.

.
Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

martes, 18 de abril de 2017

Carnaval: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles."

(Fragmento del capítulo Noche de Walpurgis)

Pero, por el momento, cierto es que sólo estamos en Carnaval. Ya le he dicho que me parece muy bien que celebremos cada fecha ordenadamente, como marca el calendario. La señora Stöhr decía que en la garita del portero venden cornetas de juguete.

Así era, desde el primer desayuno del martes de Carnaval, que llegó enseguida, antes de que nadie se hubiese hecho a la idea todavía, se oyeron en el comedor toda suerte de pitidos y zumbidos producidos por instrumentos de viento de juguete. Durante la comida se lanzaron serpentinas desde la mesa de Gänser, de Rasmussen y de la Kleefeld, y algunos internos, como por ejemplo Marusja, la de los ojillos redondos, llevaban gorros de papel comprados igualmente al portero cojo. Por la noche reinó un auténtico ambiente de fiesta en el comedor y en los salones... De momento, sólo nosotros sabemos cómo terminó y qué trajo consigo esa velada de Carnaval gracias al valiente espíritu emprendedor de Hans Castorp. Pero no dejemos que esta información sobre el desenlace precipite nuestro sereno relato: rendiremos al tiempo el honor que le corresponde y no adelantaremos nada; de hecho, incluso ralentizaremos la narración de los acontecimientos porque compartimos los escrúpulos que, durante tanto tiempo, habían llevado a Hans Castorp a retrasar tales acontecimientos.

Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles. La gente paseaba disfrazada, pierrots y arlequines inundaban el pueblo con carracas en la mano, y no fueron pocas las batallas de confeti entre los paseantes y los internos del sanatorio, también disfrazados para la ocasión.


Thomas Mann (Alemán, 1875-1955). Obtuvo el premio Nobel en 1929.

lunes, 17 de abril de 2017

Carnaval: LAS PEREGRINACIONES DE CHILDE HAROLD, de Lord Byron

"Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval."
 
LXXVIII
 
Sin embargo marca su alegría - antes de la cuaresma taciturna,
Aquella penitencia que prepara su sagrado ritual
Para que el hombre confiese el peso de su pecado mortal,
Por la abstinencia diaria y la oración nocturna;
Pero porta el tosco traje de arpillera del arrepentido,
Días en que la euforia ha sido para todos decretada,
Al tomar placer cada quien en secreto compartido,
Con abigarrada túnica para bailar en la mascarada,
Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval.

(Yet mark their mirth -- ere lenten days begin,
That penance which their holy rites prepare
To shrive from man his weight of mortal sin,
By daily abstinence and nightly prayer;
But ere his sackcloth garb Repentance wear,
Some days of joyaunce are decreed to all,
To take of pleasaunce each his secret share,
In motley robe to dance at masking ball,
And join the mimic train of merry Carnival
.)


 
Lord Byron: George Gordon Byron (Inglaterra, 1788-1824).
 
(Traducido al español por Jules Etienne)

domingo, 16 de abril de 2017

Carnaval: MEMORIAS (Historia de mi vida), de Giacomo Casanova

"El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos..."

(Fragmento del capítulo XII, tomo cuarto)

¡Qué poca cosa hace falta cuando se está angustiado para causar alegrías y consuelos! Pero en mi situación estas pajitas no eran poca cosa; eran un tesoro.
 
Empleé muchas horas en exprimir mi ingenio para hallar un medio de reemplazar la yesca, único ingrediente que me faltaba y que no sabía con qué pretexto pedir, cuando de pronto recordé que había encargado a mi sastre la pusiera en las sobaqueras de mi casaca, para evitar que el sudor ensuciase y consumiese la tela. Esta casaca, nueva, estaba delante de mí; mi corazón latió más fuerte porque quizá el sastre no la había puesto y yo oscilaba entre el temor y la esperanza. No tenía más que dar un paso para comprobarlo, pero este paso era decisivo y no me atrevía a darlo. Por fin me acerqué y sintiéndome casi indigno de este favor, pedí a Dios con fervor que el sastre no hubiese olvidado mi orden. Después de esta plegaria, tomé la casaca, descosí la tela y encontré la yesca. Mi alegría llegó al delirio.
 
Teniendo todos los ingredientes, pronto tuve la lámpara. Juzgúese la satisfacción que experimenté al haber obtenido, por así decirlo, la luz en medio de las tinieblas, y la no menos dulce de desobedecer las órdenes de mis detestables opresores. Ya no había más noche para mí, pero tampoco más ensalada; aunque me gustaba muchísimo, la necesidad de conservar el aceite para alumbrarme me hacía ligero el sacrificio. Fijé entonces el primer lunes de cuaresma para empezar la dificultosa operación de romper el entarimado, porque en los festines del carnaval yo temía mucho las visitas.
 
El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos y vi a Laurencio seguido de un hombre gordo a quien reconocí por el judío Gabriel Schalón, conocido por su habilidad en obtener dinero de los jóvenes, haciéndoles caer en malos negocios.
 
Nos conocíamos, así es que nuestros saludos fueron breves. Su compañía no podía serme agradable, pero para ello no se me consultaba.
 
 
 Giacomo Casanova (Italiano, 1725-1798).

La ilustración corresponde a la puerta de une celda en la Cárcel de los Plomos del Palacio Ducal en Venecia.

sábado, 15 de abril de 2017

Carnaval: DON JUAN TENORIO, de José Zorrilla

"¡Mal rayo me parta si en concluyendo la carta no pagan caro sus gritos!"
 
(Dos fragmentos del primer acto)

Hostería de Cristófano Buttarelli. Puerta en el fondo que da a la calle: mesas, jarros y demás utensilios propios de semejante lugar.
 
Escena I
 
Don Juan, con antifaz, sentado a una mesa escribiendo; Buttarelli y Ciutti, a un lado esperando. Al levantarse el telón, se ven pasar por la puerta del fondo máscaras, estudiantes y pueblo con hachones, músicas, etc.

Don Juan: ¡Cuál gritan esos malditos!
Pero, ¡mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caro sus gritos!

(Sigue escribiendo).

Buttarelli (a Ciutti): Buen carnaval.

Final de la escena V

Don Gonzalo: Quisiera yo ocultarme
verlos, y sin que la gente
me reconociera.

Buttarelli: A fe
que eso es muy fácil, señor.
Las fiestas de carnaval,
al hombre más principal
permiten, sin deshonor
de su linaje, servirse
de un antifaz, y bajo él,
¿quién sabe, hasta descubrirse,
de qué carne es el pastel?
 
Don Gonzalo: Mejor fuera en aposento contiguo...
 
Buttarelli: Ninguno cae aquí.
 
Don Gonzalo: Pues entonces, trae el antifaz.

José Zorrilla (España, 1817-1893)

viernes, 14 de abril de 2017

Carnaval: ESPLENDORES Y MISERIAS DE LAS CORTESANAS, de Honoré de Balzac

 
(Fragmento)
 
- Voy a abrir por Carnaval -dijo Esther confidencialmente a sus amigas, que lo transmitieron al barón-, y voy a hacerle feliz como un gallo de vitrina.
 
Aquella expresión se hizo proverbial en el mundillo de las cortesanas.
 
El barón se deshacı́a en infinidad de lamentaciones. Al igual que los casados, hacı́a bastante el ridı́culo: empezaba a quejarse delante de sus ı́ntimos, y se traslucı́a su descontento. A pesar de todo, Esther continuaba concienzudamente en su papel de Pompadour del prı́ncipe de la Especulación. Habı́a dado ya dos o tres veladas tan sólo para introducir a Lucien en la casa. Lousteau, Rastignac, Du Tillet, Bixiou, Nathan y el conde de Bramboürg, la flor de los calaveras, fueron los asiduos de la casa. Por último, Esther aceptó como actrices de la comedia que representaba a Tullia, Florentine, Fanny-Beaupré y Florine, dos actrices y dos bailarinas, y, además, a la señora Du Val-Noble. No hay nada tan triste como la casa de una cortesana sin la sal de la rivalidad y sin la diversidad en el vestir y en las fisonomı́as.
 
En seis semanas Esther se convirtió en la más ingeniosa, en la más amena, en la más hermosa y elegante de las mujeres de esa casta de parias que constituyen las entretenidas. Desde su merecido pedestal saboreaba cuantos goces de la vanidad seducen a las mujeres ordinarias, pero a la vez abrigaba un sentimiento secreto de superioridad sobre su casta. Tenı́a en su interior una imagen de sı́ misma que la hacı́a avergonzarse a la vez que la enaltecı́a, puesto que el momento de su abdicación nunca dejaba de estar presente en su conciencia; ası́ pues, vivı́a una especie de doble vida sintiendo lástima por su personaje. Sus sarcasmos reflejaban el profundo desprecio que el ángel de amor encerrado en el alma de la cortesana sentı́a hacia el papel infame y odioso que representaba su cuerpo. Esther, espectadora y actriz, juez y reo a un tiempo, encarnaba la admirable ficción de los cuentos árabes, en los que casi siempre aparece un ser sublime bajo la figura de un ser degradado, y cuyo prototipo se encuentra, con el nombre de Nabucodonosor, en el libro de los libros, en la Biblia. Habiéndose concedido un plazo de vida hasta el dı́a siguiente a la infidelidad, la vı́ctima podı́a divertirse un poco a costa del verdugo. Por otra parte, las informaciones recogidas por Esther sobre los medios solapadamente vergonzosos a los que el barón debía su colosal fortuna, la libraron de todo escrúpulo, y se complació en representar el papel de la diosa Até, la Venganza, de acuerdo con las palabras de Carlos. Se hacı́a unas veces encantadora y otras aborrecible a aquel millonario, que sólo vivı́a para ella. Cuando el barón llegaba a un grado de sufrimiento en que deseaba bandonar a Esther, ésta se lo ganaba de nuevo con una escena de ternura.

 
Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850)

jueves, 13 de abril de 2017

Carnaval: TRES TRISTES TIGRES, de Guillermo Cabrera Infante

 
(Fragmento)
 
La dejé hablal así na ma que pa dale coldel y cuando se cansó de metel su descaiga yo le dije no que va vieja, tu etás muy equivocada de la vida (así mimo), pero muy equivocada: yo rialmente lo que quiero e divestime y dígole, no me voy a pasal la vida como una momia aquí metía en una tumba désas en que cerraban lo farallone y esa gente, que por fin e que yo no soy una antigua, y por mi madre santa te lo juro que no me queo vestía y sin bailal, qué va: primero vilgen, y entonse ella que me dise, tú, me dise así, moviendo su manito parriba y pabajo, de lo más picúa ella, díseme, tú te puededil-aonde-te-de-la-gana, que yo no te voy paral ni ponel freno: por finés que yo no soy tu madre, me oíte, me dice poniéndose su manito así al revés sobre la bemba negra que tiene y gritándome en el mismo oído que por poco que me rompe el témpano, y dígole lo que pasa señora (sí sí de señoreo y to, que yo sé cuándo botarme de fisna) e que uté no sabe vivil el momento y la vida se le base dificilísima o séase que ya etá muy antañona pa comprendel-me, y me replica con su dalequedale: si tú te puedil cuando te de la rial gana, eta niña, que a mi no me impolta nada de nada de tu vida ni de lo que haga con lo que tiene entre la pierna que eso e asunto tuyo y del otro y no llevo papeleta en esa rifa, así que arranca pallá cuando quiera que paluego e talde, y dígole, digo, pero mijita que confundía, pero que confundía etás tu: quien te dijo, dígole, que el carnaval e un hombre, ademá bailal no e delito, dígole y me dise, bueno enún final yo no te tengo amarrá ni con pendón de cantidá y ya me miba subiendo con tanto insulto, casi con mi nueve punto, y le digo, dígole, nada ma que se vive una ve, miamiga, y hay que sabelo hasel que eso e también una siensia te enterate? y ella va y me dise, cucha cucha ahí tiene tu musiquita y tu bailoteo y tu revolvimiento: vete cuanto tú quiera, ahora o-y-e-l-o bien, te va y no vuelve má, en eta casa tú no vuelva polque tevasencontlal la puelta trancó y con candao y si te queda nel pasillo traigo la encargá pa que te bote de la asesoria mira como e la cosa, me oite, y ya yo que toy metía en la piña de a mil y que oigo que, fetivamente, la música viene con su rimmo y su sandunganga y su bombobombo, casi como polequina, le digo hay hija pero qué apurativa tú ere: cálmate cálmate mi vida o toma pasiflorina y que e lo que hase eta hija de, mira déjame callame, coje así y no dise ma nada nada nada pero nada y e da lepalda y yo cojo así, con la mima, miestola y mi carterita y doy un paso, e, y otro paso, e, y otro paso, ey, y ya etoy en la puelta y cojo y me viro, así, rápida, como Betedavi y le digo, dígole, óyeme bien lo que te voy adesil: nada más que se vive una ve, me oíte, dígole, así gritando al paltil un pulmón: nada má que se vive una ve, dígole, y cuando me muera se murió el carnaval y se murió la música y se murió la alegría y e polque se murió la vida, me entendite, le digo dígole, polque éta que etá aquí, Magalena Crús, vastar del otro lao y de allí pacá sí que no se ve nada ni se oye nada y entonse, mivida, se acabó el acabóse, me oíte, le digo y entonse ella base así, muy dinna, que se me vira de medio lao y se me queda de pesfil y va y me dise muchachita, que tú ere la abogá del casnaval, me dise. Acabate dil de una ve, díjome.
 
 
Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929-2005)

miércoles, 12 de abril de 2017

Carnaval: LOS ESCÁNDALOS DE CROME, de Aldous Huxley


"... y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo..."
(Fragmento)
- Se sufre mucho -continúo Dionisio- con eso de que las bellas palabras no significan nunca lo que deberían significar. No hace mucho, por ejemplo, se me ha echado a perder todo un poema, precisamente porque la palabra carminativo no significa lo que debería significar. Carminativo es admirable, ¿no es cierto?
- Admirable -asintío Mr. Scogan-. Pero, ¿qué significa?
- Es una palabra que yo había atesorado desde mi primera infancia -dijo Dionisio-, atesorado y amado. En mi casa me daban esencia de canela, cuando me hallaba resfriado -remedio inútil, pero no desagradable-. La vertían gota a gota, de unos frascos estrechos, en forma de dorado licor, fuerte y ardiente. En el rótulo había una lista de sus virtudes y entre otras cosas se decía que era en alto grado carminativo. Yo adoraba aquella palabra. "¿Será carminativo?", acostumbraba a decirme cuando tomaba mi dosis. Me parecía una palabra tan maravillosa para expresar aquella sensación de calor interior; aquel ardor, aquella -¿cómo lo diré?- satisfacción física que sentía después de beberme la canela. Más tarde, cuando descubrí el alcohol, la palabra carminativo expresaba para mí aquel ardor semejante pero más noble, más espiritual, que produce el vino, no sólo en el cuerpo, sino también el alma. Las virtudes carminativas del Borgoña, del ron, del viejo brandy, del Lacryma Christi, del Marsala, del Aleático, de la cerveza fuerte, de la ginebra, del champaña, del clarete, del crudo vino nuevo de las vendimias toscanas -yo las comparaba, las clasificaba-. El Marsala es rosadamente, aterciopeladamente carminativo; la ginebra pica y refresca al mismo tiempo que enardece. Me había formado toda una tabla de valores de carminación. Y ahora -Dionisio extendió las manos con las palmas hacia adelante, desesperado-, ahora ya sé lo que realmente quiere decir carminativo.

- Y bien ¿qué significa? -preguntó Mr Scogan, algo impaciente.

- Carminativo -dijo Dionisio, deteniéndose amorosamente en casa silaba-, carminativo. Yo vagamente imaginaba que tendría alguna relación con carmen-carminis, y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo... contenía la idea de canto, y la idea de carne sonrosada y cálida, con una evocación de las alegrías de la mi-Carême y las fiestas carnavalescas de Venecia. Carminativo... el calor, el ardor, el interior bienestar, todo ello estaba comprendido en aquella palabra. Y en lugar de eso...

- ¡Al grano, querido Dionisio! -protestó Mr. Scogan-. ¡Al grano!

- Pues bien, el otro día escribí un poema, -dijo Dionisio- escribí un poema sobre los efectos del amor.

- Otros han hecho lo mismo antes que usted -dijo Mr Scogan-. No hay motivo para avergonzarse.

- Yo quería expresar la idea -continuó Dionisio- de que los efectos del amor eran con frecuencia semejantes a los efectos del vino, esto es, que Eros podía embriagar lo mismo que Baco. El amor, por ejemplo, es esencialmente carminativo. Nos da la sensación de calor, de ardor...

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Eso fue lo que yo escribí. No sólo el verso resultaba elegantemente sonoro; era también, me complacía en ello, muy propio y concisamente expresivo. La palabra carminativo, lo comprendía todo, ofrecía un primer plano detallado, exacto, y un inmenso, indefinido hinterland de sugestión.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"En fin, que no me desagradaba. Y luego, de pronto, se me ocurre que, en realidad, yo no había nunca mirado aquella palabra en el diccionario. Carminativo había crecido, conmigo desde los tiempos del frasco de canela. Carminativo. Para mí, aquella palabra era tan rica de contenido como cualquier grandiosa y bien trabajada obra de arte; era un paisaje completo, con personajes y todo.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Era la primera vez que había confiado aquella palabra a la escritura, y sentía de pronto que necesitaba para ella una autoridad lexicográfica. Todo lo que tenía a mano era un pequeño diccionario inglés-alemán. Busqué la C, ca, car, carm. Allí estaba: Carminativo: Windtreibend. ¡Windtreibend! (¡Antiflatulento!) -repetía.
Mr. Scogan se echo a reír. Dionisio movió la cabeza.
- ¡Ah! -dijo- para mí aquello no era risible. Para mi señalaba el fin de un capítulo, la muerte de algo muy joven y precioso. En aquella palabra estaban contenidos los años de infancia y de inocencia -cuando yo creía que carminativo significaba, eso... carminativo. Y ahora, ante mi, yace el resto de mi vida-, un día, quizá diez años, medio siglo, durante los cuales ya sabré que carminativo significa windtreibend (Antiflatulento).
Plus ne suis ce qu j'ai été. Et ne le saurai jamais être.
- Es una revelación que le pone a uno meláncolico.
- Carminativo -dijo Mr. Scogan meditativamente.
- Carminativo -repitió Dionisio, y quedaron un momento silenciosos.
Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963)

martes, 11 de abril de 2017

Carnaval: L'AMELANCHIER, de Jacques Ferron

"Era martes de carnaval..."

(Fragmento)

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...
 
Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.
 
Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!
 
El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto! Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.
 
 
Jacques Ferron (Canadá, 1921-1985)
 
(Traducido al español por Laura López Morales) 

lunes, 10 de abril de 2017

Carnaval: EL CREPÚSCULO DEL DIABLO, de Rómulo Gallegos

"... atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas..."
 
(Fragmento)
 
II

Ahora está en la plaza viendo pasar la mascarada. Entre la muchedumbre de disfraces atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas y llevan en las manos inofensivos tridentes de cartón plateado. En ninguna parte el diablo solitario, con el tradicional mandador que era terror y fascinación de la chusma. Indudablemente, el Carnaval había degenerado.
 
Estando en estas reflexiones, Pedro Nolasco vio que un tropel de muchachos invadía la plaza. A la cabeza venía un absurdo payaso, portando en la mano una sombrilla diminuta y en la otra un abanico con el cual se daba aire en la cara pintarrajeada, con un ambiguo y repugnante ademán afeminado. Era esto toda la gracia del payaso, y en pos de la sombrilla corría la muchedumbre fascinada como tras un señuelo.
 
Pedro Nolasco sintió rabia y vergüenza. ¿Cómo era posible que un hombre se disfrazase de aquella manera? Y, sobre todo, ¿cómo era posible que lo siguiera una multitud? Se necesita haber perdido todas las virtudes varoniles para formar en aquel séquito vergonzoso y estúpido. ¡Miren que andar detrás de un payaso que se abanica como una mujerzuela! ¡Es el colmo de la degeneración carnavalesca!

 Pero Pedro Nolasco amaba su pueblo y quiso redimirlo de tamaña vergüenza. Por su pupila quieta y dura pasó el relámpago de una resolución.
 
Al día siguiente, martes de Carnaval, volvió a aparecer en las calles de Caracas el diablo de Candelaria.
 
Al principio pareció que su antiguo prestigio renacía íntegro, pues a poco ya tenía en su seguimiento una turba que alborotaba las calles con sus siniestros ¡aús! Pero de pronto apareció el payaso de la sombrillita, y la mesnada de Pedro Nolasco fue tras el irrisorio señuelo, que era una promesa de sabrosa diversión sin los riesgos a que exponía el mandador del diablo.
 
Quedó solo éste, y bajo su máscara de trapo coronada por dos auténticos cuernos de chivo, resbalaron lágrimas de doloroso despecho.
 
Pero inmediatamente reaccionó y, movido por un instinto al cual la experiencia había hecho sabio, arremetió contra la turba desertora, confiando en que el imperativo legendario de su látigo la volvería a su dominio, sumisa y fascinada.
 
Arremolinose la chusma y hubo un momento de vacilación: el Diablo estaba a punto de imponerse, recobrando, por la virtud del mandador, los fueros que le arrebatase aquel ídolo grotesco. Era la voz de los siglos que resonaba en sus corazones.
 
Pero el payaso conocía las señales del tiempo y, tremolando su sombrilla como una bandera prestigiosa, azuzó a su mesnada contra el diablo.
 
Volvió a resonar como en los buenos tiempos el ulular ensordecedor que fingía una traílla de canes visionarios, pero esta vez no expresaba miedo, sino odio.
 
Pedro Nolasco se dio cuenta de la situación: ¡estaba irremisiblemente destronado! Y, sea porque un sentimiento de desprecio lo hiciese abdicar totalmente el cetro que había pretendido restablecer sobre aquella patulea degenerada, o porque su diabólico corazón se encogiese presa de auténtico miedo, lo cierto fue que volvió las espaldas al payaso y comenzó a alejarse para siempre a su retiro.
 
Pero el éxito enardeció al payaso. Arengando a la pandilla, gritó: «¡Muchachos! Piedras con el diablo.»
 
Y esto fue suficiente para que todas las manos se armasen de guijarros y se levantasen vindicatorias contra el antiguo ídolo en desgracia.
 
Huyó Pedro Nolasco bajo la lluvia del pedrisco que caía sobre él, y en su carrera insensata atravesó el arrabal y se echó por los campos de los aledaños. En su persecución la mesnada redoblaba su ardor bélico, bajo la sombrilla tutelar del payaso. Y era en las manos de éste el abanico fementido el sable victorioso de aquella jornada.
 
Caía la tarde. Un crepúsculo de púrpuras se desgranaba sobre los campos como un presagio. El diablo corría, corría, a través del paraje solitario por un sendero bordeado de montones de basura, sobre los cuales escarbaban agoreros zamuros, que al verlo venir alzaban el vuelo, torpe y ruidoso, lanzando fatídicos gruñidos, para ir a refugiarse en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el paisaje sequizo.
 
La pedrea continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa. Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía ahogos angustiosos.
 
Y se le llenó de dolor, como a todos los redentores cuando se ven perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor, incomprendido y traicionado por todos! El había querido liberar a «su pueblo» de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco, levantarlo hasta sí, insuflarle con su látigo el ánimo viril que antaño los arrastrara en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce el jugar con el peligro.
 
Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero y poderoso, fue a darle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa y que bajo sus pies la tierra se le escapaba. Dio un grito y cayó de bruces sobre el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho, y comenzó a desbandarse.
 
Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra. Desde el árbol fatídico, los zamuros alargaban los cuellos hacia la víctima que estaba tendida en el basurero.
 
Luego el payaso emprendió la fuga.
 
Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó funambulesca contra el resplandor del ocaso.

 
Rómulo Gallegos (Venezuela, 1984-1969)

domingo, 9 de abril de 2017

Carnaval: EL PASTOR, de Iván Bunin

"... y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve."
 
(Fragmento del capítulo I)
 
Era domingo de carnaval. Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el almacenero, el zapatero, el uriadnik, los tnuyik, todos paseaban en trineo con sus huéspedes, muchachas, aldeanas jóvenes, parientes. Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.

Una vez enganchado Koroliok, el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja, fue en busca de Liubka, que tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo, pero dejándose arrastrar.

Ignat había traído el potro tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas, ensebadas, a las que no se adhería la nieve.

Más tarde, cuando Ignat se dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la chalina gris, inclinándose sobre ella.

En este momento Ignat tomó la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par de botas viejas del peón Iashka.

Después de haber apilado suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones, sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat, hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.

 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.

viernes, 7 de abril de 2017

Carnaval: CELESTE, NOVELA FANTÁSTICA, de Enrique Losada

"... causa el mismo frío y espanto que ver una careta arrojada al suelo, el miércoles de ceniza."

El carnaval *

Hombres graves; ¿a qué censuráis el carnaval? ¿Es ya tan feo el mundo que se espanta de su propio retrato?

Si en estos tres días, huye la hipocresía de las conciencias representando los vicios en su horrible desnudez la comedia humana, no es el verdadero carnaval sino en los muchos restantes, que visten al hombre de apariencias engañosas y cubren su faz con seriedad fingida.

Ahora es cuando realmente se desenmascara la sociedad, cuando el hombre se acerca al hombre, sin los requisitos de un cumplimiento forzado para decirle más de cuatro verdades.

¡Ah! El carnaval no es este; el carnaval es mucho más largo.
 
¿Hasta cuándo no concluyen sus ficciones?
 
¡Ved a un cadáver! No se inmuta ni se altera; es la primera vez que está serio, desde que nació al mundo.
 
La presencia de un muerto causa el mismo frío y espanto que ver una careta arrojada al suelo, el miércoles de ceniza.
 
Parece, pues, mentira, que la humanidad haya sido tan inocente, que no haya caído en la broma.
 
Los hombres al nacer toman un traje, extraño a ellos, y se cubren con una máscara.
 
Así empieza el carnaval de la vida.
 
Cada cual se pone de manera que con dificultad le conozcan.
 
Por eso hay personas que son como esos alcázares orientales que, descuidando la apariencia exterior, presentan por fuera un muro almenado, y esconden por dentro la más rica, la más complicada y la más bella de las arquitecturas.
 
Por eso hay personas que son como esos elevados mausoleos que, ostentando a la vista letras de oro y estatuas alabastrinas, ocultan en su interior polvo, podredumbre y gusanos.
 
La mayoría de los hombres célebres ha elegido cuerpos defectuosos, cuando menos, feos.
 
No os guieis por la careta. Esopo fue horrible, Homero era ciego y andrajoso, Safo fue chata, Descartes asustaba, Napoleón, el grande, era pequeño y barbilampiño, Milton ciego, Alarcón jorobado, Cervantes manco, Camoens tuerto, Byron cojo. 
 
Sí; la vida es un carnaval.


Enrique Losada (España, siglo XIX).
 
* Para la transcripción del texto he optado por una ortografía actualizada con el fin de simplificar su lectura.

jueves, 6 de abril de 2017

Carnaval: GOG, de Giovanni Papini

"Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día..."

(Fragmento del capítulo Las máscaras)

Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos graves; bellos de la vida.
 
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión, justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
 
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
 
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás? Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
 
Me parece que las ventajas de la adopción universal de la máscara serían muchas.
 
 
Giovanni Papini (Italia, 1881-1956) 

miércoles, 5 de abril de 2017

Carnaval: ES CARNAVAL, de Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa)


Es carnaval, y están las calles llenas
De gente que la sensación conserva.
Tengo intenciones, pensamientos, ideas,
Pero no puedo tener máscara ni pan.
 
Esta gente es igual, yo soy diverso
-Incluso entre los poetas no me aceptarían-.
Y a veces ni siquiera pongo esto en verso
-Y cuanto digo, ellos nunca lo dirían-.
 
¡Poca gente es mucha gente aquí!
Estoy cansado, con cerebro y cansancio.
Veo esto, y quedo aquí, extremadamente
Solitario con el tiempo y el espacio.
 
Detrás de las máscaras nuestro ser espía,
Detrás de las bocas acude un misterio
Que repudia mis versos anodinos.
 
¿Soy mayor o menor? Con manos, pies
Y boca hablo y me muevo en el mundo.
Hoy, cuando todos son máscaras, eres
Un ser máscara-gesto, en lo más profundo…
 
 
Fernando Pessoa (Portugal, 1888-1935)

 La ilustración corresponde al carnaval en Lisboa.

martes, 4 de abril de 2017

Los carnavales de Macondo

"... Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre..."
 
En Macondo también se celebra el carnaval. En Cien años de soledad el festejo adquiere tal importancia que incluso Remedios, la bella, fue designada reina, en tanto que Aureliano Segundo se disfrazó de tigre:

Úrsula, por su parte, le agradecía a Dios que hubiera premiado a la familia con una criatura de una pureza excepcional, pero al mismo tiempo la conturbaba su hermosura, porque le parecía una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el centro de la candidez. Fue por eso que decidió apartarla del mundo, preservarla de toda tentación terrenal, sin saber que Remedios, la bella, ya desde el vientre de su madre, estaba a salvo de cualquier contagio. Nunca le pasó por la cabeza la idea de que la eligieran reina de la belleza en el pandemónium de un carnaval. Pero Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre, llevó al padre Antonio Isabel a la casa para que convenciera a Úrsula de que el carnaval no era una fiesta pagana, como ella decía, sino una tradición católica. Finalmente convencida, aunque a regañadientes, dio el consentimiento para la coronación.

La noticia de que Remedios Buendía iba a ser la soberana del festival, rebasó en pocas horas los límites de la ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio de su belleza, y suscitó la inquietud de quienes todavía consideraban su apellido como un símbolo de la subversión. Era una inquietud infundada. Si alguien resultaba inofensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desencantado coronel Aureliano Buendía, que poco a poco había ido perdiendo todo contacto con la realidad de la nación.

Como si la hermosura de Remedios Buendía no fuera suficiente, una comparsa con otra reina llegó por el camino de la ciénaga provocando el asombro de los habitantes de Macondo y que Aureliano Segundo sucumbiera de inmediato ante tal belleza.
 
De modo que la inquietud causada por la reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pensar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado equilibrio.
 
A algún imprudente se le ocurre mezclar la política con la exaltada euforia carnavalesca y la consecuencia es una masacre. Aureliano Segundo rescata a Fernanda del Carpio para al poco tiempo casarse con ella:
 
Cuando se restableció la calma, no quedaba en el pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos, nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares de Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusión del pánico, José Arcadio Segundo logró poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llevó en brazos a la casa a la soberana intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda del Carpio. La habían seleccionado como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del país, y la habían llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de Madagascar. Úrsula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar de poner en duda su inocencia, se compadeció de su candidez. Seis meses después de la masacre, cuando se restablecieron los heridos y se marchitaron las últimas flores en la fosa común, Aureliano Segundo fue a buscarla a la distante ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en Macondo, en una fragorosa parranda de veinte días.
 
También en El otoño del patriarca se menciona a una reina del carnaval, cuya belleza causa gran impacto en uno de los personajes:
   
Patricio Aragonés le contestó que no mi general, que la vaina es peor, que el sábado había coronado a una reina de carnaval y había bailado con ella el primer vals y ahora no encontraba la puerta para salir de aquel recuerdo, porque era la mujer más hermosa de la tierra, de las que no se hicieron para uno mi general, si usted la viera, pero él replicó con un suspiro de alivio que qué carajo, ésas son vainas que le suceden a los hombres cuando están estreñidos de mujer, le propuso secuestrársela como hizo con tantas mujeres retrecheras que habían sido sus concubinas...
 
En Del amor y otros demonios hay un pasaje de la novela que se desarrolla durante el carnaval:
 
Lo había encontrado por casualidad en una corraleja de ferias peleándose a manos limpias, casi desnudo y sin ninguna protección, contra un toro de lidia. Era tan hermoso y temerario que no pudo olvidarlo. Días después volvió a verlo en una cumbiamba de carnaval a la que ella asistía disfrazada de pordiosera con antifaz, y rodeada por sus esclavas vestidas de marquesas con gargantillas y pulseras y zarcillos de oro y piedras preciosas. Judas estaba en el centro de un círculo de curiosos, bailando con la que le pagara, y habían tenido que poner orden para calmar las ansias de las pretendientas. Bernarda le preguntó cuánto costaba. Judas le contestó bailando: «Medio real».
Bernarda se quitó el antifaz.
«Lo que te pregunto es cuánto cuestas de por vida», le dijo.

Por último y para no extenderme demasiado, El amor en los tiempos del cólera: "Sin embargo, en medio de tantos recuerdos enternecedores, no lograba sortear el de una pajarita desamparada cuyo nombre no conoció y con la que apenas alcanzó a vivir media noche frenética, pero que había bastado para amargarle por el resto de la vida los desórdenes inocentes del carnaval." De esa dimensión resulta la experiencia que vive Florentino Ariza durante una noche de carnaval.

Le había llamado la atención en el tranvía por la impavidez con que viajaba en medio del escándalo de la parranda pública. No debía tener más de veinte años, y no parecía con ánimos de carnaval, a no ser que estuviera disfrazada de inválida: tenía el cabello muy claro, largo y liso, suelto al natural sobre los hombros, y una túnica de lienzo ordinario sin ningún adorno. Era ajena por completo al revoltijo de músicas por las calles, los puñados de polvos de arroz, los chorros de anilina que les tiraban a los pasajeros al paso del tranvía, cuyas mulas iban blancas de almidón y con sombreros de flores durante aquellos tres días de locura. Aprovechándose de la confusión, Florentino Ariza la invitó a tomar un helado porque no pensó que diera para más. Ella lo miró sin sorpresa. Dijo: "Acepto con mucho gusto, pero le advierto que estoy loca". Él se rió de la ocurrencia, y la llevó a ver el desfile de carrozas desde el balcón de la heladería. Luego se puso un capuchón alquilado, y ambos se metieron en la ronda de bailes de la Plaza de la Aduana, y gozaron como novios acabados de nacer, pues la indiferencia de ella se fue hasta el extremo contrario con el fragor de la noche: bailaba como una profesional, y era imaginativa y audaz para la parranda, y de un encanto arrasador.

- No sabes la vaina en que te has metido conmigo -gritaba muerta de risa en la fiebre del carnaval-. Soy una loca de manicomio.

Siempre se ha dicho que Aracataca, lugar de nacimiento de García Márquez, inspiró la creación de Macondo. Un lugar cercano, en la costa colombiana, se llama Ciénaga, a la que tantas veces menciona. La ciudad de Barranquilla queda a menos de cien kilómetros de distancia, y su carnaval fue denominado por la Unesco como patrimonio de la humanidad en el año 2003. No es ninguna sorpresa, entonces, la abundancia de alusiones al carnaval en sus novelas, y en algunos casos adquiere importancia dramática en el discurrir de la trama. Las referencias incluidas en el presente texto no pretenden ser, de ninguna manera, exhaustivas, en cambio me parece que podrían destacar entre las más significativas.


Jules Etienne