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Vancouver, atardecer en English Bay.

martes, 28 de febrero de 2017

El martes de carnaval según Mircea Eliade

"... el procedimiento de ejecución varía: unas veces se le quema..."
 
Tratado de la historia de las religiones
 
(Fragmentos)
 
En Bohemia, el martes de Carnaval, un grupo de mozos disfrazados persigue al «rey» en patética carrera a través de la ciudad, hasta que lo prenden, lo juzgan y lo condenan a muerte. El «rey», que tiene un cuello muy largo, compuesto de varios sombreros superpuestos, es decapitado. En el distrito de Pilsen (Bohemia), el «rey» se presenta vestido con hierbas y flores, y después del proceso huye a caballo. Si no logran cogerle, tiene derecho a seguir siendo «rey» un año más; si le atrapan, se le decapita.

...
 
No podemos extendernos aquí sobre el origen y sentido del Carnaval; lo que nos interesa es el acto final de esta importante fiesta; en muchos lugares se «condena a muerte» a la efigie del Carnaval y se la ejecuta (el procedimiento de ejecución varía: unas veces se le quema, otras se le ahoga o se le decapita). Al mismo tiempo que se «mata al Carnaval», se celebran luchas y batallas, se apedrea con nueces la figura grotesca que lo representa, se organizan batallas de flores o de hortalizas, etc. En otras regiones (cerca de Tubinga, por ejemplo) se condena, se decapita y se entierra la efigie del Carnaval en un ataúd, que se lleva al cementerio después de una ceremonia burlesca. Se da a esta costumbre el nombre de «entierro del Carnaval».
...


En Suiza, en Suabia y en la Marca oriental se expulsa todavía hoy, en Carnaval, a la efigie del invierno o de la «abuela». Un texto del siglo VIII habla de que los pueblos alemánicos «in mense Februario hibemum credi expeliere» con ocasión del Carnaval; en algunos lugares se quemaban hechiceras (personificación del «invierno»; o se ataba a una rueda la efigie del «invierno», etc.
...
 
Los versos que se cantan durante la expulsión del invierno y la instauración de la primavera son los mismos que se cantan en el Carnaval; las amenazas que se profieren en ambos casos contra los que se niegan a dar algo son las mismas, porque, al igual que la ceremonia del Carnaval y las demás que de él derivan, la fiesta se termina pidiendo regalos.
 
 
Mircea Eliade (Rumania, 1907-1986)

lunes, 27 de febrero de 2017

Carnaval: LOS MOHICANOS DE PARÍS, de Alexandre Dumas

"...viendo la multitud que se estrechaba en las calles..."
 
Libro noveno; capítulo primero
 
(Fragmento inicial)

El martes de carnaval del año 1827*, a eso de las seis de la tarde, la ciudad de Viena presentaba un aspecto desacostumbrado.
 
Un extranjero, viendo la multitud que se estrechaba en las calles, se hubiera visto apurado para decir con qué fin la población se echaba a la calle tan precipitadamente, de Stubenthor, de Leopoldstadt, de Schottenlhor y de Mariaulf, en una palabra, de todos los barrios de la ciudad, y convergía, por decirlo así, de los cuatro puntos cardinales, en un solo centro que parecía ser la plaza del palacio.
 
Y sin embargo, aquella multitud no se dirigía con rumbo al palacio; y si mil equipajes con el escudo de armas de todas las grandes casas de Alemania se estacionaban en las calles cercanas a aquel mismo palacio, no era ni por un nacimiento, ni por una muerte, ni por un duelo, ni por una derrota, ni por una victoria por lo que la ciudad estaba en conmoción.
 
No: toda aquella multitud iba simplemente al teatro Imperial, donde la célebre bailarina Rosa Engel daba una representación extraordinaria a su beneficio, porque el teatro de la Puerta-Carinthia estaba en reparación.
 
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

* El 27 de febrero se celebró el martes de carnaval en el año de 1827.

domingo, 26 de febrero de 2017

Carnaval: MISTERIO BUFO (Juglaría popular), de Dario Fo


(Fragmento)

En carnaval déjale bailar,
y también cantar para más disfrutar,
pero poco, pues no vaya a olvidar
que a este mundo se viene a trabajar.

 
Dario Fo (Italia, 1926). Obtuvo el premio Nobel en 1997.

sábado, 25 de febrero de 2017

Carnaval: EL ENANO, de Pär Lagerkvist


(Fragmento)
 
¿Qué es la religión? Mucho he reflexionado sobre esto, pero en vano.
 
Reflexioné sobre ello especialmente cuando fui obligado a oficiar como arzobispo, con todos los ornamentos sacerdotales, en una fiesta de carnaval, hace unos años, y a dar la santa comunión a los enanos de la corte de Mantua que su príncipe había traído para esa ocasión. Nos reunieron ante un pequeño altar que se levantó en una sala del castillo, y alrededor de nosotros tomaron asiento, burlándose, todos los invitados, caballeros y nobles, entre los cuales figuraban algunos jóvenes fatuos ridículamente ataviados. Yo alcé el crucifijo y todos los enanos se pusieron de rodillas. "He aquí a vuestro salvador", declaré con firme voz Y los ojos inflamados de pasión. "He aquí al salvador de todos los enanos, un enano él mismo, que sufrió bajo el gran príncipe Poncio Pilato, y fue suspendido sobre su pequeña cruz de juguete para gozo y alivio de todos los hombres de la tierra." Tomé el cáliz y se lo presenté: "He aquí su sangre de enano, con la que todos los grandes pecados quedan lavados, y todas las almas manchadas, blancas como la nieve." Y tomé la hostia y se la enseñé, y comulgué ante ellos bajo las dos especies, según la costumbre, explicándoles el sentido del misterio sagrado: "Yo como su cuerpo que era deforme como el vuestro. Es amargo como la hiel porque está lleno de odio. ¡Ojalá comierais de él todos vosotros! Yo bebo su sangre, y ella quema como un fuego que nada puede apagar. Es como si bebiera mi propia sangre. ¡Salvador de los enanos, pueda tu fuego consumir el mundo entero!"
 
Y arrojé el vino sobre los asistentes que contemplaban con estupor y pálido semblante nuestra siniestra ceremonia.
 
No soy un profanador. Quienes estaban cometiendo una profanación eran ellos, no yo. Pero el príncipe me hizo engrillar durante varios días, porque se trataba de divertir a los huéspedes, y yo los había perturbado, casi amedrentado.
 
 
 Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1951.
 
(Traducido al español por Fausto de Tezanos Pinto)
 
La ilustración corresponde a Bufón don Sebastián de Morra (1645), de Diego Velázquez. 

viernes, 24 de febrero de 2017

Tiempo de carnaval


Existen dos vertientes para explicar el origen del carnaval. Una sería religiosa, que supone su razón de ser como el festejo previo al miércoles de ceniza, cuando da principio el período denominado cuaresma, y hay quienes lo justifican a partir de su etimología latina: carnum (carne) y levare (quitar), es decir, quitar la carne , que es el alimento que no se debe probar una vez que haya iniciado la cuaresma. Pero también hay quienes encuentran la explicación en las bacanales romanas en honor de Baco, el dios del vino. La celebración tenía lugar con motivo de la proximidad de la primavera y Baco llegaba del mar en un carro alegórico (como los que se estilan durante el carnaval) que llamaban carrus navalis, y que el latín vulgar deformaría en carnaval. Por cierto, el mardi gras, que es como se le conoce en Nueva Orléans, la región originalmente francófona de Estados Unidos, significa en su traducción literal martes gordo, porque parte del festín, además de la música y los disfraces, es una comilona, lo que también podría relacionarlo con las mencionadas bacanales.

Antes de que empezara a escribir este texto, mientras pensaba como estructurarlo, recordé que en la película Henry y June, sobre el romance entre Anáis Nin y Henry Miller en París, cuando éste escribía su novela Trópico de Cáncer, hay una escena intensa que tiene lugar durante el carnaval. Entonces me di a la tarea de localizar alguna referencia a este festejo que de preferencia tuviera una connotación erótica en la obra de Miller y me encontré precisamente lo contrario, una mención al carnaval de luces que es el París nocturno, de una íntima elegancia que no pude permitirme pasar por alto:

"Digo que esos pensamientos ocupan mi mente, pero si no es cierto; hasta después, hasta haber cruzado el Sena, hasta haber dejado atrás el carnaval de luces, no dejo a mi mente jugar con esas ideas. Por el momento no puedo pensar en nada... excepto en que soy un ser sensible apuñalado por el milagro de esas aguas que reflejan un mundo olvidado. A lo largo de las orillas, los árboles se inclinan hasta casi tocar el espejo empañado; cuando se levante el viento y los colme de un murmullo rumoroso, derramarán unas lágrimas y se estremecerán al paso del agua en torbellinos. Me corta el aliento. Nadie a quien comunicar siquiera parte de mis pensamientos..."

Anáis Nin recurre varias veces a la metáfora del carnaval en Corazón cuarteado, por ejemplo cuando dice: "El lugar estaba animado, como un perpetuo carnaval", o también "las sombras sobre las paredes permanecían inmóviles, pero los reflejos de las luces jugueteaban en su superficie como un fantasmagórico carnaval". Aunque también se apega a la definición legítima de la palabra: "Rango no había tenido necesidad de inventar. Había poseído montañas de magnificencia legendaria, lagos de proporciones fantásticas, animales extraordinarios, una casa de gran belleza. Había asistido a fiestas que duraban una semana, carnavales, orgías." Por último: "En cuanto a Rango, estallarían los tambores y todos los caballos decorados del carnaval girarían al son de una polka..."

La amistad entre Henry Miller y Lawrence Durrell quedó bien documentada por un abundante epistolario y se prolongó durante más de cuarenta años. El llamado cuarteto de Alejandría, la gran obra de Durrell, está compuesto por Justine, Balthazar, Mountolive y Clea. Este es un párrafo -por cierto, un claro ejemplo de polisíndeton- alusivo al carnaval:

"Y el carnaval enloquecido bajo las máscaras uniformadoras. El encuentro con un vampiro en las calles repletas de gente que adora la vida. Que le rinde pleitesía según raza, sexo y creencias, pues en sus calles estaba toda la gama planetaria de las tres categorías. Y las playas de dunas y el lago Mareotis y los puestos de magia y los profetas en trance y los coptos enigmáticos y las manos pintadas de azul y el cielo violeta y el desierto."

El carnaval, mascarada en que las identidades se pueden ocultar para dejar en libertad a los instintos, algarabía que confronta su naturaleza erótica y pagana con el subsecuente fervor místico de la abstinencia, anunciada con senda cruz en la frente de los fieles: miércoles de ceniza, final de fiesta.


Jules Etienne

jueves, 23 de febrero de 2017

Carnaval: ROJO Y NEGRO, de Stendhal

"El martes de carnaval del año de 1574, se encontraba la corte en Saint-Germain, rodeando al rey Carlos IX..."

(Fragmento del capítulo XL: La reina Margarita)
 
- El día 30 de abril de 1574 cayeron en la plaza de la Grève las cabezas del doncel más guapo de su siglo, Bonifacio de la Mole, y de su amigo Aníbal de Coconasso, caballero piamontés. Era la Mole el amante favorito de la reina Margarita de Navarra, y al mismo tiempo favorito también del duque de Alençon y amigo íntimo del rey de Navarra, Enrique IV, marido de su manceba real. Observe usted que nuestra señorita de la Mole se llama Matilde-Margarita. El martes de carnaval* del año de 1574, se encontraba la corte en Saint-Germain, rodeando al pobre rey Carlos IX, próximo a expirar. La Mole quiso libertar a los príncipes, sus amigos, retenidos prisioneros por Catalina de Médicis, y a este efecto, avanzó al frente de doscientos caballos hasta los muros de Saint-Germain. Tuvo miedo el duque de Alençon, y la Mole pasó a ser propiedad del verdugo.
 
«Pero lo que conmueve a la señorita Matilde, lo que ella misma me confesó hará siete u ocho años... cuando contaba doce de edad, lo que ha herido su imaginación más profundamente que la misma catástrofe política, es que la reina Margarita de Navarra, oculta en una casa del parque de la Grève, se atrevió a pedir al verdugo la cabeza de su amante, y la noche que siguió a la ejecución, a las doce en punto, se metió en una carroza con aquella querida cabeza, y fue a enterrarla en persona en una capilla situada al pie de la colina de Montmartre.
 
- ¡Será posible!- exclamó Julián, vivamente afectado.
 
- La señorita Matilde desprecia a su hermano porque no piensa, como usted ve, en esta historia antigua, ni conmemora el día triste en que la desgracia tuvo lugar. Desde la fecha de la ejecución, para recuerdo eterno de la amistad íntima que ligó a un la Mole con un Coconasso el cual Coconasso se llamó Aníbal, todos los varones de la familia llevan el nombre de Aníbal. Hay que tener presente que el tal Coconasso fue, según testimonio del propio Carlos IX, uno de los asesinos más feroces del día 24 de agosto de 1572... Pero, la verdad, mi querido Sorel; no me cabe en la cabeza que usted, siendo comensal de la casa, ignore estas cosas.
 
 
 
Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842)
 
* El martes de carnaval de 1574 se celebró el 23 de febrero, de acuerdo con el calendario juliano.
 
La ilustración corresponde a un baile del duque d'Alençon.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL, de Gustavo Adolfo Bécquer

"... el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe."

II.

La época del Carnaval ha pasado. El carnaval parece que parodiaba en el mundo moderno la costumbre que en el antiguo permitía á los esclavos en ciertos días del año jugar a los señores y tomarse con éstos todo género de libertades y aun de licencias. En la Venecia de los tenebrosos Consejos, de los Palomos y del puente de los Suspiros, en la Roma de los Borgias, en cualquiera parte donde el pueblo ha vivido sujeto por una mano de hierro á un poder más ó menos tiránico, se comprendía esta periódica explosión de libertad y de locura. La política y el amor pedían prestado su traje á Arlequín, y al alegre ruido de los cascabeles del cetro del bufón, urdían la trama de su novela sangrienta ó sentimental. La aparente rigidez de las costumbres, el aislamiento del hogar, el carácter propio de la época, hacían necesarias esas noches de luna velada por nubes, de rostros ocultos con antifaces, de algazara popular y de misterios, en el Corso y en Rialto.

En este siglo de meetings y de comités, de Teatro Real y de temporada de baños, en este siglo de periódicos y de soirées, de Congreso y de Fuente Castellana, de paseos matinales y de conciertos nocturnos; en que durante el año cada cual es tan extravagante como le parece, se viste con el mamarracho que mejor se le antoja y hace en todos sentidos el más libre uso de su autonomía, ¿qué objeto tiene el Carnaval? ¿Qué nos dirá hoy una mujer en el baile por debajo de la flotante barba de su careta de raso, que no nos lo haya dicho otra ayer en un palco de la ópera por entre las doradas varillas de su abanico de plumas? ¿A qué no nos atreveremos en el bullicio de la orgía, con la cara tapada, que no nos hayamos atrevido en el silencio del perfumado bodoir con la cara descubierta? Para desenvolverse, para conspirar o para lanzarse ¿necesita por ventura alguna idea del discreto antifaz o del misterioso dominó?

La política y el amor han tirado ya los andadores; la Revolución y el cancán se pasean de la mano por la plaza y salones públicos: el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe. Como las wills, esas fantásticas apasionadas de la danza, se levantan al filo de la media noche para bailar en silenciosa ronda en derredor de los sepulcros, el Carnaval sale todos los años de su tumba envuelto en su haraposo sudario, hace media docena de piruetas en Capellanes, en el Prado y el Canal y desaparece. Sus escasos prosélitos se agitan durante esos días guiados por intereses distintos; para éstos el Carnaval es una cuestión de toilette; para aquéllos una especulación; para los otros una borrachera con el derecho de pasearla al aire libre. Vamos a decir no más que cuatro palabras sobre cada uno de estos tres grupos en que pueden subdividirse los que toman aún parte en el Carnaval de Madrid.


Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)

martes, 21 de febrero de 2017

Carnaval: EL PALACIO DE HIELO, de F. Scott Fitzgerald

"Lo están construyendo con los bloques de hielo más transparentes que han encontrado, y es enorme."

(Fragmento)

- Estamos en carnaval, ya sabes: el primero desde hace diez años. Y están levantando un palacio de hielo, el primero desde 1885. Lo están construyendo con los bloques de hielo más transparentes que han encontrado, y es enorme.
 
Sally se levantó, se acercó a la ventana, apartó los pesados cortinones y miró a la calle.
 
- ¡ Ah! -exclamó de repente-. ¡Hay dos niños haciendo un muñeco de nieve! Harry, ¿puedo salir a ayudarles?
 
- ¡Estás soñando! Ven y dame un beso.
 
Se apartó de la ventana a regañadientes.
 
- No creo que este clima sea el mejor para besarse, ¿no te parece? Vaya, que no tienes ninguna gana de quedarte quieto, sin hacer nada, ¿no?
 
- No vamos a quedarnos quietos. Tengo libre la primera semana que vas a pasar aquí, y esta noche vamos a ir a cenar y a bailar.
 
- Ay, Harry -confesó, sentándose a medias en sus piernas y en los cojines-, me siento confundida, de verdad. No tengo la menor idea de si me gustará este sitio, y no sé lo que la gente espera de mí, ni nada de nada. Tienes que ayudarme, querido.
 
- Te ayudaré -dijo con ternura-, si me dices que estás contenta de haber venido.
 
- Claro que estoy contenta, ¡terriblemente contenta! -murmuró Sally, introduciéndose entre sus brazos como ella sólo sabía hacerlo-. Donde tú estás, está mi casa, Harry.
 
 
Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940) 

lunes, 20 de febrero de 2017

Carnaval: NOVIEMBRE, de Gustave Flaubert

"... el viento sacudía la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche."

(Fragmento)

- ¡Ah, pero esta noche sí! Esta noche, toda la noche para nosotros dos, ¿verdad? Como tú, así querría que fuese mi amante, joven y lozano, que me quisiera profundamente, que sólo pensara en mí. ¡Oh, cuánto lo amaría!
 
Y lanzó uno de esos suspiros de deseo ante los cuales incluso Dios descendería de las alturas.
 
- Pero ¿no tienes ya un amante? -le pregunté.
 
- ¿Quién? ¿Yo? ¿Es que a nosotras nos ama alguien? ¿Piensa alguien en nosotras? ¿Quién quiere tener algo que ver con nosotras? Tú mismo, ¿te acordarás de mí mañana? Tal vez te digas: «Vaya, ayer me acosté con una chica». Pero ¡brrrr! ¡La, la, la! -y se puso a bailar con los puños sobre las caderas, con pasos horribles-. ¡Qué bien que bailo! Mira, echa un vistazo a mi disfraz.
 
Abrió el armario. Sobre un estante vi una máscara negra y un dominó con cintas azules. También había, colgados de un clavo, unos pantalones de terciopelo negro con galones de oro, restos marchitos del anterior carnaval.
 
- Mi pobre disfraz -dijo-. ¡Cuántas veces lo he llevado al baile! ¡Este invierno sí que he bailado!
 
La ventana estaba abierta, el viento sacudía la llama de la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche. Una vez junto a la cama, se sentó allí y se puso a reflexionar profundamente, con la cabeza inclinada sobre el pecho. Tampoco yo hablaba, me limitaba a esperar.

 
Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)

domingo, 19 de febrero de 2017

Carnaval: EL MARINO QUE PERDIÓ LA GRACIA DEL MAR, de Yukio Mishima


(Fragmento)
 
- Tu regalo tiene historia -prosiguió Ryuji, ignorante de la tensión del ambiente. Puso el cocodrilo junto a la almohada de Noboru-. Lo han disecado los indios del Brasil. Son tribus indias de verdad. Cuando llega el carnaval, los guerreros se ponen en la cabeza, delante de las plumas que llevan en el pelo, cocodrilos como éste o aves acuáticas disecadas. Y se atan a la frente tres pequeños espejos redondos que, al reflejar el fuego de las hogueras, les hacen parecer demonios de tres ojos. Se cuelgan dientes de leopardo alrededor de la garganta y se envuelven en pieles de leopardo. Todos llevan carcaj a la espalda, y arcos preciosos, y flechas de colores. Bueno, ésta es la historia de este cocodrilo. Es parte del vestido ceremonial de los indios brasileños en tiempo de carnaval.
 
 
Yukio Mishima (Japón, 1925-1970)
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la tribu Xingú en territorio amazónico. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Carnaval: EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO, Ciro Alegría

"Hombres y mujeres, intercalados y tomados de las manos, formaron rueda y se pusieron a dar vueltas en torno al árbol."
 
(Fragmento inicial del capítulo 6: El ausente)

Marchaba hacia el sur, contra el viento, contra el destino. El viento era un viejo amigo suyo y pasaba acariciándole la piel curtida. El destino se le encabritaba como un potro y él cambiaba de lugar y marchaba y marchaba con ánimo de doblegarlo. Toda idea de regreso lo aproximaba a la fatalidad. Sin embargo, era dulce pensar en la vuelta. Sobre todo en ese tiempo en que veía espigas maduras y maizales plenos. Los comuneros estarían trillando, gritando, bailando... Rumi también lo extrañaba y durante los días siguientes a la cosecha, recordándolos, advertía la ausencia de Benito Castro y que nadie, nadie sabía dónde se hallaba. Era penoso. Benito se sentía muy abandonado y en el camino largo, su caballo -antiguo comunero- era el consuelo de su soledad.
 
- ¡Ah, suerte, suerte! Paciencia no más, caballito...
 
Abram Maqui le había enseñado a domar. Menos mal que a Augusto parecía gustarle también. Él lo dejó queriendo aprender, tratando de sujetarse. Bueno era tener su caballo y entenderse con él como se entendía con Lucero. Lucero era blanco, tranquilo sin ser lerdo y le había puesto ese nombre recordando a la estrella de la mañana. Cuando lo palmeaba en la tabla del pescuezo, el caballo le correspondía frotándole la cabeza contra el hombro. Habían caminado mucho juntos y las leguas dan intimidad.
 
Cruzaron varías provincias y pararon por primera vez en las serranías de Huamachuco. Benito Castro se contrató de arriero en una hacienda. Esa era la historia de caminar para volver al mismo sitio, o sea el atolladero de la pobreza, pero no importaba. Había que hacer algo y él lo hacía. Cuando sucedió que vino la fiesta de carnavales y la peonada de la hacienda se puso a celebrarla.
 
De mañana se paró un unsche, o sea un árbol repleto de toda clase de frutas -naranjas, plátanos, mangos, mameyes- y de muchos objetos verdaderamente codiciables: pañuelos de colores, espejitos, varios pomos de Agua Florida, una que otra cuchilla, algún rondín. Los pomos estaban amarrados en el tallo para que las ramas los defendieran del golpe. Hombres y mujeres, intercalados y tomados de las manos, formaron rueda y se pusieron a dar vueltas en torno al árbol. En él los frutos se mecían con lentitud y brillaban y coloreaban los objetos. Era un precioso árbol. Un hombre que estaba al pie, provisto de una banderola verde, se puso también a dar vueltas, pero en sentido contrario a los que formaban la rueda, cantando con gruesa voz versos chistosos:

Ya se llegó carnavales,
guayay, silulito,
la fiesta de los hambrientos
como yo.

Esa era la danza del Silulo. Después de cada verso venía el estribillo...


Ciro Alegría (Perú, 1909-1967) 

viernes, 17 de febrero de 2017

Carnaval: ENRIQUE IV, de Luigi Pirandello

"¡Y el no ver ya nada más de todo aquello que sucedió después de aquel día de carnaval!"

(Fragmento del segundo acto)

Enrique IV: ¿Y la vistió usted de marquesa de Toscana a ella también? ¿Sabe, doctor, que corrió usted el riesgo de hacer que la noche retornara a mi cerebro? ¡Bendito sea Dios! Hacer que los retratos hablen, que se salgan vivos de sus marcos... (Contempla a Frida y a Di Nolli, después mira a la marquesa, y finalmente se mira el traje que tiene puesto.) ¡Oh, es una combinación magnífica! Dos parejas... ¡Magnífico, doctor, magnífico!... Para un loco... (Señalando apenas a Belcredi.) A él, esto le parecerá ahora una mascarada fuera del tiempo, ¿no es así? (Se vuelve para mirarlo.) Ya puedo quitarme este disfraz para irme contigo, ¿no te parece?
 
Belcredi: ¡Conmigo! ¡Con nosotros!
 
Enrique IV: ¿Adónde? ¿Al Círculo? ¿De frac y corbata blanca? ¿O a casa de la marquesa, los dos juntos, tú y yo?
 
Belcredi: ¡Adonde quieras! ¿Querrías, acaso, permanecer aún aquí, para perpetuar, solo, lo que fue una desdichada broma en un día de carnaval? Es increíble, te lo aseguro, que hayas querido continuarla, después de haberte liberado de la desgracia que te había ocurrido.
 
Enrique IV: Desde luego... Pero ya ves. Es que al caerme del caballo y golpearme la cabeza, estuve loco de veras, no sé por cuánto tiempo...
 
Doctor: ¡Ah! ... Eso... ¿Y duró mucho tiempo?
 
Enrique IV: (Rapidísimo, al doctor). Si, doctor, mucho, cerca de doce años. (Y en seguida, volviendo a hablar con Belcredi.) ¡Y el no ver ya nada más de todo aquello que sucedió después de aquel día de carnaval! El cambio de las cosas, su evolución..., los amigos..., cómo me traicionaron; el sitio que otros tomaron, no lo sé, pero lo supongo, en el corazón de la mujer que amaba; los que habían muerto; los que habían desaparecido..., todo esto, ¿comprendes?, no fue para mí una burla, como a ti te parece.
 
 
Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1934.
 
La ilustración corresponde a la puesta en escena de Enrique IV en el teatro Goldoni de Venecia.

jueves, 16 de febrero de 2017

Carnaval: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

 
(Fragmento del quinto libro: La noche en blanco)

16 de Febrero de 1833

 
La noche del 16 de febrero de 1833 fue una noche bendita. Sobre sus sombras estaba el cielo abierto. Fue la noche de la boda de Marius y Cosette.
 
La fiesta del casamiento se efectuó en casa del señor Gillenormand.
 
A pesar de lo natural y trillado que es el asunto del matrimonio, las amonestaciones, las diligencias civiles, los trámites en la iglesia ofrecen siempre alguna complicación; por eso no pudo estar todo listo hasta del 16 de febrero. Ahora bien, ese 16 de febrero era martes de Carnaval, lo cual dio lugar a vacilaciones y escrúpulos, en particular de la señorita Gillenormand.
 
- ¡Martes de Carnaval! -exclamó el abuelo- Tanto mejor. Hay un refrán que dice: 

Si en Carnaval te casas 
no habrá ingratos en tu casa.
 
Unos días antes del fijado para el casamiento, Jean Valjean tuvo un pequeño accidente. Se lastimó el dedo pulgar de la mano derecha; y sin ser cosa grave, como que no permitió que nadie lo curara ni que nadie viera siquiera en qué consistía la lastimadura, tuvo que envolverse la mano en una venda y llevar el brazo colgado de un pañuelo, por lo cual no le fue posible firmar ningún papel. Lo hizo en su lugar el señor Gillenormand, como tutor sustituto de Cosette.
 
Todo fue normal ese día, salvo un incidente que se produjo cuando los novios se dirigían a la iglesia. Debido a arreglos en el pavimento, la comitiva nupcial hubo de pasar por la avenida donde se desarrollaba el Carnaval. En la primera berlina iba Cosette con el señor Gillenormand y Jean Valjean. En la segunda iba Marius.
 
Los carruajes tuvieron que detenerse en la fila que se dirigía a la Bastilla; casi al mismo instante en el otro extremo, la otra fila que iba hacia la Magdalena, se detuvo también. Había allí un carruaje lleno de máscaras que participaban en las fiestas.
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Carnaval: LOS DOMINÓS DE ENCAJE, de Emilia Pardo Bazán


(Fragmento)

¡Cómo les palpitaba el corazón a las dos loquillas, cuando por la puerta de la verja, a espaldas del palacio, salieron a pie y solas, envueltas en sus dominós de blanco encaje riquísimo, y pisando con tiento la acera, a fin de alcanzar un simón antes de que los pulidos zapatitos de raso se les manchasen de barro y polvo vil!

Habían madurado aquel plan todo el invierno. Lo habían acariciado en las veladas que pasaban juntas, lejos de la cargante vigilancia de Frau Mathilda, el aya vienesa. Habían pensado y discutido los menores detalles, como prisioneros que combinaban la evasión. Y al llegar la época de carnestolendas, lo tenían todo arreglado y previsto: poseían los billetes, tenían una doble llave de la verja, encargada secretamente a un cerrajero, y los disfraces, los dominós, hechos con arte de dos magníficos velos de punto a la aguja, traídos de Francia para lucirse en la ceremonia nupcial.

Porque Mercedes y Rosa iban a casarse en Pascua, y tiernamente enamoradas de sus gallardos novios, querían antes del momento decisivo é irrevocable, someterles a una pequeña prueba, de la cual, seguramente, saldrían vencedores. Deseaban las dos señoritas ver si en efecto se abstenían sus prometidos de concurrir a aquel baile de máscaras de que tanto se hablaba, el de la "Asociación artística", baile cuyas panderetas y sonajas les repicaban en los oídos un mes antes de que se celebrase; como un himno al placer y a la alegría carnavalesca.

Con los billetes que les había proporcionado de ocultis, Mercedes y Rosa entraron con dificultad en el baile. Asediadas desde el primer momento por los requiebros e impertinencias de muchos hombres, jóvenes y viejos, finos y bastos, apretó la mayor el brazo de la menor, diciendo bajito: "No te sueltes". Lo que llamaba la atención en aquellas mascaritas tan iguales y tan bien calzadas, era la riqueza de sus dominós, la magnificencia del encaje que, montado sobre raso, las envolvía de la cabeza a los pies, delatando la calidad las damas que se permitían el lujo de tal disfraz. Ellas, indiferentes a la sensación que producían, miraban a todas partes ansiosamente, por si descubrían a sus novios entre el gentío. Y con rápida explosión de gozo, cuchicheaban de tiempo en tiempo: "Pues no están ... ", "Pues no están", "Han cumplido su palabra ... " "Lo ves, mal pensada?, añadía la rubia Rosa pellizcando suavemente a la morena Mercedes. De pronto ésta devolvió a su hermana el pellizco, pero tan furioso y cruel, que Rosa, reprimiendo el chillido, por poco suelta las lágrimas. "Ahí están, rugía Mercedes hecha una leona. "Allí, allí", No necesitaron buscarlos. Atraídos por el murmullo de admiración que levantaban los dominós de encaje, acercáronse los novios, y más decididos que los demás galanes, empezaron a sitiar en toda regla a las mascaritas, tan cegados por el destino que ni un minuto se les ocurrió que pudiesen estar conquistando a sus futuras esposas...

Amanecía cuando las fugitivas, después de mil apuros, lograron zafarse de sus cortejos y restituirse al palacio sin ser vistas ni sorprendidas por nadie. Ya en su tocador, se quitaron los antifaces y se desahogaron. Rosa hipaba; Mercedes pateaba de cólera. "Yo creí que los hombres tenían palabra, sollozaba la rubia; y la morena bramaba, echando rayos por los ojos: "Cree que todos son igualitos. ¡Buena canalla! Mira, Rosa, que no se enteren de nada. No hagas escena. Hasta después ... no conviene que sepan ni esto. Casémonos primero, que luego ... ya verán" Si los dos alegres troneras del baile hubieran podido ver en aquel instante la cara de Mercedes ... se echan a temblar, de seguro.

Y a temblar se echaron con todo su cuerpo cuando, el día de la boda, sobre la hermosa cabeza de sus desposadas, encubriendo con ondas de nítida espuma el simbólico azahar, reconocieron los dominós de encaje del baile... La expresión de terror que se gravó en sus rostros fue tan cómica, que Mercedes, soltando una carcajadita y señalando el velo virginal, dijo sarcásticamente:

-- Los conoceis, ¿eh? También nosotras os conocemos a vosotros...

 
Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921)
 
La ilustración corresponde a Salida de un baile de máscaras (1905), de José García Ramos.

lunes, 13 de febrero de 2017

Carnaval: LA ROMANA, de Alberto Moravia

"... tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval."
 
(Fragmento del capítulo VII)

El día siguiente, para que no me molestara mi madre, que ya se mostraba suspicaz, fingí tener una cita con Gino y estuve fuera de casa toda la tarde. Para la boda me había hecho un vestido nuevo, un traje sastre gris, que pensaba ponerme después de la ceremonia. Era mi mejor vestido y vacilé antes de ponérmelo. Pero después pensé que algún día tendría que llevarlo y no sería un día más puro ni más feliz que aquél y que, por otra parte, los hombres juzgaban por las apariencias y me convenía presentarme con mi mejor aspecto para obtener dinero. Y dejé a un lado los escrúpulos. Me puse, por lo tanto, y no sin algún remordimiento, mi hermoso vestido que hoy, cuando de nuevo pienso en él, me parece tan feo y modesto como todas mis cosas de entonces; me peiné con cuidado y me pinté la cara, pero no más de lo que acostumbraba. A propósito de este último detalle, quiero decir que nunca he entendido por qué tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval. Tal vez porque con la vida que hacen estarían muy pálidas o porque temen, si no se pintan de aquella manera tan violenta, no atraer la atención de los hombres y no darles a entender lo suficiente que están dispuestas a dejarse abordar. Yo, en cambio, por más que me canse y ajetree, conservo siempre mis colores sanos y bronceados y, sin modestia, puedo decir que mi belleza ha sido siempre suficiente, sin ayuda de pinturas y cremas, para hacer que los hombres volvieran la cabeza en la calle al pasar yo. No atraigo a los hombres por el carmín o el negro en las cejas, o un falso color rubio pajizo, sino por el porte majestuoso (así por lo menos me lo han asegurado muchos), por la serenidad y la dulzura del rostro, por los dientes perfectos al reír y por la abundancia y la juventud del cabello ondulado y oscuro.
 
Las mujeres que se tiñen el pelo y se emborronan la cara no comprenden que los hombres, juzgándolas desde el principio por lo que son, experimentan una especie de decepción anticipada. Pero yo, tan natural y tan sobria, siempre los he dejado en duda acerca de mi verdadera naturaleza, proporcionándoles así la ilusión de la aventura, cosa que ellos, en el fondo, buscan mucho más que la mera satisfacción de los sentidos.

 

Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

domingo, 12 de febrero de 2017

Carnaval: VACACIONES EN ROMA, de Henry James


(Fragmento inicial)
 
Sin duda es agradable sentirse alegre en el momento preciso, pero ese momento preciso difícilmente me parecen los diez días del carnaval romano. Sospecho cínicamente que no fueron capaces de mantener en mi imaginación, la brillante promesa que implicaba su leyenda; luego, los acontecimientos me permitieron corroborar que he tenido menos conciencia de las influencias festivas características de la temporada que de la inalienable gravedad del lugar. Hubo un tiempo en que el carnaval era un asunto serio -esto es, auténticamente disfrutable; mas, gracias a las botas de siete leguas que el reino de Italia viene usando en su marcha hacia el progreso en otras direcciones, la moda del jolgorio público ha caído en plena decadencia-. Dudo que un americano pueda concebir con exactitud el estado de ánimo en que el carnaval se llevaba a cabo como una expresión general impulsada por la buena fe; sólo puede decirse a sí mismo que durante un mes del año debe haber cosas -cosas que tienden a verse como una humillación- que es más cómodo tratar de olvidar. Pero ahora que Italia está hecha, el carnaval está deshecho.
 
 
Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916)
 
La ilustración corresponde a El carnaval de Roma (1881), de José Benlliure y Gil.

viernes, 10 de febrero de 2017

Carnaval: LA ITALIA PINTORESCA, de Chateaubriand, Lamartine y otros

 
Segunda parte: Roma
 
(Fragmento del capítulo XIX)

En otro tiempo el Corso se convertía durante el carnaval en una especie de Olimpo donde se reunían todas las divinidades del paganismo; pero la mitología ya no está de moda. En medio de las máscaras se descubre casi siempre la historia del mundo, es decir, un enorme carruaje lleno de personajes que aumentan de bulto a su antojo; zorros y lobos mezclados con corderos y gallinas, por cochero un mono y por lacayos perros y gatos. Las señoras se disfrazan de labriegas, cosa que aumenta infinitamente su gracia. Todas estas escenas están animadas por una alegría loca: es una verdadera fiesta en la cual todos toman parte sin distinción, y que es definitivamente más animada que en ningún otro pueblo. La calle tiene más de una milla de largo, y a cada lado una línea de palacios; figurémonos, pues, este espectáculo de una inmensa galería, entre dos anfiteatros y más de diez mil balcones ocupados por unos cien mil espectadores divertidos por un enjambre de locos durante una semana entera, a razón de cinco horas por día, y tendremos una idea de lo que es el carnaval de Roma.
 
François-René, vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848)
Alphonse de Lamartine (Francia, 1790-1869)
 
La ilustración corresponde al grabado que aparece en la edición original en español de 1840.

jueves, 9 de febrero de 2017

Carnaval: IMÁGENES DE ITALIA, de Charles Dickens

"A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía..."

(Fragmento)

Del Corso sale el carnaval y aquí es donde se reúne. Pero como todas las calles en las que se festeja el carnaval están estrechamente controladas por los dragones, los coches deben tomar primero otro camino e introducirse en el Corso por el extremo opuesto al de la plaza del Pueblo, que es su otra entrada. Nos incorporamos, pues, a la fila de los coches y progresamos con bastante tranquilidad durante un momento; tan pronto avanzando muy lentamente; tan pronto trotando durante una media docena de metros; tan pronto reculando una cincuentena; tan pronto deteniéndonos completamente: según el grado de atestamiento de la calle. Si un coche impaciente se salía bruscamente de la fila y avanzaba al trote con la bárbara idea de ir más deprisa, era en seguida alcanzado o adelantado por un soldado a caballo que, sordo a cualquier protesta como se lo permitía su espada desenvainada, lo llevaba inmediatamente detrás, completamente a la cola del cortejo, y lo transformaba en un punto incierto de la perspectiva más lejana. A veces intercambiábamos un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía; pero por el momento, la captura de los coches fugitivos y vagabundos por los soldados era lo que constituía la principal diversión.
 
Después, entramos en una calle pequeña, en la que, además de la fila de coches que avanzaban, había otra fila, la de los coches que regresaban. Aquí, los confetis y los ramos comenzaron a volar de manera bastante densa y tuve la suerte de ver cómo un señor, vestido de guerrero griego, alcanzaba en la nariz a un bandolero de rubias patillas (éste estaba justamente a punto de lanzar un ramo a una señorita apoyada en una ventana del primer piso), con una precisión que fue muy aplaudida por los asistentes. Mientras que este vencedor griego intercambiaba una observación chistosa con un señor gordo que se encontraba en el umbral de una casa -mitad negro y mitad blanco, como si le hubieran desplumado a medias-, y que le había felicitado por su victoria, recibió una naranja lanzada desde la terraza de una casa, en plena oreja izquierda, y se quedó muy sorprendido, por no decir desconcertado. Sobre todo porque, como se encontraba de pie y el coche se había puesto en marcha justamente en ese instante, sin él esperarlo, vaciló y cayó ignominiosamente, quedando enterrado bajo sus flores.
 
 
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

La ilustración corresponde a La fiesta del Corso (1848), de Wilhelm Marstrand.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL DE ROMA, de J. W. von Goethe


El Corso

El carnaval de Roma se concentra en el Corso, que es la calle que limita y determina los festejos públicos de estos días. En cualquier otra parte sería una fiesta distinta, y por ello debemos, antes que nada, describir el Corso.
 
Como muchas calles largas de las ciudades italianas, debe su nombre a las carreras de caballos con las que termina en Roma cada jornada del carnaval, y con las que, en otros lugares, se pone punto final a otras celebraciones, como una fiesta patronal o la consagración de una iglesia.
 
La calle se extiende en línea recta desde la Piazza del Popolo hasta el Palacio de Venecia. Mide unos tres mil quinientos pasos de largo y está flanqueada por edificios altos, en su mayor parte suntuosos. El ancho no guarda proporción con la longitud ni con la altura de los edificios. Unas aceras de adoquines para los peatones le restan de seis a ocho pies por cada lado. En medio, en casi todos los tramos, no quedan más que doce o catorce pasos para las carrozas, de modo que resulta evidente que con esa anchura pueden a lo sumo circular en paralelo tres vehículos.
 
Durante el carnaval, el obelisco de la Piazza del Popolo señala el límite inferior de esta calle, mientras que el palacio de Venecia marca el superior.
 
 

Paseo en carroza por el Corso

El Corso de Roma es un lugar ya de por sí animado todos los domingos y festivos. Antes del anochecer, los romanos más nobles y adinerados acuden aquí a pasear durante una hora u hora y media en sus carrozas, que forman una nutrida fila; los coches bajan desde el palacio de Venecia circulando por la izquierda, pasan, cuando el tiempo acompaña, por el obelisco, y salen por la puerta del Popolo hasta llegar a la Via Flaminia.
 
Cuanto más avanza el carnaval, más divertido es el aspecto de los coches. Incluso la gente seria que va en carroza sin disfraz permite que sus cocheros y lacayos se disfracen. La mayor parte de los cocheros suele decidirse por los vestidos de mujer, y en los últimos días da la impresión de que sólo las mujeres llevan las riendas. Se trata de disfraces decentes, en ocasiones incluso atractivos; aunque no falta, en el extremo opuesto, el tipejo feo y grueso que se viste a la última moda, con un tocado alto y lleno de plumas, y hace el efecto de una gran caricatura; y, así como aquellas beldades oían elogiar su belleza, éste tiene que sufrir que más de uno se le acerque y le suelte en sus propias narices: «O fratello mio, che brutta puttana sei!».
 
Es costumbre que cuando el cochero encuentra a una o dos de sus amigas entre el gentío las honre haciéndolas subir al pescante. Entonces, sentadas a su lado y normalmente disfrazadas de hombre, sus delicadas piernecitas de polichinela, con pies pequeños y tacones altos, suelen revolotear entre las cabezas de los transeúntes.
 
Lo mismo hacen los lacayos, que acogen amigos y amigas en la parte posterior de la carroza; lo único que faltaría es que, como en las diligencias inglesas, se sentaran en el imperial.
 
Da la impresión de que incluso a los señores les complace ver sus carrozas llenas hasta los topes; y que es durante estos días todo está bien visto y permitido.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832)

(Traducido al español por Juan de Sola)

Las ilustraciones corresponden a Carnaval en Roma (1650-51), de Johannes Lingelbach, y un grabado de la carroza del duque de St. Aignan, embajador de Francia en Roma (1735).