y a la luz de los cirios siderales, de bruces sobre una sepultura, Pito Pérez parecía un hito de carne entre el cielo y la tierra. Tal fue su destino: pequeño punto de referencia entre lo humano y lo inhumano. ¡Lo humano!: facultad de amar, tristeza de odiar, consuelo de llorar. ¡Lo inhumano!: impotencia de amar, goce de odiar, envidia ruin por no saber llorar... (Página 140)


José Rubén Romero (México, 1890-1952)

martes, 11 de noviembre de 2014

Día de los muertos: TERRA NOSTRA, de Carlos Fuentes

"... un día de muertos que los naturales mexicanos celebran junto a las tumbas y con profusión de flores amarillas..."

(Párrafo sobre Don Juan en el antepenúltimo capítulo: Réquiem)

Encontró su destino. Abandonó a Inés. Preñó a indias. Preñó a criollas. Ha dejado descendencia en la Nueva España. Pero él mismo, un día de muertos que los naturales mexicanos celebran junto a las tumbas y con profusión de flores amarillas, tomó la resolución de regresar a España.

 
Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

lunes, 10 de noviembre de 2014

Día de los muertos: LA MONTAÑA DE LAS MARIPOSAS, de Homero Aridjis

"... al menos honraría el sueño perpetuo que cubre la existencia humana en forma de lápida."

(Primeros párrafos del capítulo 29: Día de muertos)

Allí andaba Marina entre las tumbas, vestida de negro, con un ramo de flores rojas en la mano. Era 2 de noviembre y buscaba la sepultura de su abuela Micaela. Pero la difunta no tenía cruz ni monumento, quizás ni nombre ni sitio de reposo.
 
Marina pensaba que su abuela había sido muy importante en Contepec, pero en el pueblo nadie se acordaba de ella. En las historias que la madre le había contado, Micaela era la protagonista principal, pero narradas por otra gente ella no existía o era una espectadora marginal.
 
Para los locales, la misma nieta era una desconocida, una recién llegada. Eso no tenía importancia; para Marina, niña anónima residiendo en la capital de la república, Contepec formaba parte de su mitología personal y de su herencia materna. Una herencia vaga, es cierto, pero al fin y al cabo una herencia que contenía el bagaje cultural de su madre.
 
A veces, sobre todo cuando se sentía sola en la ciudad multitudinaria, Marina intentaba recobrar el paraíso perdido de su progenitora, que por derecho de sangre también era el suyo, aunque fuera un paraíso compuesto de anhelos fallidos y recuerdos inexactos. Si bien era un paraíso inventado por el deseo de pertenecer a alguna parte, o por la necesidad subjetiva de disponer de una almohada moral, en donde recargar la cabeza, ella quería hacerlo real.
 
El caso es que allí andaba Marina entre las tumbas, buscando a la importantísima Micaela con la intención de ponerle flores y de rendirse homenaje a sí misma, al rendírselo a su ilustrísimo ancestro. Y si ese antepasado resultaba demasiado inasible, al menos honraría el sueño perpetuo que cubre la existencia humana en forma de lápida.


Homero Aridjis (México, 1940) 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Día de los muertos: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier

"... acabando por jugar con calaveras como los chamacos mexicanos en día de Fieles Difuntos.”

(Fragmento)

... y entretanto, sobre la mesa, habían desfilado varios frascos panzones, envueltos en pajas coloreadas, de un tinto liviano, de los que no ponen costras moradas en los labios, pero se cuelan, bajan y se trepan, con regocijante facilidad.—“Este mismo vino es el que toma el Rey de Dinamarca, que se está corriendo la gran farra de carnaval, de supuesto incógnito, bajo el nombre de Conde de Olemborg” —dijo el Pelirrojo.—“No puede haber reyes en Dinamarca —dijo Montezuma que empezaba a estar seriamente pasado de copas—: No puede haber reyes en Dinamarca porque allí todo está podrido, los reyes mueren por unos venenos que les echan en los oídos, y los príncipes se vuelven locos de tantos fantasmas como aparecen en los castillos, acabando por jugar con calaveras como los chamacos mexicanos en día de Fieles Difuntos”...


Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980)

viernes, 7 de noviembre de 2014

Día de los muertos: RENANA DE OTOÑO, de Guillaume Apollinaire


(Fragmentos)
 
a Toussaint Luca
 
El día de los muertos y de todas sus almas
Los niños y las viejas
Encienden velas y cirios
Sobre cada tumba católica
Los velos de las viejas
Las nubes del cielo
Son como barbas de chivos
 
En el aire tiemblan llamas y oraciones
 
El cementerio es un hermoso jardín
Lleno de sauces grises y de romero
 
(...)
 
El viento del Rin ulula con todos los búhos
Apaga los cirios que los niños siempre vuelven a encender
Y las hojas secas
Vienen a cubrir a los muertos

Niños muertos hablan a veces con sus madres
Y muchas difuntas a veces desearían regresar
 
Oh no quiero que salgas
El otoño está lleno de manos cortadas
No no son hojas secas
Son las manos de las amadas muertas
Son tus manos cortadas
 
Hemos llorado tanto hoy
Con esos muertos sus hijos y las viejas
Bajo el cielo sin sol
En el cementerio lleno de llamas

Luego regresamos con el viento
 
Entre nuestros pies rodaban castañas
Cuyos erizos eran
Como el herido corazón de la Madona
De quien se duda si tuvo la piel
Color de castañas otoñales
 
 
Guillaume Apollinaire: Wilhelm Albert Włodzimierz Apolinary de Kostrowicki
(Francés nacido en Italia, 1880-1918)  
 
(Traducido del francés por Agustí Bartra)

La ilustración corresponde al cementerio del Padre Lachaise (Pére-Lachaise) durante el otoño, en París, donde descansan los restos de Guillaume Apollinaire.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Día de los muertos: MACARIO, de B. Traven

"... para irse al bosque y regresar al anochecer con una carga de leña sobre su espalda."
 
(Fragmento inicial)
 
Macario era leñador en aquel pueblito. Padre de once hijos andrajosos y famélicos, no deseaba riquezas, ni cambiar el jacal que habitaba con su familia por una casa bien construida. En cambio tenía, eso sí, desde hacía veinte años, una sola ilusión. Y esa gran ilusión era la de poder comerse a solas, gozando de la paz en las profundidades del bosque y sin ser visto por sus hambrientos hijos, un guajolote asado entero.

Nunca logró llenar su estómago hasta sentirse satisfecho. Por el contrario, siempre se sentía próximo a morir de hambre. A pesar de eso, todos los días del año, sin exceptuar los domingos ni días festivos, tenía que salir de su hogar antes de que amaneciera para irse al bosque y regresar al anochecer con una carga de leña sobre su espalda. Aquella carga, que representaba una jornada de trabajo, la vendía por dos reales... y a veces hasta por menos.

Sólo durante la temporada de lluvias, cuando prácticamente no tenía competencia, y mejor aún en las fechas señaladas, como por ejemplo el día de los Fieles Difuntos, en que la demanda era mayor por parte de los fabricantes de velas y de los panaderos, que horneaban toda clase de panes de muerto y calaveras de azúcar, lograba que le dieran hasta tres reales por su carga de leña.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Día de los muertos: DÍA DE DIFUNTOS, de José Asunción Silva


(Fragmento)

Y hoy, día de muertos, ahora que flota,
En las nieblas grises la melancolía,
En que la llovizna cae, gota a gota,
Y con sus tristezas los nervios emboba,
Y envuelve en un manto la ciudad sombría,
Ella que ha medido la hora y el día
En que a cada casa, lúgubre y vacía,
Tras del luto breve volvió la alegría;
Ella que ha marcado la hora del baile
En que al año justo, un vestido aéreo
Estrena la niña, cuya madre duerme
Olvidada y sola en el cementerio,
Suena indiferente a la voz de fraile
Del esquilón grave y a su canto serio;
Ella que ha medido la hora precisa,
En que a cada boca, que el dolor sellaba,
Como por encanto volvió la sonrisa,
Esa precursora de la carcajada;
Ella que ha marcado la hora en que el viudo
Habló de suicidio y pidió el arsénico,
Cuando aún en la alcoba, recién perfumada,
Flotaba el aroma del ácido fénico
Y ha marcado luego la hora en que, mudo
Por las emociones con que el goce agobia,
Para que lo unieran con sagrado nudo,
A la misma iglesia fue con otra novia;
Ella no comprende nada del misterio
De aquellas quejumbres que pueblan el aire,
Y lo ve en la vida todo jocoserio
Y sigue marcando con el mismo modo
El mismo entusiasmo y el mismo desgaire
La huída del tiempo que lo borra todo!
      Y eso es lo angustioso y lo incierto
      Que flota en el sonido,
Esa es la nota irónica que vibra en el concierto
      Que alzan los bronces al tocar a muerto
      Por todos los que han sido!
      Esa es la voz fina y sutil,
      De vibraciones de cristal,
      Que con acento juvenil
      Indiferente al bien y al mal,
      Mide lo mismo la hora vil,
      Que la sublime o la fatal
      Y resuena en las alturas,
      Melancólicas y oscuras,
      Sin tener en su tañido
      Claro, rítmico y sonoro,
      Los acentos dejativos
      Y tristísimos e inciertos
      De aquel misterioso coro,
Con que ruegan las campanas, las campanas,
      Las campanas plañideras
      Que les hablan a los vivos
      De los muertos!


 
José Asunción Silva (Colombia, 1865-1896)

martes, 4 de noviembre de 2014

Día de los muertos: EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836, de Mariano José de Larra


(Fragmento)

 
- ¡Día de difuntos!- exclamé.

Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios! que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!

La melancolía llegó entones a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurrióme de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión...
 
 
Mariano José de Larra (España, 1809-1837)