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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

domingo, 30 de agosto de 2015

Venecia: LA PEQUEÑA DORRIT, de Charles Dickens

"... nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle."

(Fragmento del capítulo IX, el viaje a Venecia)

Después de recorrer varias ciudades, visitando en ellas cuantas maravillas eran dignas de verse, la familia Dorrit llegó al fin a Venecia y, como se proponían pasar algún tiempo en aquella ciudad, el señor Dorrit alquiló un inmenso palacio a orillas del Gran Canal. Ese fue el sueño más maravilloso para Amy, que nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle.

* * *
«Querido señor Clennam:
 
Le escribo en mi dormitorio, en Venecia, pensando que le agradará recibir noticias mías; con todo, sé muy bien que no puede experimentar tanto placer al recibir mi carta como lo experimento yo al escribírsela, pues no debe echar nada de menos... si no es mi ausencia, lo que sólo notará algún que otro momento, mientras que mi vida ha variado de tal forma, y encuentro a faltar tantas cosas...»
 
 
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

viernes, 28 de agosto de 2015

Venecia: HIDALGUÍA, de Rafael Sabatini

"Redujo a vasallaje los estados de Treviso, Vicenza, Padua, Brescia, Bérgamo..."

(Fragmento inicial del capítulo II, La dama sin tierra)


Mientras la vida circula por las venas de un hombre, éste actúa como si nunca hubiese de ser de otro modo. Por esta razón, pocas veces la edad pone término a los proyectos y planes que se refieren al futuro.
 
A los sesenta y nueve años, aquel hombrecillo astuto, Honorato da Polenta, mejor empleara su alma en la oración que en empeñarse en la reconquista del señorío de Rávena, del que Venecia lo desposeyera veinte años atrás. En resumidas  cuentas, en su casa no había ningún hombre que hubiese de sostenerle. Su único hijo, Azzo, fue condenado a muerte por la justicia veneciana, por haber violado la pena de destierro a que fue condenado en unión de su padre. Su único sobrino, Cosimo da Polenta, había recibido las sagradas órdenes. Quedaba su hija, Samaritana, pero como en aquellas circunstancias el legado de Ravena habría consistido en una serie de luchas, fuera locura suponer que el señor Honorato se decidiera, por cuenta de la doncella, a abandonar su destierro de Creta y someter su pleito a la suerte de las armas.
 
Durante veinte años había estado aguardando la oportunidad que  ahora percibía. Siempre tuvo la confianza de que, al fin, Venecia pagaría muy cara la codicia de que su desposesión era un ejemplo, y, al fin, le pareció que su profecía iba a cumplirse.  No contenta aun con ser la señora del mar y las extensas  colonias que había más allá, la Serenísima República había equipado grandes ejércitos para extender su dominio en la península y, más especialmente, en el territorio  subalpino. Redujo a vasallaje los estados de Treviso, Vicenza, Padua, Brescia, Bérgamo y media docena de tiranías  de menos importancia, incluyendo la de Rávena. Las enormes riquezas logradas por medio del tráfico y por las artes de la paz fueron dilapidadas en la guerra para satisfacer las ansias imperialistas, y aunque superficialmente Venecia parecía más fuerte que nunca en su historial en realidad la desangraban las grandes compañías mercenarias, al mando de Carmagnola, Colleoni y otros capitanes contratados para que guerreasen por su cuenta. Y si bien la larga guerra  impuesta por la política del Dux Foscari contra el duque de Milán le había proporcionado cuanto ambicionaba, la dejó sin la fuerza necesaria para conservar sus conquistas.
 
Usando las palabras de Honorato da Polenta, el Estado veneciano era un muro construido sin cemento. En cuanto se quitara una piedra, todo se vendría abajo. y para predicar  ese evangelio, salió atrevidamente de su destierro de Creta y, acompañado de su hija Samaritana, se dirigió a Italia a los sesenta y nueve años de edad.
 
Gracias a sus ardientes argumentos, le fue fácil convencer  a sus compañeros de desgracia, en el Norte, acerca de la exactitud de sus apreciaciones. Los hombres están siempre dispuestos a creer lo que desean. Pero ya no le fue tan fácil persuadirlos de que cada uno de ellos arrancase su propia piedra del muro, según su pintoresca imagen. En todas partes  recibió la misma respuesta:
 
- Lo que decís salta a la vista, querido Honorato. Haced, pues, la primera tentativa. Luchad por vuestra Rávena contra  las garras del León alado y nosotros completaremos la derrota de la fiera, siguiendo vuestro ejemplo y bendiciéndolo  además.
 
En vano fue que Honorato protestara, diciendo que no tenia  los medios para tal empresa y que precisamente proponía  una Liga para que todos se reuniesen contra el enemigo  común y en vano también les habló de la fuerza que da la unión. Disgustado con ellos, se dirigió a Milán y a Francesco Sforza. Pero éste meneó su astuta cabeza, de color rojo dorado, asegurando que Venecia no seria la única en quedar exhausta con una guerra muy larga. ¿Y qué, sino ésta última razón, le obligó a dejar Bérgamo y Brescia en manos de los venecianos?
 
Pero el señor Honorato no quiso aceptar aquella negativa y,  gracias a su insistencia, arrancó, al fin, una promesa condicional del duque de Milán.
 
- Quizá podría reunir la fuerza necesaria para sostener o apoyar un golpe bien dado – dijo -. Pero ciertamente no estoy en situación de emprender nuevas campañas.
 
A pesar de sus sesenta y nueve años Honorato tenía el ánimo suficiente para aceptar estas palabras como un compromiso. Además, en Milán había oído hablar mucho de Colombo da Siena y en particular de la gran confianza que tenia en si mismo y que muchas veces lo indujo a servir condicionando el pago a los resultados obtenidos. Si Honorato  pudiese persuadirle de que entrara a su servicio en tales condiciones, evitaría el fracaso con que le amenazaba la tibieza de aquellos con cuyo entusiasmo había contado.
 
Así, pues, el señor Honorato continuó su viaje en unión de su hija y llegó a Siena uno de los primeros días de abril, cuando la tierra empezaba a cubrirse de verde.
 
 
Rafael Sabatini (Italia, 1875-1950)

La ilustración corresponde a Defensa de Brescia (1584), de Tintoretto, que se encuentra en el Palacio Ducal de Venecia.

jueves, 27 de agosto de 2015

Venecia: BOMARZO, de Manuel Mujica Láinez

"Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente..."

(Fragmento del capítulo VI: El retrato de Lorenzo Lotto)

... quien no ha visto a Venecia en el siglo XVI no puede jactarse de haberla visto. Comparada con aquella vasta composición cuidada e impetuosa de Tintoretto o de Tiziano, la actual es como una tarjeta postal, o un cromo, o una de esas acuarelas que los pintarrajeadores venden en la plaza de San Marcos a los extranjeros inocentes. Supongo que otro tanto diría -incomodándome en ese caso a mí- quien la hubiera conocido en el siglo XV, en el XVIII y quizás en el XIX. Yo sólo hablo de lo que tuve la suerte de conocer. La Venecia que el lector habrá recorrido tal vez en estos años de posguerra, bazar de cristales reiterados en series, con lanchas estrepitosas, hoteles innúmeros, fotógrafos, turistas invasores, histéricas, lunas de miel, serenatas con tarifa, pillastres de la sensualidad, rezagados de Ruskin y ambiciosas porta-bikinis, no conserva vínculo alguno, fuera de ciertos rasgos de la decoración eterna, con aquella, admirable, que yo visité en el otoño de 1532. Se suele repetir que determinadas ciudades -Brujas, Toledo, Venecia- no cambian; que el tiempo las respeta y pasa de puntillas a su lado. No es verdad: cambian y mucho. Venecia ha cambiado tanto que cuando he llegado a ella, recientemente, me ha costado ajustar esa imagen sobre la que mi espíritu guardará intacta para siempre, de una ciudad maravillosa.
 
Apenas la entreví la mañana de nuestro arribo. Iba muy enfermo, en una embarcación que alquilamos cuando nos rendimos ante la evidencia de que no sería capaz de seguir a caballo, pero el primer contacto fue deslumbrador. Después de Bomarzo, hecho de piedras ásperas, de ceniza y de herrumbre, apretado, hosco, Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente, como si no fuera una realidad sino un pensamiento extraño y bello; como si la realidad fuera Bomarzo, aferrado a la tierra y a sus secretas entrañas, mientras que aquel increíble paisaje era una proyección cristalizada sobre las lagunas, algo así como una ilusión suspendida y trémula que en seguida, como el espejismo de los sueños, podía derrumbarse silenciosamente y desaparecer. No es que yo considerara a Bomarzo menos poético -líbreme de ello Dios-, pero en Bomarzo la poesía era algo que brotaba de adentro, que se gestaba en el corazón de la roca y se nutría del trabajo secular de las esencias escondidas, en tanto que en Venecia lo poético resultaba, exteriormente, luminosamente, del amor del agua y del aire, y, en consecuencia, poseía una calidad fantasmal que se burlaba de los sentidos y exigía, para captarla, una comunicación en la que se fundían el transporte estético y la vibración mágica. Ésa fue mi impresión primera ante la fascinadora. Luego comprendí que, sobre mí en todo caso, la fuerza misteriosa de Bomarzo, menos manifestada en la superficie, más recónditamente vital, obraba con un poderío mucho más hondo que aquel cortesano seducir, hecho de juegos exquisitos y de matices excitantes, pero, como tantos, como todos, sucumbí al llegar ante el encanto de la ciudad incomparable, traicioné en el recuerdo a mi auténtica verdad -cada uno tiene su propio Bomarzo- pensé que no había, que no podía haber en el mundo nada tan hermoso como Venecia, ni tan rico, ni tan exaltador, ni tan obviamente creado para procurar esa difícil felicidad que buscamos con ansia, agotando seres y lugares ,los desesperadamente sensibles.
 
 
Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984)

miércoles, 26 de agosto de 2015

Venecia: EL ÁNGEL SOMBRÍO, de Mika Waltari

"Venecia, reina de los mares..."

(Fragmento)
 
23 de mayo de 1453

Hoy se ha esfumado nuestra última esperanza. El emperador tenía razón. Preparado como se halla por el ayuno, la vigilia y la oración, su sensibilidad es más aguda que la de todos nosotros a la hora de advertir el postrer latido de su reino.
 
La nave que fue despachada en busca de la flota veneciana regresó al alba sin poder cumplir con su misión. Por una mezcla de buena suerte, pericia y valentía, la embarcación se deslizó sin contratiempo alguno a través de los Dardanelos, burlando las naves turcas de vigilancia.
 
Han regresado los mismos doce hombres que partieron. Seis son venecianos y los otros seis griegos. Durante los veinte días que navegaron por el mar Egeo o atisbaron ninguna nave cristiana.
 
Cuando vieron por fin que su búsqueda era inútil y que corrían el peligro de ser descubiertos por un barco turco, conferenciaron sobre qué debían hacer. Algunos opinaron:
 
"Hemos cumplido con nuestro deber. ¿Por qué hemos de volver a la ciudad si su caída es tan segura?".
 
A lo que otros respondieron: "El emperador nos envió y debemos regresar para darle el informe. Sometámoslo a votación".
 
Se miraron unos a otros, rompieron a reír, y por unanimidad acordaron poner rumbo a Constantinopla.
 
Topé con dos de estos hombres en el palacio de Blaquernae.
 
Reían todavía de buena gana al relatar lo infructuoso de su expedición, mientras los venecianos les servían vino y les daban amistosas palmadas den la espalda. Pero sus ojos, heridos por el peligro y el mar, no sonreían.
 
- ¿Cómo habéis tenido valor para regresar sabiendo que os espera una muerte cierta? -les pregunté.
 
Volvieron hacia mí sus rostros curtidos por la intemperie y respondieron casi al unísono:
 
- Somos marinos venecianos.
 
Esto era bastante, quizá. Venecia, reina de los mares, por muy codiciosa, cruel y calculadora que pudiera ser, ha criado a sus hijos en la máxima de vivir y morir en defensa del honor de su patria.
 
Pero no hay que olvidar que seis de los doce expedicionarios eran griegos. Y éstos han demostrado que un griego puede ser fiel a una causa perdida; hasta la muerte.

Mika Waltari (Finlandia, 1908-1979)

lunes, 24 de agosto de 2015

Venecia: VICTORIA ACCORAMBONI, de Stendhal

"... alquiló tres magníficos palacios: uno en Venecia el palacio Dandolo..."

(Fragmento)
 
Albano era un puerto muy seguro para él, pues, desde hacía muchos años, la casa Orsini estaba uni­da. a la república de Venecia por servicios recípro­cos.
 
Ya en este país seguro, el príncipe Orsini no pensó más que en gozar de los esparcimientos de diversas estancias, y, con este propósito, alquiló tres magníficos palacios: uno en Venecia el palacio Dandolo, en la calle de la Zecca; otro en Padua, el Fostarini, situado en la magnífica plaza llamada la Arena; el tercero lo eligió en Salo, en la deliciosa orilla del lago de Garda; este último palacio había pertenecido tiempo atrás a la familia Sforza Pallavi­cini.
 
A los señores de Venecia (el gobierno de la re­pública) les satisfizo mucho la llegada a sus estados de tan insigne príncipe y se apresuraron a ofrecerle una nobilísima condotta (o sea una cantidad muy considerable, pagadera anualmente, que el príncipe habría de emplear en reclutar una tropa de dos o tres mil hombres y asumir el mando de la misma). El príncipe declinó con mucho desparpajo este ofrecimiento, contestando, a través de los emisarios, que aunque, por inclinación natural y hereditaria en su familia, le sería muy grato servir a la serenísima república, dependiendo como dependía en aquel momento del rey católico, no le parecía conveniente aceptar otra obligación. Esta respuesta entibió un tanto la buena disposición de los senadores. Incli­nados antes a dispensarle en nombre de todo el pueblo, una recepción muy honorable cuando llega­ra a Venecia, dicha respuesta los determinó a dejar que llegara como un simple particular.
 
El príncipe Orsini, enterado de todo esto, deci­dió no ir a Venecia. Estando ya cerca de Padua, dio un rodeo en esta admirable región y se encaminó con toda su escolta al palacio preparado para él en Salo, a orillas del lago de Garda. Allí pasó todo el verano entre los más agradables y variados pasa­tiempos.
 
Llegada la época de cambiar de residencia, el príncipe hizo algunos pequeños viajes, de los que sacó la conclusión de que ya no podía resistir el can­sancio como antes; temió por su salud; por fin pen­só ir a pasar unos días en Venecia, pero su esposa, Victoria, le disuadió y le indujo a permanecer en Salo.
 
 
 
Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842)
 
La ilustración corresponde al interior del Palazzo Dandolo en Venecia, en la actualidad Hotel Danieli.

martes, 18 de agosto de 2015

Venecia: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier


(Fragmento sobre el envejecimiento de Venecia)

Se volvió Filomeno hacia las luces, y parecióle, de pronto, que la ciudad había envejecido enormemente. Salíanle arrugas en las caras de sus paredes cansadas, fisuradas, resquebrajadas, manchadas por las herpes y los hongos anteriores al hombre, que empezaron a roer las cosas no bien éstas fueron creadas. Los campaniles, caballos griegos, pilastras siriacas, mosaicos, cúpulas y emblemas, harto mostrados en carteles que andaban por el mundo para atraer a las gentes de “travellers checks”, habían perdido, en esa multiplicación de imágenes, el prestigio de aquellos Santos Lugares que exigen, a quien pueda contemplarlos, la prueba de viajes erizados de obstáculos y de peligros. Parecía que el nivel de las aguas hubiese subido. Acrecía el paso de las lanchas de motor la agresividad de olas mínimas, pero empeñosas y constantes, que se rompían sobre los pilotajes, patas de palo y muletas, que todavía alzaban sus mansiones, efímeramente alegradas, aquí, allá, por maquillajes de albañilería y operaciones plásticas de arquitectos modernos. Venecia parecía hundirse, de hora en hora, en sus aguas turbias y revueltas. Una gran tristeza se cernía, aquella noche, sobre la ciudad enferma y socavada. Pero Filomeno no estaba triste. Nunca estaba triste. Esta noche, dentro de media hora, sería el Concierto —el tan esperado concierto de quien hacía vibrar la trompeta como el Dios de Zacarías, el Señor de Isaías, o como lo reclamaba el coro del más jubiloso salmo de las Escrituras.


Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980)

La ilustración corresponde a una fotografía de Punta della Dogana, de Massimiliano Salvato:
http://ilgiornaledellarte.com/articoli/articoli/2013/2/115522.HTML 

lunes, 17 de agosto de 2015

Venecia: ESMALTES Y CAMAFEOS, de Téophile Gautier

"Sobre las cúpulas de Venecia dos blancas palomas de patas rosadas..."
 
En el frontón de un templo antiguo
dos bloques de mármol tienen tres mil años,
sobre el fondo azul del cielo ático,
Yuxtapuesto a sus blancos sueños,

Coagulados en el mismo nácar,
Venus llora lágrimas de olas,
dos perlas de abismo sumergidas
que se dicen palabras desconocidas.

Nacidas en el fresco Generalife,
bajo los saltos de agua en lágrimas perennes
en tiempos de Boadbil, dos rosas
conjuntamente han hecho brotar sus flores;

Sobre las cúpulas de Venecia
dos blancas palomas de patas rosadas,
se posaron en el nido donde el amor se eternizaba
una tarde de mayo.

Mármol, perla, rosa, paloma,
todo se borra, todo se destruye;
la perla se hunde, el mármol se cae,
la flor se marchita y el ave huye.
 
 
Théophile Gautier (Francia, 1811-1872) 

domingo, 16 de agosto de 2015

Venecia: LA TEMPESTAD, de Juan Manuel de Prada

"... Venecia se mantenía fiel a su designio, que no era otro que el de hundirse grandiosamente en la laguna..."

(Fragmento)
 
Contemplé el perfil de su rostro, erosionado como el de Venecia por las sucesivas invasiones de hombres que la habían venerado o mutilado moralmente, pero inasequible a su dominación. Los extranjeros se habían agolpado sobre Venecia y la habían arañado con sus zarpas, o se habían obstinado en redimirla de su decadencia, pero Venecia se mantenía fiel a su designio, que no era otro que el de hundirse grandiosamente en la laguna, para convertirse en un cementerio submarino con palacios como mausoleos y grandes plazas para que paseen los muertos.
 
 
Juan Manuel de Prada (España, 1970) 

viernes, 14 de agosto de 2015

Venecia: A VENECIA, de José Zorrilla

"Llora, Venecia, sí, llora, haz duelo en amargo llanto..."

I

Allí está, Venecia, la dueña opulenta
De antiguos, y nobles, y libres blasones,
Venecia la hermosa, la villa que cuenta
Que a sueldo tenía soberbias naciones,
Señora del mar.

Que cuenta que un día imperios y reyes
Su gala envidiaron, su nombre temieron,
Y el mar y la tierra besaron sus leyes,
-Y enviáronla buques, soldados la dieron;
Porque ella supiera batirse y triunfar.

Un día a sus ojos la tierra callaba,
Un día su nombre la tierra llenaba:
Pasaron los días, Venecia pasó.
Hoy es una viuda y hermosa Sultana,
Que tiene su corte ridícula y vana
Allá en un palacio que el Sultán le dio.

¡Venecia la encantadora,
La de los pardos pilares,
De las ciudades señora,
La señora de los mares,
La corona de jardines
Colgada sobre canales!
No son tu gala y festines
Los que valen lo que vales.
Hechizo de Italia, sí,
Mas del poeta la lira
No es por ti por quien suspira,
No, Venecia, no es por ti.

¿Qué valen tus gondoleros,
Y tus regatas vistosas,
Tus republicanos fueros,
Tus máscaras revoltosas,
Y tus timbres altaneros,
Sin los ojos hechiceros
De tus hermosas?

¡Ay, que tus días pasaron!....
Venecia, la maravilla,
A quien monarcas doblaron
Otro tiempo la rodilla,
Tus timbres ¡ay! se borraron,
Tus señores olvidaron
La hermosa villa.

Antigua reina del mar,
Mal encubres tu caída
Tus bodas al celebrar
Con la posesión perdida.
Llora, Venecia, sí, llora,
Haz duelo en amargo llanto,
Que tus esclavos, señora,
Escupen sobre tu manto.
Reina, tu Adriático brama
Lejos ya de tus confines,
Olvídale, noble dama,
Entre danzas y festines.

Tu patrono ha encanecido,
Tu raudo león no vuela,
Sobre sus garras dormido,
Por tu grandeza no vela;
Brioso alazán herido,
Su caballero ha perdido
Freno y espuela.

Un capricho que pasó,
Matrona opulenta, fuiste;
Tu Príncipe te olvidó;
Hermosa, ya envejeciste
Y tu tez se marchitó:
¡No pienses, Venecia, no,
En lo que fuiste!
 
 
José Zorrilla (España, 1817-1893)

jueves, 13 de agosto de 2015

Venecia: SOBRE LA EXTINCIÓN DE LA REPÚBLICA VENECIANA, de William Wordsworth

"... y le guardaremos luto fatal cuando hasta la Sombra de su grandeza se habrá de marchar."
 
 
Alguna vez conservó del Oriente la suntuosidad;
Y fue también la salvaguarda de Occidente:
Su valor nunca cayó desde naciente,
Venecia, hija mayor de la Libertad.
Era una ciudad brillante, libre y doncella;
No fue seducida ni hubo fuerza que la violara a ella;
Y, cuando tuvo que tomar pareja
Decidió con el mar eterno desposarse.
Y tendría que haber visto su gloria difuminarse
Porque esos títulos se desvanecen, si se torna vieja;
Algún tributo al arrepentimiento deberá pagar
En el momento en que su larga vida alcance el día final:
Hombre somos, y le guardaremos luto fatal
cuando hasta la Sombra de su grandeza se habrá de marchar.
 
 (Once did She hold the gorgeous east in fee;
And was the safeguard of the west: the worth
Of Venice did not fall below her birth,
Venice, the eldest Child of Liberty.
She was a maiden City, bright and free;
No guile seduced, no force could violate;
And, when she took unto herself a Mate,
She must espouse the everlasting Sea.
And what if she had seen those glories fade,
Those titles vanish, and that strength decay;
Yet shall some tribute of regret be paid
When her long life hath reached its final day:
Men are we, and must grieve when even the Shade
Of that which once was great is passed away.)

 
William Wordsworth (Inglaterra, 1770-1850)
 
(Traducido del inglés por Jules Etienne) 

miércoles, 12 de agosto de 2015

Venecia: EL FALSO ARCÁNGEL GABRIEL, de Giovanni Boccaccio

"... acabando por hacerse fraile franciscano bajo el nombre de hermano Alberto de Imola..."

(Fragmento inicial)

En otro tiempo, hubo en Imola un hombre de mala reputación, llamado Berto della Massa, con fama tal de trapacero y pícaro redomado, que nunca se daba crédito a lo que decía, y de haber sido capaz alguna vez de una buena acción, se le hubieran atribuido malos designios, a pesar de todo.
 
Viendo que era tan conocido en dicha población, resolvió dirigirse a Venecia, refugio ordinario de bandidos y libertinos. Esperanzado de proseguir allí con más libertad sus perversas inclinaciones, creyó deber cambiar de nombre y usar de más política en sus cosas.
 
Así pues, comenzó por mostrarse muy distinto de lo que era, fingiendo probidad, amor a la religión y acabando por hacerse fraile franciscano bajo el nombre de hermano Alberto de Imola, no porque se hubiese convertido, sino para ponerse al abrigo de la miseria y procurarse los medios de satisfacer sus pasiones bajo el manto de la religión. ¡Cuántos hombres han abrazado el estado religioso con iguales miras!
 
 
Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375)

La ilustración es de Louis Chalon para la edición de 1912.

martes, 11 de agosto de 2015

Venecia: EL HONROSO ATREVIMIENTO, de Tirso de Molina

"... ni mientras el furor que tenéis pasa de Venecia os podrán sacar caballos..."

(Parlamentos iniciales: primer acto, escena I)

Sale Lisauro, como en su casa; Honorato, viejo; Diódoro y Verino, desenvainadas las espadas.

Lisauro: Cogido nos habéis de sobresalto,
y del son que venís tanto me pesa
cuanto me hallo de socorro falto.

Honorato: El peligro, Lisauro, nos da priesa;
siguiéndome vendrán desde Rialto
mis enemigos, que tendrán la presa
por cierta, y su venganza por sin duda,
si no nos dais para huir ayuda.   

Lisauro: Acostados están todos en casa,
y no os será seguro el despertallos,
ni mientras el furor que tenéis pasa
de Venecia os podrán sacar caballos,
porque en ella la tierra es tan escasa
cuanto pródigo el mar por excusallos;
que es tan casero y manso aquí que fragua,
cual veis, en vez de piedras, calles de agua.
Mas ¿qué ocasión la ha dado a que el consejo
de vuestras canas no haya reprimido
vuestro enojo, Honorato?

 
Tirso de Molina (España, 1579-1648)

lunes, 10 de agosto de 2015

Venecia: FARAH Y EL MERCADER DE VENECIA, de Isak Dinesen

El mercader de Venecia: acto IV, escena primera.

Una vez un amigo me escribió desde mi país y me describía una nueva escenificación de El mercader de Venecia. Por la tarde leí la carta una y otra vez, la obra fue adquiriendo vida para mí y me parecía que llenaba la casa, así que llamé a Farah para hablar con él y explicarle el argumento de la comedia.
 
A Farah, como a todas las personas de sangre africana, le gustaba escuchar un cuento, pero sólo cuando estaba seguro de que él y yo estábamos solos en la casa consentía en escucharlo. Yo narraba y él escuchaba, cuando los sirvientes habían vuelto a sus cabañas y cualquiera que anduviera por la granja, mirando por las ventanas, hubiera creído que estábamos discutiendo asuntos domésticos, Farah inmóvil de pie, al otro lado de la mesa, con sus graves ojos en mi rostro.
 
Farah siguió atentamente los asuntos de Antonio, Bassanio y Shylock. Era un asunto grande y complicado, de algún modo al margen de la ley, algo muy real para un somalí. Me hizo una o dos preguntas sobre la cláusula de la libra de carne; estaba claro que le parecía un trato excéntrico, pero no imposible; los hombres podían dedicarse a ese tipo de cosas. Y aquí la historia comenzaba a oler a sangre, su interés creció. Cuando Portia apareció en escena aguzó los oídos; me imagino que la veía como a una mujer de su propia tribu, Fátima, con todas las velas desplegadas, hábil e insinuante, más lista que cualquier hombre. Las gentes de color no toman partido en un cuento, el interés para ellos reside en lo ingenioso de la trama; y los somalíes, que en la vida real tienen un sólido sentido de los valores y un don de indignación moral, se olvidan de eso en las ficciones. Las simpatías de Farah estaban con Shylock, que prestaba el dinero; le repugnaba su derrota.
 
- ¿Cómo? -dijo-. ¿Por qué renunció el judío a su exigencia? No debía haberlo hecho. Le debían la carne, era muy poca para tanto dinero.
 
- ¿Pero qué otra cosa podía hacer -le pregunté- cuando no podía derramar ni una sola gota de sangre?
 
- Memsahib -dijo Farah-, podía haber usado un cuchillo al rojo vivo. Así no sale sangre.
 
- Pero -le dije- no le permitían tomar más que una libra, ni más ni menos.
 
- Y qué -dijo Farah-, ¿se asustaría por eso precisamente un judío? Podía haber ido cogiendo pedacitos cada vez, con una balanza pequeña en la mano para ir pesando, hasta que tuviera justamente una libra. ¿Es que el judío no tenía amigos que le aconsejaran?
 
Todos los somalíes tienen en su talante algo extraordinariamente dramático. Farah, con un ligero cambio en el aire y en la actitud, había tornado un aspecto peligroso, como si de verdad estuviera en el Tribunal de Venecia, dando ánimos a su amigo o socio Shylock frente a la muchedumbre de amigos de Antonio y al mismísimo Dux de Venecia. Sus ojos inquietos miraban de arriba abajo al Mercader que estaba delante de él, con su pecho desnudo ofreciéndose al cuchillo.
 
- Mira, Memsahib -dijo-, podía haber cogido pedazos pequeños, muy pequeños. Podía haberle hecho sufrir mucho bastante antes de coger la libra de su carne.
 
Dije:
 
- Sí, pero en el cuento el judío renuncia.
 
- Sí, pero fue una gran lástima -dijo Farah.
 
 
   
Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962)
 
La ilustración corresponde a la Escena del juicio, óleo de Richard Smirke.

sábado, 8 de agosto de 2015

William Shakespeare: una mirada sobre Venecia

Palazzo Contarini-Fasan, conocido en Venecia como "la casa de Desdémona".

Tanto expertos en la obra de Shakespeare como sus biógrafos ponen en duda la posibilidad de que hubiese visitado Italia, donde transcurre la acción de una buena parte de sus dramas. El aspecto económico sería señalado como el principal motivo. De acuerdo con Fynes Moryson -en 1593-, un viaje por Europa durante la época isabelina debía costar entre 50 y 60 libras esterlinas. El pago por cada obra teatral lo estableció la propia reina en 6£, de tal manera que habría sido bastante complicado viajar con base en dicho ingreso. Sin embargo, Carol Rutter de la universidad de Warwick, cita varias obras de aquella época que Shakespeare bien pudo haber leído para documentarse, como sería el caso de los escritos de Gasparo Contarino sobre la república veneciana que fueron traducidos al inglés en 1543; años después John Florio publicó el primer diccionario italiano-inglés y Cesare Vecellio una obra ilustrada sobre la sociedad veneciana y sus costumbres, incluyendo los tipos de vestuario. Si a eso le añadimos el hecho de que una pieza escénica no demanda la misma minuciosidad descriptiva que una novela, resulta factible un cierto grado de verosimilitud para escribir sobre Venecia sin haberla visitado.

Su obra más representativa sería El mercader de Venecia, debido a que se establece desde el título mismo. Al final de la escena con que da principio el acto tercero, tiene lugar este diálogo entre Shylock y Tubal, en que se refiere la ruina de Antonio, quien esperaba la llegada de varios barcos procedentes de Trípoli, la India, Inglaterra, Lisboa y México, pero todos naufragaron.
 
Tubal.-  Han venido en mi compañía, camino de Venecia, diversos acreedores de Antonio, que juraban que no podría evitar la bancarrota.
Shylock.-  Me alegro mucho de eso; le haré padecer, le torturaré. Estoy gozoso.
Tubal.-  Uno de estos acreedores me ha enseñado un anillo que había recibido de vuestra hija a cambio de un mono.
Shylock.-  ¡Maldita sea! Me atormentas, Tubal. Era mi turquesa. La adquirí de Leah cuando era muchacho; no la habría dado por todo un desierto lleno de monos.
Tubal.-  Pero Antonio está ciertamente arruinado.
Shylock.-  Sí, sí, es verdad; es muy cierto. Anda, Tubal; tenme a sueldo un corchete; prevenle con quince días de anticipación. Si no está puntual en el día fijado, quiero tener su corazón; porque, una vez fuera de Venecia, podré hacer todo el negocio que se me antoje. Anda, Tubal, y ven a reunirte conmigo en nuestra sinagoga; anda, mi buen Tubal; a nuestra sinagoga, Tubal. (Salen).
 
En cuanto a Otelo, la llamada tragedia del pañuelo lleva como subtítulo El moro de Venecia y todo el primer acto acontece en dicha ciudad, el resto en la isla de Chipre. "Estamos en Venecia. Mi casa no es una granja en pleno campo", le responde Brabancio a Rodrigo. Es durante el tercer acto cuando Yago comienza a infundir los celos en Otelo: "Conozco bien el carácter de nuestro país: en Venecia las mujeres dejan ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus maridos. Toda su conciencia estriba, no en no hacer, sino en tener oculto."
 
Por último, en la segunda escena del acto cuarto en Trabajos de amor perdidos, (Love’s Labour’s Losttiene lugar este parlamento de Holofernes en el que, haciendo gala de pedantería, alude a Venecia:
 
¡Ah, buen viejo mantuano! De ti puedo decir lo que el viajero de Venecia:
                 - Venetia, Venetia,  Chi non te vede, non te pretia.
¡Viejo mantuano! ¡Viejo mantuano! Quien no te comprende no te ama. Ut, re, sol, la, mi, fa. Con perdón, señor, ¿qué contiene esta carta; o más bien, como dice Horacio en su... ¡Cómo! ¡Por mi alma! ¿Versos?

No sólo Venecia corrobora y destaca la presencia de Italia en el teatro de William Shakespeare, Romeo y Julieta acontece en Verona los mismo que Los dos hidalgos de Verona; por su parte, La fierecilla domada tiene lugar en Padua, mientras que Cimbelino desarrolla su acción en Bretaña e Italia y La comedia de equivocaciones entre Éfeso y Siracusa, en Sicilia. El contexto histórico tanto de Julio César como de Antonio y Cleopatra, es el imperio romano. Es evidente la preferencia del dramaturgo inglés por escenarios en la península itálica y, por lo mismo, habría sido imposible que ignorara el trazo del imponente estilo veneciano.


Jules Etienne

miércoles, 5 de agosto de 2015

Venecia: DÉBIL ES LA CARNE (epistolario), de Lord Byron

"El Carnaval está empezando y hay mucho jolgorio por todas partes..."

(Débil es la carne. Correspondencia veneciana 1816-1819, de Lord Byron)

A John Murray.
Venecia, 2 de enero de 1817.
 
 Estimado señor. Muchas gracias por sus noticias y por el optimismo de su carta. Venecia y yo nos avenimos mucho, pero no tengo nada que agregar, salvo lo referente a la última Ópera, a lo que ya le conté en mi última carta. El Carnaval está empezando y hay mucho jolgorio por todas partes, y también muchas componendas porque todo el mundo está urdiendo sus intrigas para la temporada que empieza -mudándose o prorrogando sus arriendos-. Yo estoy muy bien con Marianna, que no es en absoluto persona que me canse, en primer lugar porque yo no me canso de una mujer por mi propia inclinación, sino porque ellas suelen ser de natural aburridas; en segundo lugar, porque es afable y tiene un tacto poco común entre la parte más bella de la creación, y 3º, porque es muy guapa, y 4º… pero no es momento de entrar en detalles. Desde que llegué a Venecia he pasado con ella buena parte de mi tiempo, y nunca veinticuatro horas sin dar y recibir de una a tres (y a veces más) pruebas inequívocas de nuestro mutuo agrado. Hasta el momento nos hemos llevado muy bien, y en cuanto al futuro, yo nunca hago vaticinios. "Carpe Diem", al menos el pasado es nuestro -lo que es una buena razón para asegurarse el presente-. Y basta ya de mis propias relaciones.
 
Por lo que hace al estado de las costumbres aquí, poco difiere del tiempo de los Dux: se considera virtuosa (según el código) a la mujer que se limita a un marido y un amante -la que tiene dos, tres o más, es un poco "alocada"-, pero sólo se considera que faltan al decoro del matrimonio las que son indiscriminadamente difusas y establecen relaciones de bajo rango, como la Princesa de Gales con su Recadero (a quien, por cierto, han hecho Caballero de Malta). En Venecia, la Nobleza es proclive a casarse con bailarinas y cantantes, y, a decir verdad, las mujeres de su propia clase no son guapas. En cambio la raza común, las mujeres de segundo orden y los siguientes, las esposas de los abogados, comerciantes y propietarios, y las clases sin título, son por lo general "bel' sangue", y con éstas es con las que se suelen establecer lazos amatorios. También se dan casos de admirable constancia. Conozco a una mujer de cincuenta años que sólo tuvo un amante, que murió pronto, tras o cual se volvió devota y renunció a todo salvo a su marido. Como cabe suponer, se vanagloria de su milagrosa fidelidad, refiriéndose a ella en un tono de moralidad fuera de lugar que resulta bastante divertido. Aquí no hay forma de convencer a una mujer de que se desvía un ápice de la norma o de la conveniencia de las cosas si tiene un "Amoroso". El mayor pecado parece ser mentir para ocultarlo, o tener más de uno, a menos, claro está, que esta extensión de la prerrogativa sea entendida y aprobada por el anterior causahabiente. En mi caso, no sé si hubo algún predecesor, y estoy seguro de que no hay un copartícipe. Me inclino a pensarlo debido a la juventud de la otra parte, y a la forma franca y sin disimulo con que todos lo admiten todo en esta parte del mundo cuando hay algo que admitir, así como por otras circunstancias, a saber, que el matrimonio es reciente, etcétera, etcétera. Que esta ocasión sea el "premier pas" no significa gran cosa.
 
Queda suyo afectísimo
Byron

Lord Byron (Inglaterra, 1788-1824)

Débil es la carne. Correspondencia veneciana (1816-1819), fue publicada por editorial Tusquets:
http://www.tusquetseditores.com/titulos/marginales-debil-es-la-carne-correspondencia-veneciana-1816-1819

La traducción es de Eduardo Mendoza. Es posible leer otras cartas de Lord Byron en su página oficial:
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/mendoza/traducciones.htm 

martes, 4 de agosto de 2015

Venecia: DE MADRID A NÁPOLES..., de Pedro Antonio de Alarcón


(Fragmento del Libro Quinto)

Lord Byron es para Venecia lo que nuestro Zorrilla para Granada: el gran panegirista de su hermosura, el cantor infatigable de su peregrina historia, el que creó en todas las imaginaciones un mágico ideal de su belleza; el que dijo al mundo, olvidado ya de una ciudad que había cumplido su destino histórico: «Venecia existe todavía: sus encantos no han desaparecido con su poder: sus palacios no se han hundido con sus guerreros y navegantes: la poesía y la tradición levantan aquí su voz entre las ruinas. ¡Venid a verla!» 
 
El canto cuarto de La peregrinación de Childe-Harold, que principia: «Estaba yo en Venecia, sobre el Puente de los Suspiros, entre un palacio y una prisión...» fue la primera señal de aquel entusiasmo por la ciudad de los Dux que le llevó á escribir después sus dos famosas tragedias Marino Faliero y Los dos Foscari, y por último, la sublime Oda a Venecia: «¡Oh Venecia, Venecia! Cuando tus palacios de mármol estén ya al nivel de tus olas, se oirá el grito de las naciones sobre tus ruinas, y un largo lamento resonará en las orillas del agitado mar.—Si yo, peregrino del Norte, lloro sobre tus escombros, ¿qué no te deberán tus hijos?—¡ Todo, menos estériles lágrimas! —Y sin embargo, ellos se contentan con murmurar en medio de su sueño!—¡Qué contraste con sus mayores! ¡Ah! ellos son a sus padres lo que el verdoso fango, desechado por la mar, es a la potente ola que separa al marinero de su nave!» Estos enérgicos acentos pusieron de moda a Venecia en ambos mundos. Desde entonces, la poesía, la música y la novela hicieron de la hija de las lagunas la Isla de Délos del romanticismo, y los poetas y los artistas fueron en peregrinación a saludarla.


Pedro Antonio de Alarcón (España, 1833-1891)
 
La ilustración corresponde a la iglesia de San Jorge Mayor (San Giorgio Maggiore, 1726-30), de Canaletto

lunes, 3 de agosto de 2015

Venecia: PIETRO EL BOTICARIO, de Matteo Bandello

"... la riña entre nuestros dos soldados no aconteció por otro motivo que el juego de estos malditos dados..."

(Fragmento inicial)

Puesto que, señores míos, la pelea y la peligrosa riña entre nuestros dos soldados no aconteció por otro motivo que el juego de estos malditos dados que son causa de grandísimos males, como también lo son las malditas barajas -y cada uno de vosotros nos dio ya su opinión-, yo mismo os narraré un caso que viene a cuento. Y aunque todos los días se diga que este juego es malo y frecuentemente se ven mil ejemplos de su malignidad, sin embargo he decidido contaros un caso raro, cruel y lamentable que aconteció no hace mucho en mi patria, Venecia. Como todos sabéis, no existe huerto que, por bien y asiduamente cultivado que esté y por pequeño que sea, no albergue entre las hierbas buenas y provechosas unas inútiles y a veces nocivas y venenosas, por lo que muy a menudo entre las acelgas y el perejil también brota la mortal cicuta. Aunque el jardinero diligente cave y revuelva toda la tierra, siempre crecerán de esas hierbas en abundancia. Así que no sorprenderá a nadie que en una ciudad grandísima como lo es mi patria, Venecia, tan bella, tan rica, tan poblada y poderosa por mar y tierra, a veces se encuentren matones y malhechores que cometen infinidad de crímenes. Pero, gracias a Dios, no tardan en recibir el sapientísimo senado que con sus oficiales tanto vigila los delitos, que al fin los malhechores y los criminales son muy severamente castigados. Regresando a nuestro tema sobre las fechorías y los crímenes que todos los días se cometen, me parece que la mayoría de las veces estos provienen del juego. Por eso os cuento que, no hace muchos meses, vivió en Venecia un tal Pietro, hijo menor del dueño de aquella botica que tiene como insignia una poma de oro.
 
Pietro se dio a jugar desde niño y con la edad creció en él tan desbordada pasión por el juego, que se entregó enteramente a él y no hacía otra cosa sino andar siempre con los dados en la mano. Cuando Pietro era todavía jovencito, jugando un día a los dados con un compañero surgió entre ellos una pelea y Pietro le clavó un puñal en el pecho y lo mató. Se descubrió el homicidio y Pietro tuvo que huir; como no acudió al llamado de la justicia, fue pregonado como homicida por desobediencia y contumacia. No estuvo mucho tiempo fuera de su patria puesto que, según las leyes que llamamos «partes», logró ser absuelto y regresó a Venecia. Pero no por eso dejó de jugar, sino todo lo contrario: jugaba cuanto tenía, de manera que no había objeto en casa del que no echara mano. Hasta en la bodega de la botica faltaban a menudo muchas cosas. El padre, muy dolido del vicio de su hijo, quiso ver si dándole esposa podría sacarlo del juego; pero fue en vano, porque Pietro seguía jugando como de costumbre.
 
 
Matteo Bandello (Italia, 1485-1561)

La ilustración corresponde a Soldados jugando (Soldaten beim Würfelspiel), de Max Gaisser.