.

.
Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

sábado, 30 de abril de 2016

Carnaval: DAVID GOLDER, de Irène Némirovsky

"... la calle de Niza en aquella noche de Carnaval, llena de máscaras que pasaban cantando..."
 
(Fragmento del capítulo XVIII)
 
- ¡Antes! -repitió ella-, ¿sabes cuántos años hace?... Es espantoso...
 
- Cerca de veinte años.
 
- Desde 1901. Fue en el carnaval de Niza de 1901. ¡Veinticinco años!
 
- Sí -murmuró él-, una extranjerita extraviada en las calles, con su sombrero de paja, su vestido sencillo... ¡Qué pronto cambió todo aquello!
 
- Entonces me querías... y... Ahora no tienes cariño más que al dinero... Ya lo sé, ya... Si no fuese por mi dinero.
 
Él se encogió de hombros.
 
- ¡Chitón! ¡Chitón! No te enfades, que te pones más vieja... y esta noche me siento muy tierno... ¿Te acuerdas, Gloria?
 
- Sí.
 
Callaron ambos, evocando al mismo tiempo, sin duda, la calle de Niza en aquella noche de Carnaval, llena de máscaras que pasaban cantando; las palmeras, la luna, el vocerío de la muchedumbre en la plaza de Masséna..., su juventud..., la hermosa noche, voluptuosa y fácil, como una romanza napolitana...
 
 
 Irène Némirovsky
(Escritora en lengua francesa nacida en Rusia y muerta en Auschwitz, 1903-1942).

La ilustración corresponde a una tarjeta postal del carnaval de Niza. 

viernes, 29 de abril de 2016

Carnaval: LA EXPIACIÓN, de Silvina Ocampo


"... en la semana de carnaval descubrí (...) ese muñeco hecho de estopa, con grandes ojos azules..." 

(Fragmento)

Ruperto, ignorando la mala impresión que causaban sus visitas, venía con la misma frecuencia y con los mismos hábitos. A veces, cuando yo me retiraba del patio para evitar sus miradas, mi marido con algún pretexto me hacía volver. Pensé que de algún modo le agradaba aquello que tanto le desagradaba. Las miradas de Ruperto me parecían ya obscenas, me desnudaban bajo la sombra del parral, me ordenaban actos inconfesables cuando a la caída de la tarde una brisa fresca acariciaba mis mejillas. Antonio, en cambio, nunca me miraba o fingía no mirarme, según me lo aseguraba Cleóbula. No haberlo conocido, no haberme casado con él, ni conocido sus caricias, para volver a encontrarlo, a descubrirlo, a entregarme a él, fue durante un tiempo uno de mis deseos más ardientes. ¿Pero quién recupera lo que ya perdió?

Me incorporé, me dolían las piernas. No me gusta estar quieta tanto tiempo. ¡Qué envidia tengo a los pájaros que vuelan! Pero los canarios me dan pena. Parece que sufrieran cuando obedecen.

Antonio no trataba de evitar las visitas de Ruperto: por lo contrario, las fomentaba. Durante los días de carnaval llegó al extremo de invitarlo a quedarse en nuestra casa, una noche en que se demoró hasta muy tarde. Tuvimos que alojarlo en el cuarto que Antonio ocupaba provisoriamente. Aquella noche, como la cosa más natural del mundo, volvimos a dormir juntos, mi marido y yo, en la cama de matrimonio. Mi vida se encauzó de nuevo desde aquel momento en su antigua normalidad; así lo creí, al menos.

Vislumbré en un rincón, debajo de la mesa de luz, el famoso muñeco. Pensé que podría recogerlo. Como si hubiese hecho un ademán, Antonio me dijo:

-No te muevas.

Recordé aquel día en que al acomodar los cuartos, en la semana de carnaval, descubrí, para mal de mis pecados, arrumbado sobre el armario de Antonio, ese muñeco hecho de estopa, con grandes ojos azules, de un material blando, como de género, con dos círculos oscuros en el centro, imitando las pupilas. Vestido de gaucho hubiera servido de adorno en nuestro dormitorio. Riendo se lo mostré a Antonio, que me lo quitó de las manos con fastidio.

-Es un recuerdo de infancia -me dijo-. No me gusta que toques mis cosas.

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993)
El texto íntegro se puede leer en Ciudad Seva

jueves, 28 de abril de 2016

Carnaval: BALTASAR (El cuarteto de Alejandría), de Lawrence Durrell

"Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes."
 
(Fragmento)

En Alejandría el carnaval es un acontecimiento social, sin relación con ninguna de las otras fiestas religiosas del calendario de la ciudad. Supongo que debe de haber sido instituida por las tres o cuatro grandes familias católicas del lugar -quizá tenían la impresión de identificarse a través de él, vicariamente, con la otra orilla del Mediterráneo, con Venecia y Atenas-. Sin embargo no hay en la actualidad familia rica -sea copra, musulmana o judía- que no posea un armario lleno de dominós de terciopelo para esos tres días de locura. Después de Año Nuevo es quizá la celebración cristiana más importante del año, pues la norma vigente en esos tres días con sus noches es la del anonimato absoluto, el anonimato conferido por el sinestro dominó de terciopelo negro que oculta la identidad y el sexo, impide distinguir al hombre de la mujer, a la esposa del amante, al amigo del enemigo.
 
En ese momento las más locas aberraciones de la ciudad se manifiestan audazmente bajo la protección de los invisibles Señores del Desgobierno que presiden la estación. No bien oscurece, las dos, luego en pequeños grupos, a menudo acompañados de instrumentos musicales o tambores, riendo y cantando camino de alguna gran casa o club nocturno donde el aire de afectada indiferencia se funde en el calor negro del jazz, en el contrapunto hosco, empalagador, de saxofones y tambores. Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes. El disfraz da a todos una lúgubre y obsesiva uniformidad de contornos que inquieta a los egipcios vestidos de blanco y los llena de alarma -el estremecimiento de un miedo condimentado con la sal de las risas frenéticas que salen de las casas, y que la ligera brisa de tierra lleva hasta los cafés de la costa; una alegría que por su estridencia misma parece temblar siempre al borde de la locura-.
 
Lentamente la luna azulada de la primavera se encarama sobre las casas, trepa a los minaretes entre las palmeras restallantes, y con ella la ciudad parece desplegarse como un animal que, terminado el invierno, sale de su cueva, se estira empieza a beber la música de esos tres días de fiesta.
 

Lawrence Durrell (Inglés nacido en India y fallecido en Francia, 1912-1990).

martes, 26 de abril de 2016

Carnaval: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles."

(Fragmento del capítulo Noche de Walpurgis)

Pero, por el momento, cierto es que sólo estamos en Carnaval. Ya le he dicho que me parece muy bien que celebremos cada fecha ordenadamente, como marca el calendario. La señora Stöhr decía que en la garita del portero venden cornetas de juguete.

Así era, desde el primer desayuno del martes de Carnaval, que llegó enseguida, antes de que nadie se hubiese hecho a la idea todavía, se oyeron en el comedor toda suerte de pitidos y zumbidos producidos por instrumentos de viento de juguete. Durante la comida se lanzaron serpentinas desde la mesa de Gänser, de Rasmussen y de la Kleefeld, y algunos internos, como por ejemplo Marusja, la de los ojillos redondos, llevaban gorros de papel comprados igualmente al portero cojo. Por la noche reinó un auténtico ambiente de fiesta en el comedor y en los salones... De momento, sólo nosotros sabemos cómo terminó y qué trajo consigo esa velada de Carnaval gracias al valiente espíritu emprendedor de Hans Castorp. Pero no dejemos que esta información sobre el desenlace precipite nuestro sereno relato: rendiremos al tiempo el honor que le corresponde y no adelantaremos nada; de hecho, incluso ralentizaremos la narración de los acontecimientos porque compartimos los escrúpulos que, durante tanto tiempo, habían llevado a Hans Castorp a retrasar tales acontecimientos.

Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles. La gente paseaba disfrazada, pierrots y arlequines inundaban el pueblo con carracas en la mano, y no fueron pocas las batallas de confeti entre los paseantes y los internos del sanatorio, también disfrazados para la ocasión.



Thomas Mann (Alemán, 1875-1955). Obtuvo el premio Nobel en 1929.

lunes, 25 de abril de 2016

Los carnavales de Macondo

"... Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre..."
 
En Macondo también se celebra el carnaval. En Cien años de soledad el festejo adquiere tal importancia que incluso Remedios, la bella, fue designada reina, en tanto que Aureliano Segundo se disfrazó de tigre:

Úrsula, por su parte, le agradecía a Dios que hubiera premiado a la familia con una criatura de una pureza excepcional, pero al mismo tiempo la conturbaba su hermosura, porque le parecía una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el centro de la candidez. Fue por eso que decidió apartarla del mundo, preservarla de toda tentación terrenal, sin saber que Remedios, la bella, ya desde el vientre de su madre, estaba a salvo de cualquier contagio. Nunca le pasó por la cabeza la idea de que la eligieran reina de la belleza en el pandemónium de un carnaval. Pero Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre, llevó al padre Antonio Isabel a la casa para que convenciera a Úrsula de que el carnaval no era una fiesta pagana, como ella decía, sino una tradición católica. Finalmente convencida, aunque a regañadientes, dio el consentimiento para la coronación.

La noticia de que Remedios Buendía iba a ser la soberana del festival, rebasó en pocas horas los límites de la ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio de su belleza, y suscitó la inquietud de quienes todavía consideraban su apellido como un símbolo de la subversión. Era una inquietud infundada. Si alguien resultaba inofensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desencantado coronel Aureliano Buendía, que poco a poco había ido perdiendo todo contacto con la realidad de la nación.

Como si la hermosura de Remedios Buendía no fuera suficiente, una comparsa con otra reina llegó por el camino de la ciénaga provocando el asombro de los habitantes de Macondo y que Aureliano Segundo sucumbiera de inmediato ante tal belleza.
 
De modo que la inquietud causada por la reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pensar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado equilibrio.
 
A algún imprudente se le ocurre mezclar la política con la exaltada euforia carnavalesca y la consecuencia es una masacre. Aureliano Segundo rescata a Fernanda del Carpio para al poco tiempo casarse con ella:
 
Cuando se restableció la calma, no quedaba en el pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos, nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares de Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusión del pánico, José Arcadio Segundo logró poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llevó en brazos a la casa a la soberana intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda del Carpio. La habían seleccionado como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del país, y la habían llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de Madagascar. Úrsula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar de poner en duda su inocencia, se compadeció de su candidez. Seis meses después de la masacre, cuando se restablecieron los heridos y se marchitaron las últimas flores en la fosa común, Aureliano Segundo fue a buscarla a la distante ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en Macondo, en una fragorosa parranda de veinte días.
 
También en El otoño del patriarca se menciona a una reina del carnaval, cuya belleza causa gran impacto en uno de los personajes:
   
Patricio Aragonés le contestó que no mi general, que la vaina es peor, que el sábado había coronado a una reina de carnaval y había bailado con ella el primer vals y ahora no encontraba la puerta para salir de aquel recuerdo, porque era la mujer más hermosa de la tierra, de las que no se hicieron para uno mi general, si usted la viera, pero él replicó con un suspiro de alivio que qué carajo, ésas son vainas que le suceden a los hombres cuando están estreñidos de mujer, le propuso secuestrársela como hizo con tantas mujeres retrecheras que habían sido sus concubinas...
 
En Del amor y otros demonios hay un pasaje de la novela que se desarrolla durante el carnaval:
 
Lo había encontrado por casualidad en una corraleja de ferias peleándose a manos limpias, casi desnudo y sin ninguna protección, contra un toro de lidia. Era tan hermoso y temerario que no pudo olvidarlo. Días después volvió a verlo en una cumbiamba de carnaval a la que ella asistía disfrazada de pordiosera con antifaz, y rodeada por sus esclavas vestidas de marquesas con gargantillas y pulseras y zarcillos de oro y piedras preciosas. Judas estaba en el centro de un círculo de curiosos, bailando con la que le pagara, y habían tenido que poner orden para calmar las ansias de las pretendientas. Bernarda le preguntó cuánto costaba. Judas le contestó bailando: «Medio real».
Bernarda se quitó el antifaz.
«Lo que te pregunto es cuánto cuestas de por vida», le dijo.

Por último y para no extenderme demasiado, El amor en los tiempos del cólera: "Sin embargo, en medio de tantos recuerdos enternecedores, no lograba sortear el de una pajarita desamparada cuyo nombre no conoció y con la que apenas alcanzó a vivir media noche frenética, pero que había bastado para amargarle por el resto de la vida los desórdenes inocentes del carnaval." De esa dimensión resulta la experiencia que vive Florentino Ariza durante una noche de carnaval.

Le había llamado la atención en el tranvía por la impavidez con que viajaba en medio del escándalo de la parranda pública. No debía tener más de veinte años, y no parecía con ánimos de carnaval, a no ser que estuviera disfrazada de inválida: tenía el cabello muy claro, largo y liso, suelto al natural sobre los hombros, y una túnica de lienzo ordinario sin ningún adorno. Era ajena por completo al revoltijo de músicas por las calles, los puñados de polvos de arroz, los chorros de anilina que les tiraban a los pasajeros al paso del tranvía, cuyas mulas iban blancas de almidón y con sombreros de flores durante aquellos tres días de locura. Aprovechándose de la confusión, Florentino Ariza la invitó a tomar un helado porque no pensó que diera para más. Ella lo miró sin sorpresa. Dijo: "Acepto con mucho gusto, pero le advierto que estoy loca". Él se rió de la ocurrencia, y la llevó a ver el desfile de carrozas desde el balcón de la heladería. Luego se puso un capuchón alquilado, y ambos se metieron en la ronda de bailes de la Plaza de la Aduana, y gozaron como novios acabados de nacer, pues la indiferencia de ella se fue hasta el extremo contrario con el fragor de la noche: bailaba como una profesional, y era imaginativa y audaz para la parranda, y de un encanto arrasador.

- No sabes la vaina en que te has metido conmigo -gritaba muerta de risa en la fiebre del carnaval-. Soy una loca de manicomio.

Siempre se ha dicho que Aracataca, lugar de nacimiento de García Márquez, inspiró la creación de Macondo. Un lugar cercano, en la costa colombiana, se llama Ciénaga, a la que tantas veces menciona. La ciudad de Barranquilla queda a menos de cien kilómetros de distancia, y su carnaval fue denominado por la Unesco como patrimonio de la humanidad en el año 2003. No es ninguna sorpresa, entonces, la abundancia de alusiones al carnaval en sus novelas, y en algunos casos adquiere importancia dramática en el discurrir de la trama. Las referencias incluidas en el presente texto no pretenden ser, de ninguna manera, exhaustivas, en cambio me parece que podrían destacar entre las más significativas.


Jules Etienne 

domingo, 24 de abril de 2016

Carnaval: EL PASTOR, de Iván Bunin

"... y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve."
 
(Fragmento del capítulo I)
 
Era domingo de carnaval. Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el almacenero, el zapatero, el uriadnik, los tnuyik, todos paseaban en trineo con sus huéspedes, muchachas, aldeanas jóvenes, parientes. Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.

Una vez enganchado Koroliok, el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja, fue en busca de Liubka, que tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo, pero dejándose arrastrar.

Ignat había traído el potro tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas, ensebadas, a las que no se adhería la nieve.

Más tarde, cuando Ignat se dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la chalina gris, inclinándose sobre ella.

En este momento Ignat tomó la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par de botas viejas del peón Iashka.

Después de haber apilado suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones, sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat, hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.

 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.

sábado, 23 de abril de 2016

Carnaval: LA HIERBA, de Claude Simon

"... como cubierta por una capa de maquillaje, como esa gente que se disfraza de negros en carnaval..."
 
(Fragmento)

Después su voz cesa. No porque se niegue a pronunciar, repetir las mismas palabras, la burla, la ofensa, sino porque él (el viejo sentado delante de ella) ha dejado ostensiblemente de escucharla, aunque siga mirando en su dirección (ella dando la espalda a la puerta), con la cuchara otra vez detenida entre el plato y la boca, pero pasando la mirada ahora por encima de ella, fija en algo -o en alguien- que ella no ve, que sin duda queda a sus espaldas, y cuando ella se da vuelta también lo ve, ya no detrás de sí, sino a su izquierda, pasando silenciosamente a lo largo del trinchero, penetrando en la zona iluminada: el cuerpo enflaquecido, la cara también enflaquecida, y no atezada, sino, parece, como ennegrecida, o mejor manchada por el sol, como cubierta por una capa de maquillaje, como esa gente que se disfraza de negros en carnaval: no oscura, sino manchada, y tal vez grasa sucia en uno de los pómulos huesudos y a través de la frente, pasando sobre los cabellos pálidos, apenas diferenciables -las manchas, la grasa- del bronceado, los antebrazos, de pelos rubios descoloridos también por el sol, sobresaliendo de las mangas arremangadas, sucios también por el bronceado y la grasa, y extendidos ahora a un lado y otro del plato, el busto revestido de un mono manchado inclinado ahora hacia adelante, la cabeza casi metida en el plato, el mentón rozando el borde, de manera que la mano huesuda y fina que sostenía la cuchara sólo recorría en cada ida y venida un trayecto reducido al mínimo (habiéndose sentado y llenado su plato sin decir una sola palabra, comiendo ahora con esa especie de concentración, de avidez taciturna y metódica de los campesinos, la mirada del viejo siempre fija en él), y, al cabo de un rato, el viejo, como si recordara de pronto su propia cuchara, terminando el gesto suspendido, llevándosela a la boca y tragando, como quien dice por debajo de su mirada, sin dejar ni un instante de observar a Georges, y la mano bajando, volviendo a hundir la cuchara en lo que quedaba de sopa, pero quedándose allí, no volviendo a subir, la mirada siempre fija en la cabeza de la que sólo se veían los cabellos rubios, casi mojándose en el plato, detrás la cuchara en su vaivén metódico, y entonces Sabine carraspeando precipitadamente y diciendo: «Pierre...», pero el hombre gordo sin inmutarse, enorme, paquidérmico, sin dejar de observar a Georges, y Sabine de nuevo: «Pierre, por favor, sabes bien que...
 
Claude Simon (Francés nacido en Madagascar, 1913-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1985.

viernes, 22 de abril de 2016

Carnaval: LA ROMANA, de Alberto Moravia

"... tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval."
 
(Fragmento del capítulo VII)

El día siguiente, para que no me molestara mi madre, que ya se mostraba suspicaz, fingí tener una cita con Gino y estuve fuera de casa toda la tarde. Para la boda me había hecho un vestido nuevo, un traje sastre gris, que pensaba ponerme después de la ceremonia. Era mi mejor vestido y vacilé antes de ponérmelo. Pero después pensé que algún día tendría que llevarlo y no sería un día más puro ni más feliz que aquél y que, por otra parte, los hombres juzgaban por las apariencias y me convenía presentarme con mi mejor aspecto para obtener dinero. Y dejé a un lado los escrúpulos. Me puse, por lo tanto, y no sin algún remordimiento, mi hermoso vestido que hoy, cuando de nuevo pienso en él, me parece tan feo y modesto como todas mis cosas de entonces; me peiné con cuidado y me pinté la cara, pero no más de lo que acostumbraba. A propósito de este último detalle, quiero decir que nunca he entendido por qué tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval. Tal vez porque con la vida que hacen estarían muy pálidas o porque temen, si no se pintan de aquella manera tan violenta, no atraer la atención de los hombres y no darles a entender lo suficiente que están dispuestas a dejarse abordar. Yo, en cambio, por más que me canse y ajetree, conservo siempre mis colores sanos y bronceados y, sin modestia, puedo decir que mi belleza ha sido siempre suficiente, sin ayuda de pinturas y cremas, para hacer que los hombres volvieran la cabeza en la calle al pasar yo. No atraigo a los hombres por el carmín o el negro en las cejas, o un falso color rubio pajizo, sino por el porte majestuoso (así por lo menos me lo han asegurado muchos), por la serenidad y la dulzura del rostro, por los dientes perfectos al reír y por la abundancia y la juventud del cabello ondulado y oscuro.
 

Las mujeres que se tiñen el pelo y se emborronan la cara no comprenden que los hombres, juzgándolas desde el principio por lo que son, experimentan una especie de decepción anticipada. Pero yo, tan natural y tan sobria, siempre los he dejado en duda acerca de mi verdadera naturaleza, proporcionándoles así la ilusión de la aventura, cosa que ellos, en el fondo, buscan mucho más que la mera satisfacción de los sentidos.
 

Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

jueves, 21 de abril de 2016

Carnaval: VACACIONES EN ROMA, de Henry James


(Fragmento inicial)
 
Sin duda es agradable sentirse alegre en el momento preciso, pero ese momento preciso difícilmente me parecen los diez días del carnaval romano. Sospecho cínicamente que no fueron capaces de mantener en mi imaginación, la brillante promesa que implicaba su leyenda; luego, los acontecimientos me permitieron corroborar que he tenido menos conciencia de las influencias festivas características de la temporada que de la inalienable gravedad del lugar. Hubo un tiempo en que el carnaval era un asunto serio -esto es, auténticamente disfrutable; mas, gracias a las botas de siete leguas que el reino de Italia viene usando en su marcha hacia el progreso en otras direcciones, la moda del jolgorio público ha caído en plena decadencia-. Dudo que un americano pueda concebir con exactitud el estado de ánimo en que el carnaval se llevaba a cabo como una expresión general impulsada por la buena fe; sólo puede decirse a sí mismo que durante un mes del año debe haber cosas -cosas que tienden a verse como una humillación- que es más cómodo tratar de olvidar. Pero ahora que Italia está hecha, el carnaval está deshecho.
 
 
Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916)
 
La ilustración corresponde a El carnaval de Roma (1881), de José Benlliure y Gil.

lunes, 18 de abril de 2016

Carnaval: EL ESCULTOR DE MÁSCARAS, de Fernand Crommelynck


(Principio del tercer acto)

La tienda. La habitación está a oscuras. Todas las ventanas están abiertas.

Pascal está solo en la tienda. Afuera, los cantos se escuchan cada vez más cerca. Es época de carnaval, con su irrestricto e incansable júbilo.

Una canción:
Zapatos blancos de madera, clack,
clack, zapatos blancos de madera.
Bonitos zapatos blancos de madera
sobre el pavimento de piedra.

(Se escuchan zapatos de madera siguiendo al ritmo de la canción).

Voces: ¡A la taberna del Caballo Marino! ¡Vamos! ¡A la taberna del Caballo Marino! (Se escuchan campanas y tambores).

La canción (a la distancia): Tra-la-la-la baila y larga vida al zapatero. Zapatero del muelle, ¡haz tu trabajo!

(Pascal mira hacia afuera. Silencio. Magdalena baja de las habitaciones superiores. No la escucha. Camina hacia él y le llama con dulzura).

Magdalena: ¡Pascal!

Pascal (se vuelve de manera abrupta, aterrado): ¿Qué?... ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? (suspira). ¡Ah! Eres tú...

Magdalena (triste): ¿De qué tienes miedo? (Él no responde. Silencio).
 
Pascal (obsesivo): Los árboles en el jardín del convento florecen; el cuarto se llena con el olor de las hojas frescas... La gente va a bailar toda la noche. (Ríe nervioso) Bailarán, sí... o también pasearan por el campo... las muchachas y los jóvenes... se irán perdiendo de dos en dos, entre las ramas... ¡Ah! ¡Ah! ¡Sí!... y sus risas se escucharán en la oscuridad, bajo el cielo. (Se queja) Y yo siento dolor.

Magdalena (con tristeza): Vamos a cerrar la casa.

 
Fernand Crommelynck (Dramaturgo belga nacido y muerto en Francia, 1886-1970).
 
La ilustración corresponde a Annemarie Seidel y Fritz Korner en la puesta en escena de El escultor de máscaras, estrenada en Berlín el 12 de mayo de 1920.

domingo, 17 de abril de 2016

Carnaval: MISTERIO BUFO (Juglaría popular), de Dario Fo


(Fragmento)
 
En carnaval déjale bailar,
y también cantar para más disfrutar,
pero poco, pues no vaya a olvidar
que a este mundo se viene a trabajar.

 
Dario Fo (Italia, 1926). Obtuvo el premio Nobel en 1997).

sábado, 16 de abril de 2016

Carnaval: PERVERZION, de Yuri Andrujovich

"El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande..."

(Fragmento del capítulo 2)

Nosotros en Venecia estamos inclinados a pensar que la pérdida del Carnaval ya ha ocurrido. Lo podemos ver. Casi nadie se da cuenta de esto -para que el Carnaval exista, debe repetirse año tras año, muchas veces, por varias razones, con fuego y máscaras, con vino y danzas. El Carnaval existe, cualquiera podrá decirlo entre quienes todavía (o que ya) no lo ven y que son incontables. El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande, está donde quiera y es ininterrumpido, aquellos con mala fe lo dirán. 
 
Pero, ¿es realmente de esa manera? ¿O sólo es una medida de aquello tragado y devorado? ¿Con increíbles enjambres de turistas, japoneses, servicios hoteleros, diversiones, o con la devolución del dinero y las pérdidas por pirotecnias? ¿Y si esto es sólo pura mecánica, maquinaria, fría industria, consumo masivo, conducta parasitaria permanente? ¿Qué tal si sólo es una trampa?
 
Parece que junto con el Carnaval nos perdemos nosotros mismos. ¿Somos todavía capaces de amar, reír, o llorar? ¿Estamos lo suficientemente vivos para vivir? ¿O para hacer algo más? Esta es una pregunta que vale la pena...
 
 
Yuri Andrujovich (Ucrania, 1960)

viernes, 15 de abril de 2016

Carnaval: CAPRICHO, de Alfonsina Storni

"... fruto de carnaval decorado en escamas de serpientes del mal."

Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.

 
Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, 1892-1938)

jueves, 14 de abril de 2016

Carnaval: EL SEÑOR DEL CARNAVAL, de Craig Russell

"... y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad..."
 
(Fragmento del capítulo 9)

Lo que le llamó de inmediato la atención a Fabel fue que el informe no hablaba solamente de asesinatos que ya habían ocurrido: también se refería a un asesinato esperado. Estaba claro que eso es algo que ocurre siempre cuando hay sospecha de un asesino en serie, pero en este caso la Policía de Colonia no sólo esperaba otro asesinato, sino que incluso tenía una idea bastante clara del día en el que iba a producirse.
 
La gran fiesta de Colonia era el Karneval, la desenfrenada celebración que tenía lugar cada año antes de la Cuaresma. A Fabel, como protestante germano del norte, el carnaval le resultaba algo ajeno. Sabía en qué consistía, por supuesto, pero nunca lo había experimentado más que en los reportajes que había visto por televisión. Incluso Colonia le resultaba una ciudad poco familiar: había estado en ella sólo un par de veces, y nunca demasiado tiempo. A medida que se adentraba más en el caso se encontraba perdido en un entorno de monumentos desconocidos. Pensó en lo difícil que sería para una unidad como la que proponían Van Heiden y Wagner funcionar eficazmente por todo el territorio alemán. Un país, un conjunto de culturas distintas; y si se tenían en cuenta el Este y el Oeste, hasta dos historias distintas.
 

El carnaval de Colonia era algo único. Más al sur había las formas más tradicionales de Fasching y Fastnacht. En Dusseldorf, la eterna rival de Colonia, o en Mainz, el carnaval adoptaba una forma similar pero no alcanzaba nunca la exuberancia anárquica del de Colonia. Esta celebración era mucho más que una fecha en el calendario: formaba parte de la personalidad de la ciudad, definía lo que significa ser de Colonia.
 
Fabel ya había oído hablar del caso; como todos los crímenes de este tipo, los tres asesinatos presentaban todos los ingredientes de un buen titular morboso: el asesino que buscaba la Policía de Colonia atacaba sólo por carnaval. Sólo había dos víctimas: una el año anterior, la primera el año antes, pero el agente al frente de la investigación —el Seniorkommissar Benni Scholz— había reconocido el modus operandi del asesino nada más llegar a la segunda escena del crimen, y había advertido a sus superiores de que dentro de la misma temporada de carnaval podía haber otro asesinato, pues temía una escalada de la actuación en serie del criminal. No hubo más crímenes, pero Fabel estaba de acuerdo con el comisario sin rostro en que el asesino volvería a actuar: este año, durante el próximo carnaval.
 
Fabel puso los informes del caso sobre la mesita. Las dos víctimas tenían casi treinta años, eran mujeres y solteras. Sus historiales tenían poco en común: Sabine Jordanski era peluquera; Melissa Schenker trabajaba en casa en algo parecido al diseño de software. Si Jordanski era la alegría de la fiesta, Schenker, en cambio, fue una persona reservada, tranquila y casi de vida recluida. Jordanski era natural de Colonia, nacida y criada en la ciudad; Schenker provenía de Kassel y llevaba tres años viviendo allí. Durante la investigación no se les descubrieron ni amigos ni conocidos comunes, ningún vínculo aparte de la manera en que se tropezaron con la muerte.
 
Ambas mujeres habían sido estranguladas; había pruebas de estrangulación manual y del uso posterior de una ligadura: las corbatas masculinas que había dejado en sus cuellos como firma el asesino. Scholz había explicado el posible significado de esta firma: el Weiberfastnacht era una fecha clave en el calendario del carnaval de Colonia, se celebraba siempre el último jueves antes de Cuaresma y era la noche del carnaval de las Mujeres, cuando ellas mandaban. Todas las féminas de Colonia tenían derecho a exigirle un beso a cualquier hombre, y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad, así se invertía la tradicional autoridad de los hombres sobre las mujeres. En los ambientes más ilustrados e igualitarios, la costumbre no pasaba de cierta diversión, pero el Kommissar Scholz expresó su sospecha de que para el asesino significara mucho más. Sospechó que el asesino podía estar motivado por una misoginia psicótica o por un resentimiento de tipo sexual contra las mujeres. Scholz presentía claramente que este punto de vista explicaba la desfiguración post mortem de los cuerpos: aproximadamente medio kilo de carne había sido extraído de la nalga derecha de ambas víctimas. Fabel podía ver la lógica del agente de Colonia, pero la consideraba prematura. Sospechaba que en ese asesino había más de lo que se adivinaba.
 

Craig Russell (Inglaterra, 1956)

miércoles, 13 de abril de 2016

Carnaval: EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM, de Heinrich Böll


(Fragmento)

Cuando finalmente, alrededor de las diez y quince, condujeron a Katharina Blum desde su piso a la comisaría, con objeto de proceder al interrogatorio, en el último momento renunciaron a ponerle las esposas. Beizmenne quiso insistir para que se las colocaran, pero, después de un breve diálogo con la funcionaria Pletzer y su asistente Moeding, se dejó convencer. Debido al carnaval, que comenzaba aquel día, numerosos vecinos de la casa no habían acudido al trabajo y aún no habían salido para presenciar las cabalgatas y fiestas que, a semejanza de las saturnales, se celebran todos los años. De modo que, aproximadamente, tres docenas de habitantes del edificio de apartamentos de diez pisos, se congregaban en el vestíbulo, vistiendo abrigos, batas y albornoces.

El fotógrafo de prensa Schönner se encontraba a pocos pasos del ascensor cuando salía de éste Katherina Blum, entre Beizmenne y Moeding, y escoltada por funcionarios armados. La fotografiaron varias veces por todos los lados, y al final la retrataron despeinada y con una expresión poco amable. Ella intentó repetidas veces esconder la cara, que reflejaba vergüenza y confusión, y así se hizo un lío con el bolso, el neceser y una bolsa de plástico en la que llevaba los libros y los utensilios para escribir.
 

  
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972.

martes, 12 de abril de 2016

Carnaval: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"... en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse."

(Fragmento)
 
Martes de carnaval

Maurice Barrès, recibió una buena tunda. Éramos tres soldados y uno de nosotros tenía un agujero en medio de la cara. Maurice Barrès se acercó y nos dijo: “¡Está bien!” y entregó a cada uno un ramillete de violetas. “No sé dónde meterlo”, dijo el soldado de la cabeza agujereada. Entonces Maurice Barrès dijo. “Debe ponérselo en medio del agujero que tiene usted en la cabeza”. El soldado respondió: “Voy a metértelo en el culo”. Y pescamos a Maurice Barrès y le quitamos los pantalones. Debajo del calzoncillo llevaba una vestidura roja de cardenal. Levantamos la vestidura y Maurice Barrès se puso a gritar: “Atención, tengo pantalones con trabillas”. Pero lo azotamos hasta hacerle sangre y en el trasero le dibujamos, con los pétalos de las violetas, la cabeza de Déroulède.
 
Recuerdo mis sueños con gran frecuencia después de un tiempo. Además, he de moverme mucho tiempo mientras duermo porque a la mañana encuentro toda la ropa en el suelo. Hoy es martes de carnaval, pero en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel en 1964.

lunes, 11 de abril de 2016

Carnaval: ARROZ Y TARTANA, de Vicente Blasco Ibáñez

"Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles..."

(Fragmento del capítulo IV)

Llegaron los tres días de carnaval. Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles, pasaban las familias ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos y ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo que se canta en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de pescadores u odaliscas, mal pergeñados con mugrientos trajes de ropería.

Muchachos con pliegos de colores voceaban las «décimas y cuartetas, alegres y divertidas, para las máscaras» las, colecciones de disparates métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar alaridos de alegre escándalo en la Alameda. En los puestos del mercado vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con sonoros cascabeles y caretas pintadas, capaces de oscurecer la imaginación de los escultores de la Edad Media: unas con los músculos contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo por la mejilla; otras, con una frente inmensa, espantosa; caras de esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son higos aplastados o que se prolongan como serpenteante trompa con un cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.


Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928)

domingo, 10 de abril de 2016

Carnaval: POR QUÉ AMO LAS MASCARADAS, de Yevdokiya Rostopchina

"Es cierto, amo la libertad del carnaval, cuando anónima y desconocida digo la verdad a todos y de todo..."

Zachem ia luibli maskarady
 
(Fragmento)
 
Atormentada por mi realidad cotidiana,
trato de capturar el brillo externo de la vida imaginaria,
y tolerar la ansiedad y hasta las mentiras,
sólo para salvarme de la trágica verdad...
Es cierto, amo la libertad del carnaval,
cuando anónima y desconocida digo la verdad a todos y de todo;
yo, la víctima y esclava de la sociedad -me siento eufórica
puedo ver a los ojos de los demás y reír.


Yevdokiya Rostopchina: Евдокия Петровна Ростопчина (Rusia, 1811-1858)

(Traducido al español por Sergio Paratov)