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domingo, 16 de julio de 2017

Carnaval: KARNEVÁL, de Béla Hamvas


"... y el gran misterio es la máscara, esta máscara. Ese es el gran misterio de la forma. Es decir, del cuerpo."

(Fragmento del segundo volumen, capítulo VII)
Sí. Entiendo que los seres humanos crecen, es decir, el cuerpo, su forma,  su imagen, es el gran misterio. Una máscara es sagrada. No debe despojarse de ella. Está prohibido. Se debe practicar el juego de la máscara. La sobriedad no es locura. La locura es nuestro estado natural. La máscara indica nuestra locura sagrada. ¿Realidad? Si tu cara fuese real, habría de sobrevivir por separado. Pero somos, y el gran misterio es la máscara, esta máscara. Ese es el gran misterio de la forma. Es decir, del cuerpo. Va en aumento. La santa ilusión. -
Pausa.
Béla Hamvas (Húngaro nacido en Eslovaquia, 1897-1968)

sábado, 15 de julio de 2017

Carnaval: TRES TRISTES TIGRES, de Guillermo Cabrera Infante

 
(Fragmento)
 
La dejé hablal así na ma que pa dale coldel y cuando se cansó de metel su descaiga yo le dije no que va vieja, tu etás muy equivocada de la vida (así mimo), pero muy equivocada: yo rialmente lo que quiero e divestime y dígole, no me voy a pasal la vida como una momia aquí metía en una tumba désas en que cerraban lo farallone y esa gente, que por fin e que yo no soy una antigua, y por mi madre santa te lo juro que no me queo vestía y sin bailal, qué va: primero vilgen, y entonse ella que me dise, tú, me dise así, moviendo su manito parriba y pabajo, de lo más picúa ella, díseme, tú te puededil-aonde-te-de-la-gana, que yo no te voy paral ni ponel freno: por finés que yo no soy tu madre, me oíte, me dice poniéndose su manito así al revés sobre la bemba negra que tiene y gritándome en el mismo oído que por poco que me rompe el témpano, y dígole lo que pasa señora (sí sí de señoreo y to, que yo sé cuándo botarme de fisna) e que uté no sabe vivil el momento y la vida se le base dificilísima o séase que ya etá muy antañona pa comprendel-me, y me replica con su dalequedale: si tú te puedil cuando te de la rial gana, eta niña, que a mi no me impolta nada de nada de tu vida ni de lo que haga con lo que tiene entre la pierna que eso e asunto tuyo y del otro y no llevo papeleta en esa rifa, así que arranca pallá cuando quiera que paluego e talde, y dígole, digo, pero mijita que confundía, pero que confundía etás tu: quien te dijo, dígole, que el carnaval e un hombre, ademá bailal no e delito, dígole y me dise, bueno enún final yo no te tengo amarrá ni con pendón de cantidá y ya me miba subiendo con tanto insulto, casi con mi nueve punto, y le digo, dígole, nada ma que se vive una ve, miamiga, y hay que sabelo hasel que eso e también una siensia te enterate? y ella va y me dise, cucha cucha ahí tiene tu musiquita y tu bailoteo y tu revolvimiento: vete cuanto tú quiera, ahora o-y-e-l-o bien, te va y no vuelve má, en eta casa tú no vuelva polque tevasencontlal la puelta trancó y con candao y si te queda nel pasillo traigo la encargá pa que te bote de la asesoria mira como e la cosa, me oite, y ya yo que toy metía en la piña de a mil y que oigo que, fetivamente, la música viene con su rimmo y su sandunganga y su bombobombo, casi como polequina, le digo hay hija pero qué apurativa tú ere: cálmate cálmate mi vida o toma pasiflorina y que e lo que hase eta hija de, mira déjame callame, coje así y no dise ma nada nada nada pero nada y e da lepalda y yo cojo así, con la mima, miestola y mi carterita y doy un paso, e, y otro paso, e, y otro paso, ey, y ya etoy en la puelta y cojo y me viro, así, rápida, como Betedavi y le digo, dígole, óyeme bien lo que te voy adesil: nada más que se vive una ve, me oíte, dígole, así gritando al paltil un pulmón: nada má que se vive una ve, dígole, y cuando me muera se murió el carnaval y se murió la música y se murió la alegría y e polque se murió la vida, me entendite, le digo dígole, polque éta que etá aquí, Magalena Crús, vastar del otro lao y de allí pacá sí que no se ve nada ni se oye nada y entonse, mivida, se acabó el acabóse, me oíte, le digo y entonse ella base así, muy dinna, que se me vira de medio lao y se me queda de pesfil y va y me dise muchachita, que tú ere la abogá del casnaval, me dise. Acabate dil de una ve, díjome.
 
 
Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929-2005)

viernes, 14 de julio de 2017

Carnaval: BALTASAR (El cuarteto de Alejandría), de Lawrence Durrell

"Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes."
 
(Fragmento)

En Alejandría el carnaval es un acontecimiento social, sin relación con ninguna de las otras fiestas religiosas del calendario de la ciudad. Supongo que debe de haber sido instituida por las tres o cuatro grandes familias católicas del lugar -quizá tenían la impresión de identificarse a través de él, vicariamente, con la otra orilla del Mediterráneo, con Venecia y Atenas-. Sin embargo no hay en la actualidad familia rica -sea copra, musulmana o judía- que no posea un armario lleno de dominós de terciopelo para esos tres días de locura. Después de Año Nuevo es quizá la celebración cristiana más importante del año, pues la norma vigente en esos tres días con sus noches es la del anonimato absoluto, el anonimato conferido por el sinestro dominó de terciopelo negro que oculta la identidad y el sexo, impide distinguir al hombre de la mujer, a la esposa del amante, al amigo del enemigo.
 
En ese momento las más locas aberraciones de la ciudad se manifiestan audazmente bajo la protección de los invisibles Señores del Desgobierno que presiden la estación. No bien oscurece, las dos, luego en pequeños grupos, a menudo acompañados de instrumentos musicales o tambores, riendo y cantando camino de alguna gran casa o club nocturno donde el aire de afectada indiferencia se funde en el calor negro del jazz, en el contrapunto hosco, empalagador, de saxofones y tambores. Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes. El disfraz da a todos una lúgubre y obsesiva uniformidad de contornos que inquieta a los egipcios vestidos de blanco y los llena de alarma -el estremecimiento de un miedo condimentado con la sal de las risas frenéticas que salen de las casas, y que la ligera brisa de tierra lleva hasta los cafés de la costa; una alegría que por su estridencia misma parece temblar siempre al borde de la locura-.
 
Lentamente la luna azulada de la primavera se encarama sobre las casas, trepa a los minaretes entre las palmeras restallantes, y con ella la ciudad parece desplegarse como un animal que, terminado el invierno, sale de su cueva, se estira empieza a beber la música de esos tres días de fiesta.
 

Lawrence Durrell (Inglés nacido en India y fallecido en Francia, 1912-1990).

jueves, 13 de julio de 2017

Carnaval: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire

"... sobre su frente de esqueleto, una diadema horrible con sensación de carnaval."

LXXI. Un grabado fantástico

Este singular espectro lleva por atavío completo
grotesca sobre su frente de esqueleto,
una diadema horrible con sensación de carnaval.
Sin espuelas, sin fuete, a su caballo agota brutal,
Fantasma como él, rocín apocalíptico,
Que babea por el hocico como un epiléptico.
A través del espacio desaparecen los dos,
Y el infinito pisotean al galope con cascos atrevidos.
El jinete blande un sable que resplandece y descuella
Sobre la multitud sin nombre que se montura atropella,
Y recorre como príncipe por su dominio transmonte,
El cementerio inmenso y frío, sin horizonte,
Donde yacen, bajo un sol blanco y opaco de luz ambigua,
Los pueblos de la historia moderna y antigua.
 
Un gravure fantastique

(Ce spectre singulier n’a pour toute toilette,
Grotesquement campé sur son front de squelette,
Q’un diadème affreux sentant le carnaval.
Sans éperons, sans fouet, il essouffle un cheval,
Fantôme comme lui; rosse apocalyptique,
Qui bave des naseaux comme un épileptique.
Au travers de l’espace ils s’enfoncent tous deux,
Et foulent l’infini d’un sabot hasardeux.
Le cavalier promène un sabre qui flamboie
Sur les foules sans nom que sa monture broie,
Et parcourt, comme un prince inspectant sa maison,
Le cimétiere immense et froid, sans horizon,
Où gisent, aux lueurs d’un soleil blanc et terne,
Les peuples de l’histoire ancienne et moderne.)

 

Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).
 
(Traducido del francés por Jules Etienne)
 
 
 
Este poema lo inspiró el grabado La muerte en un pálido caballo (Death in a Pale Horse, 1775), de John Hamilton Mortimer.

miércoles, 12 de julio de 2017

Carnaval: CÓMO ME HICE MONJA, de César Aira


(Fragmento del capítulo 9)
 
Una de las fantasías más arraigadas en Arturito era la de las fiestas de disfraz, grandes mascaradas que daba para sus innumerables amistades todos los años, para Carnaval. Sonaba como un disparate, pero hablaba de ellas con la más inquebrantable certeza, y era inagotable en anécdotas de sus fiestas de carnavales anteriores. Mamá y yo habíamos ido a vivir al inquilinato poco después del Carnaval (muy poco después), y faltaba bastante para el próximo, así que yo no tenía forma de saber si esos relatos tenían algún asidero o no. Para Arturito una fiesta de disfraces era un sine qua non de la vida. Él mismo parecía siempre disfrazado, con sus trajecitos. Aunque apenas apuntaba la primavera, ya estaba pensando su disfraz para la fiesta que daría en el próximo carnaval, a la que yo estaba invitada desde ya... si es que me dignaba a asistir, si le hacía el honor, si condescendía a divertirme un rato con esas frivolidades tan por debajo de mi nivel...


César Aira (Argentina, 1949) 

martes, 11 de julio de 2017

Carnaval: DE REPENTE, EN EL VERANO, de Tennessee Williams

 
(Fragmento de la cuarta escena)

Doctor: ¿Qué sucedió el invierno pasado?
 
Catalina: Fui a un baile de carnaval, el martes de carnaval, con un muchacho que después se puso muy borracho y no se podía sostener de pie. (Risa breve) Yo ya me quería ir a casa. En el guardarropas no podían encontrar mi abrigo. Quédenselo, les dije, y salí a la calle a buscar un taxi. En eso, alguien me tomó del brazo y me dijo: "Yo te llevo en mi auto". Se quitó el saco y lo puso sobre mis hombros, lo miré, y la verdad es que nunca antes lo había visto. Me llevaba a casa pero se detuvo en el camino. Paró cerca del bosque de robles que está cerca de la Costanera. encendió un cigarrillo. Nada más. Estábamos dentro del coche y yo entendí. Creo que me bajé del auto antes que él, y caminamos por el pasto húmedo en dirección de los robles envueltos en la bruma, como si nos estuvieran pidiendo ayuda desde allá dentro. (Pausa. Queda el sonido de un solo pájaro).

Doctor: ¿Y después?
 
Catalina: Lo perdí. Me llevó de vuelta a la casa y me dijo algo horrible: "Mejor olvidemos todo. Mi mujer está embarazada y..." Entré en la casa, me senté, me quedé pensando por un rato hasta que de pronto llamé un taxi para volver al lugar, a la fiesta del carnaval. El baile sigue y pienso que "regresé a buscar la estola de visón que me prestó mi tía Violeta". Pero no. Regreso para hacerle una escena. Me paro en medio de la pista, lo ubico, corro hacia él y comienzo a golpearlo con los puños cada vez más fuerte, en la cara, en el pecho, hasta que... mi primo Sebastián tiene que sacarme de allí. A la mañana siguiente empecé a escribir mi diario en tercera persona. Por ejemplo: "Ella está todavía viva esta mañana. Y en esta caso ella quiere decir yo. ¿Y ahora que le espera a ELLA? ¡Sabrá Dios! Dejé de salir. Ya no podía. Una mañana, Sebastián entró a mi recámara para decirme: "Levántate". Bueno, cuando se continúa con vida después de haber estado muerta, uno es obediente. Me llevó al centro a un lugar donde sacan fotos para pasaportes y me dijo: "Mamá no puede viajar conmigo este verano y vas a venir en su lugar". Si no me lo cree, lea mi diario cuando estábamos en París: "ELLA se levantó al amanecer esta mañana, desayunó, se vistió y fue a dar un breve paseo. ¡Del hotel Plaza al Arco del Triunfo como perseguida por una jauría de lobos de Siberia!" (Se ríe con risa cansada. Fatigada). Ella, yo... pasaba todos los semáforos en rojo, no podía esperar la luz verde. ¿Dónde iba? ¿Regresaba al bosque de robles? Allí todo era frío y oscuro, excepto la boca de él, ¡caliente y voraz!
 
 
Tennessee Williams: Thomas Lanier Williams (Estados Unidos, 1911-1983)

lunes, 10 de julio de 2017

Carnaval: CLEOPATRA, de Mario Benedetti

"Así mis hermanos fueron: un mosquetero, un pirata, un cura, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra..."
 
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
 
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
 
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme para la vuelta a casa.
 
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
 
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
 
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
 
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock and roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
 
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
 
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
 
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
 
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.


Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)

domingo, 9 de julio de 2017

Carnaval: CONFESIONES DE UN BURGUÉS, de Sándor Márai

"... cosiendo con la criada y la niñera para vestirnos de deshollinador, de payaso, de hada o de bruja..."

(Fragmento del capítulo 5)

Sabía organizar de maravilla las fiestas familiares, las Navidades se convertían en algo absolutamente misterioso y ancestral, la casa quedaba inmersa en un ambiente de espera nerviosa; para los carnavales organizaba en casa un baile de máscaras en el que no escatimaba esfuerzos, se pasaba semanas enteras dibujando disfraces complicadísimos y cosiendo con la criada y la niñera para vestirnos de deshollinador, de payaso, de hada o de bruja, y llegado el momento se sentaba al piano y tocaba para nosotros -pues no invitábamos a nadie- con la intención de que desfiláramos con nuestros disfraces. Hasta las criadas se disfrazaban. Sí, mi madre sí que sabía jugar. Tenía su particular forma de ver a las personas: parecía que había leído en algún libro las historias que nos contaba cuando volvía de la calle o de hacer alguna visita.

 
Sándor Márai (Húngaro nacionalizado estadounidense, 1900-1989) 

sábado, 8 de julio de 2017

Carnaval: UNA VENGANZA, de Isabel Allende


(Fragmento)

El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha: resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.
 
La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulce Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta ligereza que muchos no percibieron que en realidad no era la más bella, y cuando regresaron a sus puntos de partida dijeron que jamás habían visto un rostro como el suyo. Así adquirió inmerecida fama de hermosura y ningún testimonio posterior pudo desmentirla. La exagerada descripción de su piel traslúcída y sus ojos diáfanos, pasó de boca en boca y cada quien le agregó algo de su propia fantasía. Los poetas de ciudades apartadas compusieron sonetos para una doncella hipotética de nombre Dulce Rosa.
 
El rumor de esa belleza floreciendo en la casa del Senador Orellano llegó también a oídos de Tadeo Céspedes, quien nunca imaginó conocerla, porque en los años de su existencia no había tenido tiempo de aprender versos ni mirar mujeres. Él se ocupaba sólo de la Guerra Civil. Desde que empezó a afeitarse el bigote tenía un arma en la mano y desde hacía mucho vivía en el fragor de la pólvora. Había olvidado los besos de su madre y hasta los cantos de la misa. No siempre tuvo razones para ofrecer pelea, porque en algunos períodos de tregua no había adversarios al alcance de su pandilla, pero incluso en esos tiempos de paz forzosa vivió como un corsario. Era hombre habituado a la violencia. Cruzaba el país en todas direcciones luchando contra enemigos visibles, cuando los había, y contra las sombras, cuando debía inventarlos, y así habría continuado sí su partido no gana las elecciones presidenciales. De la noche a la mañana pasó de la clandestinidad a hacerse cargo del poder y se le terminaron los pretextos para seguir alborotando.
 
La última misión de Tadeo Cérpedes fue la expedición punitiva a Santa Teresa. Con ciento veinte hombres entró al pueblo de noche para dar un escarmiento y eliminar a los cabecillas de la oposición. Balearon las ventanas de los edificios públicos, destrozaron la puerta de la iglesia y se metieron a caballo hasta el altar mayor, aplastando al Padre Clemente que se les plantó por delante, y siguieron al galope con un estrépito de guerra en dirección a la villa del Senador Orellano, que se alzaba plena de orgullo sobre la colina.
 
A la cabeza de una docena de sirvientes leales, el Senador esperó a Tadeo Céspedes, después de encerrar a su hija en la última habitación del patio y soltar a los perros. En ese momento lamentó, como tantas otras veces en su vida, no tener descendientes varones que lo ayudaran a empuñar las armas y defender el honor de su casa. Se sintió muy viejo, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque vio en las laderas del cerro el destello terrible de ciento veinte antorchas que se aproximaban espantando a la noche. Repartió las últimas municiones en silencio. Todo estaba dicho y cada uno sabía que antes del amanecer debería morir como un macho en su puesto de pelea.

- El último tomará la llave del cuarto donde está mí hija y cumplirá con su deber -dijo el Senador al oír los primeros tiros.

Todos esos hombres habían visto nacer a Dulce Rosa y la tuvieron en sus rodillas cuando apenas caminaba, le contaron cuentos de aparecidos en las tardes de invierno, la oyeron tocar el piano y la aplaudieron emocionados el día de su coronación como Reina del Carnaval. Su padre podía morir tranquilo, pues la niña nunca caería viva en las manos de Tadeo Céspedes. Lo único que jamás pensó el Senador Orellano fue que a pesar de su temeridad en la batalla, el último en morir sería él. Vio caer uno a uno a sus amigos y comprendió por fin la inutilidad de seguir resistiendo. Tenía una bala en el vientre y la vista difusa, apenas distinguía las sombras trepando por las altas murallas de su propiedad, pero no le falló el entendimiento para arrastrarse hasta el tercer patio. Los perros reconocieron su olor por encima del sudor, la sangre y la tristeza que lo cubrían y se apartaron para dejarlo pasar. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la pesada puerta y a través de la niebla metida en sus ojos vio a Dulce Rosa aguardándolo. La niña llevaba el mismo vestido de organza usado en la fiesta de Carnaval y había adornado su peinado con las flores de la corona.


Isabel Allende (Chilena nacida en Perú y nacionalizada estadounidense, 1942).

La ilustración corresponde a la puesta en escena de la ópera Dulce Rosa inspirada en el relato Una venganza de Isabel Allende y estrenada en Eli & Edythe Broad Stage de Santa Mónica, California, en mayo de 2013.

viernes, 7 de julio de 2017

Carnaval: LA EDAD DE LA INOCENCIA, de Edith Wharton

"... todo le había parecido irreal como un carnaval. Esas extrañas mujeres cosmopolitas..."
 
(Fragmento del capítulo 20)
Sólo una vez, justo después de terminar Harvard, pasó unas semanas alegres en Florencia con un grupo de extraños norteamericanos europeizados, bailando toda la noche en palacios de damas con títulos nobiliarios, y jugando gran parte del día con los libertinos y los petimetres del club de moda. Pero, a pesar de ser lo más entretenido del mundo, todo le había parecido irreal como un carnaval. Esas extrañas mujeres cosmopolitas, sumergidas en complicados asuntos amorosos que al parecer necesitaban relatar al primero que encontraban, y aquellos magníficos oficiales jóvenes y los avejentados caballeros con un ingenio de la peor clase que eran los objetos o los depositarios de sus confidencias, eran demasiado diferentes de la gente entre la cual Archer había crecido y demasiado parecidas a las plantas caras y malolientes de los invernaderos exóticos, como para atraer su imaginación por mucho tiempo. No pretendería jamás introducir a su esposa en semejante sociedad; pero durante sus viajes ninguna otra había demostrado interés en su compañía.
 
Edith Wharton (Estados Unidos, 1862-1937) 

jueves, 6 de julio de 2017

Carnaval: CAPRICHO, de Alfonsina Storni

"... fruto de carnaval decorado en escamas de serpientes del mal."

Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.

 
Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, 1892-1938)

miércoles, 5 de julio de 2017

Carnaval: TODA LA BELLEZA DEL MUNDO (Historias y recuerdos), de Jaroslav Seifert

"Por el carnaval, me llamó cariñosamente por mi nombre de pila y me ofreció una tarta con mermelada de grosella."

(Fragmento)

Como es natural, me recuperé muy pronto de aquel amor infantil. En un edificio donde hubo un montón de pisos y en estos pisos un montón de habitantes, no solía ser difícil.

Un piso más abajo vivía una muchacha salvaje, sólo un poco mayor que yo. Tenía unos cabellos negros, mi madre decía que gitanos, y en ellos un gran lazo rojo. La encontraba casi a diario y siempre me sonreía. Una vez, cuando pasé por su puerta, me atrajo adentro y se puso a abrazarme y besarme con furia. Pero antes de poder darme cuenta de mi súbita felicidad, me sacó otra vez fuera. Como un trozo de trapo arrugado. Había oído a su madre que volvía del sótano con el carbón.

Al cabo de poco tiempo se mudó a un piso vecino una pareja de recién casados. En aquella ocasión fue la joven desposada la que sacudió mi corazón. Algunas veces me invitaba a la cocina para ofrecerme una tarta o un dulce todavía caliente. Me enamoré de ella en seguida, después de nuestro primer encuentro, y en vano reflexionaba cómo acercarme más estrechamente a ella. Por el carnaval, me llamó cariñosamente por mi nombre de pila y me ofreció una tarta con mermelada de grosella. Cuando me la acabé, cogí su mano y la besé con todo el corazón. Me dio otra tarta y medio en serio medio en broma me echó una bronca: por una tarta no hace falta besar la mano. No comprendió, por desgracia, que no era una expresión de agradecimiento, sino una declaración de amor y un torpe deseo de acercarme a su atractivo cuerpo.

Jaroslav Seifert (Nació en un suburbio de Praga cuando formaba parte del imperio Austro-húngaro y falleció también en Praga, Checoslovaquia, hoy República Checa, 1901-1986). Obtuvo el premio Nobel en 1984.
 
La ilustración corresponde a una mujer cabalgando durante el carnaval de Bohemia en Praga.

martes, 4 de julio de 2017

Carnaval: EL HOMBRE Y LAS COSAS, de Jean Paul Sartre


(Fragmento)

Somos rebeldes de detrás del espejo. Pues no es eso lo que quiere cambiar el rebelde de este mundo; quiere cambiar la situación presente de los hombres, la que se hace día a día. Relatar el presente como si fuera pasado es emplear un artificio, crear un mundo extraño y bello, coagulado como una de esas máscaras de martes de carnaval que se hacen espantosas cuando verdaderos hombres vivos las llevan en los rostros.


Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964.

La ilustración corresponde a la serie Sueño lúcido (Lucid Dream), escultura en porcelana de Johnson Tsang.

lunes, 3 de julio de 2017

Carnaval: CARNAVAL DE GERTI, de Eugenio Montale


Si la rueda se atasca en la maraña
de las serpentinas y el caballo
se encabrita entre la multitud, si te nieva
sobre cabellos y manos un largo escalofrío
de iris fluyentes o levantan los niños
las lastimeras ocarinas que saludan
tu viaje y los leves ecos se disgregan
puente abajo sobre el río,
si se despeja el camino y te conduce
a un mundo soplado en una trémula
burbuja de aire y de luz donde el sol
saluda tu gracia – quizá hayas encontrado
el camino que tentó un instante
el plomo fundido a medianoche cuando
el año acabó tranquilo, sin disparos.

Y ahora quieres descansar donde un filtro
convierte en despojos los sonidos
produciendo los sonrientes y acres
humos que te componen el mañana:
ahora preguntas por el país donde los onagros
muerden terrones de azúcar en tus manos
y de los rechonchos árboles despuntan brotes
milagrosos para el pico de los pavos reales.

(Oh tu Carnaval será esta noche
más triste que el mío, tú, rodeada de regalos
para los ausentes: carrozas teñidas
de rosoli, fantoches y arcabuces,
pelotas de goma, liliputienses utensilios
de cocina: la urna los destinaba
a cada uno de los amigos lejanos, en la hora
en que enero se entreabrió y en el silencio
se cumplió el sortilegio. ¿Es Carnaval
o diciembre todavía se demora? Pienso
que si mueves la manecilla del pequeño
reloj que llevas en la muñeca, todo
retrocederá en un deshecho prisma
babélico de formas y colores...)

Y llegará Navidad y el día de Año Nuevo
que vacía los cuarteles y te devuelve
a los amigos dispersos, y también volverá
este Carnaval que ahora se nos escapa
entre los muros que ya se resquebrajan.
¿Pides
tú que se detenga el tiempo sobre el pueblo
que en torno se dilata? Las grandes alas
jaspeadas te rozan, las galerías
empujan hacia fuera gráciles muñecas
rubias, vivas, las palas de los molinos
giran fijas sobre las charcas bulliciosas.
¿Pides que se entretengan las campanas
de plata sobre la aldea y el sonido ronco
de las palomas? ¿Pides tú las mañanas
trémulas de tus lejanas orillas?

Qué extraño y difícil se hace todo,
qué imposible es todo, dices tú.
Tu vida está aquí abajo, donde retumban
sin pausa las ruedas de los carromatos
y nada vuelve sino quizá en estos
imprevistos de lo posible. Regresa
allí, entre los muertos juguetes donde hasta morir
se niega; y con el tiempo que te late
en la muñeca y a la existencia te restituye,
entre los pesados muros que no se abren
al torbellino fatigado de los humanos,
vuelve al camino donde contigo me entristezco,
aquel que señaló un plomo congelado
a mis atardeceres, a los tuyos:
vuelve a las primaveras que no florecen.

Eugenio Montale (Italia, 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.
 
(Traducido al español por Carlos Vitale)
 
La ilustración corresponde a Figuras humanas surgen de la decoración de carnaval, de Agnieska Kalinowska.

domingo, 2 de julio de 2017

Carnaval: EL PASTOR, de Iván Bunin

"... y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve."
 
(Fragmento del capítulo I)
 
Era domingo de carnaval. Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el almacenero, el zapatero, el uriadnik, los tnuyik, todos paseaban en trineo con sus huéspedes, muchachas, aldeanas jóvenes, parientes. Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.

Una vez enganchado Koroliok, el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja, fue en busca de Liubka, que tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo, pero dejándose arrastrar.

Ignat había traído el potro tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas, ensebadas, a las que no se adhería la nieve.

Más tarde, cuando Ignat se dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la chalina gris, inclinándose sobre ella.

En este momento Ignat tomó la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par de botas viejas del peón Iashka.

Después de haber apilado suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones, sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat, hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.

 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.

sábado, 1 de julio de 2017

Carnaval: LA TÍA JULIA Y EL ESCRIBIDOR, de Mario Vargas Llosa

"... comenzó medio siglo atrás, una noche de Carnavales, cuando un joven de buena familia, que gustaba darse baños de pueblo*..."

(Fragmento del capítulo XIV)
 
La historia de Reverendo Padre don Seferino Huanca Leyva, ese párroco del muladar que colinda con el futbolístico barrio de la Victoria y que se llama Mendocita, comenzó medio siglo atrás, una noche de Carnavales, cuando un joven de buena familia, que gustaba darse baños de pueblo, estupró en un callejón del Chirimoyo a una jacarandosa lavandera: la Negra Teresita.
 
Cuando ésta descubrió que estaba encinta y como ya tenía ocho hijos, carecía de marido y era improbable que con tantas crías algún hombre la llevara al altar, recurrió rápidamente a los servicios de doña Angélica, vieja sabia de la Plaza de la Inquisición que oficiaba de comadrona, pero era sobre todo surtidora de huéspedes al limbo (en palabras sencillas: abortera). Sin embargo, pese a los ponzoñosos cocimientos (de orines propios con ratones macerados) que doña Angélica hizo beber a la Negra Teresita, el feto del estupro, con terquedad que hacía presagiar lo que sería su carácter, se negó a desprenderse de la placenta materna, y allí siguió, enroscado como un tornillo, creciendo y formándose, hasta que, cumplidos nueve meses de los fornicatorios Carnavales, la lavandera no tuvo más remedio que parirlo.
 
Le pusieron Seferino para halagar a su padrino de bautizo, un portero del Congreso que llevaba ese nombre, y los dos apellidos de la madre. En su niñez, nada permitió adivinar que sería cura, porque lo que le gustaba no eran las prácticas piadosas sino bailar trompos y volar cometas. Pero siempre, aun antes de saber hablar, demostró ser persona de carácter. La lavandera Teresita practicaba una filosofía de la crianza intuitivamente inspirada en Esparta o Darwin y consistía en hacer saber a sus hijos que, si tenían interés en continuar en esta jungla, tenían que aprender a recibir y dar mordiscos, y que eso de tomar leche y comer era asunto que les concernía plenamente desde los tres años de edad, porque, lavando ropa diez horas al día y repartiéndola por todo Lima otras ocho horas, sólo lograban subsistir ella y las crías que no habían cumplido la edad mínima para bailar con su propio pañuelo.
 
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936). Obtuvo el premio Nobel en 2010.
 
* La ilustración corresponde a un autobús que transitaba por el barrio de la Victoria en el año de 1958. Durante el mes de febrero, es una arraigada costumbre en Lima lo que llaman "jugar a los carnavales": la gente porta baldes y globos llenos de agua para arrojarla sobre quienes encuentran a su alcance con el fin de "bautizarlos".  De manera que la expresión "gustaba darse baños de pueblo" empleada por Vargas Llosa, además de su significado coloquial, en este caso resulta de lo más certera.