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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 23 de noviembre de 2017

Eclipse: LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO, de Mario Vargas Llosa

"Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos..."

IV

(Fragmento inicial)

Cuando Lelis Piedades, el abogado del Barón de Cañabrava, ofició al Juzgado de Salvador que la hacienda de Canudos había sido invadida por maleantes, el Consejero llevaba allá tres meses. Por los sertones había corrido la noticia de que en ese sitio cercado de montes pedregosos, llamado Canudos por las cachimbas de canutos que fumaban antaño los lugareños, había echado raíces el santo que peregrinó a lo largo y a lo ancho del mundo por un cuarto de siglo. El lugar era conocido por los vaqueros, pues los ganados solían pernoctar a las orillas del Vassa Barris. En las semanas y meses siguientes se vio a grupos de curiosos, de pecadores, de enfermos, de vagos, de huidos que, por el Norte, el Sur, el Este y el Oeste se dirigían a Canudos con el presentimiento o la esperanza de que allí encontrarían perdón, refugio, salud, felicidad.
 
A la mañana siguiente de llegar, el Consejero empezó a construir un Templo que, dijo, sería todo de piedra, con dos torres muy altas, y consagrado al Buen Jesús. Decidió que se elevara frente a la vieja Iglesia de San Antonio, capilla de la hacienda. «Que levanten las manos los ricos», decía, predicando a la luz de una fogata, en la incipiente aldea. «Yo las levanto. Porque soy hijo de Dios, que me ha dado un alma inmortal, que puede merecer el cielo, la verdadera riqueza. Yo las levanto porque el Padre me ha hecho pobre en esta vida para ser rico en la otra. ¡Que levanten las manos los ricos!» En las sombras chisporroteantes emergía entonces, de entre los harapos y los cueros y las raídas blusas de algodón, un bosque de brazos. Rezaban antes y después de los consejos y hacían procesiones entre las viviendas a medio hacer y los refugios de trapos y tablas donde dormían, y en la noche sertanera se los oía vitorear a la Virgen y al Buen Jesús y dar mueras al Can y al Anticristo. Un hombre de Mirandela, que preparaba fuegos artificiales en las ferias —Antonio el Fogueteiro — fue uno de los primeros romeros y, desde entonces, en las procesiones de Canudos se quemaron castillos y reventaron cohetes.
 
El Consejero dirigía los trabajos del Templo, asesorado por un maestro albañil que lo había ayudado a restaurar muchas capillas y a construir desde sus cimientos la Iglesia del Buen Jesús, en Crisópolis, y designaba a los penitentes que irían a picar piedras, cernir arena o recoger maderas. Al atardecer, después de una cena frugal —si no estaba ayunando — que consistía en un mendrugo de pan, alguna fruta, un bocado de farinha y unos sorbos de agua, el Consejero daba la bienvenida a los recién llegados, exhortaba a los otros a ser hospitalarios, y luego del Credo, el Padrenuestro y los Avemarías, su voz elocuente les predicaba la austeridad, la mortificación, la abstinencia, y los hacía partícipes de visiones que se parecían a los cuentos de los troveros. El fin estaba cerca, se podía divisar como Canudos desde el Alto de Favela. La República seguiría mandando hordas con uniformes y fusiles para tratar de prenderlo, a fin de impedir que hablara a los necesitados, pero, por más sangre que hiciera correr, el Perro no mordería a Jesús.
 
Habría un diluvio, luego un terremoto. Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos, mientras a lo lejos retumbaba la batalla. Millares morirían de pánico. Pero, al despejarse las brumas, un amanecer diáfano, las mujeres y los hombres verían a su alrededor, en las lomas y montes de Canudos, al Ejército de Don Sebastián. El gran Rey habría derrotado a las carnadas del Can, limpiado el mundo para el Señor. Ellos verían a Don Sebastián, con su relampagueante armadura y su espada; verían su rostro bondadoso, adolescente, les sonreía desde lo alto de su cabalgadura enjaezada de oro y diamantes, y lo verían alejarse, cumplida su misión redentora, para regresar con su Ejército al fondo del mar.
 
Los curtidores, los aparceros, los curanderos, los mercachifles, las lavanderas, las comadronas y las mendigas que habían llegado hasta Canudos después de muchos días y noches de viaje, con sus bienes en un carromato o en el lomo de un asno, y que estaban ahora allí, agazapados en la sombra, escuchando y queriendo creer, sentían humedecérseles los ojos. Rezaban y cantaban con la misma convicción que los antiguos peregrinos; los que no sabían aprendían de prisa los rezos, los cantos, las verdades. Antonio Vilanova, el comerciante de Canudos, era uno de los más ansiosos por saber; en las noches, daba largos paseos por las orillas del río o de los recientes sembríos con Antonio el Beatito, quien, pacientemente, le explicaba los mandamientos y las prohibiciones de la religión que él, luego, enseñaba a su hermano Honorio, su mujer Antonia, su cuñada Asunción y los hijos de las dos parejas.
 
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936). Obtuvo el premio Nobel en 2010.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Eclipse: URANIA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse..."

(Fragmento de Anthony Martin, el consejero)

Entonces me volví, me fui a lo alto del pueblo, para esconder mi cólera y mi emoción. Ahora, ya no puedo hablar, ya no quiero decidir. Soy demasiado viejo, mi corazón está enfermo, mi alma también. Quiero volverme un vejete inútil al que se va a mendigar por las rutas titubeando, con un palo de escoba en la mano a modo de bordón.
 
Ya echo de menos el cielo de Campos. En mi país, en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse, los gigantes lejanos en su halo rojo, todas esas figuras con las que he vivido, el Arado, el ojo de la osa Dubhe, su cola, su flanco, la gacela Talitha a la que caza y hace volar el polvo brillante con cada uno de sus saltos, y ése es el nombre que yo le había dado a Hoatu cuando ella llegó, debido a su manera de correr con los pies desnudos entre las rocas de la montaña, y Cristian siempre detrás de ella porque estaba enamorado. ¿Ellos se acordarán tal vez de todo eso por amor a mí?
 
Altais, la serpiente enroscada, su ojo Rastaban. Y Thuban que fue el centro del universo antes que la estrella polar, hace diez mil años.
 
¿Qué queda del país donde yo nací? ¿Alguien me espera allá? Me fui hace mucho tiempo, todos aquellos que conocí se han muerto, o bien me han olvidado.
 
 
J. M. G. Le Clézio: Jean Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 21 de noviembre de 2017

Eclipse: EL LIBRO NEGRO, de Orhan Pamuk

"... su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día..."

(Fragmento del capítulo 15: Historias de amor en una noche de nieve)

Estaba claro que se trataba del típico jubilado que quiere hacer algo útil en su tiempo libre, interesado por nuevas amistades y que conoce bien Estambul. Una vez hubo terminado con los luchadores tracios, el viejo anunció que había llegado el momento de la verdadera historia y comenzó su relato:
 
En realidad se trataba más de un dilema que de una historia: un anciano pastor encerró en el redil su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día, sorprendió a su querida mujer en Ia cama con un amante y, tras un momento de duda, los mató a ambos con el primer cuchillo que cogió. Después de entregarse, en su defensa ante el juez afirmó que no había matado a su esposa y a su amante, sino a una mujer desconocida que estaba en su cama con su querido; la lógica que seguía el pastor era tremendamente simple: teniendo en cuenta que resultaba imposible que «la mujer» con la que había vivido enamorado desde hacía años, en la que había confiado y a la que tan bien conocía, le hiciera aquello a «él», tanto «él» como «la mujer de la cama» eran en realidad otras personas. El pastor creyó de inmediato en aquella sorprendente sustitución corroborada además por la señal sobrenatural que le había proporcionado el Sol. Por supuesto estaba dispuesto a sufrir la pena correspondiente al crimen de aquella otra persona que recordaba que le había poseído por un instante, pero quería que tanto la mujer como el hombre que había matado en la cama fueran considerados dos ladrones que habían entrado en su casa para aprovecharse impúdicamente de la comodidad de su lecho. Después de cumplir su condena, fuera la que fuese, se echaría a los caminos para buscar a su esposa, a la que no veía desde el día del eclipse y, después de encontrarla, comenzaría a buscar si propia personalidad perdida, quizá con ayuda de su mujer. ¿Cuál fue el castigo que el juez impuso al pastor?
 
Mientras escuchaba las respuestas que los de la mesa le daban a la pregunta del anciano coronel, Galip pensaba que había leído o escuchado aquella historia en otro lugar, pero era incapaz de recordar en cuál. Por un momento, mientras observaba una de las fotografías que el fotógrafo había traído y repartía entre los componentes de la mesa, creyó que iba a descubrir de dónde recordaba la historia y al hombre pero, en ese momento le pareció que podría decir de repente quién era ese hombre y, como en la historia del fotógrafo, así descifrar el misterio de una de aquellas caras cuyo significado era tan difícil de interpretar. Cuando le llegó el turno a Galip opinó que el juez perdonaría al pastor y en ese instante sintió que había resuelto el secreto del significado del rostro del militar jubilado: era como si cuando comenzó a contar su historia fuera una persona y al terminarla fuera otra. ¿Qué le había ocurrido mientras narraba la historia? ¿Qué era lo que le había cambiado mientras narraba la historia?
  

Orhan Pamuk (Turquía, 1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Eclipse: OBSESIÓN (Avaricia)*, de Elfriede Jelinek



(Fragmento del capítulo 2)

Bajan sus miradas hacia el estanque, que se traga el sol como si en él hubiese de forma perpetua un eclipse solar, y la superficie oscura les parece una nocturna carretera comarcal en la que se producen encuentros. Otros prefieren no encontrarse a nadie. Lo entiendo, yo estaría más bien en ese grupo. Bien, ésos ya se han marchado, pues ya no los veo. El agua está tan fría, que uno la podría sacar del lecho chorreando y volvería a echarla allí de inmediato nada más al ver con detalle lo que ha pescado. Esta agua no caería jamás a la superficie terrestre en forma de precipitación, antes se precipitaría sobre alguien hasta matarlo, alguien que estuviera esperando una mejora del tiempo desde hace por lo menos una semana. El frío, al fin y al cabo, baja en una forma extraña, amorfa. Si el agua fuera hábil, huiría por su propio pie montaña arriba. Todo esto no es tan profundo, pero las plantas trepadoras y la carroña le arrastrarían a uno hasta ese fondo, que prefiero no imaginarme. Aquello debe de ser indescriptiblemente fangoso, oscuro, helado, desolador, por decirlo de algún modo, un lugar donde las aguas yacen sin sentido, pero sin embargo incesantes, con una parte de su memoria sin regular por la convención alpina, que invita a las sustancias contaminantes a que, por favor, no se dejen descargar aquí, y con la otra parte al acecho, probablemente acechando su propio terrible despertar. Ni siquiera una vez, jamás, he visto patos en su superficie, el sebo los agarraría por la cola y, graznando, se verían arrastrados miserablemente bajo la superficie, así me lo imagino, pues yo aprecio a los animales y no quiero que sufran malas experiencias. Bueno, evidentemente ellos mismos tampoco quieren. No se posan jamás, según creo, en estas aguas, que parecen petrificadas por el terror, porque fueron vertidas aquí y no ahí delante, donde tendrían todo el sol, al otro lado de la carretera, donde está la fonda, aunque incluso allí, no importa el sol que haga, refresca pronto debido a las montañas circundantes, y hay que ir a buscar chalecos y chaquetas. Allí los patos están en los platos. Un pequeño embarcadero, pero ¿para qué? Si nadie pasa por aquí. Bueno, quién lo iba a decir entonces, cuando se buscaron las voces más solícitas y se repartieron los remos y se entrenó la paciencia sin límites al declararse pérdidas en los primeros meses. A veces, aquí se ven o se oyen niños, que, de repente, sin embargo, enmudecen y clavan sus miradas en el agua, tan distinta a lo que se les había prometido, una cara que, tras un examen más detenido, se descubre como una mueca horrible, una red en la que uno quedará enredado. Nada de alegres y coloridos bañadores, pelotas de agua, flotadores de animales, botes hinchables; nada de eso le ha sido concedido a este lago, no recibe diversidad y por tanto no ofrece diversidad ninguna. No puede ponerse espumosos vestidos que se alcen susurrantes, pues esta agua metálica no se deja remover ni conmover. Me parece una simpleza atribuirlo a la completa falta de radiación solar. Por lo menos los solariums tienen de eso a montones y no por ello las personas se vuelven mejores. Van a esos lugares para meterse en magníficos ataúdes resplandecientes, sólo aquellos que quieren cambiar por sí mismos el color de su piel, como mínimo. Pero en su fuero interno saben que siempre van a permanecer como han sido creados. 
 
 
Elfriede Jelinek (Austria, 1946). Obtuvo el premio Nobel en 2004.
 
* El título original de la novela en alemán es Gier, que significa codicia o avaricia,
por alguna razón fue traducido para su publicación en español como Obsesión.
Forma parte de las novelas de Elfriede Jelinek que abordan los pecados capitales.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Eclipse: EL MAESTRO DE PETERSBURGO, de J. M. Coetzee

"El sol naciente no ha salido con todas las de la ley, sino para sufrir el eclipse nada más..."

(Fragmento del capítulo 7: Matriona)

¡Asoma la alegría como raya el alba! Pero no es más que un instante. No es solamente que las nubes comiencen a surcar este cielo nuevo, radiante, es como si en el instante mismo en que sale el sol con todo su esplendor, apareciese también otro sol antagónico que se deslizara por delante del sol. La palabra presagio atraviesa su mente con todo su influjo siniestro y ominoso. El sol naciente no ha salido con todas las de la ley, sino para sufrir el eclipse nada más; la alegría resplandece sólo para revelar cómo ha de ser la aniquilación de la alegría.
 
 
J. M. Coetzee: John Maxwell Coetzee (Sudáfrica, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2003.
 
La ilustración corresponde al sol del amanecer en San Petersburgo, Rusia.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Eclipse: AL LÍMITE DE LA FE, de V. S. Naipaul

"... hace unos cuatro o cinco años hubo un eclipse total de sol, y la gente fue a verlo a Borobudur..."
 
(Párrafos finales del capítulo 5: El kampung)

«El tío de mi mujer tiene cierta cultura. Hablaba holandés. Era militar en los viejos tiempos, después de la revolución, en los años cincuenta. Leía en inglés y en holandés, pero lo que presentaba como ideas propias era una superchería. Por ejemplo: hace unos cuatro o cinco años hubo un eclipse total de sol, y la gente fue a verlo a Borobudur -la estupa budista del siglo VII-. Borobudur con eclipse total de sol. Pues este tío mío, yo le llamo tío, me dijo que la gente fue a Borobudur en busca de un libro que contiene el secreto de la vida. ¿Se lo puede creer? Y hay muchos como él.
 
«Este tío mío no estaba exactamente preparado. Nunca pensaba de una forma crítica sobre las personas. La democracia no consiste en votar. Consiste en el debate, en la calidad de la vida intelectual. No es ni Habibi ni nadie quien orquesta la limitación de la mente, sino la nueva afluencia de estudiantes provincianos que necesitan certezas en esta época de confusión. El regímen no ofrece ideas, así que no hay debate. Las ideas se encasillan, y así se quedan, sin desarrollar.»

 
V. S. Naipaul: Vidiadhar Surajprasad Naipaul
(Británico de origen hindú nacido en Trinidad y Tobago, 1932). Obtuvo el premio Nobel en 2001.
 
La ilustración corresponde a la efigie de Buda en el templo de Borodubur, isla de Java, Indonesia.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Eclipse: AÑOS DE PERRO, de Günter Grass


 "... luna y perro, perro en la luna, perro come luna, eclipse de perro..."
 
(Fragmento del libro segundo: Cartas de amor)
 
Mientras en el refugio de hormigón del Führer iban progresando los preparativos para la celebración del natalicio, se escabulló de través e inocentemente, por el patio interior de la Cancillería del Reich. Al llegar el mariscal del Reich, precisamente, pasó él la doble guardia y emprendió su curso en dirección sudoeste, porque se había enterado, por los informes de la situación, que en Cottbus el frente tenía una brecha. Pero, por muy bello y ancho que el agujero se presentara, el perro dio media vuelta, con todo, en vista de las puntas de tanques soviéticas, al este de Jüterbog; de modo que abandonó el movimiento de los ostrogodos y corrió al encuentro del enemigo occidental: por entre las ruinas del corazón de la ciudad, eludiendo el sector gubernamental, volando por poco en el Alex, guiado por dos perros en celo a través del Tiergarten y a punto de ser atrapado en el puesto antiaéreo del Jardín Zoológico: allí le esperaban unas ratoneras gigantescas; pero vaciló siete veces alrededor de la Columna de la Victoria, acabó tomando por la avenida de los desfiles y se juntó, aconsejado por el antiquísimo remedio casero, el instinto de perro, a un grupo civil de transporte, que trasladaba utensilios de teatro del terreno de la exposición de la emisora a Nikolassee. Sin embargo, tanto las emisoras propias como los altavoces eminentes del enemigo oriental —voces tentadoras que le prometían conejos— le hicieron sospechosos los suburbios residenciales de Wannsee y Nikolassee: ¡no quedaban lo bastante al oeste! Y se propuso, cual objetivo de su primera etapa, el puente del Elba junto a Magdeburg-Burg.
 
Atravesó sin incidentes, al sur del Schwielow-See, las puntas de ataque del duodécimo ejército que habían de socorrer, desde el sudoeste, a la capital del Reich. Después de un breve reposo en un jardín residencial asolado, un soldado de infantería de tanques le dio de comer de una sopa de guisantes caliente todavía, y, sin aire oficial, le llamó por su nombre. Pocos instantes después, la artillería enemiga bombardeó el sector residencial con propósito de desorganización, hirió ligeramente al soldado de infantería de tanques y dejó indemne al perro; porque aquello que sigue allí sobre sus cuatro patas procurando ejecutar la migración planeada de los visigodos sigue siendo uno y el mismo perro pastor alemán negro, por amor de sí.
 
Rastrillos entre lagos rizados en un día ventoso de mayo. El éter saturado de acontecimientos importantes. Con el hocico apuntando la meta occidental sobre arena de la Marca, en la que pinos hunden sus garras. Un rabo horizontal, un colmillo, muy adelante, reduce con lengua desplegada el trayecto de huida a dieciséis veces cuatro patas: salto de un perro en movimientos parciales sucesivos. Todo dividido por dieciséis: paisaje, primavera, aire, libertad, pinceladas de árboles, bellas nubes, primeras mariposas, gorjeo de pájaros, zumbido de insectos, huertos suburbanos con brotes verdes, vallados de estacas altamente musicales, los campos labrantíos escupen conejos, gallos silvestres se airean, naturaleza sin proporciones, nada ya de caja de arena, sino horizontes, olores como para untar el pan con ellos, puestas de sol que se van marchitando lentamente, crepúsculos sin huesos; de vez en cuando, restos de tanques recortados románticamente contra el cielo matutino de las cinco; luna y perro, perro en la luna, perro come luna, eclipse de perro (…)
 

Günter Grass (Alemania, 1927-2015). Obtuvo el premio Nobel en 1999.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Eclipse: CAÍN, de José Saramago

"... que de él se apoderen las tinieblas y la oscuridad, que las nubes lo envuelvan y los eclipses lo aterren..."

(Fragmento del capítulo 11)

La mujer de job, de la que hasta ahora no habíamos oído una sola palabra, ni siquiera para llorar la muerte de sus diez hijos, pensó que ya era hora de desahogarse y le preguntó al marido, Todavía te mantienes firme en tu rectitud, yo, en tu caso, si estuviera en tu lugar, maldeciría a dios aunque por ahí me llegara la muerte, a lo que job respondió, Estás hablando como una ignorante, si recibimos el bien de manos de dios, por qué no recibiríamos también el mal, ésta fue la pregunta, pero la mujer respondió airada, Para el mal ya está satán, que el señor aparezca ahora como su competidor es algo que nunca se me había pasado por la cabeza, No puede haber sido dios el que me ha puesto en este estado, sino satán, Con el acuerdo del señor, dijo ella, y añadió, Siempre he oído decir a los antiguos que las mañas del diablo nada pueden contra la voluntad de dios, pero ahora dudo de que las cosas sean tan simples, lo más seguro es que satán no sea nada más que un instrumento del señor, el encargado de llevar a cabo los trabajos sucios que dios no puede firmar con su nombre. Entonces job, en el culmen del sufrimiento, tal vez, sin confesarlo, animado por la mujer, rompió el dique del temor de dios que le sellaba los labios y exclamó, Perezca el día en que nací y la noche en que fue dicho, Ha sido concebido un varón, conviértase ese día en tinieblas, que dios desde lo alto no le preste atención ni la luz resplandezca sobre él, que de él se apoderen las tinieblas y la oscuridad, que las nubes lo envuelvan y los eclipses lo aterren, que no se mencione ese día entre los días del año, ni se cuente entre los meses, que sea estéril tal noche y no se haga oír en ella ningún grito de alegría, oscurézcanse las estrellas de su crepúsculo, en vano se espere la luz y no se abran los párpados de la aurora por no haberme cerrado la salida del vientre de mi madre, impidiendo que llegara a ver tanta miseria, y así se fue quejando job de su suerte, páginas y páginas de imprecaciones y lamentos, mientras tres amigos suyos, elifaz de teman, bildad de súaj y sofar de naamat, le iban haciendo discursos sobre la resignación en general y el deber de todo creyente de acatar con la cabeza baja la voluntad del señor, sea ella la que sea.
 
 
José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Eclipse: ÉGLOGA DEL VALLE DEL BANN, de Seamus Heaney

"Y entonces, el mes pasado, en el eclipse del mediodía, el viento ha cesado."

(Fragmento)

Poeta:

Pacatum orbem: tus palabras son casi excesivas.
Incluso "orbe" por sí misma. ¿Qué podría igualarla en la tierra?
Y entonces, el mes pasado, en el eclipse del mediodía, el viento ha cesado.
Un frío milenario, oscuro y sin pájaros, predispuesto.
Una quietud primigenia, postrera, una conciencia que nace
Como nombre en el alba del conocimiento: He visto el orbe.

Virgilio:

Los eclipses no serán para esta niña. El frío que conocerá
Será la capota de la carriola sobre su cabeza vestal.
Grandes margaritas se acunarán entre los rayos.
Ella reposará en las tardes de verano escuchando
Un bum y zote cuando van a la sala de ordeño.
Déjala que no oiga nunca de cerca disparos o explosiones.


(Poet: Pacatum orbem: your words are too much nearly.
Even “orb” by itself. What on earth could match it?
And then, last month, at noon-eclipse, wind dropped.
A millennial chill, birdless and dark, prepared.
A firstness steadied, a lastness, a born awareness
As name dawned into knowledge: I saw the orb.


Virgil: Eclipses won’t be for this child. The cool she’ll know
Will be the pram hood over her vestal head.
Big dog daisies will get fanked up in the spokes.
She’ll lie on summer evenings listening to
A chug and slug going on in the milking parlour.
Let her never hear close gunfire or explosions
.)


 
 

Seamus Heaney (Irlanda, 1939-2013). Obtuvo el premio Nobel en 1995.
 
(Traducido del inglés por Jules Etienne).
 
Notas a la traducción: La principal dificultad para traducir a Seamus Heaney estriba en que es proclive a emplear expresiones arcaicas de un inglés en desuso, así como la jerga irlandesa. Por ejemplo, el sufijo "ness" del inglés antiguo, como sería el caso de "firstness" o "lastness". La frase "will get fanked up in the spokes", la he traducido "se acunarán entre los rayos", partiendo del supuesto de que "fanked up" es una derivación del gálico "faengk" que significa "sheep-cot", es decir, cuna de ovejas, y aunque "spoke" se refiere habitualmente a la radio, también puede usarse ocasionalmente como rayo, lo cual resulta congruente con el ruido de los disparos y explosiones que refiere más adelante. En cuanto a "chug and slug", tenía la posibilidad de traducir "fulano y mengano", pero "chug" es onomatopeya de un sonido explosivo, en cuanto a "slug", tiene su origen en algún dialecto noruego ancestral y significa alguien de cuerpo pesado, lento y perezoso. Pude haber utilizado "bum y pum" para mantener la armonía fonética, sin embargo, estaría traicionando la segunda acepción, de allí que opté por "zote", ignorante, torpe y muy tardo en aprender, según el diccionario de la RAE. Finalmente, Pacatum orbem, proviene del latín para expresar "hacer del mundo".

martes, 14 de noviembre de 2017

Eclipse: EL DÍA QUE ÉL SE DIGNE A ENJUGAR MIS LAGRIMAS, de Kenzaburō Ōe

"... cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol."
 
(Fragmento del capítulo IV)

«Para mi mente de niño, debía de haber fuera de casa gente que trataba de destruir mis días felices, que iban a comenzar aquel mismo día en el almacén y pertenecían exclusivamente a AQUÉL y a mí. Si aquella gente hacía acto de presencia, yo estaba resuelto a batirme valientemente con mi vieja bayoneta de la guerra ruso-japonesa, que había utilizado hasta entonces para cortar el pienso de las bestias, y que parecía una barra de hierro ennegrecida», dijo «él». «Se diría que la vida en ese trastero resultó realmente divertida para usted. ¿Le recibió bien su padre?» «¡Ni siquiera intenté entablar conversación con él! Estaba muy oscuro allí dentro. Al entrar en el trastero encendí la bombilla desnuda que colgaba junto al dintel cubierta con un trapo negro, como establecían las ordenanzas de defensa pasiva; AQUÉL miraba fijamente el fondo del trastero y llevaba puestas las gafas de buceador con los cristales recubiertos de celofán que yo llevo en este momento, pues sin duda ya se había decidido a impedir que los demás pudieran descifrar la expresión de su rostro. Había preparado esas gafas cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol. Alrededor del sillón de barbero en el que estaba sentado habla no sé cuántas pilas de grandes libros en lengua extranjera. Debían de ser tratados de agricultura, pues, según lo que he leído después en los documentos militares, había proyectado traer al valle a sus "camaradas" de Manchuria para roturar las tierras que lindan con los bosques, ¿sabes? A decir verdad, cuando yo fui a vivir al trastero creo que ya había perdido las ganas de leer esos libros. Me hace pensar así que llevara continuamente puestas sus famosas gafas, incluso de noche. Con las gafas de buceador puestas AQUÉL no podía ver con claridad nada de lo que había en el trastero, pienso yo. Cuando encendí la bombilla del dintel, percibió en seguida una luz que le resultó desagradable y me lanzó un silbido como los que se hacen para espantar a los polluelos.»
 
 
Kenzaburō Ōe (Japón, 1935). Obtuvo el premio Nobel en 1994.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Eclipse: DISCOR, de Octavio Paz

"... rostro de eclipse: sólo dos ojos cada vez más hondos."

(Estrofa final)

No desemboca y siempre desemboca:
ribera y agua, centella y abismo,
tu cuerpo de yerba, tu cuerpo de plata,
trono de la noche y espuela del día,
deseo de mil brazos y una sola boca,
gavilán y torrente y alto grito que cae.
En tu alma reseca llueve sangre.
Rostro desnudo, rostro deshecho y rostro de eclipse:
sólo dos ojos cada vez más hondos.
Abolición del cuerpo:
otra misma, que tú no conoces,
nace del espejo abolido.


Octavio Paz (México 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Eclipse: SAN CAMILO, 1936, de Camilo José Cela

"... es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor vuela..."

(Fragmento de la segunda parte: El día de San Camilo)
 
Don Máximo sabe que algo acontece, no hay noticias muy concretas pero algo acontece, don Diego le llama por teléfono, véngase por aquí, ¿pasa algo don Diego?, usted véngase por aquí, ¿no ha oído la radio?, no señor, pues hay que oír la radio, usted véngase por aquí y le informaré, allá voy, en cinco minutos estaré en su casa, hay noticias de que el ejército de Marruecos se ha sublevado, son muy confusas y contradictorias pero conviene estar listos para hacer frente a los acontecimientos, usted manda don Diego, usted sabrá lo que debemos hacer, lo que yo le digo es que estamos sobre un polvorín, tiene usted razón, lo que más me preocupa es que el polvorín ha empezado a arder, convoque usted a la minoría para dentro de una hora, no debe faltar nadie, convoque también a don Felipe Sánchez Román, sí señor. De repente es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor en cambio vuela a una velocidad increíble, tarda en arrancar pero después se extiende vertiginoso, ¿Cómo un reguero de pólvora?, eso, como un reguero de pólvora, en una ciudad de un millón de habitantes basta con que dos docenas oigan la radio, si el rumor nace de doce chorros diferentes inunda en dos horas la ciudad.
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Eclipse: LA HIERBA, de Claude Simon

"... esos relojes astronómicos donde están representados a la vez las horas, los signos del zodíaco, los doce apóstoles, las mareas, los años bisiestos y los eclipses del sol y de la luna..."

(Fragmento)

... pero el azar hace bien las cosas, el azar, felizmente existe un azar que permite a los hombres y a las mujeres encontrarse, hacer el amor por azar, enseñando los senos por azar porque simplemente estaba demasiado inclinada, olvidando sin duda que su traje, su escote se entreabría siempre, las pinzas del azúcar en la mano y el tono distinguido de una conversación mundana, cuántos, uno solamente, sólo uno, mire mis senos, mire mi trasero ardiendo, el cuerpo ardiendo, bajando, entrando en el bosquecillo, deben encontrarse en el lugar donde el muro se ha derrumbado, era como si ella tuviera todavía las huellas de sus manos sobre su vestido blanco, allí donde él la había tocado, en los senos, en el vientre, entre los muslos, yo podía verlo tan claramente como si hubiera estado bailando con un carbonero, bailar, los dos, pegados, los ojos en blanco, oh (continuando así quizá durante un minuto... o dos, o diez, o media hora, o un millón: el tiempo (esa especie de tiempo en el cual sin duda ella se movía) imposible de medirse por el hecho de que, evidentemente, no era de la misma especie que el que puede medir una manecilla desplazándose sobre una esfera; esa esfera (esa sobre la cual la manecilla -o el espíritu de Sabine- avanzaba) constituida al parecer por varias esferas superpuestas o, si se prefiere, concéntricas, como en esos relojes astronómicos donde están representados a la vez las horas, los signos del zodíaco, los doce apóstoles, las mareas, los años bisiestos y los eclipses del sol y de la luna, señalando la manecilla, pues, en el mismo instante varias indicaciones, lo cual, si se medita bien, es igualmente cierto para no importa qué manecilla de no importa qué reloj comprado el día de la primera comunión -o regalado, heredado-, la caja adornada con las iniciales grabadas y tan complicadamente entrelazadas que resultan indescifrables o al menos tan difíciles de reconocer (es decir, de desenredar y después, hecho esto, de identificar, atribuyéndolo a uno u otro de los diez o doce antepasados, tíos abuelos o viejas primas ya olvidadas, a quienes ha pertenecido, como sucede con esos pesados monogramas bordados en las sábanas -en general desaparejadas, pero aparentemente sin uso- que se transmiten de generación en generación: representando cada sigla la alianza de al menos dos familias -algunas de ellas conservando orgullosamente, y a menudo indebidamente, según las cláusulas de la ley sálica, un nombre ya extinguido por tratarse de una sucesión femenina-, el mecanismo del tiempo y el de la reproducción desarrollándose ambos bajo los simbólicos vestigios de otros tiempos y de otros coitos), tan difíciles de reconocer y luego de atribuir (cada una de las iniciales enlazadas por dos o tres letras pudiendo ser las de muchos nombres o patronímicos y pudiendo representar también sus combinaciones una infinidad de alianzas, de emparejamientos e incluso -el mismo patronímico atribuido hereditariamente a menudo, en las familias, en recuerdo de parientes próximos o lejanos- de identidades, de manera que los dos lados del reloj, dorso y esfera, parecen presentar incesantemente un doble enigma imposible de resolver, constituido por una multitud de calcos superpuestos que, en transparencia, hacen aparecer simultáneamente la innumerable presencia fantasmal de personas y acciones difuntas)…
 
 
Claude Simon (Francés nacido en Madagascar, 1913-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1985.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Eclipse: FUEGO EN LAS ENTRAÑAS, de William Golding

"Hablaban de astronomía como si fuera una partida de pelota: eclipses, paralajes, perigeos y apogeos..."

(Fragmento del capítulo 17)

Con esas palabras subió de un salto las escaleras, porque la guardia de servicio iniciaba el ballet que interpretaba cada cuatro horas durante el minuto o los dos minutos antes de que sonara la campana. Lo seguí, pero ya estaba sumido en una conversación con Anderson. Incluso cuando cambió la guardia y el señor Askew descendió de la toldilla, Benét y Anderson siguieron hablando acerca de las lunas de Júpiter. Hablaban de astronomía como si fuera una partida de pelota: eclipses, paralajes, perigeos y apogeos, y empecé a tener la incómoda sensación de que ambos tenían conciencia de mi presencia y me excluían deliberadamente.

- Distancia lunar, señor Benét. De acuerdo. Pero la verificación…

 
William Golding (Inglaterra, 1911-1983). Obtuvo el premio Nobel en 1983.

En La mariposa de latón, adaptación teatral de su novela breve El enviado especial, hay un parlamento en el que un exaltado Fanocles le señala al emperador que la humanidad se vuelve cada vez más indiferente ante las guerras y las catástrofes, y le refiere: "Anoche hubo un eclipse de luna, no lo pude ver, pero un esclavo lo describió para mí -el movimiento still, el inevitable avance de la sombra de cobre... ¡Oh, las distancias majestuosas!" .

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Los eclipses de García Márquez

"... lo único que pudieron encontrar en sus cálculos fue un eclipse total de sol..."

A pesar de que en Cien años de soledad, plagada de magia y eventos inusuales, nunca se menciona un eclipse, sus referencias son abundantes en la obra de García Márquez, quien siempre mostró una bien conocida inclinación por la astronomía.

Por ejemplo, en el Otoño del patriarca, casi desde el principio se establece: "... políticos de letras y aduladores impávidos que lo proclamaban corregidor de los terremotos, los eclipses, los años bisiestos y otros errores de Dios..." Aunque lo más significativo aparece en el segundo capítulo, a través de la relación del general con el personaje idealizado de Manuela Sánchez: "... soñando con vivir de nuevo aquel instante feliz aunque se torciera el rumbo de la naturaleza y se estropeara el universo, deseándolo con tanta intensidad que terminó por suplicar a sus astrónomos que le inventaran un cometa de pirotecnia, un lucero fugaz, un dragón de candela, cualquier ingenio sideral que fuera lo bastante vertiginoso para causarle un vértigo de eternidad a una mujer hermosa, pero lo único que pudieron encontrar en sus cálculos fue un eclipse total de sol para el miércoles de la semana próxima a las cuatro de la tarde mi general, y él aceptó, de acuerdo, y fue una noche tan verídica a pleno día que se encendieron las estrellas, se marchitaron las flores, las gallinas se recogieron y se sobrecogieron los animales de mejor instinto premonitorio, mientras él aspiraba el aliento crepuscular de Manuela Sánchez que se le iba volviendo nocturno a medida que la rosa languidecía en su mano por el engaño de las sombras, ahí lo tienes, reina, le dijo, es tu eclipse, pero Manuela Sánchez no contestó..." Hasta concluir ese capítulo con su ausencia: "... y a medida que se disipaban las sombras de la noche efímera se iba encendiendo en su alma la luz de la verdad y se sintió más viejo que Dios en la penumbra del amanecer de las seis de la tarde de la casa desierta, se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse, para siempre jamás, porque nunca en el resto de los larguísimos años de su poder volvió a encontrar a Manuela Sánchez de mi perdición en el laberinto de su casa..."

En el cuento El mar del tiempo perdido, escrito en 1961 y publicado como parte del volumen La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, en 1972,  aparece el siguiente párrafo:

"Tobías encontró a todo el mundo despierto después de las nueve. Estaban sentados a la puerta, escuchando los viejos discos de Catarino, en la misma actitud de fatalismo pueril con que se contempla un eclipse. Cada disco les recordaba a alguien que había muerto, el sabor que tenían los alimentos después de una larga enfermedad, o algo que debían hacer al día siguiente, muchos años antes, y que nunca hicieron por olvido.


Crónica de una muerte anunciada, que es una obra a la que le tengo particular aprecio y la considero un relato perfecto, también incluye la referencia a un eclipse. "Para la inmensa mayoría sólo hubo una víctima: Bayardo San Román. Suponían que los otros protagonistas de la tragedia habían cumplido con dignidad, y hasta con cierta grandeza, la parte de favor que la vida les tenía señalada. Santiago Nasar, había expiado la injuria, los hermanos Vicario habían probado su condición de hombres, y la hermana burlada estaba otra vez en posesión de su honor. El único que lo había perdido todo era Bayardo San Román. 'El pobre Bayardo', como se le recordó durante años. Sin embargo, nadie se había acordado de él hasta después del eclipse de luna, el sábado siguiente, cuando el viudo de Mus le contó al alcalde que había visto un pájaro fosforescente aleteando sobre su antigua casa, y pensaba que era el ánima de su esposa que andaba reclamando lo suyo."
 
El eclipse constituye un elemento esencial en Del amor y otros demonios. La india Sagunta, una vieja curandera, le advierte al marqués sobre la amenaza de una epidemia de rabia: "No veo el porqué de una peste, dijo el marqués. No hay anuncios de cometas ni eclipses que yo sepa, ni tenemos culpas tan grandes como para que Dios se ocupe de nosotros. Sagunta le informó que en mayo habría un eclipse total de sol, y le dio noticias completas de los mordidos el primer domingo de diciembre." Más adelante, el cura y el obispo conversan sobre el mismo asunto: "El padre Cayetano Delaura fue invitado por el obispo a esperar el eclipse bajo la pérgola de campánulas amarillas, el único lugar de la casa que dominaba el cielo del mar." Cuando por fin tiene lugar el fenómeno, "Delaura permaneció con el cristal en la mano sin mirar el eclipse. Al cabo de un largo silencio, el obispo lo rastreó en la penumbra y vio sus ojos fosforescentes ajenos por completo a los hechizos de la falsa noche. ¿En qué piensas?, le preguntó. Delaura no contestó. Vio el sol como una luna menguante que le lastimó la retina a pesar del cristal oscuro. Pero no dejó de mirar. Sigues pensando en la niña, dijo el obispo. Cayetano se sobresaltó, a pesar de que el obispo tenía aquellos aciertos con más frecuencia de la que hubiera sido natural. Pensaba que el vulgo puede relacionar sus males con este eclipse, dijo. El obispo sacudió la cabeza sin apartar la vista del cielo. ¿Y quién sabe si tienen razón?, dijo. La barajas del Señor no son fáciles de leer."
 
En el año 2003 apareció un cuento breve del propio García Márquez titulado La noche del eclipse. Este es el fragmento alusivo al respecto:
 
"Y sin más vueltas la invitó a contemplar un eclipse total de luna desde la playa. la noticia era nueva para ella. Tenía una pasión infantil por los eclipses, pero toda la noche se había debatido entre el decoro y la tentación, y no encontró un argumento válido para no aceptar.
 
- No tenemos escapatoria- dijo él. Es nuestro destino.
 
La invocación sobrenatural la dispensó de escrúpulos. Así que se fueron a ver el eclipse en la camioneta de él, a una bahía escondida en un bosque de cocoteros, sin huellas de turistas."
 
Tras de que la mujer se percata de que la camioneta sólo tiene los dos asientos delanteros que se hacen cama, con un pequeño bar y que él ha puesto música sugerente interpretada con saxofón, lo comprende todo:
 
"- No habrá eclipse -dijo-. Sólo pueden ser en luna llena y estamos en cuarto creciente.

Concluiré con una referencia a su novela más reciente, Memoria de mis putas tristes: "De joven iba a los salones de cine sin techo, donde lo mismo podía sorprendernos un eclipse de luna que una pulmonía doble por un aguacero descarriado."
 
Seguramente harán falta otras citas referentes a los eclipses en la obra de García Márquez, pero estas son las que pude recordar. Si alguien cuyo interés por el tema haya llevado su lectura hasta este punto, pudiera mencionar algunas más, sus comentarios serán siempre bienvenidos.


Jules Etienne 

martes, 7 de noviembre de 2017

Eclipse: UN AMIGO DE KAFKA, de Isaac Bashevis Singer

"... y tantas eran las palomas que cubrieron el cielo (...) de manera que la luz del día se oscureció como en un eclipse."
 
(Fragmento de Las palomas)
 
Al día siguiente por la mañana un coche funerario judío ascendió la calle camino de la casa del profesor, los caballos iban con negras gualdrapas y capuchones también negros, con orificios a la altura de los ojos. Cuando sacaron el féretro de la casa y el cortejo fúnebre comenzó a avanzar cuesta abajo, hacia la Avenida Tamki y el barrio viejo de la ciudad, bandadas de palomas echaron a volar por encima de los tejados. Y vinieron más y más palomas, y tantas eran las palomas que cubrieron el cielo en la estrecha cinta que las casas de la estrecha calle recortaban en él, de manera que la luz del día se oscureció como en un eclipse. Las palomas parecían detenerse, suspendidas en el aire, y así se estaban un instante, y de inmediato seguían el cortejo trazando círculos en el cielo.

(Fragmento de El mentor)

Los poderes que rigen la Historia nos habían devuelto a la tierra de nuestros antepasados, pero nosotros poco habíamos tardado en profanarla con nuestra abominable conducta. El sol ya daba calor y había adquirido un color amarillo sulfuroso. Despedía chispas y llamas menudas, como si fuera una antorcha. Producía una luz sombría y triste, como en los momentos de eclipse. Del desierto llegaba un viento seco que transportaba fina arena. El rostro de Freidl estaba ceniciento y demacrado. Y en aquel momento vi que se parecía a su madre, Deborah Ita.

Isaac Bashevis Singer (Judío nacido en Polonia y fallecido en Estados Unidos, 1902-1991).
Obtuvo el premio Nobel en 1978.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Eclipse: SE QUERÍAN, de Vicente Aleixandre

"... dulce eclipse de agua..."
 
Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
 
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
 
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
 
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.
 
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
 
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
 
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
 
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

 
Vicente Aleixandre (España, 1898-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1977.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Eclipse: EL LEGADO DE HUMBOLDT, de Saul Bellow

"Así lo había predicho Einstein, reflexionando sobre las cosas. Y las observaciones llevadas a cabo por Arthur Eddington durante un eclipse lo probaron."
 
(Fragmento)

Desde el rascacielos podia contemplar el aire de Chicago de esta tarde corta de diciembre. Un desteñido sol esparcía desde occidente una luz anaranjada sobre las sombras oscuras de la ciudad, sobre los brazos del río y los negros armazones de los puentes. El lago, áureo, plata y amatista, estaba preparado para su cobertura invernal de hielo. Se me ocurrió pensar que si Sócrates tenía razón en que nada se podía aprender de los árboles y que únicamente los hombres que encontrábamos a nuestro paso podían enseñarnos algo sobre nosotros mismos, yo andaba por mal camino al escaparme hacia el escenario en lugar de escuchar a mis compañeros humanos. Evidentemente, no tenía un buen estómago para los compañeros humanos. Para aliviar la intranquilidad y la pesadez de mi corazón, divagaba sobre el agua. Sócrates me habría dado muy mala nota. Parecía más bien estar en el modo final de las cosas de Wordsworth: árboles, flores, agua. Pero eran la arquitectura, la ingeniería, la electricidad y la tecnología las que me habían llevado a ese piso sesenta y cuatro. Escandinavia había colocado este vaso en mi mano, Escocia lo había llenado de whisky, mientras yo permanecía allí sentado recordando ciertos hechos maravillosos sobre el sol, es decir, que la luz de otras estrellas, al entrar en el campo gravitacional del sol, se curvaba. El sol se arropaba con un chal hecho de esta luz universal. Así lo había predicho Einstein, reflexionando sobre las cosas. Y las observaciones llevadas a cabo por Arthur Eddington durante un eclipse lo probaron. El encuentro antes de la búsqueda.
 
 
Saul Bellow (Estadounidense nacido en Canadá, 1915-2005).
Obtuvo el premio Nobel en 1976.