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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 31 de marzo de 2016

Carnaval: NOVIEMBRE, de Gustave Flaubert

"... el viento sacudía la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche."

(Fragmento)

- ¡Ah, pero esta noche sí! Esta noche, toda la noche para nosotros dos, ¿verdad? Como tú, así querría que fuese mi amante, joven y lozano, que me quisiera profundamente, que sólo pensara en mí. ¡Oh, cuánto lo amaría!
 
Y lanzó uno de esos suspiros de deseo ante los cuales incluso Dios descendería de las alturas.
 
- Pero ¿no tienes ya un amante? -le pregunté.
 
- ¿Quién? ¿Yo? ¿Es que a nosotras nos ama alguien? ¿Piensa alguien en nosotras? ¿Quién quiere tener algo que ver con nosotras? Tú mismo, ¿te acordarás de mí mañana? Tal vez te digas: «Vaya, ayer me acosté con una chica». Pero ¡brrrr! ¡La, la, la! -y se puso a bailar con los puños sobre las caderas, con pasos horribles-. ¡Qué bien que bailo! Mira, echa un vistazo a mi disfraz.
 
Abrió el armario. Sobre un estante vi una máscara negra y un dominó con cintas azules. También había, colgados de un clavo, unos pantalones de terciopelo negro con galones de oro, restos marchitos del anterior carnaval.
 
- Mi pobre disfraz -dijo-. ¡Cuántas veces lo he llevado al baile! ¡Este invierno sí que he bailado!
 
La ventana estaba abierta, el viento sacudía la llama de la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche. Una vez junto a la cama, se sentó allí y se puso a reflexionar profundamente, con la cabeza inclinada sobre el pecho. Tampoco yo hablaba, me limitaba a esperar.

 
Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)

miércoles, 30 de marzo de 2016

Carlos Fuentes: EL CARNAVAL EN BUSCA DE AUTOR (primera parte)

"... es el diablo quien organiza el carnaval..."

No es necesario ser un erudito ni tampoco un experto en la obra de Carlos Fuentes para advertir su naturaleza carnavalesca, por eso es que Yvette Jiménez de Báez, en Consolidación y transgresión desde la fiesta en La región más transparente, atribuye esa condición a la novela primigenia de Fuentes, al referirse al personaje de Lally –la amante de Bobó-, como “la reina del carnaval”, para después establecer cuando la narración “da un vuelco en espiral y regresa al comienzo. Los bongoseros de Lally establecen el contacto con el bongó del cabaret de Gladys. El espacio de ficción permite, por un breve lapso, el encuentro de los mundos escindidos. Se sucederán los signos liberadores.” Que sería justo la esencia misma del carnaval, durante cuya celebración los participantes se escapan de sus habituales códigos de conducta, así como de las jerarquías y convencionalismos inherentes, para entregarse a “un tipo particular de comunicación inconcebible en situaciones normales–de acuerdo con el teórico de la novela Mijail Bajtín.
 
Al margen de esa interpretación, también existen un par de alusiones al carnaval en La región más transparente, aunque en lenguaje figurado, cuando el personaje Manuel Zamacona afirma: “¿No ve usted a México descalabrado por ponerse a la par de Europa y los Estados Unidos? Pero si usted mismo me lo acaba de decir, licenciado. ¿No ve al porfirismo tratando de justificarse con la filosofía positivista, disfrazándonos a todos? ¿No ve usted que todo ha sido un carnaval, monárquico, liberal, comtiano, capitalista?” Y después, en el exaltado capítulo final de la novela, ... y las palabras mudas y los ojos brillantes de Ayutla: se ha corrido el telón sobre el carnaval, pero antes deben pagarse sus galas...
 
No como una reina pero sí la princesa del carnaval define a Priscila Holguín, personaje de Adán en Edén:
 
Ella, en cambio...
 
Era la Reina de la Primavera, paseaba a lo largo de la Reforma en un coche alegórico (ante la indiferencia, es cierto, de los peatones). Era la princesa del carnaval de Mazatlán (antes de pasar al princesado gemelo de Veracruz). Era la madrina de la cervecería Tezózomoc en beneficio de los asilos de ancianos. Inauguraba tiendas, cines, carreteras, spas, iglesias, cantinas... y no porque fuera la más bonita.
 
Por su parte, Adolfo Castañón define Cristóbal Nonato como un proyecto de novela carnaval y de narración polifónica”, mientras que Ramón López Castro estaría de acuerdo cuando afirma: “… pero donde el juego desacraliza y vuelve a veces al académico y amargo Ulises en el porvenir (por ende, portador de cierta esperanza), Cristóbal, como en un día de carnaval en donde el amo se disfraza de sirviente y el esclavo da las ordenanzas del día, donde lo mestizo se impone a lo europeo occidentalizado, a lo indígena, a lo africano. La fusión de la pesadilla mexicana con el sueño, la esperanza de la raza cósmica con pies de barro.” El siguiente es un párrafo que corresponde al cuarto capítulo, Los veneros del diablo:
 
CIRCO Y CIRCO
trascendencia de la romana demagogia que prometía, además, los maderos de sanjuán, quieren pan y no les dan, el santo olor de la panadería, pan con pan no sabe, pero ¡qué tal circo con circo? Ah, suspiró don Homero, el sentido del carnaval católico era cancelar el terror, aunque nuestro pariente Benítez diría que entre nuestros inditos es el diablo quien organiza el carnaval.
 
Kristine Ibsen en Memoria y deseo: Carlos Fuentes y el pacto de la lectura, asegura que la naturaleza carnavalesca de la obra no es, sin embargo, gratuita, pero dicho esto en referencia a Cambio de piel, una novela anterior a Cristóbal Nonato publicada en 1967, en la que el carnaval se menciona en múltiples ocasiones: la noche, al disfrazarnos, nos permitía decir la verdad, como en los carnavales...” O esta otra: “Lo malo no es ser puta. Es ser una puta poco profesional. Lo malo no es ser ladrón. Es ser un raterillo pinche. Lo malo no es ser criminal... Pero en fin, qué importa. Importan las odaliscas, el sideshow, el carnaval que nos divierta un poco.” Y algunas más hasta culminar con este párrafo sobre carnaval y cuaresma que incluye la participación del Rey Momo:

... las cabras con alas y cabezas de aves rapiegas y el tercer telón se aparta para revelar, al fin, la fusión esperada de ese arte increado que resuelve la tensión entre la vida popular y la leyenda cristiana: juegos infantiles, carnaval contra cuaresma, y Franz entra al escenario de la mano de su joven Lazarillo, el muchacho rubio, rengo, que aquí creció y conoce todos los secretos de la aldea: el secreto de la sensualidad prometida, pues sea carnaval, cuaresma o ronda, hartazgo, supresión o anhelo, todo se resuelve en aproximaciones, presencias o alejamiento frente a esa sensualidad que primero exorciza un rey de burlas, Momo con un ojo azul y el otro café, coronado por un basurero de mimbre, que muestra el cetro de una caña con dos peces muertos y es tirado por un monje archivista y una mujer y seguido por los niños con matracas que en la imagen superpuesta domina el proscenio con su juego de aros pero aquí, al fondo, sigue a este triste Rey Momo de batón gris y derrengada cofia blanca...

Continuaremos con esta somera revisión de los carnavales literarios presentes en la obra de Carlos Fuentes, en una segunda parte.

Jules Etienne

Carlos Fuentes: EL CARNAVAL EN BUSCA DE AUTOR (segunda parte)

"En Río de Janeiro, un edicto militar impuso un carnaval perpetuo..."
 
Varias décadas transcurrieron entre 1962 y 2005, años en que aparecieron las primeras ediciones de La muerte de Artemio Cruz y La silla del águila. En ambas novelas Fuentes se refiere al carnaval de la política:
 
Pero sobrevivió. Seguía aquí, tratando de cumplir desde el lecho revuelto los ademanes de la joven hermosa y blanca que abrió las puertas de Cocuya al largo desfile de prelados españoles, comerciantes franceses, ingenieros escoceses, británicos vendedores de bonos, agiotistas y filibusteros que por aquí pasaron en su marcha hacia la ciudad de México y las oportunidades del país joven, anárquico: sus catedrales barrocas, sus minas de oro y plata, sus palacios de tezontle y piedra labrada, su clero negociante, su perpetuo carnaval político y su gobierno en deuda permanente, sus fáciles concesiones aduanales para el extranjero de habla insinuante.
 
Para encontrarnos más de cuarenta años después con que:
 
Desde el momento en que me dijo usted esto, señor Presidente, ambos –usted y yo– entendimos que me había llamado a su lado para hablarle con franqueza, para aconsejarlo con desinterés, para ayudarle a disimular el gesto de estupor que le produjo saberse arrojado al vacío por la empinada cuesta de esa atracción de carnaval llamada "La Presidencia de la República”.
 
Y en la prolija exploración verbal de Terra Nostra se propone, entre otras cosas, un carnaval perpetuo:
 
México recurrió a sacrificios humanos, consagrado religiosamente, justificado políticamente y ofrecido deportivamente en espectáculos de televisión; el espectador pudo escoger: ciertos programas fueron dedicados a escenificaciones de la guerra florida. En Río de Janeiro, un edicto militar impuso un carnaval perpetuo, sin límite de calendario, hasta que la población muriese de pura alegría: baile, alcohol, comparsas, sexo. En Buenos Aires se fomentó un machismo arrabalero, una urdimbre de celos, desplantes, dramas personales instigada por tangos y poemas gauchescos: brillaron los cuchillos de la venganza, millones de suicidaron.
 
En su única incursión por el género detectivesco, La cabeza de la hidra, también se encuentra una breve referencia: "Es muy difícil distinguir a un tanquero de otro. Nosotros no nos vestimos para ir al carnaval, como los cruceros del Caribe y todas esas canoas mariconas."
 
Otra alusión al carnaval aunque de naturaleza muy diferente, es la que expresa en Diana o la cazadora solitaria:
 
En todo caso, detrás de ella se abrían las fauces de un monstruo devorador, colmilludo, que en realidad era la entrada a un circo. De esa boca abierta salían, volando, murciélagos y demonios, ánimas en pena, súcubos e íncubos: todo un carnaval del sueño maligno, una pesadilla que convertía el asesinato de una elegante señora vestida de negro por otra que podría ser su doble, en una carnestolenda de la enfermedad, la muerte, la risa, el juego, la noticia, todo mezclado...
 
Por último, los párrafos siguientes pertenecen a su novela póstuma, Federico en su balcón, que fue publicada apenas unos meses después de su muerte: 
 
Gala (1)
 
Conocí a Gala en una fiesta. No sé quien me la presentó. Ni siquiera sé si fuimos presentados. En el barullo de esa recepción anual, sólo había dos actitudes posibles. Una era participar plenamente, darse por conocido y hacer el juego a una euforia que, como en todas las fiestas de Carnaval, era ficticia. Otra era aislarse totalmente y ser ciego observador o activo transeúnte. Creo que entre ese centenar de invitados, sólo Gala y yo optamos por la segunda solución y por eso nos encontramos. Los dos lo entendimos; habían logrado arrinconarnos y ella balanceaba una copa en la mano y soplaba con la boca, de una manera muy graciosa, para apartar el fleco de los ojos. Se dio cuenta de que la miraba y eso le dio risa, igual que a mí. De manera que nos conocimos riendo, sin recordar o saber si alguien nos había presentado.
 
No sé, sin embargo, por qué motivo su risa me inquietó, como si fuese la máscara de otra mujer. Gala también, pero otra. No sé.
 
- ¿Viste lo del japonés? -me dijo porque sí, para iniciar la conversación, porque parece que la noticia apareció ese día en la prensa, porque quizás ella conocía el hecho y podría proseguir la plática.
 
- No. No sé.
 
- Ah. Era un estudiante becado. Muy serio. Muy encerrado en su casa y en sus estudios. La víspera del Carnaval -ayer- tocaron a su puerta. Se incomodó de que le interrumpieran el estudio. Estaba cortando las páginas de un libro con un cuchillo. Fue a atender el llamado. Abrió la puerta.
 
Hice un silencio táctico. Gala me miraba con interés, esperando mi reacción. Me dio gusto. Ella proseguía.
 
- Abrió la puerta. Un monstruo le gritó. Un monstruo con máscara de calavera y sombrero de copa, gritando y agitando las manos. Vestido con un ropón negro, agitado, amenazante. El estudiante japonés no dudó. Él era un chico entrenado en la autodefensa y con un cuchillo en la mano. No quiso averiguar. Le clavó su cuchillo en el vientre al monstruo. Éste cayó gritando, agonizando. El japonés sabía dónde enterrar un cuchillo. El monstruo expiró. El japonés llamó a la policía. Ésta llegó. Le quitaron la máscara al muerto. Era un muchacho muy joven. ¿Lo leíste?
 
- No, no lo sabía.
 
Crucé una mirada de falsa inteligencia con Gala.
 
- Era un estudiante disfrazado para el Carnaval. Que iba asustando de mentira, de puerta en puerta, como parte de una celebración desconocida por el japonés.
 
- Como el estudiante desconocía las costumbres del japonés -dije-. ¡Qué manera de empezar el Carnaval! -exclamé enseguida con risa social.
 
Gala no me devolvió la sonrisa.
 
El saldo, tal y como lo hemos podido constatar, es que el carnaval, con su vasta riqueza metafórica, encontró un autor: Carlos Fuentes.
 
 
Jules Etienne

martes, 29 de marzo de 2016

Carnaval: L'AMELANCHIER, de Jacques Ferron

"Era martes de carnaval..."

(Fragmento)

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...
 
Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.
 
Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!
 
El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto! Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.
 
 
Jacques Ferron (Canadá, 1921-1985)
 
(Traducido al español por Laura López Morales) 

lunes, 28 de marzo de 2016

Carnaval: LOS DOMINÓS DE ENCAJE, de Emilia Pardo Bazán


(Fragmento)

¡Cómo les palpitaba el corazón a las dos loquillas, cuando por la puerta de la verja, a espaldas del palacio, salieron a pie y solas, envueltas en sus dominós de blanco encaje riquísimo, y pisando con tiento la acera, a fin de alcanzar un simón antes de que los pulidos zapatitos de raso se les manchasen de barro y polvo vil!

Habían madurado aquel plan todo el invierno. Lo habían acariciado en las veladas que pasaban juntas, lejos de la cargante vigilancia de Frau Mathilda, el aya vienesa. Habían pensado y discutido los menores detalles, como prisioneros que combinaban la evasión. Y al llegar la época de carnestolendas, lo tenían todo arreglado y previsto: poseían los billetes, tenían una doble llave de la verja, encargada secretamente a un cerrajero, y los disfraces, los dominós, hechos con arte de dos magníficos velos de punto a la aguja, traídos de Francia para lucirse en la ceremonia nupcial.

Porque Mercedes y Rosa iban a casarse en Pascua, y tiernamente enamoradas de sus gallardos novios, querían antes del momento decisivo é irrevocable, someterles a una pequeña prueba, de la cual, seguramente, saldrían vencedores. Deseaban las dos señoritas ver si en efecto se abstenían sus prometidos de concurrir a aquel baile de máscaras de que tanto se hablaba, el de la "Asociación artística", baile cuyas panderetas y sonajas les repicaban en los oídos un mes antes de que se celebrase; como un himno al placer y a la alegría carnavalesca.

Con los billetes que les había proporcionado de ocultis, Mercedes y Rosa entraron con dificultad en el baile. Asediadas desde el primer momento por los requiebros e impertinencias de muchos hombres, jóvenes y viejos, finos y bastos, apretó la mayor el brazo de la menor, diciendo bajito: "No te sueltes". Lo que llamaba la atención en aquellas mascaritas tan iguales y tan bien calzadas, era la riqueza de sus dominós, la magnificencia del encaje que, montado sobre raso, las envolvía de la cabeza a los pies, delatando la calidad las damas que se permitían el lujo de tal disfraz. Ellas, indiferentes a la sensación que producían, miraban a todas partes ansiosamente, por si descubrían a sus novios entre el gentío. Y con rápida explosión de gozo, cuchicheaban de tiempo en tiempo: "Pues no están ... ", "Pues no están", "Han cumplido su palabra ... " "Lo ves, mal pensada?, añadía la rubia Rosa pellizcando suavemente a la morena Mercedes. De pronto ésta devolvió a su hermana el pellizco, pero tan furioso y cruel, que Rosa, reprimiendo el chillido, por poco suelta las lágrimas. "Ahí están, rugía Mercedes hecha una leona. "Allí, allí", No necesitaron buscarlos. Atraídos por el murmullo de admiración que levantaban los dominós de encaje, acercáronse los novios, y más decididos que los demás galanes, empezaron a sitiar en toda regla a las mascaritas, tan cegados por el destino que ni un minuto se les ocurrió que pudiesen estar conquistando a sus futuras esposas...

Amanecía cuando las fugitivas, después de mil apuros, lograron zafarse de sus cortejos y restituirse al palacio sin ser vistas ni sorprendidas por nadie. Ya en su tocador, se quitaron los antifaces y se desahogaron. Rosa hipaba; Mercedes pateaba de cólera. "Yo creí que los hombres tenían palabra, sollozaba la rubia; y la morena bramaba, echando rayos por los ojos: "Cree que todos son igualitos. ¡Buena canalla! Mira, Rosa, que no se enteren de nada. No hagas escena. Hasta después ... no conviene que sepan ni esto. Casémonos primero, que luego ... ya verán" Si los dos alegres troneras del baile hubieran podido ver en aquel instante la cara de Mercedes ... se echan a temblar, de seguro.

Y a temblar se echaron con todo su cuerpo cuando, el día de la boda, sobre la hermosa cabeza de sus desposadas, encubriendo con ondas de nítida espuma el simbólico azahar, reconocieron los dominós de encaje del baile... La expresión de terror que se gravó en sus rostros fue tan cómica, que Mercedes, soltando una carcajadita y señalando el velo virginal, dijo sarcásticamente:

-- Los conoceis, ¿eh? También nosotras os conocemos a vosotros...

 
Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921)
 
La ilustración corresponde a Salida de un baile de máscaras (1905), de José García Ramos.

domingo, 27 de marzo de 2016

Carnaval: MEMORIAS (Historia de mi vida), de Giacomo Casanova

"El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos..."

(Fragmento del capítulo XII, tomo cuarto)

¡Qué poca cosa hace falta cuando se está angustiado para causar alegrías y consuelos! Pero en mi situación estas pajitas no eran poca cosa; eran un tesoro.
 
Empleé muchas horas en exprimir mi ingenio para hallar un medio de reemplazar la yesca, único ingrediente que me faltaba y que no sabía con qué pretexto pedir, cuando de pronto recordé que había encargado a mi sastre la pusiera en las sobaqueras de mi casaca, para evitar que el sudor ensuciase y consumiese la tela. Esta casaca, nueva, estaba delante de mí; mi corazón latió más fuerte porque quizá el sastre no la había puesto y yo oscilaba entre el temor y la esperanza. No tenía más que dar un paso para comprobarlo, pero este paso era decisivo y no me atrevía a darlo. Por fin me acerqué y sintiéndome casi indigno de este favor, pedí a Dios con fervor que el sastre no hubiese olvidado mi orden. Después de esta plegaria, tomé la casaca, descosí la tela y encontré la yesca. Mi alegría llegó al delirio.
 
Teniendo todos los ingredientes, pronto tuve la lámpara. Juzgúese la satisfacción que experimenté al haber obtenido, por así decirlo, la luz en medio de las tinieblas, y la no menos dulce de desobedecer las órdenes de mis detestables opresores. Ya no había más noche para mí, pero tampoco más ensalada; aunque me gustaba muchísimo, la necesidad de conservar el aceite para alumbrarme me hacía ligero el sacrificio. Fijé entonces el primer lunes de cuaresma para empezar la dificultosa operación de romper el entarimado, porque en los festines del carnaval yo temía mucho las visitas.
 
El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos y vi a Laurencio seguido de un hombre gordo a quien reconocí por el judío Gabriel Schalón, conocido por su habilidad en obtener dinero de los jóvenes, haciéndoles caer en malos negocios.
 
Nos conocíamos, así es que nuestros saludos fueron breves. Su compañía no podía serme agradable, pero para ello no se me consultaba.
 
 
 Giacomo Casanova (Italiano, 1725-1798).

La ilustración corresponde a la puerta de une celda en la Cárcel de los Plomos del Palacio Ducal en Venecia.