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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 6 de abril de 2017

Carnaval: CÁNDIDO, O EL OPTIMISMO, de Voltaire

"... he venido a pasar el carnaval en Venecia."

(Fragmento)

Cándido, roto por la alegría y la tristeza, satisfecho de haber visto al fin a su fiel mensajero, un tanto extrañado al verle esclavo, pensando nada más en volver a ver a su amada, con el corazón palpitante y el ánimo conmocionado, se sentó a la mesa con Martín, que mantenía la calma en medio de todas aquellas aventuras, y con los extranjeros que habían acudido al carnaval de Venecia.
 
Cacambo, que servía la bebida a uno de aquellos extranjeros, hacia el final de la comida, se acercó al oído de su amo y le dijo:
 
- Señor, Vuestra Majestad puede partir cuando quiera, el barco está listo.
 
Pronunciadas estas palabras, salió. Los comensales se miraban extrañados sin decir ni pío, cuando otro criado, aproximándose a su amo, le dijo:
 
- Señor, el carruaje de Vuestra Majestad se encuentra en Padua y el barco está ya listo.
 
El amo hizo un gesto y el criado se fue. Todos los comensales volvieron a mirarse más extrañados todavía. Un tercer criado se acercó también a un tercer extranjero y le dijo:
 
- Señor, debéis escucharme, Vuestra Majestad no debe permanecer aquí ni un minuto más: voy a prepararlo todo.
 
E inmediatamente desapareció. En aquel momento Cándido y Martín creyeron que se trataba de una broma de carnaval. Un cuarto criado le dijo al cuarto amo:
 
- Señor, Vuestra Majestad puede partir cuando quiera.
 
Y salió lo mismo que los demás. El quinto criado se comportó igual con el quinto amo. Pero el sexto criado habló de manera diferente al sexto extranjero que estaba junto a Cándido, diciéndole:
 
- Os juro, señor, que ya no nos fían ni a Vuestra Majestad ni a mí, por lo que nos podrían meter entre rejas esta noche, a vos y a mí, así que yo voy a arreglar mis asuntos, adiós.
 
Una vez idos todos los criados, los seis extranjeros, Cándido y Martín guardaron un profundo silencio, que Cándido rompió por fin diciendo:
 
Señores, se trata de una broma un tanto particular. ¿Por qué todos son reyes? Yo les confieso que ni Martín ni yo lo somos.
 
El amo de Cacambo habló con gravedad entonces y dijo en italiano:
 
- No estoy bromeando, me llamo Achmet III, y durante varios años he sido sultán; yo destroné a mi hermano; mi sobrino me destronó a mí y degolló a mis visires; ahora veo acabar mis días en el viejo harén; mi sobrino, el gran sultán Mahmond, me permite a veces viajar por motivos de salud y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
Un joven que se encontraba cerca de Achmet habló tras él, y dijo:
 
- Yo me llamo Iván y he sido emperador de todas las Rusias; estando en la cuna me destronaron, y a mi padre y a mi madre les encarcelaron; he sido educado en la cárcel; a veces me permiten viajar, acompañado por mis guardianes y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
El tercero dijo:
 
- Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra; mi padre me cedió sus derechos al reino y he luchado por defenderlos; arrancaron el corazón a ochocientos partidarios míos y les golpearon con ellos en las mejillas; me han encarcelado; voy a Roma a visitar a mi padre el rey, destronado como yo, y a mi abuelo; y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
A continuación tomó la palabra el cuarto y dijo:
 
- Soy rey de los polacos; la guerra me ha privado de las tierras que heredé y mi padre sufrió igual suerte; me resigno ante la Providencia como el sultán Achmet, el emperador Iván y el rey Carlos Eduardo, ¡que Dios les conceda larga vida! Yo he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
El quinto dijo:
 
- Yo también soy rey de los polacos; dos veces he perdido mi reino, pero la Providencia me ha concedido otro estado en el que he hecho más bien que el que hayan podido hacer a orillas del Vístula todos los reyes de los sármatas juntos. Yo también acepto los designios de la Providencia y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
Faltaba explicación del sexto monarca.
 
- Señores -dijo-, ustedes tienen mayor dignidad que yo; pero yo también he sido rey como cualquier otro; soy Teodoro y fui elegido rey de Córcega. Entonces me daban tratamiento de Vuestra Majestad, mientras que ahora apenas si me llaman señor; acuñaba moneda y ahora no poseo ni un céntimo; tenía dos secretarios de Estado y ahora ni un criado; me he sentado en un trono y en Londres he estado durante mucho tiempo en la cárcel durmiendo sobre paja; presiento que voy a ser tratado aquí de la misma manera, aunque haya venido, como Vuestras Majestades, a pasar el carnaval en Venecia.
 
Los otros cinco reyes escucharon estas palabras con generosa compasión. Cada uno entregó al rey Teodoro veinte cequíes venecianos para que se comprara ropa de vestir, y Cándido le regaló un diamante que valía dos mil cequíes, ante lo cual los cinco reyes se preguntaban: Pero ¿quién será este hombre especial que puede dar cien veces más que cada uno de nosotros y que además lo da? En ese mismo momento en que se retiraban de la mesa, llegaron a aquella fonda otras cuatro altezas serenísimas que también habían perdido sus Estados a causa de la guerra y que venían a pasar el resto del carnaval en Venecia. Cándido ni siquiera reparó en aquella gente pensando tan sólo en ir a Constantinopla en busca de su querida Cunegunda.
 
 

Voltaire: François-Marie Arouet (Francia, 1694-1778).

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