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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

martes, 31 de enero de 2017

Carnaval: EL VIAJE DEL ALMA, de Lope de Vega

"En Miércoles de Ceniza. Yo soy hombre de más prendas, cae mi fiesta mejor, Martes de Carnestolendas."

(Fragmento)
 
Apetito:
 
Loco de la Reina soy;
Y aunque loco, soy honrado.
Soy Apetito, y por Dios,
Que ya no tengo ninguno,
Estando juntos los dos;
Porque si sois el Ayuno,
¿Qué mayor freno que vos?
Tenéis una cara hechiza,
Que me heláis y consumís
Cuando más hambre me atiza;
Basta que siempre venís
En Miércoles de Ceniza.
Yo soy hombre de más prendas,
Cae mi fiesta mejor,
Martes de Carnestolendas.


Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635)

La ilustración corresponde a El entierro de la sardina (1812-1819), de Francisco de Goya.

lunes, 30 de enero de 2017

Carnaval: EL FANTASMA DE LA ÓPERA, de Gastón Leroux

"Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera."
 
(Fragmento del capítulo X: En el baile de máscaras)

Por fin llegó la hora de la cita. Con el rostro oculto tras un antifaz provisto de largo y espeso encaje, completamente de blanco, el vizconde se encontró muy ridículo con aquel traje de mascaradas románticas. Un hombre de mundo no se disfrazaba para ir al baile de la ópera. Hubiera hecho reír. Una idea consolaba al vizconde: ¡nadie le reconocería! Además, aquel traje y aquel antifaz tenían una ventaja: Raoul iba a poder pasearse por los salones «como por su casa», solo con el malestar de su alma y a la tristeza de su corazón. No le sería necesario fingir. Era superfluo componer una expresión acorde con el disfraz: ¡la tenía!
 
Este baile excepcional, antes del martes de carnaval, se organizaba en memoria del aniversario del nacimiento de un ilustre dibujante de las alegrías de antaño, un émulo de Gavarni, cuyo lápiz había inmortalizado a las «mascaradas» y el descenso de la Courtile. Se suponía que debía ser más alegre, más ruidoso, más bohemio que la mayoría los bailes de carnaval. Muchos artistas se habían dado cita seguidos de todo un séquito de modelos y pintores que, hacia media noche, comenzarían a armar un gran bullicio.
 
Raoul subió la gran escalinata a las doce menos cinco. No se detuvo a observar cómo se distribuían a su alrededor los trajes multicolores por los peldaños de mármol, en uno de los decorados más suntuosos del mundo; no se dejó abordar por ninguna máscara alegre, no contestó a ninguna broma y esquivó la familiaridad acaparadora de varias parejas que estaban ya demasiado alegres. Tras atravesar el gran foyer y escapar de una farándula que lo había aprisionado por un momento, penetró por fin en el salón indicado en el billete de Christine. Allí, en tan poco espacio, había una multitud de gente, ya que se trataba del punto de reunión en el que se encontraban todos los que iban a cenar a la Rotonda o que volvían de tomar una copa de champán. El tumulto era despreocupado y alegre. Raoul pensó que Christine había preferido, para la misteriosa cita, aquella muchedumbre a un lugar aislado. Aquí, bajo la máscara, se encontraban más escondidos.
 
Se aproximó a la puerta y esperó. No tuvo que esperar mucho. Pasó un dominó negro que rápidamente le apretó la punta de los dedos. Comprendió que era ella.
 
La siguió.
 
-¿Es usted Christine? -preguntó entre dientes.
 
El dominó se volvió con presteza y se llevó el dedo a los labios para recomendarle sin duda que no repitiera su nombre. Raoul la siguió en silencio.
 
Temía perderla después de haberla encontrado de nuevo en aquellas extrañas circunstancias. Ya no sentía ningún tipo de odio contra ella. No dudaba siquiera de que ella «no tenía nada que reprocharse», por muy extraña e inexplicable que pareciera su conducta. Estaba dispuesto a todas las renuncias, a todos los perdones, a todas las cobardías. La amaba. Y seguramente conocería dentro de poco la razón de aquella ausencia tan singular... De tanto en tanto, el dominó negro se volvía para asegurarse de que el dominó blanco lo seguía.
 
Mientras Raoul volvía a atravesar de esta manera el gran foyer, no pudo por menos que fijarse, entre la muchedumbre, en un grupo, en medio de los otros que se dedicaban a las más locas extravagancias, que rodeaba a un personaje cuyo aspecto extraño y macabro causaba sensación...
 
Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera. ¡Qué espléndida imitación de una calavera! ¡Los diletantes que se apiñaban a su alrededor lo admiraban, lo felicitaban... le preguntaban qué maestro, en qué estudio, frecuentado por Plutón, le habían hecho, dibujado, maquillado, una calavera tan hermosa. ¡La Camarde misma debió posar como modelo!
 
El hombre de la calavera, de sombrero de plumas y traje escarlata arrastraba tras él un amplio manto de terciopelo rojo cuya cola se deslizaba majestuosamente por el parqué. En el manto habían bordado con letras de oro una frase que cada uno leía y releía en voz alta: «No me toquéis! ¡Yo soy la Muerte roja que pasa!»
 
Alguien intentó tocarlo..., pero una mano de esqueleto, que salía de una manga púrpura, agarró brutalmente la muñeca del imprudente y éste, sintiendo el crujido de los huesos, el apretón arrebatado de la Muerte que parecía no iba a soltarlo jamás, lanzó un grito de dolor y de espanto. Por fin la Muerte roja lo dejó en libertad y huyó como un loco entre una nube de comentarios. En aquel mismo instante, Raoul se cruzó con el fúnebre personaje, que precisamente acababa de volverse hacia él. Estuvo a punto de dejar escapar un grito: ¡La calavera de Perros-Guirec! ¡La había reconocido!... Quiso precipitarse sobre ella olvidando a Christine, pero el dominó negro, que parecía también presa de una extraña conmoción, lo había cogido del brazo y lo arrastraba... lo arrastraba lejos del salón, fuera de aquella masa demoníaca donde paseaba la Muerte roja...
 
 
Gastón Leroux (Francia, 1868-1927)

domingo, 29 de enero de 2017

Carnaval: EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS: TODO EL AÑO ES CARNAVAL, de Mariano José de Larra


 
(Párrafo final)

Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras; sentí un golpe ligero en una de mis mejillas. ¡Asmodeo!, grité. Profunda oscuridad; silencio de nuevo en torno mío. ¡Asmodeo!, quise gritar de nuevo; despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me rodean en breve espacio; un chino, un marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas de la tierra, a la voz del Omnipotente, en el valle de Josafat...? Poco a poco vuelvo en mí, y asustando a un turco y a una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, e imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos: El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval.
 
Mariano José de Larra (España, 1809-1837)

sábado, 28 de enero de 2017

Carnaval. NO SÉ BAILAR, de Manuel Bandeira

"He ahí por qué vine a este baile de último día de carnaval."

Tengo todos los motivos salvo uno para estar triste.
Mas el cálculo de las probabilidades es una farsa...
¡Abajo Amiel!
Y nunca leeré el diario de María Bashkirtseff.


Sí, ya perdí padre, madre, hermanos.
Perdí la salud también.
Es por eso que siento como nadie el ritmo del jazz-band.


Unos toman éter, otros cocaína. ¡Yo tomo alegría!
He ahí por qué vine a este baile de último día de carnaval.


Excelente mezcla de sabores...
                                                      Esta fue azafata...


No, fue camarera.
Y está bailando con el ex-presidente municipal.
¡Tan del Brasil!


De hecho, este salón de sangres mezcladas parece el
     Brasil...


Hasta hay la incipiente porción amarilla
En la figura de un japonés. 
El japonés también baila maxixe: 
¡Acugêlê banzai!
La hija del industrial de Campos
Mira con repugnancia
A la criolla inmoral.
Sin embargo, lo que constituye la indecencia para la otra
Es chispa en los ojos maravillosos de la muchacha.
Y aquel caer de hombros...
Pero ella no sabe...
¡Tan del Brasil!


Nadie se acuerda de la política...
Ni de los ocho mil kilómetros de costa...
¿El algodón del Seridó es el mejor del mundo?... ¿Acaso
     me importa?
No hay malaria ni ataques de Chagas ni parásitos.
La sirena suena y batuca el maraca del jazz-band.
¡Yo tomo alegría!



Manuel Bandeira (Brasil, 1886-1968)
 
(Traducido al español por José Javier Villarreal)

viernes, 27 de enero de 2017

Carnaval: MASCARADA (del poemario Mitología del Olvido)

"Debajo de esas máscaras no estábamos nosotros."

Y regresas ahora
a la sombra del silencio desgastado
el bullicio del carnaval se aleja
son otros los que bailan.
En el lindero del amanecer
cuánto pesa el alma consumida
por la lucha verbo a verbo
y la implacable careta del tiempo
presiente la fatiga insomne
en la piel de la sorpresa.
Debajo de esas máscaras
no estábamos nosotros.


Jules Etienne

jueves, 26 de enero de 2017

Carnaval: TRES TRISTES TIGRES, de Guillermo Cabrera Infante

 
(Fragmento)
 
La dejé hablal así na ma que pa dale coldel y cuando se cansó de metel su descaiga yo le dije no que va vieja, tu etás muy equivocada de la vida (así mimo), pero muy equivocada: yo rialmente lo que quiero e divestime y dígole, no me voy a pasal la vida como una momia aquí metía en una tumba désas en que cerraban lo farallone y esa gente, que por fin e que yo no soy una antigua, y por mi madre santa te lo juro que no me queo vestía y sin bailal, qué va: primero vilgen, y entonse ella que me dise, tú, me dise así, moviendo su manito parriba y pabajo, de lo más picúa ella, díseme, tú te puededil-aonde-te-de-la-gana, que yo no te voy paral ni ponel freno: por finés que yo no soy tu madre, me oíte, me dice poniéndose su manito así al revés sobre la bemba negra que tiene y gritándome en el mismo oído que por poco que me rompe el témpano, y dígole lo que pasa señora (sí sí de señoreo y to, que yo sé cuándo botarme de fisna) e que uté no sabe vivil el momento y la vida se le base dificilísima o séase que ya etá muy antañona pa comprendel-me, y me replica con su dalequedale: si tú te puedil cuando te de la rial gana, eta niña, que a mi no me impolta nada de nada de tu vida ni de lo que haga con lo que tiene entre la pierna que eso e asunto tuyo y del otro y no llevo papeleta en esa rifa, así que arranca pallá cuando quiera que paluego e talde, y dígole, digo, pero mijita que confundía, pero que confundía etás tu: quien te dijo, dígole, que el carnaval e un hombre, ademá bailal no e delito, dígole y me dise, bueno enún final yo no te tengo amarrá ni con pendón de cantidá y ya me miba subiendo con tanto insulto, casi con mi nueve punto, y le digo, dígole, nada ma que se vive una ve, miamiga, y hay que sabelo hasel que eso e también una siensia te enterate? y ella va y me dise, cucha cucha ahí tiene tu musiquita y tu bailoteo y tu revolvimiento: vete cuanto tú quiera, ahora o-y-e-l-o bien, te va y no vuelve má, en eta casa tú no vuelva polque tevasencontlal la puelta trancó y con candao y si te queda nel pasillo traigo la encargá pa que te bote de la asesoria mira como e la cosa, me oite, y ya yo que toy metía en la piña de a mil y que oigo que, fetivamente, la música viene con su rimmo y su sandunganga y su bombobombo, casi como polequina, le digo hay hija pero qué apurativa tú ere: cálmate cálmate mi vida o toma pasiflorina y que e lo que hase eta hija de, mira déjame callame, coje así y no dise ma nada nada nada pero nada y e da lepalda y yo cojo así, con la mima, miestola y mi carterita y doy un paso, e, y otro paso, e, y otro paso, ey, y ya etoy en la puelta y cojo y me viro, así, rápida, como Betedavi y le digo, dígole, óyeme bien lo que te voy adesil: nada más que se vive una ve, me oíte, dígole, así gritando al paltil un pulmón: nada má que se vive una ve, dígole, y cuando me muera se murió el carnaval y se murió la música y se murió la alegría y e polque se murió la vida, me entendite, le digo dígole, polque éta que etá aquí, Magalena Crús, vastar del otro lao y de allí pacá sí que no se ve nada ni se oye nada y entonse, mivida, se acabó el acabóse, me oíte, le digo y entonse ella base así, muy dinna, que se me vira de medio lao y se me queda de pesfil y va y me dise muchachita, que tú ere la abogá del casnaval, me dise. Acabate dil de una ve, díjome.
 
 
Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929-2005)

miércoles, 25 de enero de 2017

Carnaval: CIUDAD DE CRISTAL, de Paul Auster

"Hay una mujer con una máscara de carnaval en la cara."
 
(Fragmento del capítulo 11)
 
Hay mujeres con bolsas de plástico y hombres con cajas de cartón, que cargan con sus pertenencias de un sitio a otro, siempre en movimiento, como si importara dónde estuvieran. Hay un hombre envuelto en la bandera americana. Hay una mujer con una máscara de carnaval en la cara. Hay un hombre con un abrigo andrajoso, los pies envueltos en trapos, que lleva en la mano una percha con una camisa blanca perfectamente planchada, aún enfundada en el plástico de la tintorería. Hay un hombre con traje de ejecutivo, los pies descalzos y un casco de fútbol americano en la cabeza. Hay una mujer cuya ropa está cubierta de los pies a la cabeza con chapas de campaña presidencial. Hay un hombre que camina con la cara entre las manos, llorando histérico y repitiendo una y otra vez: «No, no, no. Él no ha muerto. Él no ha muerto. No, no, no. Él no ha muerto. Él no ha muerto


Paul Auster (Estados Unidos, 1947).

lunes, 16 de enero de 2017

La tristeza del tercer lunes de enero


Hoy es lo que se ha dado en llamar el lunes triste (Blue Monday), es decir, el día más depresivo del  año. Con ese motivo, en algún enero anterior escribí un texto titulado Propósitos y despropósitos del año nuevo, y en el mismo explicaba: Si bien es una designación por demás discutible, gracias a una fórmula desarrollada por el sicólogo Cliff Arnall, profesor de la Universidad de Cardiff, en el año 2005, en la que mediante una ecuación matemática que incluye media docena de elementos: el clima, las deudas, el lapso transcurrido después de los festejos navideños, el índice de motivación, la sensación de que ha llegado el momento de tomar decisiones y -lo que a mí me parece más simbólico-, el tiempo de confrontar lo que se suele denominar propósitos de año nuevo y que, a estas alturas, ya empezaron a ceder ante la realidad de las costumbres y vicios propios.

Valdría la pena acotar el hecho de que mientras aquí vivimos el invierno boreal, al sur del Ecuador se encuentran en pleno verano, de manera que el factor climatológico, el cual también influye según indica el profesor Arnall, allá no procedería, aunque al igual que nosotros también hayan brindado por el paso del año concluido hacia el que comienza.
 
En El mono epigramático dedicado, como su título sugiere, a reunir mis epigramas, se encuentra uno al que he titulado Calendario:

La cuenta regresiva ha empezado
el último día se sabrá con rigor
si experiencia hemos logrado,
y vivimos otro año mejor.

Considero que la clave de todo radica en la experiencia. Si cada año logramos acumularla, en lugar de envejecer nos iremos haciendo más expertos en el complicado oficio de vivir. "El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza", escribió André Maurois en su novela Climas. El problema es que no siempre existe la disposición de aprender, incorporar lo vivido para modificar conductas, asumir los errores cometidos pero emprender de nuevo el camino procurando que no se repitan. Decía Aldous Huxley en el memorable prólogo de su novela Un mundo feliz (A Brave New World), al referirse al remordimiento crónico como el más indeseable de los sentimientos. "Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse".

Por alguna extraña razón, parecería que forma parte de la condición humana el rechazo a la experiencia. Sobre todo si es ajena. Se nos podrá advertir lo que sucede si hacemos o dejamos de hacer esto o aquello. No importa, necesitamos experimentarlo en carne propia para comprenderlo. Hacemos más difícil el trayecto, en lugar de transitar por la vía más corta o por el lado sombreado de la vereda.

Karen Blixen, la escritora danesa que firmó su obra con el seudónimo literario de Isak Dinesen -y cuya prosa es definida por Vargas Llosa como "una anomalía genial"-, lo ha dicho, por supuesto, mucho mejor que yo. En su relato titulado El mono, que fue publicado en el volumen Siete cuentos góticos, la tía Cathinka le pregunta al pequeño Boris: "¿Qué es lo que cuesta mucho conseguir, se ofrece por nada y casi siempre se rechaza?" El niño escuchaba atento lo que la anciana tenía que decirle: "Experiencia, la experiencia de los viejos". Dicho lo anterior, le ofrece una reflexión acerca de los hijos de Adán y Eva, "si hubiesen estado preparados para hacer uso de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado sensiblemente mejor desde hace seis mil años".


Jules Etienne

viernes, 13 de enero de 2017

Luna de enero


Anoche tuvimos la primera luna llena del año. Debiera decir ayer en lugar de anoche, puesto que durante esta época del año, en el hemisferio boreal en el que me encuentro, oscurece a las cinco de la tarde. De modo que la presencia de la luna, divinidad mitológica, pretexto para la magia de los rituales, devaneo de los poetas, se prolonga durante casi las dos terceras partes de las veinticuatro horas que señalan cada fecha en el calendario.

La tradición dice que es precisamente ahora cuando la luna brilla más: "A la Luna de enero te he comparado, que no hay Luna más clara en todo el año", decía Antonio Machado. Y es que a lo extenso de la noche hay que agregar su transparencia.
 
La de ayer fue una luna en su apogeo, esto es, cuando su órbita se encuentra a mayor distancia de la Tierra, que es justo la contraparte del perigeo, como lo he consignado en un epigrama:
 
Reposa la luna brillante
desde su lejano apogeo,
en la órbita más distante
es lo opuesto del perigeo.

Es posible contemplar la luna sin necesidad de telescopios, a simple vista, por eso incita a la imaginación y su reflejo sobre el agua puede provocar el deseo de abrazarla para perecer ahogado, como siempre se ha dicho que le sucedió al poeta chino Li Po, en una de sus noches de ebriedad, allá por el siglo VIII: "Una noche volé sobre el Lago del Espejo, bajo la luna,/ la luna derramó mi sombra sobre el agua". A eso se debe que haya merecido la distinción de ser recordado como el poeta de la luna. Así lo corrobora en su breve poema Bebiendo solo a la luz de la luna.
 
Entre las flores y un tazón de vino
bebo solo, ningún amigo está cerca.
Levanto mi copa, invito a la luna
y a mi sombra, y ahora somos tres.
Mas la luna nada sabe de bebidas
y mi sombra se limita a imitarme,
pero así y todo, luna y sombra serán mi compañía.
La primavera es época propicia para el goce.
Canto y la luna prolonga su presencia,
bailo y mi sombra se enreda.
Mientras me mantengo sobrio, somos alegres juntos,
cuando me embriago, cada uno marcha por su lado
jurando encontrarnos en el Río de Plata de los cielos.
 
Juan Ramón Jiménez les cantaba con entusiasmo tanto a las campanas como a la luna de enero:
 
La luna verde de enero es buena para vosotras,
campanas. (La noche está fría, despierta y medrosa.)
Y así sonáis, son los vivos los que están muertos, y ahora
son los muertos los que viven; puertas que se cierran, losas
que se abren... ¡Y la luna de enero sobre vosotras!
¡Campanas bajo la luna de enero! (Silencio, lloran...
 
José Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio, obra teatral que suele representarse cada año el día de los difuntos, vivió en México durante once años y bajo la protección del malogrado emperador Maximiliano I, fue nombrado director del Teatro Nacional, escribió un poema en cuartetos, que se titula precisamente Luna de enero:
  
 ¡Qué bella es la luz de plata
con que la noche se viste
después del día más triste
de la estación más ingrata!
 
Se ven en la oscuridad,
como soldados que velan,
cuál con la lluvia rielan
las torres de la ciudad.
 
Se sienten rodar inquietas,
lanzando un grito violento
al brusco empuje del viento,
sobre el punzón las veletas.
 
Y en las mansiones vecinas,
los vidrios de las ventanas
remedan las luces vanas
colgadas en las esquinas.
 
No hay sombra en que no veamos
alguna fantasma oculta;
que, porque más la temamos,
la noche la sombra abulta.
 
Pues, por completa ilusión,
la noche miente tan bien,
que las cosas que se ven
no son las cosas que son.
 
Y el poeta catalán Marià Manent nos entrega esta otra Luna de enero:

Afuera hace una noche plateada y muy clara
¡y yo encogido cerca de mi fuego mezquino!
La luna está velando, lo mismo que una madre,
a la encina, al paraje, al estanque dormido.

Percibo bien que un gran deseo invade
mi pecho, y yo quisiera sentarme espabilado
y caminar, bajo la luna clara,
por trochas donde brilla el romero escarchado.

Pero me quedo cerca de mi fuego mezquino.

Luna que nos retribuye con el privilegio de soñar. La sabiduría popular, siempre presente a través del intemporal refranero, lo expresa así: "Luna la de enero y amor, el primero".
 
 
Jules Etienne

(La versión al español del poema de Li Po es de Marcela de Juan;
la traducción del poema de Mariá Manent del catalán es de José Agustín Goytisolo)

jueves, 12 de enero de 2017

ESTIGMA (del poemario Mitología del Olvido)

"... sólo queda la cicatriz en el cielo/ de una vieja luna de enero."

Recuerdo con precisión el verde pálido
de los ojos de mi padre,
el olor de Miramar en mi infancia
que se me quedó impregnado en el olfato
como alga sobre la piedra,
la piel tersa de una amante pasajera
guardada entre los escombros de la memoria.
Despedidas que rasgaron la tarde
tercos pasajes de la vida que asoman
disfrazados de nubes o de flores
mientras camino a ninguna parte:
la promesa de aquellas canciones
con las que soñábamos estar enamorados
y los labios que se esfumaron una madrugada
despojándome de tantos besos.
Porque su brillo se desvanece
sólo queda la cicatriz en el cielo
de una vieja luna de enero.
Nunca se regresa del amor perdido.
 
 
Jules Etienne

viernes, 6 de enero de 2017

Una comedia de Shakespeare: NOCHE DE REYES (Twelfth Night)

 
Con frecuencia escenificada en español como Noche de Reyes o también Noche de Epifanía, la traducción literal de su título en inglés, Twelfth Night, significa la duodécima noche, esto es, contando a partir de la navidad. Se dice que William Shakespeare la escribió con motivo de la visita del Duque de Bracciano a la reina Isabel de Inglaterra, como una forma de mostrar hospitalidad al noble huésped, y también que el personaje de Olivia estaba inspirado en la propia reina. El caso es que se representó por primera vez justo durante la celebración de la Epifanía y se volvió una tradición en esa fecha, hasta avanzado el siglo XVII. Una costumbre equivalente a la que todavía se practica en los países de habla española con Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, durante el día de los muertos.

Se trata de una comedia de enredos que acontece en el reino de Iliria, en la región de los Balcanes -lo que en la geografía moderna son Serbia, Croacia, Bosnia y Albania-. El barco en el que viajan Sebastián y Viola, hermanos gemelos muy unidos, naufraga, y cada uno supone que el otro ha muerto, aunque ambos logran salvarse y toman distinto rumbo. La clave de la trama que da origen a las equivocaciones, es que Viola decide hacerse pasar por hombre, adopta el nombre de Cesario y queda al servicio del duque Orsino. A partir de ese momento se generan confusiones y malentendidos y los personajes se enamoran unos de otros sin lograr ser correspondidos. Al final, con la aparición de Sebastián, todo se aclara y cada quien se queda con su pareja respectiva: "El amor buscado es bueno, pero si se da sin buscarlo, es mejor".

Shakespeare emplea el mismo tono festivo que en Sueño de una noche de verano y demuestra que no todo su teatro es tragedia. Esta pieza forma parte de la serie que suele denominarse "comedias felices" y debió ser escrita entre 1598 y 1600. Fue representada por primera vez en el palacio real, el 6 de enero de 1601. Ha sido objeto de diversas adaptaciones al cine y también se hace referencia a ella en Shakespeare enamorado (Shakespeare in Love, 1998), ya que la protagonista se llama precisamente Viola y la reina encarga al dramaturgo que escriba una obra para la noche de epifanía. La película termina cuando él empieza a trabajar en su Noche de Reyes.


Jules Etienne