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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

viernes, 31 de marzo de 2017

Carnaval: EL LABERINTO DEL MUNDO, de Marguerite Yourcenar

 
(Fragmento)

¿Qué clase de aventura puede esperarse en la Ópera, en medio del hormigueo de una multitud encapuchada y con antifaces negros, que fluye o se aglutina tan incomprensible como una hilera de hormigas o una cresa de abejas? ¿Una impura que juega a ser una gran dama disfrazada de mujer galante, y a quien vigila un chulo desde lejos? ¿Una mundana disfrazada de soltera y a la que sigue su marido celoso sin que ella se dé cuenta? ¿Una doncella engalanada por una noche con las joyas de su ama que finge ser una mujer de mundo? Más valdría dedicarle la noche a la amable y acomodaticia Blanchette (le escojo este nombre), de oficio pasamanera (también su oficio es elegido por mí), a quien tan fácil es distraer los domingos, tras una hora de intimidad en la cama, ofreciéndole cuando llueve ir a visitar el Louvre, y cuando hace buen tiempo, dar un lento paseo por los jardines del Luxemburgo. Con esta clase de mujeres, no se deja uno embaucar.
 
Evoca sin placer la algarabía de risas tontas desencadenadas por unas réplicas que no merecen la pena, el tono agudo de las chanzas tradicionales, el relente de los perfumes y pomadas de las mujeres. Aún suponiendo que él lleve a cenar al Cadran Bleu o al Frères Provençaux a una bella desconocida, sabe a qué atenerse sobre la obsequiosidad licenciosa del mozo que le abre la puerta de un gabinete reservado, con el olorcillo aún no disipado de la comida anterior y la bocanada de polvo que se desprende del canapé de reps rojo cuando la hermosa se deja caer en él. ¿Estará sana, por lo menos? El recuerdo del museo Dupuytren, adonde su padre, Charles-Augustin, lo llevó durante una de las visitas que hace regularmente a París para consultar a sus médicos, ensució un instante la mente del joven. ¿Es obligatorio que él haga el amor con un dominó desconocido sólo porque hoy es martes de Carnaval?


Marguerite Yourcenar (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)
 
La ilustración corresponde a Baile de máscaras en la Ópera, del pintor belga Charles Hermans. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Carnaval: LA EXPIACIÓN, de Silvina Ocampo


"... en la semana de carnaval descubrí (...) ese muñeco hecho de estopa, con grandes ojos azules..." 

(Fragmento)

Ruperto, ignorando la mala impresión que causaban sus visitas, venía con la misma frecuencia y con los mismos hábitos. A veces, cuando yo me retiraba del patio para evitar sus miradas, mi marido con algún pretexto me hacía volver. Pensé que de algún modo le agradaba aquello que tanto le desagradaba. Las miradas de Ruperto me parecían ya obscenas, me desnudaban bajo la sombra del parral, me ordenaban actos inconfesables cuando a la caída de la tarde una brisa fresca acariciaba mis mejillas. Antonio, en cambio, nunca me miraba o fingía no mirarme, según me lo aseguraba Cleóbula. No haberlo conocido, no haberme casado con él, ni conocido sus caricias, para volver a encontrarlo, a descubrirlo, a entregarme a él, fue durante un tiempo uno de mis deseos más ardientes. ¿Pero quién recupera lo que ya perdió?

Me incorporé, me dolían las piernas. No me gusta estar quieta tanto tiempo. ¡Qué envidia tengo a los pájaros que vuelan! Pero los canarios me dan pena. Parece que sufrieran cuando obedecen.

Antonio no trataba de evitar las visitas de Ruperto: por lo contrario, las fomentaba. Durante los días de carnaval llegó al extremo de invitarlo a quedarse en nuestra casa, una noche en que se demoró hasta muy tarde. Tuvimos que alojarlo en el cuarto que Antonio ocupaba provisoriamente. Aquella noche, como la cosa más natural del mundo, volvimos a dormir juntos, mi marido y yo, en la cama de matrimonio. Mi vida se encauzó de nuevo desde aquel momento en su antigua normalidad; así lo creí, al menos.

Vislumbré en un rincón, debajo de la mesa de luz, el famoso muñeco. Pensé que podría recogerlo. Como si hubiese hecho un ademán, Antonio me dijo:

-No te muevas.

Recordé aquel día en que al acomodar los cuartos, en la semana de carnaval, descubrí, para mal de mis pecados, arrumbado sobre el armario de Antonio, ese muñeco hecho de estopa, con grandes ojos azules, de un material blando, como de género, con dos círculos oscuros en el centro, imitando las pupilas. Vestido de gaucho hubiera servido de adorno en nuestro dormitorio. Riendo se lo mostré a Antonio, que me lo quitó de las manos con fastidio.

-Es un recuerdo de infancia -me dijo-. No me gusta que toques mis cosas.

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993)
El texto íntegro se puede leer en Ciudad Seva

miércoles, 29 de marzo de 2017

Carnaval: DAVID GOLDER, de Irène Némirovsky

"... la calle de Niza en aquella noche de Carnaval, llena de máscaras que pasaban cantando..."
 
(Fragmento del capítulo XVIII)
 
- ¡Antes! -repitió ella-, ¿sabes cuántos años hace?... Es espantoso...
 
- Cerca de veinte años.
 
- Desde 1901. Fue en el carnaval de Niza de 1901. ¡Veinticinco años!
 
- Sí -murmuró él-, una extranjerita extraviada en las calles, con su sombrero de paja, su vestido sencillo... ¡Qué pronto cambió todo aquello!
 
- Entonces me querías... y... Ahora no tienes cariño más que al dinero... Ya lo sé, ya... Si no fuese por mi dinero.
 
Él se encogió de hombros.
 
- ¡Chitón! ¡Chitón! No te enfades, que te pones más vieja... y esta noche me siento muy tierno... ¿Te acuerdas, Gloria?
 
- Sí.
 
Callaron ambos, evocando al mismo tiempo, sin duda, la calle de Niza en aquella noche de Carnaval, llena de máscaras que pasaban cantando; las palmeras, la luna, el vocerío de la muchedumbre en la plaza de Masséna..., su juventud..., la hermosa noche, voluptuosa y fácil, como una romanza napolitana...
 
 
 Irène Némirovsky
(Escritora en lengua francesa nacida en Rusia y muerta en Auschwitz, 1903-1942).

La ilustración corresponde a una tarjeta postal del carnaval de Niza. 

martes, 28 de marzo de 2017

Carnaval: ORLANDO, de Virginia Woolf

"... y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria."
 
(Fragmento del capítulo Uno)
 
Pero mientras el campo sufría una extrema indigencia, y el comercio del país estaba paralizado, Londres gozó de un Carnaval por demás brillante. La Corte estaba en Greenwich; y el nuevo rey aprovechó la oportunidad que su coronación le daba para congraciarse con los ciudadanos. A su costo, hizo barrer y decorar el río (que estaba helado hasta unos veinte pies de profundidad y una anchura de seis o de siete millas), y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria. Reservó para él y sus cortesanos un recinto frente a las puertas de Palacio; que, vedado al público por un cordón de seda, fue inmediatamente el centro de la más brillante sociedad de Inglaterra. Grandes hombres de Estado, con sus barbas y sus gorgueras, despachaban asuntos oficiales bajo el toldo carmesí de la Pagoda Real. En glorietas rayadas coronadas de plumas de avestruz, los militares concertaban la conquista del moro y la caída del turco. Los almirantes recorrían de arriba abajo los angostos senderos, telescopio en mano, barriendo el horizonte y refiriendo historias de los hielos boreales de América y de la Gran Armada. Los amantes se demoraban en los divanes tendidos de pieles de marta. Cataratas de rosas escarchadas se desprendían cuando paseaba la Reina con sus damas. En el aire se cernían, inmóviles, globos de colores. Aquí y allá ardían vastas fogatas de madera de cedro y de roble, profusamente salada, para que las llamas fueran de fuego verde, anaranjado, y purpúreo. Ardían ferozmente pero su calor no bastaba a derretir el hielo que, aunque de transparencia singular, tenía la dureza del acero. Era tan límpido que se veían, congelados a una profundidad de varios pies, aquí un puerco marino, allá un lenguado. Cardúmenes de anguilas yacían sin movimiento, y los filósofos perplejos se preguntaban si estaban muertas o si era una simple suspensión de vida que reanimaría el calor.
 
Cerca del Puente de Londres, donde el río estaba helado hasta unas veinte brazas de profundidad, se veía claramente un bote en el fondo, donde había naufragado el último otoño, cargado de manzanas. La vieja del bote, que traía su fruta al mercado de la ribera de Surrey, estaba sentada entre su guardainfante y sus chales con la falda llena de manzanas, como si fuera a atender a un cliente, aunque cierto tinte azulado de los labios insinuaba la verdad. Era un espectáculo que le agradaba particularmente al Rey Jaime y solía traer a sus cortesanos a que lo contemplaran con él. En una palabra, nada podía superar el brillo y la alegría de la escena durante el día. Pero era por la noche cuando el Carnaval alcanzaba su apogeo. Porque la escarcha seguía intacta; las noches eran de perfecta quietud, la luna y las estrellas ardían con la dura fijeza de los diamantes, y al fino compás de la flauta y de la trompeta bailaban los cortesanos.
 

Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941)

lunes, 27 de marzo de 2017

Carnaval: PLATERO Y YO, de Juan Ramón Jiménez


Capítulo ciento veintiséis

Carnaval
 
¡Qué guapo está hoy Platero! Es lunes de Carnaval, y los niños, que se han disfrazado vistosamente de toreros, de payasos y de majos, le han puesto el aparejo moruno, todo bordado, en rojo, verde, blanco y amarillo, de recargados arabescos. Agua, sol y frío. Los redondos papelillos de colores van rodando paralelamente por la acera, al viento agudo de la tarde, y las máscaras, ateridas, hacen bolsillos de cualquier cosa para las manos azules. Cuando hemos llegado a la plaza, unas mujeres vestidas de locas, con largas camisas blancas, coronados los negros y sueltos cabellos con guirnaldas de hojas verdes, han cogido a Platero en medio de su coro bullanguero y, unidas por las manos, han girado alegremente en torno de él. Platero, indeciso, yergue las orejas, alza la cabeza y, como un alacrán cercado por el fuego, intenta, nervioso, huir por doquiera. Pero, como es tan pequeño, las locas no lo temen y siguen girando, cantando y riendo a su alrededor. Los chiquillos, viéndolo cautivo, rebuznan para que él rebuzne. Toda la plaza es ya un concierto altivo de metal amarillo, de rebuznos, de risas, de coplas, de panderetas y almireces... Por fin, Platero, decidido igual que un hombre, rompe el corro y se viene a mí trotando y llorando, caído el lujoso aparejo. Como yo, no quiere nada con los Carnavales... No servimos para estas cosas...
 
 
Juan Ramón Jiménez (España, 1881-1958). Obtuvo el premio Nobel en 1956

domingo, 26 de marzo de 2017

Carnaval: PEDIGRÍ, de Georges Simenon


"... recuerda haber visto toda una estantería llena de máscaras, de narices de cartón y de carracas."
 
(Fragmento del capítulo 2)

Recuerda que antes, al pasar ante la tienda de Kreutz, el comerciante de muñecas, al lado de su casa -su casa, como dice siempre, es la casa de sus padres-, recuerda haber visto toda una estantería llena de máscaras, de narices de cartón y de carracas.
 
- Es el primer domingo de carnaval -anuncia.
 
Élise no comprende por qué habla de eso, pues el primer domingo es el carnaval de los niños. Pero es que Désiré recuerda los carnavales de cuando él era pequeño.
 
- ¿Están lo bastante azucaradas las zanahorias?
 
- Están muy buenas. ¿Las has preparado tú, Valérie?
 
- ¡Pobre Valérie, si supieras todo lo que hace! ¡Me pregunto lo que habríamos hecho sin ella!
 
- Pero la tenemos aquí. ¿Y no es así? Puesto que Valérie está aquí, ¿por qué torturarse? Désiré no comprende.
 
- Ha venido Félicie.
 
- ¿Iba achispada?
 
Una palabra que le sirve para indicar que no del todo bebida…, pero tampoco en ayunas.
 
- ¡Désiré!
 
Y le indica a Valérie.
 
- ¿Y qué? ¿Acaso Valérie no sabe que tu hermana…? ¿Un poco más de carne, Valérie? Que sí, mujer; hay que recuperar fuerzas.
 
Hasta las tres, las calles permanecen vacías, o casi, y después se ven algunas familias con ropas oscuras y que, sin convicción, llevan con ellas niños disfrazados. Un torero minúsculo tiembla bajo un abrigo de paño y hace girar una carraca, mientras tiran de su mano.
 

Georges Simenon (Bélgica, 1903-1989)

sábado, 25 de marzo de 2017

Carnaval: EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco


(Fragmento del séptimo día: Noche)

- No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones... Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros contra el orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas parodias del orden... al final de la comida, después de haber vaciado las jarras y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabeza abajo... Pero aquí, aquí... -y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos, se la convierte en objeto de filosofía, y de pérfida teología... Ayer pudiste comprobar cómo los simples pueden concebir, y realizar, las herejías más indecentes, haciendo caso omiso tanto de las leyes de Dios como de las de la naturaleza. Pero la iglesia puede soportar la herejía de los simples, que se condenan por sí solos, destruidos por su propia ignorancia. La inculta locura de Dulcino y de sus pares nunca podrá hacer tambalearse el orden divino. Predicará la violencia y morirá por la violencia, no dejará huella alguna, se consumirá como se consume el carnaval, y no importa que durante la fiesta se haya producido en la tierra, y por breve tiempo, la epifanía del mundo al revés. Basta con que el gesto no se transforme en designio, con que esa lengua vulgar no encuentre una traducción latina. La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932-2016)

Con motivo del fallecimiento de Umberto Eco, este párrafo de El nombre de la rosa, su novela más célebre, se inscribe en la serie de textos sobre el carnaval, que he venido recopilando durante las últimas semanas. Bajo la etiqueta con su nombre es posible leer varias referencias a su obra:
Umberto Eco 

viernes, 24 de marzo de 2017

Carnaval: BALTASAR (El cuarteto de Alejandría), de Lawrence Durrell

"Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes."
 
(Fragmento)

En Alejandría el carnaval es un acontecimiento social, sin relación con ninguna de las otras fiestas religiosas del calendario de la ciudad. Supongo que debe de haber sido instituida por las tres o cuatro grandes familias católicas del lugar -quizá tenían la impresión de identificarse a través de él, vicariamente, con la otra orilla del Mediterráneo, con Venecia y Atenas-. Sin embargo no hay en la actualidad familia rica -sea copra, musulmana o judía- que no posea un armario lleno de dominós de terciopelo para esos tres días de locura. Después de Año Nuevo es quizá la celebración cristiana más importante del año, pues la norma vigente en esos tres días con sus noches es la del anonimato absoluto, el anonimato conferido por el sinestro dominó de terciopelo negro que oculta la identidad y el sexo, impide distinguir al hombre de la mujer, a la esposa del amante, al amigo del enemigo.
 
En ese momento las más locas aberraciones de la ciudad se manifiestan audazmente bajo la protección de los invisibles Señores del Desgobierno que presiden la estación. No bien oscurece, las dos, luego en pequeños grupos, a menudo acompañados de instrumentos musicales o tambores, riendo y cantando camino de alguna gran casa o club nocturno donde el aire de afectada indiferencia se funde en el calor negro del jazz, en el contrapunto hosco, empalagador, de saxofones y tambores. Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes. El disfraz da a todos una lúgubre y obsesiva uniformidad de contornos que inquieta a los egipcios vestidos de blanco y los llena de alarma -el estremecimiento de un miedo condimentado con la sal de las risas frenéticas que salen de las casas, y que la ligera brisa de tierra lleva hasta los cafés de la costa; una alegría que por su estridencia misma parece temblar siempre al borde de la locura-.
 
Lentamente la luna azulada de la primavera se encarama sobre las casas, trepa a los minaretes entre las palmeras restallantes, y con ella la ciudad parece desplegarse como un animal que, terminado el invierno, sale de su cueva, se estira empieza a beber la música de esos tres días de fiesta.
 

Lawrence Durrell (Inglés nacido en India y fallecido en Francia, 1912-1990).

jueves, 23 de marzo de 2017

Carlos Fuentes: EL CARNAVAL EN BUSCA DE AUTOR (primera parte)

"... es el diablo quien organiza el carnaval..."

No es necesario ser un erudito ni tampoco un experto en la obra de Carlos Fuentes para advertir su naturaleza carnavalesca, por eso es que Yvette Jiménez de Báez, en Consolidación y transgresión desde la fiesta en La región más transparente, atribuye esa condición a la novela primigenia de Fuentes, al referirse al personaje de Lally –la amante de Bobó-, como “la reina del carnaval”, para después establecer cuando la narración “da un vuelco en espiral y regresa al comienzo. Los bongoseros de Lally establecen el contacto con el bongó del cabaret de Gladys. El espacio de ficción permite, por un breve lapso, el encuentro de los mundos escindidos. Se sucederán los signos liberadores.” Que sería justo la esencia misma del carnaval, durante cuya celebración los participantes se escapan de sus habituales códigos de conducta, así como de las jerarquías y convencionalismos inherentes, para entregarse a “un tipo particular de comunicación inconcebible en situaciones normales–de acuerdo con el teórico de la novela Mijail Bajtín.
 
Al margen de esa interpretación, también existen un par de alusiones al carnaval en La región más transparente, aunque en lenguaje figurado, cuando el personaje Manuel Zamacona afirma: “¿No ve usted a México descalabrado por ponerse a la par de Europa y los Estados Unidos? Pero si usted mismo me lo acaba de decir, licenciado. ¿No ve al porfirismo tratando de justificarse con la filosofía positivista, disfrazándonos a todos? ¿No ve usted que todo ha sido un carnaval, monárquico, liberal, comtiano, capitalista?” Y después, en el exaltado capítulo final de la novela, ... y las palabras mudas y los ojos brillantes de Ayutla: se ha corrido el telón sobre el carnaval, pero antes deben pagarse sus galas...
 
No como una reina pero sí la princesa del carnaval define a Priscila Holguín, personaje de Adán en Edén:
 
Ella, en cambio...
 
Era la Reina de la Primavera, paseaba a lo largo de la Reforma en un coche alegórico (ante la indiferencia, es cierto, de los peatones). Era la princesa del carnaval de Mazatlán (antes de pasar al princesado gemelo de Veracruz). Era la madrina de la cervecería Tezózomoc en beneficio de los asilos de ancianos. Inauguraba tiendas, cines, carreteras, spas, iglesias, cantinas... y no porque fuera la más bonita.
 
Por su parte, Adolfo Castañón define Cristóbal Nonato como un proyecto de novela carnaval y de narración polifónica”, mientras que Ramón López Castro estaría de acuerdo cuando afirma: “… pero donde el juego desacraliza y vuelve a veces al académico y amargo Ulises en el porvenir (por ende, portador de cierta esperanza), Cristóbal, como en un día de carnaval en donde el amo se disfraza de sirviente y el esclavo da las ordenanzas del día, donde lo mestizo se impone a lo europeo occidentalizado, a lo indígena, a lo africano. La fusión de la pesadilla mexicana con el sueño, la esperanza de la raza cósmica con pies de barro.” El siguiente es un párrafo que corresponde al cuarto capítulo, Los veneros del diablo:
 
CIRCO Y CIRCO
trascendencia de la romana demagogia que prometía, además, los maderos de sanjuán, quieren pan y no les dan, el santo olor de la panadería, pan con pan no sabe, pero ¡qué tal circo con circo? Ah, suspiró don Homero, el sentido del carnaval católico era cancelar el terror, aunque nuestro pariente Benítez diría que entre nuestros inditos es el diablo quien organiza el carnaval.
 
Kristine Ibsen en Memoria y deseo: Carlos Fuentes y el pacto de la lectura, asegura que la naturaleza carnavalesca de la obra no es, sin embargo, gratuita, pero dicho esto en referencia a Cambio de piel, una novela anterior a Cristóbal Nonato publicada en 1967, en la que el carnaval se menciona en múltiples ocasiones: la noche, al disfrazarnos, nos permitía decir la verdad, como en los carnavales...” O esta otra: “Lo malo no es ser puta. Es ser una puta poco profesional. Lo malo no es ser ladrón. Es ser un raterillo pinche. Lo malo no es ser criminal... Pero en fin, qué importa. Importan las odaliscas, el sideshow, el carnaval que nos divierta un poco.” Y algunas más hasta culminar con este párrafo sobre carnaval y cuaresma que incluye la participación del Rey Momo:

... las cabras con alas y cabezas de aves rapiegas y el tercer telón se aparta para revelar, al fin, la fusión esperada de ese arte increado que resuelve la tensión entre la vida popular y la leyenda cristiana: juegos infantiles, carnaval contra cuaresma, y Franz entra al escenario de la mano de su joven Lazarillo, el muchacho rubio, rengo, que aquí creció y conoce todos los secretos de la aldea: el secreto de la sensualidad prometida, pues sea carnaval, cuaresma o ronda, hartazgo, supresión o anhelo, todo se resuelve en aproximaciones, presencias o alejamiento frente a esa sensualidad que primero exorciza un rey de burlas, Momo con un ojo azul y el otro café, coronado por un basurero de mimbre, que muestra el cetro de una caña con dos peces muertos y es tirado por un monje archivista y una mujer y seguido por los niños con matracas que en la imagen superpuesta domina el proscenio con su juego de aros pero aquí, al fondo, sigue a este triste Rey Momo de batón gris y derrengada cofia blanca...

En su relato A la víbora de la mar, incluido en Cantar de ciegos y dedicado a Julio Cortázar, alguien propone: "¿La cola va a ser el tema de esta noche? Bien: supongamos que la gente es identificada por su cola y no por su cara." Por lo que el personaje de nombre Tommie le pregunta: "¿Cómo te reconoceré en el carnaval con esa mascarita en la cola?".

Continuaremos con esta somera revisión de los carnavales literarios presentes en la obra de Carlos Fuentes, en una segunda parte.
Jules Etienne