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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

sábado, 30 de abril de 2016

Carnaval: DAVID GOLDER, de Irène Némirovsky

"... la calle de Niza en aquella noche de Carnaval, llena de máscaras que pasaban cantando..."
 
(Fragmento del capítulo XVIII)
 
- ¡Antes! -repitió ella-, ¿sabes cuántos años hace?... Es espantoso...
 
- Cerca de veinte años.
 
- Desde 1901. Fue en el carnaval de Niza de 1901. ¡Veinticinco años!
 
- Sí -murmuró él-, una extranjerita extraviada en las calles, con su sombrero de paja, su vestido sencillo... ¡Qué pronto cambió todo aquello!
 
- Entonces me querías... y... Ahora no tienes cariño más que al dinero... Ya lo sé, ya... Si no fuese por mi dinero.
 
Él se encogió de hombros.
 
- ¡Chitón! ¡Chitón! No te enfades, que te pones más vieja... y esta noche me siento muy tierno... ¿Te acuerdas, Gloria?
 
- Sí.
 
Callaron ambos, evocando al mismo tiempo, sin duda, la calle de Niza en aquella noche de Carnaval, llena de máscaras que pasaban cantando; las palmeras, la luna, el vocerío de la muchedumbre en la plaza de Masséna..., su juventud..., la hermosa noche, voluptuosa y fácil, como una romanza napolitana...
 
 
 Irène Némirovsky
(Escritora en lengua francesa nacida en Rusia y muerta en Auschwitz, 1903-1942).

La ilustración corresponde a una tarjeta postal del carnaval de Niza. 

viernes, 29 de abril de 2016

Carnaval: LA EXPIACIÓN, de Silvina Ocampo


"... en la semana de carnaval descubrí (...) ese muñeco hecho de estopa, con grandes ojos azules..." 

(Fragmento)

Ruperto, ignorando la mala impresión que causaban sus visitas, venía con la misma frecuencia y con los mismos hábitos. A veces, cuando yo me retiraba del patio para evitar sus miradas, mi marido con algún pretexto me hacía volver. Pensé que de algún modo le agradaba aquello que tanto le desagradaba. Las miradas de Ruperto me parecían ya obscenas, me desnudaban bajo la sombra del parral, me ordenaban actos inconfesables cuando a la caída de la tarde una brisa fresca acariciaba mis mejillas. Antonio, en cambio, nunca me miraba o fingía no mirarme, según me lo aseguraba Cleóbula. No haberlo conocido, no haberme casado con él, ni conocido sus caricias, para volver a encontrarlo, a descubrirlo, a entregarme a él, fue durante un tiempo uno de mis deseos más ardientes. ¿Pero quién recupera lo que ya perdió?

Me incorporé, me dolían las piernas. No me gusta estar quieta tanto tiempo. ¡Qué envidia tengo a los pájaros que vuelan! Pero los canarios me dan pena. Parece que sufrieran cuando obedecen.

Antonio no trataba de evitar las visitas de Ruperto: por lo contrario, las fomentaba. Durante los días de carnaval llegó al extremo de invitarlo a quedarse en nuestra casa, una noche en que se demoró hasta muy tarde. Tuvimos que alojarlo en el cuarto que Antonio ocupaba provisoriamente. Aquella noche, como la cosa más natural del mundo, volvimos a dormir juntos, mi marido y yo, en la cama de matrimonio. Mi vida se encauzó de nuevo desde aquel momento en su antigua normalidad; así lo creí, al menos.

Vislumbré en un rincón, debajo de la mesa de luz, el famoso muñeco. Pensé que podría recogerlo. Como si hubiese hecho un ademán, Antonio me dijo:

-No te muevas.

Recordé aquel día en que al acomodar los cuartos, en la semana de carnaval, descubrí, para mal de mis pecados, arrumbado sobre el armario de Antonio, ese muñeco hecho de estopa, con grandes ojos azules, de un material blando, como de género, con dos círculos oscuros en el centro, imitando las pupilas. Vestido de gaucho hubiera servido de adorno en nuestro dormitorio. Riendo se lo mostré a Antonio, que me lo quitó de las manos con fastidio.

-Es un recuerdo de infancia -me dijo-. No me gusta que toques mis cosas.

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993)
El texto íntegro se puede leer en Ciudad Seva

lunes, 18 de abril de 2016

Carnaval: EL ESCULTOR DE MÁSCARAS, de Fernand Crommelynck


(Principio del tercer acto)

La tienda. La habitación está a oscuras. Todas las ventanas están abiertas.

Pascal está solo en la tienda. Afuera, los cantos se escuchan cada vez más cerca. Es época de carnaval, con su irrestricto e incansable júbilo.

Una canción:
Zapatos blancos de madera, clack,
clack, zapatos blancos de madera.
Bonitos zapatos blancos de madera
sobre el pavimento de piedra.

(Se escuchan zapatos de madera siguiendo al ritmo de la canción).

Voces: ¡A la taberna del Caballo Marino! ¡Vamos! ¡A la taberna del Caballo Marino! (Se escuchan campanas y tambores).

La canción (a la distancia): Tra-la-la-la baila y larga vida al zapatero. Zapatero del muelle, ¡haz tu trabajo!

(Pascal mira hacia afuera. Silencio. Magdalena baja de las habitaciones superiores. No la escucha. Camina hacia él y le llama con dulzura).

Magdalena: ¡Pascal!

Pascal (se vuelve de manera abrupta, aterrado): ¿Qué?... ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? (suspira). ¡Ah! Eres tú...

Magdalena (triste): ¿De qué tienes miedo? (Él no responde. Silencio).
 
Pascal (obsesivo): Los árboles en el jardín del convento florecen; el cuarto se llena con el olor de las hojas frescas... La gente va a bailar toda la noche. (Ríe nervioso) Bailarán, sí... o también pasearan por el campo... las muchachas y los jóvenes... se irán perdiendo de dos en dos, entre las ramas... ¡Ah! ¡Ah! ¡Sí!... y sus risas se escucharán en la oscuridad, bajo el cielo. (Se queja) Y yo siento dolor.

Magdalena (con tristeza): Vamos a cerrar la casa.

 
Fernand Crommelynck (Dramaturgo belga nacido y muerto en Francia, 1886-1970).
 
La ilustración corresponde a Annemarie Seidel y Fritz Korner en la puesta en escena de El escultor de máscaras, estrenada en Berlín el 12 de mayo de 1920.

sábado, 16 de abril de 2016

Carnaval: PERVERZION, de Yuri Andrujovich

"El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande..."

(Fragmento del capítulo 2)

Nosotros en Venecia estamos inclinados a pensar que la pérdida del Carnaval ya ha ocurrido. Lo podemos ver. Casi nadie se da cuenta de esto -para que el Carnaval exista, debe repetirse año tras año, muchas veces, por varias razones, con fuego y máscaras, con vino y danzas. El Carnaval existe, cualquiera podrá decirlo entre quienes todavía (o que ya) no lo ven y que son incontables. El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande, está donde quiera y es ininterrumpido, aquellos con mala fe lo dirán. 
 
Pero, ¿es realmente de esa manera? ¿O sólo es una medida de aquello tragado y devorado? ¿Con increíbles enjambres de turistas, japoneses, servicios hoteleros, diversiones, o con la devolución del dinero y las pérdidas por pirotecnias? ¿Y si esto es sólo pura mecánica, maquinaria, fría industria, consumo masivo, conducta parasitaria permanente? ¿Qué tal si sólo es una trampa?
 
Parece que junto con el Carnaval nos perdemos nosotros mismos. ¿Somos todavía capaces de amar, reír, o llorar? ¿Estamos lo suficientemente vivos para vivir? ¿O para hacer algo más? Esta es una pregunta que vale la pena...
 
 
Yuri Andrujovich (Ucrania, 1960)

jueves, 14 de abril de 2016

Carnaval: EL SEÑOR DEL CARNAVAL, de Craig Russell

"... y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad..."
 
(Fragmento del capítulo 9)

Lo que le llamó de inmediato la atención a Fabel fue que el informe no hablaba solamente de asesinatos que ya habían ocurrido: también se refería a un asesinato esperado. Estaba claro que eso es algo que ocurre siempre cuando hay sospecha de un asesino en serie, pero en este caso la Policía de Colonia no sólo esperaba otro asesinato, sino que incluso tenía una idea bastante clara del día en el que iba a producirse.
 
La gran fiesta de Colonia era el Karneval, la desenfrenada celebración que tenía lugar cada año antes de la Cuaresma. A Fabel, como protestante germano del norte, el carnaval le resultaba algo ajeno. Sabía en qué consistía, por supuesto, pero nunca lo había experimentado más que en los reportajes que había visto por televisión. Incluso Colonia le resultaba una ciudad poco familiar: había estado en ella sólo un par de veces, y nunca demasiado tiempo. A medida que se adentraba más en el caso se encontraba perdido en un entorno de monumentos desconocidos. Pensó en lo difícil que sería para una unidad como la que proponían Van Heiden y Wagner funcionar eficazmente por todo el territorio alemán. Un país, un conjunto de culturas distintas; y si se tenían en cuenta el Este y el Oeste, hasta dos historias distintas.
 
El carnaval de Colonia era algo único. Más al sur había las formas más tradicionales de Fasching y Fastnacht. En Dusseldorf, la eterna rival de Colonia, o en Mainz, el carnaval adoptaba una forma similar pero no alcanzaba nunca la exuberancia anárquica del de Colonia. Esta celebración era mucho más que una fecha en el calendario: formaba parte de la personalidad de la ciudad, definía lo que significa ser de Colonia.

Fabel ya había oído hablar del caso; como todos los crímenes de este tipo, los tres asesinatos presentaban todos los ingredientes de un buen titular morboso: el asesino que buscaba la Policía de Colonia atacaba sólo por carnaval. Sólo había dos víctimas: una el año anterior, la primera el año antes, pero el agente al frente de la investigación —el Seniorkommissar Benni Scholz— había reconocido el modus operandi del asesino nada más llegar a la segunda escena del crimen, y había advertido a sus superiores de que dentro de la misma temporada de carnaval podía haber otro asesinato, pues temía una escalada de la actuación en serie del criminal. No hubo más crímenes, pero Fabel estaba de acuerdo con el comisario sin rostro en que el asesino volvería a actuar: este año, durante el próximo carnaval.
 
Fabel puso los informes del caso sobre la mesita. Las dos víctimas tenían casi treinta años, eran mujeres y solteras. Sus historiales tenían poco en común: Sabine Jordanski era peluquera; Melissa Schenker trabajaba en casa en algo parecido al diseño de software. Si Jordanski era la alegría de la fiesta, Schenker, en cambio, fue una persona reservada, tranquila y casi de vida recluida. Jordanski era natural de Colonia, nacida y criada en la ciudad; Schenker provenía de Kassel y llevaba tres años viviendo allí. Durante la investigación no se les descubrieron ni amigos ni conocidos comunes, ningún vínculo aparte de la manera en que se tropezaron con la muerte.
 
Ambas mujeres habían sido estranguladas; había pruebas de estrangulación manual y del uso posterior de una ligadura: las corbatas masculinas que había dejado en sus cuellos como firma el asesino. Scholz había explicado el posible significado de esta firma: el Weiberfastnacht era una fecha clave en el calendario del carnaval de Colonia, se celebraba siempre el último jueves antes de Cuaresma y era la noche del carnaval de las Mujeres, cuando ellas mandaban. Todas las féminas de Colonia tenían derecho a exigirle un beso a cualquier hombre, y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad, así se invertía la tradicional autoridad de los hombres sobre las mujeres. En los ambientes más ilustrados e igualitarios, la costumbre no pasaba de cierta diversión, pero el Kommissar Scholz expresó su sospecha de que para el asesino significara mucho más. Sospechó que el asesino podía estar motivado por una misoginia psicótica o por un resentimiento de tipo sexual contra las mujeres. Scholz presentía claramente que este punto de vista explicaba la desfiguración post mortem de los cuerpos: aproximadamente medio kilo de carne había sido extraído de la nalga derecha de ambas víctimas. Fabel podía ver la lógica del agente de Colonia, pero la consideraba prematura. Sospechaba que en ese asesino había más de lo que se adivinaba.

Craig Russell (Inglaterra, 1956)

miércoles, 13 de abril de 2016

Carnaval: EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM, de Heinrich Böll


(Fragmento)

Cuando finalmente, alrededor de las diez y quince, condujeron a Katharina Blum desde su piso a la comisaría, con objeto de proceder al interrogatorio, en el último momento renunciaron a ponerle las esposas. Beizmenne quiso insistir para que se las colocaran, pero, después de un breve diálogo con la funcionaria Pletzer y su asistente Moeding, se dejó convencer. Debido al carnaval, que comenzaba aquel día, numerosos vecinos de la casa no habían acudido al trabajo y aún no habían salido para presenciar las cabalgatas y fiestas que, a semejanza de las saturnales, se celebran todos los años. De modo que, aproximadamente, tres docenas de habitantes del edificio de apartamentos de diez pisos, se congregaban en el vestíbulo, vistiendo abrigos, batas y albornoces.

El fotógrafo de prensa Schönner se encontraba a pocos pasos del ascensor cuando salía de éste Katherina Blum, entre Beizmenne y Moeding, y escoltada por funcionarios armados. La fotografiaron varias veces por todos los lados, y al final la retrataron despeinada y con una expresión poco amable. Ella intentó repetidas veces esconder la cara, que reflejaba vergüenza y confusión, y así se hizo un lío con el bolso, el neceser y una bolsa de plástico en la que llevaba los libros y los utensilios para escribir.
 

  
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972.

martes, 12 de abril de 2016

Carnaval: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"... en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse."

(Fragmento)
 
Martes de carnaval

Maurice Barrès, recibió una buena tunda. Éramos tres soldados y uno de nosotros tenía un agujero en medio de la cara. Maurice Barrès se acercó y nos dijo: “¡Está bien!” y entregó a cada uno un ramillete de violetas. “No sé dónde meterlo”, dijo el soldado de la cabeza agujereada. Entonces Maurice Barrès dijo. “Debe ponérselo en medio del agujero que tiene usted en la cabeza”. El soldado respondió: “Voy a metértelo en el culo”. Y pescamos a Maurice Barrès y le quitamos los pantalones. Debajo del calzoncillo llevaba una vestidura roja de cardenal. Levantamos la vestidura y Maurice Barrès se puso a gritar: “Atención, tengo pantalones con trabillas”. Pero lo azotamos hasta hacerle sangre y en el trasero le dibujamos, con los pétalos de las violetas, la cabeza de Déroulède.
 
Recuerdo mis sueños con gran frecuencia después de un tiempo. Además, he de moverme mucho tiempo mientras duermo porque a la mañana encuentro toda la ropa en el suelo. Hoy es martes de carnaval, pero en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel en 1964.

miércoles, 6 de abril de 2016

Carnaval: LA BROMA, de Milan Kundera

"... canciones que se cantaban en carnaval..."

(Fragmento del capítulo 6)

La canción popular nacía como una estalactita. Gota a gota se revestía de nuevos motivos y nuevas variantes. Iba pasando de generación en generación y cada uno de los que la cantaban le añadía algo nuevo. Cada canción tenía muchos creadores y todos ellos desaparecían humildemente detrás de su obra. Ninguna canción popular existía así porque sí. Tenía su función. Había canciones que se cantaban en las bodas, canciones que se cantaban al terminar la siega, canciones que se cantaban en carnaval, canciones para las Navidades, para la recogida del heno, para bailar y para los entierros. Tampoco las canciones amorosas existían al margen de ciertas ceremonias habituales. Los paseos vespertinos por la aldea, el canto bajo las ventanas de las muchachas, el noviazgo, todo eso tenía un rito colectivo y en ese rito las canciones tenían su sitio establecido.


    Milan Kundera (Escritor de origen checo nacionalizado francés; 1929).
 
La ilustración corresponde al carnaval de Praga.