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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

martes, 31 de enero de 2017

Carnaval: EL VIAJE DEL ALMA, de Lope de Vega

"En Miércoles de Ceniza. Yo soy hombre de más prendas, cae mi fiesta mejor, Martes de Carnestolendas."

(Fragmento)
 
Apetito:
 
Loco de la Reina soy;
Y aunque loco, soy honrado.
Soy Apetito, y por Dios,
Que ya no tengo ninguno,
Estando juntos los dos;
Porque si sois el Ayuno,
¿Qué mayor freno que vos?
Tenéis una cara hechiza,
Que me heláis y consumís
Cuando más hambre me atiza;
Basta que siempre venís
En Miércoles de Ceniza.
Yo soy hombre de más prendas,
Cae mi fiesta mejor,
Martes de Carnestolendas.


Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635).

La ilustración corresponde a El entierro de la sardina (1812-1819), de Francisco de Goya.

lunes, 30 de enero de 2017

Carnaval: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire

"... sobre su frente de esqueleto, una diadema horrible con sensación de carnaval."

LXXI. Un grabado fantástico

Este singular espectro lleva por atavío completo
grotesca sobre su frente de esqueleto,
una diadema horrible con sensación de carnaval.
Sin espuelas, sin fuete, a su caballo agota brutal,
Fantasma como él, rocín apocalíptico,
Que babea por el hocico como un epiléptico.
A través del espacio desaparecen los dos,
Y el infinito pisotean al galope con cascos atrevidos.
El jinete blande un sable que resplandece y descuella
Sobre la multitud sin nombre que su montura atropella,
Y recorre como príncipe por su dominio transmonte,
El cementerio inmenso y frío, sin horizonte,
Donde yacen, bajo un sol blanco y opaco de luz ambigua,
Los pueblos de la historia moderna y antigua.
 
(Un gravure fantastique
Ce spectre singulier n’a pour toute toilette,
Grotesquement campé sur son front de squelette,
Q’un diadème affreux sentant le carnaval.
Sans éperons, sans fouet, il essouffle un cheval,
Fantôme comme lui; rosse apocalyptique,
Qui bave des naseaux comme un épileptique.
Au travers de l’espace ils s’enfoncent tous deux,
Et foulent l’infini d’un sabot hasardeux.
Le cavalier promène un sabre qui flamboie
Sur les foules sans nom que sa monture broie,
Et parcourt, comme un prince inspectant sa maison,
Le cimétiere immense et froid, sans horizon,
Où gisent, aux lueurs d’un soleil blanc et terne,
Les peuples de l’histoire ancienne et moderne.)

 

Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).
 
(Traducido del francés por Jules Etienne)
 
 
 
Este poema lo inspiró el grabado La muerte en un pálido caballo (Death in a Pale Horse, 1775), de John Hamilton Mortimer.

domingo, 29 de enero de 2017

Carnaval: LA MÁSCARA DE LA MUERTE, de José Echegaray


(Fragmento)

«¿Qué es aquello? Bordes sin labios, dientes al descubierto y sin sonrisa, pómulos verdosos, huesos obscuros en que hubo ojos cristalinos, cráneo sin cabellera: una calavera parece. Pero acaso no lo sea: estamos en Domingo de Carnaval: quizá sea como yo una careta. ¿Será la muerte o la imitación de la muerte? ¿Será la verdad o la mentira? ¿Lo que fingen o ser, aun siendo? ¿Y aun siendo una calavera, es una realidad o una apariencia? ¿La muerte es otra careta como yo o es la nada eterna?»

Y así se miraban: las dos, sin ojos: dos huecos en el hueso, dos agujeros en el cartón.

¿Era la nada que se contemplaba a sí misma? ¿Era la burla que de sí misma se burlaba? ¿Era una careta que iba a visitar a otra careta? La noche fue avanzando, y fue declinando el disco luminoso. La careta se quedó a obscuras: pronto se confundió con los terrones en que se apoyaba. El último rayo de luna brilló breves momentos sobre el pelado cráneo como sobre un espejo: después en sombras también. Y entre las sombras quedaron frente a frente la careta de la locura y la careta misteriosa de lo eterno. Y empezó el segundo día de Carnaval.
 
 
José Echegaray (España, 1832-1916) Obtuvo el premio Nobel en 1904.

sábado, 28 de enero de 2017

Carnaval: EL FANTASMA DE LA ÓPERA, de Gastón Leroux

"Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera."
 
(Fragmento del capítulo X: En el baile de máscaras)

Por fin llegó la hora de la cita. Con el rostro oculto tras un antifaz provisto de largo y espeso encaje, completamente de blanco, el vizconde se encontró muy ridículo con aquel traje de mascaradas románticas. Un hombre de mundo no se disfrazaba para ir al baile de la ópera. Hubiera hecho reír. Una idea consolaba al vizconde: ¡nadie le reconocería! Además, aquel traje y aquel antifaz tenían una ventaja: Raoul iba a poder pasearse por los salones «como por su casa», solo con el malestar de su alma y a la tristeza de su corazón. No le sería necesario fingir. Era superfluo componer una expresión acorde con el disfraz: ¡la tenía!
 
Este baile excepcional, antes del martes de carnaval, se organizaba en memoria del aniversario del nacimiento de un ilustre dibujante de las alegrías de antaño, un émulo de Gavarni, cuyo lápiz había inmortalizado a las «mascaradas» y el descenso de la Courtile. Se suponía que debía ser más alegre, más ruidoso, más bohemio que la mayoría los bailes de carnaval. Muchos artistas se habían dado cita seguidos de todo un séquito de modelos y pintores que, hacia media noche, comenzarían a armar un gran bullicio.
 
Raoul subió la gran escalinata a las doce menos cinco. No se detuvo a observar cómo se distribuían a su alrededor los trajes multicolores por los peldaños de mármol, en uno de los decorados más suntuosos del mundo; no se dejó abordar por ninguna máscara alegre, no contestó a ninguna broma y esquivó la familiaridad acaparadora de varias parejas que estaban ya demasiado alegres. Tras atravesar el gran foyer y escapar de una farándula que lo había aprisionado por un momento, penetró por fin en el salón indicado en el billete de Christine. Allí, en tan poco espacio, había una multitud de gente, ya que se trataba del punto de reunión en el que se encontraban todos los que iban a cenar a la Rotonda o que volvían de tomar una copa de champán. El tumulto era despreocupado y alegre. Raoul pensó que Christine había preferido, para la misteriosa cita, aquella muchedumbre a un lugar aislado. Aquí, bajo la máscara, se encontraban más escondidos.
 
Se aproximó a la puerta y esperó. No tuvo que esperar mucho. Pasó un dominó negro que rápidamente le apretó la punta de los dedos. Comprendió que era ella.
 
La siguió.
 
-¿Es usted Christine? -preguntó entre dientes.
 
El dominó se volvió con presteza y se llevó el dedo a los labios para recomendarle sin duda que no repitiera su nombre. Raoul la siguió en silencio.
 
Temía perderla después de haberla encontrado de nuevo en aquellas extrañas circunstancias. Ya no sentía ningún tipo de odio contra ella. No dudaba siquiera de que ella «no tenía nada que reprocharse», por muy extraña e inexplicable que pareciera su conducta. Estaba dispuesto a todas las renuncias, a todos los perdones, a todas las cobardías. La amaba. Y seguramente conocería dentro de poco la razón de aquella ausencia tan singular... De tanto en tanto, el dominó negro se volvía para asegurarse de que el dominó blanco lo seguía.
 
Mientras Raoul volvía a atravesar de esta manera el gran foyer, no pudo por menos que fijarse, entre la muchedumbre, en un grupo, en medio de los otros que se dedicaban a las más locas extravagancias, que rodeaba a un personaje cuyo aspecto extraño y macabro causaba sensación...
 
Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera. ¡Qué espléndida imitación de una calavera! ¡Los diletantes que se apiñaban a su alrededor lo admiraban, lo felicitaban... le preguntaban qué maestro, en qué estudio, frecuentado por Plutón, le habían hecho, dibujado, maquillado, una calavera tan hermosa. ¡La Camarde misma debió posar como modelo!
 
El hombre de la calavera, de sombrero de plumas y traje escarlata arrastraba tras él un amplio manto de terciopelo rojo cuya cola se deslizaba majestuosamente por el parqué. En el manto habían bordado con letras de oro una frase que cada uno leía y releía en voz alta: «No me toquéis! ¡Yo soy la Muerte roja que pasa!»
 
Alguien intentó tocarlo..., pero una mano de esqueleto, que salía de una manga púrpura, agarró brutalmente la muñeca del imprudente y éste, sintiendo el crujido de los huesos, el apretón arrebatado de la Muerte que parecía no iba a soltarlo jamás, lanzó un grito de dolor y de espanto. Por fin la Muerte roja lo dejó en libertad y huyó como un loco entre una nube de comentarios. En aquel mismo instante, Raoul se cruzó con el fúnebre personaje, que precisamente acababa de volverse hacia él. Estuvo a punto de dejar escapar un grito: ¡La calavera de Perros-Guirec! ¡La había reconocido!... Quiso precipitarse sobre ella olvidando a Christine, pero el dominó negro, que parecía también presa de una extraña conmoción, lo había cogido del brazo y lo arrastraba... lo arrastraba lejos del salón, fuera de aquella masa demoníaca donde paseaba la Muerte roja...
 
 
Gastón Leroux (Francia, 1868-1927)

viernes, 27 de enero de 2017

Carnaval: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes


 
(Fragmento del capítulo XVII)
 
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que entre la gente que estaba en la venta se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona; los cuales, casi como instigados y movidos de un mismo espíritu, se llegaron a Sancho, y apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por límite el cielo; y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto, y a holgarse con él, como con perro por carnestolendas.*
 
Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los oídos de su amo; el cual, deteniéndose a escuchar atentamente, creyó que alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó, por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero. Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza, que, si la cólera le dejara, tengo para mí que se riera.

 
Miguel de Cervantes y Saavedra (España, 1547-1616).
 
* Es decir, por la época de carnaval, cuando se acostumbraba mantear a los perros.

jueves, 26 de enero de 2017

Carnaval: ENRIQUE IV, de William Shakespeare


"¡A reír señores! ¿Por qué pasarla mal? ¡Alegría, bienvenido el carnaval!"

(Fragmento del Acto V)

Escena III


Una mesa dispuesta con sillas. Entran Falstaff, Hueco, Silencio, Davy con copas, Bardolph y el paje.

Hueco (a Falstaff): Vamos a ver mi huerto, y allí comeremos bajo una glorieta unas manzanas de mi propia cosecha con un dulce de alcaraveas y cosas por el estilo (vamos, compadre Silencio) y después a la cama.
 
Falstaff: ¡Cielo santo, qué casa más bonita y bien puesta tenéis aquí!
 
Hueco: Poca cosa, poca cosa, poca cosa; mendigos, todos mendigos, sir John. Por la Virgen, corre un lindo airecito. Pon la mesa, Davy, pon la mesa. (Davy pone la mesa). Bien hecho, Davy.
 
Falstaff: Este Davy os sirve para todo: es camarero y mayordomo.
 
Hueco: Un buen criado, un buen criado, un excelente criado, sir John… He bebido demasiado jerez con la cena… Un buen criado. Ahora sentaos, sentaos. (A Silencio) Vamos, compadre.
 
Silencio: Ah, pícaros, como dicen, lo único que nos interesa es… Canta:
 
Comer y comer, a más no poder,
y dar gracias a Dios por sus dones;
la carne es barata, las mujeres caras,
y así andamos a los empujones,
calientes y alegres todo el santo día
y locos de loca alegría.

Falstaff: ¡Eso sí que es un corazón alegre! Maese Silencio, os habéis ganado un brindis a vuestra salud.
 
Hueco: Ponle algo de vino a maese Bardolph, Davy.
 
Davy (a Falstaff): Dulce señor, sentaos. (A Bardolph) Estoy con vos enseguida (a Falstaff) a el más dulce de los señores, sentaos. Maese paje, buen maese paje, vos también. ¡Buen provecho! Lo que nos falte de comida, nos sobrará de bebida; tendréis que perdonarnos; todo es con la mejor voluntad.

Sale.

Hueco: ¡Alegraos, maese Bardolph, y vos también, soldadito!

Silencio (Cantando): 
Alegría, la mujer es una arpía,
arpía tu mujer, arpía la mía.
¡A reír señores! ¿Por qué pasarla mal?
¡Alegría, bienvenido el carnaval!
¡Alegría, alegría!

Falstaff: Nunca pensé que maese Silencio fuera tan fogoso.
 
Silencio:¿Quién, yo? Yo solo me he puesto alegre dos veces en mi vida, y una es esta.
 
Entra Davy con un plato de manzanas.
 
Davy: He aquí un buen plato de manzanas rojas.
 
Hueco: ¡Davy!
 
Davy: ¿Su señoría? (A Falstaff) ¿Una copa de vino, señor?
 
Silencio (Cantando):
Una copa, una copa de vino
que durmiera en vasija de roble
beberé a tu salud, amor mío:
corazón que es feliz vive el doble.
 

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

miércoles, 25 de enero de 2017

Carnaval: TRES ESTAMPAS DE LARRA, de José de Benito


Lunes de carnaval
 
Grupos de destrozonas en alegres comparsas recorren el salón del Prado con escobas y latas en algarabía goyesca. Nuevas coplas del Chíbiri surgen espontáneas sobre los moderados, el fracaso de Istúriz, el Motín de La Granja y los múltiples sucesos políticos del año 1836. El sol poniente del 13 de febrero no calienta los guijarros, ocultos bajo la nevada, de la Carrera de la Virgen de Atocha, por la que suben perezosamente las carretas con bueyes hacia la plaza de Antón Martín. Las tabernas de la calle del Ave María y de Lavapiés no dan abasto a despachar tanta clara con limón como trasiegan las resecas gargantas de los castizos que, solos con su borrachera amorosamente cultivada para que dure los tres días de carnaval, recorren calles, callejas y plazuelas golpeando con la mano del almirez el bombo improvisado o sacando roncos sonidos a la zambomba enjaezada que lucen con orgullo. Todo Madrid bulle alocándose bajo el fugaz imperio del dios Momo. No se siente el frío, ni se teme al carlista.
 
Embromadas constantemente por las pandillas de destrozonas que las rodean y bailan en remedo de danzas litúrgicas, dos damas logran alcanzar la calle de Santa Clara y ganar un portal de no mal aspecto.
 
- ¡Por fin! -exclama la más joven de las dos-. Creí que no llegábamos, Dolores.
 
- Era preciso hacerlo, hijita. Perdóname, pero hoy ha de quedar resuelto de una vez lo mío con Mariano.
 
Van a dar las ocho de la noche cuando del portal salen de nuevo Dolores y su amiga. Apenas en la calle, cuatro máscaras sin reparar en las huellas de sufrimiento impresas en el rostro de Dolores, les hacen coro y acompañan su Chíbiri con grandes saltos. Ellas tratan de escabullirse, pero los del coro, girando con rapidez mientras cantan, se lo impiden. Va a terminar la canción:
 
Ay chíbiri, chíbiri, chíbiri,
ay chíbiri, chíbiri, pum.

Y un eco que viene del primer piso repite dominándolo todo: ¡Pum!

Dolores y su amiga palidecen y salen corriendo; los borrachos se miran un instante y sin explicarse tan rápida huida, se agarran del brazo y siguen su ronda por Villa y Corte.
 
Arriba en el despacho de Fígaro, Adelita Larra se abraza al cuerpo exánime de su padre que yace junto a la pistola con la que, mirándose ante el espejo, se ha levantado la tapa de los sesos.
 
José de Benito (España).

martes, 24 de enero de 2017

Carnaval: EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS: TODO EL AÑO ES CARNAVAL, de Mariano José de Larra

 
(Párrafo final)

Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras; sentí un golpe ligero en una de mis mejillas. ¡Asmodeo!, grité. Profunda oscuridad; silencio de nuevo en torno mío. ¡Asmodeo!, quise gritar de nuevo; despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me rodean en breve espacio; un chino, un marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas de la tierra, a la voz del Omnipotente, en el valle de Josafat...? Poco a poco vuelvo en mí, y asustando a un turco y a una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, e imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos: El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval.
 
Mariano José de Larra (España, 1809-1837)

lunes, 23 de enero de 2017

Carnaval: HISTORIA DE ROMA, de Theodor Mommsen


Mascaradas

El elemento poético se manifestaba también en las fiestas y danzas alegres o satura del carnaval popular, uso que se remonta, sin ningún género de duda, a una época anterior a la separación de las razas. No faltaban en estos juegos los cantos, acompañamiento ordinario y casi imprescindible de las fiestas públicas, de las nupcias, etcétera. En ellas se veía a muchos bailadores o muchas cuadrillas de bailadores mezclar sus pasos y sus figuras, y los cantos se modulaban en forma de drama, en los que reinaban naturalmente el buen humor, la broma y muchas veces hasta la licencia más desenfrenada. Tal fue el origen de las canciones de estrofas alternas, conocidas más tarde bajo el nombre de fesceninnas, y de la comedia popular primitiva, cuyo germen encontró un terreno muy propicio en el genio cáustico de los italianos, en su vivo sentimiento de las cosas exteriores, en su amor al movimiento cómico, al gesto y al disfraz. Pero nada se ha conservado de los orígenes de la epopeya y del drama romanos. Los cantos de los antepasados se fundaban solo en la tradición, lo cual se comprende fácilmente, e inclusive se tiene prueba de ello en el hecho de que comúnmente eran recitados por los niños. En los tiempos de Catón el Mayor habían desaparecido por completo. En cuanto a las comedias, si es que se les quiere dar este nombre, no fueron por mucho tiempo más que improvisaciones sencillas y fugitivas. Así, de toda esta poesía, de toda esta melodía popular, no podía salir nada más que el ritmo, el acompañamiento musical o el coro, y quizás el uso de la máscara.


Theodor Mommsen (Alemania, 1817-1903). Obtuvo el premio Nobel en 1902.

domingo, 22 de enero de 2017

Carnaval: JUAN DE MAIRENA, de Antonio Machado


Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo

Sobre el Carnaval

Se dice que el Carnaval es una fiesta llamada a desaparecer. Lo que se ve -decía Mairena- es que el pueblo, siempre que se regocija, hace Carnaval. De modo que lo carnavalesco, que es lo específicamente popular de toda fiesta, no lleva trazas de acabarse. Y desde un punto de vista más aristocrático, tampoco el Carnaval desaparece. Porque lo esencial carnavalesco no es ponerse careta, sino quitarse la cara. Y no hay nadie tan avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez.


Antonio Machado (España, 1875-1939)

sábado, 21 de enero de 2017

Carnaval. NO SÉ BAILAR, de Manuel Bandeira

"He ahí por qué vine a este baile de último día de carnaval."

Tengo todos los motivos salvo uno para estar triste.
Mas el cálculo de las probabilidades es una farsa...
¡Abajo Amiel!
Y nunca leeré el diario de María Bashkirtseff.


Sí, ya perdí padre, madre, hermanos.
Perdí la salud también.
Es por eso que siento como nadie el ritmo del jazz-band.


Unos toman éter, otros cocaína. ¡Yo tomo alegría!
He ahí por qué vine a este baile de último día de carnaval.


Excelente mezcla de sabores...
                                                      Esta fue azafata...


No, fue camarera.
Y está bailando con el ex-presidente municipal.
¡Tan del Brasil!


De hecho, este salón de sangres mezcladas parece el
     Brasil...


Hasta hay la incipiente porción amarilla
En la figura de un japonés. 
El japonés también baila maxixe: 
¡Acugêlê banzai!
La hija del industrial de Campos
Mira con repugnancia
A la criolla inmoral.
Sin embargo, lo que constituye la indecencia para la otra
Es chispa en los ojos maravillosos de la muchacha.
Y aquel caer de hombros...
Pero ella no sabe...
¡Tan del Brasil!


Nadie se acuerda de la política...
Ni de los ocho mil kilómetros de costa...
¿El algodón del Seridó es el mejor del mundo?... ¿Acaso
     me importa?
No hay malaria ni ataques de Chagas ni parásitos.
La sirena suena y batuca el maraca del jazz-band.
¡Yo tomo alegría!



Manuel Bandeira (Brasil, 1886-1968)
 
(Traducido al español por José Javier Villarreal)

viernes, 20 de enero de 2017

Carnaval: LAS CARNESTOLENDAS, de Pedro Calderón de la Barca

 
(Fragmento)

María:  Pues el cosquilloso tiempo nos convida
            de las carnestolendas, por tu vida,
            que nos dejes hacer una comedia.

Vejete: ¡Miren pues que Riquelme ni que Heredia
            para representar! Mejor sería
            gastar la noche y día
            en hacer su labor.

Luisa:  Lindo regalo.

Rufina: Escupa, padre, que ha mentado el malo:
             Vaya arredro, patillas,
              la labor deste tiempo es casadillas.

Vejete: ¿Yo gastar en Comedias mi dinero?
             ¡Para compraros de comer lo quiero!

María:  Si licencias nos das que la estudiemos,
             a comedia y agua ayunaremos.

Vejete: ¡Oh, loco tiempo de Carnestolendas
            diluvio universal de las meriendas
            feria de casadillas y roscones,
            vida breve de pavos y capones
            y hojaldres, que al Doctor le dan ganancia
            con masa cruda y con manteca rancia!
            Pues ¿qué es ver derretidos los mancebos
            gastar su dinerillo en tirar huevos?

Luisa:  En esto su locura manifiestan,
            que mejor es tirarnos lo que cuestan.

Rufina: ¡Y cómo! Veinte huevos azareños
             le cuestan veinte reales a sus dueños.
             Tiránmelos y mánchanme un vestido,
             quedo yo pesarosa y él corrido
             sin alzar más cabeza en todo el día.

María:  Pues ¿cuál querré yo más, por vida mía,
             estas galanterías criminales,
             o en dinero civiles veinte reales?

Rufina: (Aparte).
             Luisa, agora es tiempo de lograr mi traza.

Luisa:  Yo voy y a tu galán clavo esta maza.
            (Vase).

Rufina: Mucho hay que temer estas contiendas.

Vejete: No hay quien no tema en las Carnestolendas:
            el capón tome muerte supitaña,
            el gallo ser corrido en la campaña,
            el perro, de la maza el desconcierto,
            las damas, de que el perro sea muerto,
            las estopas de verse chamuscadas,
            las vejigas de verse aporreadas,
            la sartén si su tizne alguno pringa,
            el agua que le sorba la jeringa,
            el salvado de andar siempre pisado,
            siendo a un tiempo salvado y condenado.
            Cercadas nuestras ganas estos días
            de ejércitos de mil pastelerías,
            y tal hambre en el cerco padecemos
            que hasta las herraduras nos comemos.

María:  Mas todo, padrecito, se remedia.

Vejete: ¿Con qué, hijitas rollonas?

Las dos: Con comedia.

Pedro Calderón de la Barca (España, 1600-1681).

martes, 17 de enero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL, de Manuel Bretón de los Herreros

 
(Fragmento)
 
¡Oh Carnaval risueño y anhelado!
Haciendo gala ya del sambenito,
El pueblo te saluda alborozado.

¡Ya, abusando del público apetito,
Esta es la mía!, dice el pastelero,
Y el hojaldre encarece y el cabrito.

Ya la manola con procaz salero
Cantando al son de ronca pandereta
Alborotado tiene el barrio entero.

Ya al avaro, ignorante de la treta,
Cabe el umbral de alegre barbería
Escarmienta clavada la peseta.

Ya, cuando el manto de la noche fría
Al mundo vela, en lúbrica algazara
Madrid aguarda el presuroso día.

¡Filósofos! Mirad. ¿Quién lo pensara!
Rubias, cetrinas, espantosas, bellas...
Ya no hay mujer contenta con su cara.

¡Filósofos! Reíd. Veinte doncellas,
Modelos de beldad, Fileno esquiva,
Y de vieja salaz sigue las huellas;

Vieja salaz, que un soplo la derriba,
Y aun en el pecho siente, a par del asma,
De ridículo amor la llama activa.

¡Huye a rezar, escuálida fantasma!
¡Huye, y sumida en olvidado lecho
Ponte la consabida cataplasma!

¿Veis aquel que tan vano y satisfecho
Arrastra en el salón purpúreo manto?
Pues no tiene ni viña ni barbecho.

¿Veis aquel otro que se engríe tanto
Porque ostenta una toga? Ayer me dijo:
¡Qué morazo sería aquel Lepanto!

Necio y sabio, la corte y el cortijo...;
Todo se amasa aquí. Cada viviente
Es una farsa andando, un acertijo.

Ya el guirigay resuena impertinente.
¿Y cómo no reír cuando a un becerro
Oigo charlar en tiple aunque reviente?

¿Y cómo no reír cuando por yerro
Se ciñe diplomática venera
Quien debiera llevar rudo cencerro?

Ved. En vano Damón busca a Glicera,
Y en tanto un licencioso mancebillo
De su mórbido talle se apodera.

¿Y quién se guarda del osado pillo?
¿Y quién le acusa, quién, si cada bulto
Puede apenas pisar medio ladrillo?

¡Qué bulla! ¡Qué sudar! Acá un singulto;
Allí se escucha un ¡ay, que me sofoco!
Allá de un pisotón nace un insulto;

Otro acullá da vueltas como loco;
Otro, creyendo oír plática tierna,
Oye tal vez rabaneril descoco;

Más allá con las náyades alterna
En muelle danza un sátiro nefando
Que cinco lustros mueve en cada pierna.

No allí de puro amor el eco blando;
Que el metro de Reaumur sube con furia.
¿Dónde es ido el rubor? Es contrabando.

Ya al oído más casto no es injuria
Torpe solicitud. Ya su veneno
No reboza galante la lujuria.

¡Oh cuadro escandaloso! Mal enfreno
Mi horror al contemplarte y mi quebranto;
Que cristiano soy yo, no sarraceno.

No llega, oh Momo, mi locura a tanto
Que a carcajadas sin pudor me ría
Cuando debo anegarme en triste llanto.

Ya opresa de dolor el alma mía...
Mas ¡llorar un satírico poeta!...
¡Y en Carnaval!... No, no. ¿Qué se diría?

«¿Eres tú, me dirán, anacoreta?
¿Tendrás más juicio tú, que nos reprendes,
Si el dominó te cubre y la careta?

»¿Acaso el mundo reformar pretendes?
¿No ha de otorgarse al pueblo algún recreo?
¡También contra las máscaras la emprendes!»

Basta, no me creáis; que me chanceo.
Torno a reír, y el dominó me pongo,
Y en bacanal festín me regodeo.

Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873).
 
La ilustración corresponde a detalle de Baile de máscaras (1767), de Luis Paret y Alcázar.

lunes, 16 de enero de 2017

La tristeza del tercer lunes de enero


Hoy es lo que se ha dado en llamar el lunes triste (Blue Monday), es decir, el día más depresivo del  año. Con ese motivo, en algún enero anterior escribí un texto titulado Propósitos y despropósitos del año nuevo, y en el mismo explicaba: Si bien es una designación por demás discutible, gracias a una fórmula desarrollada por el sicólogo Cliff Arnall, profesor de la Universidad de Cardiff, en el año 2005, en la que mediante una ecuación matemática que incluye media docena de elementos: el clima, las deudas, el lapso transcurrido después de los festejos navideños, el índice de motivación, la sensación de que ha llegado el momento de tomar decisiones y -lo que a mí me parece más simbólico-, el tiempo de confrontar lo que se suele denominar propósitos de año nuevo y que, a estas alturas, ya empezaron a ceder ante la realidad de las costumbres y vicios propios.

Valdría la pena acotar el hecho de que mientras aquí vivimos el invierno boreal, al sur del Ecuador se encuentran en pleno verano, de manera que el factor climatológico, el cual también influye según indica el profesor Arnall, allá no procedería, aunque al igual que nosotros también hayan brindado por el paso del año concluido hacia el que comienza.
 
En El mono epigramático dedicado, como su título sugiere, a reunir mis epigramas, se encuentra uno al que he titulado Calendario:

La cuenta regresiva ha empezado
el último día se sabrá con rigor
si experiencia hemos logrado,
y vivimos otro año mejor.

Considero que la clave de todo radica en la experiencia. Si cada año logramos acumularla, en lugar de envejecer nos iremos haciendo más expertos en el complicado oficio de vivir. "El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza", escribió André Maurois en su novela Climas. El problema es que no siempre existe la disposición de aprender, incorporar lo vivido para modificar conductas, asumir los errores cometidos pero emprender de nuevo el camino procurando que no se repitan. Decía Aldous Huxley en el memorable prólogo de su novela Un mundo feliz (A Brave New World), al referirse al remordimiento crónico como el más indeseable de los sentimientos. "Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse".

Por alguna extraña razón, parecería que forma parte de la condición humana el rechazo a la experiencia. Sobre todo si es ajena. Se nos podrá advertir lo que sucede si hacemos o dejamos de hacer esto o aquello. No importa, necesitamos experimentarlo en carne propia para comprenderlo. Hacemos más difícil el trayecto, en lugar de transitar por la vía más corta o por el lado sombreado de la vereda.

Karen Blixen, la escritora danesa que firmó su obra con el seudónimo literario de Isak Dinesen -y cuya prosa es definida por Vargas Llosa como "una anomalía genial"-, lo ha dicho, por supuesto, mucho mejor que yo. En su relato titulado El mono, que fue publicado en el volumen Siete cuentos góticos, la tía Cathinka le pregunta al pequeño Boris: "¿Qué es lo que cuesta mucho conseguir, se ofrece por nada y casi siempre se rechaza?" El niño escuchaba atento lo que la anciana tenía que decirle: "Experiencia, la experiencia de los viejos". Dicho lo anterior, le ofrece una reflexión acerca de los hijos de Adán y Eva, "si hubiesen estado preparados para hacer uso de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado sensiblemente mejor desde hace seis mil años".


Jules Etienne