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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

sábado, 22 de abril de 2017

Carnaval: CIUDAD DE CRISTAL, de Paul Auster

"Hay una mujer con una máscara de carnaval en la cara."
 
(Fragmento del capítulo 11)
 
Hay mujeres con bolsas de plástico y hombres con cajas de cartón, que cargan con sus pertenencias de un sitio a otro, siempre en movimiento, como si importara dónde estuvieran. Hay un hombre envuelto en la bandera americana. Hay una mujer con una máscara de carnaval en la cara. Hay un hombre con un abrigo andrajoso, los pies envueltos en trapos, que lleva en la mano una percha con una camisa blanca perfectamente planchada, aún enfundada en el plástico de la tintorería. Hay un hombre con traje de ejecutivo, los pies descalzos y un casco de fútbol americano en la cabeza. Hay una mujer cuya ropa está cubierta de los pies a la cabeza con chapas de campaña presidencial. Hay un hombre que camina con la cara entre las manos, llorando histérico y repitiendo una y otra vez: «No, no, no. Él no ha muerto. Él no ha muerto. No, no, no. Él no ha muerto. Él no ha muerto


Paul Auster (Estados Unidos, 1947).

viernes, 21 de abril de 2017

CARNAVAL, de Marin Sorescu

"Quiero aparecer con un simple disfraz, de árbol verde."

Vamos a intercambiar pensamientos,
Árbol,  ya que ni siquiera conozco tu nombre
Y con tu pensamiento
Dame todas tus hojas
Para que las dejes en mis manos
Y en mis ojos, y en mi frente
 
Al final
Habrá un hermoso carnaval
De despedida
Y todos se pondrán sus máscaras
Para celebrarlo.
Quiero aparecer con un simple disfraz,
De árbol verde.
 
(Hai să facem schimb de gânduri,
Copacule, că nici nu ştiu cum te cheamă.
Şi o dată cu gândurile
Să-mi dai şi toate frunzele tale,
Să mi le pun pe mâini,
Pe ochi şi pe frunte.

La sfârşit
Va fi un carnaval frumos
De despărţire
Şi toţi vor purta măştile lor
De sărbătoare.
Iar eu vreau să apar mascat simplu,
Într-un copac verde
.)

 

 Marin Sorescu (Rumania, 1936-1996)
 
 (Traducido al español por Jules Etienne)

jueves, 20 de abril de 2017

Carnaval: ARROZ Y TARTANA, de Vicente Blasco Ibáñez

"Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles..."
 
(Fragmento del capítulo IV)

Llegaron los tres días de carnaval. Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles, pasaban las familias ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos y ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo que se canta en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de pescadores u odaliscas, mal pergeñados con mugrientos trajes de ropería.

Muchachos con pliegos de colores voceaban las «décimas y cuartetas, alegres y divertidas, para las máscaras» las, colecciones de disparates métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar alaridos de alegre escándalo en la Alameda. En los puestos del mercado vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con sonoros cascabeles y caretas pintadas, capaces de oscurecer la imaginación de los escultores de la Edad Media: unas con los músculos contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo por la mejilla; otras, con una frente inmensa, espantosa; caras de esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son higos aplastados o que se prolongan como serpenteante trompa con un cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.


Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928)

miércoles, 19 de abril de 2017

Carnaval: LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS, de Jules Verne

"... y no tardó Picaporte en salir ataviado con un viejo ropaje japonés..."

(Fragmento inicial del capítulo XXIII)

Al día siguiente, Picaporte, derrengado y hambriento, dijo para sí que era necesario comer a toda costa, y que lo más pronto sería mejor. Bien tenía el recurso de vender el reloj, pero antes hubiera muerto de hambre. Entonces o nunca, era ocasión para aquel buen muchacho de utilizar la voz fuerte, si no melodiosa, de que le había dotado la naturaleza.
 
Sabía algunas coplas de Francia y de Inglaterra, y resolvió ensayarlas. Los japoneses debían, seguramente, ser aficionados a la música, puesto que todo se hace entre ellos a son de timbales, tamtams y tambores, no pudiendo menos de apreciar, por consiguiente, el talento de un cantor europeo.
 
Pero era, quizá, temprano, para organizar un concierto, y los aficionados, súbitamente despertados, no hubieran quizá pagado al cantante en moneda con la efigie del mikado.
 
Picaporte se decidió, en su consecuencia, a esperar algunas horas; pero mientras iba caminando, se le ocurrió que parecía demasiado bien vestido para un artista ambulante, y concibió entonces la idea de trocar su traje por unos guiñapos que estuviesen más en armonía con su posición. Este cambio debía producirle, además, un saldo, que podía aplicar, inmediatamente, a satisfacer su apetito.
 
Una vez tomada esta resolución, faltaba ejecutarla, y sólo después de muchas investigaciones descubrió Picaporte a un vendedor indígena, a quien expuso su petición. El traje europeo gustó al ropavejero, y no tardó Picaporte en salir ataviado con un viejo ropaje japonés y cubierto con una especie de turbante de estrías, desteñido por la acción del tiempo. Pero, en compensación, sonaron en su bolsillo algunas monedas de plata.
 
- Bueno -pensó-, ¡me figuraré que estamos en Carnaval!
 
 
Jules Verne (Francia, 1828-1905) 
 
La ilustración corresponde a una antigua fotografía de la calle Honcho Dori en Yokohama, puerto de Japón en el que se encontraba Picaporte.

martes, 18 de abril de 2017

Carnaval: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles."

(Fragmento del capítulo Noche de Walpurgis)

Pero, por el momento, cierto es que sólo estamos en Carnaval. Ya le he dicho que me parece muy bien que celebremos cada fecha ordenadamente, como marca el calendario. La señora Stöhr decía que en la garita del portero venden cornetas de juguete.

Así era, desde el primer desayuno del martes de Carnaval, que llegó enseguida, antes de que nadie se hubiese hecho a la idea todavía, se oyeron en el comedor toda suerte de pitidos y zumbidos producidos por instrumentos de viento de juguete. Durante la comida se lanzaron serpentinas desde la mesa de Gänser, de Rasmussen y de la Kleefeld, y algunos internos, como por ejemplo Marusja, la de los ojillos redondos, llevaban gorros de papel comprados igualmente al portero cojo. Por la noche reinó un auténtico ambiente de fiesta en el comedor y en los salones... De momento, sólo nosotros sabemos cómo terminó y qué trajo consigo esa velada de Carnaval gracias al valiente espíritu emprendedor de Hans Castorp. Pero no dejemos que esta información sobre el desenlace precipite nuestro sereno relato: rendiremos al tiempo el honor que le corresponde y no adelantaremos nada; de hecho, incluso ralentizaremos la narración de los acontecimientos porque compartimos los escrúpulos que, durante tanto tiempo, habían llevado a Hans Castorp a retrasar tales acontecimientos.

Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles. La gente paseaba disfrazada, pierrots y arlequines inundaban el pueblo con carracas en la mano, y no fueron pocas las batallas de confeti entre los paseantes y los internos del sanatorio, también disfrazados para la ocasión.


Thomas Mann (Alemán, 1875-1955). Obtuvo el premio Nobel en 1929.

lunes, 17 de abril de 2017

Carnaval: LAS PEREGRINACIONES DE CHILDE HAROLD, de Lord Byron

"Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval."
 
LXXVIII
 
Sin embargo marca su alegría - antes de la cuaresma taciturna,
Aquella penitencia que prepara su sagrado ritual
Para que el hombre confiese el peso de su pecado mortal,
Por la abstinencia diaria y la oración nocturna;
Pero porta el tosco traje de arpillera del arrepentido,
Días en que la euforia ha sido para todos decretada,
Al tomar placer cada quien en secreto compartido,
Con abigarrada túnica para bailar en la mascarada,
Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval.

(Yet mark their mirth -- ere lenten days begin,
That penance which their holy rites prepare
To shrive from man his weight of mortal sin,
By daily abstinence and nightly prayer;
But ere his sackcloth garb Repentance wear,
Some days of joyaunce are decreed to all,
To take of pleasaunce each his secret share,
In motley robe to dance at masking ball,
And join the mimic train of merry Carnival
.)


 
Lord Byron: George Gordon Byron (Inglaterra, 1788-1824).
 
(Traducido al español por Jules Etienne)

domingo, 16 de abril de 2017

Carnaval: MEMORIAS (Historia de mi vida), de Giacomo Casanova

"El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos..."

(Fragmento del capítulo XII, tomo cuarto)

¡Qué poca cosa hace falta cuando se está angustiado para causar alegrías y consuelos! Pero en mi situación estas pajitas no eran poca cosa; eran un tesoro.
 
Empleé muchas horas en exprimir mi ingenio para hallar un medio de reemplazar la yesca, único ingrediente que me faltaba y que no sabía con qué pretexto pedir, cuando de pronto recordé que había encargado a mi sastre la pusiera en las sobaqueras de mi casaca, para evitar que el sudor ensuciase y consumiese la tela. Esta casaca, nueva, estaba delante de mí; mi corazón latió más fuerte porque quizá el sastre no la había puesto y yo oscilaba entre el temor y la esperanza. No tenía más que dar un paso para comprobarlo, pero este paso era decisivo y no me atrevía a darlo. Por fin me acerqué y sintiéndome casi indigno de este favor, pedí a Dios con fervor que el sastre no hubiese olvidado mi orden. Después de esta plegaria, tomé la casaca, descosí la tela y encontré la yesca. Mi alegría llegó al delirio.
 
Teniendo todos los ingredientes, pronto tuve la lámpara. Juzgúese la satisfacción que experimenté al haber obtenido, por así decirlo, la luz en medio de las tinieblas, y la no menos dulce de desobedecer las órdenes de mis detestables opresores. Ya no había más noche para mí, pero tampoco más ensalada; aunque me gustaba muchísimo, la necesidad de conservar el aceite para alumbrarme me hacía ligero el sacrificio. Fijé entonces el primer lunes de cuaresma para empezar la dificultosa operación de romper el entarimado, porque en los festines del carnaval yo temía mucho las visitas.
 
El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos y vi a Laurencio seguido de un hombre gordo a quien reconocí por el judío Gabriel Schalón, conocido por su habilidad en obtener dinero de los jóvenes, haciéndoles caer en malos negocios.
 
Nos conocíamos, así es que nuestros saludos fueron breves. Su compañía no podía serme agradable, pero para ello no se me consultaba.
 
 
 Giacomo Casanova (Italiano, 1725-1798).

La ilustración corresponde a la puerta de une celda en la Cárcel de los Plomos del Palacio Ducal en Venecia.

sábado, 15 de abril de 2017

Carnaval: DON JUAN TENORIO, de José Zorrilla

"¡Mal rayo me parta si en concluyendo la carta no pagan caro sus gritos!"
 
(Dos fragmentos del primer acto)

Hostería de Cristófano Buttarelli. Puerta en el fondo que da a la calle: mesas, jarros y demás utensilios propios de semejante lugar.
 
Escena I
 
Don Juan, con antifaz, sentado a una mesa escribiendo; Buttarelli y Ciutti, a un lado esperando. Al levantarse el telón, se ven pasar por la puerta del fondo máscaras, estudiantes y pueblo con hachones, músicas, etc.

Don Juan: ¡Cuál gritan esos malditos!
Pero, ¡mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caro sus gritos!

(Sigue escribiendo).

Buttarelli (a Ciutti): Buen carnaval.

Final de la escena V

Don Gonzalo: Quisiera yo ocultarme
verlos, y sin que la gente
me reconociera.

Buttarelli: A fe
que eso es muy fácil, señor.
Las fiestas de carnaval,
al hombre más principal
permiten, sin deshonor
de su linaje, servirse
de un antifaz, y bajo él,
¿quién sabe, hasta descubrirse,
de qué carne es el pastel?
 
Don Gonzalo: Mejor fuera en aposento contiguo...
 
Buttarelli: Ninguno cae aquí.
 
Don Gonzalo: Pues entonces, trae el antifaz.

José Zorrilla (España, 1817-1893)

viernes, 14 de abril de 2017

Carnaval: ESPLENDORES Y MISERIAS DE LAS CORTESANAS, de Honoré de Balzac

 
(Fragmento)
 
- Voy a abrir por Carnaval -dijo Esther confidencialmente a sus amigas, que lo transmitieron al barón-, y voy a hacerle feliz como un gallo de vitrina.
 
Aquella expresión se hizo proverbial en el mundillo de las cortesanas.
 
El barón se deshacı́a en infinidad de lamentaciones. Al igual que los casados, hacı́a bastante el ridı́culo: empezaba a quejarse delante de sus ı́ntimos, y se traslucı́a su descontento. A pesar de todo, Esther continuaba concienzudamente en su papel de Pompadour del prı́ncipe de la Especulación. Habı́a dado ya dos o tres veladas tan sólo para introducir a Lucien en la casa. Lousteau, Rastignac, Du Tillet, Bixiou, Nathan y el conde de Bramboürg, la flor de los calaveras, fueron los asiduos de la casa. Por último, Esther aceptó como actrices de la comedia que representaba a Tullia, Florentine, Fanny-Beaupré y Florine, dos actrices y dos bailarinas, y, además, a la señora Du Val-Noble. No hay nada tan triste como la casa de una cortesana sin la sal de la rivalidad y sin la diversidad en el vestir y en las fisonomı́as.
 
En seis semanas Esther se convirtió en la más ingeniosa, en la más amena, en la más hermosa y elegante de las mujeres de esa casta de parias que constituyen las entretenidas. Desde su merecido pedestal saboreaba cuantos goces de la vanidad seducen a las mujeres ordinarias, pero a la vez abrigaba un sentimiento secreto de superioridad sobre su casta. Tenı́a en su interior una imagen de sı́ misma que la hacı́a avergonzarse a la vez que la enaltecı́a, puesto que el momento de su abdicación nunca dejaba de estar presente en su conciencia; ası́ pues, vivı́a una especie de doble vida sintiendo lástima por su personaje. Sus sarcasmos reflejaban el profundo desprecio que el ángel de amor encerrado en el alma de la cortesana sentı́a hacia el papel infame y odioso que representaba su cuerpo. Esther, espectadora y actriz, juez y reo a un tiempo, encarnaba la admirable ficción de los cuentos árabes, en los que casi siempre aparece un ser sublime bajo la figura de un ser degradado, y cuyo prototipo se encuentra, con el nombre de Nabucodonosor, en el libro de los libros, en la Biblia. Habiéndose concedido un plazo de vida hasta el dı́a siguiente a la infidelidad, la vı́ctima podı́a divertirse un poco a costa del verdugo. Por otra parte, las informaciones recogidas por Esther sobre los medios solapadamente vergonzosos a los que el barón debía su colosal fortuna, la libraron de todo escrúpulo, y se complació en representar el papel de la diosa Até, la Venganza, de acuerdo con las palabras de Carlos. Se hacı́a unas veces encantadora y otras aborrecible a aquel millonario, que sólo vivı́a para ella. Cuando el barón llegaba a un grado de sufrimiento en que deseaba bandonar a Esther, ésta se lo ganaba de nuevo con una escena de ternura.

 
Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850)

jueves, 13 de abril de 2017

Carnaval: PARADISO, de José Lezama Lima

"La puerta que sólo servía como ventana, era muy codiciada los días de carnaval..."

(Fragmento inicial del capítulo VII)

La casa de Prado, donde Rialta seguía llorando al Coronel, se expresaba por las dos ventanas de su pórtico. Una verja de hierro aludía a un barroco que desfallecía, piezas de hierro colado colocadas horizontalmente, abriéndose a medida que ascendían en curvaturas que se juntaban en una boca floreada. Por la mañana, a la hora de la limpieza, las otras dos puertas se abrían, quedando la verja detrás de un portal apuntalado por tres columnas macizas, con una base corintia. Una de las verjas era tan sólo una ventana, aunque respaldada también por puertas. La otra se abría como si fuese también una puerta. Ambas ventanas, de las que una era también puerta, eran seguidas por dos puertas con persianas. Después, dos piezas de madera que se plegaban, cerraban en su totalidad las dos piezas anteriores, que abrían la sala al portal. La puerta que sólo servía como ventana, era muy codiciada los días de carnaval, regalaba una posición más cómoda para la visión, y daba un resguardo para la irrupción violenta de las serpentinas, para el fluir de las gentes, llenas de gritos y de gestos en aspa o esgrima sonambúlica.
 
 
José Lezama Lima (Cuba, 1910-1976)

La ilustración corresponde a casas sobre el Paseo del Prado en La Habana.

miércoles, 12 de abril de 2017

Carnaval: LOS ESCÁNDALOS DE CROME, de Aldous Huxley


"... y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo..."
(Fragmento)
- Se sufre mucho -continúo Dionisio- con eso de que las bellas palabras no significan nunca lo que deberían significar. No hace mucho, por ejemplo, se me ha echado a perder todo un poema, precisamente porque la palabra carminativo no significa lo que debería significar. Carminativo es admirable, ¿no es cierto?
- Admirable -asintío Mr. Scogan-. Pero, ¿qué significa?
- Es una palabra que yo había atesorado desde mi primera infancia -dijo Dionisio-, atesorado y amado. En mi casa me daban esencia de canela, cuando me hallaba resfriado -remedio inútil, pero no desagradable-. La vertían gota a gota, de unos frascos estrechos, en forma de dorado licor, fuerte y ardiente. En el rótulo había una lista de sus virtudes y entre otras cosas se decía que era en alto grado carminativo. Yo adoraba aquella palabra. "¿Será carminativo?", acostumbraba a decirme cuando tomaba mi dosis. Me parecía una palabra tan maravillosa para expresar aquella sensación de calor interior; aquel ardor, aquella -¿cómo lo diré?- satisfacción física que sentía después de beberme la canela. Más tarde, cuando descubrí el alcohol, la palabra carminativo expresaba para mí aquel ardor semejante pero más noble, más espiritual, que produce el vino, no sólo en el cuerpo, sino también el alma. Las virtudes carminativas del Borgoña, del ron, del viejo brandy, del Lacryma Christi, del Marsala, del Aleático, de la cerveza fuerte, de la ginebra, del champaña, del clarete, del crudo vino nuevo de las vendimias toscanas -yo las comparaba, las clasificaba-. El Marsala es rosadamente, aterciopeladamente carminativo; la ginebra pica y refresca al mismo tiempo que enardece. Me había formado toda una tabla de valores de carminación. Y ahora -Dionisio extendió las manos con las palmas hacia adelante, desesperado-, ahora ya sé lo que realmente quiere decir carminativo.

- Y bien ¿qué significa? -preguntó Mr Scogan, algo impaciente.

- Carminativo -dijo Dionisio, deteniéndose amorosamente en casa silaba-, carminativo. Yo vagamente imaginaba que tendría alguna relación con carmen-carminis, y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo... contenía la idea de canto, y la idea de carne sonrosada y cálida, con una evocación de las alegrías de la mi-Carême y las fiestas carnavalescas de Venecia. Carminativo... el calor, el ardor, el interior bienestar, todo ello estaba comprendido en aquella palabra. Y en lugar de eso...

- ¡Al grano, querido Dionisio! -protestó Mr. Scogan-. ¡Al grano!

- Pues bien, el otro día escribí un poema, -dijo Dionisio- escribí un poema sobre los efectos del amor.

- Otros han hecho lo mismo antes que usted -dijo Mr Scogan-. No hay motivo para avergonzarse.

- Yo quería expresar la idea -continuó Dionisio- de que los efectos del amor eran con frecuencia semejantes a los efectos del vino, esto es, que Eros podía embriagar lo mismo que Baco. El amor, por ejemplo, es esencialmente carminativo. Nos da la sensación de calor, de ardor...

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Eso fue lo que yo escribí. No sólo el verso resultaba elegantemente sonoro; era también, me complacía en ello, muy propio y concisamente expresivo. La palabra carminativo, lo comprendía todo, ofrecía un primer plano detallado, exacto, y un inmenso, indefinido hinterland de sugestión.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"En fin, que no me desagradaba. Y luego, de pronto, se me ocurre que, en realidad, yo no había nunca mirado aquella palabra en el diccionario. Carminativo había crecido, conmigo desde los tiempos del frasco de canela. Carminativo. Para mí, aquella palabra era tan rica de contenido como cualquier grandiosa y bien trabajada obra de arte; era un paisaje completo, con personajes y todo.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Era la primera vez que había confiado aquella palabra a la escritura, y sentía de pronto que necesitaba para ella una autoridad lexicográfica. Todo lo que tenía a mano era un pequeño diccionario inglés-alemán. Busqué la C, ca, car, carm. Allí estaba: Carminativo: Windtreibend. ¡Windtreibend! (¡Antiflatulento!) -repetía.
Mr. Scogan se echo a reír. Dionisio movió la cabeza.
- ¡Ah! -dijo- para mí aquello no era risible. Para mi señalaba el fin de un capítulo, la muerte de algo muy joven y precioso. En aquella palabra estaban contenidos los años de infancia y de inocencia -cuando yo creía que carminativo significaba, eso... carminativo. Y ahora, ante mi, yace el resto de mi vida-, un día, quizá diez años, medio siglo, durante los cuales ya sabré que carminativo significa windtreibend (Antiflatulento).
Plus ne suis ce qu j'ai été. Et ne le saurai jamais être.
- Es una revelación que le pone a uno meláncolico.
- Carminativo -dijo Mr. Scogan meditativamente.
- Carminativo -repitió Dionisio, y quedaron un momento silenciosos.
Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963)

martes, 11 de abril de 2017

Carnaval: LA ZARZA EN LLAMAS (Juan Cristóbal, tomo 9), de Romain Rolland

"Aquellos pasquines con chismes se publicaron durante los tres días de carnaval."
 
(Fragmento)

Despreciaba la ciudad; y ese mismo desprecio le hacía imposible soportarla. Sin embargo, había llegado la ocasión de enfrentar a la maledicencia pública para poder liberarse a sí misma. El carnaval se aproximaba.
 
El carnaval había mantenido en la ciudad, hasta el momento en el que ocurre esta historia –aunque algo habrá cambiado desde entonces-, su carácter poco permisivo, de una gran dureza arcaica. Fiel a sus orígenes, debería prestarse a la relajación del espíritu para liberarlo del yugo de la razón. En cualquier parte, incluso en otras épocas y países, siempre resulta difícil disponer de la audacia necesaria para confrontar a los guardianes de la razón. Por eso, la ciudad en la que vivía Ana, debía ser su propia tierra de elección. El rigor moral paraliza los gestos, amordaza las voces, aunque algunos de esos gestos alcancen a expresarse como voces audaces y libres. Todo lo que se va amasando en el fondo del alma: celos, odios secretos, curiosidad lasciva, los instintos inherentes a la maliciosa bestia social, habría de enfrentarse de golpe con el ruido y la alegría de una revancha. Cada quien ejercía su propio derecho a descender por las calles y Ana, oculta bajo una prudente máscara, llegó para clavar en la picota, en plena plaza pública, a aquellos a quienes detestaba, mostrando a los transeúntes todo lo que había aprendido durante un año de esfuerzo paciente, su tesoro de secretos escandalosos acumulados gota a gota. Tal fue su propio desfile de carros alegóricos. Tales las linternas que erraban para transparentar las inscripciones e imágenes con la historia secreta de la ciudad. Se atrevió incluso a ponerse la máscara de su enemigo, tan fácilmente reconocible que las bromas corrientes referían su nombre. Aquellos pasquines con chismes se publicaron durante los tres días de carnaval.


Romain Rolland (Francia, 1866-1944). Obtuvo el premio Nobel en 1915.

lunes, 10 de abril de 2017

Carnaval: CANCIÓN DE CARNAVAL, de Rubén Darío



Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.

Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa
como hace tu compañera
la mariposa.

Y que en tu boca risueña
que se une al alegre coro
deje la abeja porteña
su miel de oro.

Únete a la mascarada,
y mientras muequea un clown
con la faz pintarrajeada
como Frank Brown;

mientras Arlequín revela
que al prisma sus tintes roba
y aparece Pulchinela
con su joroba,

di a Colombina la bella
lo que de ella pienso yo,
y descorcha una botella
para Pierrot.

Que él te cuente cómo rima
sus amores con la luna
y te haga un poema en una
pantomima.

Da al aire la serenata,
toca el áureo bandolín,
lleva un látigo de plata
para el spleen.

Sé lírica y sé bizarra;
con la cítara sé griega;
o gaucha, con la guitarra
de Santos Vega.

Mueve tu espléndido torso
por las calles pintorescas
y juega y adorna el corso
con rosas frescas.

De perlas riega un tesoro
de Andrade en el regio nido
y en la hopalanda de Guido
polvo de oro.

Penas y duelos olvida,
canta deleites y amores;
busca la flor de las flores
por Florida:

Con la armonía le encantas
de las rimas de cristal,
y deshojas a sus plantas,
un madrigal.

Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales.

Sus gritos y sus canciones,
sus comparsas y sus trajes,
sus perlas, tintes y encajes
y pompones.

Y lleve la rauda brisa,
sonora, argentina, fresca,
la victoria de tu risa
funambulesca!
 

Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916)

domingo, 9 de abril de 2017

Carnaval: EL PASTOR, de Iván Bunin

"... y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve."
 
(Fragmento del capítulo I)
 
Era domingo de carnaval. Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el almacenero, el zapatero, el uriadnik, los tnuyik, todos paseaban en trineo con sus huéspedes, muchachas, aldeanas jóvenes, parientes. Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.

Una vez enganchado Koroliok, el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja, fue en busca de Liubka, que tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo, pero dejándose arrastrar.

Ignat había traído el potro tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas, ensebadas, a las que no se adhería la nieve.

Más tarde, cuando Ignat se dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la chalina gris, inclinándose sobre ella.

En este momento Ignat tomó la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par de botas viejas del peón Iashka.

Después de haber apilado suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones, sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat, hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.

 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.

sábado, 8 de abril de 2017

Carnaval: EL PROFESOR UNRAT (El ángel azul), de Heinrich Mann


(Fragmento final del capítulo XV)
 
En el baile de máscaras organizado en casa de Basura una noche de Carnaval, hubo señoras irreprochables que aprovecharon el amparo del antifaz para satisfacer su curiosidad. Algunos de los señores casados que aquella noche acudieron observaron hasta el final un comportamiento sospechosamente reservado, temiendo ser espiados detrás de un antifaz por ojos conyugales. Las jóvenes solteras comentaron entre sí alguna salida nocturna y misteriosa de sus madres. Seguramente habían ido a casa de Basura. Cuando se encontraban solas tarareaban a media voz las canciones de Rosa Fröhlich. El misterioso juego de prendas, en el que las parejas se tendían en el suelo bajo una manta, penetró en los hogares burgueses y se jugaba cuando las hijas casaderas recibían la visita de posibles maridos. Antes del verano, tres señoras de la buena sociedad y dos muchachas solteras salieron de pronto para el campo, anticipando de un modo que pareció singular las vacaciones de verano. Tres comerciantes se declararon en quiebra. Meyer, el tabaquero de la plaza del mercado, falsificó unas letras y se ahorcó al descubrirse su delito. Empezó a murmurarse sobre la situación económica de Breetpoot...
 
Y esta desmoralización de toda una ciudad, que nadie podía impedir por ser muchos los que se hallaban implicados en ella, era obra de Basura y constituía su triunfo. La pasión que le dominaba en secreto, aquella pasión que su cuerpo reseco, sólo muy raras veces delataba con una mirada de venenoso brillo verde gris, desafiaba y se imponía a toda una ciudad. Basura era fuerte; podía ser feliz.
 
 
Heinrich Mann (Alemán radicado y fallecido en Estados Unidos; 1871-1950)

viernes, 7 de abril de 2017

Carnaval: CELESTE, NOVELA FANTÁSTICA, de Enrique Losada

"... causa el mismo frío y espanto que ver una careta arrojada al suelo, el miércoles de ceniza."

El carnaval *

Hombres graves; ¿a qué censuráis el carnaval? ¿Es ya tan feo el mundo que se espanta de su propio retrato?

Si en estos tres días, huye la hipocresía de las conciencias representando los vicios en su horrible desnudez la comedia humana, no es el verdadero carnaval sino en los muchos restantes, que visten al hombre de apariencias engañosas y cubren su faz con seriedad fingida.

Ahora es cuando realmente se desenmascara la sociedad, cuando el hombre se acerca al hombre, sin los requisitos de un cumplimiento forzado para decirle más de cuatro verdades.

¡Ah! El carnaval no es este; el carnaval es mucho más largo.
 
¿Hasta cuándo no concluyen sus ficciones?
 
¡Ved a un cadáver! No se inmuta ni se altera; es la primera vez que está serio, desde que nació al mundo.
 
La presencia de un muerto causa el mismo frío y espanto que ver una careta arrojada al suelo, el miércoles de ceniza.
 
Parece, pues, mentira, que la humanidad haya sido tan inocente, que no haya caído en la broma.
 
Los hombres al nacer toman un traje, extraño a ellos, y se cubren con una máscara.
 
Así empieza el carnaval de la vida.
 
Cada cual se pone de manera que con dificultad le conozcan.
 
Por eso hay personas que son como esos alcázares orientales que, descuidando la apariencia exterior, presentan por fuera un muro almenado, y esconden por dentro la más rica, la más complicada y la más bella de las arquitecturas.
 
Por eso hay personas que son como esos elevados mausoleos que, ostentando a la vista letras de oro y estatuas alabastrinas, ocultan en su interior polvo, podredumbre y gusanos.
 
La mayoría de los hombres célebres ha elegido cuerpos defectuosos, cuando menos, feos.
 
No os guieis por la careta. Esopo fue horrible, Homero era ciego y andrajoso, Safo fue chata, Descartes asustaba, Napoleón, el grande, era pequeño y barbilampiño, Milton ciego, Alarcón jorobado, Cervantes manco, Camoens tuerto, Byron cojo. 
 
Sí; la vida es un carnaval.


Enrique Losada (España, siglo XIX).
 
* Para la transcripción del texto he optado por una ortografía actualizada con el fin de simplificar su lectura.

jueves, 6 de abril de 2017

Carnaval: GOG, de Giovanni Papini

"Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día..."

(Fragmento del capítulo Las máscaras)

Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos graves; bellos de la vida.
 
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión, justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
 
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
 
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás? Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
 
Me parece que las ventajas de la adopción universal de la máscara serían muchas.
 
 
Giovanni Papini (Italia, 1881-1956) 

miércoles, 5 de abril de 2017

Carnaval: ES CARNAVAL, de Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa)


Es carnaval, y están las calles llenas
De gente que la sensación conserva.
Tengo intenciones, pensamientos, ideas,
Pero no puedo tener máscara ni pan.
 
Esta gente es igual, yo soy diverso
-Incluso entre los poetas no me aceptarían-.
Y a veces ni siquiera pongo esto en verso
-Y cuanto digo, ellos nunca lo dirían-.
 
¡Poca gente es mucha gente aquí!
Estoy cansado, con cerebro y cansancio.
Veo esto, y quedo aquí, extremadamente
Solitario con el tiempo y el espacio.
 
Detrás de las máscaras nuestro ser espía,
Detrás de las bocas acude un misterio
Que repudia mis versos anodinos.
 
¿Soy mayor o menor? Con manos, pies
Y boca hablo y me muevo en el mundo.
Hoy, cuando todos son máscaras, eres
Un ser máscara-gesto, en lo más profundo…
 
 
Fernando Pessoa (Portugal, 1888-1935)

 La ilustración corresponde al carnaval en Lisboa.

martes, 4 de abril de 2017

Los carnavales de Macondo

"... Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre..."
 
En Macondo también se celebra el carnaval. En Cien años de soledad el festejo adquiere tal importancia que incluso Remedios, la bella, fue designada reina, en tanto que Aureliano Segundo se disfrazó de tigre:

Úrsula, por su parte, le agradecía a Dios que hubiera premiado a la familia con una criatura de una pureza excepcional, pero al mismo tiempo la conturbaba su hermosura, porque le parecía una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el centro de la candidez. Fue por eso que decidió apartarla del mundo, preservarla de toda tentación terrenal, sin saber que Remedios, la bella, ya desde el vientre de su madre, estaba a salvo de cualquier contagio. Nunca le pasó por la cabeza la idea de que la eligieran reina de la belleza en el pandemónium de un carnaval. Pero Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre, llevó al padre Antonio Isabel a la casa para que convenciera a Úrsula de que el carnaval no era una fiesta pagana, como ella decía, sino una tradición católica. Finalmente convencida, aunque a regañadientes, dio el consentimiento para la coronación.

La noticia de que Remedios Buendía iba a ser la soberana del festival, rebasó en pocas horas los límites de la ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio de su belleza, y suscitó la inquietud de quienes todavía consideraban su apellido como un símbolo de la subversión. Era una inquietud infundada. Si alguien resultaba inofensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desencantado coronel Aureliano Buendía, que poco a poco había ido perdiendo todo contacto con la realidad de la nación.

Como si la hermosura de Remedios Buendía no fuera suficiente, una comparsa con otra reina llegó por el camino de la ciénaga provocando el asombro de los habitantes de Macondo y que Aureliano Segundo sucumbiera de inmediato ante tal belleza.
 
De modo que la inquietud causada por la reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pensar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado equilibrio.
 
A algún imprudente se le ocurre mezclar la política con la exaltada euforia carnavalesca y la consecuencia es una masacre. Aureliano Segundo rescata a Fernanda del Carpio para al poco tiempo casarse con ella:
 
Cuando se restableció la calma, no quedaba en el pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos, nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares de Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusión del pánico, José Arcadio Segundo logró poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llevó en brazos a la casa a la soberana intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda del Carpio. La habían seleccionado como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del país, y la habían llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de Madagascar. Úrsula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar de poner en duda su inocencia, se compadeció de su candidez. Seis meses después de la masacre, cuando se restablecieron los heridos y se marchitaron las últimas flores en la fosa común, Aureliano Segundo fue a buscarla a la distante ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en Macondo, en una fragorosa parranda de veinte días.
 
También en El otoño del patriarca se menciona a una reina del carnaval, cuya belleza causa gran impacto en uno de los personajes:
   
Patricio Aragonés le contestó que no mi general, que la vaina es peor, que el sábado había coronado a una reina de carnaval y había bailado con ella el primer vals y ahora no encontraba la puerta para salir de aquel recuerdo, porque era la mujer más hermosa de la tierra, de las que no se hicieron para uno mi general, si usted la viera, pero él replicó con un suspiro de alivio que qué carajo, ésas son vainas que le suceden a los hombres cuando están estreñidos de mujer, le propuso secuestrársela como hizo con tantas mujeres retrecheras que habían sido sus concubinas...
 
En Del amor y otros demonios hay un pasaje de la novela que se desarrolla durante el carnaval:
 
Lo había encontrado por casualidad en una corraleja de ferias peleándose a manos limpias, casi desnudo y sin ninguna protección, contra un toro de lidia. Era tan hermoso y temerario que no pudo olvidarlo. Días después volvió a verlo en una cumbiamba de carnaval a la que ella asistía disfrazada de pordiosera con antifaz, y rodeada por sus esclavas vestidas de marquesas con gargantillas y pulseras y zarcillos de oro y piedras preciosas. Judas estaba en el centro de un círculo de curiosos, bailando con la que le pagara, y habían tenido que poner orden para calmar las ansias de las pretendientas. Bernarda le preguntó cuánto costaba. Judas le contestó bailando: «Medio real».
Bernarda se quitó el antifaz.
«Lo que te pregunto es cuánto cuestas de por vida», le dijo.

Por último y para no extenderme demasiado, El amor en los tiempos del cólera: "Sin embargo, en medio de tantos recuerdos enternecedores, no lograba sortear el de una pajarita desamparada cuyo nombre no conoció y con la que apenas alcanzó a vivir media noche frenética, pero que había bastado para amargarle por el resto de la vida los desórdenes inocentes del carnaval." De esa dimensión resulta la experiencia que vive Florentino Ariza durante una noche de carnaval.

Le había llamado la atención en el tranvía por la impavidez con que viajaba en medio del escándalo de la parranda pública. No debía tener más de veinte años, y no parecía con ánimos de carnaval, a no ser que estuviera disfrazada de inválida: tenía el cabello muy claro, largo y liso, suelto al natural sobre los hombros, y una túnica de lienzo ordinario sin ningún adorno. Era ajena por completo al revoltijo de músicas por las calles, los puñados de polvos de arroz, los chorros de anilina que les tiraban a los pasajeros al paso del tranvía, cuyas mulas iban blancas de almidón y con sombreros de flores durante aquellos tres días de locura. Aprovechándose de la confusión, Florentino Ariza la invitó a tomar un helado porque no pensó que diera para más. Ella lo miró sin sorpresa. Dijo: "Acepto con mucho gusto, pero le advierto que estoy loca". Él se rió de la ocurrencia, y la llevó a ver el desfile de carrozas desde el balcón de la heladería. Luego se puso un capuchón alquilado, y ambos se metieron en la ronda de bailes de la Plaza de la Aduana, y gozaron como novios acabados de nacer, pues la indiferencia de ella se fue hasta el extremo contrario con el fragor de la noche: bailaba como una profesional, y era imaginativa y audaz para la parranda, y de un encanto arrasador.

- No sabes la vaina en que te has metido conmigo -gritaba muerta de risa en la fiebre del carnaval-. Soy una loca de manicomio.

Siempre se ha dicho que Aracataca, lugar de nacimiento de García Márquez, inspiró la creación de Macondo. Un lugar cercano, en la costa colombiana, se llama Ciénaga, a la que tantas veces menciona. La ciudad de Barranquilla queda a menos de cien kilómetros de distancia, y su carnaval fue denominado por la Unesco como patrimonio de la humanidad en el año 2003. No es ninguna sorpresa, entonces, la abundancia de alusiones al carnaval en sus novelas, y en algunos casos adquiere importancia dramática en el discurrir de la trama. Las referencias incluidas en el presente texto no pretenden ser, de ninguna manera, exhaustivas, en cambio me parece que podrían destacar entre las más significativas.


Jules Etienne