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Invierno en Vancouver. Nieve sobre la bahía (fotografía de Jules Etienne).

domingo, 12 de marzo de 2017

Carnaval: LA MÁSCARA DE LA MUERTE, de José Echegaray


(Fragmento)

«¿Qué es aquello? Bordes sin labios, dientes al descubierto y sin sonrisa, pómulos verdosos, huesos obscuros en que hubo ojos cristalinos, cráneo sin cabellera: una calavera parece. Pero acaso no lo sea: estamos en Domingo de Carnaval: quizá sea como yo una careta. ¿Será la muerte o la imitación de la muerte? ¿Será la verdad o la mentira? ¿Lo que fingen o ser, aun siendo? ¿Y aun siendo una calavera, es una realidad o una apariencia? ¿La muerte es otra careta como yo o es la nada eterna?»

Y así se miraban: las dos, sin ojos: dos huecos en el hueso, dos agujeros en el cartón.

¿Era la nada que se contemplaba a sí misma? ¿Era la burla que de sí misma se burlaba? ¿Era una careta que iba a visitar a otra careta? La noche fue avanzando, y fue declinando el disco luminoso. La careta se quedó a obscuras: pronto se confundió con los terrones en que se apoyaba. El último rayo de luna brilló breves momentos sobre el pelado cráneo como sobre un espejo: después en sombras también. Y entre las sombras quedaron frente a frente la careta de la locura y la careta misteriosa de lo eterno. Y empezó el segundo día de Carnaval.
 
 
José Echegaray (España, 1832-1916) Obtuvo el premio Nobel en 1904.

sábado, 11 de marzo de 2017

Carnaval: CÁNDIDO, O EL OPTIMISMO, de Voltaire

"... he venido a pasar el carnaval en Venecia."

(Fragmento)

Cándido, roto por la alegría y la tristeza, satisfecho de haber visto al fin a su fiel mensajero, un tanto extrañado al verle esclavo, pensando nada más en volver a ver a su amada, con el corazón palpitante y el ánimo conmocionado, se sentó a la mesa con Martín, que mantenía la calma en medio de todas aquellas aventuras, y con los extranjeros que habían acudido al carnaval de Venecia.
 
Cacambo, que servía la bebida a uno de aquellos extranjeros, hacia el final de la comida, se acercó al oído de su amo y le dijo:
 
- Señor, Vuestra Majestad puede partir cuando quiera, el barco está listo.
 
Pronunciadas estas palabras, salió. Los comensales se miraban extrañados sin decir ni pío, cuando otro criado, aproximándose a su amo, le dijo:
 
- Señor, el carruaje de Vuestra Majestad se encuentra en Padua y el barco está ya listo.
 
El amo hizo un gesto y el criado se fue. Todos los comensales volvieron a mirarse más extrañados todavía. Un tercer criado se acercó también a un tercer extranjero y le dijo:
 
- Señor, debéis escucharme, Vuestra Majestad no debe permanecer aquí ni un minuto más: voy a prepararlo todo.
 
E inmediatamente desapareció. En aquel momento Cándido y Martín creyeron que se trataba de una broma de carnaval. Un cuarto criado le dijo al cuarto amo:
 
- Señor, Vuestra Majestad puede partir cuando quiera.
 
Y salió lo mismo que los demás. El quinto criado se comportó igual con el quinto amo. Pero el sexto criado habló de manera diferente al sexto extranjero que estaba junto a Cándido, diciéndole:
 
- Os juro, señor, que ya no nos fían ni a Vuestra Majestad ni a mí, por lo que nos podrían meter entre rejas esta noche, a vos y a mí, así que yo voy a arreglar mis asuntos, adiós.
 
Una vez idos todos los criados, los seis extranjeros, Cándido y Martín guardaron un profundo silencio, que Cándido rompió por fin diciendo:
 
Señores, se trata de una broma un tanto particular. ¿Por qué todos son reyes? Yo les confieso que ni Martín ni yo lo somos.
 
El amo de Cacambo habló con gravedad entonces y dijo en italiano:
 
- No estoy bromeando, me llamo Achmet III, y durante varios años he sido sultán; yo destroné a mi hermano; mi sobrino me destronó a mí y degolló a mis visires; ahora veo acabar mis días en el viejo harén; mi sobrino, el gran sultán Mahmond, me permite a veces viajar por motivos de salud y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
Un joven que se encontraba cerca de Achmet habló tras él, y dijo:
 
- Yo me llamo Iván y he sido emperador de todas las Rusias; estando en la cuna me destronaron, y a mi padre y a mi madre les encarcelaron; he sido educado en la cárcel; a veces me permiten viajar, acompañado por mis guardianes y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
El tercero dijo:
 
- Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra; mi padre me cedió sus derechos al reino y he luchado por defenderlos; arrancaron el corazón a ochocientos partidarios míos y les golpearon con ellos en las mejillas; me han encarcelado; voy a Roma a visitar a mi padre el rey, destronado como yo, y a mi abuelo; y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
A continuación tomó la palabra el cuarto y dijo:
 
- Soy rey de los polacos; la guerra me ha privado de las tierras que heredé y mi padre sufrió igual suerte; me resigno ante la Providencia como el sultán Achmet, el emperador Iván y el rey Carlos Eduardo, ¡que Dios les conceda larga vida! Yo he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
El quinto dijo:
 
- Yo también soy rey de los polacos; dos veces he perdido mi reino, pero la Providencia me ha concedido otro estado en el que he hecho más bien que el que hayan podido hacer a orillas del Vístula todos los reyes de los sármatas juntos. Yo también acepto los designios de la Providencia y he venido a pasar el carnaval en Venecia.
 
Faltaba explicación del sexto monarca.
 
- Señores -dijo-, ustedes tienen mayor dignidad que yo; pero yo también he sido rey como cualquier otro; soy Teodoro y fui elegido rey de Córcega. Entonces me daban tratamiento de Vuestra Majestad, mientras que ahora apenas si me llaman señor; acuñaba moneda y ahora no poseo ni un céntimo; tenía dos secretarios de Estado y ahora ni un criado; me he sentado en un trono y en Londres he estado durante mucho tiempo en la cárcel durmiendo sobre paja; presiento que voy a ser tratado aquí de la misma manera, aunque haya venido, como Vuestras Majestades, a pasar el carnaval en Venecia.
 
Los otros cinco reyes escucharon estas palabras con generosa compasión. Cada uno entregó al rey Teodoro veinte cequíes venecianos para que se comprara ropa de vestir, y Cándido le regaló un diamante que valía dos mil cequíes, ante lo cual los cinco reyes se preguntaban: Pero ¿quién será este hombre especial que puede dar cien veces más que cada uno de nosotros y que además lo da? En ese mismo momento en que se retiraban de la mesa, llegaron a aquella fonda otras cuatro altezas serenísimas que también habían perdido sus Estados a causa de la guerra y que venían a pasar el resto del carnaval en Venecia. Cándido ni siquiera reparó en aquella gente pensando tan sólo en ir a Constantinopla en busca de su querida Cunegunda.
 
 

Voltaire: François-Marie Arouet (Francia, 1694-1778).

jueves, 9 de marzo de 2017

Carnaval: GOG, de Giovanni Papini

"Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día..."

(Fragmento del capítulo Las máscaras)

Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos graves; bellos de la vida.
 
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión, justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
 
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
 
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás? Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
 
Me parece que las ventajas de la adopción universal de la máscara serían muchas.
 
 
Giovanni Papini (Italia, 1881-1956) 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Carnaval: EL LIBRO DE LAS MUJERES, de Enrique Gómez Carrillo

"... gracias a la claridad multicolora de las linternas venecianas..."

(Fragmento del capítulo Bailarinas de Liliput)
 
Justamente la víspera, leyendo el último libro de Jean Lorrain, el horror nervioso de las caras sin vida, de los ojos vacíos, de las muecas inarmónicas, había sacudido mis nervios con sacudimientos de pesadilla.
 
«- ¡Oh, el espantoso misterio de las máscaras!» exclama el poeta en cada página ante el secreto de las fisonomías mudas e inmóviles que esconden la vida, que ríen sobre las lágrimas, que se enternecen junto a la frialdad, que roban el espectáculo de la existencia, y que engañan, y que atraen, y que hacen pensar en crímenes imperiales, en legendarias conjuraciones, en intrigas dramáticas, en vicios, en pecados, en envenenamientos.

Hay algo de muerto en la máscara, en efecto. ¡Oh, las facciones fijas y rígidas, los músculos helados, la boca que sonríe siempre con su mismo pliegue irónico, y sobre todo los ojos, los ojos vacíos. las órbitas obscuras, en cuyo fondo una pupila humana palpita, se mueve, parece hundirse, parece agonizar y pierde su carácter en la penumbra en que está prisionera!
 
Durante el Carnaval, en los bailes ruidosos, gracias a la claridad multicolora de las linternas venecianas y al torbellino de los trajes de fantasía; las máscaras, en conjunto, llegan a animarse, y si no producen una impresión de vida sana, al menos dan sensaciones de locura. Pero las máscaras aisladas, las máscaras en grupos reducidos, las pobres máscaras que no pueden gesticular, son el símbolo del miedo y del espanto.
 
 
Enrique Gómez Carrillo: Enrique Gómez Tible (Guatemala, 1873-1927)

martes, 7 de marzo de 2017

Carnaval: LOS AGUJEROS DE LA MÁSCARA, de Jean Lorrain

"Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos..."

Capítulo I  

 - ¿Quiere usted verlo? -me había dicho mi amigo De Jacquels-, sea, consiga un dominó y un antifaz, un dominó elegante, de satén negro, cálcese unos escarpines, y, por esta vez, medias de seda negra también, y espéreme en su casa el martes hacia las diez y media; iré a buscarle.
 
El martes siguiente, envuelto en los susurrantes pliegues de una larga esclavina, con una máscara de terciopelo con barba de satén sujeta detrás de las orejas, esperaba a mi amigo De Jacquels en mi piso de soltero de la calle Taitbout, calentando mis pies a la vez ateridos e irritados bajo el contacto desacostumbrado de la seda, en las brasas del hogar; fuera, las bocinas y los gritos exasperantes de una noche de carnaval llegaban confusos desde el bulevar.
 
Resultaba extraño, e incluso pensándolo bien, inquietante a la larga, aquella solitaria velada de un enmascarado recostado en un sillón, en el claroscuro de un piso bajo atestado de objetos, aislado por los tapices, con la llama alta de una lámpara de petróleo y el vacilar de dos largas velas blancas, esbeltas, como funerarias, reflejadas en los espejos colgados del muro ¡y De Jacquels no llegaba! Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos agravaban aún más la hostilidad del silencio; las dos velas ardían tan derechas que, inesperadamente y presa de impaciencia, turbado delante de aquellas tres luces, me levanté para apagar una.
 
En ese momento se separó una de las cortinas y entró De Jacquels.
 
¿De Jacquels? No había oído llamar a la puerta, ni tampoco abrir. ¿Cómo había entrado en mi apartamento? He pensado a menudo en ello después; en fin, De Jacquels estaba allí delante de mí; ¿De Jacquels? Es decir un largo dominó, una forma grande, sombría, velada y enmascarada como yo:
 
- ¿Está usted listo? -preguntaba su voz que no reconocí de tan alterada como estaba-. Mi coche está aquí, nos vamos.
 
Su coche, no lo había oído ni rodar ni detenerse ante mis ventanas. ¿A qué pesadilla, sombra y misterio había empezado a descender?
 
- Es su capucha la que tapona sus oídos; usted no está acostumbrado a la máscara - pensaba en voz alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio-: Tenía pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado.
 
Aquel gesto me tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba bajo el dominó. Cualquier otro no hubiera tenido en cuenta la recomendación que De Jacquels me había hecho hacía una semana.
 
–Bien, nos vamos -ordenaba su voz, y, en un susurro de seda y satén que se roza, nos hundimos en la puerta cochera, semejantes, me parece, a dos enormes murciélagos, con el vuelo de nuestras esclavinas, repentinamente levantadas por encima de los dominós.
 
¿De dónde venía aquel gran viento, aquel soplo desconocido? ¡La temperatura de aquella noche de carnaval era a la vez tan húmeda y blanda!


Jean Lorrain (Francia, 1855-1906)

lunes, 6 de marzo de 2017

Carnaval: GENTE INDEPENDIENTE, de Halldor Laxness


(Fragmento del capítulo 48)
 
Pero Asta Sóllilja había estado esperando el miércoles de ceniza, porque le parecía recordar que el miércoles de ceniza era una cumbre desde la cual podía divisar la Pascua, pero ahora, aparentemente, debía pasar todo el mes de Porri y todo el mes de Góa, y después vendría... el ayuno de nueve semanas. ¿El ayuno de nueve semanas? ¿Nueve semanas? ¿Quién podría sobrevivir a un ayuno así? Pero cobró nuevos ánimos y expresó la esperanza de que cuando el ayuno de las nueve semanas hubiese terminado, el miércoles de ceniza no estuviese ya tan lejos.
 
- Oh, yo siempre entendí que primero venía el martes de carnaval.
 
- Pero el miércoles de ceniza debe llegar alguna vez, abuela, y entonces no faltará mucho para Pascua.
 
- Será una novedad, entonces -replicó la anciana, echando la cabeza hacia atrás y lanzando una mirada oblicua, hacia abajo, a sus agujas-. En mis tiempos el miércoles de ceniza era siempre seguido del ayuno.
 
- ¿Qué ayuno?
 
- ¡Pues, el largo ayuno, la Cuaresma mujer... la Cuaresma! ¡Habrase visto tamaña ignorancia! ¡Tiene casi dieciséis años de edad y cree que la Pascua viene inmediatamente después del miércoles de ceniza! En mi época se te habría considerado una boba por no conocer la Cuaresma y las más importantes festividades que hay en ella, las témporas, por ejemplo, y la Anunciación.
 
- Pero conozco el Viernes Santo -dijo la joven con repentina inspiración-. Alguna vez llegará, ¿no es cierto?
 
- Oh, creo que San Magno viene antes -replicó la anciana-. Y el Jueves Santo.
 
Esto terminó con la tentativa de centrar la Pascua. Se rindió. Se había extraviado en los desiertos del calendario, perdió todo el sentido de dirección, la lana repentinamente pegajosa en sus dedos, todos los vellones convertidos de pronto en masas enmarañadas que jamás lograría peinar. ¿Por qué estos jóvenes no podían consolarse con el pensamiento de que todo pasa, de un modo o de otro, tal como mejor le place al Hacedor?

 
Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

domingo, 5 de marzo de 2017

Carnaval: RESTOS DEL CARNAVAL, de Clarice Lispector

"... la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval."
 
(Fragmento)

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de capullo que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen al fin la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.
 
Clarice Lispector (Escritora brasileña nacida en Ucrania, 1920-1977)

sábado, 4 de marzo de 2017

Carnaval: CANCIÓN PARA MORIR DE AMOR EN TIEMPO DE CARNAVAL, de Louis Aragon

"El miércoles me hacen un signo de la cruz..."

Domingo y
Lunes limpio
París
El domingo lloro que el martes río
Lunes dominó sin polvo de arroz
El amor se perderá en su magia
Martes
Carnaval todos los techos se fríen
Martes
Carnaval
Martes
Martes gris
Por donde vienes
Miércoles de
Ceniza
 
Martes
Miércoles
Mi corazón se pierde
 
El miércoles me hacen un signo de la cruz
Miércoles mentiroso quieres que te crea
Que el amor está en la tierra y ya todo frío
Es mío
Señor y yo soy su presa
La noche será larga y la cama estrecha
El cielo está abierto todo rojo en el lugar
Por donde te iras lejos
El miércoles desciende
 
Martes
Miércoles
Mi corazón se pierde
 
(Dimanche et
Lundi nettoyez
Paris
Dimanche pleurons que mardi je rie
Lundi domino sans poudre de riz
L'amour se perdra dans ta féerie
Mardi
Mardi gras tous les toits sont frits
Mardi
Mardi gras
Mardi
Mardi gris
Par où t'en viens-tu
Mercredi des
Cendres

Mardi
Mercredi
Mon cœur s'y perdit

Mercredi me fait un signe de croix
Mercredi menteur veux-tu que je croie
Qu'Amour est en terre et déjà tout froid
Il est mon
Seigneur et je suis sa proie
La nuit sera longue et le lit étroit
Le ciel est ouvert tout rouge à l'endroit
Par où tu t'en vas
Mercredi descendre
Mardi
Mercredi

Mon cœur s'y perdit)

Louis Aragon (Francia, 1897-1982)
 
(Traducido al español por Jules Etienne)

viernes, 3 de marzo de 2017

Carnaval: EL BESO DE LA MUJER ARAÑA, de Manuel Puig


(Fragmento)
 
- Es en México, en un puerto, muy tropical. Los pescadores esa madrugada están saliendo en sus barcas, falta poco para que despunte el día. Les llega una música de lejos. Lo único que ven desde el mar es una casa suntuosa, toda iluminada, con unos grandes balcones que se asoman a un jardín hermoso, exclusivamente de jazmines, después viene un cerco de palmeras, y después la playa. Ya quedan pocos invitados en ese baile de disfraz y fantasía. La orquesta toca un ritmo muy cadencioso, con maracas y bongós, pero lento, una especie de habanera. Hay pocas parejas bailando, y una sola con antifaces todavía puestos. Ya se está terminando el famoso carnaval de Veracruz, y por desgracia el sol que está saliendo en ese momento anuncia el miércoles de ceniza. La pareja de los antifaces es perfecta, ella disfrazada de gitana, muy alta, con una cinturita de avispa, morocha, con raya al medio y el pelo suelto largo hasta la cintura, y él muy fuerte, también morocho, con unas patillas y el peinado para un lado con un poquito de jopo, y un bigotazo. Ella tiene una naricita muy chica, recta, un perfil delicado pero que revela carácter al mismo tiempo. Tiene unas monedas de oro sobre la frente, una blusa amplia de esas con el escote con un elástico, que se pueden bajar del hombro, o de los dos hombros, de esas blusas gitanas (...)
 
Manuel Puig (Argentina, 1932-1990)

jueves, 2 de marzo de 2017

Carnaval: ESTE LOCO CARNAVAL DEL AMOR, de Heinrich Heine

"Mañana será miércoles de ceniza y entonces desde tu frente la cruz de cenizas hablara:
«Mujer, recuerda que eres polvo.»"

Este loco carnaval del amor,
Este frenesí de nuestros corazones,
Llega a su fin, y decepciona
¡Mirándonos bostezar el uno al otro!
 
El cáliz está vacío
Y estaba lleno hasta el borde
Burbujas de embriaguez seductora;
El cáliz está vacío.
 
Y los violines también callaron
Tocaron con intensidad la danza,
La danza de la pasión;
Sí, los violines también callaron.
 
También se extinguen las luces,
Se habrá vertido la luz salvaje
Sobre los colores de la mascarada,
Sí, las luces también se extinguen.
 
Mañana será miércoles de ceniza
Y entonces desde tu frente
La cruz de cenizas hablará:
«Mujer, recuerda que eres polvo.»
 
(Dieser Liebe toller Fasching,
Dieser Taumel unsrer Herzen,
Geht zu Ende, und ernüchtert
Gähnen wir einander an!
 
Ausgetrunken ist der Kelch,
Der mit Sinnenrausch gefüllt war,
Schäumend, lodernd, bis am Rande;
Ausgetrunken ist der Kelch.
 
Es verstummen auch die Geigen,
Die zum Tanze mächtig spielten,
Zu dem Tanz der Leidenschaft;
Auch die Geigen, sie verstummen.
 
Es erlöschen auch die Lampen,
Die das wilde Licht ergossen
Auf den bunten Mummenschanz,
Auch die Lampen, sie erlöschen.
 
Morgen kommt der Aschenmittwoch,
Und ich zeichne deine Stirne
Mit dem Aschenkreuz und spreche:
Weib, bedenke, daß du Staub bist.)
 
Heinrich Heine
(Alemán fallecido en Francia, 1797-1856)

(Traducido al español por Jules Etienne)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Carnaval: LA TIENDA DE LOS MILAGROS, de Jorge Amado


"Si alguien ha de juzgar a Bahía por el carnaval, ni puede dejar de ponerla a la par de África..."
(Fragmento)
Donde se da cuenta de carnavales, peleas callejeras y otros hechizos, con mulatas, negras y una sueca (que en realidad era finlandesa)
En 1903, trece afoxés de negros y mulatos hicieron retumbar los aires con sus portentosos cortejos («Rompieron el desfile atronando el aire con estridentes notas de sus instrumentos, dos clarines, los que visten lindos vestidos de Túnez como prueba de que la civilización no es una utopía en el continente negro como sostienen los maldicientes»; así comenzaba el manifiesto al pueblo de uno de los afoxés). Luego del carnaval, el periodista se cubrió la cabeza de ceniza y vergüenza: «Si alguien ha de juzgar a Bahía por el carnaval, no puede dejar de ponerla a la par del África y, considérese, para nuestra vergüenza, que se halla aquí hospedada una comisión de sabios austríacos, quienes naturalmente, ofendidos por el bochorno, van registrando estos casos para difundirlos en los diarios de la culta Europa».
¿Dónde estaba la policía?, ¿qué hacía «para demostrar que en esta tierra existe la civilización?» De continuar la escandalosa exhibición del África: las orquestas de atabaques, las alas de mestizas y de todos los grados de mestizaje –desde las opulentas criollas hasta las elegantes mulatas blancas, el samba embriagador, ese encantamiento, ese sortilegio, ese hechizo, ¿dónde irá a parar entonces nuestra latinidad? Pues somos latinos, lo saben bien, y, si lo ignoran, lo van a aprender a costa de yugo y de golpes.
Finalmente, la policía reaccionó en defensa de la civilización y la moral, de la familia, del orden, del régimen, de la sociedad amenazada y de las Grandes Sociedades, con sus carros y sus graciosos desfiles de élite; se prohibieron los afoxés, el batuque, la samba, la exhibición de clubes de costumbres africanas.
Por fin, mejor tarde que nunca. Ahora pueden desembarcar sabios austríacos, alemanes, belgas, franceses, o de la rubia Albión. Ahora, sí pueden venir.
Pero quien llegó fue Kirsi, la sueca, que, por otra parte, corríjase pronto, no era sueca como todos pensaban, decían y terminó por ser; y sí finlandesa de trigo y de asombro. Poseída por el miedo y la lluvia, en la puerta del Mercado do Ouro, en la mañana del miércoles de ceniza, ofrecía una mueca de terror y los ojos de azul infinito.
Pedro Archanjo se levantó de la mesa de cuscús y ñame, sonrió con los labios amplios, se dirigió a ella con paso directo y firme, como si lo hubieran designado para recibirla, y le extendió la mano:- Véngase a tomar café.
Jamás se supo si comprendió o no la matinal invitación, pero la aceptó; se sentó a la mesa del puesto de Terência y golosamente devoró mandioca, ñame, torta de puba, cuscús de tapioca. La impetuosa Ivone rumió sus celos en la tienda de Miro, murmurando insultos: «Cucaracha descarada». Terência posó sus ojos tristes sobre la mesa, quién sabe si no más tristes. La invitada, harta de comer, dijo una palabra y se rió en dirección a todos. El moleque Damião, hasta allí en silencio y de pie al fondo, se entregó finalmente y también se rió:
- Blanca más blanca, de albayalde.
- Es sueca -aclaró Manoel de Praxedes, que acababa de llegar por un café y un trago-. Saltó del barco sueco, ese carguero que está recibiendo madera y azúcar, vino en el mismo remolcador que yo -Manoel de Praxedes trabajaba en la carga y descarga de barcos-. De vez en cuando una mujer rica y loca se embarca para conocer el mundo.
No tenía cara de rica ni de loca; por lo menos allí, en el puesto, todavía mojada, los cabellos pegados al rostro, tan inocente y frágil. Dulce niña.
- El barco sale a las tres, pero ella sabe que tiene que embarcarse antes. Cuando bajé, vi que el comandante conversaba con ella.
Tocándose el pecho con el dedo, dijo:
- Kirsi –y lo repitió estirando las sílabas.
Ella se llama Kirsi –comprendió Archanjo y pronunció-: Kirsi.
La sueca batió palmas con alegre aprobación, y le tocó el pecho a Archanjo, preguntándole algo en su lengua. Manoel de Praxedes desafió:
- Descifre la charada, vamos, mi compadre sabihondo.
- Pues ya la descifré. Me llamo Pedro –respondió dirigiéndose a la muchacha; había adivinado la pregunta y, repitiendo lo que había hecho la gringa, le contestó-: Pedro, Pedro, Pedro Archanjo, Ojuobá.
- Oju, Oju –lo llamó ella.
Era el miércoles de ceniza.

Jorge Amado (Brasil, 1912-2001)