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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

domingo, 31 de julio de 2016

CANÍCULA, de Guilherme de Almeida

 
Calor. Los abanicos de palmeras
y los abanicos de los platanales
se mecen lentamente,
inútilmente, bajo la luz que cae.
Todas las cosas son más reales, más humanas:
no hay mariposas azules ni tórtolas líricas,
apenas lagartijas
que se mueven casi líquidas
sobre la yerba brillosa.
A lo lejos, una última romántica
-una araponga metálica- abre
el pico de bronce en la atmósfera acústica.
 
 
Guilherme de Almeida (Brasil, 1890-1969)

sábado, 30 de julio de 2016

Canícula: EL PRADO DE BEZHIN, de Iván Turguéniev

"El sol, ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como es vísperas de la tormenta..."
 
(Fragmento inicial)

Era un glorioso día de julio, uno de esos días que sólo llegan después de muchas jornadas de buen tiempo. Desde el amanecer, el cielo está claro; la aurora no se inflama en fuegos, sino que se tiñe de suaves arreboles. El sol, ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como es vísperas de la tormenta, sino radiante y benigno, discurre plácido detrás de una larga y estrecha nube, brilla suavemente y se sumerge en su bruma de color lila. El alto borde sutil de la nubecilla reluce, serpeando, y su lustre parece el de la plata labrada. Pero he aquí que de nuevo se filtran los juguetones rayos del sol y, jovialmente, como si levantara el vuelo, vuelve a remontarse, más intenso que nunca, su fulgor. Alrededor del mediodía suelen presentarse muchedumbres de altas y redondas nubes color de oro oscuro, con tenues bordes blancos. Semejantes a islas diseminadas a lo largo de un interminable río, envueltas en sus diáfanas y transparentes mangas de uniforme azul, apenas parecen moverse de lugar; más allá, hacia el confín del horizonte, se agitan, se apelmazan hasta el punto de tapar casi por entero el cielo, traspasadas de luz y tibieza. El color del horizonte, leve, de un lila pálido, permanece inmutable todo el día, sin que en lugar alguno se oscurezca ni asomen barruntos de tormenta. Acá y allá se extienden de arriba abajo faldas cerúleas y caen algunas gotas de lluvia apenas perceptibles. Al atardecer desaparecen esas nubes, y las últimas, negruzcas y vagas cual neblina, se corren en rosados círculos frente al sol que se pone; en el lugar por donde se oculta con la misma placidez con que despuntara en el cielo, un débil fulgor perdura breve rato sobre la tierra, cada vez más oscura y centelleando débilmente como una lucecita, asoma en él la estrella de la tarde. En tales días se suavizan todos los colores, luminosos pero no brillantes, todo lleva el sello de cierta inquietante dulzura. Esos días aprieta a veces el calor, y hasta vahea en los declives de los campos; pero el aire ahuyenta, disipa el bochorno iniciado, y remolinos circulares de polvo -indicio seguro de tiempo estable- corren por los caminos y a través de los campos de labor en altas y blancas columnas. El aire, seco y puro, huele a trémula y a milhojas; y una hora antes de la anochecida no hay la menor humedad en el aire.
 
 
Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883)

viernes, 29 de julio de 2016

Canícula: NO NOS PIDAS LA PALABRA..., de Eugenio Montale

 
No nos pidas la palabra que excrute por cada lado
nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo declare y resplandezca como un azafrán
perdido en medio de un polvoriento prado.
 
¡Ah el hombre que se va seguro
de los demás y amigo de sí mismo,
y no cuida su sombra que la canícula
estampa sobre el descacarado muro!
 
No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos,
sí alguna sílaba seca y torcida como una rama.
Sólo esto podemos hoy decirte,
lo que no somos, lo que no queremos.
 
 
Eugenio Montale (Italia, 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.
 
(Traducido al español por Lorenzo Peirano)

jueves, 28 de julio de 2016

Canícula: LOS PASOS PERDIDOS, de Alejo Carpentier

"... con tal desconcierto del tránsito, que los vehículos derribaban estatuas, se extraviaban en callejones ciegos..."

(Fragmento del capítulo segundo)
 
IV

Para seguir creciendo a lo largo del mar, sobre una angosta faja de arena delimitada por los cerros que servían de asiento a las fortificaciones construidas por orden de Felipe II, la población había tenido que librar una guerra de siglos a las marismas, la fiebre amarilla, los insectos y la inconmovilidad de peñones de roca negra que se alzaban, aquí y allá, inescalables, solitarios, pulidos, con algo de tiro de aerolito salido de una mano celestial. Esas moles inútiles, paradas entre los edificios, las torres de las iglesias modernas, las antenas, los campanarios antiguos, los cimborrios de comienzo del siglo, falseaban las realidades de la escala, estableciendo otra nueva, que no era la del hombre, como si fueran edificaciones destinadas a un uso desconocido, obra de una civilización inimaginable, abismada en noches remotas. Durante centenares de años se había luchado contra raíces que levantaban los pisos y resquebrajaban las murallas; pero cuando un rico propietario se iba por unos meses a París, dejando la custodia de su residencia a servidumbres indolentes, las raíces aprovechaban el descuido de canciones y siestas para arquear el lomo en todas partes, acabando en veinte días con la mejor voluntad funcional de Le Corbusier. Habían arrojado las palmeras de los suburbios trazados por eminentes urbanistas, pero las palmeras resurgían en los patios de las casas coloniales, dando un columnal empaque de guardarrayas a las avenidas más céntricas -las primeras que trazaran, a punta de espada, en el sitio más apropiado, los fundadores de la primitiva villa-. Dominando el hormigueo de las calles de Bolsas y periódicos, por sobre los mármoles de los Bancos, la riqueza de las Lonjas, la blancura de los edificios públicos, se alzaba bajo un sol en perenne canícula el mundo de las balanzas, caduceos, cruces, genios alados, banderas, trompetas de la Fama, ruedas dentadas, martillos y victorias, con que se proclamaban, en bronce y piedra, la abundancia y prosperidad de la urbe ejemplarmente legislada en sus textos. Pero cuando llegaban las lluvias de abril nunca eran suficientes los desagües, y se inundaban las plazas céntricas con tal desconcierto del tránsito, que los vehículos conducidos a barrios desconocidos, derribaban estatuas, se extraviaban en callejones ciegos, estrellándose, a veces, en barrancas que no se mostraban a los forasteros ni a los visitantes ilustres, porque estaban habitadas por gente que se pasaba la vida a medio vestir, templando el guitarrico, aporreando el tambor y bebiendo ron en jarros de hojalata. La luz eléctrica penetraba en todas partes y la mecánica trepidaba bajo el techo de los goterones.
 
 
Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia)

miércoles, 27 de julio de 2016

Canícula: LA TORRE, de William Butler Yeats

 
(Fragmento)
 
Ojalá pudieran la luna y la luz del sol
simular un destello inextricable,
porque, si triunfo, debo enloquecer a los hombres.
 
Y yo mismo he creado a Hanrahan
y lo conduje por el alba, sobrio o embriagado,
de algún lugar en las cabañas vecinas.
Atrapado por las truhanerías de un viejo,
tropezó, cayó, anduvo a tientas de un lado para otro,
y para ofrecer sólo tenía rodillas rotas
y horrible esplendor de deseo;
lo pensé completamente hace veinte años:
Excelentes sujetos barajando naipes en un viejo corral;
y cuando llegó el tumo del anciano rufián,
hechizó a los naipes bajo su pulgar
y todos, menos uno, se convirtieron
en una baraja de sabuesos que no en una de naipes:
y al naipe lo convirtió en una liebre.
 
Hanrahan se alzó frenético
y siguió a las aullantes criaturas hasta,
oh, hasta he olvidado que. .. ¡basta!
Debo recordar a un hombre a quien ni el amor,
ni la música, ni una enemiga oreja cortada
podía estimular: estaba tan fatigado;
una figura hundida en el mito
que no existe quien pueda contar
cuando finalizaba la canícula:
un arruinado anciano, amo de esta casa.
 
Antes de aquella ruina, por siglos,
rudos guerreros, de jarreteras cruzadas en las rodillas,
o con grebas de hierro, treparon los estrechos escalones,
y ciertos guerreros había cuyas imágenes
-en la Gran Memoria almacenadas-
vinieron con gritos sonorosos y pechos sin aliento
para romper el descanso del durmiente,
mientras, en el consejo, golpeaban sus grandes dados de madera.
 
Por más que desconfíe, venga quien pueda;
venid anciano, indigente o contrahecho;
y traed a la deriva ciegas bellezas celebrantes;
el hombre rojo envió al truhan a través
de las olvidadas florestas de Dios;
la señora French dotada de tan fino oído;
el hombre ahogado en una ciénaga,
cuando Musas burlonas eligieron a la rústica pastora.
 

William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939). Obtuvo el premio Nobel en 1923.
 
La ilustración corresponde a la torre (Thoor Ballylee) que era el hogar de W. B. Yeats.

martes, 26 de julio de 2016

Canícula: EL LIRIO EN EL VALLE, de Honoré de Balzac


 
(Fragmento)

- Cese, señora -dije a mi vez-, de querer justificar al conde; haré todo cuanto quiera. Me lanzaría al instante al Indre, si pudiese así cambiar el carácter del señor de Mortsauf y darle una vida feliz. Lo único que no puedo rehacer es mi opinión; nada se encuentra más sólidamente tejido en mí. Le daría mi vida, mas no le puedo dar mi conciencia; puedo no escucharla, ¿pero puedo impedirle hablar? Así, pues, en mi opinión, el señor de Mortsauf está…
 
- Lo comprendo -dijo ella, interrumpiéndome con insólita brusquedad-, tiene razón. El conde está nervioso como una coqueta -replicó para suavizar la idea de la locura, suavizando la palabra-, mas no está así sino con grandes intervalos, una vez, a lo más, por año, en la canícula. ¡Cuántos males ha causado la emigración! ¡Cuántas hermosas existencias perdidas! Estoy segura de que él habría sido un gran guerrero, honor de su país.

- Lo sé -le dije, interrumpiéndola a mi vez y haciéndole comprender que era inútil tratar de engañarme.

Ella se detuvo, posó una de sus manos sobre su frente y me dijo:

- ¿Quién lo ha introducido así en mi intimidad? ¿Acaso quiere Dios enviarme un socorro, una viva amistad que me sostenga? -replicó ella, apoyando su mano sobre la mía con fuerza-. Pues usted es bueno, generoso…

Alzó los ojos al cielo, como para invocar un visible testimonio que le confirmase sus secretas esperanzas, y las cifrase en mí. Electrizado por aquella mirada que lanzaba un alma a la mía, cometí, según la jurisprudencia mundana, una falta de tacto; mas ¿no es en ciertas almas huir generosamente ante un peligro, deseando prevenir un choque, temiendo de una desgracia que no llega, y, más frecuentemente aún, no es la brusca interrogación hecha a un corazón, un golpe dado para constatar si resuena al unísono? Muchos pensamientos se alzaron en mí como resplandores, y me aconsejaron lavar la mancha que maculaba mi candor, en el momento en que preveía una completa iniciación.

- Antes de ir más lejos -le dije con una voz alterada por palpitaciones fácilmente oídas en el profundo silencio en que estábamos inmersos-, permitidme purificar un recuerdo del pasado…

- Cállese -me dijo ella vivamente, poniéndome sobre los labios un dedo que retiró en seguida.

Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850)

domingo, 24 de julio de 2016

Canícula: MOBY DICK, de Herman Melville

"¡... cuando la tempestad te devore con trabillas, botones y todo lo demás!"
 
(Fragmento del capítulo VI: La calle)
 
Ningún elegante de ciudad se puede comparar con uno de campo -me refiero al verdadero patán-: un tipo que, durante la canícula, es capaz de arar sus dos acres con guantes de gamuza para no tostarse las manos. Ahora bien, cuando a un elegante de campo como éste se le mete en la cabeza conseguir reputación de distinguido, y se alista en las grandes pesquerías de ballenas, habría que ver las cosas tan ridículas que hace al llegar al puerto. Al encargar su indumentaria marina, pide botones de bronce para su chaleco y trabillas para sus pantalones. ¡Ah, pobre retoñito, qué amargamente estallarán al primer ulular de la borrasca, cuando la tempestad te devore con trabillas, botones y todo lo demás!
 
 
Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891)

viernes, 22 de julio de 2016

Canícula: VIAJE DEL PARNASO, de Miguel de Cervantes

"... a 22 de julio, el día que me calzo las espuelas para subirme sobre la Canícula..."
 
Apolo délfico a Miguel de Cervantes Saavedra. Salud.
 
(Fragmento)
 
Si vuesa merced encontrare por allá algún tránsfuga de los veinte que se pasaron al bando contrario, no les diga nada, ni los aflija; que harta mala ventura tienen, pues son como demonios, que se llevan la pena y la confusión con ellos mesmos doquiera que vayan.
 
Vuesa merced tenga cuenta con su salud, y mire por sí, y guárdese de mí, especialmente en los caniculares; que, aunque le soy amigo, en tales días no va en mi mano, ni miro en obligaciones ni en amistades.
 
Al señor Pancracio Roncesvalles téngale vuesa merced por amigo, y comuníquelo; y pues es rico, no se le dé nada que sea mal poeta.
 
Y con esto, nuestro Señor guarde a vuesa merced como puede y yo deseo.
 
Del Parnaso, a 22 de julio, el día que me calzo las espuelas para subirme sobre la Canícula, 1614.
 
Servidor de vuesa merced,

Apolo Lúcido.
 
 
Miguel de Cervantes Saavedra (España, 1547-1616).

jueves, 21 de julio de 2016

Canícula: SOBRE UN VERSO EXTRANJERO, de Giorgos Seferis

"... una mano encallecida por las jarcias y el timón, con la piel curtida por el cierzo, la canícula y las nieves."

Dichoso quien hizo el viaje de Odiseo.
Dichoso si al marchar sintió firme la coraza de un amor
extendida por su cuerpo, como las venas donde
bulle la sangre.


De un amor con cadencia sin fin, invencible como la
música y eterno
porque nació cuando nacimos y cuando nos muramos, si es
que muere, ni nosotros ni nadie lo sabe.


Pido a Dios que me ayude a decir, en un momento de gran
felicidad, cuál es este amor:
me siento a veces rodeado del exilio y escucho su lejano
bramido como el fragor del mar mezclado con la
borrasca inexplicable.


Una y otra vez surge ante mí el fantasma de Odiseo, con
los ojos arrasados por la sal de las olas
y por el deseo maduro de ver de nuevo el humo que brota
del hogar de su morada y su perro ya viejo
aguardándole a la puerta.


Inmenso él, se detiene musitando tras sus barbas encanecidas
palabras en nuestra lengua, como la hablaban
hace tres mil años.
Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón,
con la piel curtida por el cierzo, la canícula
y las nieves.


Parece querer arrojar de nosotros mismos al Cíclope
sobrehumano que mira por un único ojo, a las Sirenas
que te imponen el olvido, si las escuchas,
a Escila y Caribdis:
a tantos monstruos extraños que nos impiden pensar que
también él fue un hombre que luchó en el mundo
con cuerpo y alma.


Es el gran Odiseo: aquel que sugirió construir el caballo
de madera con el que los aqueos conquistaron
Troya.


Sueño que viene a enseñarme cómo construir yo un caballo
de madera con el que conquistar mi propia Troya.
Habla quedo y tranquilo, sin esfuerzo, parece conocerme
como un padre
o como uno de esos viejos marineros que apoyados en sus
redes -cuando había tormenta y bramaba el viento-

me decían, en mis años infantiles, la canción de Erotócrito
con lágrimas en los ojos
-temblaba yo en medio de mi sueño al escuchar la triste
suerte de Areti al bajar los peldaños de mármol.


Me dice el penoso esfuerzo de sentir las velas de tu
nave henchidas de nostalgia y de tu alma
convertida en timón.
Y también que estás solo, inmerso en la tiniebla de la
noche y a la deriva como la parva en la era.


La amargura de ver naufragar a tus amigos entre los
elementos dispersos: uno a uno.
Y qué vigor extraño sientes al hablar con los muertos
cuando los vivos que quedaron ya no bastan.


Habla… Aún veo sus manos que sabían comprobar si estaba
bien tallado, a proa el mascarón
que me den un sereno mar azul en el corazón del invierno.




Giorgos Seferis: Giorgios Stylianou Seferiadis
(Griego nacido en la actual Turquía, en 1900, murió en 1971). Obtuvo el premio Nobel en 1963. 

(Traducido del griego por Pedro Bádenas de la Peña)

miércoles, 20 de julio de 2016

Canícula: EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO, de William Shakespeare

"Nunca, desde las noches de la canícula, nos hemos encontrado en colina o llanura, en bosque o pradera..."
 
(Fragmento del segundo acto, escena II)

Oberón: ¿Cómo puedes tener la insolencia de aludir así a mi valimiento con Hipólita, cuando sabes que conozco tu amor por Teseo? ¿No eres tú quien lo guió en la estrellada noche, lejos de Perigenio, a quien había reducido? ¿Y no le hiciste quebrantar su promesa a la hermosa Eglé, y a Ariadna y a Antíope?
 
Titania: Todo esto es puro invento de los celos. Nunca, desde las noches de la canícula, nos hemos encontrado en colina o llanura, en bosque o pradera, junto al surtidor esculpido o el arroyo fugaz, o en la arenosa playa del mar, para bailar nuestras danzas en el viento silbador, sin que hayas venido a perturbar nuestra fiesta con tus disputas. Y por eso los vientos, llamándonos en vano con su música, han absorbido, como por venganza, las nieblas contagiosas del mar; y cayendo éstas sobre la tierra, han engrandecido de tal modo los más modestos ríos, que rebosaron por encima de sus márgenes. Así es que en vano jadeaba el buey bajo su yugo, y que el labrador ha prodigado su sudor. El verde maíz se ha podrido antes de que el penacho coronase su espiga; el redil permanece vacío en el campo inundado, y los cuervos se ceban en los rebaños muertos. Desierto y lleno de lodo está el sitio de las danzas con tamboriles y castañuelas; y por falta de tráfico es imposible discernir las caprichosas masas de verdura del laberinto rústico. Aquí falta a los mortales su invierno, y no hay noche alguna alegrada por un himno o una canción. La luna, que preside a las inundaciones, pálida de cólera por todo esto, inunda los aires y hace que abunden las enfermedades reumáticas; y a favor de esta perturbación vemos alteradas las estaciones. El granizo de cabeza cana cae en el fresco regazo de la encarnada rosa, y una guirnalda de perfumados botones se pone como por burla sobre la barba del viejo invierno y encima de su corona de hielo. La primavera, el verano, el fértil otoño, el sañudo invierno, cambian sus acostumbradas libreas, y el mundo, atónito con su aumento, no sabe ahora distinguir la una de la otra. Y toda esta serie de males es engendrada por nuestra disensión. Nosotros somos sus progenitores y su manantial.


William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616)

Canícula: MEMORIAS DE ADRIANO, de Marguerite Yourcenar


 
(Fragmento)

Al otro día subí a ver al emperador. Me sentía filial y fraternal a su lado. El hombre que se había gloriado siempre de servir y pensar como cualquier soldado de su ejército, llegaba a su fin en la más grande soledad; tendido en su lecho, seguía combinando grandiosos planes que ya no interesaban a nadie. Como siempre, su lenguaje seco y cortante afeaba su pensamiento; articulando trabajosamente las palabras, me habló del triunfo que le preparaba Roma. Negaba la derrota como negaba la muerte. Dos días después tuvo un segundo ataque. Se reanudaron mis ansiosos conciliábulos con Atiano y Plotina. Previsora, la emperatriz había elevado a mi antiguo amigo a la todopoderosa dignidad de prefecto del pretorio, poniendo así la guardia imperial a sus órdenes. Matidia, que no abandonaba la habitación del enfermo, estaba afortunadamente de nuestra parte; aquella mujer tan sencilla y tan tierna era como de cera entre las manos de Plotina. Pero ninguno de nosotros osaba recordar al emperador que la sucesión seguía pendiente. Quizá, como Alejandro, había decidido no nombrar en persona a su heredero; quizá tenía con el partido de Quieto compromisos que sólo él conocía. O, más sencillamente, se negaba a admitir su propio fin; así es como en tantas familias se ve morir intestados a tercos ancianos. Para ellos no se trata tanto de guardar hasta el fin su tesoro o su imperio, que sus dedos entumecidos ya han soltado a medias, como de no ingresar prematuramente en el estado póstumo de un hombre que ya no tiene decisiones que adoptar, sorpresas que dar, amenazas o promesas que hacer a los vivientes. Yo lo compadecía: éramos demasiado diferentes como para que pudiera encontrar en mi ese dócil continuador, dispuesto desde el comienzo a emplear los mismos métodos y hasta los mismos errores, y que la mayoría de los hombres que han ejercido autoridad absoluta buscan desesperadamente en su lecho de muerte. Pero el mundo, en torno a él, carecía de estadistas; yo era el único a quien podía elegir sin faltar a sus deberes de buen funcionario y de gran príncipe; como jefe habituado a valorar las hojas de servicio, estaba prácticamente obligado a aceptarme. Por lo demás, esa razón le daba un excelente motivo para odiarme. Poco a poco su salud se restableció lo bastante como para permitirle salir de su habitación. Hablaba de emprender una nueva campaña, pero ni él mismo creía en ella. Su médico Crito, que temía los calores de la canícula, logró por fin convencerlo de que retornara por mar a Roma. La noche antes de su partida me hizo llamar a bordo del navío que lo llevaría a Italia, y me nombró comandante en jefe en su reemplazo. Llegaba hasta eso; pero lo esencial quedaba por hacer.
 

Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.
 
(Traducido al español por Julio Cortázar) 

martes, 19 de julio de 2016

Canícula: DESCRIPCIÓN DEL ARDOR CANICULAR..., de Francisco de Quevedo

"Bébese sin piedad la sed del día en las fuentes y arroyos, y en los ríos la risa y el cristal y la armonía."


Descripción del ardor canicular que respeta el llanto enamorado y no lo enjuga
 
Ya la insana Canícula, ladrando
llamas, cuece las mieses, y, en hervores
de frenética luz, los labradores
ven a Proción los campos abrasando.
 
El piélago encendido está exhalando
al sol humos en traje de vapores;
y, en el cuerpo, la sangre y los humores
discurren sediciosos fulminando.
 
Bébese sin piedad la sed del día
en las fuentes y arroyos, y en los ríos
la risa y el cristal y la armonía.
 
Sólo del llanto de los ojos míos
no tiene el Can Mayor hidropesía,
respetando el tributo a tus desvíos.
 
 
Francisco de Quevedo (España, 1580-1645) 

lunes, 18 de julio de 2016

Canícula: MICROMEGAS, de Voltaire

"Qué distancia hay -dijo el saturnino- desde la Canícula hasta la estrella mayor de Géminis?"
 
(Fragmento del capítulo 7: La conversación que tuvieron)
 
- ¡Oh átomos inteligentes en quienes quiso el Eterno manifestar su arte y su poder! Decidme, amigo ¿no disfrutáis en vuestro globo terráqueo purísimos deleites? Apenas tenéis materia, sois todo espíritu, lo cual quiere decir que seguramente emplearéis vuestra vida en pensar y amar, que es la vida que corresponde a los espíritus. Yo que no he visto la felicidad en ninguna parte, creo ahora que está entre vosotros.
 
Encogiéronse de hombros al oír esto los filósofos. Uno de ellos quiso hablar con sinceridad y manifestó que, exceptuando un número reducidísimo, a quienes para nada se tenía en cuenta, todos los demás eran una cáfila de locos, perversos y desdichados.
 
- Más materia tenemos -dijo- de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la materia, y mucha inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabéis por ejemplo que a estas horas, cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombrero, están matando a otros cien mil animales que llevan turbante, o muriendo a sus manos? Tal es la norma en la tierra, desde que el hombre existe.
 
Horrorizóse el siriano y preguntó cuál era el motivo de tan horribles contiendas entre animales tan ruines.
 
- Se disputan -dijo el filósofo- unos trozos de tierra del tamaño de vuestros pies; y se los disputan no porque ninguno de los hombres que pelean y mueren o matan quiera para sí un terrón siquiera de aquel pedazo de tierra, sino por si éste ha de pertenecer a cierto individuo que llaman Sultán o a otro que apellidan Zar. Ninguno de los dos ha visto, ni verá nunca, el minúsculo territorio en litigio, así como tampoco ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan han visto al animal por quien se asesinan.
 
- ¡Desventurados! -exclamó con indignación el siriano-. ¿Cómo es posible tan absurdo frenesí? Deseos me dan de pisar a ese hormiguero ridículo de asesinos.
 
- No hace falta que os toméis ese trabajo. Ellos solos se bastan para destruirse. Dentro de cien años habrán quedado reducidos a la décima parte. Aun sin guerras perecen de hambre, de fatiga, o de vicios. Pero no son ellos los que merecen castigo, sino quienes desde la tranquilidad de su gabinete y mientras hacen la digestión de una opípara comida, ordenan el degüello de un millón de hombres y dan luego gracias a Dios en solemnes funciones religiosas.
 
Sentíase el viajero movido a piedad hacia el ruin linaje humano en el cual tantas contradicciones descubría.
 
- Puesto que pertenecéis al corto número de los sabios -dijo a sus interlocutores- os ruego me digáis cuáles son vuestras ocupaciones.
 
- Disecamos moscas -respondió uno de los filósofos-, medimos líneas, coleccionamos nombres, coincidimos acerca de dos o tres puntos que entendemos y discrepamos sobre dos o tres mil que no entendemos.
 
El siriano y el saturnino se pusieron a hacerles preguntas para saber sobre qué estaban acordes.
 
- ¿Qué distancia hay -dijo el saturnino- desde la Canícula hasta la estrella mayor de Géminis?
 
Respondieron todos a la vez:
 
- Treinta y dos grados y medio.
 
- ¿Qué distancia hay de aquí a la Luna?
 
- Setenta semidiámetros de la Tierra.
 
- ¿Cuánto pesa vuestro aire?
 
No creían que pudiesen responder a esta pregunta; pero todos le dijeron que pesaba novecientas veces menos que el mismo volumen del agua más ligera y diecinueve mil veces menos que el oro.
 
Atónito el enanillo de Saturno ante la exactitud de las respuestas, estaba tentado a creer que eran magos aquellos mismos a quienes un cuarto de hora antes les había negado la inteligencia.
 
 
Voltaire: François-Marie Arouet (Francia, 1694-1778)

domingo, 17 de julio de 2016

Canícula: ODAS, de Horacio

 
 
Fuente de Bandusia,
más límpida que el vidrio,
que mereces vino dulce y flores,
recibirás mañana la ofrenda de un cabrito
cuya frente abultada
–ya le apuntan los cuernos–
promete amor y riñas: mas en vano,
porque el retoño de la grey lasciva
ha de teñir con su sangre escarlata
tus frías aguas.
La estación implacable de Canícula ardiente
no te atañe: tú ofreces
frescor amable a los toros que el arado
fatigó, y al errante ganado.
Y has de ser una de las fuentes ilustres,
porque yo
canto a la encina plantada en las rocas huecas
de donde surgen tus aguas cantarinas.
 
 
Quinto Horacio Flaco: Quintus Horatius Flaccus (Pieta latino, 65 a. de C.-8 a. de C.)