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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

lunes, 30 de mayo de 2016

Carnaval: LA REINA, de José Emilio Pacheco

"... la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración."

(Fragmento)

Con grandes dificultades llegó a la esquina elegida. El calor y el estruendo informe, la promiscua contigüidad de tanto extraños le provocaban un malestar confuso. Entre aplausos apareció la descubierta de charros y chinas poblanas. Bajo gritos y música desfiló la comparsa inicial: los jotos vestido de pavos reales. Siguieron mulatos disfrazados de vikingos, guerreros aztecas cubiertos de serpentinas, estibadores con bikinis y penachos de rumbera.

Desfilaron cavernarios, kukluxklanes, la corte de Luis XV con sus blancas pelucas entalcadas y sus falsos lunares, Blanca Nieves y los Siete Enanos (Adelina sentía que la empujaban y la manoseaban), Barbazul en plena tortura y asesinatode sus mujeres, Maximiliano y Carlota en Chapultepec, pieles rojas, caníbales teñidos de betún y adornados con huesos humanos (la transpiración humedecía su espalda), Romeo y Julieta en el balcón de Verona, Hitler y sus mariscales llenos de suásticas, gigantes y cabezudos, James Dean al frente de sus rebeldes sin causa, Pierrot, Arlequín y Colombina, doce Elvis Presley que trataban de cantar en inglés y moverse como él. (Adelina cerró los ojos ante el brillo del sol y el caos de épocas, personajes, historias.)

Empezaron los carros alegóricos, unos tirados por tractores, otros improvisados sobre camiones de redilas: el de la Cervecería Moctezuma, Miss México, Miss California, notablemente aterrada por lo que veía como un desfile salvaje, las Orquídeas del Cine Nacional, el Campamento Gitano -niñas  que lloriqueaban por el calor, el miedo de caerse y la forzada inmovilidad-, el Idilio de los Volcanes según el calendario de Helguera, la Conquista de México, las Mil y una Noches, pesadilla de cartón, lentejuelas y trapos.

La sobresaltaron un aliento húmedo de tequila y una caricia envolvente: -Véngase, mamasota, que aquí está su rey-. Adelina, enfurecida, volvió la cabeza. Pero ¿hacia quién, cómo descubrir al culpable entre la multitud burlona o entusiasmada? Los carros alegóricos seguían desfilando: Los Piratas en la Isla del Tesoro, Sangre Jarocha, Guadalupe la Chinaca, Raza de Bronce, Cielito Lindo, la Adelita, la Valentina y Pancho Villa, los Buzos en el país de las sirenas, los astronautas y los extraterrestres.

Desde un inesperado balcón las Osorio, muertas de risa, se hicieron escuchar entre las músicas y gritos del carnaval: -Gorda, gorda: sube. ¿Qué andas haciendo allí abajo, revuelta con la plebe y los chilangos? La gente decente de Veracruz no se mezcla con los fuereños, mucho menos en carnaval.

Todo el mundo pareció descubrirla, observarla, repudiarla. Adelina tragó saliva, apretó los labios: Primero muerta que dirigirles la palabra a las Osorio. Por fin, el carro de la reina y sus princesas. Leticia Primera en su trono bajo las espadas cruzadas de los cadetes. Alberto junto a ella muy próximo. Leticia toda rubores, toda sonrisitas, entre los bucles artificiales que sostenían la corona de hojalata. Leticia saludando en todas direcciones, enviando besos al aire.

- Cómo puede cambiar la gente cuando está bien maquillada -se dijo Adelina. El sol arrancaba destellos a la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración. Leticia Primera recibía feliz la gloria que iba a durar unas cuantas horas, en un trono destinado a amanecer en un basurero. Sin embargo Leticia era la reina y estaba cinco metros por encima de quien la miraba con odio.


José Emilio Pacheco (México, 1939)

viernes, 27 de mayo de 2016

Carnaval: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (páginas 79 y 80)


Diana te ha llamado por navidad y año nuevo. El plan para llevarse a la niña resultó efectivo, puesto que llegó sin contratiempos. Por su parte, ella ha tenido que trabajar en algo diferente, a su familia no le iba a causar ninguna gracia que se anduviera encuerando enfrente de señores tomados y, como suele suceder en provincia, se practica el pasatiempo del chisme y es muy fácil que todo se sepa. Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar unos días juntos.
(...)

En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño, tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y  las comparsas. La gente disfrazada tomaba por asalto las calles. Entonces no comprendiste por qué decían que las familias ya no se podían divertir, y tenían que retirarse cuando algún marido ofendido empezaba el forcejeo con el marciano, Capulina y un médico orate que le decía: "Nomás le sobé su nalguita porque le voy a inyectar unas vitaminas", presumiendo una enorme jeringa de cartón, mientras la mujer procuraba cubrir con un pañuelo las heridas en el rostro doblemente agraviado de su esposo. Tenías seis años entonces y hace tanto que saliste del puerto, que ignoras si todavía hay carnaval en Tampico. Aunque, en realidad, en las circunstancias actuales, unos disfraces más o menos no importan gran cosa.


Jules Etienne

miércoles, 25 de mayo de 2016

CARNAVAL, de Adrian Păunescu

"Tenemos que estar enmascarados otra vez, sólo así podremos reconocernos..."


La mayor sorpresa
el choque más grande,
entre tanta locura,
el punto culminante
de nuestro baile de máscaras
en el que
nadie
ha conocido nunca a nadie
fue cuando alguien
tuvo
la genial idea
de que se parecieran
todas nuestras mujeres reales.
 
Tenemos que estar enmascarados
otra vez
sólo así podremos
reconocernos
para darnos
los buenos días.
 
 
Adrian Păunescu (Rumania, 1943-2010)

lunes, 23 de mayo de 2016

Carnaval: EL AMANTE BILINGÜE, de Juan Marsé

"... se metía en algún bar del Raval con el acordeón..."

15

Pronto llegaron las noches de carnaval y la inquietud de Marés aumentó. Terminaba su jornada laboral y no se iba a casa, se metía en algún bar del Raval con el acordeón colgado al hombro, pedía una bocata y un vaso de vino y sufría ataques de melancolía y de llanto.

Entraba en los lavabos para mirarse en los espejos: en una ciudad esquizofrénica, de duplicidades diversas, pensaba, lo que el ciudadano indefenso debe hacer es mirarse en el espejo con frecuencia para evitar sorpresas desagradables... Alguien, no sabía quien, le seguía a todas partes.

La noche del martes, Marés y Serafín, el chepa, estaban en un bar de las Ramblas bebiendo vino blanco en la barra. Fuera hacía frío, pero no mucho. Serafín iba disfrazado de limpiabotas ramblero y sostenía firmemente con la mano derecha una auténtica caja de betún. Llevaba en el ojo izquierdo el parche que le había prestado Marés y una peluca azabache bastante asombrosa, abundante y rizada, además de patillas y bigote postizo. Parece un niño disfrazado de viejo, pensó Marés.


Olga entró en el bar, besó a Serafín en la mejilla y le dijo:


- Primo, solete, qué disfraz más bonito.
- ¿Te gusta, Olguita?
- Chachi, de verdad.

Le corrigió el bigote y volvió a besarle. Ella no iba disfrazada. Llevaba un chaquetón de pieles sobadas que olía suavemente a caramelo y una falda verde abierta en el costado. Cinco minutos antes estaba en la acera del restaurante Amaya discutiendo el precio de un polvo con un cliente. Era una muchacha bajita y culona con perfil de gato. Se sentó en la barra, pero no quiso beber nada. El plan para esta noche era tomar unas tapas y unos vinos por ahí y después llevar a su primo Serafín a la fiesta de disfraces que daba su amiga Rosario.

- Te prometí que lo pasaríamos en grande y vas a ver -dijo Olga palmeando la chepa de Serafín. Te acordarás de esta noche y de la prima Olga.

Pero no parecía muy entusiasmada con la idea. A Marés lo miró con recelo un par de veces. Le preguntó si también iba a la fiesta de Rosario y, al decirles Marés que no, se tranquilizó. Entonces miró al chepa de arriba a abajo con una mirada rápida y furtiva que entristeció a Marés. Luego, de pronto, exclamó ¡mierda, dónde tengo la cabeza!, y se golpeó la frente con una mano. Dijo que se había olvidado de devolverle a una compañera unos dineros que necesitaba de urgencia. Prometió volver en diez minutos. Besó a su primo en las patillas postizas, brincó del taburete y se fue.

 
Juan Marsé (España, 1933)


lunes, 16 de mayo de 2016

Carnaval: RELATO SOÑADO, de Arthur Schnitzler

"... una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette..."
 
(Fragmento)

- Pero si ya te lo he dicho… sin disfraz y sin máscara…

- Hay tiendas que los alquilan.

- ¡A la una de la madrugada!

Escúchame, Nachtigall. En la esquina de la Wickenburgstrasse hay un establecimiento de ésos. Todos los días paso unas cuantas veces por delante de su muestra -y apresuradamente, con creciente excitación-: Quédate aquí un cuarto de hora más, Nachtigall, y entretanto probaré allí mi suerte. El propietario del establecimiento vivirá probablemente en la misma casa. Si no… renunciaré. Que el destino decida. En esa misma casa hay un café, Café Vindobonna se llama, creo. Le dices al cochero… que has olvidado algo en él, entras, yo te espero cerca de la puerta, tú me dices rápido la contraseña y vuelves a subir al coche; yo, si he conseguido procurarme un disfraz, cogeré rápidamente otro coche y te seguiré… y el resto ya se verá. Tu riesgo, Nachtigall, te doy mi palabra, lo asumiré yo en cualquier caso.

Nachtigall había tratado de interrumpir a Fridolin varias veces, pero en vano. Fridolin arrojó el dinero de la cuenta sobre la mesa, con una propina demasiado generosa que le pareció apropiada al estilo de aquella noche, y salió. Fuera había un coche cerrado e, inmóvil en el pescante, un cochero, totalmente de negro, con chistera…; como un coche fúnebre, pensó Fridolin. Al cabo de unos minutos, con paso rápido, llegó a la casa de la esquina que buscaba, llamó y preguntó al portero si Gibisier, el del alquiler de disfraces, vivía allí, confiando en secreto en que no viviera. Pero Gibisier vivía efectivamente allí, en el piso situado debajo del establecimiento, y el portero no pareció siquiera muy sorprendido de aquella visita tardía, sino que, afable por la considerable propina que Fridolin le dio, observó que, durante los Carnavales, no era tan raro que viniera gente a aquellas horas de la noche para alquilar disfraces. Alumbró desde abajo con su vela hasta que Fridolin llamó en el primer piso. El señor Gibisier, como si hubiera estado aguardando a la puerta, le abrió en persona; era delgado, barbilampiño y calvo, y llevaba una bata de flores pasada de moda y un fez con borla, por lo que parecía un ridículo anciano de comedia. Fridolin le expuso sus deseos, mencionando que el precio no importaba, a lo que el señor Gibisier, casi desdeñoso, observó:
 
- Yo sólo cobro lo debido y nada más.
 
Hizo subir a Fridolin a la tienda por una escalera de caracol. Olía a seda, terciopelo, perfumes, polvo y flores secas; de la flotante oscuridad surgían destellos plateados y rojos; y de pronto brillaron una multitud de pequeñas lamparillas entre los abiertos armarios de un pasillo estrecho y largo que se perdía hacia el fondo en tinieblas. A derecha e izquierda colgaban disfraces de toda clase; a un lado caballeros, escuderos, aldeanos, cazadores, sabios, orientales, bufones; al otro damas de la corte, doncellas, aldeanas, camareras, reinas de la noche. Encima de los disfraces estaban los correspondientes sombreros, y Fridolin tuvo la impresión de avanzar por una avenida de ahorcados a punto de invitarse a bailar mutuamente. El señor Gibisier lo seguía.
 
- ¿Desea el señor algo especial? ¿Luis XIV? ¿Directorio? ¿Alemán antiguo?
 
- Necesito una cogulla oscura de monje y una máscara negra, nada más.
 
En ese momento se oyó al fondo del pasillo un tintineo de cristal. Fridolin, asustado, miró a la cara al del alquiler de máscaras, como si éste tuviera que darle una explicación inmediata. Gibisier, sin embargo, permaneció imperturbable, buscando a tientas un conmutador escondido en alguna parte… y una claridad cegadora se derramó enseguida hasta el fondo del pasillo, en donde pudo verse una mesita cubierta de platos, vasos y botellas. De dos sillas, a derecha e izquierda, se levantaron sendos jueces de la Santa Vehme con togas rojas, mientras al mismo instante desaparecía una criatura luminosa y delicada. Gibisier se precipitó hacia allí a grandes zancadas, metió la mano bajo la mesa y sacó una peluca blanca, mientras al mismo tiempo, después de salir reptando de debajo de la mesa, una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette y con medias de seda blancas, venía corriendo por el pasillo hacia Fridolin, que no tuvo más remedio que recibirla en sus brazos. Gibisier había dejado caer la peluca blanca sobre la mesa y tenía sujetos a derecha y a izquierda, por los pliegues de sus togas, a los jueces de la Santa Vehme. Al mismo tiempo gritó a Fridolin:   
- Señor, sujete a esa chica.
 
La pequeña se apretaba contra Fridolin, como si él debiera protegerla. Tenía la estrecha carita empolvada de blanco y con lunares postizos, y de sus delicados pechos ascendía un perfume de rosas y polvos... sus ojos sonreían con picardía y sensualidad.

 - Señores -exclamó Gibisier-, se van a quedar aquí hasta que los entregue a la policía.

 - ¿Pero qué se imagina? -exclamaron los dos. Y, al unísono-: Hemos aceptado una invitación de la señorita.
 
Gibisier los soltó, y Fridolin oyó cómo les decía:
 
- Sobre eso tendrán que explicarse mejor. ¿O es que no se dieron cuenta de inmediato que se trataba de una loca? -Y, volviéndose a Fridolin-: Perdone este incidente, señor.
 
- Oh, no importa -dijo Fridolin.
 
Hubiera preferido quedarse allí o llevarse consigo a la pequeña, a donde fuera… y cualesquiera que fueran las consecuencias. Ella lo miraba seductora e infantilmente, como hechizada. Los jueces de la Santa Vehme, al fondo del pasillo, conversaban entre sí excitados; Gibisier se volvió seriamente a Fridolin y le preguntó:
 
- ¿Quería una cogulla, señor, un sombrero de peregrino, una máscara?
 
- No -dijo Pierrette con ojos brillantes-, tienes que darle a este señor un manto de armiño y un jubón de seda roja.
 
- Tú no te muevas de aquí -le dijo Gibisier, y señaló una cogulla oscura que colgaba entre un lansquenete y un senador veneciano-. Ésa es de su talla, y aquí está el sombrero a juego; cójalos, vamos.
 

Arthur Schnitzler (Austria, 1862-1931)

sábado, 14 de mayo de 2016

Carnaval: AURÉLIE O EL SUEÑO Y LA VIDA, de Gérard de Nerval

"El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia, desterró todas mis ideas melancólicas."
 
(Fragmento del primer capítulo)
 
Cada cual puede buscar en sus recuerdos la emoción más dolorosa, el golpe más terrible con que el destino haya castigado su alma; entonces hay que resolver entre morir o vivir: diré más adelante por qué no escogí la muerte. Condenado por aquella a la que amaba, culpable de una falta de la que no esperaba ya perdón, no me quedaba otra cosa que entregarme a los excesos más vulgares: así, fingí alegría e indolencia, y recorrí el mundo, locamente seducido por la variedad y el capricho; me gustaban sobre todo las indumentarias y las extrañas costumbres de lejanos países; me parecía que desplazaba así las condiciones del bien y del mal; los términos, por decirlo así, de lo que es sentimiento para nosotros los franceses. "Qué locura -me decía- amar así con un amor platónico a una mujer que ya no nos ama. Es culpa de mis lecturas; he tomado en serio las invenciones de los poetas, y he construido una Laura o una Beatriz de una persona cualquiera de nuestro siglo..." Pasemos a otras intrigas, y ésta quedará pronto olvidada. El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia desterró todas mis ideas melancólicas. Me sentía tan dichoso por el alivio que experimentaba, que acabé por hacer partícipes de mi alegría a todos mis amigos, y, en mis cartas, les presentaba como una constante del estado de mi espíritu lo que no era sino excitación febril.

Gérard de Nerval (Francia, 1808-1855)
 
(Traducido al español por Jorge Segovia)

martes, 10 de mayo de 2016

Carnaval: LA PIEL DE ZAPA, de Honoré de Balzac

"A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas..."

(Fragmento del capítulo II: La mujer sin corazón)

Apenas formulada la proposición, Taillefer salió a comunicar las órdenes oportunas. Las mujeres se situaron lánguidamente ante los espejos, para reponer el desorden de sus tocados. Todos sacudieron la pereza. Los más viciosos exhortaron a los más comedidos. Las cortesanas se burlaron de los que aparentaban carecer de energías para continuar el rudo jolgorio. En un momento, aquellos espectros se animaron, formaron corrillos, charlaron y bromearon. Unos cuantos camareros hábiles y diligentes, dispusieron rápidamente la mesa y sus accesorios y sirvieron un opíparo almuerzo. Los comensales invadieron atropelladamente el comedor, donde, si todo llevó el sello imborrable de los excesos de la víspera, hubo al menos vestigios de vida y de raciocinio, como en las postreras convulsiones de un moribundo. A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas de sus danzas, ebrias de embriaguez, y empañadas en tildar al placer de impotencia, por no confesarse la propia.

 
Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).

La ilustración corresponde a Fiesta de disfraces (detalle), de Guillermo Lorca.

lunes, 9 de mayo de 2016

Carnaval: CLEOPATRA, de Mario Benedetti

"Así mis hermanos fueron: un mosquetero, un pirata, un cura, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra..."
 
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
 
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
 
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme para la vuelta a casa.
 
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
 
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
 
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
 
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock and roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
 
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
 
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
 
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
 
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.


Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)

domingo, 8 de mayo de 2016

Carnaval: CONFESIONES DE UN BURGUÉS, de Sándor Márai

"... cosiendo con la criada y la niñera para vestirnos de deshollinador, de payaso, de hada o de bruja..."

(Fragmento del capítulo 5)

Sabía organizar de maravilla las fiestas familiares, las Navidades se convertían en algo absolutamente misterioso y ancestral, la casa quedaba inmersa en un ambiente de espera nerviosa; para los carnavales organizaba en casa un baile de máscaras en el que no escatimaba esfuerzos, se pasaba semanas enteras dibujando disfraces complicadísimos y cosiendo con la criada y la niñera para vestirnos de deshollinador, de payaso, de hada o de bruja, y llegado el momento se sentaba al piano y tocaba para nosotros -pues no invitábamos a nadie- con la intención de que desfiláramos con nuestros disfraces. Hasta las criadas se disfrazaban. Sí, mi madre sí que sabía jugar. Tenía su particular forma de ver a las personas: parecía que había leído en algún libro las historias que nos contaba cuando volvía de la calle o de hacer alguna visita.

 
Sándor Márai (Húngaro nacionalizado estadounidense, 1900-1989)