.

.
Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 30 de mayo de 2016

Carnaval: LA REINA, de José Emilio Pacheco

"... la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración."

(Fragmento)

Con grandes dificultades llegó a la esquina elegida. El calor y el estruendo informe, la promiscua contigüidad de tanto extraños le provocaban un malestar confuso. Entre aplausos apareció la descubierta de charros y chinas poblanas. Bajo gritos y música desfiló la comparsa inicial: los jotos vestido de pavos reales. Siguieron mulatos disfrazados de vikingos, guerreros aztecas cubiertos de serpentinas, estibadores con bikinis y penachos de rumbera.

Desfilaron cavernarios, kukluxklanes, la corte de Luis XV con sus blancas pelucas entalcadas y sus falsos lunares, Blanca Nieves y los Siete Enanos (Adelina sentía que la empujaban y la manoseaban), Barbazul en plena tortura y asesinatode sus mujeres, Maximiliano y Carlota en Chapultepec, pieles rojas, caníbales teñidos de betún y adornados con huesos humanos (la transpiración humedecía su espalda), Romeo y Julieta en el balcón de Verona, Hitler y sus mariscales llenos de suásticas, gigantes y cabezudos, James Dean al frente de sus rebeldes sin causa, Pierrot, Arlequín y Colombina, doce Elvis Presley que trataban de cantar en inglés y moverse como él. (Adelina cerró los ojos ante el brillo del sol y el caos de épocas, personajes, historias.)

Empezaron los carros alegóricos, unos tirados por tractores, otros improvisados sobre camiones de redilas: el de la Cervecería Moctezuma, Miss México, Miss California, notablemente aterrada por lo que veía como un desfile salvaje, las Orquídeas del Cine Nacional, el Campamento Gitano -niñas  que lloriqueaban por el calor, el miedo de caerse y la forzada inmovilidad-, el Idilio de los Volcanes según el calendario de Helguera, la Conquista de México, las Mil y una Noches, pesadilla de cartón, lentejuelas y trapos.

La sobresaltaron un aliento húmedo de tequila y una caricia envolvente: -Véngase, mamasota, que aquí está su rey-. Adelina, enfurecida, volvió la cabeza. Pero ¿hacia quién, cómo descubrir al culpable entre la multitud burlona o entusiasmada? Los carros alegóricos seguían desfilando: Los Piratas en la Isla del Tesoro, Sangre Jarocha, Guadalupe la Chinaca, Raza de Bronce, Cielito Lindo, la Adelita, la Valentina y Pancho Villa, los Buzos en el país de las sirenas, los astronautas y los extraterrestres.

Desde un inesperado balcón las Osorio, muertas de risa, se hicieron escuchar entre las músicas y gritos del carnaval: -Gorda, gorda: sube. ¿Qué andas haciendo allí abajo, revuelta con la plebe y los chilangos? La gente decente de Veracruz no se mezcla con los fuereños, mucho menos en carnaval.

Todo el mundo pareció descubrirla, observarla, repudiarla. Adelina tragó saliva, apretó los labios: Primero muerta que dirigirles la palabra a las Osorio. Por fin, el carro de la reina y sus princesas. Leticia Primera en su trono bajo las espadas cruzadas de los cadetes. Alberto junto a ella muy próximo. Leticia toda rubores, toda sonrisitas, entre los bucles artificiales que sostenían la corona de hojalata. Leticia saludando en todas direcciones, enviando besos al aire.

- Cómo puede cambiar la gente cuando está bien maquillada -se dijo Adelina. El sol arrancaba destellos a la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración. Leticia Primera recibía feliz la gloria que iba a durar unas cuantas horas, en un trono destinado a amanecer en un basurero. Sin embargo Leticia era la reina y estaba cinco metros por encima de quien la miraba con odio.


José Emilio Pacheco (México, 1939)

domingo, 29 de mayo de 2016

Carnaval: KARNEVÁL, de Béla Hamvas


"Pero somos, y el gran misterio es la máscara..."
(Fragmento del segundo volumen, capítulo VII)
Sí. Entiendo que los seres humanos crecen, es decir, el cuerpo, su forma,  su imagen, es el gran misterio. Una máscara es sagrada. No debe despojarse de ella. Está prohibido. Se debe practicar el juego de la máscara. La sobriedad no es locura. La locura es nuestro estado natural. La máscara indica nuestra locura sagrada. ¿Realidad? Si tu cara fuese real, habría de sobrevivir por separado. Pero somos, y el gran misterio es la máscara, esta máscara. Ese es el gran misterio de la forma. Es decir, del cuerpo. Va en aumento. La santa ilusión. -
Pausa.
Béla Hamvas (Húngaro nacido en Eslovaquia, 1897-1968)

sábado, 28 de mayo de 2016

Carnaval: LOS ESCÁNDALOS DE CROME, de Aldous Huxley


"... y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo..."
(Fragmento)
- Se sufre mucho -continúo Dionisio- con eso de que las bellas palabras no significan nunca lo que deberían significar. No hace mucho, por ejemplo, se me ha echado a perder todo un poema, precisamente porque la palabra carminativo no significa lo que debería significar. Carminativo es admirable, ¿no es cierto?
- Admirable -asintío Mr. Scogan-. Pero, ¿qué significa?
- Es una palabra que yo había atesorado desde mi primera infancia -dijo Dionisio-, atesorado y amado. En mi casa me daban esencia de canela, cuando me hallaba resfriado -remedio inútil, pero no desagradable-. La vertían gota a gota, de unos frascos estrechos, en forma de dorado licor, fuerte y ardiente. En el rótulo había una lista de sus virtudes y entre otras cosas se decía que era en alto grado carminativo. Yo adoraba aquella palabra. "¿Será carminativo?", acostumbraba a decirme cuando tomaba mi dosis. Me parecía una palabra tan maravillosa para expresar aquella sensación de calor interior; aquel ardor, aquella -¿cómo lo diré?- satisfacción física que sentía después de beberme la canela. Más tarde, cuando descubrí el alcohol, la palabra carminativo expresaba para mí aquel ardor semejante pero más noble, más espiritual, que produce el vino, no sólo en el cuerpo, sino también el alma. Las virtudes carminativas del Borgoña, del ron, del viejo brandy, del Lacryma Christi, del Marsala, del Aleático, de la cerveza fuerte, de la ginebra, del champaña, del clarete, del crudo vino nuevo de las vendimias toscanas -yo las comparaba, las clasificaba-. El Marsala es rosadamente, aterciopeladamente carminativo; la ginebra pica y refresca al mismo tiempo que enardece. Me había formado toda una tabla de valores de carminación. Y ahora -Dionisio extendió las manos con las palmas hacia adelante, desesperado-, ahora ya sé lo que realmente quiere decir carminativo.

- Y bien ¿qué significa? -preguntó Mr Scogan, algo impaciente.

- Carminativo -dijo Dionisio, deteniéndose amorosamente en casa silaba-, carminativo. Yo vagamente imaginaba que tendría alguna relación con carmen-carminis, y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo... contenía la idea de canto, y la idea de carne sonrosada y cálida, con una evocación de las alegrías de la mi-Carême y las fiestas carnavalescas de Venecia. Carminativo... el calor, el ardor, el interior bienestar, todo ello estaba comprendido en aquella palabra. Y en lugar de eso...

- ¡Al grano, querido Dionisio! -protestó Mr. Scogan-. ¡Al grano!

- Pues bien, el otro día escribí un poema, -dijo Dionisio- escribí un poema sobre los efectos del amor.

- Otros han hecho lo mismo antes que usted -dijo Mr Scogan-. No hay motivo para avergonzarse.

- Yo quería expresar la idea -continuó Dionisio- de que los efectos del amor eran con frecuencia semejantes a los efectos del vino, esto es, que Eros podía embriagar lo mismo que Baco. El amor, por ejemplo, es esencialmente carminativo. Nos da la sensación de calor, de ardor...

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Eso fue lo que yo escribí. No sólo el verso resultaba elegantemente sonoro; era también, me complacía en ello, muy propio y concisamente expresivo. La palabra carminativo, lo comprendía todo, ofrecía un primer plano detallado, exacto, y un inmenso, indefinido hinterland de sugestión.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"En fin, que no me desagradaba. Y luego, de pronto, se me ocurre que, en realidad, yo no había nunca mirado aquella palabra en el diccionario. Carminativo había crecido, conmigo desde los tiempos del frasco de canela. Carminativo. Para mí, aquella palabra era tan rica de contenido como cualquier grandiosa y bien trabajada obra de arte; era un paisaje completo, con personajes y todo.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Era la primera vez que había confiado aquella palabra a la escritura, y sentía de pronto que necesitaba para ella una autoridad lexicográfica. Todo lo que tenía a mano era un pequeño diccionario inglés-alemán. Busqué la C, ca, car, carm. Allí estaba: Carminativo: Windtreibend. ¡Windtreibend! (¡Antiflatulento!) -repetía.
Mr. Scogan se echo a reír. Dionisio movió la cabeza.
- ¡Ah! -dijo- para mí aquello no era risible. Para mi señalaba el fin de un capítulo, la muerte de algo muy joven y precioso. En aquella palabra estaban contenidos los años de infancia y de inocencia -cuando yo creía que carminativo significaba, eso... carminativo. Y ahora, ante mi, yace el resto de mi vida-, un día, quizá diez años, medio siglo, durante los cuales ya sabré que carminativo significa windtreibend (Antiflatulento).
Plus ne suis ce qu j'ai été. Et ne le saurai jamais être.
- Es una revelación que le pone a uno meláncolico.
- Carminativo -dijo Mr. Scogan meditativamente.
- Carminativo -repitió Dionisio, y quedaron un momento silenciosos.


Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963)

viernes, 27 de mayo de 2016

Carnaval: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (páginas 79 y 80)


Diana te ha llamado por navidad y año nuevo. El plan para llevarse a la niña resultó efectivo, puesto que llegó sin contratiempos. Por su parte, ella ha tenido que trabajar en algo diferente, a su familia no le iba a causar ninguna gracia que se anduviera encuerando enfrente de señores tomados y, como suele suceder en provincia, se practica el pasatiempo del chisme y es muy fácil que todo se sepa. Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar unos días juntos.
(...)

En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño, tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y  las comparsas. La gente disfrazada tomaba por asalto las calles. Entonces no comprendiste por qué decían que las familias ya no se podían divertir, y tenían que retirarse cuando algún marido ofendido empezaba el forcejeo con el marciano, Capulina y un médico orate que le decía: "Nomás le sobé su nalguita porque le voy a inyectar unas vitaminas", presumiendo una enorme jeringa de cartón, mientras la mujer procuraba cubrir con un pañuelo las heridas en el rostro doblemente agraviado de su esposo. Tenías seis años entonces y hace tanto que saliste del puerto, que ignoras si todavía hay carnaval en Tampico. Aunque, en realidad, en las circunstancias actuales, unos disfraces más o menos no importan gran cosa.


Jules Etienne

jueves, 26 de mayo de 2016

Carnaval: BAILE DE MÁSCARAS, de Mikhail Lermontov


(Fragmentos de las escenas I y II)

Príncipe: Usted elude mi agradecimiento.
Arbenin: Para decirle la verdad, no lo soporto. Jamás, ni a nada ni a nadie le debo algo yo en la vida; y si a alguien he pagado con el bien, no ha sido por quererle demasiado, sino simplemente porque he visto utilidad en eso.
Príncipe: No le creo.
Arbenin: ¿Quién lo obliga a creerme? Estoy acostumbrado a eso desde hace mucho tiempo y si no fuera por pereza me volvería hipócrita... Pero terminemos esta conversación. (Pausa). Si nos fuéramos a divertir un poco, no nos haría mal ni a usted ni a mí... Hoy es fiesta y creo que hay baile de carnaval en la casa de Engelhardt.
Príncipe: Es cierto.
Arbenin: Vamos.
Príncipe: Estoy contento.
Arbenin (consigo mismo): Entre la multitud descansaré un poco.
Príncipe: Allá hay mujeres, ¡una maravilla!... Y hasta dicen que suelen ir...
Arbenin: Que digan, a nosotros qué nos importa. Bajo el disfraz, todas las clases son iguales; las máscaras no tienen alma, ni nombre; tienen cuerpo; y si la máscara esconde sus facciones, hay que quitarle el antifaz con audacia.
(Salen).

Escena II

Máscaras, Arbenin, luego el príncipe Zviezdich.
(La multitud se pasea en el escenario. A la izquierda, un canapé)

Arbenin (entrando): En vano busco distracción en todas partes. Vivaz y ruidosa es la multitud ante mis ojos, pero sigue frío mi corazón y duerme mi fantasía. Son todos extraños para mí y yo también un extraño para ellos. (Se acerca el príncipe, bostezando) He aquí la nueva generación... y yo también fui alguna vez joven como ellos, por lo visto. ¿Qué tal, príncipe? ¿No conquistó todavía alguna aventura?
Príncipe: ¿Qué hacer? Hace una hora que estoy buscando.
Arbenin: ¡Ah!, ¿usted quiere que la felicidad lo busque a usted? Eso es muy nuevo... habría que hacerle conocer...
Príncipe: Todas las mascaritas son muy tontas.
Arbenin: Las máscaras nunca son tontas; si calla, es misteriosa; si habla, es encantadora. Usted puede siempre imaginar una sonrisa, una mirada que adorne sus palabras... Por ejemplo, mire usted allí, cómo se yergue noblemente esa alta máscara disfrazada de otomana... ¡Qué gordita! ¡Cómo respira su pecho, con pasión y libremente! ¿La conoce? ¿No sabe usted quién es? Tal vez una orgullosa condesa o baronesa. Una Diana en la sociedad y una Venus en el baile de máscaras. También podría ser que esa hermosura lo visitase esta noche por media hora en su casa. En ambos casos, no pierda el tiempo. (Se aleja).

El príncipe y la mascarita.
(Un dominó se acerca y se detiene; el príncipe, de pie, muy pensativo).


Príncipe: Todo eso está muy bien... pero, sin embargo, yo continúo bostezando... Pero he aquí que llega una... ¡Ojalá, Dios mío, que tenga suerte!
(Una mascarita, separándose del grupo, le golpea el hombro).
Mascarita: ¡Yo te conozco!
Príncipe: Pero, por lo visto, poco.
Mascarita: Y hasta sé qué es lo que estás pensando.
Príncipe: Entonces eres más feliz que yo. (Tratando de mirar debajo del antifaz) Si no me equivoco, tiene una boquita espléndida.
Mascarita: ¿Te gusto? Tanto peor.
Príncipe: ¿Para quién?
Mascarita: Para alguno de los dos.
Príncipe: No veo por qué... No me asustarás con tus adivinanzas, y aunque no soy nada astuto, ya averiguaré quién eres.
Mascarita: Así es que crees estar seguro del fin de nuestra conversación...


Mikhail Lermontov (Rusia, 1814-1841)
La ilustración corresponde a una puesta en escena de Baile de máscaras, por la compañía teatral rusa Kolyada.

miércoles, 25 de mayo de 2016

CARNAVAL, de Adrian Păunescu

"Tenemos que estar enmascarados otra vez, sólo así podremos reconocernos..."


La mayor sorpresa
el choque más grande,
entre tanta locura,
el punto culminante
de nuestro baile de máscaras
en el que
nadie
ha conocido nunca a nadie
fue cuando alguien
tuvo
la genial idea
de que se parecieran
todas nuestras mujeres reales.
 
Tenemos que estar enmascarados
otra vez
sólo así podremos
reconocernos
para darnos
los buenos días.
 
 
Adrian Păunescu (Rumania, 1943-2010)

martes, 24 de mayo de 2016

Carnaval: EL PROFESOR UNRAT (El ángel azul), de Heinrich Mann


(Fragmento final del capítulo XV)
 
En el baile de máscaras organizado en casa de Basura una noche de Carnaval, hubo señoras irreprochables que aprovecharon el amparo del antifaz para satisfacer su curiosidad. Algunos de los señores casados que aquella noche acudieron observaron hasta el final un comportamiento sospechosamente reservado, temiendo ser espiados detrás de un antifaz por ojos conyugales. Las jóvenes solteras comentaron entre sí alguna salida nocturna y misteriosa de sus madres. Seguramente habían ido a casa de Basura. Cuando se encontraban solas tarareaban a media voz las canciones de Rosa Fröhlich. El misterioso juego de prendas, en el que las parejas se tendían en el suelo bajo una manta, penetró en los hogares burgueses y se jugaba cuando las hijas casaderas recibían la visita de posibles maridos. Antes del verano, tres señoras de la buena sociedad y dos muchachas solteras salieron de pronto para el campo, anticipando de un modo que pareció singular las vacaciones de verano. Tres comerciantes se declararon en quiebra. Meyer, el tabaquero de la plaza del mercado, falsificó unas letras y se ahorcó al descubrirse su delito. Empezó a murmurarse sobre la situación económica de Breetpoot...
 
Y esta desmoralización de toda una ciudad, que nadie podía impedir por ser muchos los que se hallaban implicados en ella, era obra de Basura y constituía su triunfo. La pasión que le dominaba en secreto, aquella pasión que su cuerpo reseco, sólo muy raras veces delataba con una mirada de venenoso brillo verde gris, desafiaba y se imponía a toda una ciudad. Basura era fuerte; podía ser feliz.
 
 
Heinrich Mann (Alemán radicado y fallecido en Estados Unidos; 1871-1950)

lunes, 23 de mayo de 2016

Carnaval: EL AMANTE BILINGÜE, de Juan Marsé

"... se metía en algún bar del Raval con el acordeón..."

15

Pronto llegaron las noches de carnaval y la inquietud de Marés aumentó. Terminaba su jornada laboral y no se iba a casa, se metía en algún bar del Raval con el acordeón colgado al hombro, pedía una bocata y un vaso de vino y sufría ataques de melancolía y de llanto.

Entraba en los lavabos para mirarse en los espejos: en una ciudad esquizofrénica, de duplicidades diversas, pensaba, lo que el ciudadano indefenso debe hacer es mirarse en el espejo con frecuencia para evitar sorpresas desagradables... Alguien, no sabía quien, le seguía a todas partes.

La noche del martes, Marés y Serafín, el chepa, estaban en un bar de las Ramblas bebiendo vino blanco en la barra. Fuera hacía frío, pero no mucho. Serafín iba disfrazado de limpiabotas ramblero y sostenía firmemente con la mano derecha una auténtica caja de betún. Llevaba en el ojo izquierdo el parche que le había prestado Marés y una peluca azabache bastante asombrosa, abundante y rizada, además de patillas y bigote postizo. Parece un niño disfrazado de viejo, pensó Marés.


Olga entró en el bar, besó a Serafín en la mejilla y le dijo:


- Primo, solete, qué disfraz más bonito.
- ¿Te gusta, Olguita?
- Chachi, de verdad.

Le corrigió el bigote y volvió a besarle. Ella no iba disfrazada. Llevaba un chaquetón de pieles sobadas que olía suavemente a caramelo y una falda verde abierta en el costado. Cinco minutos antes estaba en la acera del restaurante Amaya discutiendo el precio de un polvo con un cliente. Era una muchacha bajita y culona con perfil de gato. Se sentó en la barra, pero no quiso beber nada. El plan para esta noche era tomar unas tapas y unos vinos por ahí y después llevar a su primo Serafín a la fiesta de disfraces que daba su amiga Rosario.

- Te prometí que lo pasaríamos en grande y vas a ver -dijo Olga palmeando la chepa de Serafín. Te acordarás de esta noche y de la prima Olga.

Pero no parecía muy entusiasmada con la idea. A Marés lo miró con recelo un par de veces. Le preguntó si también iba a la fiesta de Rosario y, al decirles Marés que no, se tranquilizó. Entonces miró al chepa de arriba a abajo con una mirada rápida y furtiva que entristeció a Marés. Luego, de pronto, exclamó ¡mierda, dónde tengo la cabeza!, y se golpeó la frente con una mano. Dijo que se había olvidado de devolverle a una compañera unos dineros que necesitaba de urgencia. Prometió volver en diez minutos. Besó a su primo en las patillas postizas, brincó del taburete y se fue.

 
Juan Marsé (España, 1933)


sábado, 21 de mayo de 2016

Carnaval: LA EDAD DE LA INOCENCIA, de Edith Wharton

"... a pesar de ser lo más entretenido del mundo, todo le había parecido irreal como un carnaval."

(Fragmento del capítulo 20)
Sólo una vez, justo después de terminar Harvard, pasó unas semanas alegres en Florencia con un grupo de extraños norteamericanos europeizados, bailando toda la noche en palacios de damas con títulos nobiliarios, y jugando gran parte del día con los libertinos y los petimetres del club de moda. Pero, a pesar de ser lo más entretenido del mundo, todo le había parecido irreal como un carnaval. Esas extrañas mujeres cosmopolitas, sumergidas en complicados asuntos amorosos que al parecer necesitaban relatar al primero que encontraban, y aquellos magníficos oficiales jóvenes y los avejentados caballeros con un ingenio de la peor clase que eran los objetos o los depositarios de sus confidencias, eran demasiado diferentes de la gente entre la cual Archer había crecido y demasiado parecidas a las plantas caras y malolientes de los invernaderos exóticos, como para atraer su imaginación por mucho tiempo. No pretendería jamás introducir a su esposa en semejante sociedad; pero durante sus viajes ninguna otra había demostrado interés en su compañía.

Edith Wharton (Estados Unidos, 1862-1937)


La ilustración corresponde al carnaval de Florencia. 

viernes, 20 de mayo de 2016

Carnaval: LAS MÁSCARAS, de Saint-Simon


"Por último, ambas máscaras fueron arrojadas a la basura."

El teniente general Bouligneux y el mariscal de campo Wartigny perecieron frente a Verue; eran dos hombres de gran valor pero muy singulares. El invierno precedente se habían hecho varias máscaras de personas de la corte, tomadas del natural. Dichas personas las llevaban bajo otras máscaras, de modo que al quitarse la primera máscara los demás se equivocaban al confundir la segunda máscara con el rostro verdadero, ya dicho rostro era muy diferente. La broma divirtió mucho. Ese invierno se quiso repetir la distracción. Grande fue la sorpresa al encontrar a las máscaras tomadas del natural frescas y tal cual se hallaban cuando se guardaron después del carnaval, con excepción de las de Bouligneux y Wartigny, que aunque conservaban su perfecta semejanza habían adquirido la palidez y la consunción de las personas que acaban de morir. Ellos las lucieron en un baile y produjeron tanto horror que se trató de retocar las máscaras con rojo, pero el rojo se borraba de inmediato, y la consunción no tenía arreglo. Esta circunstancia me pareció tan extraordinaria que la considero digna de referirse, pero me hubiera cuidado de hacerlo si toda la corte no hubiera sido testigo de ello, como yo, y si no hubiese sorprendido mucho, y varias veces, por este hecho extraño y singular. Por último, ambas máscaras fueron arrojadas a la basura.
 
 
Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (Francia, 1760-1825)

jueves, 19 de mayo de 2016

Carnaval: EL SUEÑO DE LOS HÉROES, de Adolfo Bioy Casares

"El cabaret se llamaba Signor, su vestíbulo, profundo, estrecho y rojo..."

(Fragmento del capítulo XXXIII)

En la tercera noche del carnaval del año 27, antes de entrar en el teatro Cosmopolita, habían bebido en uno de esos cabarets. Ahora quería reconocerlo. Pero hacía tanto frío y estaba tan cansado, que no pudo prolongar debidamente la inspección; a decir verdad, entró en el primero de esos establecimientos que encontró en su camino. El cabaret se llamaba Signor, su vestíbulo, profundo, estrecho y rojo, con llamas y diablos pintados, representaba, sin duda, la entrada del infierno o, por lo menos, de una cueva infernal; de las paredes colgaban fotografías coloreadas de mujeres con castañuelas, mantones y posturas furiosas, de bailarines de frac y galera, y de una niña con hoyuelos en la cara, sonrisa picaresca y un ojo cerrado. Adentro, dos mujeres bailaban un tango, que otra ejecutaba, con un dedo, en el piano. Una cuarta mujer miraba, acodada en una mesa. Dos lavacopas trabajaban activamente en el mostrador. Algunas mesas estaban arregladas; las demás tenían encima sillas dadas vuelta. Gauna empujó la puerta para salir.

- ¿Quería algo, maestro? -preguntó uno de los lavacopas.

- Creía que estaba abierto... -explicó Gauna

- Siéntese -le propuso el lavacopas-. No vamos a echarlo porque sea temprano. ¿Qué le sirvo?

Gauna le dio el chambergo y se sentó.

- Una grapa doble -dijo.

Pensó que tal vez fuera ahí donde habían estado aquella noche. Disimuladamente miró a las mujeres; una de las que bailaban parecía un indio pampa y la otra (según le contó después a Larsen) "tenía cara de zonza". La del piano era muy chica y muy cabezona. La que estaba acodada era una rubia con cara de oveja. Esta última se levantó con desgano; Gauna se dijo, no sin alarma, "viene"; la mujer se acercó, preguntó si no molestaba y se sentó a la mesa de Gauna. Cuando el lavacopas se acercó, la mujer le preguntó a Gauna:

- ¿Me pagás la soda?

Gauna asintió. La mujer ordenó al lavacopas:

- Con bastante whisky, por favor.

Para disimular su turbación, Gauna comentó:

- A mí no me gusta el té frío.

La mujer explicó las ventajas medicinales del whisky, aseguró que lo tomaba por prescripción médica y por "puro gusto, créame", y se dilató en descripciones de las enfermedades, principalmente del estómago y del intestino, que la habían perseguido hasta adelgazarla enteramente y que ahora el doctor Reinafe Puyó, a quien había conocido una madrugada por entera casualidad, la estaba tratando con whiskies y otros brebajes menos agradables para el paladar, que la dejaban toda revuelta, echada como una enfermita en la cama y con un pañuelo empapado en agua colonia en la barriga. Gauna la escuchaba impresionado. Para sus adentros reconocía (aunque fuera una vergüenza confesarlo) que su experiencia con las mujeres no era grande y que si se encontraba con una muchacha, que no era una de las zonzas del barrio, se acobardaba un poco y estaba entregado, sin voluntad. Volvieron a llenar los vasos, y Gauna pensó "esta mujer tiene cara conocida". (Tal vez le pareció conocida porque ese tipo de cara se da, con variantes y peculiaridades, en muchas personas.) Después de que Gauna hubo bebido la tercera grapa doble, la mujer le participó que se llamaba "la Baby" (pronunció el nombre con "a" abierta) y él se atrevió a preguntar si no se habían encontrado en ese mismo lugar en un carnaval, hace dos o tres años.

- Yo estaba con unos amigos -explicó; después de una pausa añadió, cambiando de tono-. Tiene que acordarse. Con nosotros venía un señor de cierta edad, más bien corpulento y de respeto el hombre.

- No sé de qué me está hablando -respondió la Baby, con visible agitación.


Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999) 

miércoles, 18 de mayo de 2016

Carnaval: LA MUERTE Y LA BRÚJULA, de Jorge Luis Borges

"... bajaron dos arlequines (...) abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos..."
 
(Fragmento)

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

martes, 17 de mayo de 2016

Carnaval: DE REPENTE, EN EL VERANO, de Tennessee Williams

 
(Fragmento de la cuarta escena)

Doctor: ¿Qué sucedió el invierno pasado?
 
Catalina: Fui a un baile de carnaval, el martes de carnaval, con un muchacho que después se puso muy borracho y no se podía sostener de pie. (Risa breve) Yo ya me quería ir a casa. En el guardarropas no podían encontrar mi abrigo. Quédenselo, les dije, y salí a la calle a buscar un taxi. En eso, alguien me tomó del brazo y me dijo: "Yo te llevo en mi auto". Se quitó el saco y lo puso sobre mis hombros, lo miré, y la verdad es que nunca antes lo había visto. Me llevaba a casa pero se detuvo en el camino. Paró cerca del bosque de robles que está cerca de la Costanera. encendió un cigarrillo. Nada más. Estábamos dentro del coche y yo entendí. Creo que me bajé del auto antes que él, y caminamos por el pasto húmedo en dirección de los robles envueltos en la bruma, como si nos estuvieran pidiendo ayuda desde allá dentro. (Pausa. Queda el sonido de un solo pájaro).

Doctor: ¿Y después?
 
Catalina: Lo perdí. Me llevó de vuelta a la casa y me dijo algo horrible: "Mejor olvidemos todo. Mi mujer está embarazada y..." Entré en la casa, me senté, me quedé pensando por un rato hasta que de pronto llamé un taxi para volver al lugar, a la fiesta del carnaval. El baile sigue y pienso que "regresé a buscar la estola de visón que me prestó mi tía Violeta". Pero no. Regreso para hacerle una escena. Me paro en medio de la pista, lo ubico, corro hacia él y comienzo a golpearlo con los puños cada vez más fuerte, en la cara, en el pecho, hasta que... mi primo Sebastián tiene que sacarme de allí. A la mañana siguiente empecé a escribir mi diario en tercera persona. Por ejemplo: "Ella está todavía viva esta mañana. Y en esta caso ella quiere decir yo. ¿Y ahora que le espera a ELLA? ¡Sabrá Dios! Dejé de salir. Ya no podía. Una mañana, Sebastián entró a mi recámara para decirme: "Levántate". Bueno, cuando se continúa con vida después de haber estado muerta, uno es obediente. Me llevó al centro a un lugar donde sacan fotos para pasaportes y me dijo: "Mamá no puede viajar conmigo este verano y vas a venir en su lugar". Si no me lo cree, lea mi diario cuando estábamos en París: "ELLA se levantó al amanecer esta mañana, desayunó, se vistió y fue a dar un breve paseo. ¡Del hotel Plaza al Arco del Triunfo como perseguida por una jauría de lobos de Siberia!" (Se ríe con risa cansada. Fatigada). Ella, yo... pasaba todos los semáforos en rojo, no podía esperar la luz verde. ¿Dónde iba? ¿Regresaba al bosque de robles? Allí todo era frío y oscuro, excepto la boca de él, ¡caliente y voraz!
 
 
Tennessee Williams: Thomas Lanier Williams (Estados Unidos, 1911-1983)

lunes, 16 de mayo de 2016

Carnaval: RELATO SOÑADO, de Arthur Schnitzler

"... una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette..."
 
(Fragmento)

- Pero si ya te lo he dicho… sin disfraz y sin máscara…

- Hay tiendas que los alquilan.

- ¡A la una de la madrugada!


Escúchame, Nachtigall. En la esquina de la Wickenburgstrasse hay un establecimiento de ésos. Todos los días paso unas cuantas veces por delante de su muestra -y apresuradamente, con creciente excitación-: Quédate aquí un cuarto de hora más, Nachtigall, y entretanto probaré allí mi suerte. El propietario del establecimiento vivirá probablemente en la misma casa. Si no… renunciaré. Que el destino decida. En esa misma casa hay un café, Café Vindobonna se llama, creo. Le dices al cochero… que has olvidado algo en él, entras, yo te espero cerca de la puerta, tú me dices rápido la contraseña y vuelves a subir al coche; yo, si he conseguido procurarme un disfraz, cogeré rápidamente otro coche y te seguiré… y el resto ya se verá. Tu riesgo, Nachtigall, te doy mi palabra, lo asumiré yo en cualquier caso.
 
Nachtigall había tratado de interrumpir a Fridolin varias veces, pero en vano. Fridolin arrojó el dinero de la cuenta sobre la mesa, con una propina demasiado generosa que le pareció apropiada al estilo de aquella noche, y salió. Fuera había un coche cerrado e, inmóvil en el pescante, un cochero, totalmente de negro, con chistera…; como un coche fúnebre, pensó Fridolin. Al cabo de unos minutos, con paso rápido, llegó a la casa de la esquina que buscaba, llamó y preguntó al portero si Gibisier, el del alquiler de disfraces, vivía allí, confiando en secreto en que no viviera. Pero Gibisier vivía efectivamente allí, en el piso situado debajo del establecimiento, y el portero no pareció siquiera muy sorprendido de aquella visita tardía, sino que, afable por la considerable propina que Fridolin le dio, observó que, durante los Carnavales, no era tan raro que viniera gente a aquellas horas de la noche para alquilar disfraces. Alumbró desde abajo con su vela hasta que Fridolin llamó en el primer piso. El señor Gibisier, como si hubiera estado aguardando a la puerta, le abrió en persona; era delgado, barbilampiño y calvo, y llevaba una bata de flores pasada de moda y un fez con borla, por lo que parecía un ridículo anciano de comedia. Fridolin le expuso sus deseos, mencionando que el precio no importaba, a lo que el señor Gibisier, casi desdeñoso, observó:
 
- Yo sólo cobro lo debido y nada más.
 
Hizo subir a Fridolin a la tienda por una escalera de caracol. Olía a seda, terciopelo, perfumes, polvo y flores secas; de la flotante oscuridad surgían destellos plateados y rojos; y de pronto brillaron una multitud de pequeñas lamparillas entre los abiertos armarios de un pasillo estrecho y largo que se perdía hacia el fondo en tinieblas. A derecha e izquierda colgaban disfraces de toda clase; a un lado caballeros, escuderos, aldeanos, cazadores, sabios, orientales, bufones; al otro damas de la corte, doncellas, aldeanas, camareras, reinas de la noche. Encima de los disfraces estaban los correspondientes sombreros, y Fridolin tuvo la impresión de avanzar por una avenida de ahorcados a punto de invitarse a bailar mutuamente. El señor Gibisier lo seguía.
 
- ¿Desea el señor algo especial? ¿Luis XIV? ¿Directorio? ¿Alemán antiguo?
 
- Necesito una cogulla oscura de monje y una máscara negra, nada más.
 
En ese momento se oyó al fondo del pasillo un tintineo de cristal. Fridolin, asustado, miró a la cara al del alquiler de máscaras, como si éste tuviera que darle una explicación inmediata. Gibisier, sin embargo, permaneció imperturbable, buscando a tientas un conmutador escondido en alguna parte… y una claridad cegadora se derramó enseguida hasta el fondo del pasillo, en donde pudo verse una mesita cubierta de platos, vasos y botellas. De dos sillas, a derecha e izquierda, se levantaron sendos jueces de la Santa Vehme con togas rojas, mientras al mismo instante desaparecía una criatura luminosa y delicada. Gibisier se precipitó hacia allí a grandes zancadas, metió la mano bajo la mesa y sacó una peluca blanca, mientras al mismo tiempo, después de salir reptando de debajo de la mesa, una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette y con medias de seda blancas, venía corriendo por el pasillo hacia Fridolin, que no tuvo más remedio que recibirla en sus brazos. Gibisier había dejado caer la peluca blanca sobre la mesa y tenía sujetos a derecha y a izquierda, por los pliegues de sus togas, a los jueces de la Santa Vehme. Al mismo tiempo gritó a Fridolin:   
- Señor, sujete a esa chica.
 
La pequeña se apretaba contra Fridolin, como si él debiera protegerla. Tenía la estrecha carita empolvada de blanco y con lunares postizos, y de sus delicados pechos ascendía un perfume de rosas y polvos... sus ojos sonreían con picardía y sensualidad.

 
- Señores -exclamó Gibisier-, se van a quedar aquí hasta que los entregue a la policía.

 
- ¿Pero qué se imagina? -exclamaron los dos. Y, al unísono-: Hemos aceptado una invitación de la señorita.
 
Gibisier los soltó, y Fridolin oyó cómo les decía:
 
- Sobre eso tendrán que explicarse mejor. ¿O es que no se dieron cuenta de inmediato que se trataba de una loca? -Y, volviéndose a Fridolin-: Perdone este incidente, señor.
 
- Oh, no importa -dijo Fridolin.
 
Hubiera preferido quedarse allí o llevarse consigo a la pequeña, a donde fuera… y cualesquiera que fueran las consecuencias. Ella lo miraba seductora e infantilmente, como hechizada. Los jueces de la Santa Vehme, al fondo del pasillo, conversaban entre sí excitados; Gibisier se volvió seriamente a Fridolin y le preguntó:
 
- ¿Quería una cogulla, señor, un sombrero de peregrino, una máscara?
 
- No -dijo Pierrette con ojos brillantes-, tienes que darle a este señor un manto de armiño y un jubón de seda roja.
 
- Tú no te muevas de aquí -le dijo Gibisier, y señaló una cogulla oscura que colgaba entre un lansquenete y un senador veneciano-. Ésa es de su talla, y aquí está el sombrero a juego; cójalos, vamos.
 

Arthur Schnitzler (Austria, 1862-1931)