.

.
Vancouver, luz de agosto en English Bay.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Eclipse: LA TORRE, de William Butler Yeats

"... y si la memoria recuerda, el sol está en eclipse y el día cancelado."

 
II
 
(Fragmento)
 
Viejo disoluto con un amor en cada viento,
haz brotar de la profunda y circunspecta mente
todo lo que descubriste en la tumba,
porque es cierto que calculaste
cada inopinado e imprevisto aprieto
-atraído por un ojo delicado
por un roce o un suspiro,
dentro del laberinto de otro ser;
 
¿habita la imaginación más profundamente,
sobre una mujer perdida o una conquistada?
Si sobre la perdida, admite que emergiste
de un gran laberinto fuera del orgullo.
de la cobardía, de algún necio pensamiento sutilísimo
o algo una vez llamado conciencia;
y si la memoria recuerda,
el sol está en eclipse y el día cancelado.


W. B. Yeats: William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939). Obtuvo el premio Nobel en 1923.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Eclipse: UN HOMBRE IRASCIBLE, de Anton Chéjov

"... la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos..."

(Fragmento)

- ¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.
 
Yo contesto:
 
- Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
 
- ¿Y qué es la elíptica?
 
Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:
 
- ¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta los centros del sol y de la tierra?
 
- Es una línea imaginaria -le contesto.
 
- Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la luna se sitúe en ella?
 
No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.
 
- Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras fantasías.
 
Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.
 
- ¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos matices.
 
- Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.
 
Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.
 
- ¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
 
El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:
 
- No se olvide usted: hoy, a las once.
 
Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.
 
- ¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.
 
Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.
 
- Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la cola.
 
 

Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904) .

martes, 19 de septiembre de 2017

Eclipse: LAS FUERZAS EXTRAÑAS, de Leopoldo Lugones

"... el cono de sombra que proyecta sobre la luna, y que durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas..."

El hombre
 
(Fragmento)
 
Al entrar la tierra en el estado líquido, la vida orgánica de la luna había concluido su ciclo de manifestación, y las mónadas de sus seres inteligentes debieron pasar a incorporarse en las nuestras. No lo hicieron como puras energías, sino también como agregados de materia sutil que se infiltró en la masa de la gigantesca célula humana a modo de influencia magnética, comunicándole nuevas propiedades, de la manera que el imán al acero. De aquí las relaciones magnéticas que el estado líquido conserva con la luna bajo la forma de mareas.
 
El vehículo de que esos espíritus lunares se valieron para venir a la tierra, fue el cono de sombra que ésta proyecta sobre la luna, y que durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas de aquel astro; pues siendo él un cadáver, no ha de exhalar vida naturalmente. Esto explica la tradición en cuya virtud los chinos y muchas otras gentes, alborotan durante los eclipses "para ahuyentar á los malos espíritus".
 
El cono de sombra es tan objetivo para esas formas sutiles, como un chorro de agua o una columna de humo; pues siendo la luz el más poderoso agente de eterización de la materia, donde ella falta, es decir donde hay sombra, la materia es más densa y puede servir de vehículo. Cuando se dice que la luz ahuyenta a los espectros, se expresa una verdad más grande de lo que parece; y cuando los "bárbaros" hacen ruido para producir un efecto igual, por estar la luna oculta, echan mano de un agente (el sonido) que según se ha visto es una fuerza primordial, pues es la que ordena los átomos en series armónicas. La luz y la música, son enemigas de la muerte.


Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938).

lunes, 18 de septiembre de 2017

Eclipse: EL YUNQUE DE LAS FUERZAS, de Antonin Artaud

"Pero ese centro es un disco lechoso, recubierto de una espiral de eclipses…"
 
Esta corriente, esta náusea, estos lienzos son el origen del fuego. El fuego de las lenguas. El fuego tejido en trenzados de lenguas en los destellos de la tierra que se abre como un vientre cuyas entrañas son de miel y de azúcar. Y la tierra entreabierta muestra sus áridos secretos. Secretos como superficies La tierra y sus nervios y sus antiquísimas soledades; la tierra de las primitivas geologías donde se descubren las estructuras del mundo en una sombra negra como el carbón. La tierra es madre bajo el espejo de fuego, del fuego con sus tres rayos, en el coronamiento de cuya crin pululan los ojos. Miríadas de miriápodos de ojos. El centro ardiente y convulsivo de ese fuego es como la punta desarraigada de la tormenta en la cima del firmamento. Hay un fulgor absoluto en la lucha de las fuerzas. La punta espantosa del impulso se rompe en un ensordecedor ruido azul.
 
Los tres rayos forman un abanico cuyas ramas caen a pico y convergen en el mismo centro. Pero ese centro es un disco lechoso, recubierto de una espiral de eclipses…
 
Encima del cielo está el Doble Caballo. La evocación del caballo se templa en la luz de la fuerza sobre el fondo de un muro arruinado hasta la descomposición. Y, en él, el primero de los dos caballos es aún mucho más extraño que el otro, siendo ése el que recoge la luz, mientras el segundo expresa sólo la pesada sombra. Más abajo que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo forman otra sombra, como si toda el agua del mundo elevara el orificio de un pozo. El abanico abierto domina una pirámide de cimas, un inmenso concierto de cumbres. Una imagen de desierto planea sobre esas cimas, más allá de las cuales un astro desmelenado flota, horrible suspendido. Suspendido como el bien en el hombre, como el mal en el comercio de hombre y hombre, o como la muerte en el interior de la vida. Fuerza giratoria de los astros. Pero detrás de esta visión de absoluto, de ese sistema de plantas y de estrellas, de territorios rajados hasta el hueso; detrás de esa ardiente agrupación de gérmenes, de esa geometría de búsquedas, sistema giratorio de cimas; detrás de esa reja de arado plantada en el espíritu y de ese espíritu que desgaja sus fibras y desvela sus sedimentos; detrás, en fin, de esa mano de hombre que imprime la huella de su pulgar duro y dibuja sus tanteos; detrás de esta mezcla de manipulaciones y cerebro, de esos pozos abiertos en todos los sentidos del alma y de esas cavernas rotas en la realidad… se alza la Ciudad de murallas acorazadas, la ciudad inmensamente alta, a la que todo el cielo no basta para formarle un techo donde crecen las plantas pero en sentido inverso y a la velocidad de los astros lanzados. Esta ciudad de cavernas y de muros que proyectan sobre el abismo absoluto arcadas y huecos como los de un puente. Se querría introducir en el vano de esos arcos la forma de una espalda desmesuradamente grande, de una espalda de donde la sangre diverge. Y colocar el cuerpo en reposo y la cabeza donde hormiguean los sueños sobre el reborde de esas cornisas gigantescas, en las que se escalona el firmamento. Pues encima aparece el cielo bíblico, por el que corren las blancas nubes…Pero existen las amenazas dulces de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí donde dejan caer sus centellas. Pero la sombra proyectada de la tierra y la iluminación ensordecida y cretácea- Pero, en fin, esa sombra en forma de cabra y ese macho cabrío. Y el Sabbath de las constelaciones. Un grito para recogerlo todo y una lengua para colgarme de ello. Todos esos reflujos comienzan en mí. Mostradme la inserción de la tierra, la bisagra de mi espíritu, el comienzo horroroso de mis uñas. Un bloque, un inmenso bloque falso me separa de mi mentira. Y este bloque es del color que se quiera. El mundo babea como un mar rocoso, y yo con los reflujos del amor. Perros, habéis terminado de hacer rodar vuestras piedras sobre mi alma. Yo. Yo. Volved la página de los escombros. Yo también espero la grava celeste y la playa sin bordes. Es preciso que ese fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas y las cavernas de mi gestación. Que los bloques de hielo vengan a encallar contra mis dientes. Tengo una ausencia de imágenes, ausencia de soplos inflamados. Busco en mi garganta nombres, algo así como la vibrátil pestaña de las cosas. El perfume de la nada, el olor del absurdo, el estiércol de la muerte entera. El humor ligero y rarificado. Solamente espero el viento. Que se llame amor o miseria no podrá apenas sino arrojarme sobre un mar de osamentas.

Antonin Artaud (Francia, 1896-1948).
 
(Traducido al español por Juan Eduardo Cirlot).

domingo, 17 de septiembre de 2017

Eclipse: EL RETRATO DE UNA DAMA, de Henry James

"... como se ve el disco de la Luna cuando queda tapado en parte, durante un eclipse, por la sombra de la Tierra."

(Fragmento del capítulo 42)

Cuando se conocieron, ella quiso borrarse casi del todo, empequeñecerse, incluso pretendiendo que era más pequeña de lo que realmente era. Ello se debía a que sucumbió al encanto extraordinario que, por su parte, se había esforzado él en mostrar. Osmond no había cambiado, y, durante el año que duró su cortejo, no se distinguió en nada por encima de ella. Pero la verdad es que ella no vio más, no logró ver más que la mitad de su verdadero carácter, como se ve el disco de la Luna cuando queda tapado en parte, durante un eclipse, por la sombra de la Tierra. Ahora, en cambio, veía toda la Luna, al hombre completo tal cual era. Sin embargo, había permanecido en silencio a fin de dejarle el campo libre, y a pesar de ello había tomado la parte por el todo. ¡Ah! No cabía la menor duda de que había sucumbido al hechizo, y éste no se había desvanecido, continuaba actuando.
 
 
Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

viernes, 15 de septiembre de 2017

Eclipse: EL PERIQUILLO SARNIENTO, de José Joaquín Fernández de Lizardi

"... no hay que ser vulgares, ni quitar el crédito a los pobrecitos eclipses, que es pecado de restitución."
 
(Libro primero: fragmento del capítulo VII)

- No me admiro -dijo el padre- que su tío de usted piense de esa manera, porque no tiene motivo para otra cosa; pero me hace mucha fuerza oír producirse de igual modo a un señor colegial. Según eso, dígame usted, ¿qué son los eclipse.
 
- Yo creo -dijo Januario- que son aquellos choques que tienen el sol y la luna, en los que uno u otro salen perdiendo siempre, conforme es la fuerza del que vence; si vence el sol, el eclipse es de la luna, si vence ésta, se eclipsa el sol. Hasta aquí no tiene duda, porque mirando el eclipse en una bandeja de agua, materialmente se ve como pelea el sol con la luna; y se advierte lo que uno u otro se comen en la lucha; y si tienen virtud estos dos cuerpos para hacerse tanto daño siendo solidísimos, ¿cómo no podrán dañar a las tiernas semillas y a las débiles criaturas del mundo?
 
- Esa es la vulgaridad -respondió el vicario-. Los eclipses en nada se meten, ni tienen la culpa de esas desgracias. Las siembras se pierden, o porque les ha faltado cultivo a su tiempo, o han escaseado las aguas, o la semilla estaba dañada, o era ruin, o la tierra carece de jugos, o está cansada, etc. Los ganados malparen, o las crías nacen enfermas, ya porque se lastiman las hembras, o padecen alguna enfermedad particular que no conocemos, o han comido alguna hierba que las perjudica, etc.; últimamente, nosotros nos enfermamos o por el excesivo trabajo, o por algún desorden en la comida o bebida, o por exponernos al aire sin recato estando el cuerpo muy caliente; o por otros mil achaques que no faltan; y las criaturas nacen tencuas, raquíticas, defectuosas o muertas, por la imprudencia de sus madres en comer cosas nocivas, por travesear, corretear, alzar cosas pesadas, trabajar mucho, tener cóleras vehementes, o recibir golpes en el vientre. Conque vea usted cómo no tienen los pobres eclipses la culpa de nada de esto.
 
- Bien -dijo don Martín-, pero ¿cómo suceden estas desgracias puntualmente cuando hay eclis?
 
- La desgracia de los eclipses -dijo el vicario-, consiste en que suceda algo de esto en su tiempo; porque los pobres que no entienden de nada, luego luego echan la culpa a los eclipses de cuantas averías hay en el mundo. Así como cuando uno se enferma, lo primero que hace es buscar achaque a su enfermedad, y tal vez cree que se la ocasionó lo más inocente. Conque, amigo, no hay que ser vulgares, ni que quitar el crédito a los pobrecitos eclipses, que es pecado de restitución.
 
Celebraron todos al padre vicario, y le pegaron un buen tabardillo al amigo Juan Largo, de modo que se levantó de allí chillándole las orejas. A poco rato nos fuimos a acostar.

 
José Joaquín Fernández de Lizardi (México, 1776-1827).

jueves, 14 de septiembre de 2017

Eclipse: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

"Punto de partida: la materia; punto de llegada: el alma. La hidra al principio, el ángel al fin."
 
Quinta parte: Jean Valjean; Libro primero: La guerra entre cuatro paredes
 
(Fragmento del capítulo XX: Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan)

No hay nada que decir. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho al eclipse. Y todo está bien, con tal de que vuelva la luz y el eclipse no degenere en noche. Alba y resurrección son sinónimos. La reaparición de la luz es idéntica a la persistencia del yo.
 
Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte en la barricada o la tumba en el exilio es un recurso aceptable para la abnegación. El verdadero nombre de la abnegación es desinterés. Que los abandonados se dejen abandonar, que los exiliados se dejen exiliar, y limitémonos a suplicar a los grandes pueblos que no vayan demasiado lejos cuando retrocedan. No se debe, so pretexto de volver a la razón, descender demasiado. La materia existe, y el minuto y los intereses y el vientre existen; pero no se deben oír los consejos del vientre. La vida momentánea tiene su derecho, lo admitimos, pero la vida permanente tiene el suyo. ¡Ay! El haber subido no impide caer. Ejemplos de esto, más de los que se quisieran, se encuentran en la historia. Una nación es ilustre, toma el gusto al ideal, y luego se revuelve en el fango, y le sabe bien; y si se le pregunta cómo es que deja a Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan más los hombres de Estado». Unas palabras más antes de volver a la refriega.
 
Una batalla como la que referimos en este momento no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal. El progreso con trabas es enfermizo y padece epilepsias trágicas. Esa enfermedad del progreso, la guerra civil, hemos debido encontrarla a nuestro paso. Es una de las fases fatales, a la vez acto y entreacto, de ese drama cuyo pivote es un condenado social, y cuyo título verdadero es: El Progreso. ¡El Progreso! Este grito que lanzamos a menudo es todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama al que hemos llegado, teniendo que experimentar aún más de una prueba la idea que contiene, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar entrever claramente la luz.
 
El libro que el lector tiene ante los ojos en este instante, en su conjunto y en sus pormenores, cualesquiera que sean las intermitencias, las excepciones o las debilidades, es la marcha del mal al bien, de lo injusto a lo justo, de lo falso a lo verdadero, de la noche al día, del apetito a la conciencia, de la podredumbre a la vida, de la bestialidad al deber, del infierno al cielo, de la nada a Dios. Punto de partida: la materia; punto de llegada: el alma. La hidra al principio, el ángel al fin.


Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).
 
(Traducido al español por Aurora Alemany).

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Eclipse: ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, de Friedrich Nietzsche

"¡Oh eclipse de mi sol!"

La canción de la noche

Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: sólo ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.
En mí hay algo insaciado, insaciable, que quiere hablar. En mí hay un ansia de amor,
que habla asimismo el lenguaje del amor.
Luz soy yo: ¡ay, si fuera noche! Pero ésta es mi soledad, el estar circundado de luz.
¡Ay, si yo fuese oscuro y nocturno! ¡Cómo iba a sorber los pechos de la luz!
¡Y aun a ustedes iba a bendecir, ustedes pequeñas estrellas centelleantes y gusanos relucientes allá arriba! -y a ser dichoso por sus regalos de luz.
Pero yo vivo dentro de mi propia luz, yo reabsorbo en mí todas las llamas que de mí salen.
No conozco la felicidad del que toma; y a menudo he soñado que robar tiene que ser aún más dichoso que tornar.
Ésta es mi pobreza, el que mi mano no descansa nunca de dar; ésta es mi envidia, el ver ojos expectantes y las despejadas noches del anhelo.
¡Oh desventura de todos los que regalan! ¡Oh eclipse de mi sol! ¡Oh ansia de ansiar! ¡Oh hambre ardiente en la saciedad!
Ellos toman de mí: ¿pero toco yo siquiera su alma? Un abismo hay entre tomar y dar; el abismo más pequeño es el más difícil de salvar.
Un hambre brota de mi belleza: daño quisiera causar a quienes ilumino, saquear quisiera a quienes colmo de regalos: -tanta es mi hambre de maldad.
Retirar la mano cuando ya otra mano se extiende hacia ella; semejante a la cascada, que sigue vacilando en su caída: -tanta es mi hambre de maldad.
Tal venganza se imagina mi plenitud; tal perfidia mana de mi soledad.
¡Mi felicidad en regalar ha muerto a fuerza de regalar, mi virtud se ha cansado de sí misma por su sobreabundancia!
Quien siempre regala corre peligro de perder el pudor; a quien siempre distribuye se le forman, a fuerza de distribuir, callos en las manos y en el corazón.
Mis ojos no se llenan ya de lágrimas ante la vergüenza de los que piden; mi mano se ha vuelto demasiado dura para el temblar de manos llenas.
¿Adónde se fueron la lágrima de mi ojo y el plumón de mi corazón? ¡Oh soledad de todos los que regalan! ¡Oh taciturnidad de todos los que brillan!
Muchos soles giran en el espacio desierto: a todo lo que es oscuro le hablan con su luz, -para mí callan.
Oh, ésta es la enemistad de la luz contra lo que brilla, el recorrer despiadada sus órbitas.
Injusto en lo más hondo de su corazón contra lo que brilla: frío para con los soles, -así camina cada sol.
Semejantes a una tempestad recorren los soles sus órbitas, ése es su caminar. Siguen su voluntad inexorable, ésa es su frialdad.
¡Oh, sólo ustedes los oscuros, los nocturnos, sacan calor de lo que brilla! ¡Oh, sólo ustedes beben leche y consuelo de las ubres de la luz!
¡Ay, hielo hay a mi alrededor, mi mano se abrasa al tocar lo helado! ¡Ay, en mí hay sed, que desfallece por vuestra sed!
Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad!
Es de noche: ahora, cual una fuente, brota de mí mi deseo, - hablar es lo que deseo.
Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.-

Así cantó Zaratustra.
 
Friedrich Nietzsche (Alemania, 1844-1900).

lunes, 11 de septiembre de 2017

Eclipse: EPITAFIO PARA NUEVA YORK, de Adonis

"Alcémonos en los ojos negros, cercados como tumbas, para vencer al eclipse."

(Fragmento)
 
Así enciende mi llama.
Habitemos el clamor negro
para llenar nuestros pulmones con el aire de la historia.
Alcémonos en los ojos negros, cercados como tumbas,
para vencer al eclipse.
Viajemos en la cabeza negra
para escoltar al sol que llega.


Adonis: Ali Ahmad Said Esber (Siria, 1930).

domingo, 10 de septiembre de 2017

Eclipse: EL PATO SALVAJE, de Henrik Ibsen


 
(Fragmento del tercer acto)
 
Hjalmar: Yo, no. Y otra vez intervino la pistola en la historia de la familia. Cuando ya llevaba puesto el traje gris de presidiario y estaba bajo llaves. ¡Qué días tan espantosos para mí! Tenía veladas mis dos ventanas, y si miraba hacia afuera y veía que alumbraba el sol como de costumbre, no podía concebirlo. Observaba a la gente en la calle reír y charlar de cosas sin importancia, pero no me cabía en la cabeza; me parecía que todo lo existente debía haberse muerto durante un eclipse.

Gregorio: Lo mismo sentía yo cuando murió mi madre.

Hjalmar: En aquel instante Hjalmar Ekdal tenía la pistola apuntando contra su propio pecho.

Gregorio: ¿Quisiste también... ?
 
Hjalmar: Sí.
 
Gregorio: Pero no disparaste.
 
Hjalmar: No; en el momento decisivo me vencí a mí mismo. Continué viviendo. Con todo, créeme, necesi- taba valor para escoger la vida en aquella situación.
 
 
Henrik Ibsen (Noruega, 1828-1906).
 
La ilustración corresponde a la puesta en escena dirigida por Michael Grandage en Londres,
con Paul Hilton interpretando a Hjalmar, en 2005. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Eclipse: EL SPLEEN DE PARÍS, de Charles Baudelaire

"Es algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño de voluptuosidad durante un eclipse."

La estancia doble
 
(Fragmento)

Un cuarto que se parece a una fantasía, una habitación verdaderamente espiritual, cuya atmósfera estancada está ligeramente coloreada de rosa y azul.
 
Allí el alma toma un baño de pereza, aromatizado por el pesar y el deseo. Es algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño de voluptuosidad durante un eclipse.
 
Los muebles tienen formas alargadas, abatidas, lánguidas. Los muebles parecen soñar; se diría que están dotados de una vida de sonámbulos como el vegetal y el mineral. Las telas hablan una lengua muda, como las flores, como los cielos, como los soles que declinan.
 
En las paredes, ninguna abominación artística. En relación con el sueño puro, con la impresión no analizada, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia. Todo aquí tiene la suficiente limpidez y la deliciosa oscuridad de la armonía.
 
Una fragancia infinitesimal, exquisitamente elegida, a la que se mezcla una ligerísima humedad, navega en esta atmósfera, donde el adormilado espíritu es mecido por sensaciones de invernadero.
 
Abundante, la muselina llueve delante de las ventanas y ante el lecho; se explaya en cascadas de nieve. En el lecho está acostado el ídolo, la soberana de los sueños. ¿Pero cómo es que está aquí? ¿Quién la trajo? ¿Qué mágico poder la instaló en este trono de ensueño y voluptuosidad? ¡Qué importa! ¡Aquí está! ¡La reconozco!
 
Aquí esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; esos sutiles y terribles ojos que reconozco por su pavorosa malicia. Atraen, subyugan, devoran la mirada del imprudente que los contempla. A menudo estudio esas estrellas negras, que demandan curiosidad y admiración.
 
 
Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).
 
(Traducido al español por Enrique Díez Canedo).

viernes, 8 de septiembre de 2017

Eclipse: PLATERO Y YO, de Juan Ramón Jiménez

"Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes..."

Capítulo cuarto: El eclipse

Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la frente sintió el fino aleteo de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso. Las gallinas se fueron recogiendo en Su escalera amparada, una a una. Alrededor, el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase. Se vio, blanco, el mar lejano, y algunas estrellas lucieron, pálidas. ¡Cómo iban trocando blancura por blancura las azoteas! Los que estábamos en ellas nos gritábamos cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio reducido del eclipse.
 
Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes: desde el mirador, desde la escalera del corral. desde la ventana del granero, desde la cancela del patio, por sus cristales granas y azules...
 
Al ocultarse el sol que un momento antes, todo lo hacía dos, tres, cien veces más grande y mejor con sus complicaciones de luz y oro, todo, sin la transición larga del crepúsculo, lo dejaba solo y pobre, como si hubiera cambiado onzas primero y luego plata por cobre. Era el pueblo como un perro chico, mohoso y ya sin cambio. ¡Qué tristes y qué pequeñas las calles, las plazas, la torre, los caminos de los montes!
 
Platero parecía, allá en el corral, un burro menos verdadero, diferente y recortado; otro burro...
 
 
 
Juan Ramón Jiménez (España, 1881-1958). Obtuvo el premio Nobel en 1956.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Eclipse: POEMA A UN ECLIPSE LUNAR, de Thomas Hardy

"... ¿Cómo identificar en esa simetría que el sol proyecta la forma (...) que conozco como tuya, ese perfil...?"
 
Tu sombra, Tierra, del Polo al Mar Central,
se desliza ahora a lo largo del manso brillo de la luna
en una línea curva y monocroma
de serenidad imperturbable.
 
¿Cómo identificar en esa simetría que el sol proyecta
la forma desgarrada y convulsa que conozco como tuya,
ese perfil, plácido como una divina frente,
con continentes de tribulaciones y miserias?
 
¿Y la inmensa Mortalidad puede arrojar acaso
una sombra tan pequeña, y ese plan celestial para todos los hombres
estar aprisionado entre las costas que tu arco delimita?
 
¿Es esa entonces la medida estelar del espectáculo terrestre,
naciones en guerra, cerebros desbordantes,
héroes, y mujeres más hermosas que los cielos?
 
 
Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Eclipse: ANA KARENINA, de León Tolstoi

"... las nubes habían cubierto de tal modo el sol que había oscurecido como en un eclipse."

Octava parte
 
(Fragmento del capítulo XVII)

El Príncipe y Sergio Ivanovich subieron al cochecillo, mientras que los otros, apresurando el paso, emprendían a pie el regreso hacia la casa.

Pero las nubes, unas claras, otras oscuras, se acercaban con acelerada rapidez, y deberían correr mucho más si querían llegar a casa antes de que descargarse la lluvia.

Las nubes delanteras, bajas y negras como humo de hollín, avanzaban por el cielo con enorme velocidad.

Ahora sólo distaban de la casa unos doscientos pasos, pero el viento se había levantado ya y el aguacero podía sobrevenir de un momento a otro.

Los niños, entre asustados y alegres, corrían delante chillando. Dolly, luchando con las faldas que se le enredaban a las piernas, ya no andaba, sino que corría, sin quitar la vista de sus hijos.

Los hombres avanzaban a grandes pasos, sujetándose los sombreros. Cerca ya de la escalera de la entrada, una gruesa gota golpeó y se rompió en el canalón de metal. Niños y mayores, charlando jovialmente, se guarecieron bajo techado.

- ¿Dónde está Catalina Alejandrovna? –preguntó Levin al ama de llaves, que salió a su encuentro en el recibidor con pañuelos y mantas de viaje.

- Creíamos que estaba con usted.

- ¿Y Mitia?

- En el bosque, en Kolok. El aya debe de estar con él.

Levin, cogiendo las mantas, se precipitó al bosque.

Entre tanto, en aquel breve lapso, las nubes habían cubierto de tal modo el sol que había oscurecido como en un eclipse. El viento soplaba con violencia como con un propósito tenaz, rechazaba a Levin, arrancaba las hojas y flores de los tilos, desnudaba las ramas de los blancos abedules y lo inclinaba todo en la misma dirección: acacias; arbustos, flores, hierbas y las copas de los árboles.

Las muchachas que trabajaban en el jardín corrían, gritando, hacia el pabellón de la servidumbre. La blanca cortina del aguacero cubrió el bosque lejano y la mitad del campo más próximo acercándose rápidamente a Kolok. Se distinguía en el aire la humedad de la lluvia, quebrándose en múltiples y minúsculas gotas.

Inclinando la cabeza hacia adelante y luchando con el viento que amenazaba arrebatarle las mantas, Levin se acercaba al bosque a la carrera.

Ya distinguía algo que blanqueaba tras un roble, cuando de pronto todo se inflamó, ardió la tierra entera, y pareció que el cielo se abría encima de él.

Al abrir los ojos, momentáneamente cegados, Levin, a través del espeso velo de lluvia que ahora le separaba de Kolok, vio inmediatamente, y con horror, la copa del conocido roble del centro del bosque que parecía haber cambiado extrañamente de posición.

«¿Es posible que le haya alcanzado?», pudo pensar Levin aun antes de que la copa del árbol, con movimiento más acelerado cada vez, desapareciera tras los otros árboles, produciendo un violento ruido al desplomarse su gran mole sobre los demás.

El brillo del relámpago, el fragor del trueno y la impresión de frío que sintió repentinamente se unieron contribuyendo a producirle una sensación de horror.

- ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Haz que no haya caído el roble sobre ellos –pronunció.

Y aunque pensó en seguida en la inutilidad del ruego de que no cayera sobre ellos el árbol que ya había caído, él repitió su súplica, comprendiendo que no le cabía hacer nada mejor que elevar aquella plegaria sin sentido.
 
 
León Tolstoi: Lev Nikoláievich Tolstoi (Rusia, 1828-1910).