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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

martes, 28 de febrero de 2017

El martes de carnaval según Mircea Eliade

"... el procedimiento de ejecución varía: unas veces se le quema..."
 
Tratado de la historia de las religiones
 
(Fragmentos)
 
En Bohemia, el martes de Carnaval, un grupo de mozos disfrazados persigue al «rey» en patética carrera a través de la ciudad, hasta que lo prenden, lo juzgan y lo condenan a muerte. El «rey», que tiene un cuello muy largo, compuesto de varios sombreros superpuestos, es decapitado. En el distrito de Pilsen (Bohemia), el «rey» se presenta vestido con hierbas y flores, y después del proceso huye a caballo. Si no logran cogerle, tiene derecho a seguir siendo «rey» un año más; si le atrapan, se le decapita.

...
 
No podemos extendernos aquí sobre el origen y sentido del Carnaval; lo que nos interesa es el acto final de esta importante fiesta; en muchos lugares se «condena a muerte» a la efigie del Carnaval y se la ejecuta (el procedimiento de ejecución varía: unas veces se le quema, otras se le ahoga o se le decapita). Al mismo tiempo que se «mata al Carnaval», se celebran luchas y batallas, se apedrea con nueces la figura grotesca que lo representa, se organizan batallas de flores o de hortalizas, etc. En otras regiones (cerca de Tubinga, por ejemplo) se condena, se decapita y se entierra la efigie del Carnaval en un ataúd, que se lleva al cementerio después de una ceremonia burlesca. Se da a esta costumbre el nombre de «entierro del Carnaval».
...


En Suiza, en Suabia y en la Marca oriental se expulsa todavía hoy, en Carnaval, a la efigie del invierno o de la «abuela». Un texto del siglo VIII habla de que los pueblos alemánicos «in mense Februario hibemum credi expeliere» con ocasión del Carnaval; en algunos lugares se quemaban hechiceras (personificación del «invierno»; o se ataba a una rueda la efigie del «invierno», etc.
...
 
Los versos que se cantan durante la expulsión del invierno y la instauración de la primavera son los mismos que se cantan en el Carnaval; las amenazas que se profieren en ambos casos contra los que se niegan a dar algo son las mismas, porque, al igual que la ceremonia del Carnaval y las demás que de él derivan, la fiesta se termina pidiendo regalos.
 
 
Mircea Eliade (Rumania, 1907-1986)

lunes, 27 de febrero de 2017

Carnaval: LOS MOHICANOS DE PARÍS, de Alexandre Dumas

"...viendo la multitud que se estrechaba en las calles..."
 
Libro noveno; capítulo primero
 
(Fragmento inicial)

El martes de carnaval del año 1827*, a eso de las seis de la tarde, la ciudad de Viena presentaba un aspecto desacostumbrado.
 
Un extranjero, viendo la multitud que se estrechaba en las calles, se hubiera visto apurado para decir con qué fin la población se echaba a la calle tan precipitadamente, de Stubenthor, de Leopoldstadt, de Schottenlhor y de Mariaulf, en una palabra, de todos los barrios de la ciudad, y convergía, por decirlo así, de los cuatro puntos cardinales, en un solo centro que parecía ser la plaza del palacio.
 
Y sin embargo, aquella multitud no se dirigía con rumbo al palacio; y si mil equipajes con el escudo de armas de todas las grandes casas de Alemania se estacionaban en las calles cercanas a aquel mismo palacio, no era ni por un nacimiento, ni por una muerte, ni por un duelo, ni por una derrota, ni por una victoria por lo que la ciudad estaba en conmoción.
 
No: toda aquella multitud iba simplemente al teatro Imperial, donde la célebre bailarina Rosa Engel daba una representación extraordinaria a su beneficio, porque el teatro de la Puerta-Carinthia estaba en reparación.
 
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

* El 27 de febrero se celebró el martes de carnaval en el año de 1827.

domingo, 26 de febrero de 2017

Carnaval: MISTERIO BUFO (Juglaría popular), de Dario Fo


(Fragmento)

En carnaval déjale bailar,
y también cantar para más disfrutar,
pero poco, pues no vaya a olvidar
que a este mundo se viene a trabajar.

 
Dario Fo (Italia, 1926). Obtuvo el premio Nobel en 1997.

sábado, 25 de febrero de 2017

Carnaval: EL ENANO, de Pär Lagerkvist


(Fragmento)
 
¿Qué es la religión? Mucho he reflexionado sobre esto, pero en vano.
 
Reflexioné sobre ello especialmente cuando fui obligado a oficiar como arzobispo, con todos los ornamentos sacerdotales, en una fiesta de carnaval, hace unos años, y a dar la santa comunión a los enanos de la corte de Mantua que su príncipe había traído para esa ocasión. Nos reunieron ante un pequeño altar que se levantó en una sala del castillo, y alrededor de nosotros tomaron asiento, burlándose, todos los invitados, caballeros y nobles, entre los cuales figuraban algunos jóvenes fatuos ridículamente ataviados. Yo alcé el crucifijo y todos los enanos se pusieron de rodillas. "He aquí a vuestro salvador", declaré con firme voz Y los ojos inflamados de pasión. "He aquí al salvador de todos los enanos, un enano él mismo, que sufrió bajo el gran príncipe Poncio Pilato, y fue suspendido sobre su pequeña cruz de juguete para gozo y alivio de todos los hombres de la tierra." Tomé el cáliz y se lo presenté: "He aquí su sangre de enano, con la que todos los grandes pecados quedan lavados, y todas las almas manchadas, blancas como la nieve." Y tomé la hostia y se la enseñé, y comulgué ante ellos bajo las dos especies, según la costumbre, explicándoles el sentido del misterio sagrado: "Yo como su cuerpo que era deforme como el vuestro. Es amargo como la hiel porque está lleno de odio. ¡Ojalá comierais de él todos vosotros! Yo bebo su sangre, y ella quema como un fuego que nada puede apagar. Es como si bebiera mi propia sangre. ¡Salvador de los enanos, pueda tu fuego consumir el mundo entero!"
 
Y arrojé el vino sobre los asistentes que contemplaban con estupor y pálido semblante nuestra siniestra ceremonia.
 
No soy un profanador. Quienes estaban cometiendo una profanación eran ellos, no yo. Pero el príncipe me hizo engrillar durante varios días, porque se trataba de divertir a los huéspedes, y yo los había perturbado, casi amedrentado.
 
 
 Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1951.
 
(Traducido al español por Fausto de Tezanos Pinto)
 
La ilustración corresponde a Bufón don Sebastián de Morra (1645), de Diego Velázquez. 

viernes, 24 de febrero de 2017

Tiempo de carnaval


Existen dos vertientes para explicar el origen del carnaval. Una sería religiosa, que supone su razón de ser como el festejo previo al miércoles de ceniza, cuando da principio el período denominado cuaresma, y hay quienes lo justifican a partir de su etimología latina: carnum (carne) y levare (quitar), es decir, quitar la carne , que es el alimento que no se debe probar una vez que haya iniciado la cuaresma. Pero también hay quienes encuentran la explicación en las bacanales romanas en honor de Baco, el dios del vino. La celebración tenía lugar con motivo de la proximidad de la primavera y Baco llegaba del mar en un carro alegórico (como los que se estilan durante el carnaval) que llamaban carrus navalis, y que el latín vulgar deformaría en carnaval. Por cierto, el mardi gras, que es como se le conoce en Nueva Orléans, la región originalmente francófona de Estados Unidos, significa en su traducción literal martes gordo, porque parte del festín, además de la música y los disfraces, es una comilona, lo que también podría relacionarlo con las mencionadas bacanales.

Antes de que empezara a escribir este texto, mientras pensaba como estructurarlo, recordé que en la película Henry y June, sobre el romance entre Anáis Nin y Henry Miller en París, cuando éste escribía su novela Trópico de Cáncer, hay una escena intensa que tiene lugar durante el carnaval. Entonces me di a la tarea de localizar alguna referencia a este festejo que de preferencia tuviera una connotación erótica en la obra de Miller y me encontré precisamente lo contrario, una mención al carnaval de luces que es el París nocturno, de una íntima elegancia que no pude permitirme pasar por alto:

"Digo que esos pensamientos ocupan mi mente, pero si no es cierto; hasta después, hasta haber cruzado el Sena, hasta haber dejado atrás el carnaval de luces, no dejo a mi mente jugar con esas ideas. Por el momento no puedo pensar en nada... excepto en que soy un ser sensible apuñalado por el milagro de esas aguas que reflejan un mundo olvidado. A lo largo de las orillas, los árboles se inclinan hasta casi tocar el espejo empañado; cuando se levante el viento y los colme de un murmullo rumoroso, derramarán unas lágrimas y se estremecerán al paso del agua en torbellinos. Me corta el aliento. Nadie a quien comunicar siquiera parte de mis pensamientos..."

Anáis Nin recurre varias veces a la metáfora del carnaval en Corazón cuarteado, por ejemplo cuando dice: "El lugar estaba animado, como un perpetuo carnaval", o también "las sombras sobre las paredes permanecían inmóviles, pero los reflejos de las luces jugueteaban en su superficie como un fantasmagórico carnaval". Aunque también se apega a la definición legítima de la palabra: "Rango no había tenido necesidad de inventar. Había poseído montañas de magnificencia legendaria, lagos de proporciones fantásticas, animales extraordinarios, una casa de gran belleza. Había asistido a fiestas que duraban una semana, carnavales, orgías." Por último: "En cuanto a Rango, estallarían los tambores y todos los caballos decorados del carnaval girarían al son de una polka..."

La amistad entre Henry Miller y Lawrence Durrell quedó bien documentada por un abundante epistolario y se prolongó durante más de cuarenta años. El llamado cuarteto de Alejandría, la gran obra de Durrell, está compuesto por Justine, Balthazar, Mountolive y Clea. Este es un párrafo -por cierto, un claro ejemplo de polisíndeton- alusivo al carnaval:

"Y el carnaval enloquecido bajo las máscaras uniformadoras. El encuentro con un vampiro en las calles repletas de gente que adora la vida. Que le rinde pleitesía según raza, sexo y creencias, pues en sus calles estaba toda la gama planetaria de las tres categorías. Y las playas de dunas y el lago Mareotis y los puestos de magia y los profetas en trance y los coptos enigmáticos y las manos pintadas de azul y el cielo violeta y el desierto."

El carnaval, mascarada en que las identidades se pueden ocultar para dejar en libertad a los instintos, algarabía que confronta su naturaleza erótica y pagana con el subsecuente fervor místico de la abstinencia, anunciada con senda cruz en la frente de los fieles: miércoles de ceniza, final de fiesta.


Jules Etienne

jueves, 23 de febrero de 2017

Carnaval: ROJO Y NEGRO, de Stendhal

"El martes de carnaval del año de 1574, se encontraba la corte en Saint-Germain, rodeando al rey Carlos IX..."

(Fragmento del capítulo XL: La reina Margarita)
 
- El día 30 de abril de 1574 cayeron en la plaza de la Grève las cabezas del doncel más guapo de su siglo, Bonifacio de la Mole, y de su amigo Aníbal de Coconasso, caballero piamontés. Era la Mole el amante favorito de la reina Margarita de Navarra, y al mismo tiempo favorito también del duque de Alençon y amigo íntimo del rey de Navarra, Enrique IV, marido de su manceba real. Observe usted que nuestra señorita de la Mole se llama Matilde-Margarita. El martes de carnaval* del año de 1574, se encontraba la corte en Saint-Germain, rodeando al pobre rey Carlos IX, próximo a expirar. La Mole quiso libertar a los príncipes, sus amigos, retenidos prisioneros por Catalina de Médicis, y a este efecto, avanzó al frente de doscientos caballos hasta los muros de Saint-Germain. Tuvo miedo el duque de Alençon, y la Mole pasó a ser propiedad del verdugo.
 
«Pero lo que conmueve a la señorita Matilde, lo que ella misma me confesó hará siete u ocho años... cuando contaba doce de edad, lo que ha herido su imaginación más profundamente que la misma catástrofe política, es que la reina Margarita de Navarra, oculta en una casa del parque de la Grève, se atrevió a pedir al verdugo la cabeza de su amante, y la noche que siguió a la ejecución, a las doce en punto, se metió en una carroza con aquella querida cabeza, y fue a enterrarla en persona en una capilla situada al pie de la colina de Montmartre.
 
- ¡Será posible!- exclamó Julián, vivamente afectado.
 
- La señorita Matilde desprecia a su hermano porque no piensa, como usted ve, en esta historia antigua, ni conmemora el día triste en que la desgracia tuvo lugar. Desde la fecha de la ejecución, para recuerdo eterno de la amistad íntima que ligó a un la Mole con un Coconasso el cual Coconasso se llamó Aníbal, todos los varones de la familia llevan el nombre de Aníbal. Hay que tener presente que el tal Coconasso fue, según testimonio del propio Carlos IX, uno de los asesinos más feroces del día 24 de agosto de 1572... Pero, la verdad, mi querido Sorel; no me cabe en la cabeza que usted, siendo comensal de la casa, ignore estas cosas.
 
 
 
Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842)
 
* El martes de carnaval de 1574 se celebró el 23 de febrero, de acuerdo con el calendario juliano.
 
La ilustración corresponde a un baile del duque d'Alençon.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Carnaval: EL PALACIO DE HIELO, de F. Scott Fitzgerald

"Lo están construyendo con los bloques de hielo más transparentes que han encontrado, y es enorme."

(Fragmento)

- Estamos en carnaval, ya sabes: el primero desde hace diez años. Y están levantando un palacio de hielo, el primero desde 1885. Lo están construyendo con los bloques de hielo más transparentes que han encontrado, y es enorme.
 
Sally se levantó, se acercó a la ventana, apartó los pesados cortinones y miró a la calle.
 
- ¡ Ah! -exclamó de repente-. ¡Hay dos niños haciendo un muñeco de nieve! Harry, ¿puedo salir a ayudarles?
 
- ¡Estás soñando! Ven y dame un beso.
 
Se apartó de la ventana a regañadientes.
 
- No creo que este clima sea el mejor para besarse, ¿no te parece? Vaya, que no tienes ninguna gana de quedarte quieto, sin hacer nada, ¿no?
 
- No vamos a quedarnos quietos. Tengo libre la primera semana que vas a pasar aquí, y esta noche vamos a ir a cenar y a bailar.
 
- Ay, Harry -confesó, sentándose a medias en sus piernas y en los cojines-, me siento confundida, de verdad. No tengo la menor idea de si me gustará este sitio, y no sé lo que la gente espera de mí, ni nada de nada. Tienes que ayudarme, querido.
 
- Te ayudaré -dijo con ternura-, si me dices que estás contenta de haber venido.
 
- Claro que estoy contenta, ¡terriblemente contenta! -murmuró Sally, introduciéndose entre sus brazos como ella sólo sabía hacerlo-. Donde tú estás, está mi casa, Harry.
 
 
Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940) 

martes, 21 de febrero de 2017

Carnaval: LOCURAS DE CARNAVAL, de Pío Baroja

"El martes pasearon la Charito y su hermana con el señor Pill, en un coche descubierto, por la Castellana..."

(Fragmento del capítulo VI: El collar de la Medrano)

- Este baile de la Zarzuela adonde fuimos ha sido un semillero de cuestiones. La Blanca de Etampes, que parece que estaba sostenida por el señor Pill, riñó con él de mala manera y se ha marchado a París.

- ¿Y por qué?

- Porque el señor Pill tenía más atenciones con la bella Charito. Blanca decía que esta es una gitana, y la Charito asegura que Blanca es una judía austríaca que no se llama De Etampes ni Blanca.

- Esto no tiene mucha importancia -dijo Dorronsoro.

- Lo de Quirós ha sido más grave.

- Pues ¿qué ha pasado?

- Quirós se entusiasmó con la Charito, pero como un loco. El lunes, el martes y el miércoles de Carnaval anduvo tras ella, y, al fin, parece que se entendieron los dos. El martes pasearon la Charito y su hermana con el señor Pill, en un coche descubierto, por la Castellana; las dos, con mantones de Manila, y Quirós no las dejó a sol y a sombra, siempre subido en el estribo del coche. En una de estas, el coronel Vélez, a quien él dio un puñetazo en la cara, en el baile, como recordarás, parece que lo identificó. El caso es que a Quirós lo han trasladado a Marruecos; pero él ha pedido una licencia y se va a ir a París tras ella.

- Se ve que todavía hay romanticismo -dijo Dorronsoro.

- Lo malo es que ese Quirós es un temperamento violento y puede hacer una barbaridad si le hostigan mucho.


Pío Baroja (España, 1872-1956).

lunes, 20 de febrero de 2017

Carnaval: NOVIEMBRE, de Gustave Flaubert

"... el viento sacudía la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche."

(Fragmento)

- ¡Ah, pero esta noche sí! Esta noche, toda la noche para nosotros dos, ¿verdad? Como tú, así querría que fuese mi amante, joven y lozano, que me quisiera profundamente, que sólo pensara en mí. ¡Oh, cuánto lo amaría!
 
Y lanzó uno de esos suspiros de deseo ante los cuales incluso Dios descendería de las alturas.
 
- Pero ¿no tienes ya un amante? -le pregunté.
 
- ¿Quién? ¿Yo? ¿Es que a nosotras nos ama alguien? ¿Piensa alguien en nosotras? ¿Quién quiere tener algo que ver con nosotras? Tú mismo, ¿te acordarás de mí mañana? Tal vez te digas: «Vaya, ayer me acosté con una chica». Pero ¡brrrr! ¡La, la, la! -y se puso a bailar con los puños sobre las caderas, con pasos horribles-. ¡Qué bien que bailo! Mira, echa un vistazo a mi disfraz.
 
Abrió el armario. Sobre un estante vi una máscara negra y un dominó con cintas azules. También había, colgados de un clavo, unos pantalones de terciopelo negro con galones de oro, restos marchitos del anterior carnaval.
 
- Mi pobre disfraz -dijo-. ¡Cuántas veces lo he llevado al baile! ¡Este invierno sí que he bailado!
 
La ventana estaba abierta, el viento sacudía la llama de la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche. Una vez junto a la cama, se sentó allí y se puso a reflexionar profundamente, con la cabeza inclinada sobre el pecho. Tampoco yo hablaba, me limitaba a esperar.

 
Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)

domingo, 19 de febrero de 2017

Carnaval: EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco


(Fragmento del séptimo día: Noche)

- No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones... Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros contra el orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas parodias del orden... al final de la comida, después de haber vaciado las jarras y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabeza abajo... Pero aquí, aquí... -y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos, se la convierte en objeto de filosofía, y de pérfida teología... Ayer pudiste comprobar cómo los simples pueden concebir, y realizar, las herejías más indecentes, haciendo caso omiso tanto de las leyes de Dios como de las de la naturaleza. Pero la iglesia puede soportar la herejía de los simples, que se condenan por sí solos, destruidos por su propia ignorancia. La inculta locura de Dulcino y de sus pares nunca podrá hacer tambalearse el orden divino. Predicará la violencia y morirá por la violencia, no dejará huella alguna, se consumirá como se consume el carnaval, y no importa que durante la fiesta se haya producido en la tierra, y por breve tiempo, la epifanía del mundo al revés. Basta con que el gesto no se transforme en designio, con que esa lengua vulgar no encuentre una traducción latina. La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932-2016)

Con motivo de que hoy se cumple el primer aniversario luctuoso de Umberto Eco, este párrafo de El nombre de la rosa, su novela más célebre, se inscribe en la serie de textos sobre el carnaval, que he venido recopilando durante las últimas semanas. Bajo la etiqueta con su nombre es posible leer varias referencias a su obra:
Umberto Eco 

sábado, 18 de febrero de 2017

Carnaval: DE REGRESO AL SUR, de Juan Carlos Onetti


(Fragmento inicial)

Cuando estuvo solo en el rincón del café, Oscar volvió a pensar en la cabeza pálida de tío Horacio en la camilla, que parecía haber aceptado definitivamente la expresión de leve interés y cortesía con que se enmascaraba al escudar hablar de personas y cosas que habían estado o atravesado el sur de Buenos Aires, la zona extranjera que se iniciaba en la calle Rivadavia, y a partir del Carnaval de 1938. Tío Horacio alzaba las cejas y casi sonreía para esperar el fin de aquellas conversaciones. Recordando su rostro muerto, era nuevamente imposible adivinar en qué sentido y con qué intención el odio y el desprecio actuaban sobre las imágenes y los seres del barrio sur, cuál había sido la deformación obtenida «o -tal vez no era más que esto- en qué tono de luz el odio y el desprecio envolvían para tío Horario los paisajes proscritos del Sur.

El sábado del Carnaval del 38, tío Horacio y Perla pasearon por Belgrano después de la comida; salieron del departamento y caminaron despacio por Tacuarí y Piedras, tomados del brazo. Oscar supo que habían ido a beber cerveza a un café alemán y que habían conversado allí hasta pasada la medianoche. Cuando volvieron, ella estuvo dando vueltas sin motivo por la casa, tarareando una música de Albéniz, y casi en seguida se acostó. Tío Horacio quedó un rato sentado junto a la mesa donde Oscar estudiaba. Parecía cansado, y se quitó el cuello. Jugaba con el reloj, metiendo un dedo en el bolsillo del chaleco, y miraba pensativo la mesa, en las pausas, entre las preguntas distraídas. Oscar vio que sonreía suavemente, y lo oyó reír un poco cuando se levantó y estuvo un rato de pie, las piernas muy separadas, sacudiendo la cabeza. Después suspiró, hizo la última pregunta sobre libros y exámenes y subió al dormitorio.
 
El domingo no salieron de casa; durante todo el día se movieron con pesadez y silencio por el calor de la casa, mal vestidos, tendiendo a los rincones frescos y semioscuros, donde marcaban su presencia con gruesos diarios de la mañana, revistas y libros ajados, de fecha antigua. Cuando Oscar se fue al anochecer, tío Horacio estaba solo en el escritorio contando unas gotas de remedio. "Ella se quiere ir y él no quiere presionarla hablándole de su enfermedad -pensó Oscar-, o ella se quiere ir y él va a buscar la forma de presionarla haciéndole saber, sin decirlo, que está otra vez enfermo."
 
El lunes de Carnaval estuvieron todo el día juntos y afuera; Oscar los vio de noche, nuevamente amigos; tío Horacio habló de muchas cosas, un poco excitado y feliz, con sudor en la frente y un jadeo al sonreír. El martes Oscar llegó a la calle Belgrano al anochecer; tío Horacio estaba solo, junto a una ventana, la camisa desprendida, los lentes colgando por una patilla de los dedos; y la quinta edición de un diario junto a los pies descalzos. Se saludaron, y Oscar no le vio más que sueño en la cara. Después no pudo comprender -porque aquello representaba a un desconocido cualquiera y no tenía relación alguna con tío Horacio- el encontrar encima de la carpeta del comedor, cerca del vaso de leche y el sandwich de jamón que le dejaba todas las noches Perla, una carta escrita con tinta muy azul, desplegada, sujeta con el centro de mesa, con cuatro dobleces bien marcados. La leche, el sandwich y la carta habían sido puestos allí por tío Horacio, por el hombre que estaba junto a la ventana de la otra habitación: quería enterarlo, sin preguntas, de que Perla se había ido con perdones, olvido, felicidad y el irrenunciable derecho a la realización de la propia vida. No volvieron a hablar de Perla; cuando Oscar volvió en la madrugada, la carta no estaba en la mesa, y tío Horacio continuaba espiando por la ventana la noche caliente de Carnaval, todavía blando en la cara el gesto de bondadoso hastío que habría de señalarlo hasta el final.
 
 
Juan Carlos Onetti (Uruguay, 1909-1994) 

viernes, 17 de febrero de 2017

Carnaval: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

 
(Fragmento del quinto libro: La noche en blanco)

16 de Febrero de 1833

 
La noche del 16 de febrero de 1833 fue una noche bendita. Sobre sus sombras estaba el cielo abierto. Fue la noche de la boda de Marius y Cosette.
 
La fiesta del casamiento se efectuó en casa del señor Gillenormand.
 
A pesar de lo natural y trillado que es el asunto del matrimonio, las amonestaciones, las diligencias civiles, los trámites en la iglesia ofrecen siempre alguna complicación; por eso no pudo estar todo listo hasta del 16 de febrero. Ahora bien, ese 16 de febrero era martes de Carnaval, lo cual dio lugar a vacilaciones y escrúpulos, en particular de la señorita Gillenormand.
 
- ¡Martes de Carnaval! -exclamó el abuelo- Tanto mejor. Hay un refrán que dice: 

Si en Carnaval te casas 
no habrá ingratos en tu casa.
 
Unos días antes del fijado para el casamiento, Jean Valjean tuvo un pequeño accidente. Se lastimó el dedo pulgar de la mano derecha; y sin ser cosa grave, como que no permitió que nadie lo curara ni que nadie viera siquiera en qué consistía la lastimadura, tuvo que envolverse la mano en una venda y llevar el brazo colgado de un pañuelo, por lo cual no le fue posible firmar ningún papel. Lo hizo en su lugar el señor Gillenormand, como tutor sustituto de Cosette.
 
Todo fue normal ese día, salvo un incidente que se produjo cuando los novios se dirigían a la iglesia. Debido a arreglos en el pavimento, la comitiva nupcial hubo de pasar por la avenida donde se desarrollaba el Carnaval. En la primera berlina iba Cosette con el señor Gillenormand y Jean Valjean. En la segunda iba Marius.
 
Los carruajes tuvieron que detenerse en la fila que se dirigía a la Bastilla; casi al mismo instante en el otro extremo, la otra fila que iba hacia la Magdalena, se detuvo también. Había allí un carruaje lleno de máscaras que participaban en las fiestas.
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Carnaval: ARROZ Y TARTANA, de Vicente Blasco Ibáñez

"Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles..."
 
(Fragmento del capítulo IV)

Llegaron los tres días de carnaval. Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles, pasaban las familias ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos y ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo que se canta en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de pescadores u odaliscas, mal pergeñados con mugrientos trajes de ropería.

Muchachos con pliegos de colores voceaban las «décimas y cuartetas, alegres y divertidas, para las máscaras» las, colecciones de disparates métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar alaridos de alegre escándalo en la Alameda. En los puestos del mercado vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con sonoros cascabeles y caretas pintadas, capaces de oscurecer la imaginación de los escultores de la Edad Media: unas con los músculos contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo por la mejilla; otras, con una frente inmensa, espantosa; caras de esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son higos aplastados o que se prolongan como serpenteante trompa con un cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.


Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928)

martes, 14 de febrero de 2017

Carnaval: LA ROMANA, de Alberto Moravia

"... tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval."
 
(Fragmento del capítulo VII)

El día siguiente, para que no me molestara mi madre, que ya se mostraba suspicaz, fingí tener una cita con Gino y estuve fuera de casa toda la tarde. Para la boda me había hecho un vestido nuevo, un traje sastre gris, que pensaba ponerme después de la ceremonia. Era mi mejor vestido y vacilé antes de ponérmelo. Pero después pensé que algún día tendría que llevarlo y no sería un día más puro ni más feliz que aquél y que, por otra parte, los hombres juzgaban por las apariencias y me convenía presentarme con mi mejor aspecto para obtener dinero. Y dejé a un lado los escrúpulos. Me puse, por lo tanto, y no sin algún remordimiento, mi hermoso vestido que hoy, cuando de nuevo pienso en él, me parece tan feo y modesto como todas mis cosas de entonces; me peiné con cuidado y me pinté la cara, pero no más de lo que acostumbraba. A propósito de este último detalle, quiero decir que nunca he entendido por qué tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval. Tal vez porque con la vida que hacen estarían muy pálidas o porque temen, si no se pintan de aquella manera tan violenta, no atraer la atención de los hombres y no darles a entender lo suficiente que están dispuestas a dejarse abordar. Yo, en cambio, por más que me canse y ajetree, conservo siempre mis colores sanos y bronceados y, sin modestia, puedo decir que mi belleza ha sido siempre suficiente, sin ayuda de pinturas y cremas, para hacer que los hombres volvieran la cabeza en la calle al pasar yo. No atraigo a los hombres por el carmín o el negro en las cejas, o un falso color rubio pajizo, sino por el porte majestuoso (así por lo menos me lo han asegurado muchos), por la serenidad y la dulzura del rostro, por los dientes perfectos al reír y por la abundancia y la juventud del cabello ondulado y oscuro.
 
Las mujeres que se tiñen el pelo y se emborronan la cara no comprenden que los hombres, juzgándolas desde el principio por lo que son, experimentan una especie de decepción anticipada. Pero yo, tan natural y tan sobria, siempre los he dejado en duda acerca de mi verdadera naturaleza, proporcionándoles así la ilusión de la aventura, cosa que ellos, en el fondo, buscan mucho más que la mera satisfacción de los sentidos.

 

Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

lunes, 13 de febrero de 2017

Carnaval: LAS COLINAS, de Guillaume Apollinaire

"Respiré tu fresco perfume en Roma, en los carros cargados de máscaras, guirnaldas y campanillas de carnaval."

(Fragmento)

Este es el tiempo de la magia
que de nuevo se vuelve espera
por los millones de prodigios
que no dieron pie a ninguna fábula
ni nadie los ha imaginado.

Profundidades de la conciencia:
mañana seréis exploradas
y quién sabe qué seres vivos
se extraerán de esos abismos
junto a universos enteros.

Ahí se elevan los profetas
como a lo lejos colinas azules;
ellos sabrán cosas precisas,
como creen saber los sabios,
y nos transportarán a todas partes.

La mayor fuerza es el deseo
y ven que te bese en la frente,
oh ligera como una llama
pues tienes todo el sufrimiento,
todo el ardor y todo el brillo.

Llega la era en que se estudiará
todo lo que es del sufrir;
no será tanto del coraje
ni tampoco de la renuncia,
ni hacer todo lo que podamos.

Se buscará en el mismo hombre
más de lo que se ha buscado;
se escrutará su voluntad
y qué fuerza nacerá en ella
sin máquina y sin instrumento.

Los compasivos manes vagan
confundiéndose entre nosotros
desde que a nosotros se unieron;
nada acaba y nada comienza:
observa el anillo en tu dedo.

Tiempo de encrucijadas y desiertos,
tiempo de plazas y colinas;
vengo aquí para hacer un truco
utilizando un talismán
muerto y más sutil que la vida.

Yo me he desprendido por fin
de todas las cosas naturales;
puedo morir mas no pecar
y lo que jamás ha sido tocado,
yo lo he tocado y lo he palpado.

Y yo he escrutado lo que nadie
puede siquiera imaginar
y sopesado incontables veces
también la vida imponderable;
puedo morir sonriendo.

A menudo he planeado tan alto,
tanto, que adiós a todas las cosas,
las rarezas y los fantasmas,
y no he de seguir admirando
al chico con cara de miedo.

Juventud, adiós, jazmín del tiempo.
Respiré tu fresco perfume
en Roma, en los carros floridos
cargados de máscaras, guirnaldas
y campanillas de carnaval.
 

Guillaume Apollinaire: Wilhelm Albert Wlodzomierz Apolinary de Kostrowicki
(Francés nacido en Italia, 1880-1918).

domingo, 12 de febrero de 2017

Carnaval: VACACIONES EN ROMA, de Henry James


(Fragmento inicial)
 
Sin duda es agradable sentirse alegre en el momento preciso, pero ese momento preciso difícilmente me parecen los diez días del carnaval romano. Sospecho cínicamente que no fueron capaces de mantener en mi imaginación, la brillante promesa que implicaba su leyenda; luego, los acontecimientos me permitieron corroborar que he tenido menos conciencia de las influencias festivas características de la temporada que de la inalienable gravedad del lugar. Hubo un tiempo en que el carnaval era un asunto serio -esto es, auténticamente disfrutable; mas, gracias a las botas de siete leguas que el reino de Italia viene usando en su marcha hacia el progreso en otras direcciones, la moda del jolgorio público ha caído en plena decadencia-. Dudo que un americano pueda concebir con exactitud el estado de ánimo en que el carnaval se llevaba a cabo como una expresión general impulsada por la buena fe; sólo puede decirse a sí mismo que durante un mes del año debe haber cosas -cosas que tienden a verse como una humillación- que es más cómodo tratar de olvidar. Pero ahora que Italia está hecha, el carnaval está deshecho.
 
 
Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916)
 
La ilustración corresponde a El carnaval de Roma (1881), de José Benlliure y Gil.

viernes, 10 de febrero de 2017

Carnaval: IMÁGENES DE ITALIA, de Charles Dickens

"A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía..."

(Fragmento)

Del Corso sale el carnaval y aquí es donde se reúne. Pero como todas las calles en las que se festeja el carnaval están estrechamente controladas por los dragones, los coches deben tomar primero otro camino e introducirse en el Corso por el extremo opuesto al de la plaza del Pueblo, que es su otra entrada. Nos incorporamos, pues, a la fila de los coches y progresamos con bastante tranquilidad durante un momento; tan pronto avanzando muy lentamente; tan pronto trotando durante una media docena de metros; tan pronto reculando una cincuentena; tan pronto deteniéndonos completamente: según el grado de atestamiento de la calle. Si un coche impaciente se salía bruscamente de la fila y avanzaba al trote con la bárbara idea de ir más deprisa, era en seguida alcanzado o adelantado por un soldado a caballo que, sordo a cualquier protesta como se lo permitía su espada desenvainada, lo llevaba inmediatamente detrás, completamente a la cola del cortejo, y lo transformaba en un punto incierto de la perspectiva más lejana. A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía; pero por el momento, la captura de los coches fugitivos y vagabundos por los soldados era lo que constituía la principal diversión.
 
Después, entramos en una calle pequeña, en la que, además de la fila de coches que avanzaban, había otra fila, la de los coches que regresaban. Aquí, los confetis y los ramos comenzaron a volar de manera bastante densa y tuve la suerte de ver cómo un señor, vestido de guerrero griego, alcanzaba en la nariz a un bandolero de rubias patillas (éste estaba justamente a punto de lanzar un ramo a una señorita apoyada en una ventana del primer piso), con una precisión que fue muy aplaudida por los asistentes. Mientras que este vencedor griego intercambiaba una observación chistosa con un señor gordo que se encontraba en el umbral de una casa -mitad negro y mitad blanco, como si le hubieran desplumado a medias-, y que le había felicitado por su victoria, recibió una naranja lanzada desde la terraza de una casa, en plena oreja izquierda, y se quedó muy sorprendido, por no decir desconcertado. Sobre todo porque, como se encontraba de pie y el coche se había puesto en marcha justamente en ese instante, sin él esperarlo, vaciló y cayó ignominiosamente, quedando enterrado bajo sus flores.
 
 
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

La ilustración corresponde a La fiesta del Corso (1848), de Wilhelm Marstrand.

jueves, 9 de febrero de 2017

Carnaval: LA ITALIA PINTORESCA, de Chateaubriand, Lamartine y otros

 
Segunda parte: Roma
 
(Fragmento del capítulo XIX)

En otro tiempo el Corso se convertía durante el carnaval en una especie de Olimpo donde se reunían todas las divinidades del paganismo; pero la mitología ya no está de moda. En medio de las máscaras se descubre casi siempre la historia del mundo, es decir, un enorme carruaje lleno de personajes que aumentan de bulto a su antojo; zorros y lobos mezclados con corderos y gallinas, por cochero un mono y por lacayos perros y gatos. Las señoras se disfrazan de labriegas, cosa que aumenta infinitamente su gracia. Todas estas escenas están animadas por una alegría loca: es una verdadera fiesta en la cual todos toman parte sin distinción, y que es definitivamente más animada que en ningún otro pueblo. La calle tiene más de una milla de largo, y a cada lado una línea de palacios; figurémonos, pues, este espectáculo de una inmensa galería, entre dos anfiteatros y más de diez mil balcones ocupados por unos cien mil espectadores divertidos por un enjambre de locos durante una semana entera, a razón de cinco horas por día, y tendremos una idea de lo que es el carnaval de Roma.
 
François-René, vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848)
Alphonse de Lamartine (Francia, 1790-1869)
 
La ilustración corresponde al grabado que aparece en la edición original en español de 1840.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL DE ROMA, de J. W. von Goethe


El Corso

El carnaval de Roma se concentra en el Corso, que es la calle que limita y determina los festejos públicos de estos días. En cualquier otra parte sería una fiesta distinta, y por ello debemos, antes que nada, describir el Corso.
 
Como muchas calles largas de las ciudades italianas, debe su nombre a las carreras de caballos con las que termina en Roma cada jornada del carnaval, y con las que, en otros lugares, se pone punto final a otras celebraciones, como una fiesta patronal o la consagración de una iglesia.
 
La calle se extiende en línea recta desde la Piazza del Popolo hasta el Palacio de Venecia. Mide unos tres mil quinientos pasos de largo y está flanqueada por edificios altos, en su mayor parte suntuosos. El ancho no guarda proporción con la longitud ni con la altura de los edificios. Unas aceras de adoquines para los peatones le restan de seis a ocho pies por cada lado. En medio, en casi todos los tramos, no quedan más que doce o catorce pasos para las carrozas, de modo que resulta evidente que con esa anchura pueden a lo sumo circular en paralelo tres vehículos.
 
Durante el carnaval, el obelisco de la Piazza del Popolo señala el límite inferior de esta calle, mientras que el palacio de Venecia marca el superior.
 
 

Paseo en carroza por el Corso

El Corso de Roma es un lugar ya de por sí animado todos los domingos y festivos. Antes del anochecer, los romanos más nobles y adinerados acuden aquí a pasear durante una hora u hora y media en sus carrozas, que forman una nutrida fila; los coches bajan desde el palacio de Venecia circulando por la izquierda, pasan, cuando el tiempo acompaña, por el obelisco, y salen por la puerta del Popolo hasta llegar a la Via Flaminia.
 
Cuanto más avanza el carnaval, más divertido es el aspecto de los coches. Incluso la gente seria que va en carroza sin disfraz permite que sus cocheros y lacayos se disfracen. La mayor parte de los cocheros suele decidirse por los vestidos de mujer, y en los últimos días da la impresión de que sólo las mujeres llevan las riendas. Se trata de disfraces decentes, en ocasiones incluso atractivos; aunque no falta, en el extremo opuesto, el tipejo feo y grueso que se viste a la última moda, con un tocado alto y lleno de plumas, y hace el efecto de una gran caricatura; y, así como aquellas beldades oían elogiar su belleza, éste tiene que sufrir que más de uno se le acerque y le suelte en sus propias narices: «O fratello mio, che brutta puttana sei!».
 
Es costumbre que cuando el cochero encuentra a una o dos de sus amigas entre el gentío las honre haciéndolas subir al pescante. Entonces, sentadas a su lado y normalmente disfrazadas de hombre, sus delicadas piernecitas de polichinela, con pies pequeños y tacones altos, suelen revolotear entre las cabezas de los transeúntes.
 
Lo mismo hacen los lacayos, que acogen amigos y amigas en la parte posterior de la carroza; lo único que faltaría es que, como en las diligencias inglesas, se sentaran en el imperial.
 
Da la impresión de que incluso a los señores les complace ver sus carrozas llenas hasta los topes; y que es durante estos días todo está bien visto y permitido.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

(Traducido al español por Juan de Sola)

Las ilustraciones corresponden a Carnaval en Roma (1650-51), de Johannes Lingelbach, y un grabado de la carroza del duque de St. Aignan, embajador de Francia en Roma (1735).