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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 16 de enero de 2017

La tristeza del tercer lunes de enero


Hoy es lo que se ha dado en llamar el lunes triste (Blue Monday), es decir, el día más depresivo del  año. Con ese motivo, en algún enero anterior escribí un texto titulado Propósitos y despropósitos del año nuevo, y en el mismo explicaba: Si bien es una designación por demás discutible, gracias a una fórmula desarrollada por el sicólogo Cliff Arnall, profesor de la Universidad de Cardiff, en el año 2005, en la que mediante una ecuación matemática que incluye media docena de elementos: el clima, las deudas, el lapso transcurrido después de los festejos navideños, el índice de motivación, la sensación de que ha llegado el momento de tomar decisiones y -lo que a mí me parece más simbólico-, el tiempo de confrontar lo que se suele denominar propósitos de año nuevo y que, a estas alturas, ya empezaron a ceder ante la realidad de las costumbres y vicios propios.

Valdría la pena acotar el hecho de que mientras aquí vivimos el invierno boreal, al sur del Ecuador se encuentran en pleno verano, de manera que el factor climatológico, el cual también influye según indica el profesor Arnall, allá no procedería, aunque al igual que nosotros también hayan brindado por el paso del año concluido hacia el que comienza.
 
En El mono epigramático dedicado, como su título sugiere, a reunir mis epigramas, se encuentra uno al que he titulado Calendario:

La cuenta regresiva ha empezado
el último día se sabrá con rigor
si experiencia hemos logrado,
y vivimos otro año mejor.

Considero que la clave de todo radica en la experiencia. Si cada año logramos acumularla, en lugar de envejecer nos iremos haciendo más expertos en el complicado oficio de vivir. "El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza", escribió André Maurois en su novela Climas. El problema es que no siempre existe la disposición de aprender, incorporar lo vivido para modificar conductas, asumir los errores cometidos pero emprender de nuevo el camino procurando que no se repitan. Decía Aldous Huxley en el memorable prólogo de su novela Un mundo feliz (A Brave New World), al referirse al remordimiento crónico como el más indeseable de los sentimientos. "Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse".

Por alguna extraña razón, parecería que forma parte de la condición humana el rechazo a la experiencia. Sobre todo si es ajena. Se nos podrá advertir lo que sucede si hacemos o dejamos de hacer esto o aquello. No importa, necesitamos experimentarlo en carne propia para comprenderlo. Hacemos más difícil el trayecto, en lugar de transitar por la vía más corta o por el lado sombreado de la vereda.

Karen Blixen, la escritora danesa que firmó su obra con el seudónimo literario de Isak Dinesen -y cuya prosa es definida por Vargas Llosa como "una anomalía genial"-, lo ha dicho, por supuesto, mucho mejor que yo. En su relato titulado El mono, que fue publicado en el volumen Siete cuentos góticos, la tía Cathinka le pregunta al pequeño Boris: "¿Qué es lo que cuesta mucho conseguir, se ofrece por nada y casi siempre se rechaza?" El niño escuchaba atento lo que la anciana tenía que decirle: "Experiencia, la experiencia de los viejos". Dicho lo anterior, le ofrece una reflexión acerca de los hijos de Adán y Eva, "si hubiesen estado preparados para hacer uso de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado sensiblemente mejor desde hace seis mil años".


Jules Etienne

viernes, 13 de enero de 2017

Luna de enero


Anoche tuvimos la primera luna llena del año. Debiera decir ayer en lugar de anoche, puesto que durante esta época del año, en el hemisferio boreal en el que me encuentro, oscurece a las cinco de la tarde. De modo que la presencia de la luna, divinidad mitológica, pretexto para la magia de los rituales, devaneo de los poetas, se prolonga durante casi las dos terceras partes de las veinticuatro horas que señalan cada fecha en el calendario.

La tradición dice que es precisamente ahora cuando la luna brilla más: "A la Luna de enero te he comparado, que no hay Luna más clara en todo el año", decía Antonio Machado. Y es que a lo extenso de la noche hay que agregar su transparencia.
 
La de ayer fue una luna en su apogeo, esto es, cuando su órbita se encuentra a mayor distancia de la Tierra, que es justo la contraparte del perigeo, como lo he consignado en un epigrama:
 
Reposa la luna brillante
desde su lejano apogeo,
en la órbita más distante
es lo opuesto del perigeo.

Es posible contemplar la luna sin necesidad de telescopios, a simple vista, por eso incita a la imaginación y su reflejo sobre el agua puede provocar el deseo de abrazarla para perecer ahogado, como siempre se ha dicho que le sucedió al poeta chino Li Po, en una de sus noches de ebriedad, allá por el siglo VIII: "Una noche volé sobre el Lago del Espejo, bajo la luna,/ la luna derramó mi sombra sobre el agua". A eso se debe que haya merecido la distinción de ser recordado como el poeta de la luna. Así lo corrobora en su breve poema Bebiendo solo a la luz de la luna.
 
Entre las flores y un tazón de vino
bebo solo, ningún amigo está cerca.
Levanto mi copa, invito a la luna
y a mi sombra, y ahora somos tres.
Mas la luna nada sabe de bebidas
y mi sombra se limita a imitarme,
pero así y todo, luna y sombra serán mi compañía.
La primavera es época propicia para el goce.
Canto y la luna prolonga su presencia,
bailo y mi sombra se enreda.
Mientras me mantengo sobrio, somos alegres juntos,
cuando me embriago, cada uno marcha por su lado
jurando encontrarnos en el Río de Plata de los cielos.
 
Juan Ramón Jiménez les cantaba con entusiasmo tanto a las campanas como a la luna de enero:
 
La luna verde de enero es buena para vosotras,
campanas. (La noche está fría, despierta y medrosa.)
Y así sonáis, son los vivos los que están muertos, y ahora
son los muertos los que viven; puertas que se cierran, losas
que se abren... ¡Y la luna de enero sobre vosotras!
¡Campanas bajo la luna de enero! (Silencio, lloran...
 
José Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio, obra teatral que suele representarse cada año el día de los difuntos, vivió en México durante once años y bajo la protección del malogrado emperador Maximiliano I, fue nombrado director del Teatro Nacional, escribió un poema en cuartetos, que se titula precisamente Luna de enero:
  
 ¡Qué bella es la luz de plata
con que la noche se viste
después del día más triste
de la estación más ingrata!
 
Se ven en la oscuridad,
como soldados que velan,
cuál con la lluvia rielan
las torres de la ciudad.
 
Se sienten rodar inquietas,
lanzando un grito violento
al brusco empuje del viento,
sobre el punzón las veletas.
 
Y en las mansiones vecinas,
los vidrios de las ventanas
remedan las luces vanas
colgadas en las esquinas.
 
No hay sombra en que no veamos
alguna fantasma oculta;
que, porque más la temamos,
la noche la sombra abulta.
 
Pues, por completa ilusión,
la noche miente tan bien,
que las cosas que se ven
no son las cosas que son.
 
Y el poeta catalán Marià Manent nos entrega esta otra Luna de enero:

Afuera hace una noche plateada y muy clara
¡y yo encogido cerca de mi fuego mezquino!
La luna está velando, lo mismo que una madre,
a la encina, al paraje, al estanque dormido.

Percibo bien que un gran deseo invade
mi pecho, y yo quisiera sentarme espabilado
y caminar, bajo la luna clara,
por trochas donde brilla el romero escarchado.

Pero me quedo cerca de mi fuego mezquino.

Luna que nos retribuye con el privilegio de soñar. La sabiduría popular, siempre presente a través del intemporal refranero, lo expresa así: "Luna la de enero y amor, el primero".
 
 
Jules Etienne

(La versión al español del poema de Li Po es de Marcela de Juan;
la traducción del poema de Mariá Manent del catalán es de José Agustín Goytisolo)

jueves, 12 de enero de 2017

ESTIGMA (del poemario Mitología del Olvido)

"... sólo queda la cicatriz en el cielo/ de una vieja luna de enero."

Recuerdo con precisión el verde pálido
de los ojos de mi padre,
el olor de Miramar en mi infancia
que se me quedó impregnado en el olfato
como alga sobre la piedra,
la piel tersa de una amante pasajera
guardada entre los escombros de la memoria.
Despedidas que rasgaron la tarde
tercos pasajes de la vida que asoman
disfrazados de nubes o de flores
mientras camino a ninguna parte:
la promesa de aquellas canciones
con las que soñábamos estar enamorados
y los labios que se esfumaron una madrugada
despojándome de tantos besos.
Porque su brillo se desvanece
sólo queda la cicatriz en el cielo
de una vieja luna de enero.
Nunca se regresa del amor perdido.
 
 
Jules Etienne

viernes, 6 de enero de 2017

Una comedia de Shakespeare: NOCHE DE REYES (Twelfth Night)

 
Con frecuencia escenificada en español como Noche de Reyes o también Noche de Epifanía, la traducción literal de su título en inglés, Twelfth Night, significa la duodécima noche, esto es, contando a partir de la navidad. Se dice que William Shakespeare la escribió con motivo de la visita del Duque de Bracciano a la reina Isabel de Inglaterra, como una forma de mostrar hospitalidad al noble huésped, y también que el personaje de Olivia estaba inspirado en la propia reina. El caso es que se representó por primera vez justo durante la celebración de la Epifanía y se volvió una tradición en esa fecha, hasta avanzado el siglo XVII. Una costumbre equivalente a la que todavía se practica en los países de habla española con Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, durante el día de los muertos.

Se trata de una comedia de enredos que acontece en el reino de Iliria, en la región de los Balcanes -lo que en la geografía moderna son Serbia, Croacia, Bosnia y Albania-. El barco en el que viajan Sebastián y Viola, hermanos gemelos muy unidos, naufraga, y cada uno supone que el otro ha muerto, aunque ambos logran salvarse y toman distinto rumbo. La clave de la trama que da origen a las equivocaciones, es que Viola decide hacerse pasar por hombre, adopta el nombre de Cesario y queda al servicio del duque Orsino. A partir de ese momento se generan confusiones y malentendidos y los personajes se enamoran unos de otros sin lograr ser correspondidos. Al final, con la aparición de Sebastián, todo se aclara y cada quien se queda con su pareja respectiva: "El amor buscado es bueno, pero si se da sin buscarlo, es mejor".

Shakespeare emplea el mismo tono festivo que en Sueño de una noche de verano y demuestra que no todo su teatro es tragedia. Esta pieza forma parte de la serie que suele denominarse "comedias felices" y debió ser escrita entre 1598 y 1600. Fue representada por primera vez en el palacio real, el 6 de enero de 1601. Ha sido objeto de diversas adaptaciones al cine y también se hace referencia a ella en Shakespeare enamorado (Shakespeare in Love, 1998), ya que la protagonista se llama precisamente Viola y la reina encarga al dramaturgo que escriba una obra para la noche de epifanía. La película termina cuando él empieza a trabajar en su Noche de Reyes.


Jules Etienne