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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Vivir y morir BAJO EL VOLCÁN según Malcolm Lowry


En estas fechas resulta inevitable recordar algunos pasajes de Bajo el Volcán, considerada de manera unánime entre las novelas más notables del siglo pasado, cuya acción transcurre en Cuernavaca -a la que Lowry, de modo peculiar, se refiere en la novela como Quauhnáhuac, su nombre en náhuatl-, en esta época del año: "Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939...", y lo narrado corresponderá a lo que "había ocurrido hacía hoy exactamente un año." Escuchando con atención "podía percibirse un sonido confuso y remoto -claro y, sin embargo, inseparable del minúsculo murmullo, del sonsonete de los dolientes- como de un cántico que se elevaba para luego caer, y un pisoteo regular -los estallidos y gritos de la fiesta que había durado todo el día."

El título de la novela, como se va haciendo obvio conforme se avanza en la lectura de la misma, proviene del volcán que asume la función de testigo permanente y al que el protagonista observa, imagina y recuerda de manera obsesiva, por eso desde cualquier lugar "aparecían testimonios de la presencia y antigüedad del Popocatépetl", y un pasaje previo describe como su esposa Yvonne "se sintió feliz cuando surgió a la vista el Popocatépetl dominando el paisaje por un rato, mientras ascendían la colina que quedaba más adelante." El siguiente es uno de los párrafos que mejor lo expresa:

"¡Los volcanes! ¡Qué sentimental podía uno ponerse con ellos! Ahora se trataba del volcán; porque en cualquier posición que colocara el espejo no podía ver al pobre Ixtla, el cual, eclipsado, había desaparecido, mientras que el Popocátepetl, el reflejarse en el espejo, parecía más bello aún con su cúspide que brillaba contra un fondo de nubes apiñadas." 

Aun cuando la trama se desarrolla en México durante dicha jornada en particular, Lowry escribió y reescribió la novela durante diez años, la mayor parte de ellos en su cabaña de Dollarton, junto a North Vancouver. Por eso la alusión a Canadá parecería inevitable:

"- ¿Has estado en el Canadá? -le preguntó Hugh.

- Estuve en las Cataratas del Niágara.

Prosiguieron. Hugh seguía sujetándole la rienda.

- Yo nunca he estado en el Canadá. Pero en España, un tipo amigo mío, pescador franco-canadiense que estuvo con los Mac-Paps, me decía que es el lugar más extraordinario del mundo. Cuando menos la Columbia Británica.

- Es lo que también solía decir Geoffrey."

Para terminar, una referencia a la celebración del día de los difuntos en donde se advierte la insólita belleza siniestra que permea la totalidad de la obra:

"Sin que nadie lo viera, el Cónsul tropezó con un puesto (en el que uno podía fotografiarse con su novia, sobre un fondo aterradoramente tempestuoso, verde y espeluznante, con un toro que embestía y el Popócatepetl en erupción) y pasó con el rostro vuelto a otra parte, frente al lastimoso Consulado Británico, cerrado, donde el león y el unicornio desde el escudo de color azul desteñido le contemplaron apesadumbrados. ¡Qué vergüenza! Pero seguimos a pesar de todo, estando a tu servicio, parecían decir. Dieu et mon droit. Los niños lo habían abandonado. Sin embargo, había perdido el rumbo. Iba llegando al límite de la feria. Cerradas, se alzaban allí misteriosas tiendas de lona, y yacían desplomadas o dobladas. Las primeras parecían casi humanas, despiertas, en espera; las otras, tenían el aspecto arrugado y encogido del hombre que, a pesar de estar dormido, anhela, aun en su inconsciencia, estirar los miembros. Más allá, en las lejanas fronteras de la feria, era, de hecho, día de muertos."


Jules Etienne

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Día de muertos según Octavio Paz


"La muerte es un espejo que refleja
las vanas gesticulaciones de la vida."
Octavio Paz

A pesar de tanto tiempo transcurrido, ya que fue publicado por primera vez en 1950 -hace ya más de sesenta años-, El Laberinto de la Soledad sigue siendo una obra clave para conocer y descifrar las razones y formas de ser del mexicano. De su retrato del conjunto se desprende la radiografía de cada individuo. Y si bien, algunos de sus capítulos, como sería el caso del titulado El Pachuco y otros extremos, ya han sido superados por la evolución de la realidad, en el resto de la obra prevalecen observaciones aún vigentes. En esta fecha, las relativas a su tercer apartado: Todos Santos, Día de Muertos, resultan oportunas:

"El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual." Más adelante prosigue respecto al mismo tema. "En ocasiones, es cierto, la alegría acaba mal: hay riñas injurias, balazos, cuchilladas. También eso forma parte de la fiesta. Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica. Todos están poesídos por la violencia y el frenesí." Continúa Paz: "Y porque no nos atrevemos, no podemos enfrentarnos con nuestro ser, recurrimos a la Fiesta. Ella nos lanza al vacío, embriaguez que se quema a sí misma, disparo en el aire, fuego de artificio."

En el plano histórico: "Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito." Y explica la transformación de la idea original: "El advenimiento del catolicismo modifica radicalmente esta situación. El sacrificio y la idea de salvación que antes eran colectivos, se vuelven personales", por eso, mientras que "para los antiguos aztecas lo esencial era asegurar la continuidad de la creación; el sacrificio no entrañaba la salvación ultraterrena, sino la salud cósmica; el mundo, y no el individuo, vivía gracias a la sangre y la muerte de los hombres. Para los cristianos, el individuo es lo que cuenta."

Llega un momento en que desborda el espíritu festivo y lo dedica a la muerte: "La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora", porque "el desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestras fiestas, en nuestros juegos, en nuestros amores y en nuestros pensamientos." La clave al respecto, la podemos encontrar en el siguiente párrafo: "Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable."

Respecto al día de los muertos: "Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?"

No creo que exista otro ensayo en la historia de la literatura mexicana que haya sido tan leído como El Laberinto de la Soledad, a través de los años sigue siendo un texto de lectura obligatoria en las escuelas y tema de discusión entre quienes en algún momento intentan, si no desentrañar, al menos tratar de comprender esa compleja condición existencial que implica la mexicanidad.


Jules Etienne

martes, 1 de noviembre de 2016

Día de los muertos: BALÚN CANÁN, de Rosario Castellanos



(Capítulo correspondiente al día de Todos Santos)

Capítulo XXII

NOVIEMBRE. Un largo viento fúnebre recorre, ululando, la llanura. De las rancherías, de los pueblos vecinos, bajan grandes recuas de mulas cargadas para el trueque de Todos Santos. Los recién venidos muestran su mercancía en la cuesta del Mercado y las mujeres acuden a la compra con la cabeza cubierta por chales de luto.

Los dueños de las huertas levantan las calabazas enormes y las parten a hachazos para ponerlas a hervir con panela; y abren en dos los descoloridos tzilacayotes de pulpa suave. Y apiñan en los canastos los chayotes protegidos por su cáscara hirsuta.

Vicenta y Rosalía han hecho todos los preparativos para nuestra marcha. Porque hoy es el día en que Amalia cumplirá su promesa. Iremos al panteón a comer el quinsanto.

- Tu madre no va con nosotros porque se siente indispuesta. Pero me recomendó que yo te cuidara y que te portaras bien. Salimos a la calle. Sobre las banquetas avanzan, saludándose ceremoniosamente, cediéndose unas a otras el lugar de preferencia, las familias, que consagran esta fecha del año a comer con sus difuntos. Adelante va el señor con su chaleco y su leontina de oro. A su lado la señora envuelta en el fichú de lana negra. Detrás los niños, mudados y albeantes. Y hasta el último, las criadas, que sostienen en equilibrio sobre su cabeza los pumpos y los cestos de los comestibles.

La caminata es larga. Llegamos fatigados al panteón. Los cipreses se elevan al cielo, sin un trino, en sólo un ímpetu de altura. Bordeando las callejuelas angostas y sinuosas, devoradas por el césped, están los monumentos de mármol; ángeles llorosos con el rostro oculto entre las manos; columnas truncadas, nichos pequeños en cuyo fondo resplandecen letras y números dorados. Y, a veces, montones de tierra húmeda, recién removida, sobre la que se ha colocado provisionalmente una cruz.

Nos sentamos a comer en la primera grada de una construcción pesada y maciza en cuyo frente anuncia un rótulo: “Perpetuidad de la familia Argüello”. Las criadas extienden las servilletas en el suelo y sacan trozos de calabaza chorreando miel y pelan los chayotes y los sazonan con sal.

A la orilla de otras tumbas están, también comiendo, personas conocidas a las que Amalia saluda con una sonrisa y un ademán ligero de su mano. Don Jaime Rovelo; tía Romelia, del brazo de su marido; doña Pastora, acalorada y roja; doña Nati con un par de zapatos nuevos, guiada por su vecina.

Cuando terminamos de comer, Amalia empujó la puerta de aquel monumento y recibimos, en pleno rostro, una bocanada de aire cautivo, denso y oscuro, que subía de una profundidad que nuestros ojos aún no podían medir.

- Aquí comienza la escalera. Baja con cuidado.

Amalia me ayudaba a descender, mostrando la distancia entre los escalones, señalando el lugar donde el pie tenía mayor espacio para posarse, íbamos avanzando con lentitud, a causa de la oscuridad. Ya abajo Amalia prendió un cerillo y encendió las velas.

Transcurrieron varios minutos antes de que nos acostumbráramos a la penumbra. Era frío y húmedo el lugar adonde habíamos llegado.

- ¿Dónde está Mario?

Amalia alzó uno de los cirios y dirigió el haz de luz hasta un punto de la pared. Allí habían trabajado recientemente los albañiles. La mezcla que usan aún no acababa de secar.

- Todavía no han escrito su nombre.

Falta el nombre de Mario. Pero en las lápidas de mármol que cubren el resto de la pared están escritor otros nombres: Rodulfo Argüello, Josefa, Estanislao, Abelardo, José Domingo, María. Y fechas. Y oraciones.

- Vámonos ya, niña, es tarde.

Pero antes dejo aquí, junto a la tumba de Mario, la llave del oratorio. Y antes suplico a cada uno de los que duermen bajo su lápida, que sean buenos con Mario. Que lo cuiden, que jueguen con él, que le hagan compañía. Porque ahora que ya conozco el sabor de la soledad no quiero que lo pruebe.


Rosario Castellanos (México, 1925-1974)