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Vancouver, atardecer en English Bay.

martes, 29 de septiembre de 2015

Venecia: LA CITA, de Edgar Allan Poe

"... la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros..."

(Fragmento inicial)

Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginación, ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a contemplarte! De nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío valle, en la sombra!, sino como debiste de ser, derrochando una vida de magnífica meditación en aquella ciudad de confusas visiones, tu Venecia, Elíseo del mar, amada de las estrellas, cuyos amplios balcones de los palacios de Palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento los secretos de sus silentes aguas. ¡Sí, lo repito: como debiste de ser! Sin duda hay otros mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que las del sofista. ¿Quién, entonces, podría poner en tela de juicio tu conducta? ¿Quién te reprocharía tus horas visionarias, o denunciaría tu modo de vivir como un despilfarro, cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías?
 
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte dei Sospiri, donde encontré por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro acuden confusamente a mi recuerdo. Y, sin embargo, veo... ¡ah, cómo olvidar!... la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el genio del romance que erraba por el angosto canal. Venecia estaba extrañamente oscura. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vacía, mientras las luces del viejo Palacio Ducal extinguíanse una tras otra. Volvía a casa desde la Piazzetta, siguiendo el Gran Canal.
 
Cuando mi góndola llegó ante la boca del canal de San Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la noche un alarido prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras el gondolero dejaba resbalar su único remo y lo perdía en la profunda oscuridad, sin que le fuera posible recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el canal mayor hacia el pequeño. Semejantes a un pesado cóndor de negras alas nos deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas, llameando desde las ventanas y las escalinatas del Palacio Ducal, convirtieron instantáneamente aquella profunda oscuridad en un lívido día preternatural.
 
Escapando de los brazos de su madre, un niño acababa de caer desde una de las ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se habían cerrado silenciosas sobre su víctima. Aunque mi góndola era la única a la vista, muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres —allí donde todas eran bellas—, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del hermoso niño, su primer y único vástago que, sumido en las profundidades del agua lóbrega, estaría recordando amargamente las dulces caricias de su madre y agotando su débil vida en los esfuerzos por llamarla.


 Edgar Allan Poe (EUA, 1809-1849)
 
(Traducido al español por Julio Cortázar)
 
Es posible leer el texto íntegro en Ciudad Seva

lunes, 28 de septiembre de 2015

Venecia: LA MANO DEL MUERTO, de Alexandre Dumas

"... al puerto, en cuyas argollas estaban amarradas centenares de góndolas de todos los tamaños."
 
(Fragmento inicial del capítulo XXXIV)
 
Venecia

A principios del año 1814 hallábase en Venecia un joven francés, que sin pertenecer a la clase distinguida y elevada de París, era hijo de una buena familia y poseía una educación esmerada, que le daba una distinguida posición social. Este joven se llamaba Maximiliano Morrel. Estaba casado con la hija de un antiguo magistrado francés, descendiente por línea materna de la ilustre familia de los marqueses de Saint-Meran.
 
Maximiliano y Valentina, casados recién hace dos años y medio, vivían en perfecta armonía. Valentina aún no tenía hijo alguno. Maximiliano no tendría mas de veintinueve años y Valentina no más de dieciocho.
 
Habiendo vivido siempre en Francia, tenían ahora el vivo deseo de ver y examinar otras sociedades, otras costumbres. Venecia fue su primer punto.
 
En la hora en que el sol reflejaba sobre la antigua catedral sus últimos rayos, descendiendo raudo y ocultándose tras las montañas del Tirol, Maximiliano y Valentina atravesaban la Piazza a lo largo del antiguo Poroglio se encaminaban al puerto, en cuyas argollas estaban amarradas centenares de góndolas de todos los tamaños.
 
- Querida -dijo Maximiliano- las noches tranquilas y dulces invitan a gozar de la frescura de los canales, donde la luna parece mirarse con cariñoso misterio.
 
- Embarquémonos, Maximiliano -respondió Valentina, apretando dulcemente el brazo de su esposo y mirando al mismo tiempo con recelo a un hombre embozado en una capa y con el rostro oculto por las alas de su enorme sombrero.
 
Valentina marchó silenciosa al lado de Maximiliano en la dirección de las escaleras; pero su mirada inquieta parecía examinar todavía a aquel hombre extraño que no estaba lejos. En efecto, a pequeña distancia se veía una figura triste y pensativa que seguía también con los ojos los movimientos de los esposos.
 
- ¿Tu góndola está pronta, Giacomo? -le preguntó Maximiliano sonriéndose.
 
- Sí, excelencia, y tendré a gran honra recibiros en ella.
 
Abordaron la góndola y se sentaron; después, cuando el gondolero, manejando el remo con destreza, impelía la barca que pasaba por el muelle, Valentina volvió la cabeza y dirigió una mirada todavía inquieta a la Piazza.
 
Luego que la góndola se alejó del muelle, deslizándose blandamente a lo largo del gran canal, el hombre que los observaba se adelantó con precipitación hacia el muelle y dando un pequeño grito parecido al de una ave nocturna, esperó con impaciencia a alguien que le respondió del mismo modo.
 
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

viernes, 25 de septiembre de 2015

Venecia: A JULIO HERRERA Y REISSIG, VIAJERO EN SU TORRE, de Hugo Gutiérrez Vega

 
Más lejos, sin que el sol las haga claras,
las torres de Venecia multiplican
los ecos de la voz con que enmascaras
los dolores que a tu ojo sacrifican.
 
Para hablar de Venecia en esta tarde
es necesario nunca haberla visto.
Así diremos que la luna arde
bajo la palidez de lo imprevisto.
 
Por la ciudad se mueven las aguas del Leteo
y de ellas brota el fúnebre asfódelo
visto en la noche de Montevideo.
 
Que el recuerdo fingido nunca borre
el curvo, pensativo y cruel anhelo
de ver el mundo sin dejar la torre.


Hugo Gutiérrez Vega (México, 1934-2015)

jueves, 24 de septiembre de 2015

Venecia: EL FETICHE, de Alberto Moravia

"Sí, y precisamente en Venecia, en el cuarto del hotel, la primera noche.".

(Fragmento)

La alcoba estaba al fondo del corredor; la puerta se veía entornada; Livio la empujó y entró. Esta habitación tampoco contenía muebles, exceptuados la cama y dos sillas. Vio sobre la cama una valija, abierta. La mujer, de pie frente al placard, quitaba un vestido de la percha.

Livio se quedó unos instantes estupefacto, sin saber qué decir. Luego pensó que su mujer se disponía a marcharse y a dejarlo, al cabo de tan sólo dos meses de matrimonio; sintió frío a lo largo de la espina dorsal. Dijo:

- Pero Alina.. . ¿puedo saber qué estás haciendo?

Al oír su voz, la mujer dejó inmediatamente la percha y se sentó en el borde de la cama. También se sentó Livio, la ciñó por la cintura con un brazo y murmuró:

- Pero Alina... ¿por qué? ¿Qué te pasa?

Esperaba una respuesta conciliadora, pero mirándola comprendió que se equivocaba. La cara de la mujer, redonda, maciza, de una palidez lívida en que se destacaban los ojos celestes, denotaba un tenaz enojo.

- Me pasa que tú de todo te burlas, y yo ya no puedo soportar tus bromas.

- Pero es mi carácter, me gusta bromear. ¿Qué hay de malo?

- No habrá nada de malo, pero yo ya no aguanto.

- ¿Pero por qué, amor mío?

- No me llames amor mío. Tú nunca hablas en serio, siempre te estás haciendo el gracioso acerca de todo, siempre necesitas demostrar que eres superior a todo.

- ¡Oh, Alina!.. Veamos... ¿No te parece que exageras?

- No exagero para nada. Cada vez que bromeas, se me estruja el corazón. Se diría...

- ¿Qué se diría?

- Se diría que, no pudiendo ponerte al nivel de ciertas cosas, tratas, por medio del sarcasmo, de rebajarías hasta el tuyo. Pero no se trata solamente de esto...

- ¿Y de qué más?

- Bromeas aun en momentos en que ningún hombre bromearía. Durante nuestro viaje de bodas, dijiste una cosa que en mi vida olvidaré.

- ¿Qué? ¿Qué dije?

- Jamás te lo diré.

Siguió un silencio. Livio, sentado a su lado, la ceñía contra su cuerpo. Entonces, mientras la miraba, se dio cuenta, con la impresión de descubrir algo importante, que era la primera vez, desde que se conocían, que le hablaba en serio, en mudo sincero y afectuoso, sin ocultarse tras la máscara de la broma. Pensó que había necesitado nada menos que una amenaza de abandono para inducirle a adoptar otro tono, y de pronto sintió remordimiento.

- Veamos, Alina, veamos qué es lo que realmente ha ocurrido. Tú compraste aquel fetiche que a mí no me gustaba y lo trajiste a casa. ¿Por qué empecé a bromear con el fetiche? Por cierto, no porque sea feo, o ridículo, o tosco, hay muchos otros objetos feos, toscos y ridículos en esta casa. No. Sino porque tú te infatuaste con él al punto.

La mujer le escuchaba con una atención que parecía emanar de todo su cuerpo recogido y pesado, para concentrarse en la pequeña oreja carnosa que aparecía bajo su pelo negro. De pronto golpeó las manos y se volvió hacia Livio:

- Lo has dicho. Al fin lo has dicho.

- ¿Qué?

- Que no aguantas eso que llamas mis infatuaciones.

- Bien. ¿Y con eso?

- ¿No comprendes que lo que tú llamas mis infatuaciones son mis sentimientos, mis afectos, en resumen, soy yo misma?

- ¿Tú tienes un sentimiento, un afecto, para aquel fantoche de piedra?

- Podría tenerlo. ¿Qué sabes tú? Tengo o, mejor dicho, tenía un sentimiento por ti, seguramente. Y tú lo has tratado como a una infatuación, le has arrojado encima el agua helada de tus bromas.

- ¿Pero cuándo?

- Ya te lo he dicho, durante nuestro viaje de bodas.

- ¿Yo he bromeado con tu sentimiento para conmigo durante nuestro viaje de bodas?

- Sí, y precisamente en Venecia, en el cuarto del hotel, la primera noche. Y no te burlaste solamente de mi sentimiento, sino también de mi persona física, justo en el momento en que ningún hombre... mira, te lo digo con la mayor solemnidad.. . se hubiera atrevido a hacerlo.

- ¿Yo me he burlado de tu físico?

- Sí. De un detalle de mi físico.

Livio se ruborizó de pronto hasta las orejas, a pesar de que no recordaba haber bromeado en aquella ocasión. Al fin dijo:

- Será verdad, pero no me acuerdo. Habría que ver de qué broma se trataba. Quizá era una cosa inocente como la que esta noche dije acerca de tu fetiche.

- Claro que era una cosa inocente, pues que no te dabas cuenta de lo que decías. Pero a mi me produjo una sensación como si me hubieras metido un pedazo de hielo en el escote. Era nuestra primera noche después de la boda, y tú no te diste cuenta de que yo te odiaba.

- ¿Me odiabas?

- Sí, con toda el alma.

- ¿Y ahora me odias?

- Ahora, no sé.

Livio volvió a callar, mirándola con atención. Entonces, de pronto, tuvo la sensación de que se encontraba frente a una persona totalmente extraña, acerca de la cual nada sabía, que ignoraba su pasado, su presente, sus sentimientos, sus pensamientos. Esta sensación de extrañeza se originaba en la frase de ella: "no te diste cuenta de que yo te odiaba". En efecto, no se había dado cuenta que estrechaba entre sus brazos a una mujer que lo odiaba. De aquella noche todo lo recordaba, inclusive el viento que de cuando en cuando inflaba ligeramente la cortina de la ventana abierta hacia la Laguna, pero no el odio de ella. Y entonces, si no se había percatado de un sentimiento tan importante, quién sabe cuántas otras cosas le habrían pasado desapercibidas, quién sabe cuantas parte de ella ignoraba. Pero ya estaba claro que su mujer no se marcharía; que la valija, abierta sobre la cama, formaba parte de una especie de rito del litigio; que él ahora tenía que buscar la reconciliación, por más que su mujer le resultara extraña y desconocida.

 
Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

martes, 22 de septiembre de 2015

Venecia: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (La fugitiva), de Marcel Proust

"... el mundo no es más que un gran cuadrante solar en el que un solo segmento iluminado nos permite ver la hora que es..."
 
(Fragmento del libro VI: La fugitiva)

La tercera vez en que recuerdo haberme dado cuenta de que me acercaba a la indiferencia absoluta con respecto a Albertina (y esta última vez hasta sentir que había llegado por completo a ella) fue un día en Venecia, bastante tiempo después de la última visita de Andrea.
 
Mi madre me había llevado a Venecia a pasar unas semanas y -como puede haber belleza lo mismo en las cosas más humildes que en las más preciosas- gustaba allí impresiones análogas a las que en otro tiempo sintiera muchas veces en Combray, pero traspuestas de un modo muy diferente y más rico. Cuando a las diez de la mañana venían a abrir los postigos de mi cuarto, veía resplandecer, en lugar del mármol negro en que se transformaban con la luz las pizarras de San Hilario, el ángel de oro del campanil de San Marcos. Rutilante de un sol que hacía casi imposible mirarlo, me hacía con sus grandes brazos abiertos, para cuando, media hora después, estuviera yo en la Piazzetta, una promesa de goce más cierta que la que en otro tiempo tuviera la misión de anunciar a los hombres de buena voluntad. Mientras seguía acostado no podía ver otra cosa que él, pero como el mundo no es más que un gran cuadrante solar en el que un solo segmento iluminado nos permite ver la hora que es, ya la primera mañana pensé en las tiendas de Combray, las de la plaza de la Iglesia, que los domingos estaban a punto de cerrar cuando yo iba a misa, mientras la paja del mercado despedía un fuerte olor bajo el sol ya caliente. Pero el segundo día lo que vi al despertar, lo que me hizo levantarme (porque sustituía en mi memoria y en mi deseo a los recuerdos de Combray), fueron las impresiones de la primera salida en Venecia, en Venecia, donde la vida cotidiana no era menos real que en Combray: lo mismo que en Combray, el domingo por la mañana se gozaba del placer de bajar a una calle en fiesta, pero esta calle estaba toda en un agua de zafiro, refrescada de soplos tibios y de un color tan resistente que mis ojos cansados, para descansar y sin miedo a que la calle cediera, podían apoyar en ella la mirada. Como en Combray las buenas gentes de la Rue de l'Oiseau, en esta nueva ciudad también los habitantes salían de las casas alineadas una junto a otra al otro lado de la calle principal; pero en Venecia este papel de las casas proyectando un poco de sombra a sus pies estaba encomendado a unos palacios de pórfido y de jaspe, sobre cuya puerta cimbrada la cabeza de un dios barbudo (que rebasaba la alineación como la aldaba de una puerta en Combray) producía el efecto de hacer más oscuro con su reflejo, no el moreno del sol, sino el azul espléndido del agua. En la Piazza, la sombra que hubieran proyectado en Combray el toldo de la tienda de novedades y la enseña del peluquero eran las florecillas azules que siembra a sus pies en el desierto de losas soleado el relieve de una fachada Renacimiento, y no es que, cuando el sol pegaba fuerte, no hubiera que bajar los transparentes en Venecia como en Combray, aún a la orilla del canal. Pero estaban entre los cuatrilóbulos y los follajes de las ventanas góticas. Lo mismo diré de la de nuestro hotel, delante de cuyas balaustradas me esperaba mi madre mirando el canal con una paciencia que quizá no hubiera tenido en Combray, donde, poniendo en mí esperanzas que después no se realizaron, no quería hacerme ver cuánto me quería. Ahora se daba cuenta de que su frialdad aparente no hubiera conseguido nada, y el cariño que me prodigaba era como esos alimentos prohibidos que no se les niegan a los enfermos cuando es seguro que ya no pueden curarse.


Marcel Proust (Francia, 1871-1922) 

lunes, 21 de septiembre de 2015

Páginas ajenas: LOS PAPELES DE ASPERN (otoño en Venecia), de Henry James

"Empezaba el otoño y el fin de los dorados meses."
 
(Fragmento del capítulo IX

La mañana era magnífica, y algo en la atmósfera advertía el fin del largo verano de Venecia: una suave brisa marina agitaba las flores del jardín y extendía su soplo agradable hasta el palacio, menos cerrado y sombrío ahora que en vida de Juliana. Empezaba el otoño y el fin de los dorados meses. Con ellos terminaba también mi experimento, o terminaría al cabo de media hora, cuando tuviera la certeza de que en realidad mis sueños habían quedado reducidos a cenizas. Después de eso, sólo me restaría encaminarme a la estación; porque no podía considerar siquiera la posibilidad de quedarme allí, para actuar de guardián de una desvalida solterona. Si no había salvado los papeles, ¿qué obligación tenía yo hacia ella? Un poco perplejo, me pregunté hasta qué punto tendría que agradecer y en qué forma recompensar su gentileza, en el caso de que los hubiera salvado. ¿No me obligaría un servicio tal a su custodia? Si la perspectiva no me inquietó demasiado fue por considerar sumamente improbable tal eventualidad. En el caso de que Juliana no hubiera destruido ya su tesoro la noche que me sorprendió frente a su escritorio, lo habría hecho sin duda al día siguiente.
 
 
 Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916)

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Venecia: RUMBOS CRUZADOS, de Alfonso Reyes

"Es de creer que la Luna nació en Venecia."

Algunos apuntes sobre Venecia:

En los pianos de Venecia, se oía música tan vieja, tan vieja, que parece música de circo. ¡No me hubiera asombrado, de pronto, oír hasta el carnaval de Venecia!
...

Venecia y Toledo son resúmenes únicos de historia nacional, creaciones casi artificiales, aunque, paradójicamente, producidas por el solo acarreo del tiempo. No se puede vivir en ellas. Se asoma uno y las admira, pasea por ellas a gusto y nada más; como por entre unas bambalinas.
...
 
Es de creer que la Luna nació en Venecia.


Alfonso Reyes (México, 1889-1959)

martes, 15 de septiembre de 2015

Venecia: ¡NADA DE ESO!, de D. H. Lawrence

"... ganándose la vida a duras penas con una pobre y solitaria existencia de pintor."

(Fragmento inicial)

Me encontré con Luis Colmenares en Venecia, después de años de no verlo. Colmenares es un exiliado mexicano que vive de los magros restos de lo que una vez fue riqueza, ganándose la vida a duras penas con una pobre y solitaria existencia de pintor. El arte, sin embargo, es sólo un sedante para él. La mayor parte del tiempo la pasa vagando como un alma perdida, por París o por Italia, donde puede vivir económicamente. Es más bien bajo, grueso, de ojos oscuros que miran siempre hacia otro lado, y tiene un espíritu, de igual manera, indirecto.

- ¿Sabe usted quién se encuentra en Venecia? -me dijo-. ¡Cuesta! Se hospeda en el hotel Romano. Ayer lo vi bañándose en el Lido.

Había un inequívoco tono de burla sombría en esta última frase.

- ¿Quiere decir Cuesta... el torero? -pregunté.
- Sí. ¿no sabía que se retiró? ¿Lo recuerda? Una norteamericana le dejó un montón de plata. ¿Lo vio alguna vez?
- Una sola -le dije.
- ¿Fue antes de la Revolución? ¿Recuerda que se retiró y le compró una hacienda muy barata a uno de los generales de Madero, allá en Chihuahua? Fue después del carrancismo y yo estaba ya en Europa.
- ¿Qué aspecto tiene ahora? -pregunté.
- Está enormemente gordo, como una pequeña ballena redonda y amarilla. ¿lo ha visto? Sin duda recordará que era más bien bajo y siempre grueso, creo que su madre era una india mixteca. ¿lo conoció alguna vez?
- No -contesté-. ¿Y usted?
- Sí. Lo conocí en los viejos tiempos, cuando yo era rico y pensaba que seguiría siendo rico siempre.
 
Guardó silencio y yo temí que se hubiera callado definitivamente. Era insólita en él tanta disposición para comunicarse. Pero -era evidente- ver a Cuesta, el torero cuya fama alguna vez resonó en España y América Latina, lo había emocionado profundamente. Estaba excitado y apenas se podía contener.
 
- ¿Pero no era un hombre interesante, verdad? -dije-. ¿No era justamente un... un torero... un bruto?
 
Colmenares me miró desde su propia lobreguez. No quería hablar y, sin embargo, debía hacerlo.
 
- Era un bruto, sí -admitió con un gruñido-. Aunque no solamente un bruto. ¿Lo vio cuando estaba en su mejor forma? ¿Dónde lo vio? A mí no me gustó nunca mientras estuvo en España: era muy vanidoso. Pero en México era muy bueno. ¿Lo vio jugar con el toro y con la muerte? Era maravilloso. ¿Lo recuerda, recuerda su aspecto?
- No muy bien -contesté.
- Bajo, ancho, algo grueso, de un color más bien amarillento y nariz achatada. Pero los ojos eran maravillosos, algo pequeños y amarillos, y cuando lo miraban a uno, tan extraños y fríos, se sentía uno derretir por dentro. ¿Conoce esa sensación? Penetraba hasta el rincón más escondido, donde un guarda el ánimo. ¿Entiende? Y así uno sentía derretirse. ¿Sabe qué quiero decir?
- Más o menos, quizá -contesté.
 
Los ojos negros de Colmenares estaban fijos en mi cara, dilatados y brillantes, aunque sin verme en realidad. Contemplaba el pasado. Y, sin embargo, una fuerza curiosa surgía de su semblante; uno lo podía comprender por la telepatía de la pasión, una pasión invertida.
 

David Herbert Lawrence (Inglaterra, 1885-1930)

lunes, 14 de septiembre de 2015

Venecia: LUCRECIA BORGIA, de Víctor Hugo

"Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis enemigos..."

(Fragmento del primer acto, escena II)

Entra Lucrecia disfrazada. Ve a Genaro dormido y le contempla extasiada y con respeto.
 
Lucrecia: (¡Duerme! La fiesta le habrá fatigado. ¡Qué hermoso es!) Yubeta! (Llamándole).
 
Yubeta: Hablad más bajo, señora. Aquí no me llamo Yubeta, sino conde de Belverana, y soy gentil-hombre español, así como vos sois la marquesa de Pontecuadrato, dama napolitana. Debemos hacer como si no nos conociéramos, obedeciendo las órdenes de vuestra alteza; no estáis en vuestra corte, estáis en Venecia.
 
Lucrecia: Es verdad, Yubeta; pero aquí estamos solos, porque ese joven duerme y podemos hablar unos instantes.

Yubeta: Como plazca a vuestra alteza, pero debo aconsejaros que no os quitéis la mascarilla, porque pudieran conoceros.
 
Lucrecia: No me importa: si no saben quién soy, no debo temer; si lo saben, los que deben temblar son ellos.
 
Yubeta: Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis enemigos, y enemigos libres. Indudablemente la República de Venecia no permitirá que se os atropelle, pero podrían insultaros.
 
Lucrecia: Tienes razón; sé que mi nombre horroriza.
 
Yubeta: Aquí no solo hay venecianos, sino también romanos, napolitanos y lombardos; hay hijos de todos los pueblos de Italia.
 
Lucrecia: ¡Y me odia Italia entera! Es preciso que esto no suceda de hoy en adelante. Ahora más que nunca conozco que yo no nací para hacer daño á nadie, pero el ejemplo de mi familia me arrastró á ser lo que he sido. ¡Yubeta!
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Venecia: HISTORIAS DEL BUEN DIOS, de RAINER María Rilke

"... juegan con los trozos y los restos de los cristales multicolores del agua..."

(Fragmento de Una escena del gueto de Venecia)
 
El señor Baum tenía una manera de someterse a prueba que resultaba un tanto irritante. Me propuse recompensarle con una historia. Y comencé sin más preámbulos:
 
- Cuando uno pasa por debajo del Ponte di Rialto, al lado de la Fondaco dei Turchi, y pasado el mercado del pescado, se le dice al gondolero: ¡derecha!, y él, algo extrañado, pregunta: «¿Dove?» Uno le insiste en ir hacia la derecha, se espera en uno de los pequeños sucios canales, discute con él, maldice, y se va a través de calles abarrotadas y de negros pasadizos llenos de humo hacia un lugar vacío y abierto. Todo eso, por la simple razón de que ahí es donde ocurre mi historia.
 
El señor Baum me tocó suavemente el brazo:
 
- Disculpe, ¿qué historia? -sus pequeños ojos iban de un lado a otro, algo atemorizados.
Le tranquilicé:
 
- Cualquiera, estimado señor, ninguna que se pueda considerar de gran importancia. Tampoco puedo decirle cuándo ocurrió. Quizá bajo el reinado de Dogen Alvise Mocenigo IV, pero puede haber sido antes o después. Los cuadros de Carpaccio, si los ha visto alguna vez, están pintados como sobre terciopelo púrpura. Por todas partes desprenden algo cálido, en cierto modo boscoso, y alrededor de la suave luz se apiñan sombras atentas. Giorgione pintó sobre oro viejo y mate, Tiziano sobre raso negro, pero en la época de la que yo le hablo se adoraban las pinturas luminosas sobre fondo de seda blanca, y el nombre, del que ya se hablaba, el que hermosos labios lanzaban al sol  y recogían las encantadoras orejas cuando éste descendía tembloroso... ese nombre es el de Gian Battista Tiépolo. Pero todo esto no aparece en mi historia. Solamente habla de la verdadera Venecia, la ciudad de los palacios, de las aventuras, de las pálidas noches de la laguna que, como ninguna otra noche, llevan consigo el sonido de misteriosos romances. En la parte de Venecia de la que yo le hablo, mientras los días transcurren monótonos como si se tratara de un único día, solo se oyen los pobres ruidos cotidianos, y las canciones que allí se aprenden son lamentos crecientes que no ascienden  y que, como un humo espeso y ondulante, se posan sobre las callejuelas. En cuanto anochece, mucha gentuza temerosa vagabundea por allí, un sinfín de niños tiene su patria en las plazas y en los estrechos y fríos portales de las casas y juegan con los trozos y los restos de los cristales multicolores del agua, los mismos que utilizaron los maestros para hacer los mosaicos de San Marcos.
 
 
  Rainer María Rilke (Escritor en lengua alemana nacido en Praga, 1875-1926)

viernes, 11 de septiembre de 2015

Venecia: LOS MUERTOS MANDAN, de Vicente Blasco Ibáñez

"... bajo una cabellera suelta sin más adorno que una rosa en una sien."

(Fragmento sobre George Sand y Alfred de Musset)

El nieto de don Horacio sentía una especie de amor retrospectivo hacia aquella mujer extraordinaria. La veía como en los retratos de su juventud, con el rostro inexpresivo y los ojos profundos y enigmáticos bajo una cabellera suelta sin más adorno que una rosa en una sien. ¡Pobre Jorge Sand! El amor había sido para ella lo que la antigua esfinge: cada vez que intentaba interrogarlo sentía en el corazón su zarpazo sin misericordia. Todas las abnegaciones y rebeldías del amor las había conocido aquella mujer. La hembra caprichosa de las noches venecianas, la infiel compañera de Musset, era la misma enfermera que guisaba la cena y preparaba las tisanas al moribundo Chopin en la soledad de Valldemosa... ¡Si él hubiese conocido una mujer así, una mujer que llevase dentro mil mujeres, toda la infinita variedad femenil de dulzuras y crueldades!... ¡Ser amado por una hembra superior, a la que pudiera imponer el ascendiente varonil y que al mismo tiempo le inspirase respeto por su grandeza intelectual!...

Quedó Febrer largo rato como adormecido por este deseo, mirando el paisaje sin verlo. Luego sonrió irónicamente, como si compadeciese su insignificancia. Recordaba el objeto de su viaje y se tenía lástima. Él, que soñaba con grandes amores desinteresados y extraordinarios, iba a venderse, ofreciendo su mano y su nombre a una mujer que apenas había visto; a contraer una alianza que escandalizaría a toda la isla... ¡Digno término de una vida inútil y atolondrada.
 
El vacío de su existencia se le aparecía ahora claramente, sin los engaños de la presunción personal. La proximidad del sacrificio lo hacía replegarse en sus recuerdos, cual si buscase en ellos una justificación de los actos presentes. ¿Para qué había servido su paso por el mundo?...
 
Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928)

jueves, 10 de septiembre de 2015

Venecia: PEREGRINACIONES, de Rubén Darío


(Fragmento sobre el pabellón italiano en la Exposición universal de París) 

Allá por la Avenida de Suffren, está Venecia, una, reducción para feria, con imitaciones de las conocidas arquitecturas, góndolas y gondoleros; y por la noche la iluminación da, en efecto, la sensación de horas italianas en la ciudad divina, de arte y de amor, mientras se escuchan músicas de bandolinas y canciones importadas de los canales. A Rebell no le gustan estas falsificaciones. El autor de La Nichina, cree que para gustar de Italia hay que ir a Italia, y que esta Venecia de guardarropía es únicamente propia para divertir a los snobs de París y del extranjero que no han tenido la suerte de sentir cómo es bajo su propio cielo, el beso de la luz y del aire venecianos, florentinos, milaneses, napolitanos. Esta Venecia, sin embargo, ayuda a soñar. La imaginación no necesita de mucho para transportarle a uno a donde quiere, y da idea de la realidad, al reflejar el agua del Sena las linternas que van como errantes flores de fuego, en la sombra nocturna, sobre las góndolas negras. Como el elemento italiano frecuenta mucho este lado de la Exposición, es frecuente oír sonar el sí en labios armoniosos de hermosísimas italianas. Quiero decir, entiéndase bien, que el si suona. Los franceses y las francesas que se hacen pasear por las góndolas, no desperdician la oportunidad de chapurrear el italiano, y de entonar a coro el Funicalí-funiculá, o la indestructible e inevitable Mandolinata.


Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916)

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Venecia: HISTORIA DE MI VIDA, de George Sand


(Fragmento)
 
Venecia era la ciudad de mis sueños, y todo lo que yo había imaginado sobre ella se me quedó corto al verla, por la mañana y por la noche, por la calma de los días hermosos y por el reflejo sombrío de las tormentas. Amaba esta ciudad por ella misma, y ha sido la única del mundo que he podido amar así, porque una ciudad me ha dado siempre el efecto de una prisión que soporto por mis compañeros de cautiverio. En Venecia se viviría largo tiempo solo y se comprende que en el tiempo de su esplendor y de su libertad, sus hijos la hayan casi personificado en sus amores y la hayan querido no como a un cosa, sino como a un ser.


George SandAmantine Lucile Aurore Dupin (Francia, 1804-1876)

martes, 8 de septiembre de 2015

Venecia: EN VENECIA, de Alfred de Musset

"Venecia es tan bella que una cadena sobre ella parece un collar..."

En Venecia la roja,
No hay un barco que se mueva,
No hay un pescador en el agua,
No hay un farol.
 
La luna que se difumina
Cubre su frente cuando pasa
Una nube estrellada
A medias velada.
 
Todo se calla, menos los guardias
Con largas alabardas
Que vigilan las almenas
De los arsenales.
 
¡Ah!, ahora más de una
Esperan, al claro de luna,
Algún lirio joven
Con el oído al acecho.
 
Sobre la brisa amorosa
La Vanina soñadora,
En su cuna flotando
Pasa cantando.
 
Mientras que para la fiesta
Narcisa se arregla,
Frente a su espejo
La máscara negra.
 
Dejemos al antiguo reloj
En el palacio del viejo dogo
Contarle de sus noches
Los largos hastíos.
 
Sobre su mar indiferente,
Venecia indolente
No cuenta ni sus días
Ni sus amores.
 
Ya que Venecia es tan bella
Que una cadena sobre ella
Parece un collar arrojado
Sobre la belleza.
 
 
Alfred de Musset (Francia, 1810-1857)

(Traducido al español por Jules Etienne)

lunes, 7 de septiembre de 2015

Venecia: CARTAS DE MUSSET Y GEORGE SAND (Prólogo), de Jorge Luis Borges


El amor suele ser un convenio tácito cuyas partes se comprometen a hallarse indispensables y milagrosas. Juzgar que la otra persona es milagrosa es una operación harto fácil, ya que todos vivimos en el anhelo de hallar personas milagrosas; avenirnos a que nos juzguen milagrosos no es mucho más difícil, ya que nadie se juzga por su conducta ni aún por sus palabras y pensamientos, sino por la partícula de inmediata divinidad que lo impulsa a vivir, la que se denomina voluntad en el lenguaje de Schopenhauer… En el convenio celebrado por George Sand y Musset, hay que notar esta circunstancia anormal: las partes eran realmente extraordinarias. No lo eran sólo para Dios; lo eran para los hombres, también. Heine declaró preferir (Ueber die franzoesische Buehme, 1940) el verso de Musset y la prosa de Sand al verso y a la prosa de Hugo; no es tarea difícil multiplicar testimonios análogos. El amor desea una secreta publicidad, desea misterio, simpatías y símbolos; el amor de Aurore Dudevant y de Alfred de Musset fue casi un espectáculo del París de la época romántica y lo es para nosotros aún.
 
Los amores de George Sand fueron numerosos, pero sucesivamente “únicos” e indiscutiblemente sinceros. ¡Mi corazón es una tumba!, le escribía a Sainte-Beuve. Más bien una necrópolis, corrigió después Jules Sandeau… Saint-Beuve, hacia 1833, le propuso varias alianzas. La silenciosa, desdeñosa mujer las rehusó. Opinó que Dumas era “trop commis-voyageur”, Jouffroy “trop vertueux”, Musset “trop dandy”. Sin embargo, accedió a conocer al último e irreparablemente se enamoraron. La historia ha sido comprendida por Swinburne: “Alfred era voluble y George no se condujo como un perfecto caballero”.
 
Naturalmente, ese epigrama no agota la curiosa aventura. Tampoco parecen agotarla los volúmenes suscitados por ella: La confesión d’un enfant du siécle, Elle et lui, Lui et elle, Les lettres d’un voyageur, Le secrétaire intime… Las circunstancias que es posible extraer de esas páginas gárrulas, tumultuosas y por lo general antagónicas, son las que paso a referir: A fines de 1833, George Sand logró el consentimiento de la madre de Musset para emprender con él un viaje a Italia. En enero de 1834 se establecieron en Venecia. Desgraciadamente para Musset, no era el amor la única pasión de George Sand; la dominaba y la abrasaba también la pasión del trabajo. Nueve y diez horas cada día, la pluma fatigaba el papel; las copiosas tareas de redacción usurpaban las noches; los ciento diez volúmenes futuros de sus Obras Completas entenebrecían el presente. Musset, tal vez abochornado de su relativa esterilidad, buscó el socorro del alcohol y de las mujeres. Lo postró una crisis nerviosa, agravada por las alucinaciones y por el frenesí del delirium tremens. Entonces, George Sand se consagró a salvarlo. Renunció a los queridos manuscritos, renunció a los diversos géneros literarios; a casi todo renunció para compartir y amparar sus confusas noches de insomnio. No estaba sola en la tremenda tarea: la secundaba un médico veneciano, Pietro Pagello, de quien –fatalmente- se enamoró. Lo demás está en estas cartas. También en la novela Jacques, cuyo protagonista declara: “Nunca me he impuesto la constancia. Cuando he sentido que el amor había muerto, lo he dicho sin remordimiento o bochorno, y he acatado la Providencia, que me conducía a otra parte.”
 
Tales fueron las circunstancias de la aventura. Pero lo verdadero en toda la aventura no son las circunstancias concretas, es la general y abstracta pasión. Esa pasión que quiere comprender y abrazar todas las relaciones humanas y hace que en el Cantar de los Cantares, el rey le diga a la sulamita hermana mía, esposa mía, y que en estas cartas enamoradas, Alfred de Musset acaricie a George Sand con los nombres de hermana, de hija y de madre. Esa pasión impersonal que hace que toda carta de amor parezca redactada por nosotros, dirigida a nosotros.
 
Prólogo para Cartas de Musset y George Sand, publicada por Editora Inter-Americana. Buenos Aires, Argentina, 1945.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986) 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Venecia: CÁDIZ, de Benito Pérez Galdós

"... las calles son de agua y los coches unas lanchitas que llaman góndolas..."

(Párrafo del capítulo II)
 
Después nos habla de la incomparable Venecia, ciudad fabricada dentro del mar, de tal modo, que las calles son de agua y los coches unas lanchitas que llaman góndolas; y allí se pasean de noche los amantes, solos en aquella serena laguna, sin ruido y sin testigos.
 
 
Benito Pérez Galdós (España, 1843-1920) 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Venecia: LAS OLAS, de Virginia Woolf

"Una mujer lanzaba antaño este grito hacia su amante, inclinada sobre su balcón en Venecia."
 
(Fragmento)

«He aquí una sala donde uno tiene derecho a entrar pagando su boleto para escuchar música, en medio de auditores somnolientos que han venido aquí después de almorzar, en una tarde calurosa. Todos hemos comido carne y budín en cantidad suficiente para mantenernos vivos durante una semana sin probar bocado y por consiguiente nos apiñamos como larvas sobre el dorso de alguna bestia que nos conducirá adelante. Correctamente vestidos, llenos de gravedad, hay entre nosotros viejas damas con cabellos blancos cuidadosamente ondulados debajo de sus sombreros, con pequeños zapatos, pequeños bolsos de mano y caballeros de mejillas cuidadosamente afeitadas; uno que otro luce un breve bigote militar y el menor vestigio de polvo ha sido cuidadosamente sacudido de sus vestones. Moviéndonos acompasadamente; abriendo programas, saludamos a los conocidos y nos instalamos  igual que focas sobre una roca, como pesadas criaturas incapaces de sumergirnos en el mar por nuestro propio impulso y aguardando que una ola nos levante: pero somos demasiado pesados y hay demasiado ripio entre nosotros y el mar. Yacemos, pues, hartados de alimentos, embotados por el calor. De pronto, la enorme dama ceñida en un traje de raso verde mar acude a rescatarnos. Se humedece los labios, asume una expresión apasionada, dilata el pecho y avanzando como para coger una manzana, lanza la flecha de su voz en el corazón de la nota: «¡Ah!»

«Un hacha ha partido en dos la manzana: el corazón de la fruta es tibio: los sonidos se estremecen dentro de su corteza. «¡Ahhhhhh…!» Una mujer lanzaba antaño este grito hacia su amante, inclinada sobre su balcón en Venecia. «¡Ahhhh!…» Ella lanza este grito y luego vuelve a comenzar. Ella nos ha dado un grito. Pero solo un grito. Y, ¿qué es un grito? Enseguida hombres parecidos a grandes insectos entran en escena con sus violines. Aguardan: cuentan; hacen un signo y sus arcos se inclinan. Y ahora, todo es un estallido de risas como la danza de los olivares agitando sus miríadas de lenguas de plata cuando un viajero venido del mar, cogiendo una ramita con sus dientes, salta a la orilla sobre la ribera que cierra el semicírculo de las colinas.


Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941)

viernes, 4 de septiembre de 2015

Venecia: EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILE, de Oscar Wilde

"... si continuaba en el Hotel Danieli, acabaría por fallecer de aburrimiento."

(Fragmento del capítulo IV)

En Venecia se encontró con su hermano Lord Surbiton, que acababa de llegar de Corfú en su yate. Pasaron reunidos un par de semanas deliciosas. Durante la mañana paseaban a caballo por el Lido, o se deslizaban a lo largo de los verdes canales en su esbelta góndola negra; por la tarde, habitualmente recibían visitas en el yate y por la noche comían en el Florian y paseaban por la Piazza fumando cigarrillo tras cigarrillo. Sin embargo, Lord Arthur no era feliz. Todos los días leía minuciosamente la lista de defunciones en el Times, esperando ver la noticia del fallecimiento de Lady Clementina, y todos los días sufría la misma decepción. Comenzó a temer algún accidente y a veces se arrepentía de no haber dejado a Lady Clem ensayar cuando quiso hacerlo, los efectos de la aconitina. Además, las cartas de Sibyl, aunque desbordantes de amor y confianza, traslucían una gran tristeza, que aumentaba la suya. En ocasiones, hasta le parecía haberse separado de ella para siempre.
 
Al cabo de dos semanas, Lord Surbiton estaba hastiado de Venecia, y decidió recorrer la costa hasta Ravenna. Lord Arthur, al principio, se negó rotundamente a acompañarle, pero Surbiton, a quien quería extraordinariamente, acabó por convencerle de que, si continuaba en el Hotel Danieli, acabaría por fallecer de aburrimiento. Así, la mañana del día 15 se hicieron a la mar, que estaba bastante picada, con un fuerte viento nordeste. La travesía fue excelente y el aire libre y puro del mar devolvió sus colores a las mejillas de Lord Arthur. Pero, hacia el día 22, se apoderó de él nuevamente la preocupación de Lady Clementina y, a pesar de las protestas de Surbiton, regresó en tren a Venecia.
 
Cuando saltó de la góndola, según subía las escaleras, el propietario del Hotel se adelantó hacia él con un telegrama en la mano. Lord Arthur se lo arrebató, apresurándose a abrirlo. ¡Al fin se habían realizado sus deseos: Lady Clementina había fallecido casi repentinamente la noche del 17!


Oscar Wilde (Irlanda, 1854-1900) 

jueves, 3 de septiembre de 2015

Venecia: LOS PAPELES DE ASPERN, de Henry James

"... la luz de la luna en Venecia es famosa..."
 
Capítulo 1: "La góndola se detuvo, el viejo palacio estaba ahí; era una casa de esa clase que en Venecia lleva siempre un digno nombre aún en el más extremado destartalamiento."

Capítulo 4: "No podría haber asunto en Venecia sin paciencia, y puesto que me encantaba el sitio, estaba mucho más en su espíritu por haber acumulado una amplia provisión. Ese espíritu me hacía perpetua compañía y parecía mirarme desde el revivido rostro inmortal -en que brillaba todo su genio- del gran poeta que era mi inspirador. Le había invocado y él había llegado: se cernía sobre mí casi todo el tiempo; era como si su luminoso espectro hubiera vuelto a la tierra a decirme que consideraba el asunto no menos suyo que mío, y que lo vigilaría hasta su conclusión, de modo fraternal y alegre. Era como si hubiera dicho: «Pobrecilla, tómalo con tranquilidad con ella; tiene algunos naturales prejuicios, pero dale tiempo. Por extraño que te parezca, era muy atractiva en 1820. Mientras tanto, ¿no estamos juntos en Venecia, y qué mejor sitio hay para la reunión de buenos amigos? Mira cómo refulge con el verano que avanza; cómo el cielo y el mar y el aire rosado y el mármol de los palacios cabrillean y se funden en unión.» Mi excéntrica misión personal se convertía en parte de la novelería y la gloria de todo; incluso sentía un compañerismo místico, una fraternidad moral con todos los que en el pasado habían estado al servicio del arte. Habían trabajado por la belleza, por una devoción; ¿y qué otra cosa hacía yo? Ese elemento estaba en todo lo que había escrito Jeffrey Aspern y yo no hacía más que sacarlo a la luz."
 
Capítulo 5: "Rara vez me quedaba en casa al anochecer, pues cuando trataba de ocuparme en mis habitaciones, la luz de la lámpara atraía una multitud de insectos molestos, y hacía demasiado calor para cerrar las ventanas. Por tanto, pasaba las últimas horas o bien en el agua (la luz de la luna en Venecia es famosa) o en la espléndida plaza que sirve como vasto atrio a la extraña y vieja basílica de San Marcos."
 
Capítulo 5: "¿Qué podría ser más natural? Somos del mismo país y tenemos por lo menos algo de los mismos gustos, puesto que, como a ustedes, me gusta mucho Venecia."
 
Capítulo 5: "Encontramos un banco menos aislado, menos confidencial, como quien dice, que el del cenador, y todavía estábamos sentados allí cuando oí dar la medianoche en esas claras campanas de Venecia que vibran con una solemnidad única sobre la laguna y se demoran en el aire mucho más que los sones de otros lugares."
 
Capítulo 9: "No sé dónde me llevó mi gondolero; flotamos sin objetivo por la laguna, con golpes lentos, infrecuentes. Al fin me di cuenta de que estábamos cerca del Lido, lejos, a mano derecha, de espaldas a Venecia, y le hice dejarme en la orilla. Quería andar, moverme, para quitarme de encima algo de mi desconcierto. Crucé la estrecha franja y llegué a la playa frente al mar; me encaminé hacia Malamocco."
 
 
Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916)
 
La ilustración corresponde a Plaza de San Marcos, de Ippolito Caffi, en el siglo XIX.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Henry James, Oscar Wilde y Virginia Woolf en Venecia: helados en el Florian


El caffè Florian fue fundado en Venecia en 1720, es decir, hace casi trescientos años. No resulta extraño, entonces, que se cuenten anécdotas de clientes tan célebres como Lord Byron, Goethe o Henry James, entre la nutrida población de escritores que han habitado durante alguna época en dicha ciudad a orillas del mar Adriático. Éste último, en el quinto capítulo de su novela Los papeles de Aspern, ubica al protagonista-narrador en una de sus mesas al calor del verano:
 
"Rara vez me quedaba en casa al anochecer, pues cuando trataba de ocuparme en mis habitaciones, la luz de la lámpara atraía una multitud de insectos molestos, y hacía demasiado calor para cerrar las ventanas. Por tanto, pasaba las últimas horas o bien en el agua (la luz de la luna en Venecia es famosa) o en la espléndida plaza que sirve como vasto atrio a la extraña y vieja basílica de San Marcos.
 
Me sentaba ante el café de Florian, tomando helados, oyendo música, hablando con conocidos: el viajero se acordará de cómo la inmensa acumulación de mesas y sillas se extiende como un promontorio penetrando en el liso lago de la Piazza. La plaza entera, en anochecer de verano, bajo las estrellas y con todas las lámparas, todas las voces y leves pasos sobre el mármol (los únicos sonidos de las arquerías que la rodean), es como un salón al aire libre dedicado a bebidas refrescantes y a una degustación aún más fina -la de las exquisitas impresiones recibidas durante el día-. Cuando no prefería quedarme las mías para mí, siempre había un turista errante, desembarazado de su Baedeker, con quien comentarlas, o algún pintor naturalizado que se regocijaba con el retorno de la estación de los efectos fuertes. La maravillosa iglesia, con sus bajas cúpulas y erizada de ornamentos, el misterio de su mosaico y esculturas, parecía fantasmal en la templada sombra, y la brisa marina pasaba entre las columnas gemelas de la Piazzetta, jambas de una puerta ya no custodiada, tan suavemente como si se meciera allí una rica cortina.
 
En esas ocasiones pensaba en las señoritas Bordereau y en la lástima de que estuvieran encerradas en habitaciones que, en el julio veneciano, ni siquiera la vastedad de Venecia conseguía evitar que estuvieran sofocantes. Su vida parecía estar a millas de distancia de la vida de la Piazza, y sin duda ya era realmente tarde para hacer cambiar de costumbres a la austera Juliana. Pero la pobre señorita Tita, estaba seguro de que habría disfrutado con un helado de Florian; a veces incluso pensaba llevarle uno a casa. Afortunadamente, mi paciencia dio fruto y no me vi obligado a hacer nada tan ridículo."
 
Por supuesto, Henry James no era el primero ni sería el último en referirlo. Oscar Wilde emprende una seria reflexión estética sobre la relación entre el arte y la vida a la manera platónica, esto es, a través de un diálogo entre Cyril y Vivian, únicos personajes en La decadencia de la mentira -de la que suele asegurarse era la favorita del propio Wilde entre sus obras-. Aunque la alusión sea sólo tangencial, en el siguiente parlamento de Vivian se menciona el Florian:
 
"Un día empezó a publicarse una novela en una revista francesa. En aquella época leía yo esa clase de literatura, y recuerdo mi gran sorpresa al llegar a la descripción de la heroína. Era tan parecida a mi amiga, que le llevé la revista. Ella misma se reconoció al momento y pareció fascinada por la semejanza. Debo decirle de paso que la obra estaba traducida de un escritor ruso fallecido, de modo que el autor no habría podido tomar a mi amiga por modelo. Abreviando: algunos meses después, hallándome en Venecia, vi la revista en el salón del hotel y la abrí para conocer cuál era la suerte de la heroína. Se trataba de una historia lamentable. La joven había acabado por fugarse con un hombre de clase inferior, social, moral e intelectual. Escribí aquella misma noche a mi amiga, dándole mi opinión sobre Giovanni Bellini, los admirables helados del Florian y el valor artístico de las góndolas, y añadí una posdata para decirle que su «doble» del relato se había comportado muy neciamente. No sé por qué añadí aquellas líneas; pero recuerdo que me obsesionaba el temor de verla imitar a la heroína. Y antes que mi carta le llegase, se fugó con un hombre, que la abandonó seis meses después. La volví a ver en mil ochocientos ochenta y cuatro, en París, donde vivía con su madre, y le pregunté si aquella narración era responsable de su acto. Me confesó que se había sentido impulsada por una fuerza irresistible a seguir paso a paso a la heroína en su marcha extraña y fatal, y que fue presa de un auténtico terror mientras esperaba los últimos capítulos. Cuando se publicaron, le pareció que estaba obligada a copiarlos, y así lo hizo. Este es un eje clarísimo y extraordinariamente trágico de ese instinto imitativo del que hablaba hace un momento. Pero, no quiero insistir más en esos ejemplos individuales y aislados. La experiencia personal es un círculo vicioso y limitado. Todo lo que deseo demostrar es este principio general: La Vida imita al Arte mucho más que el Arte a la Vida. Y estoy seguro de que si reflexiona usted sobre ello, verá que tengo razón."
 
También Virginia Woolf en su cuento El legado, que se publicó en 1944 como parte del volumen La casa encantada y otros relatos, evoca la visita al Florian de sus personajes:
 
"Fueron a Venecia. Recordó aquellas felices vacaciones después de la elección. «Comimos helados en Florian.» Sonrió; todavía era como una niña, le gustaban los helados. «Gilbert me hizo un relato interesantísimo de la historia de Venecia. Me dijo que los Dogos...», y su esposa lo escribió todo, con su caligrafía de colegiala."
 
 
Jules Etienne